El año sin Nobel

Murakami está repantingado en su sillón, mirando con aires sombríos el cielo de Tokio. Esta vez no hay esperanza que albergar: es seguro que este año no le tocará el Nobel. Simplemente porque no habrá Nobel para nadie. Luego de los escándalos sexuales que han cimbrado la cúpula de la Academia (Jean-Claude Arnault, esposo de una de las partes del jurado, fue acusado por 18 mujeres, como lo consignamos aquí) sumado al de tráfico de influencias y filtraciones, no hay quórum necesario para hacer la votación. Sobre todo, hay una grave crisis de confianza. Como ha señalado la Fundación Nobel en un comunicado (del 4 de mayo), el premio será pospuesto a 2019 porque la situación lo haría poco creíble. Esto no significa que el galardón haya quedado desierto: la cancelación definitiva solo ha ocurrido en ciertos años marcados a sangre y fuego por la Primera y la Segunda Guerra Mundial (1914, 1918, 1935, 1940-1943). Sin embargo, como apunta El País, es la primera vez que un escándalo de esta magnitud se interpone en las decisiones de la Academia sueca.

La renuncia de Sara Danius, la secretaria perpetua de la Academia, había cosechado en las últimas semanas un gran apoyo de la opinión pública: en redes, el #knytblusförsara (que significa “moño de mariposa para Sara”) se tradujo en una manifestación de mujeres portando el mismo moño en las (otrora) tranquilísimas calles de Estocolmo. El movimiento global por la defensa de los derechos de las mujeres acaba de sellar, de otra manera, la historia reciente. Aun así, quedan voces con buenos augurios, ya que la última vez que el máximo galardón literario se pospuso, en 1949 —porque no había candidato digno—, William Faulkner acabó por recibirlo al año siguiente durante la misma ceremonia entrega del premio correspondiente a 1950. El próximo año, eso sí, se entregarán dos premios. Pobre Murakami, ahora mismo debe estar degustando con sabor agridulce su mejor escocés, imaginándose como quién sabe cuántas veces junto a la realeza sueca… y acaso compartiendo con (ponga aquí su quiniela, querido lector), maldita sea, el estrado y la gloria.

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Sobran referentes para analizar el trabajo y las relaciones sociales que de él se desprenden. El papel tan fundamental que tiene la actividad productiva en nuestras vidas ha inspirado ensayos, manifiestos y hasta poesía a lo largo de la historia de la humanidad. Este 1 de mayo recomendamos algunas de las publicaciones más recientes sobre el trabajo en tiempos presuntamente postindustriales.

Un clásico reciente

Este libro escrito por Bob Black en 1985 y traducido a más de diez idiomas, se ha vuelto ya una obra de referencia para pensar en el trabajo actualmente. Influido por corrientes del anarquismo y el socialismo utópico, Black aboga por el fin de la vida humana articulada alrededor del trabajo, una actividad que nos domina y consume, para sustituirla nada menos que por el juego. Black construye su caso describiendo de manera concisa “las miserias” que nos ha traído el trabajo, en particular el trabajo moderno. Para ello, retoma a estudiosos clásicos del problema laboral y hace un auténtico manifiesto para la época neoliberal y sus propias formas de trabajo.

Al contrario de otras visiones de un mundo en el que no exista trabajo, como la de Nick Srnicek y Alex Williams comentada en este mismo espacio, Black no deposita nuestra liberación en la tecnología. Por el contrario, cree que ésta debería tener un lugar modesto en nuestras sociedades y dejar espacio para la actividad humana productiva. La diferencia es que Black no quiere imposiciones, piensa que es posible ver el trabajo convertido en juego (que no ocio, porque, como nos recuerda, éste existe solo gracias al trabajo y en función del mismo). ¿Cómo hacer que todos juguemos perpetuamente? Haciendo eco de Marx, Black sugiere sencillamente dar paso a las propias diferencias de las personas, pues nadie puede negar que todos disfrutamos de hacer distintas cosas y con fines muy variados. En este sentido, las probabilidades de que todas las actividades estén cubiertas según el autor serían muy altas. Es un texto breve, que además de sacudirnos, es un buen punto de entrada a la obra de este polémico autor.

Bob Black, La abolición del trabajo, Logroño, Pepitas de calabaza, 2013.


Nostalgia postindustrial

A pesar de su lucidez y de sus intentos por explicar algunas de las problemáticas más complejas de la vida en comunidad, entre ellas la del trabajo, Richard Sennett es un sociólogo poco estudiado en México. Eso motivó a la doctora Maribel Núñez Cruz, profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, a organizar un seminario para pensar en las aportaciones y relevancia del trabajo de Sennett en México. El libro Richard Sennett. Cuerpo, trabajo artesanal y crítica del nuevo capitalismo es el resultado de esas charlas e investigaciones. Los autores que participaron en el seminario comentan la obra de Sennett de formas muy variadas e informativas. Hablan de sus premisas con respecto a las consecuencias personales que tiene el trabajo en el nuevo capitalismo y sus propuestas de un retorno al trabajo artesanal, además de comentar su trabajo en relación a la ciudad, el servicio de salud en Gran Bretaña y hasta sus inquietudes con respecto al lenguaje. Finalmente, hablan de sus métodos de investigación y, como le gustaría al autor, estudian particularidades de la sociedad mexicana a la luz de sus teorías y conceptos.

Sennett estudia los procesos de producción desde una óptica que considera las relaciones entre individuos, y no en su dimensión meramente económica. En uno de los capítulos del libro, Víctor Payá se concentra en aquello que dice el sociólogo sobre los procesos de socialización y de transmisión del conocimiento que acompañan al trabajo, y lo ve en el estudio de la vida en el taller y siguiendo de cerca la profesión médica. Algunas premisas de este texto se complementan más adelante con el artículo de Israel Robles, quien recuerda el análisis de Sennett sobre los males del trabajo contemporáneo: la destreza, la creatividad y el orgullo vernáculo se han vuelto secundarios en la búsqueda por la eficiencia. Por su parte, Rodrigo Díaz y Citlali Hernández hablan de las investigaciones de Sennett sobre los efectos que “el capitalismo flexible ha tenido en los individuos y su entorno”. Revisan las ideas del autor sobre el tipo de organización social que el trabajo en tiempos del estado benefactor creaba, las críticas a su burocratización y el problema actual con lo que el sociólogo estadounidense caracteriza como “el trabajo flexible”: sus afrentas contra la rutina y la convivencia con la tecnología. Erika Honorat revisa algunos conceptos clave para hacer una crítica a la gestión laboral por competencias, y María José Romero aplica el concepto de flexibilidad laboral en las maquilladoras de Tehuacán, Puebla.

Siguiendo a Sennett, Payá resume: “el trabajo como fuente de dignidad, derechos y de un relato de vida se ha transformado para dar cabida a un individuo que se encuentra a la deriva”. ¿Cómo no acercarse a las ideas de este sociólogo?

Richard Sennett. Cuerpo, trabajo artesanal y crítica del nuevo capitalismo, Maribel Núñez Cruz (coord..), México, Juan Pablos Editor/UNAM-FES Acatlán, 2016.


Eterna clase obrera

La editorial Akal acaba de traducir al español uno de los estudios más reveladores de las dinámicas laborales en Inglaterra, el país de la clase obrera por excelencia. El año pasado, el libro de Paul Willis cumplió cuarenta años de haber sido publicado, pero sus preguntas, método y conclusiones se mantienen vigentes incluso en un contexto como el nuestro. ¿Cómo es que, pese a los esfuerzos por la movilidad social, y sobre todo la “libertad” propia del capitalismo, los jóvenes de clase obrera terminan trabajando en lo mismo que sus padres y abuelos?

Cómo los chicos de la clase obrera consiguen trabajos de clase obrera es el resultado de observar de cerca a una docena de jóvenes durante sus últimos años de educación media y sus inicios en la vida laboral. Los lads de la secundaria de una ciudad en el centro de Inglaterra que Willis bautizó como Hammertown (“pueblo martillo” o “villa martillo”), se caracterizaban por ser un grupo de amigos muy unido, que desafiaba constantemente a la autoridad escolar y no participaba de las actividades que les proponía la institución. A la etnografía de la primera parte del libro, le sigue un análisis de los procesos sociales y culturales que, según el sociólogo, llevaron a los chicos a emplearse más tarde en las fábricas de la ciudad. Willis identifica una identidad de clase articulada por procesos sociales complejos que nada tienen que ver con la libertad de elegir a pesar de que aparenten una “afirmación y apropiación e incluso […] una forma de resistencia”. Vale la pena acercarse a esta obra, pues a pesar de los cambios en las estructuras económicas, aquello que el autor describe como la “autocondena […] de asumir los roles subordinados en el capitalismo occidental” suena tan acertado hoy como hace cuarenta años.

Paul Willis, Cómo los chicos de la clase obrera consiguen trabajos de clase obrera, (Rafael Feito, traducción),


Trabajo nocturno

En el tema de grupos de trabajadores que son particularmente vulnerables, es fundamental considerar a las mujeres: el trabajo doméstico, el cuidado no remunerado, la diferencia salarial, entre otros, son temas importantes tanto para los estudiosos del género como para los economistas. En su libro más reciente, Marta Lamas ahonda en uno de los temas más polémicos del feminismo, pero que rara vez es pensado desde un punto de vista primordialmente laboral: el trabajo sexual femenino. La autora explica que, a diferencia de quienes consideran que el comercio sexual es prácticamente un secuestro, ella se ha manifestado a favor de entenderlo como una elección que hacen las mujeres frente al un panorama laboral poco prometedor pero que paga bien por ese servicio. El libro Fulgor de la noche: el comercio sexual en la Ciudad de México explica esto mediante una investigación de casi treinta años sobre el comercio sexual callejero en la capital del país.

Lamas retoma los relatos de mujeres que han participado en “la mal llamada prostitución”, así como de las organizaciones laborales que han formado algunas de ellas. Indaga en la historia de este sector en México, habla de las leyes que rodean al tema y mantiene su característica visión antropológica. Así, la autora construye un argumento a favor de ver esta actividad como un trabajo que necesita de organización, regulación y derechos. Este libro aporta argumentos que ponen en jaque nuestras ideas sobre las relaciones laborales, el orden capitalista y, sobre todo, la problemática del consumo.

Marta Lamas, Fulgor de la noche: el comercio sexual en la Ciudad de México, México, Océano, 2017.


Mil años de historia laboral

A pesar de que el trabajo se sienta como una realidad inminente en nuestras vidas, no siempre ha sido como lo conocemos hoy. Y con esta aseveración no nos referimos a los robots o la falta de organización obrera que caracterizan nuestras relaciones laborales actuales, sino a la idea de trabajo que Occidente sostiene desde la época de la industrialización. En un libro publicado en inglés a principios de año por la editorial Verso, la historiadora Andrea Komlosy revisa casi mil años de historia del trabajo para desmontar y complejizar nuestra noción de lo que esta actividad requiere y significa: desde los jefes hasta el trabajo doméstico históricamente no remunerado.

Komlosy estudia el trabajo desde la perspectiva de los países colonizados y desde la óptica femenina para probar la coexistencia de muchos tipos de trabajo, incluso de aquellos gratuitos, que por lo mismo no han logrado asegurar su lugar en nuestras categorizaciones. Es un libro que promete ser ilustrativo, abarcador y político.

Andrea Komlosy, Work. The last 1,000 years, Londres, Verso, 2018.

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El Día del Niño nos vende una imagen acartonada de la infancia, un blanco perfecto de la más vetusta mercadotecnia: juguetes, magia, paseos y aventuras, como si los niños fueran por ley seres que deben vivir en una burbuja de cristal. La infancia también es el periodo de formación de la conciencia, de desarrollo del lenguaje articulado y de las primeras muestras de una inteligencia capaz de abstracción. Es además un territorio a veces inhóspito, traumático, definitorio, como lo muestran los siguientes títulos que la retratan sin ingenuidades.

El profesor republicano

La lengua de las mariposas (dir: José Luis Cuerda, España, 1999)

Entre la filmografía sobre la guerra civil española (como El espíritu de la colmena o El laberinto del fauno), no hay como esta película. Quien la haya visto la llevará en la memoria con una huella entrañable y conmovedora. A partir de un cuento homónimo del volumen ¿Qué me quieres, amor? de Manuel Rivas y la conjunción de otros dos relatos del mismo libro como tramas secundarias, José Luis Cuerda y Rafael Azcona adaptaron un guion que les mereció un Premio Goya en el 2000.

Con el dejo agridulce de un drama cuya cúspide son sus imborrables escenas finales, la película recrea la vida en un pueblo de Galicia en plena represión franquista en 1936. La relación entre un niño de primaria, Moncho, y su maestro, Don Gregorio, interpretado por un excelente Fernando Fernán Gómez, excede por mucho los métodos de enseñanza de la época. Don Gregorio le acerca a Moncho grandes nociones filosóficas simplificadas y embellecidas a través de la observación de la naturaleza (en este caso, la que rodea a la comunidad rural): la libertad, la muerte, la existencia de Dios, el lenguaje, la razón. Cuando la guerra finalmente irrumpe y desbarata las referencias del niño —Don Gregorio es republicano y las redadas falangistas son el pan de cada día—, la película cobra un giro estremecedor, como siempre que un menor está en el ojo del huracán del drama. Como afirmó su director, el dilema de la película estriba en esa espantosa línea decisiva “de tener que elegir entre su propia vida y la vida de sus familiares y amigos” cuando la Guerra Civil agudiza las diferencias, desgarra y separa por convicciones e ideologías. Todo esto excede evidentemente el universo de un niño que no por eso deja de desarrollar herramientas para entender la furia de un conflicto armado.


La infancia de la Nouvelle Vague

Los cuatrocientos golpes (dir: François Truffaut, Francia, 1959)

“Uno nunca se repone de la infancia”. La frase es un lugar común para los biógrafos y resuena con más potencia en la vida de Truffaut, que plasmó su propio sentimiento de niño no deseado y sin esperanzas en la película que significó su impactante debut como director. Al lado de Cría cuervos de Carlos Saura, Los cuatrocientos golpes es una parada imprescindible en los caminos del cine sobre la infancia.

La ópera primade Truffaut traerá una saga sobre el personaje principal, Antoine Doinel (protagonizado por Jean-Pierre Léaud), tan solo un niño en Los cuatrocientos golpes, que luego irá creciendo y aparecerá en Antoine y Colette (1962), Besos robados (1968), Domicilio conyugal (1970) y El amor en fuga (1979). De modo que el debut marca también el inicio de la prometedora carrera actoral de Léaud (aparecerá, por ejemplo, en otras ocho películas de Jean-Luc Godard). Ciertamente autobiográfica, con grandes gestos de improvisación en la actuación del personaje de Doinel, Los cuatrocientos golpes muestra con sorprendente ingenio las escapadas de un niño abandonado que poco a poco se hace a la calle y enfrenta sus traumas, y cuya libertad lo vuelca a cometer fechorías y ganar astucia y malicia. Sus padres están demasiado ocupados peleando o teniendo amantes y él, entre otras cosas, se enajena en las salas de cine y las funciones vacías de matinée. Una referencia precisa a la infancia de Truffaut, quien convierte esta película en la estación inaugural del movimiento cinematográfico francés más importante de la segunda mitad del siglo XX: la Nouvelle Vague.


La escuela bajo la ocupación nazi

Adiós, muchachos (dir: Louis Malle, Francia, 1987)

A partir de la marca indeleble que dejó Truffaut, Louis Malle escribe y dirige un drama histórico extraordinario. Estamos en 1944, en las aulas y patios de un internado católico —claramente jesuita— de la comarca francesa. El régimen de Pétain ha negociado la ocupación nazi de Francia. Los días se interrumpen por las alarmas de bombardeos que conducen a niños, curas y profesores de matemáticas o lengua a los refugios bajo tierra que asemejan catacumbas. El invierno arrecia y la penuria alimentaria se deja sentir entre los niños y adolescentes, que hacen trueque con patés y mermeladas enviados por sus familias pudientes, las únicas que sobreviven sin mayores penas a la guerra. La persecución judía no se detiene.

En ese clima de tensión, los niños llevan una vida en aparente calma. Quentin, el personaje principal, es un devorador de novelas que soporta mal la separación con sus padres. A su clase llega Jean Bonnet, un niño nuevo que demuestra increíbles dotes en la clase de piano. Poco a poco, entre riñas y una amistad de amor y odio como la de muchos niños, Quentin caerá en cuenta de que Bonnet no es un apellido real: su amigo es un judío, como otros, protegido y escondido por los curas del colegio. Con esta cinta, el aclamado Louis Malle logra consolidar un drama sobre la psicología preadolescente y las condiciones humanas y cotidianas de un país asediado por el terror de los nazis y del gobierno colaboracionista. La conjugación entre la intimidad de los alumnos, sus preocupaciones y su descubrimiento del mundo, y el peso atroz de la Historia, es uno de los grandes aciertos de esta película en la que tantos aspectos del aprendizaje están retratados en precisas escenas: el amor, el cuerpo, la literatura, el cine, la música y la lengua.


El teatro en los ojos niños

Fanny y Alexander (dir: Ingmar Bergman, Suecia, 1982)

Esta película merecedora de cuatro premios Óscar nos reveló otro aspecto de Bergman, algo alejado de los insondables dramas psicológicos a los que comúnmente se le asocia. Aunque sus grandes temas estén siempre presentes y abordados de una manera más reflexiva y llevadera, es decir menos áspera y desgarradora: la muerte, la pasión, los celos, Dios. Acaso más accesible, ésta se considera como una de las obras maestras del director sueco.

Fanny y Alexander son dos hermanos de 8 y 10 años pertenecientes a una familia burguesa sueca del medio teatral, los Eckdahls. La película empieza en la navidad de 1907 con los primeros rasgos de la tensión que vendrá: Helena, la matriarca, abuela de Alexander, y sus roces con una amplia servidumbre uniformada y la posterior llegada del padrastro de los niños, con el que Alexander tendrá conflictos a lo largo de las 3 horas que dura el filme. Pero las caracterizaciones son asombrosas y el lente fotográfico de Bergman también: basta ver las fastuosas decoraciones y los interiores coloridos y sobrecargados de la casa familiar para saber que estamos ante las pinceladas de un gran cineasta. Además, el director no escatima recursos oníricos para adentrarnos en las vivencias, los pensamientos y en los mecanismos introspectivos de los niños.


Dibujos para cualquier edad

Nausicaä del Valle del Viento (dir: Hayao Miyazaki, Japón, 1984)

Un fuerte prejuicio nos advierte que cualquier caricatura o dibujo animado es exclusivamente material infantil. Gracias a las obras del japonés Miyazaki y de los estudios Ghibli, que él mismo fundó en los ochenta, sabemos que esto es una falsedad. Con una filmografía vastísima y un lenguaje propio, clásicos de Miyasaki como El viaje de Chihiro o La princesa Mononoke,nos mostraron que el universo del manga puede transferirse exitosamente al cine y convivir en una delgada línea entre los temas adultos y el desbordante imaginario infantil.

Nausicaä del Valle del Viento se inscribe en esa búsqueda y es una de sus precursoras, basada en una serie de cómics escritos por el mismo director. Ambientada un milenio después de la caída de la civilización industrial, la princesa Nausicaä debe evitar una nueva guerra entre dos ambiciosas naciones. Aunque la historia y la caracterización de esta guerrera menor de edad puedan pertenecer al ámbito de las películas infantiles de héroes y superhéroes, la temática postapocalíptica, la conciencia y el peligro de la devastación ecológica del planeta pintan un mundo cínico y depredador absolutamente realista. Por supuesto, este adjetivo tiene poco que ver con las recreaciones fantásticas de monstruos y paisajes con su propia fauna y flora inventados por completo por Miyazaki.

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Con pretexto del que sería su cumpleaños noventa, recordamos a Cy Twombly (1928-2011), uno de los pintores más importantes del periodo de la posguerra, en una de sus caras menos exploradas, la de escultor. Lo hacemos, además, de la mano de quien mejor ha estudiado esta faceta del artista.

Cuando pensamos en Cy Twombly lo primero que nos viene a la cabeza son sus distintivos garabatos. Muy diferentes entre sí, unas veces son francamente violentos, mientras que otras tienen transparencias suaves y absorbentes. Sobre todo en su producción de la década de los sesenta, los lienzos se distinguen por tachones de colores que recuerdan a esos dibujos infantiles que resultan de probar todo el arcoíris de lápices de nuestro estuche.

La obra de Twombly cambió mucho a lo largo de su carrera; se alejó del expresionismo abstracto que parecía ser regla en los años cincuenta para internarse en la mitología y la historia clásica, un desplazamiento que se relaciona directamente con su establecimiento en Roma a finales de los cincuenta y prácticamente hasta el resto de su vida. Si bien se le reconoce sobre todo por su pintura, que lo hace uno de los artistas más importantes del periodo de la posguerra, su faceta como escultor ha sido históricamente menos reconocida. Con pretexto del que sería su cumpleaños noventa, recordamos a Twombly el escultor, de la mano de quien ha estudiado mejor esta faceta del artista: la curadora Kate Nesin.

Cy Twombly, Leda and the Swan, 1962.

A partir de 1946 y cuando todavía estudiaba, el artista nacido en Virginia incursionó en la creación de obras tridimensionales con montajes de objetos cotidianos que casi siempre cubría con distintas capas de pintura blanca. Son piezas únicas que muestran cierta continuidad con su obra pictórica, pero que se han mantenido en un segundo plano en la valoración del artista. Kate Nesin, curadora asociada de arte moderno del Art Institute of Chicago, dedicó casi una década al estudio de la obra escultórica de Twombly: en su libro Cy Twombly’s Things (Yale University Press, 2014), hace el primer estudio a profundidad de las prácticas del artista con objetos apilados.

En una conferencia, Nesin habla de lo que la atrajo a estas esculturas y el lugar a donde llegó después de años de investigación. Familiarizada con la obra de Twombly, vio una escultura suya por primera vez en el Tate Modern en Londres. Cuenta que le pareció una “escultura prosaica”, en alguna medida indescriptible. A partir de entonces decidió referirse al conjunto de estas piezas —que superan el centenar— simplemente como “cosas”. Cuenta que el término le ha sido útil en sus análisis de las obras de Twombly por ser maleable, porque permite la heterogeneidad al tiempo que funciona como pretexto para describir específicamente cada una de las obras del artista. Y ella las ha estudiado todas.

Además de hablar de algunas piezas y describir las características comunes del conjunto de la obra, esta conferencia da pistas fundamentales para entender el lugar al que quedó relegada esta faceta del artista. Para empezar, explica que Twombly tenía casi todas las esculturas que hizo a lo largo de su carrera bajo su posesión, por lo que al momento de morir se habían expuesto solo en contadas ocasiones. Y en efecto, en marzo de 2011, poco antes de la muerte de Twombly, el Moma anunció con bombo y platillo la adquisición de obras de la colección personal del artista, entre las cuales se encontraban justamente siete esculturas, las primeras en sumarse al acervo del museo.

Jonathan Muzikar, Foto de la instalación de Cy Twombly: Sculpture en el MoMA, 2011. Tomada de la página del Moma.

Por otro lado, Nesin explica que el escultor dentro de Twombly era en realidad un personaje intermitente. En los años que van de 1959 a 1976 no creó ni una sola escultura, y este tiempo coincide con ser una época estelar para la escultura minimalista y postminimalista que vio nacer a Donal Judd y a Robert Morris, entre otros. La curadora dice que a finales de los sesenta la escultura como medio se “había disuelto o colapsado a favor de materialidades sin límites” como el performance.

Esto, sin embargo, “no hace que la escultura de Twombly sea retrógrada”, aclara. Al contrario, ella ve en estas piezas un enorme potencial de significados, viables como medio artístico de posguerra y directamente asociadas con una ordinariez que contrasta con otras interpretaciones de la obra de Twombly. Concretamente, podemos apelar a la de otro de sus más comprometidos estudiosos: el curador de arte moderno del Metropolitan Museum de Nueva York, Nicholas Cullinan quien, en una entrevista publicada en este mismo espacio a propósito de la primera exposición latinoamericana de Twombly en el Museo Jumex, decía que “hay una cierta belleza y literalidad en su obra con la que cualquiera puede relacionarse fácilmente”.

Para que el lector juzgue libremente, reproducimos aquí un video que reúne muchas de las esculturas de Twombly en una secuencia libre y sin pretensiones curatoriales.

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En mitad de los miasmas electorales no hemos prestado mucha atención a un nuevo escándalo sexual que ahora arrasa la cúpula de la Academia Sueca. Entre otros premios, se anunció la lista de nominados a la mejor traducción en lengua inglesa.

Hasta en las (mejores) familias suecas

El pasado jueves 12, la secretaria perpetua de la Academia Sueca, Sara Darius, tuvo que renunciar a su puesto, dejando libre el asiento 7. Darius, la primera mujer en recibir semejante responsabilidad, es el daño colateral de un escándalo mayor que ha cimbrado a la institución del Nobel.

Perfil de la periodista cultural Matilda Gustavsson, que reveló el escándalo en las páginas del diario sueco Dagens Nyheter

En octubre, una periodista sueca, inspirada por el ahora Pulitzer Ronan Farrow y su trabajo sobre el caso Weinstein, reúne una veintena de testimonios desgarradores: varias académicas e intelectuales del entorno del Nobel denuncian casos de acoso sexual, intento de abuso y hasta violaciones. En noviembre, el Weinstein sueco cae: su nombre se hace público. Es Jean-Claude Arnault, un marsellés de 71 años radicado en Suecia, esposo de la poeta Katarina Frostenson, que ocupaba uno de los 18 asientos de la Academia y que ha tenido también que renunciar. Para muchos, la influencia de Arnault era tal que ocupaba de manera extraoficial el imaginario asiento 19. Su poder había ido creciendo desde los años noventa. Entre otras cosas, era el encargado del club cultural Fórum, un antro de eventos literarios, performance y música, auspiciado por la Academia sueca, que era la antesala del Nobel y los bastidores de la élite intelectual que otorga el mayor galardón literario del mundo. Además, también se sospecha que Arnault filtró el nombre de muchos premiados (Elfriede Jelinek en 2004, Harold Pinter en 2005, J.M.G. Le Clézio en 2008 y Patrick Modiano en 2014) para impresionar y seducir a sus víctimas, cuyos testimonios se remontan a hechos ocurridos entre 1996 y 2017.

Por falta de pruebas, las acusaciones contra Arnault habían quedado en simple rumor. Pero el daño ya estaba hecho y las investigaciones siguen. Los partidarios de la esposa de Arnault la defendieron y ganaron por un estrecho margen hasta provocar la renuncia de otros tres académicos: Klas Östergren, Peter Englund y Kjell Espmark. Según El País, este último, autor de una historia canónica del Nobel de Literatura, y veterano de la institución, acusó a sus compañeros de “anteponer la amistad a la responsabilidad y la integridad”. Ahora, según lo anunciado este miércoles, el rey de Suecia reformará la normativa obsoleta de la institución para que sea realmente posible renunciar por voluntad propia a asientos vitalicios irremplazables. El tsunami de denuncias sexuales sigue arrasando todo a su paso y transforma el vergonzoso silencio en un reajuste completo de poderes y funciones. Y en la Academia, el premio Nobel de Literatura que se empieza a decidir en abril está en juego si no se reúnen al menos 11 de los 18 miembros votantes.


Hispanoamérica en inglés

Junto con los ganadores al Pulitzer, también se publicó esta semana una lista de los nominados a los premios a mejor libro traducido en Estados Unidos, los Best Translated Book Award 2018. La lista incluye ficción y poesía y, aunque involucre una gran cantidad de países y lenguas, es un buen indicador de la presencia que tiene la literatura extranjera en lengua inglesa. Los autores que creemos decisivos en nuestra lengua no tienen forzosamente una repercusión similar cuando salen de las aguas del español. Por eso, los premios a la mejor traducción —que otorgan dos jugosos cheques de 5 mil dólares, uno al autor y otro a su traductor— dan señales claras de si la literatura hispanoamericana irradia de alguna manera al norte del río Bravo. El año pasado, por ejemplo, los premios se los llevó el cono Sur, con Extracting the Stone of Madness,una colección de poemas de Alejandra Pizarnik, y Chronicle of the Murdered House, la obra maestra del brasileño Lúcio Cardoso publicada en 1959. En 2015 y 2016, habían ganado consecutivamente Rocío Cerón con Diorama y Yuri Herrera con Signs Preceding the End of the World.

Para este año están nominados, en lengua española: Rodrigo Fresán, con The Invented Part; el colombiano Santiago Gamboa con Return to the Dark Valley; Affections de Rodrigo Hasbún; August de la argentina Romina Paula; The Iliac Crest de Cristina Rivera Garza; Fever Dream de Samantha Schweblin; y finalmente The Magician of Vienna de nuestro recién fallecido Sergio Pitol. De 25 nominaciones, la lengua española aventaja con 7 candidatos, seguida por 6 franceses. En la categoría de poesía, con más variedad de lenguas y en la que ninguna acumula más de una nominación, tenemos a la argentina Marosa di Giorgio con I Remember Nightfall. Fundados por la Universidad de Rochester en 2008, los BTBA viven en parte gracias al auspicio del Amazon Literary Partnership: así contribuye a la traducción el consorcio que ha modificado para siempre la economía del libro. Aunque la circulación de este objeto ya no dependa de libreros e importadores, el traductor sigue siendo el eje que asegura el paso real de una frontera a otra.

 

Fuentes: L’express, Bibliobs, El País, The Millions.

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Hace unos días Netflix Latinoamérica, a través de su cuenta de Twitter, declaró que retrasaría el horario del súper estreno mexicano del mes: Luis Miguel, la serie basada en una biografía autorizada de nuestro cantante pop tan adorado y tan rubio como el maíz autóctono. Para no hacer coincidir el estreno del primer capítulo con el debate presidencial, los fans tendrán que esperar hasta las 10 de la noche del 22 de abril. Por favor, no mezclemos política con viejas nostalgias ochenteras, emociones fuertes y largas noches en el hoy decadente Baby-O. Más bien, asumamos que al público mexicano le interesa más una probadita emotiva de la carrera de un ícono precoz que el futuro ocupante de la silla presidencial. Por cierto, a juzgar por este tráiler, habrá muchas lágrimas y dramas personales, conflictos de padre metiche a hijo bronceado, cantidades indigestas de sol, playa y éxito, y, por supuesto, mucho talento engominado. Todo esto acompañado por la marquesina de unos genios del marketing: “los domingos el sol sale por la noche”. Además, el niño que protagonizará a “El Sol” es todo un Luis Miguel en potencia: el actor Izan Llunas tira rostro desde temprana edad y ha participado en “La Voz Kids 3”. Hasta ahora, todo indica que la nueva telenovela transmitida por Netflix Latinoamérica será una verdadera oda al sueño dorado de aquel Acapulco sin balas.

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Entre muchas otras cosas, la obra del cineasta checo Milos Forman (1932-2018) representa la lucha del individuo contra el siempre opresivo sistema, algo que él mismo padeció cuando tuvo que salir de su país tras la invasión soviética. Con casi una veintena de obras, Forman nos dejó cintas ejemplares pobladas por personajes memorables. Ofrecemos a continuación cinco imprescindibles dentro de una de las filmografías más auténticas del siglo XX.


¿Quién es el loco?

Alguien voló sobre el nido del cuco (1975)

Mitad comedia, mitad drama, Alguien voló sobre el nido del cuco (malamente bautizada en varios países de Latinoamérica como Atrapado sin salida), ocupa el lugar 33 en la lista de las mejores películas de todos los tiempos del American Film Institute. También le cuelga la medalla de haber sido la segunda película en la historia en ganar los cinco premios Oscar más importantes, hazaña que hasta entonces solo había conseguido Sucedió una noche (1934).

Y no es para menos. Esta magistral cinta cuenta la historia de Randle McMurphy (uno de los mejores papeles de Jack Nicholson), un criminal que para eludir la cárcel se hace pasar por loco y termina encerrado en una institución psiquiátrica gobernada por la tiránica enfermera Ratched (Louise Fletcher), que si algo deja en claro es que la locura no siempre está del lado que pensamos. El psiquiátrico está habitado por un coro de personajes variopintos, personificados por actores de la talla de Danny DeVito y Christopher Lloyd, aunque sin duda el más memorable es el del Jefe Bromden, cuya secuencia de fuga ha quedado grabada a fuego en la retina de la posteridad.


Un viaje distinto a la luna

Man on the Moon (1999)

No es la mejor película de Forman, de acuerdo. Para algunos, ni siquiera debería estar en esta lista. Pero, le pese a quien le pese, Man on the Moon está muy cerca de esa espinosa categoría denominada “película de culto”. ¿Una película de culto estelarizada por Jim Carrey? Pues…

Honor a quien honor merece. Quizá nadie hubiera podido meterse en la piel del comediante Andy Kaufman como Carrey. De hecho, la historia cuenta que Carrey nunca dejó de ser Kaufman durante todo el rodaje, ejercicio dramático que llevó al borde de la exasperación al resto de sus compañeros. El caso es que Kaufman es uno de esos personajes que solo puede producir una cultura como la estadounidense: cómico, delirante, excesivo,  excéntrico, atormentado, provocador; es decir, como el propio Jim Carrey. Aunque la trama se toma algunas licencias con respecto a la vida de Kaufman, este biopic que no es para cualquier estómago, demuestra la versatilidad de Forman y al tiempo que subraya su gusto por los personajes rebeldes.


El sueño americano en pelotas

El escándalo de Larry Flynt (1996)

En su filmografía, Forman muestra una debilidad por los personajes rebeldes, ya sean “locos” como McMurphy o Andy Kaufman, o por empresarios salvajes y sinceros que abrazan el sueño americano con todas sus consecuencias, como el caso de Larry Flynt.

Hoy la pornografía es moneda corriente, pero hace algunas décadas los caballeros solo tenían el baño para ojear a gusto revistas como Playboy o Hustler. Esta última, de tono más explícito que la creada por Hugh Hefner, fue obra de Larry Flint, un empresario que durante la revolucionaria década de los setentas decidió abrir una serie de bares de striptease, negocio que le servirá para lanzar la revista que lo convertirá en un excéntrico millonario y, de paso, para ruborizar a la mitad de Norteamérica. Por supuesto, en el país de la doble moral, Flynt es lo mismo un héroe que una aberración. Tras librar más de una batalla en la corte en defensa de la libertad de expresión, el empresario es atacado por un francotirador, que lo deja en silla de ruedas por el resto de su vida. Pero eso, en lugar de amilanarlo, convierte a Flynt en un férreo defensor de los derechos humanos (y también, todo sea dicho, en un adicto a los analgésicos). Woody Harrelson ocupa la piel de Flynt, un personaje hecho a la medida para él.


Bailando contra la guerra

Hair (1979)

Se puede cantar y bailar contra la guerra. Eso lo demostró Forman con este musical de 1979. Ambientada doce años antes, es decir, en plena guerra de Vietnam, Hair cuenta (y canta) la historia de Claude Bukowski, un joven que viaja a Nueva York con la intención de alistarse en el ejército. Sin embargo, a su llegada a la Gran Manzana conoce a un grupo de hippies que le hacen replantearse dos o tres cosas sobre la vida. En su periplo, Bukowski conocerá la amistad y el amor, las drogas y, en última instancia, la vida misma; será incapaz de libarse de la guerra, y durante el viaje el espectador se verá confrontado con la crudeza bélica y el canto libertario.

El musical suele ser un género difícil: se ama o se odia. Punto. Amigo de sensibilidades específicas, muchas veces resulta demasiado dulce y hasta lacrimógeno. Sin embargo, en las manos de un creador como Forman, esta forma del cine traspasa sus propias fronteras para convertirse en un clásico perdurable. La banda sonora, por cierto, no tiene desperdicio.  


Las cuitas del joven Wolfgang

Amadeus (1984)

Para cerrar, la que muchos consideran la obra maestra del cineasta checo. Estamos en Viena, a finales del siglo XVIII. Un viejo Antonio Salieri, al borde del suicidio, nos cuenta su histórica rivalidad con Wolfgang Amadeus Mozart. Cuando era joven, Salieri le entregó su castidad a Dios para que el Todopoderoso le concediera el don de la música. Cuando el ferviente joven llega a la corte del emperador, ansioso por conocer al gran Mozart, queda repugnado al ver la vulgaridad con que se comporta este artista inmortal. Sin entender por qué Dios eligió darle la eternidad a un ser tan despreciable en lugar de a uno de sus más devotos discípulos, Salieri entra en una espiral de celos y frustración que lo llevarán a tratar de destruir a Mozart.

Aunque libremente basada en la vida del compositor austriaco, además de convertirse en un éxito inmediato y en una de las películas más influyentes de la década, Amadeus retrata como pocas cintas el genio del artista, la chispa que enciende la creación y las pasiones que esta desata sobre los pobre mortales. 

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Teatro físico. Cuatro intérpretes dirigidos por Nicolás Poggi representan sucesivos intentos por recordar y reinterpretar una obra. Están en un gimnasio, con atuendos brillantes que decoran las torpezas y errores que les impiden recordar las secuencias que quieren. Afuera es una puesta en escena divertida y original. Esta es su cuarta temporada en la Ciudad de México. Para dejarse convencer, aquí una breve reseña.

Hasta el 12 de junio.
Teatro Orientación del Centro Cultural del Bosque.
Paseo de la Reforma y Campo Marte, Col. Polanco.


Mujeres inventoras. Es el último fin de semana para ver propuestas de objetos y servicios que inventaron mujeres en muchas comunidades del mundo y en distintas épocas. El visitante de esta exposición verá desfilar a Ann Makosinski y su linterna sin baterías; a Marion Donovan, quien inventó el primer pañal resistente al agua; a Mary Anderson y su limpiaparabrisas, o las escaleras para incendios que propuso Ann Connely. De paso, la exposición lleva a que nos preguntemos por las condiciones estructurales que permiten la creatividad y el triunfo de las ideas, y las desventajas a las que se enfrentan las mujeres.

Hasta el 15 de abril.
Museo Interactivo de Economía.
Tacuba 17, Centro Histórico.


Arte Huichol. Con el fin de reconocer la importancia histórica y artística del arte de las comunidades de la Sierra Madre Occidental, diversos esfuerzos han organizado la Primera Bienal de Arte Huichol. Además de la exposición de obras, habrá venta de artesanías y un concierto al aire libre con invitados como Sonido San Francisco o la Agrupación Cariño. Este evento de 12 horas sin parar se enmarca en el Segundo Festival Xaveri en apoyo a las comunidades de las comunidades Huichol. Todo lo recaudado se destinará a éstas.

14 de abril a las 12 hrs.
Explanada detrás de Au Pied de Cochon.
Campos Elíseos 218, Col. Polanco.


Conferencias. La UNAM y la Provincia del Santo Evangelio de México presentan un ciclo de conferencias en honor al doctor fray Francisco Morales Valerio, historiador y director de la Biblioteca Franciscana en la Universidad de Puebla. Las charlas se centrarán en el proceso de evangelización de la Nueva España y el protagonismo de la orden franciscana en el mismo. La primera exposición, de Miguel Pastrana, será sobre la religión indígena en el momento del contacto. El calendario de conferencias está disponible aquí.

Hasta el 24 de mayo.
Capilla Nuestra Señora de Guadalupe, San Francisco el Grande.
Madero 7, Centro Histórico.

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El fantasma del comunismo sigue recorriendo Europa, pero esta vez se dedica a sacar los archivos de sus cajas: así que ahora aparece que, después de tanta teoría, la Kristeva fue una espía al servicio del régimen de su originaria Bulgaria. Entre otros clics, hallamos la nueva novela del recién estrenado escritor Sean Penn y el curioso artilugio de las feministas chinas para evadir la censura.

Una estructuralista en la KGB

Desde el 28 de marzo estalló la bomba de los rumores con un cañonazo de Reuters. Por ley, una comisión del Estado búlgaro tuvo que revelar documentos clasificados anteriores a 1989. Varios fólderes atestiguan la presunta colaboración de Julia Kristeva con los servicios secretos, la “Darjavna Sigurnost” del entonces régimen comunista. Kristeva habría sido parte de un equipo (pequeño) de unos 100 mil agentes que cooperaba estrechamente con la KGB soviética. La psicoanalista y teórica de la literatura, para algunos la madre de la semiótica y parte de la escuela estructuralista, habría trabajado en secreto bajo el pseudónimo de “Sabina”. Según un estudio de Le Nouvel Observateur, que buceó en los archivos desclasificados, el agente “Pétrov” la habría entrevistado y establecido el primer deal con ella incluso antes de su viaje a París en 1965: “Entre más se convierta en una científica reconocida, más útil será para nosotros”, relata “Pétrov”. Al cabo de cinco años de observación, “Sabina” queda contratada. Los servicios de espionaje esperan que les sirva para recolectar datos —seguramente muy valiosos— sobre los miembros del PCF (Partido Comunista de Francia), el medio intelectual y disidente y las actividades de los búlgaros residentes en Francia. Al poco tiempo, Sabina-Kristeva hace un primer parte: “El gobierno [francés] les da puestos importantes a intelectuales reaccionarios en los institutos culturales y científicos del Estado”. O bien: “La radio y la televisión francesas rebosan de sionistas”. O aún: “El miembro del PCF Louis Aragon ha mantenido firme su línea de discrepancia contra el Partido por los acontecimientos de Praga”. La colaboración no durará mucho: Sabina quedará excluida del aparato de inteligencia hacia 1973 por “haber adoptado posturas pro-maoístas”.

En su defensa, Kristeva desmiente todo y denuncia un acto de difamación: “una información que no es solo grotesca y falsa. Atenta contra mi honor […] y perjudica mi trabajo”. En un comunicado más reciente, agregó que ese tipo de archivos falsos “ilustran a la perfección los métodos de una policía al servicio del totalitarismo, que yo denuncié en varias publicaciones con tal de dar a entender sus mecanismos”. Kristeva ya anunció que pasará a la acción legal. Mientras tanto, en el horno se está cocinando una preciosa novelita para el octogenario John le Carré.


Las feministas y la censura en China

Luego del 8 de marzo, uno de los grupos en redes sociales más grandes de China, Feminist Voices, desapareció súbitamente de la plataforma Sina Weibo (una suerte de versión china de Facebook, porque allá no entran los tentáculos del Sr. Zuckerberg). Las razones de la suspensión de la cuenta se parecen a las que nos dan en el internet occidental: contenido inapropiado. El temor del gobierno chino es ver crecer una oleada de denuncias, entre otras cosas, que se emparejen con el ya globalizado #MeToo. Una estudiante de doctorado, que ahora reside en Estados Unidos, denunció a su tutor, inspirada por una avalancha de testimonios. La historia se hizo viral rápidamente bajo el hashtag #MeToo. La Universidad de Beihang, Beijing, pidió dos semanas después la renuncia del profesor. Aun así, el hashtag quedó bloqueado.

Las feministas chinas han encontrado varias maneras de saltarse las barreras que les ponen por el bien del pueblo bueno: inventaron, por ejemplo, #RiceBunny usando a veces los iconos correspondientes a un tazón de arroz y un conejo. Las dos palabras en chino tienen una pronunciación idéntica a “mi tu”. Es conocido también el meme en que el dirigente sempiterno Xi Jinping era comparado a Winnie Pooh y se utilizaba para criticarlo. La figura del osito mielero (que no aguamielero) ha sido igualmente bloqueada en las redes de la República Popular China. Siempre supimos que las caricaturas podían ser extremadamente subversivas. No queda más que estar muy atentos a los nuevos ingenios de los que burlan la censura. Es absurdo juzgar que todo esto es muy absurdo, como diría Beckett.


Sean Penn, que nada más hace cosas

Él es actor, “periodista”, visitante aventurero de narcotraficantes en fuga y, por si todo esto fuera poco, exesposo de Madonna. Pues ahora es novelista y poeta, siguiendo los pasos de David Duchovny, pero con menos verbigracia y bebida que Hank Moody. La novela Bob Honey Who Just Do Stuff de Sean Penn acaba de ser publicada. Y adivinen qué: pertenece al género de la novela “distópica”. Esa palabrita que, desde la llegada de Trump al poder, resuena en los tímpanos de George Orwell y de Ray Bradbury y les provoca tremendos revolcones en sus respectivas tumbas, y que corre en boca de pesimistas, escépticos y lectores ávidos de apocalipsis.

El personaje de Bob es la caricatura de un resentido, racista y misógino asesino a sueldo del gobierno —solo se despacha a ancianitos-sanguijuela que desangran al Estado—. Además, es empresario de fosas sépticas. Qué chistoso. Una de sus tareas en la vida es odiar a los demás y a las mujeres que se le cruzan. La trama se reparte entre Bagdad, California y una lancha en mitad del Pacífico. Ocurren muchas cosas, excesivamente violentas y excesivamente sin sentido. Según Claire Fallon, toda la novela es altamente ofensiva y “oscuramente cómica”. Por si los lectores pedían más, tenemos un epílogo… en verso, sí, y que cierra con una visión “crítica” sobre el movimiento #MeToo. Dejaremos a otros talentosos traductores la tarea. Mientras tanto, los pocos que hablen la lengua de Shakespeare podrán regodearse aquí.

 

Fuentes: The Huffington Post, Vice, Wired, The New Yorker, Bibliobs.

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El gran biógrafo es, al mismo tiempo, un novelista de circunstancias individuales y un investigador sagaz. Recrea desde las huellas y los testimonios, reconstruye el pensamiento y la vida a partir de archivos y nos acerca al personaje de la biografía gracias a la investigación más rigurosa. Recomendamos cinco biografías de artistas plásticos de diversas latitudes y épocas para dar cuenta de la gran eficacia con que se ha practicado el género.

Miguel Ángel y los ideales renacentistas

Giorgio Vasari (1511-1574), pintor y arquitecto, fue hombre de intereses muy diversos, capaz de poner en pie el palacio de los Uffizi y el arco triunfal para la coronación de Carlos V, o la escenografía de una comedia de Pietro Aretino. Fue uno de los primeros humanistas en tomar conciencia del papel del artista moderno en la sociedad. Esta biografía de Miguel Ángel Buonarroti es parte de un gran proyecto: Las Vidas de los más ilustres arquitectos, pintores y escultores italianos, desde Cimabue hasta nuestros tiempos, la fuente más importante para el arte del renacimiento italiano y el libro que convirtió a Vasari en el padre de la historia del arte. Vasari no oculta la admiración por su biografiado. En Miguel Ángel aborda al artista que para él culminaba los ideales renacentistas. Vasari explora la vida del hombre y la creación de algunas obras maestras del arte occidental. La traducción de Pepa Linares toma como punto de partida la primera redacción del texto, que Vasari publicó en 1550 (la segunda apareció en 1568). Tras la muerte de Miguel Ángel en 1564, Vasari fue uno de los miembros de la Academia de Dibujo de Florencia que organizaron la decoración de la Santa Cruz para las exequias del gran artista.

Giorgio Vasari, Miguel Ángel Buonarroti, florentino (texto de 1550), traducción de Pepa Linares, Acantilado, Barcelona, 2007, 80 p.


Miquel Barceló: desde la intimidad

Michael Damiano (1986) se dedicó al estudio de la vida y la obra de Miquel Barceló. Empezó gracias a una beca de la Universidad de Georgetown, y cuando lo conoció personalmente en la inauguración de la cúpula que pintó en la sede de las Naciones Unidas en Ginebra, lo invitó a residir durante una temporada en un departamento en el edificio donde tenía su taller de París. Eso lo cambió todo. Hasta aquel momento Damiano había tenido ocasión de conocer y entrevistar a varios amigos de Barceló, pero, una vez en París, tuvo acceso a todo su círculo y al propio artista. Comió con él y con sus colaboradores a diario. Lo entrevistó en el oscuro apartamento repleto de obras de arte en la segunda planta de su taller. Con el tiempo se llevaron bien. Viajaron juntos a Ginebra y a Barcelona. Y cuando le dijo que si quería escribir un buen libro debería ir a África —donde Barceló tiene una casa desde hace veinte años—, hicieron juntos el viaje. Cuando no estuvo con el pintor, Damiano viajó siguiendo su itinerario a través de tres continentes y siete países, y entrevistó a quienes mejor lo conocían. A lo largo de esas conversaciones descubrió poco a poco a un personaje complejo, contradictorio, generoso y a la vez egoísta, con una faceta cariñosa y otra peligrosa. Damiano llegó a admirar a Barceló a pesar de que averiguó algunas cosas sobre él que preferiría ignorar, pero aprendió también que no podía dejar nada de lado para escribir sobre el gran pintor neo-expresionista.

Michael Damiano, Porque la vida no basta. Encuentros con Miquel Barceló, Anagrama, Barcelona, 2012, 344 p.


El artista del miedo y del dolor

Robert Hughes (1938) se internó en el estudio de las obras de Francisco de Goya a lo largo de muchas décadas para poder escribir su biografía. “Goya es el artista del miedo y del dolor, y no se puede entender al artista sin haber pasado una experiencia de dolor”, dice el historiador y crítico de arte. Hughes lo asevera porque casi pierde la vida en un accidente automovilístico en 1999 en una carretera del desierto de Australia occidental. Escribió Goya a partir de las reflexiones que realizó durante 45 años como crítico de arte. En el libro, Hughes plantea que Goya es el único artista de su época que contempla escenas de dolor y crueldad. Estudió el cambio radical que llevó a Goya de sus primeros cuadros, entusiastas, luminosos y sensuales, al universo atormentado, oscuro y amenazante de las Pinturas negras o de Los desastres de la guerra. Hughes destaca la modernidad de Goya —que inspiró a Manet, Dalí, Buñuel y Picasso, entre muchos otros— y afirma que en el conflicto bélico el pintor estaba del lado de las víctimas y detestaba la guerra en sí misma. El historiador considera absurda la teoría de que Goya no realizó las Pinturas negras y ofrece interpretaciones al respecto.

Robert Hughes, Goya, traducción de Caspar Hodgkinson y Victoria Malet, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2005, 480 p.


Admiración y pasión por la naturaleza: da Vinci

En Leonardo da Vinci. La biografía, Walter Isaacson (1952) afirma que aunque Da Vinci haya realizado dos de las pinturas más célebres de la historia: la Última cena y la Mona Lisa, él mismo se consideraba, por igual, ingeniero y científico. Con una desbordante pasión realizó estudios innovadores de anatomía, de fósiles, de pájaros, del corazón humano, de máquinas voladoras, de óptica, de botánica, de geología, de corrientes de agua y de armamento. Así se convirtió en el arquetipo del hombre del Renacimiento, como lo estipula Isaacson, entre muchos otros estudiosos de su vida y obra. La capacidad de Leonardo da Vinci para combinar arte y ciencia, simbolizada por su dibujo de un hombre completamente proporcionado con los brazos extendidos dentro de un círculo y un cuadrado, conocido como el Hombre de Vitruvio, lo convirtió en el genio más innovador de la historia. En la biografía, Isaacson afirma que las investigaciones científicas de Leonardo da Vinci conformaron su arte. Leonardo arrancó la piel de los rostros de los cadáveres, delineó los músculos que mueven los labios para pintar después la sonrisa más inolvidable del mundo. Estudió cráneos humanos, hizo dibujos en sección de huesos y de dientes para transmitir el sufrimiento de la extrema delgadez de San Jerónimo. Exploró la matemática de la óptica, mostró cómo inciden los rayos de luz en la córnea para conseguir la mágica ilusión del juego de perspectivas de la Última cena. El biógrafo confirma así que Da Vinci sentía un hondo respeto por la naturaleza en su conjunto y sintonizaba con la armonía de sus patrones, que veía reproducidos en toda clase de fenómenos, grandes o pequeños.

Walter Isaacson, Leonardo da Vinci. La biografía, traducción de Jordi Ainaud i Escudero, Debate, Ciudad de México, 2018, 592 pp.


Caravaggio: entre la oscuridad y el peligro

Andrew Graham-Dixon (1960) reunió durante una década las evidencias conservadas sobre la vida de Caravaggio para responder a muchas de las preguntas que durante años han perturbado a los investigadores. Revela las identidades de la gente corriente —prostitutas y mendigos— que el pintor usó como modelos para sus representaciones de escenas religiosas clásicas; describe lo que pasó realmente durante el fatídico y famoso duelo; y ofrece un convincente relato de las asombrosas circunstancias de su muerte. Michelangelo Merisi da Caravaggio vivió la más oscura y peligrosa vida de entre los grandes maestros de la pintura. En una disputa —narra Graham-Dixon—, Caravaggio mató a otro hombre y tuvo que huir a Nápoles y luego a Malta, donde escapó de la cárcel tras verse envuelto en otro episodio violento. Él mismo fue víctima de un intento de asesinato en Nápoles tiempo después. Murió a los 38 años mientras regresaba a Roma en busca del perdón papal por sus crímenes. Los ambientes de Milán, Roma y Nápoles en los que Caravaggio se desenvolvió son abordados con gran soltura por Graham-Dixon en Caravaggio. Una vida sagrada y profana.

Andrew Graham-Dixon, Caravaggio. Una vida sagrada y profana, traducción de Belén Urrutia, Taurus, Ciudad de México, 2012, 584 p.

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