Todo análisis que pretenda extraer conclusiones generales a partir de una perspectiva parcial corre el riesgo de exponer sus limitaciones. En esta reseña crítica del más reciente libro de la ensayista Karen Villeda, Lucía Pi Cholula explora las dificultades de retratar a la Mujer Mexicana en primera persona mayestática.

Desde hace más de una década México es un país en guerra contra sí mismo. El terror se ha apoderado de sus pueblos y ciudades como consecuencia del combate a un enemigo que no logra diferenciarse del poder político, económico e incluso judicial que gobierna la República. Las víctimas son innombrables tanto por su anonimato —en un país de impunidad, denunciar deja de ser una opción viable— como por la cantidad de muertos y desaparecidos que conforman la lista de nuestra vergüenza. ¿Cuánto tiempo nos tomaría  nombrar a las más de doscientas cincuenta mil personas asesinadas? ¿A las cincuenta mil desaparecidas? El conflicto armado y el ascenso del crimen organizado, amparados por el poder, han creado un clima de violencia que desgarra y somete los cuerpos femeninos —aunque por supuesto no solo a ellos—, a los que considera botín de guerra, mercancía intercambiable, o simples objetos al servicio de aquellos que ostentan el poder criminal y político.

Ilustración: Estelí Meza

Es en este contexto que aparece el ensayo Agua de Lourdes. Ser mujer en México, de Karen Villeda, publicado en 2019 por la editorial Turner. Se trata de un libro que pretende abordar la condición de vulnerabilidad y opresión de ser mujer en México desde dos enfoques distintos que la autora busca conjuntar no siempre con éxito. Por un lado, tenemos una revisión de fuentes académicas y periodísticas que le permiten a la autora mostrar el panorama de violencia de género en México; por otro, tenemos la experiencia personal de la autora, quien es originaria del estado de Tlaxcala —principal foco de trata de personas en todo el país— pero actualmente reside en la Ciudad de México. Este último dato es importante, pues a lo largo del libro la reflexión se ve limitada por su perspectiva geográfica. Vivir en la Ciudad de México no es y nunca podrá ser una experiencia homogénea, pues nuestras vivencias están condicionadas por nuestra pertenencia a cierta clase, raza y género. El texto de Karen Villeda, más por accidente que por diseño, es un recordatorio de que nuestra perspectiva individual nunca puede aspirar a la universalidad.

El libro se compone de siete capítulos, aunque en realidad se divide en dos secciones temáticas. Los primeros dos capítulos, titulados de forma obvia —“1. Parte primera. Yo, ella, o ser mujer en la Ciudad de México” y “2. Parte segunda. Yo, ella, o ser mujer en Tlaxcala”— son poco más que  un compendio de citas y datos sobre la violencia. El capítulo mejor logrado es el que habla de Tlaxcala, pues la autora logra alejarse del epicentro que es la Ciudad de México para retratar un problema que no suele figurar en muchos de los aguerridos debates feministas. Hablar de Tlaxcala —de esas otras mujeres que parecieran no tener voz dentro, que no usan categorías como “género” o “patriarcado” para hablar de la violencia que viven— me parece un acierto, y sin duda los datos son estremecedores. Sin embargo,  la reflexión se queda corta. No logro comprender los saltos conceptuales que le permiten a la autora pasar de la investigación que sustenta al libro a una generalización —en la que por supuesto se incluye— sobre ser mujer en México.

En su conceptualización, Villeda coloca dentro de los mismos parámetros experiencias que a mi parecer se distancian por las condiciones materiales que las determinan, empezando por la clase social y por el espacio urbano en el que se desenvuelven. El miedo que implica ser mujer en México no es el mismo para todas. Que no se me malinterprete: como mujer mexicana yo también siento miedo en el espacio público. Pero no analizar los privilegios de clase y raza enturbia una realidad material y desvía discusiones centrales de la lucha social: no es lo mismo, y que me perdone la autora, vivir en Ecatepec que vivir en la Benito Juárez.

Si partimos de que el ensayo construye interpretaciones de la realidad a partir de la mirada personal de la ensayista y de sus experiencias de mundo, me es imposible recriminarle a la autora de Agua de Lourdes que intercale sus propias vivencias entre los datos y las fichas bibliográficas; sin embargo, éstas no deberían entorpecer la interpretación de la realidad. Más que hacer que “la totalidad brille en el detalle”,1 Karen Villeda parte de una totalidad inexistente para hacer brillar el detalle de su experiencia. Nuestra autora es la niña que come un helado en la heladería Bing y se pregunta dónde quedó la muchacha bonita que le servía más helado del permitido, una muchacha que de acuerdo con el libro ha sido víctima de trata, pero que en su relato la autora reduce a un recuerdo: “Había muerto, era sólo un cuerpo más. Lo supe cuando se fue del Bing y se convirtió en un recuerdo más de mi infancia” (82).

Si por momentos parece que la reflexión del libro apuntará a algo más allá del contexto individual de la autora —por ejemplo cuando Villeda se pregunta qué diferencias hay entre la muchacha del Bing y ella misma o quién puede ser una víctima de trata (p. 83)— el texto retoma su cauce desafortunado páginas más adelante: Villeda abandona la preocupación ensayística para centrarse en el montaje de un paralelismo entre una víctima de feminicidio de nombre Karen y ella misma. La coincidencia entre los nombres es motivo suficiente, de acuerdo con Villeda, para inspirar un ensayo personal en el que la historia de la víctima queda en segundo plano. Valdría la pena preguntarse: ¿puede dicha coincidencia sustentar sus palabras? ¿Debería hacerlo? Lo paradójico es que mientras Karen Villeda reflexiona sobre las coincidencias onomásticas, también escribe sobre sus viajes a Iowa y a Ottawa, sobre su trabajo en la revista Este País y hace afirmaciones como: “Y pienso que sigo viva por suerte, fortuna, destino o azar porque nueve mujeres son asesinadas cada día en México”. (p. 102)

¿Es legítimo hacer comparaciones a partir de una simple coincidencia de nombre, obviando el contexto de las involucradas? ¿Ya que hay otras mujeres que se llaman como yo, yo podría ser ellas? Me parece problemático partir del nombre para hablar de una violencia generalizada, pues la falta de un análisis más profundo le impide a la autora ver las capas de la violencia: no es lo mismo el silenciamiento en un taller literario que el feminicido. Sorprende entonces que la autora de un libro publicado se permita escribir afirmaciones como: “Somos visibles solamente cuando nos matan” (p. 49). ¿Es esto cierto? ¿No es ella acaso una mujer visible que publica libros y participa de la discusión en los medios públicos? Pero, dejando de lado la condición privilegiada de la autora, cabe preguntarnos: ¿es acaso cierto que todas las mujeres víctimas de feminicido son visibles? ¿Cuándo empezamos a hablar de las mujeres de Ciudad Juárez? ¿Cuáles eran sus nombres? ¿Qué número de mujeres asesinadas se tuvo que alcanzar para “hacerlas visibles”? A falta de una discusión sobre la clase, el libro pierde relevancia, sencillamente porque la afirmación de que “siempre muere la misma mujer. La misma mujer que hemos sido, somos y seremos todas” (p. 49) sería llanamente falsa incluso si todas llevásemos el mismo nombre.

Este problema se observa también en otra de las secciones del libro que pudieran resultar más interesantes: la discusión en torno a la legislación y normatividad en cuestiones de género que existen actualmente en México. Aunque la revisión es somera, Karen Villeda logra mostrar que las leyes no han dejado de responder a la demanda de justicia; que es la impunidad, y no la ley como tal, la que nos impide avanzar en ese rubro. Este análisis de la insuficiencia del derecho en sí mismo, sin embargo, carece también de una reflexión seria sobre la clase: “No quiero vivir en un país donde la realidad cotidiana sea aparentemente incompatible con la utopía que encontramos en las leyes”, afirma Villeda. Cabe preguntarse si un sistema de justicia enmarcado en el capitalismo y el punitivismo es realmente utópico. ¿No están acaso las cárceles llenas de personas social y económicamente marginadas? ¿Es realmente el Estado un interlocutor válido en materia de seguridad y derechos humanos para todas las clases y los grupos sociales? Hay experiencias comunitarias en México que con gran maestría responden a esta pregunta. Estoy pensando en Cherán y su sistema de justicia comunitaria. De acuerdo con Guillén González, este sistema de justicia comunitaria es no sólo un proyecto de gran relevancia, sino el ensayo de un sistema de justicia novedoso que se contrapone al impuesto por el Estado, pues a diferencia de éste, “el sistema de justicia de Cherán es oral y busca la conciliación y la reparación del daño, totalmente contrario a la idea del castigo y el encarcelamiento de quienes cometen una falta”.2 ¿Por qué hablar entonces de la utopía de las leyes cuando éstas son promovidas e impuestas por el Estado capitalista burgués?

Antes de pasar a la segunda parte del libro me gustaría comentar otros momentos de Agua de Lourdes. Ser mujer en México, principalmente aquellos que se amparan en lugares comunes para construir una reflexión sobre los cuerpos femeninos. ¿Qué sucede cuando el discurso que enarbolamos es indistinguible de aquel que se repite una y otra vez en los medios de comunicación y en las redes sociales? Me parece pertinente mencionar que la autora es de cierta manera consciente de esto, pues ella misma escribe sobre su incesante búsqueda en páginas web y redes sociales; sin embargo, su escritura se mimetiza con aquella de las noticias, y a pesar de su intención estética, desde mi perspectiva, se convierte en un listado más de sucesos atroces, como aquellos que no superan el número de caracteres permitidos en Twitter o en una apropiación inadecuada de un suceso que no le corresponde. Nuevamente el nombre “juega” un papel importante para construir su interpretación del mundo que, como es posible observar, no va más allá del pánico generalizado: una mujer muerta podría ser yo o cualquier otra mujer, podríamos ser todas:

Sigo indagando en los enlaces de páginas web proporcionados por el buscador: “Karen” y “Asesinada” me remiten al portal digital de noticias Sin Embargo. Leo una y otra vez. Mi nombre y el de ella. Y de una mujer más. KAREN DESAPARECIÓ EN DICIEMBRE EN BC Y SU CUERPO FUE HALLADO CUATRO DÍAS DESPUÉS EN UN ARROYO. Ciudad de México, 18 de enero. El cuerpo de Karen Castro Jiménez —una joven desaparecida desde el pasado 6 de diciembre— fue localizado en un arroyo en Ensenada […] Karen desaparece. La encuentran en un pozo. A Karen le disparan una o dos veces. Es asesinada a balazos y la hallan con cortes en el cuerpo. Karen es cualquier Karen. Podría ser yo. Después me corrijo. Podría ser yo o ella. O tú. Tú y yo y ella y nosotras. Las mujeres en este país no tenemos nombre. Somos una sola. (p. 21)

¿Qué diferencias hay realmente entre esto y las noticias que propagan el pánico? ¿Cómo enfrentar la realidad a partir de afirmaciones tan contundentes y desesperanzadoras?

El primer capítulo del libro se relaciona justamente con esto: en un párrafo de oraciones cortas y haciendo uso de la anáfora, la autora vuelve a nombrar las distintas expresiones de la violencia machista. Sin embargo, la intención estética, más cerca de la poesía que de la preocupación ensayística, no es suficiente para hablar de esta violencia; la lista no la analiza y mucho menos deconstruye:

Mi Amiga ha sido rechazada al nacer por no ser varón. Mi Amiga ha sido minimizada. Mi Amiga ha sido acosada. Mi Amiga ha sido nalgueada. Mi Amiga ha sido piropeada. Mi amiga ha sido amenazada. Mi Amiga ha sido manoseada. Mi Amiga ha sido discriminada. Mi Amiga ha sido pozoleada. Mi Amiga ha sido violada. Mi Amiga ha sido golpeada. Mi Amiga ha sido abusada. (p. 33).

La lista sigue así ad nauseam, como si quienes leemos no supiéramos que este tipo de violencias ocurren todos los días tanto en el espacio público como en el privado; como si no supiéramos que este tipo de hechos deben pensarse en profundidad para poder construir estrategias que los combatan. Pero el colmo del lugar común, para nombrarlo de alguna manera, es cuando la “Amiga” del texto afirma: “Nos asaltaron por ser mujeres” (p. 77). ¿Qué ocurre cuando una frase tan poderosa como “la mató por ser mujer” se emplea para explicar cualquier tipo de violencia? ¿Toda la violencia que sufrimos la sufrimos por el simple hecho de ser mujeres? ¿Cómo desdibuja este supuesto los otros motivos de la violencia, principalmente aquellos relacionados con la explotación en el capitalismo?

Además de absurda, la explicación de un robo en términos de violencia de género da cabida a otras afirmaciones que a lo largo del libro hace la autora: “La trata de personas se encuentra estrechamente ligada al orden patriarcal debido a que esta forma de esclavitud en el siglo XXI parte de la discriminación y desigualdad que nos afectan a las mujeres” (p. 69). ¿Es esto enteramente cierto? ¿No está obviando en primera instancia el trabajo esclavo que forma parte de las dinámicas de explotación del capitalismo? Pareciera que Karen Villeda afirma entre líneas algo como “fue víctima de trata por ser mujer”, sin embargo, creo que le falta distinguir entre “trata” y “explotación sexual”, pues no podemos afirmar que la trata de personas no se compone también de un número importante de mujeres y hombres plagiados con fines de explotación laboral, y en este hecho también son cruciales la clase y la raza.

Lo que concibo como la segunda unidad temática del libro se compone de los siguientes capítulos: “III. Parte tercera. Yo, ella o ser mujer en México”; “IV. Parte cuarta. Diario de Agua de Lourdes”; “V. Carta a mi Lourdes”, y “VI. Epílogo”. Esta segunda sección es más personal que la primera; en ella Karen Villeda revisa el suicidio/feminicido de su tía Karen. Un crimen sin resolver que ha llevado a la escritora a preguntarse por el destino de su tía, por la secrecía de su familia, y por el hecho de que su madre le pusiera el mismo nombre. Aquí nos alejamos de la estadística para hablar de otro tipo de violencia en la que Villeda logra construir un escenario mucho más verosímil; esto en oposición a los momentos del libro en los que habla de asaltos y clonaciones de tarjetas de crédito, como si estos ejemplos permitieran explicar la violencia machista e institucional que sufren las mujeres en México. El tono diarístico y la reflexión poética acercan a esta segunda parte del libro al estilo de Visegrado. Microensayos literarios de Hungría, Polonia, República Checa, con el que Villeda obtuvo el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2017. La historia de la tía resulta sin duda conmovedora, pero la lectura se torna por momentos aburrida y una termina deseando el regreso de las estadísticas. Al final del libro, la experiencia de ser mujer en México queda ensombrecida por la vivencia personal que de alguna manera enturbia la posibilidad de responder la pregunta central del ensayo: ¿cómo se es mujer o se puede ser mujer en un país como México?

Lamentablemente, las respuestas que construye Agua de Lourdes. Ser mujer en México terminan centrándose en la particularidad de una vivencia que se encuentra lejos de abarcar la inmensa variedad de contextos de la experiencia de las mujeres mexicanas. Al no incluir en el análisis la clase social y la raza, el libro desdibuja la violencia de género, por lo que se torna difícil pensar la posibilidad de un cambio integral. Desde mi perspectiva, ser mujer en México no puede reducirse a la experiencia de cierta clase social que sin duda tiene las herramientas para narrar una parte reducida del miedo, el dolor y la rabia de las mujeres mexicanas. Es hora de romper con los discursos hegemónicos, incluso con aquellos que se piensan contestatarios, señalar lo que dejan fuera, y empezar a construir otros donde la lucha social no sea un simple pretexto.

 

Lucía Pi Cholula
Ensayista, crítica literaria e investigadora de la literatura latinoamericana.


1 “El ensayo tiene que lograr que en un rasgo parcial escogido o hallado brille la totalidad, sin que esta se afirme como presente”, Th. W. Adorno, “El ensayo como forma” en Notas sobre literatura. Obra completa 11, trad. de Alfredo Brotons Muñoz, Akal: Madrid, 2003.

2 Alejandra Guillén González, “La autonomía de los pueblos para resistir a la guerra del capital”, Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 21, núm. 73, 2016, p. 54.

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