A sus 62 años, el escritor británico Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) ha sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2017. El jurado de la Academia Sueca resaltó sus “novelas de gran fuerza emocional que han descubierto el abismo bajo nuestro ilusorio sentido de conexión con el mundo”.

Nacido en Japón, su familia emigró a Inglaterra cuando el autor tenía cinco años. A mediados de los setenta, Ishiguro estudió Inglés y Filosofía en la Universidad de Kent; a principios de los ochenta, se convirtió en escritor de tiempo completo.

Sus primeras novelas, Pálida luz en las colinas (1982) y Un artista del mundo flotante (1986) están ambientadas en Japón en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, temas como la memoria y el tiempo han estado presentes a lo largo de su obra. La música también ha sido otra de sus obsesiones recurrentes, como se evidencia en Nocturnos: cinco historias de música y crepúsculo (2009).

Ishiguro es uno de los novelistas más celebrados de habla inglesa. En 1989 obtuvo el Premio Booker —el más importante de esa lengua— por la que acaso es su novela más famosa, Lo que queda del día, llevada exitosamente al cine en 1993 por James Ivory, con Anthony Hopkins y Emma Thompson como protagonistas.

Sus novelas más recientes, Nunca me abandones (2005) y El gigante enterrado (2015) incorporan elementos fantásticos, sometidos a una prosa fina donde la melancolía y la sensación de resignación permean la historia.

En español, su obra ha sido publicada por Anagrama.

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Luego de los sismos del 7 y el 19 de septiembre en México, resulta imperioso hacer un recorrido por la historia de algunos de los desastres naturales que han azotado a la humanidad. La memoria de otras épocas y otros horrores, más que asustarnos, debe servir como un bálsamo para sobrellevar la tragedia. Proponemos una lista de recomendaciones para abordar estos fenómenos que acechan irremediable y constantemente la vida humana.

Los cimientos de la Ilustración

Uno de los terremotos más conocidos y catastróficos de la historia ocurrió en Lisboa el 1 de noviembre de 1755. Su magnitud, según estimaciones recientes, fue de entre 8.5 y 9 en la por entonces inexistente escala Richter. El sismo provocó no solo el desplome de cientos de edificios sino una serie de incendios incontrolables y, peor aún, el tsunami que arrasó con la marina mercante portuguesa, estacionada a orillas del Tajo. Se calcula que fallecieron cerca de 50 mil personas, es decir, una quinta parte de los habitantes de la ciudad, que quedó en ruinas. El Marqués de Pombal encabezó las tareas de reconstrucción; a él se deben las enormes plazas y corredores abiertos, las espaciosas avenidas y el ambiente urbano actual.

Además de sacudir la tierra, el sismo sacudió los cimientos de la Ilustración. Voltaire situó a Cándido en mitad de esta tragedia, un episodio más de Candide, cuento filosófico y elegante sátira para refutar el optimismo y la teodicea de Leibniz. Pangloss, el tutor de Cándido, no para de explicar el sentido de los sucesos y las desgracias humanas, advirtiendo a priori que todo tiende hacia el bien: la Historia tiene una dirección, un plan divino y armónico, que desemboca en el mejor de los mundos posibles. Sobre Cándido, Pangloss y otros personajes, caen las peores desgracias de la humanidad: guerras, secuestros, violaciones, castigos de la Inquisición, esclavitud, etc. La idea del mejor de los mundos posibles inspiraría, en el siglo XX, la literatura distópica y la obra de Aldous Huxley. Por su parte, Kant estudió el sismo de 1755 y quiso comprender su origen a partir de causas naturales: existirían cavernas subterráneas llenas de gas que repercuten en la superficie. Estas observaciones del joven alemán remiten al nacimiento de la sismología. El terremoto de Lisboa fragilizó también el lenguaje filosófico, poniendo en duda la metáfora tradicional del “fundamento” de las teorías, prolongando la duda originaria de Descartes y su profundo escepticismo ante la solidez y firmeza de las bases del pensamiento.

Voltaire, Cándido (capítulos V y VI) y Poema sobre el desastre de Lisboa, en Voltaire, Cuentos completos en prosa y verso (edición y traducción de Mauro Armiño), Madrid, Siruela, 2015, 932 p.


Los versos del 85

Uno de los poemas más difundidos sobre el sismo de 1985 es “Las ruinas de México (Elegía del retorno)”, primera parte de Miro la tierra (1986) de José Emilio Pacheco. Se trata de un poema largo, recortado en fragmentos (5 capítulos con 12 subsecciones, o 12 poemas cortos cada uno) que buscan afrontar el vacío de la destrucción, la muerte y la condición perecedera de la vida humana. El 21 de septiembre Pacheco regresó a la Ciudad de México y observó los estragos del sismo: gran parte de estos poemas son de una asombrosa calidad testimonial y casi empírica.

Gracias a estos versos, la tragedia del 85 encuentra su certera profundidad histórica. Dialogan con la tradición y le abren un espacio generoso a los que han escrito sobre nuestra ciudad, desde Bernardo de Balbuena hasta Luis G. Urbina. La Colonia ya implicaba una primera destrucción no solamente cultural y humana: acabar con el medio lacustre es trampa y cadalso para la ciudad del porvenir, edificada sobre lagos. “La ciudad ya estaba herida de muerte. / El terremoto vino a consumar / cuatro siglos de eternas destrucciones”. Luego del sismo casi cíclico del pasado día 19, los versos de Pacheco cobran una terrible actualidad. A ratos, parecen noticias de ayer: “Para los que ayudaron, gratitud eterna, homenaje. / Cómo olvidar —joven desconocida, muchacho anónimo, / anciano jubilado, madre de todos, héroes sin nombre— / que ustedes fueron desde el primer minuto de espanto / a detener la muerte con la sangre / de sus manos y de sus lágrimas […]”.

José Emilio Pacheco, Miro la tierra (1986), en José Emilio Pacheco, Tarde o temprano [poemas 1958-2000], México, FCE, 2000.


Esperar la llegada del Katrina

En 2005, el huracán Katrina mostró la desolación y la pobreza de las zonas sureñas estadounidenses. Su paso levantó la capa de olvido y abandono que cubría a los afroamericanos y migrantes más marginados. Jesmyn Ward, escritora y profesora en la Universidad de Nueva Orleans, se encontraba en una zona rural del Mississippi. Ante la inminente llegada de Katrina, tuvo que refugiarse en su auto y buscar posada en las casas blancas que rechazaron darle posada. A raíz de esta experiencia y de su paso por las zonas paupérrimas y devastadas del Este de Nueva Orleans, decidió urdir una trama tan desoladora como realista situada en el caserío de Bois Sauvage. En Salvage the Bones, Esch, la protagonista, es una joven negra de quince años, huérfana de madre y embarazada, que junto a sus tres hermanos busca reunir víveres y asegurar su supervivencia doce días antes de la llegada del huracán. Aunque esté escrita a raíz de circunstancias contemporáneas, la novela rompe expectativas y tiempos históricos: su heroína es Dafne, Psique o Eurídice —mitos griegos que lee y reconstruye—; la narración remite a Gilgamesh, al arca de Noé, al Apocalipsis. “Es una vieja historia —de honor familiar, venganza y desastre— y es una buena historia”, afirmó el New York Times. Con este libro, la autora ganó el prestigioso National Book Award en 2011, después de casi abandonar para siempre el oficio de escritora.

Jesmyn Ward, Salvage the Bones, New York, Bloomsbury Publishing, 2011, 288 p.


La mítica explosión del Vesubio

Pocas catástrofes han sido tan fecundas y fascinantes a lo largo de los siglos como la explosión del Vesubio en el año 79 D.C, que sepultó bajo la ceniza las ciudades de Pompeya y Herculano. Tan implacable y abrumadora como el diluvio de fuego de aquella trágica noche ha sido la lluvia de mitos, novelas, poemas, diarios de viaje, bitácoras y hallazgos arqueológicos que han explorado este episodio de la antigüedad tardía.

Sobre las ruinas de Pompeya se construyeron relatos imaginarios que aún permean la investigación histórica y arqueológica. Se piensa, de entrada, que la explosión repentina sorprendió a los habitantes sentados en el anfiteatro o bien durmiendo. Sin embargo, Plinio, testigo directo de los acontecimientos, relató en una epístola a Tácito la muerte de su tío, Plinio el Viejo —el naturalista—, quien dirigía una expedición marítima desde Miseno para intentar rescatar a los habitantes de las inmediaciones del volcán. Plinio el Viejo quedó atrapado demasiado cerca de los gases tóxicos en una erupción que habría durado unas diecinueve horas.

Otro mito alimentado durante siglos señaló a Pompeya como la ciudad de los vicios y el libertinaje. Las excavaciones revelaron pinturas y murales eróticos, desnudos y falos. Todos esos hallazgos fueron posteriormente resguardados en el Gabinete de Objetos Obscenos, al que podían entrar nobles y soberanos de impecable reputación. La erupción quedaba justificada como un castigo divino ante esa moral relajada que se embadurnaba con los más viles placeres. Sodoma y Gomorra en otras latitudes. Esa idea de una sociedad sexualmente autodestructiva y corrupta aparece claramente refrendada en la novela de Edward Bulwer-Lytton, Los últimos días de Pompeya (1834), que dio pie al mito proteico de la erupción volcánica más conocida de Occidente.

Plinio el joven, Epístola VI, 16 y Epístola VI, 20 (cartas de Plinio al historiador Tácito) en Plinio el joven, El Vesubio, los fantasmas y otras cartas, Madrid, Cátedra, 2011, 136 p.

Edward George Bulwer-Lytton, Los últimos días de Pompeya, Barcelona, Planeta, 2010, 424 p., ed. original en inglés de 1834.


Atravesar un tifón

El capitán MacWhirr, indolente, inexpresivo, prácticamente apático, modelo de orden y disciplina, dirige el Nan-Shan de regreso a China. En sus bodegas se hacinan unos doscientos coolies, cargadores o estibadores que las colonias europeas contrataban a bajo costo, ancestros marítimos de nuestros braceros y espaldas mojadas. En un punto de la travesía, MacWhirr no quiere leer malos presagios en su barómetro: la presión atmosférica acaba de sufrir una caída dramática. De pronto, al vapor lo envuelve una angustiante calma y una bruma sofocante, opresiva. Sin saberlo, se aproximan a un tifón de fuerza desmesurada.

El relato de este barco y de su capitán, del motín que estalla entre los coolies que temen por sus pertenencias y sus monedas de plata —fruto de largos meses de sudor— componen Tifón,una pequeña y perfecta novela escrita por Joseph Conrad, como muchas otras, para canalizar su experiencia en la marina mercante inglesa. Tifón es el retrato del crecimiento de la desesperación en alta mar, la ardua prueba para un capitán impasible y dogmático, la descripción minuciosa de las olas y las ráfagas inauditas en el corazón del desastre.

Joseph Conrad, Tifón, Madrid, Alianza editorial, 2008, 144 p., ed. original en inglés de 1902.

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Para septiembre llega otro inédito más de Bolaño. De paso, recordamos el setenta aniversario de la novela cumbre de Agustín Yáñez, Al filo del agua. Por último, la inteligencia artificial desata pasiones musicales con un director de orquesta robótico.


El archivo de Bolaño no tiene fin

Cuando un escritor vende y está en la cúspide del mercado, todo es materia editable. De pronto surgen manuscritos, garabatos en servilletas de algún bar, poemas en tickets de supermercado, libretas polvorientas, archivos informáticos desperdigados o con riesgo de infección. En este caso, el archivo de Roberto Bolaño, resguardado en el domicilio de su familia, es una caja de Pandora; más bien, el cofre de Billy Bones-Wylie, al que con otro nombre de aires bucaneros también apodan “El Chacal”. La editorial Alfaguara anunció la inminente aparición de tres novelas cortas inéditas del chileno, escritas a partir de 1993, y reunidas bajo el título de Sepulcros de vaqueros. Regresan temas y personajes de sus otras novelas: el paso por México, el golpe de Estado de Pinochet, el detective salvaje Rigoberto Belano (luego Arturo), los nazis en el Cono Sur, etc. Estas novelas cortas son borradores y pruebas: constituyen el taller y el laboratorio necesario para el trabajo de cualquier escritor; bien empaquetadas, sin embargo, se convierten en pingües obras maestras. El star system sigue teniendo mercancía para rato. Cuando se agote la fuente del sagrado Archivo, sucederá lo mismo que con otros clásicos: la bibliografía y las biografías serán más numerosas que sus propios libros, y entrarán en lo que el ansioso Harold Bloom denominó “El Canon occidental”.

Al filo del agua cumple 70 años

Era tiempo de recordar el aniversario de nuestra primera novela moderna, Al filo del agua de Agustín Yáñez, publicada en 1947, contemporánea de El Aleph (1945) y El reino de este mundo (1949). En un acto solemne, Eduardo Lizalde impartió una conferencia magistral sobre esta obra ante varias decenas de estudiantes atónitos en el auditorio Divino Narciso de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Afirmó que su lectura es un verdadero deleite, y señaló la importancia de los comentarios de Octavio Paz (en 1961) y del “joven crítico” Christopher Domínguez Michael (en 2007). Con temple y valentía, el poeta se supo acuartelar ante una sorpresiva metralla de bostezos estudiantiles —milenials insufribles siempre dispersos— al recalcar que: “es casi imposible responder al compromiso de decir algo nuevo [sobre dicha novela]”. Ante nuestras frustradas ansias de novedad, Paz y Domínguez Michael hubieran podido dar la conferencia, pero nadie quiso invocar espíritus ni enviar invitaciones impresas. En otras palabras, se diría imposible, o casi, que alguien supere las observaciones agudas de este dúo dinámico. Parece ser que es casi imposible, también, en estas circunstancias, que alguien quiera leer la compleja novela de Yáñez, que “no pudo haber sido un material de consumo popular” (ni lo es, ni lo será, ni pretendía serlo).

El acto del aniversario número setenta de la novela acabó por convertirse en un homenaje al propio Lizalde: le leyeron prolijos poemas dedicados a su pluma versátil, recordaron sus magias curriculares y la lumbre inacabable de sus versos. ¿Algo hubiera podido decirse sobre el contexto, la tradición, la estructura o si acaso sobre la  poesía que inunda Al filo del agua? Qué va. Ahí estaba la música para salvar la ocasión: el poeta comparó la belleza de la novela con La pasión según San Mateo de Bach. Y así, la voz del barítono acompasó las páginas resonantes de Yáñez, dándoles el cariz de una sinfonía de notas inobjetables: Pueblo de mujeres enlutadas. Aquí, allá, en la noche, al trajín del amanecer, en todo el santo río de la mañana, bajo la lumbre del sol alto, a las luces de la tarde —fuertes, claras, desvaídas, agónicas—; viejecitas, mujeres maduras, muchachas de lozanía, párvulas…

El robot que dirige orquestas

A inicios de mes, Elon Musk vaticinó que la Tercera Guerra Mundial no llegará por la misantropía de Kim Jong-Trump sino a causa de “la competencia por la superioridad en la inteligencia artificial”. No sabemos si su paranoia vislumbra escenarios con drones malévolos, policías electrónicos asesinos, o un programa de realidad virtual diseñado para velar un mundo cavernoso habitado por fetos conectados en hileras sin fin. Sobran películas y la competencia es dura. Lo que el visionario Musk seguramente no imaginó es que la séptima trompeta del apocalipsis sería tocada por las ágiles manitas de Yumi, el robot que acaba de dirigir a Andrea Bocelli y a la Filarmónica de Lucca en un experimento de precisión musical. No se preocupen por la exactitud matemática de los perfectos compases de Yumi, ahí estaban los instrumentistas para aderezar la música con un factor clave y antiguo como los astros mismos: el error humano. Ante la llegada del director autómata, muchos se preguntaron por qué siguen existiendo violinistas de carne y hueso cuando algoritmos y operaciones binarias son la precisión encarnada. Se acabaron los tiempos cursis del feeling musical, los metrónomos en el alma y las vetustas partituras. Tomen asiento, descansen al fin, y dejen que las máquinas llenen el aire de música.

 

Fuentes: Agencia EFE, Alfaguara (Penguin Random House), Sin embargo y Agustín Yáñez, Al filo del agua, Colección Archivos, México, 1993.

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Algo habremos aprendido en la escuela sobre la mítica fecha del 16 de septiembre de 1810. Pero para entender cómo fue y qué cambió con el proceso independentista de México, aplicar la simple lógica del parteaguas histórico resulta insuficiente. Ofrecemos aquí una selección de libros para abordar con mejor perspectiva el “momento fundante” de nuestra nación.

El pasado importa

La historia oficial suele narrar la Independencia como el momento inaugural de nuestro país. Libre del yugo español, la mexicanidad hacía tabula rasa y empezaba su camino por la historia, desatando una serie de procesos que aparentemente se engarzan hasta llegar a nuestros días. Sin embargo, la historiografía lleva décadas cuestionando esta idea bajo la premisa de que tres siglos de vida virreinal tendrían que haber dejado alguna impronta en la identidad de los habitantes del “nuevo continente”.

En El paraíso de los elegidos. Una lectura de la historia cultural de Nueva España, el historiador Antonio Rubial busca desmitificar la idea de que la época colonial fue un periodo de oscurantismo, una etapa insignificante al momento de entender el desarrollo de nuestra realidad nacional. Estudiando diversas fuentes —el arte en sus distintas manifestaciones, crónicas y relatos de viaje, sermones, poemas y cartas públicas— la obra nos muestra la vida cotidiana durante ese turbulento apéndice del imperio español y concluye que “los patrones de [la cultura novohispana] sobrevivieron décadas después de consumada la Independencia”. Es un recorrido por la idea del mundo que tenía Occidente entonces, su aterrizaje en este territorio y la relación con las culturas indígenas, las formas y medios de comunicación de la sociedad novohispana, y la Ciudad de México como particular centro de recepción y emisión de mensajes identitarios, reconocibles hasta hoy.

Antonio Rubial, El paraíso de los elegidos. Una lectura de la historia cultural de Nueva España (1521-1804), México: FCE/UNAM, 2010.


Nuestra primera novela

Para seguir con la vida cotidiana, El Periquillo Sarniento nunca pasará de moda acaso como el mejor retrato de la Ciudad de México en los tiempos inmediatamente anteriores a la Independencia. En sus páginas desfilan los apellidos aristocráticos, el léxico de pobres y ricos, los lugares a los que se iba a comer, beber y jugar, y las venturas y desventuras del primer pícaro latinoamericano: el cínico y divertido joven Pedro Sarmiento.

Es además la primera novela de Iberoamérica, publicada por entregas en el periódico El Pensador Mexicano. El año pasado, sus tres primeros tomos cumplieron doscientos años; el cuarto no fue publicado hasta 1840, años después de la muerte del autor.  De la obra del intrépido Lizardi, que para publicarla lidió con la prisión y la censura por sus críticas a la sociedad novohispana, Vicente Quirarte ha dicho en estas mismas páginas: “ Su prédica continúa siendo actual en muchos sentidos, y sus tipos populares son los que desfilan cada día en nuestro mexicano domicilio”.

José Joaquín Fernández de Lizardi, El periquillo Sarniento, México: Porrúa, 1970.


Hecho en México

Toda época se acompaña de sus propias imágenes, y las del último siglo de vida virreinal en la Nueva Esapaña están actualmente en exhibición. Pintado en México, 1700-1790: PINXIT MEXICI, se compone de más de cien obras —muchas de ellas nunca antes vistas— que revelan los contextos en que se producía la pintura de este lado del mundo (para señalar explícitamente el origen de sus producciones, los pintores empezaron a añadir la leyenda “Pinxit Mexici” [Pintado en México], junto a sus firmas). Las obras de altares y universidades, pero también los retratos de la crema y nata, y la particular pintura de castas, muestran una realidad que hoy parece insostenible pero que entonces estaba muy bien definida.

A la exposición la acompaña un catálogo bilingüe, próximo a publicarse, en donde colaboran historiadores del arte, curadores y restauradores, en un esfuerzo para revisar los cambios, la movilidad y el valor, tanto decorativo como político, del arte pictórico que produjeron los artistas del llamado “barroco novohispano”. La exposición se encuentra actualmente en el Palacio de Iturbide; en noviembre viaja al LACMA de Los Ángeles y se inaugura el próximo año en el Met de Nueva York.

Ilona Katzew, Luisa Elena Alcalá, Jaime Cuadriello, et al, Painted in México, 1700-1790: PINXIT MEXICI, Munich: Prestel Publishing, 2017.


El peso de la ideología

Una vez asumido que la Independencia no fue estrictamente un corte en el tiempo que diferencia con claridad un momento histórico de otro, sino que más bien hay que hablar de un proceso amplio, con señas de identidad cambiantes y otras más perdurables,  ¿cuál fue el proceso ideológico que acompañó a este movimiento? ¿Cómo resultó en la proclamación de la Independencia de 1821 y en que un grupo muy definido fuera el que la protagonizara?

En El proceso ideológico de la revolución de Independencia, el filósofo Luis Villoro relata los movimientos ideológicos que caracterizaron a este periodo, diversos entre sí y arraigados en diferentes capas de la sociedad mexicana. Lo que en un principio había sido reforma jurídica, con la entrada de “las clases obreras” se torna en un movimiento revolucionario por la libertad (la “conmoción universal de la Ilustración” se manifestaría en México mucho tiempo después). Este libro es un clásico de la historiografía mexicana, fundamental para entender que las visiones de mundo, abstractas e idealizadas, negocian siempre con las posibilidades políticas reales.

Luis Villoro, El proceso ideológico de la revolución de Independencia, México: FCE, 2010.


Divertimento histórico

Finalmente, si el lector está interesado en los pormenores de la lucha independentista, puede encontrar un relato divertido en las crónicas de Ireneo Paz, abuelo del Nobel mexicano. Siguiendo de cerca a los protagonistas, la narración negocia todo el tiempo entre la historia y la ficción con diálogos y descripciones detalladas de escenarios y paisajes. De estas “leyendas”, en particular disfurtamos y recomendamos la de Vicente Guerrero (que se puede leer completa aquí). La lección de Paz es que leer del pasado es, entre otras cosas, entretenido, sobre todo porque existen muchas posibilidades de que la historia misma lo fuera.

Ireneo Paz, Leyendas históricas de la Independencia. México: Imprenta, litografía y encuadernado de Ireneo Paz, 1894.

 

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Inteligente y erudito, buen conversador, generoso y elegante, son algunos de los adjetivos que vienen a la mente de quienes fueron estudiantes y colegas del historiador Álvaro Matute Aguirre (1943-2017). Esta es una recopilación de recuerdos que conmemoran la larga carrera de este historiógrafo, estudioso del siglo XX mexicano y maestro de tantas generaciones.


Fotografía: cortesía Milenio.

 


La docencia despeja las sombras bajo las que transcurren la lectura, el estudio y la investigación, la callada, discreta e intensa vita umbratilis del anticuario, del especialista, del erudito, del conocedor. Muchas de las mejores horas de Álvaro Matute las ocupó la docencia, la cual asimismo se encargó de conservar su media sonrisa, al igual que su maestro Edmundo O’Gorman. Como este último, encontró en la historia de la historia un intrincado Palacio de la Memoria y un jardín emponzoñado por las pasiones y los intereses de un elenco de escribidores no siempre a la altura del mejor dramaturgo, pero casi todo el tiempo tan mezquinos y bajos como un villano de cartel. Escribió mucho, como se verá al reunir lo que sus clases y el trabajo de gabinete le impidieron ordenar, pero solo sobre unos cuantos de los numerosos temas que jalonaban tanto su experiencia como su curiosidad e imaginación históricas. Su conversación añadía el oportuno grano de sal, necesario para fincar la duda e inseparable de un sazón propio, y en ella el pasado recuperaba su vital inestabilidad y desconcierto.

Antonio Saborit. Historiador y director del Museo Nacional de Antropología.


Comenzaba el mes de agosto del año 2002. Yo era entonces una pianista entusiasta que, por alguna razón que aún no comprendo, había logrado ingresar al Programa de Posgrado en Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ya había sido un milagro que me aceptaran, así que con agradecimiento y dicha me presenté al primero de los cuatro semestres de materias de la Licenciatura en Historia que me asignaron como requisitos para iniciar el programa de maestría. La primera clase de aquellas muchas que felizmente cursé llevaba por nombre Introducción a la Historia. El doctor Álvaro Matute Aguirre comenzaba puntualmente a las siete de la mañana en un salón lleno de muchachos con los ojos curiosos; muchos de ellos, como yo, tomando su primera clase de la carrera. De la mano del Dr. Matute me enamoré de la idea de hacer historia, de preguntar sin cesar y de tener la mente abierta para encontrar pistas en lugares insospechados; y comprendí la importancia de la literatura como inspiración para el historiador, cuyo oficio depende del lenguaje para existir, tal y como ocurre con el escritor.

En los años que siguieron reencontré al doctor Matute en varias ocasiones y, cada vez, mi recuerdo viajaba a aquel feliz agosto de 2002, cuando lo vi por primera vez. Escribo estas líneas con gran pesar, sabiendo que no lo veré nunca más, salvo en ese afortunado espacio de mi memoria. Descanse en paz.

Luisa del Rosario Aguilar. Historiadora.


Con frecuencia recuerdo la principal enseñanza de Álvaro Matute: “Lean libros completos”. De preferencia, pero no de manera exclusiva, libros de historia. Sus propias alternativas siempre fueron ajenas a los radicalismos, pero consecuente con su propio ánimo moderado, Matute era atento, curioso y abierto a las opiniones que diferían de la suya. No le interesó imponer sus puntos de vista a sus estudiantes, sino ayudarlos a desarrollar argumentos propios. Su única exigencia era la que se imponía él mismo: uno podía ser tan radical como quisiera, pero no se valía cancelar el punto de vista de los demás, no leer para incriminar, no hablar del autor para desterrarlo de la argumentación, no descalificar a priori. En esto había un matiz, porque la ironía la disfrutaba bastante.

No puedo creer que esté escribiendo sobre él en pasado. Fue mi maestro de historiografía en primer semestre. La obra permanece, pero lo vamos a extrañar.

Renato González Mello. Historiador y director del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM.


El más temprano acercamiento que tuve con el siglo XIX fue gracias a una muy útil antología, México en el siglo XIX, publicada por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1972, dentro de la espléndida serie Lecturas Universitarias. Sería el primero de varios libros que Álvaro Matute Aguirre recopilaría y el que hizo que muchos jóvenes, en especial los egresados del bachillerato de la UNAM, reconociéramos su nombre desde el primer semestre de la Licenciatura en Historia. Como realicé mi carrera en la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán, mi contacto con Álvaro Matute se limitó a las conferencias que iba a dar y a la relación que mis maestros tenían con él en proyectos colectivos de historiografía. Lo conocí, pues, tardíamente, cuando me hallaba estudiando la maestría, y en vez de siglo XIX mexicano, estudiamos los primeros pasos del historicismo alemán. Descubrí entonces a un hombre inteligente, culto, siempre sonriente y con un compromiso inquebrantable con la Universidad. Todavía recuerdo cuando ingresé como becario (precario, decíamos entonces) en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Recorrer los pasillos del edificio y ver los nombres de los académicos, incluido el de Álvaro Matute, me deslumbraba. Años después, como colega, colaboramos en un valioso proyecto para llevar la Maestría y la Licenciatura en Historia a la Universidad Autónoma de Tamaulipas. En los cuerpos colegiados del personal académico del Instituto, aunque no siempre estaba de acuerdo con él, me parecía que sus opiniones eran siempre razonadas y mesuradas.

En alguna ocasión, en un seminario de doctorados que aún recuerdo, Álvaro Matute dejó en claro que, pese a aquella primera antología, lo suyo no era el difícil siglo de formación de nuestro país, sino los turbulentos años de la Revolución, y el campo no menos conflictivo de la historiografía. No obstante, tanto en mi caso como en el de otros colegas, la vocación decimonónica empezó con aquel México en el siglo XIX.

Alfredo Ávila. Historiador e investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.


¿Qué decir? En 1998, cuando cursábamos la Maestría en Historia de México, don Álvaro Matute nos habilitó a Rodrigo Díaz Maldonado y a mí como sus ayudantes de profesor. No ayudábamos en nada. Ese año entró en vigor un nuevo plan de estudios y el profesor quería experimentar con una materia recién inventada para el primer semestre: Introducción a la Historia. ¿Qué hicimos? Leímos a Borges. “El tema del traidor y del héroe”, “Funes el memorioso”. “Emma Zunz” y “El jardín de los senderos que se bifurcan” le sirvieron al profesor para plantear las preguntas que sobre la historia quería que nos hiciéramos. ¿De ahí sacó Rodrigo la idea de la estructura de su análisis sobre la obra de Edmundo O’Gorman, maestro de nuestro maestro? Es probable: él tendrá que decirlo. Lo que sé es que el texto que publiqué en el homenaje al profesor Matute (en que analizo los libros, las opiniones y las encontradas versiones sobre la personalidad de un hombre al que hoy le encuentro gran parecido, incluso físico, con el maestro: Felipe Ángeles), sí surgió de aquella evocación de Borges. Debo vestirme para el velorio. Cierro los ojos, levanto mi copa de vino y evoco la clara mirada y los serenos acentos del maestro, leyendo a Jorge Luis Borges en voz alta.

Pedro Salmerón. Historiador y profesor del ITAM.


No recuerdo cuántas crisis existenciales tuve durante la carrera (empiezo a creer que se trató de una sola crisis constante). Lo que sí recuerdo fue haber retomado la carrera justo cuando Álvaro Matute volvía de su sabático. Con él pude recursar Introducción a la Historia. A pesar de encontrarme casi a la mitad de la carrera y considerarlo completamente innecesario, contrario a mis expectativas, fue revitalizante. Sus clases me permitieron ver mi carrera con otros ojos; me dio la oportunidad de explorar nuevos caminos y me animó a seguir escribiendo, siempre con una sonrisa y algún comentario inteligente. Tal vez para él fue una interacción más con algún alumno, pero para mí significó darle otra oportunidad a esta disciplina.

Al conocer la noticia de su muerte, no puedo más que sentirme afortunada y obligada a llevar a cabo aquella reflexión a la que alguna vez llegamos: “El que seamos parte de una ‘confabulación más amplia de lo que podemos entender’, no significa que debamos quedarnos con los brazos cruzados, se trata de una invitación a problematizar y enfrentarnos a nosotros mismos.”

Carla B. Villalón. Egresada de la Licenciatura en Historia de la UNAM.


En la cotidianidad de la vida universitaria hemos dejado de valorar lo que significa poder llamar a alguien maestro, por más que sus grados académicos apunten a un saber todavía mayor. Es cierto que Álvaro Matute ha sido para muchas generaciones un verdadero maestro. Pero también aquí hay algo que callamos, no por sabido, sino por ignorado. Y es que muchos, cualquiera de nosotros, puede enseñar o profesar historia; hay quienes alcanzan la categoría de catedrático, pero con sinceridad, debemos confesar que son pocos los maestros, y hoy hemos perdido a uno. Por su dedicación, por su profesionalismo y hasta por su sabiduría, pero sobre todo por su calidad humana. Álvaro Matute educó con el ejemplo de su propia persona y nos enseñó a expresarnos con verdad, a hacer de cada palabra lo que en verdad somos.

Roberto Fernández Castro. Historiador y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


Desde la Universidad del Valle, en Cali, Colombia, en donde realicé mis estudios de pregrado y Maestría en Historia, llegué a El Colegio de México para hacer estudios de doctorado, también en Historia. Por entonces corría el año de 1995. Además de la prestancia académica del querido COLMEX, recuerdo que una de mis motivaciones para venir a México era la buena fama que en el contexto del continente americano tenía y sigue teniendo la historiografìa mexicana. A mi provincial Universidad del Valle y su Departamento de Historia, el alto desarrollo de las ciencias sociales y humanidades en México, entre otras vías, llegó de la mano de las fabulosas colecciones del Fondo de Cultura Económica, las publicaciones de la UNAM y menos de la editorial del COLMEX, no por otra cosa que por el relativo aislamiento y la falta de efectivos canales de distribución del libro universitario. Aun así, en mi clase de América Latina del siglo XX, cuando cursaba el pregrado, me encontré con el libro de Álvaro Matute, La carrera del caudillo, de 1980. A la distancia y a través de uno de sus libros tuve mi primer contacto con el Dr. Álvaro Matute.

Para mi fortuna, en el segundo semestre de mis estudios de doctorado en el COLMEX tuve la oportunidad de ser alumno del maestro Matute en un seminario que se llamó Historia de las Ideas en México. Pensamiento Historiográfico Mexicano 1910-1968. Sin duda alguna, era producto de sus constantes reflexiones en torno a la historia de la historiografía mexicana. Por entonces Álvaro preparaba su libro Pensamiento historiográfico mexicano del siglo XX. La desintegración del positivismo, 1911-1935. Los que tomamos este seminario tuvimos la oportunidad de leer y discutir con el maestro algunos avances de esta obra. Además de su conocimiento, Álvaro prodigaba simpatía y empatía. Era ajeno a todo tipo de jerarquías académicas, se mostraba cercano y amable con los estudiantes, contaba malos chistes, y era un excelente maestro y formador de historiadores profesionales.

En 2006, en el marco del XIII Congreso Colombiano de Historia, Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín y Universidad Industrial de Santander, Bucaramanga, organicé una mesa de trabajo sobre historia intelectual en América Latina. Dado que desde los tiempos del COLMEX había cruzado amistad con Álvaro, aunque nos veíamos poco, lo busqué para invitarlo a participar en este simposio. Allí en Bucaramanga, junto con Evelia pasamos una semana de congreso. Producto de esta mesa de trabajo, juntamente con Álvaro, Miguel Àngel Urrego y el que escribe estas notas, editamos el libro titulado Temas y tendencias de la Historia Intelectual en América Latina. Relativamente novatos en compilar libros, Miguel Àngel y yo aprendimos de Álvaro, pues nos dio muy pertinentes consejos de cómo organizarlo. Como en el salón de clase y fuera de él, en labores editoriales y, en muchos otros ámbitos de la vida académica y social, Álvaro siempre se mostró generoso, receptivo y orientador.

En el año de 2013 El IIH organizó un coloquio en homenaje al Dr. Álvaro Matute. Tuve la fortuna de ser invitado y allí presente un trabajo que titulé “Álvaro Matute: Las circunstancias académicas e institucionales en la formación de un académico”. Permanece inédito. Retomarlo para hacerlo edito será un homenaje que haré a Álvaro, ¡SIEMPRE MAESTRO!

Aimer Granados. Historiador y profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana – Cuajimalpa


Hoy somos decenas de historiadores y humanistas los que lamentamos el fallecimiento de Álvaro Matute Aguirre. Muchos de ellos fuimos sus alumnos de licenciatura o en el posgrado. Tuvimos la oportunidad de conocer a un investigador destacado, y aprender de él en un diálogo enriquecedor. Pero quizá la mejor de todas sus lecciones radicaba en su enorme generosidad y en su disposición y sensibilidad para comprender y participar en los nuevos caminos de los que hoy dispone la investigación histórica. Nos va a hacer mucha falta.

Bertha Hernández. Periodista e historiadora.


Álvaro Matute fue mi maestro en el Posgrado en Historia de la Universidad Nacional Autónoma de México. Me inscribí porque era mi oportunidad para conocer, escuchar y aprender del profesor de mis profesores. Matute casi no hablaba en el seminario, pero al final hacia un ejercicio de síntesis con el cual no solo recogía el tema del día, sino que iba más allá, sus reflexiones apuntaban hacia líneas generales de comprensión histórica. Por ello, la ausencia de Matute será enorme. Hemos perdido a un académico serio y riguroso, pero me temo que también estamos perdiendo a una generación de historiadores e historiadoras que poseían un compromiso con la enseñanza del conocimiento, una formación erudita y, por lo tanto, una capacidad para dar explicaciones de largo aliento.

Laura Martínez. Historiadora y profesora de la Universidad Panamericana.


Álvaro Matute fue muy cercano al Centro de Estudios Carso. Gustaba mucho de asistir como conferenciante, presentador de libros, comentarista y ponente en diversos coloquios organizados por el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México y el propio centro. Su cercanía con Edmundo O’Gorman en reuniones en la Sala Bruno Pagliai enriquecían profundamente la asesoría en las publicaciones y conferencias semestrales. La elegancia que lo acompañó durante toda su vida se mostró no solo en su aspecto personal sino en la generosidad que proyectó con colegas, alumnos y amigos. Sus alumnos, prioritariamente aquellos asistían a su seminario de historiografía del siglo XX en la misma Universidad Nacional, lo siguieron durante más de dos décadas. Recomendaba a estos la consulta de los ricos fondos bibliográficos, documentales y hemerográficos de nuestro centro de estudios para realizar tesis de maestría y doctorado.

Manuel Ramos Medina. Historiador y director del Centro de Estudios Carso.


Al doctor Matute siempre le gustó relacionar datos aparentemente inconexos, hacer recuentos de cosas que no muchos tomaban en cuenta y construir conjuntos inverosímiles pero que, al final de cuentas, hacían mucho sentido y daban un punto de vista fresco a un asunto ya muy visto. Así miraba a la historia, así miraba a la vida, y tal vez por eso fue un gran historiador y un conversador como pocos. Haciendo honor a su costumbre, debo decir que no me parece casual que haya muerto el mismo día en que murió mi abuelo (años atrás), con quien compartía también fecha de nacimiento (el 19 de abril). No por nada son dos de las personas más entrañables que he conocido, ambos íntegros, inteligentes y generosos. Pero sobre todo, los mejores contadores de historias.

Mariana Riva Palacio. Historiadora y Directora Editorial y de Producción en la Dirección General de Publicaciones la Secretaría de Cultura.


Le entregué el borrador de mi tesis con mano temblorosa. Él, alumno predilecto de Edmundo O’Gorman, su discípulo más brillante, había accedido a leer las pocas cosas que yo podía poner juntas sobre la idea de la invención de América. A los pocos días nos volvimos a reunir. No dijo nada sobre las fuentes, las citas o las notas a pie de página del manuscrito. Hablamos largo y tendido de anécdotas y experiencias que él había vivido a lado de su maestro. Algo verdaderamente valioso, imposible encontrar en ningún libro. Recuerdos de primera mano que a lo largo de un par de meses marcaron la pauta de una dinámica inmensamente generosa. Una dinámica espléndida, atenta y cordial como lo fue el Dr. Matute. Maestro cuyos conocimientos más valiosos nos heredó a nosotras, las muchas generaciones marcadas por su pasión por la historia, no solo a través de las clases, los libros y los ensayos sino sobre todo en la charla amena, acompañada por esa mirada atenta, tan profunda y certera como su crítica.

Ainhoa Suárez. Estudiante del Doctorado en Filosofía en la Universidad de Kingston, Inglaterra.


Ayer me enteré de la partida del Dr. Álvaro Matute. Fue una noticia que me dejó una profunda tristeza; estaba por reunirme en pocos días con él, y ahora sé que eso ya no podrá ocurrir. Algo me queda: una grave nostalgia por los años de conocerlo; un perdurable recuerdo de su integridad y nobleza; el legado innegable de la conciencia histórica que a mí, como a muchos, transmitió a través de su enseñanza y erudición; y, quizás lo más difícil de comunicar, la experiencia de su amistad irrecuperable. Hoy forma parte de mi imaginación del pasado. El tiempo se lo ha reservado para sí, para otorgar a los que lo conocimos —y a los que lo conocerán— solo breves pero significativos instantes en que nuestra memoria pueda acudir a él. Siempre podremos recordarlo y estar a su lado reviviendo su compañía.

Carlos Tapia Segura. Estudiante de Doctorado de Historia en la UNAM.


Dijo Alejandro Jodorowsky, al abordar asuntos sobre el Arte: “Todos somos hijos de alguien… o somos unos hijos de la chingada”. Es muy probable, que por eso, a muchos nos lacere el aguijón de la orfandad, por la partida de Álvaro Matute Aguirre. Los centenares de generaciones de historiadores que formó, de este siglo y el pasado, ganamos tanto con su presencia, como hoy perdemos con su ausencia.
Siempre lo vi elegante, generoso y sabio.
Así lo recuerdo.
Así lo quiero recordar.

José Ángel Solorio Martínez. Historiador y periodista.


La obra de Álvaro Matute permanecerá. Por fortuna, estará siempre ahí para nosotros y para los que vengan. Pero el vacío que él deja es gigante. ¿Qué haremos sin sus clases, las del salón y las de su cubículo? ¿Qué haremos sin su generosidad y sin su infalible memoria? ¿Qué haremos sin sus agudas y precisas correcciones? ¿Qué haremos sin su guía afectuosa?

Luciano Concheiro. Estudiante del Doctorado en Historia de la UNAM.


En mi tesis de maestría agradecí –así, sin escribir sus nombres- a algunos de los maestros de quienes aprendí que el orgullo de ser universitaria era también una responsabilidad y por quienes el placer por la historia se convirtió en un compromiso de vida. Algunos de ellos eran mis muy queridos maestros Álvaro Matute Aguirre y Evelia Trejo Estrada. A ambos los conocí en las aulas, con ambos conviví en otros espacios. Con la edad uno goza de la posibilidad de elegir a sus ejemplos. Yo los elegí a ambos. Primero por su calidad académica, su responsabilidad y compromiso, por invitarme a reflexionar constantemente sobre el oficio de la historia y su sentido; después por su estatura moral, su inacabable amorosa paternidad, su honestidad, coherencia y sencillez. Va todo mi cariño para usted doctor, mexicano ejemplar. Va lo mismo para ti Evelia, te quiero.

María José Garrido Asperó. Historiadora e investigadora del Instituto Mora.


En el otoño de 1991 ingresé como alumno de carrera simultánea a la Facultad de Filosofía y Letras y tuve la fortuna de ser alumno del doctor Álvaro Matute Aguirre en los cursos de Historiografía de México I y II. A partir de entonces fui su discípulo y me distinguió con su amistad. En 1995 me invitó a ser su ayudante en el Sistema Nacional de Investigadores junto con mi amigo Rodrígo Díaz y la relación se estrechó aún más. Es difícil para mí imaginar el mundo sin Álvaro Matute después de veintiséis años en los que compartimos tantas cosas, desde nuestra pasión por la historia, nuestro gran aprecio por el cine mexicano o nuestra clandestina afición a poner apodos. Aunque pasaran semanas o incluso meses sin vernos, siempre estábamos en contacto y comentábamos cotidianamente tanto los sucesos más trascendentes, como anécdotas chuscas que mucho nos divertían. Al pasar revista a la larga lista de amigos y discípulos que se dio cita en su velorio, confirmo lo que ya sabía: que fue un hombre excepcional, que influyó con su inteligencia y su generosidad en la vida de muchas personas que gracias a él, somos mejores. Literalmente, se quedó dormido, pero seguirá vivo por siempre en el afecto de Evelia, de su familia, de sus amigos y de sus muchos discípulos y estará presente para quienes lo quieran conocer a través de su vasta obra.

Leonardo Lomelí. Historiador y economista. Secretario General de la UNAM.


Conocí al profesor Álvaro Matute en 1998. Su clase de Historiografía de México fue uno de los primeros cursos que tomé al ingresar a la Licenciatura en Historia de la FFyL de la UNAM y, desde entonces, sus enseñanzas dejaron una huella indeleble en la forma en que concibo el conocimiento humanístico, el compromiso universitario y el quehacer del historiador. Todas las decisiones importantes que he tomado en mi vida académica estuvieron influenciadas por sus consejos y cobijadas por su generosidad. Su muerte me deja, en consecuencia, con una profunda y muy dolorosa sensación de orfandad. En este sentimiento, sin embargo, sé que me encuentro acompañada. Los que en torno a él y su sabiduría construimos vínculos, a veces muy hondos, seguiremos cultivando la curiosidad historiográfica con la que nos enseñó a pensar.

Hace algunos años, Rodrigo Díaz encontró el medio idóneo para rendir homenaje al maestro. En 2010, se materializaron al menos un par de lustros de enseñanzas y reflexión en El historicismo idealista: Hegel y Collingwood. Ensayo en torno al significado del discurso histórico. Hoy hago mías las palabras de su dedicatoria para expresar el sentimiento que sé que muchos de sus alumnos compartimos en el ejercicio cotidiano de nuestra labor: A Álvaro Matute, en mínimo pago por una deuda inmensa”.

Rebeca Villalobos. Historiadora y profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


Hoy, 13 de septiembre de 2017, impartí mis primeros cursos como profesor de tiempo completo en la Universidad de Aix-Marsella. No fue fácil: el día 12, por la tarde, recibí en París la noticia de la muerte de Álvaro Matute, mi querido maestro. Al escribir estas líneas una inmensa tristeza se me enreda en la garganta. Sé, además, que esta tristeza se quedará ya siempre conmigo. No pude viajar a México, para abrazar a Evelia y a toda su familia, y a los muchos amigos que compartimos. Lo lamento de verdad, y espero que estas palabras sean un poco como ese abrazo a la distancia. Lo que sí pude hacer fue rendirle un pequeño homenaje personal que estoy seguro le hubiera gustado: tomé el tren y me presenté puntual a dar clases, con una sonrisa de bienvenida, a mis jóvenes alumnos franceses. Ocultando la tristeza, intenté hacer exactamente lo que hizo Matute conmigo hace ya muchos años, desde la primera clase que tomé con él, y que definió el rumbo de mi vida: trasmitirles el amor por el conocimiento, por el trabajo, por la historia y por la vida, que para él eran una sola cosa.
Hace algún tiempo escribí texto breve para un homenaje a mi maestro, y creo pertinente reproducir su conclusión en este espacio:

Para Álvaro Matute, el pasado se relaciona con el presente en la forma de una revaloración crítica y consciente del acontecer que fue. No sirve, pues, para prever ni para condenar, y tampoco como verdad absoluta y desinteresada, sino para modular nuestras posibles respuestas ante el presente. Esto no quiere decir que la historia nos indique el camino a seguir. Su misión es mucho más modesta: si algo nos enseña la historia, desde la perspectiva de Matute, es que los seres humanos siempre han tenido la posibilidad de encontrar, aún dentro de las circunstancias más difíciles, un camino que permita la vida (buena o mala, según sus elecciones) y que nosotros, en el presente, también poseemos esa posibilidad. Si hacemos lo correcto, es decir, si tomamos nuestras decisiones dentro de los parámetros de la tolerancia y la honestidad, tal vez logremos que nuestra vida valga la pena de ser vivida.

Una última observación. Me considero discípulo de Álvaro Matute. No poseo, sin embargo, ni su bondad, ni su generosidad, ni su sabiduría e inteligencia. Pero gracias a él sé cómo lucen, porque las he visto, las más altas virtudes de nuestro oficio.

Muchas gracias, profesor.

Rodrigo Díaz Maldonado. Historiador y profesor de tiempo completo en la Universidad de Aix-Marsella.


Era un seminario del posgrado de Historia y los estudiantes, uno a uno, tomaban la palabra para analizar la obra que ese día estaba asignada. En ocasiones, algunos de los miembros del seminario expresaban opiniones inexactas o incluso arribaban a conclusiones que claramente podían calificarse como erróneas (o que así suponía mi propia intolerancia juvenil). Yo volteaba entonces a ver al Doctor Álvaro Matute y a la doctora Evelia Trejo -esa pareja de una alquimia única e irrepetible- que presidían el seminario, esperando que rectificaran el fallo; pero los dos siempre se mantenían escuchando atentamente o, si acaso, hacían una pregunta aclaratoria. Y es que allí, en ese salón atestado, se estaba gestando una lección mucho más importante que conocer las ideas de un texto de Ricoeur, se estaba aprendiendo a respetar de modo irrestricto, a dejar a un lado cualquier tipo de arrogancia y a ser generoso con las propias ideas. Todo ello, implicaba acoger bajo el techo que ambos fueron construyendo a través de los años, a sus estudiantes, a sus becarios, a sus tesistas, a sus colegas. Y ser parte de esa comunidad en donde se apoya, se impulsa y se dialoga, es estar en el mejor lugar del mundo.

Leonor García Millé. Historiadora y profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


Mi querido Álvaro Matute mi amigo, mi colega, un cómplice de la risa y el divertimento, una persona divertida. Quiero en este recuerdo destacar su gusto por el deporte, en especial por el béisbol. Álvaro comparaba el quehacer historiográfico con el béisbol y sus estadísticas. En realidad nunca entendí porque pero le encantaba la pelota, era nuestro punto de reunión de una plática siempre agradable. Le voy a extrañar mucho.

Ricardo Gamboa. Historiador y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


Conocí al Dr. Matute en 2002 cuando fue influyente maestro nuestro, primero en la Especialidad en Historia de México y luego en la Maestría en Historia dentro de un programa de colaboración académica entre los Institutos de Investigaciones Históricas de la UNAM y la Universidad Autónoma de Tamaulipas, realizado en la capital de la entidad. Me impresionó su amplio conocimiento, su personalidad de intelectual universitario y a la vez su sencillez y trato cálido. Sus clases siempre interesantes, aprendí mucho de sus enseñanzas. En el aula, en el trato directo y en la convivencia con él. Luego cursé el doctorado en Historia en la UNAM y generosamente fue mi director de tesis. Un privilegio para mí. En lo poco o mucho que hago como historiador, está algo de su influencia…

Pedro Alonso Pérez. Coordinador Académico del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Tamaulipas y Presidente de la Sociedad Tamaulipeca de Historia A.C.


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