Nunca está de sobra volver o ir por primera vez al jardín de Xilitla y recordar a Edward James. Gracias a él nuestro país posee la mayor obra escultórica-arquitectónica surrealista del mundo.

Fotografías: Gustavo Gatto

Hace varias décadas un poeta inglés quiso crear su propio jardín del edén. No cabe duda de que estaba poseído por el espíritu del surrealismo. Y por el del dinero. Pensó en muchos lugares, consultó libros, habló con viajeros, realizó varias expediciones, pero no tenía muy claro dónde plasmar su gran sueño. Al igual que otros artistas europeos, Edward James (1907-1984) quedó cautivado por México, el lugar surrealista por excelencia según André Breton. James coincidía con esa visión: “México es un país surrealista porque aquí pasan y se hacen cosas que no pasan ni se hacen en ninguna otra nación”.

Estaba obsesionado con las orquídeas; también con devolverle a la tierra algo del paraíso perdido. En Cuernavaca escuchó por primera vez de un paraje —a quinientos kilómetros de distancia, en plena selva de la Huasteca potosina— cubierto de orquídeas   silvestres. El telegrafista Plutarco Gastélum le dijo que cerca de ahí caían varias cascadas   entre la vegetación delirante. Aves, plantas, árboles, flores, cascadas: esas imágenes germinaron en la mente del autor de la novela El jardinero que vio a Dios (1935). Al llegar a Las Pozas, mientras se adentraba en ese paisaje casi onírico, varias mariposas azuladas formaron una especie de nube sobre una de las pozas; era la esperada señal divina para Edward: ahí debía surgir otro jardín del edén con orquídeas y plantas de todo el mundo.

¿Quién era ese excéntrico personaje de barba vestido de túnica que paseaba con un ave exótica sobre el hombro? Los del pueblo lo llamaban “el loco inglés”. No se explicaban qué hacía en esas tierras ese extraño vagabundo, blanco de todas las miradas. “El loco inglés” era el ahijado del rey Eduardo VII de Inglaterra, aunque él mismo sospechaba que era nieto del monarca debido a la cercana relación que mantuvo con su abuela. Edward James Forbes nació en Escocia en 1907, pero desde niño vivió en la mansión familiar de West Dean en Sussex. Siempre estuvo rodeado de lujo y refinamiento. Heredero de varias fortunas, dio rienda suelta al trajín de sus sueños. Trabajó solo una vez: un par de meses en la embajada de Inglaterra en Roma, pero no le gustó. Prefirió viajar por el mundo, escribir y dedicar su vida y parte de su fortuna al arte. Primer mecenas de Dalí y su principal coleccionista, firmó un contrato con el artista catalán para financiar varias de sus exposiciones. Fue en su mansión de Sussex donde Dalí creó el Teléfono bogavante, La silla  con brazos y el Retrato de Mae West, ese departamento con un llamativo sofá de labios. Edward James fue también mecenas de Picasso, Max Ernst, René Magritte, George Balanchine, Leonora Carrington e Igor Stravinsky, entre otros. Es menos conocido el Edward James escritor; algunos poemas suyos, ilustrados por Dalí, se publicaron en la revista Minotaure que él mismo financiaba; otros fueron musicalizados por Francis Poulenc.

No es difícil imaginarlo caminando —tan acostumbrado al refinamiento, a la exquisitez de los lujos europeos y a sus modales plagados de maneras y reverencias— a finales de los años cuarenta en medio de gente que no tenía la remota idea de quién era, en   una tierra de murmullos, supersticiones y leyendas, cuyo nombre tiene hoy fama mundial por su delirio arquitectónico.

En Cisnes reflejando elefantes (1937) de Salvador Dalí aparece, en la orilla izquierda y de perfil, Edward James de pantalón oscuro y camisa blanca.

Además de recolectar plantas en sus constantes viajes, James creó un zoológico con venados, ocelotes, serpientes, flamencos y otras aves por las que sentía predilección: él mismo decía que estaba a punto de convertirse en una de ellas. En 1962, al regresar a su edén encontró que su plantación de orquídeas había sido arrasada por una extraña helada. Enseguida encargó a un ejército de más de cien artesanos un conjunto de orquídeas   gigantes de cemento —acaso monumentos a su propia memoria. Al fin y al cabo, ya lo acechaban las pérdidas. Su matrimonio con la bailarina austríaca, Tilly Losch, que no quería hijos y que amaba más bien su fortuna, duró apenas tres años. El conjunto escultórico Los siete pecados capitales, en Xilitla,evoca el ballet homónimo de George Balanchine, que financió Edward James y en el que bailó Tilly Losch. Otro ejemplo de cómo quiso dejar sellados sus recuerdos en piedra. Edward James no volvió a casarse. Simplemente se ató a una imaginación insaciable. Y cerca del pueblo de Xilitla el “loco inglés” empezó a levantar edificaciones laberínticas, sinuosas y onduladas, un puente inconcluso, serpientes, gaviotas, escaleras que suben al vacío —Stairway(s) To Heaven encarnadas—, un cuarto en forma de ballena, otro con una terraza para recibir una multitud de aves coloridas, una bañera en forma de ojo que hacía llenar de pétalos de rosas para bañarse mientras contemplaba el paisaje, entre otros.

El constructor de sueños le mandó edificar además la Casa de los Peristilos, la Casa de las Plantas y un monumento floral para Max Ernst (aunque esa parte del jardín de Edward James es propiedad privada: le pertenece al arquitecto norteamericano Christopher H. L. Owen; el resto del espacio escultórico pertenece a la Fundación Pedro y Elena Hernández). El jardín escultórico-arquitectónico de Edward James es la pieza de arquitectura surrealista más grande del mundo; con una superficie de casi 9 hectáreas de jardín y 27 edificios, estructuras y esculturas dialogando con la exuberante naturaleza.

Además de amistades como Aldous Huxley o la entrañable Leonora Carrington —con la que James compartía el origen aristócrata inglés y la pasión por México— James goza de generosa fama entre los que lo conocieron en Xilitla. Entre ellos, un joven guía dice ser hijo de la cocinera privada de James y recordarlo claramente:

Él era muy amable con todos. Muchos le decíamos tío Eduardo. En Xilitla, restauró también el exconvento de San Agustín. A los artesanos les contaba las imágenes que había soñado y les pedía que las hicieran. A mi mamá cada día le pedía algo diferente de comer y de otros lugares del mundo. De ahí el restaurante “La cebolla”, que puso mi mamá con las recetas que le gustaban a Edward James.

Luego muestra moldes de madera que recuerdan los labios del sofá Mae West, entre otros que se emplearon en varias obras del jardín.

Me imagino a los más de cien trabajadores que llegó a tener para materializar su tesoro en la selva. Qué enorme distancia los separaba del “loco inglés”, ese millonario que pasó décadas recreándose en sus pétreas pretensiones estéticas. De pronto, veo dos enormes manos de piedra; tal vez evocan las manos del Creador, las del centenar de artesanos o las del propio James, sosteniendo su obsesión panteísta.

En otra parte me cruzo con la escultura de Los siete pecados capitales, siete serpientes erguidas que amenazan con la expulsión del paraíso. Parece que caen letalmente sobre nosotros. ¿Cuál de ellas se arrastraba en sus sueños? Después aparece un enorme círculo por el que hay que cruzar para seguir el recorrido: es el Anillo de la Reina, probablemente en recuerdo del de diamantes que le regaló a su esposa. Entre otros espacios del conjunto escultórico-arquitectónico, el mecenas inglés hizo construir una biblioteca, conocida como el Palacio de Bambú por los habitantes de Xilitla. Más adelante surgen   vuelvo a ver esas escaleras dobles sin paradero que parecen un claro homenaje a Escher. La desvergonzada seducción de las formas por todas partes. La imaginación inmortalizada del aristócrata inglés significa una embriaguez perpetua, un escape, un refugio idílico del que nunca quiso salir. Y sus versos cobran aquí mayor nitidez:

Mi casa crece como las cámaras de un nautilus,
tras la tormenta se abre otra estancia aun mayor:
la de los sueños más intensos de mi niñez,
mi casa tiene alas y a veces
en la profundidad de la noche canta.
[…]
Llega el diluvio. La tormenta me asedia,
sedienta de mi luz, irrumpe para absorber
la flama de mi identidad. Esta casa
está en calma en espera de ese mar
cuyo hijo soy yo […]

 

Lourdes Zabalza
Escritora y periodista. Es autora de: Años marinos.

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El nombre de Trotsky ha resurgido en los últimos tiempos: la reedición de la biografía de Stalin, su asesino intelectual; la exposición en un museo de Estados Unidos del supuesto piolet con el que fue aniquilado y la reciente serie rusa sobre la vida del revolucionario. Volkov reflexiona sobre el legado que dejó su abuelo y sobre su propia vida de exiliado en esta entrevista realizada en el Museo Casa de León Trotsky.

Esteban Volkov ha presenciado gran parte de la historia del siglo XX. Desde la infancia tuvo que refugiarse en varios países, huyó de las persecuciones y el asedio nazi, aprendió a hablar varias lenguas, olvidó su idioma materno, adoptó varias costumbres y vio desaparecer su largo linaje. Los primeros años de Esteban Volkov, el nieto de Trotsky, estuvieron amenazados por la incertidumbre, el miedo, el exilio, la muerte. A sus 93 años relata su vida y con ella van jirones que salieron de un Moscú convulsionado, de la mítica Turquía, de Berlín, la cuna de la Segunda Guerra Mundial, de un París en resistencia, Viena, Alsacia y Nueva York, hasta llegar a la Ciudad de México.

María Luisa Alós y Lourdes Zabalza: ¿cómo empezó el viaje del exilio de su abuelo, de su familia?
Esteban Volkow: A finales de 1929 salimos, a Prinkipo (Turquía); Leon Sedov, mi tío, llevaba dos años viviendo ahí, yo tendría tres o cuatro años; ahí hablaba ruso, un ruso muy melodioso según decía mi abuelo. Fui a una escuela y empezaba a hablar turco. Recuerdo el mar de Mármara, era una maravilla. Antiguamente Prinkipo fue un lugar de veraneo de la clase alta y después también fue un lugar de exilio en donde los enemigos políticos eran confinados después de que les sacaban los ojos. Pero el lugar era muy hermoso, la vida marina me fascinaba, había camarones, peces entre las algas. Yo me caía muchas veces en el mar por estar contemplándolo.

¿Cómo vivió esa etapa?
Ahí yo no estaba consciente de que estábamos en el exilio. Fue en París cuando supe lo que eran las persecuciones estalinistas: muchos amigos nuestros fueron asesinados, incluido mi tío León Sedov. Estuve con él una o dos semanas en Berlín en 1932, mi madre pudo salir a Berlín pero le dejaron llevarse solo a un hijo: fui yo el elegido. Ella estaba muy enferma, fue la última vez que la vi… se suicidó.  A mi padre no lo recuerdo, me contaron que fue fusilado en 1931 por órdenes de Stalin.

Ante el ascenso del nazismo me enviaron a un internado en Viena. No me acuerdo cómo llegué a Viena pero me contaron que fui solo en un tren con un letrero. Ahí estuve dos años. Aprendí rápidamente alemán, el internado fue un lugar muy agradable, había gente de ideas muy avanzadas del ramo de la psiquiatría. No vi a nadie de mi familia, pero el abuelo me escribía.

Cuando Viena es bombardeada, el abuelo me envía a París. Ahí me llevó uno de sus secretarios con León Sedov, uno de los dos hijos del segundo matrimonio del abuelo. Al otro hijo, Serguei, no le interesó la política, era ingeniero, se quedó en Rusia pero Stalin lo fusiló. León publicaba un boletín, jugó un papel muy importante en el trotskismo. En Francia hubo varios asesinatos como el de Ignace Reiss (en septiembre de 1937, cerca de Lausana, Suiza, unas pocas semanas después de haber declarado que desertaba en una carta dirigida a Stalin), y de personas muy cercanas a nosotros. Ignace estaba en el servicio de espionaje soviético, pero al darse cuenta de las atrocidades cometidas por Stalin desertó y criticó su política. Su hijo era dos años mayor que yo, fuimos muy buenos amigos. Otro asesinato muy sonado fue el de Andrés Nin en España, él era muy amigo del abuelo, tradujo La historia de la Revolución Rusa. Sus dos hijas vinieron a vivir a París, así formamos un grupo de sobrevivientes de Stalin.

¿Cómo fue el periodo en París?
Al poco tiempo de llegar a vivir a París, León Sedov presentó fuertes dolores. Mark Zborowski, mejor conocido como Étienne, era médico y dijo que se trataba de un problema de apendicitis y le recomendó reposo. Sin embargo, Étienne, quien era un agente infiltrado (y se hacía pasar por un militante trotskista) consiguió que León ingresara a la clínica de Mirabeau en París, la cual resultó ser un nido de la GPU (la KGB de ese entonces), estaba lleno de rusos, lo operaron, entró en coma y falleció al día siguiente. Lo sé porque en los archivos la GPU se lo atribuyó; la intención inicial era secuestrarlo y llevarlo a Rusia.

¿Lo habían intentado matar antes?
En una ocasión estaba vacacionando en Saint Yves al sur de Francia y una agente muy atractiva de la GPU intentó una relación con él y, gracias a que León Sedov tenía otra relación, se salvó [ríe de la anécdota]. Me quedé al cuidado de Jeanne, su pareja; ella no tuvo hijos así que le caí del cielo [ríe otra vez]. Ella tenía un carácter muy difícil, era muy dominante y autoritaria, con ideas absurdas: tenía que dormirme a las 8:30 y debía usar unos zapatos altos para no debilitar los tobillos. Vivíamos en pequeños cuartos amueblados, ella era secretaria y mantenía a mi tío. El abuelo me quiso traer a México y empezó una pugna porque ella no me quería dejar ir. A fines de 1938 me mandó a un pensionado en Alsacia, en la región de la cordillera de los Vosgos, para esconderme; ahí andaba en trineo. Tuve un problema de difteria y estuve un mes en cama en el internado. Ella escondía las cartas que me mandaba el abuelo.

¿Cómo lo encontró su abuelo?
Marguerite [Rossmer, cercana colaboradora de Trotsky] tenía ciertas amistades y tras recorrer varios pueblos y preguntar a muchas personas me encontraron. Hicieron una verdadera labor de detectives. Hasta al cura entrevistaron. Llegaron al pensionado con una orden judicial para sacarme. Nunca volví a ver a Jeanne. Estuve varios meses escondido en los suburbios de París para que no me encontrara. Le dijeron a Jeanne que viniera a México pero no quiso. Esto sale en las memorias de [Gérard] Rosenthal: fue en  febrero de 1938. Casi un año después llegué a México, en agosto de 1939.

Pero antes hizo escala en Nueva York…
El barco zarpó de Le Havre (Francia), iba con los Rosseberg. Llegamos a Southampton, era el tercer barco de cabotaje más grande de la marina francesa, el Champlain, hicimos siete días para llegar a Nueva York. Yo tenía trece años,  fuimos muy bien recibidos por camaradas trotskistas, eso fue en mayo de 1939. Nos tocó la Feria Mundial de Nueva York. Fui al Empire State, al zoológico, a un día de campo y ahí vi los embotellamientos que desde entonces ya existen [ríe]. Llegamos al departamento de Ruth Ageloff, era una familia con recursos económicos, tenían refrigerador, que eso en Europa no existía. Silvia [la hermana de Ruth] fue secretaria del abuelo en los contraprocesos que se llevaron a cabo en la casa de Frida Kahlo, pero no era como la pintan en la película El Elegido, es totalmente falsa.

Cuando me dijeron que iba a vivir en México se me iluminó el mundo. Mi imagen de México fue a partir de los sellos de las cartas que me enviaba mi abuelo antes de que Jeanne me las escondiera, aparecían unos paisajes muy bonitos.

Esteban Volkov, fotografía tomada en Coyoacán, 2019, de Gustavo Gatto ©

¿Cómo recuerda ese viaje para llegar finalmente a México?
Tomamos el tren en Nueva York, el South Pacific. Llegamos a Laredo y de ahí a la estación de Buenavista, fueron tres días, el aire acondicionado era a base de bloques de hielo. Vi un paisaje árido y pocos habitantes en el recorrido, de repente se aparecía una que otra choza. Nos vino a buscar uno de los leales secretarios del abuelo desde que estuvo en el exilio de Turquía. Al llegar a esta casa, en agosto de 1939, sentí júbilo, alegría, estaba llena de camaradas americanos, alemanes, había vida, actividad, el ambiente era cálido, afectuoso. Había visto a mi abuelo en París brevemente, tenía prohibido pisar suelo francés. Trotsky vivió en Rouen y Barbizon pero cuando cambió el gobierno a uno derechista salió. En esta casa vivían 15 personas y dos sirvientas: Carmen Palma y Belén. Llegué a México con trece años y ya había vivido en varios países.

¿Qué recuerdos tiene de sus primeros años en México?
Mi abuelo a los guardias les decía: “No hablen de política con mi nieto”. Temprano, el abuelo se hacía cargo de su granja, tenía conejos y gallinas, después se encerraba en su despacho y salía en la noche a darles de comer. Vivíamos con la ayuda de Estados Unidos y con las regalías de sus libros. Hoy en día en Rusia ya se ha publicado La Revolución traicionada.

Mi primera escuela se llamaba José María Iglesias, iba en un camión rojo que salía de Coyoacán y se iba por todo Insurgentes hasta llegar a la calla Palma en la colonia Juárez, era una escuela mixta y yo siempre había estado en colegios solamente para hombres, ellos pensaban que yo era francés.

Seguramente llamaba la atención…
Sí [ríe], tenía pegue con las chicas. Luego me cambiaron a un colegio de exiliados españoles que se llamaba Juan Ruiz de Alarcón. Tenía muy buen nivel, estaba en la calle Córdoba. Me casé a los 28 años con una madrileña refugiada, la conocí por unos amigos españoles, me sentía bien con ellos. Mis amigos eran el escritor Tomás Segovia, el investigador Rafael Segovia, los hermanos Morayta, que eran cineastas, Enrique de Gracia; jugábamos billar, futbol. También fui alpinista, subí doce veces el Popocatépetl y dos el Iztaccíhuatl. Fui muy amigo del fotógrafo Armando Salas Portugal. Él también era químico y alpinista. Otro de mis amigos fue Carlos Sheinbaum, los dos estudiamos Ingeniería Química en la UNAM.

No me interesó la política; viví de mi profesión mediante un pequeño negocio  que monté. También me dediqué un tiempo a la fotografía de paisaje y arquitectura, fui experto en cuarto oscuro. Me gusta mucho la naturaleza; de México lo que más me sorprendió fueron sus paisajes salvajes, el colorido, el sol y más viniendo de un país en donde el invierno es gris. Desde esta casa se veían los volcanes, el aire era transparente, el río Churubusco estaba rodeado de eucaliptos y en la calle de atrás realizaban carreras de caballos.

¿Recuerda a Ramón Mercader? ¿Convivió con él?
Mercader se acercó a la casa como la pareja de Silvia Ageloff [se relacionó intencionalmente con ella para llegar a Trotsky y asesinarlo]. Nos paseaba, nos invitaba a comer con los guardias. Nos llevó de día de campo con los Rosseberg hasta la Marquesa, era muy correcto, educado y atento. Yo lo acompañé y subimos hasta las Peñas de Barrón, otro día me trajo algún regalo, era un recortable para armar. A esta casa no venían mis amigos.

¿Cómo eran Diego Rivera y Frida Khalo?
Diego se enojó por no ser el director de una revista trotskista, pero esa decisión no dependió de mi abuelo. La hermana de Frida, Cristina, tenía una buena relación con Natalia. Años después [del asesinato de Trotsky] me sentí aislado, solo, y fui en algunas ocasiones a la casa de Cristina; vivía en la calle Aguayo en Coyoacán. Los domingos Frida estaba allí, era inteligente, empática, daba gusto estar con ella.

Hace muchos años regresó a Rusia a conocer a su hermana. ¿Cómo fue ese encuentro?
Cuando Gorbachov gobernaba, hice un breve viaje para conocerla. Un amigo, el historiador francés Pierre Broué, me llamó: acababa de localizar a mi hermana Alejandra. Ella tenía un cáncer avanzado generalizado. Me dijo que si no iba no la alcanzaría a ver. Al mes falleció. Durante la dictadura de Stalin fue deportada, pero al menos le respetaron la vida: la mandaron a los confines de Asia, por el lago Baikal. Con Gorbachov pude regresar a Moscú. Me comuniqué con ella mediante un traductor, pues olvidé el ruso, solo sé las palabras que todos saben, como “vodka” [sonríe]. Fue una gran emoción, tuvo una hija a la que conocí.

Pero soy alérgico a Rusia. Fui esa única vez, fui a eventos, a conferencias de prensa y estuve paseando.

Foto del piolet que usó Mercader para asesinar a Trotsky, hoy exhibido en el Museo Internacional del Espionaje en Washington. Cortesía de: Museo Internacional del Espionaje.

¿Recuerda el primer atentando liderado por el muralista David Alfaro Siqueiros?
La madrugada del 24 de mayo de 1940 estalinistas comandados por Siqueiros y ayudados por uno de nuestros guardias, Sheldon, irrumpieron en la casa con ametralladoras. Cayó una ráfaga de balas, me tiré de la cama, me arrinconé  y recibí impactos de bala. Natalia, la esposa del abuelo, me salvó la vida porque me arrinconó. Los guardias no pudieron salir de la casa porque había una cortina de fuego. Los atacantes se fueron porque pensaron que estábamos muertos. Yo salí porque dijeron que iban a caer bombas y por poco me tropiezo con uno de los pistoleros. Cuando terminó el atentado estábamos eufóricos, pero mi abuelo sabía que sus horas estaban contadas… cada día le decía a Natalia: “Un día más”.

Mi abuelo estaba escribiendo su último libro: Biografía de Stalin. Jacques Monard, es decir Mercader, constantemente le preguntaba sobre los avances del libro. Primero se publicó con muchos errores; eran más de 600 hojas. La actual  versión, a cargo del historiador escocés Allan Woods, está muy bien documentada; trabajó en ella cerca de diez años.

A los tres meses del atentado organizado por Siqueiros, Ramón Mercader,  con el pretexto de que Trotsky revisara unos escritos entró y le pegó con un piolet en la cabeza. Ese día, el 20 de agosto de 1940, yo venía de la escuela por la tarde, desde lejos vi algo raro, vi policías enfrente, me entró angustia… cuando entré vi al abuelo ensangrentado y les dijo a los guardias que no mataran a Mercader; les pidió que me mantuvieran alejado. Mi abuelo siempre se preocupó por mí, hasta en los últimos momentos. A las 24 horas del golpe asestado por Mercador, murió Trotsky

Más adelante los grupos estalinistas tenían la orden de desaparecer esta casa, la querían convertir en guardería o tirarla: querían desalojarnos. Gracias al apoyo de Cárdenas no se logró; el gobierno se la compró a Natalia Sedova con la promesa de convertirla en museo, pero los términos no quedaron muy claros. Muchos años después, en 1983, el presidente López Portillo, declaró esta casa monumento histórico y a mí me nombraron su custodio. A esta casa han llegado Alain Delon, García Márquez, Romy Schneider, Vanessa Redgrave, etc.

Exterior de la nueva sede del Museo Internacional del Espionaje en Washington, inaugurada este 12 de mayo. Fotografía de Dominique Muñoz ©. Cortesía de: Museo Internacional del Espionaje.

En el Museo Internacional de Espionaje de Washington se exhibe este 12 de mayo el piolet con el que asesinaron a su abuelo. ¿Qué opina al respecto?
Yo fui alpinista durante mucho tiempo, el piolet es un instrumento que sirve para salvar vidas en las cumbres en caso de resbalarse, yo vi un caso en el volcán Iztaccíhuatl: un muchacho se estaba cayendo al precipicio y le gritamos que clavara el piolet. Stalin, el mayor asesino en la historia de la humanidad, usó un piolet para destruir a uno de los mejores cerebros del marxismo. Un piolet con el mango recortado es el mejor símbolo del estalinismo, la desaparición de la memoria histórica. En cambio, Trotsky buscaba los valores de la revolución: era un auténtico revolucionario entregado a los valores del marxismo.

 

María Luisa Alós
Periodista y editora independiente.

Lourdes Zabalza

Escritora y periodista. Es autora de: Años marinos.

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