Hay libros sobre la Revolución mexicana que ya son clásicos, inevitables. Sin embargo, la duración del proceso, la variedad de los participantes, los cambios de prioridades y todo lo que se vio trastocado a lo largo de casi una década de lucha armada, hacen de este un tema más que fecundo para la historiografía. A continuación, ofrecemos una lista de libros recientes en torno la Revolución mexicana que arrojan una luz nueva sobre ese proceso histórico que nos sigue marcando.


Las historias perdidas de la Revolución

La mejor manera de renovar el interés por un evento del pasado que creemos conocer de sobra es indagar las particularidades que ignoramos sobre él, más aún si estas incluyen relatos de curanderas, fotógrafos, escritores, contrabandistas y espías. Las historias olvidadas que retrata David Dorado Romo en Historias desconocidas de la Revolución Mexicana en el Paso y Ciudad Juárez, cumplen esta función con creces. El estudio de una geografía tan específica como la de estas dos ciudades fronterizas recuerda a la obra fundacional de la microhistoria en México, Pueblo en vilo, de Luis González. Movido por la necesidad de explicar la tierra natal, Dorado Romo prueba que los grandes movimientos políticos siempre tendrán un cariz único en casa. Aquí publicamos una reseña de este libro.

David Dorado Romo, Historias desconocidas de la Revolución Mexicana en el Paso y Ciudad Juárez, México, Era, 2017, 430 p.


Más que “Adelitas”

Entre las historias desconocidas de la Revolución mexicana, también están las miles de anécdotas de mujeres que transformaron los espacios públicos en las décadas que rodean los inicios del siglo XX. En De armas tomar. Feministas y luchadoras sociales de la Revolución Mexicana, Ángel Gilberto Guevara reúne las biografías de 12 mujeres que contribuyeron a la revolución en México — la política, pero también la de género— desde las trincheras más variadas. 

Usando distintas fuentes —prensa, correspondencia y los escritos de las involucradas—, el autor busca descifrar el contexto que permitió a “estas valientes”, como las llama Mariana Pedroza, desafiar a lo común. Las sorpresas se suceden una tras otra: Porfirio Díaz ayudó a Matilde Montoya, la primera mujer médico cirujana del país, a acabar sus estudios; Juana Gutierrez, editora de Vésper, se pelea con los Flores Magón por la muerte de un amigo común; a Mimí Derba, actriz  y escritora siempre a la vanguardia, casi la rapta un general zapatista; y las pasiones que se arremolinaron en torno a Tina Modotti y el asesinato de su amante Julio Antonio Mella que la llevaron a exhiliarse. Artistas, enfermeras, maestras o conspiradoras tienen historias que nos hemos tardado mucho en escuchar. Este libro es un primer acercamiento.

Ángel Gilberto Guevara, De armas tomar. Feministas y luchadoras sociales de la Revolución Mexicana, México, Aguilar, 2017, 216 p.


La nueva vida de Flores Magón

Es en las biografías en donde aparecen los detalles más jugosos del pasado. Pero El regreso del camarada Flores Magón, de Claudio Lomnitz, resulta ser mucho más que el recorrido de una vida y la exploración de sus meandros. Ricardo Flores Magón es el pretexto para hablar de la historia personal de los tres hermanos a quienes se les atribuye el principio de la inquietud revolucionaria. El libro cuenta sus relaciones de amor y desamor, su búsqueda ideológica e intentos de transformación social, al tiempo que dibuja los grandes acontecimientos nacionales de finales del siglo XIX y principios del XX. Escrito a partir de una enorme variedad de fuentes, la investigación de Lomnitz es entretenida y reveladora de una dimensión que suele pasar desapercibida cuando pensamos en la Revolución mexicana: la relación que tuvieron nuestros primeros rebeldes con Estados Unidos. Un fragmento disponible aquí.

Claudio Lomnitz, El regreso del camarada Flores Magón, México, Era, 2016, 718 p.


¡Extra, extra! Dos de periodismo

La presencia e importancia del periodismo en las revoluciones es innegable. En el caso de la mexicana, el protagonismo lo tienen Regeneración, El Ahuizote y Multicolor. Se olvida que la llegada de Madero estuvo acompañada de una publicación que pretendía hacer eco de los avances y transformaciones que traería consigo el nuevo régimen político. Nueva Era fue fundado en 1911 por un grupo de periodistas, intelectuales y políticos que convergieron durante un par de años, antes de sumarse a distintas y opuestas facciones de la lucha revolucionaria inacabada. La dirección la mantuvo Juan Sánchez Azcona, nada más y nada menos que el secretario particular de Madero.

Nueva era y la prensa en el maderismo le mereció a Ricardo Cruz García el premio a “La mejor tesis de licenciatura sobre la Revolución mexicana” por su reconstrucción del surgimiento, ejercicio y abrupta desaparición de esta publicación, otro de los saldos de la Decena Trágica de 1913. El autor se acerca a los objetivos y el desarrollo ideológico del periódico en un estudio sin precedentes, y se detiene en las características formales de los artículos, sus ilustraciones, caricaturas y fotografías en lo que resulta ser un retrato histórico, político y literario fundamental para entender otra de las aristas de la breve presidencia de Madero. El Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM digitalizó el libro el año pasado y está disponible sin costo aquí.

Ricardo Cruz García, Nueva era y la prensa en el maderismo. De la caída de Porfirio Díaz a la decena trágica, México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2013, 318 p.

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A pesar de los esfuerzos por socializar ideas nuevas en medios fundados durante (y para) la revolución, no todo en las rotativas de esas décadas era nuevo. En el libro, Un caudillo y dos periódicos. Álvaro Obregón como modelo de la relación entra la prensa y el poder en la revolución mexicana, Bernardo Masini Aguilera concluye que la forma en la que el sonorense administró a la prensa escrita recuerda mucho a las maneras del porfirismo (amenazas y corrupción incluidas). Los periódicos en cuestión son El Informador, de Guadalajara, y El Universal, impreso en la capital del país, ambos nacidos del interés por defender al constitucionalismo. El periodo que abarca el estudio, aparentemente corto, (de junio de 1927 a agosto de 1928, los meses en que Obregón buscó la reelección a la presidencia, interrumpida por su asesinato en La Bombilla) es muy revelador de sus prácticas editoriales. Con una mezcla de análisis del discurso y métodos historiográficos, el investigador denuncia a una relación viciada de “gatopardismo sin precedentes”.

Bernardo Masini Aguilera, Un caudillo y dos periódicos. Álvaro Obregón como modelo de la relación entra la prensa y el poder en la revolución mexicana, México, Instituto Mora, 2016, 321 p.

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De entre los escritores, los poetas son una raza aparte. Se les imagina ajenos al mundo, inmersos en universos propios. Su cabeza tiene la capacidad de atender mil asuntos, profundos y pedestres, que de una u otra forma acabarán vertidos sobre su obra. Es por eso que el siguiente gabinete es tan sui géneris. Acudimos a ocho para que nos dijeran qué libro estaban leyendo en este momento, y la respuesta fue una resplandeciente biblioteca.


Luis Miguel Aguilar: un Garcilaso con “harto” comento y una lágrima

Ya desde la novela El licenciado Vidriera de Cervantes, se observa que el personaje Tomás Rodaja al trasladarse de un lado a otro lleva con él dos libros; uno de ellos, un “Garcilaso sin comento”. Es decir que “Garcilaso” ya era en realidad unos cuantos poemas y alrededor o al pie una gran cantidad de anotaciones, referencias, rastreos, en fin, “aparato crítico”. Desde hace unos meses circula entre nosotros un Garcilaso con, digamos, “harto” comento. Es el libro Garcilaso de la Vega. Poesía castellana (Ediciones Akal, 2017). Como en casos similares, uno se pregunta si el trabajo de los editores no fue excesivo, si no anotaron “de más” a Garcilaso. Y como en ocasiones similares, la respuesta es no: mejor que sobre y no que falte.

Ahora bien. Entre otras cosas me ocurrió una con este Garcilaso. Fui, voy a uno de sus poemas más famosos. Lo transcribo de memoria (de modo que no se fíe quien lee de la puntualidad en lo transcrito):

            Hermosas ninfas que en el río metidas, *
            contentas habitáis en las moradas
            de refulgentes piedras fabricadas
            y en columnas de vidrio sostenidas;
                   agora estéis labrando embebecidas,
            o tejiendo las telas delicadas;
            agora unas con otras apartadas
            contándoos los amores y las vidas;
                   dejad un rato la labor, alzando
            vuestras rubias cabezas a mirarme,
            y no os detendréis mucho, según ando:
                   que o no podréis de lástima escucharme,
            o convertido en agua aquí llorando
            podréis allá despacio consolarme.

Es un soneto lleno de alusiones y citas clásicas, empezando por las Metamorfosis de Ovidio. Pero volví a sentir en carne propia que a veces la lectura “adecuada” de poesía es la que a uno se le pegue la gana. Mejor dicho: toda lectura es tan “acertada” o “equívoca” como el propio gusto, o lo que uno le añada o deje de añadirle. De modo que esta vez al descubrir en las notas de los editores que el pasaje de las ninfas rubias venía de un verso de Virgilio, más bien me pregunté por qué las ninfas siempre han sido rubias; y me contesté caprichosamente: pues porque junto con o más allá de las ineludibles transparencias cristalinas en ríos, el sol está siempre sobre y dentro del agua en esta tradición poética.

Y ahora bien y un poco en lo mismo. Me sorprendió la parte final de la nota que incluyen los editores sobre este poema, o sobre su último verso. Según el hallazgo, en el “consolarme” Garcilaso logró colar la palabra lágrima —que no aparece directamente en un poema de lágrimas— al meter “larme”, es decir lágrima en francés. Me detuve en la hoja, la volví de un lado y otro, y no encontré si había “evidencia” en algún sitio de que Garcilaso se hubiera propuesto eso, o si era una “sobrelectura” o un deseo de los editores. Porque mientras lo averiguo, si es que lo averiguo, pongo esto en una zona mental, o en notas que tengo regadas en algunos cuadernos, a la que podría encabezarse como “La suerte del poeta”. Eco de otra cosa: en el futbol se dice que “portero sin suerte no es portero”; a veces, según yo, poeta sin suerte no es poeta. Y quizá Garcilaso, sin proponérselo, tuvo la suerte de que al escribir “consolarme” las últimas dos sílabas formaran “lágrima” en francés.

 

* Por coincidencia, al tiempo o poco después leía también los Diarios (ERA, 1994) de José Lezama Lima. A Lezama no le gustaba el primer verso; mejor dicho, no le gustaba el “metidas” por considerar algo así como que esta palabra “arañaba” a las ninfas, y acudía entonces a un pasaje de San Juan de la Cruz donde el uso de “meter” sí le latía. Puede que tenga razón; a mí en cambio me parece que “metidas” le quita un poco de obviedad, o trastoca en algo, para bien, el previsible e inicial “hermosas ninfas”.

Luis Miguel Aguilar
Autor de Pláticas de familia, El minuto difícil y Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas, entre otros libros.

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Carmen Boullosa: de lo desconocido a lo familiar

Leo dos libros, intercalándolos. Al maravilloso angoleño José Eduardo Agualusa (en versión al inglés porque es el ejemplar que tengo a mano, A General Theory of Oblivion, hermosamente editado por Archipielago, traducido por Daniel Hahn). El segundo libro es Tabaco frío, coca dulce, de la tradición popular de los cananguchal; la fuente en lengua uitoto es Hipólito Candre-Kīneraī, y el recopilador y traductor Juan Álvaro Echeverri.

¿Por qué los escogí? Al primero, porque a veces tengo alma de bolero: buscando placer. Me lo regaló un lector al que admiro, y sabía que iba a ser lo que es, una joya. Al segundo, porque ando en busca de distintas versiones de la creación del humano, voy tras “Génesis” distintos. Me interesó imaginando que este contendría una versión con psicoactivos (coca y tabaco, nada mal): el ser humano es el animal que se droga. El subtítulo me alentó: “Palabras del anciano Kīnerdaī de la Tribu Cananguchal para sanar y alegrar el corazón de sus huérfanos”. Tiene que ver con una novela que escribo, y que por el momento también desescribo, como es siempre el proceso. Hay otro motivo por el que los escogí: perdí el libro que leía, una recopilación de cortas piezas publicadas en un periódico indonesio, me lo puso en la mano el autor —Goenawan Mohamad—, lo comencé por curiosidad digámosle geográfica —a ver qué veía del pulso actual de su país—, pero terminé admirándole la escritura y la forma; fui del “qué” al “cómo”, de lo desconocido a lo familiar. Viendo el libro perdido, me dividí en dos: tomé Agualusa por la forma —el cómo esplendente del autor—, otro para satisfacer la curiosidad, encontrar en él el qué. Y eso sí que tiene que ver con escribir: en un texto literario, no hay qué sin cómo, ni viceversa.

Carmen Boullosa
Autora de La patria insomne, El complot de los Románticos y Las paredes hablan, entre otros libros.

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Hernán Bravo Varela: lecturas en Buenos Aires

A tono con la ciudad donde me encuentro de paseo, Buenos Aires, estoy leyendo varios libros simultáneamente, todos ellos editados aquí: Tener (Audisea, Buenos Aires, 2017) segundo libro de poemas en edición bilingüe de la joven poeta estadounidense Robin Myers, quien actualmente vive en la Ciudad de México;  Música prosaica (Entropía, Buenos Aires, 2015), cuatro ensayos sobre el arte de la traducción literaria, escritos por el narrador y traductor argentino Marcelo Cohen; y Stoner (Fiordo, Buenos Aires, 2016), la obra maestra del novelista estadounidense John Williams.

Escogí las lecturas por azar. Entre otras muchas novedades, conseguidas en distintas librerías porteñas, Myers, Cohen y Williams son solo tres de los muchos y sorprendentes descubrimientos que he realizado en estas latitudes. Se hace evidente, además, la robustísima salud del mercado editorial argentino, que opaca ya al español en factura y catálogo.

Ninguna de estas lecturas, salvo el libro de Cohen, tiene una relación directa con mi escritura actual —aunque formarán parte de mi memoria de lector y, quizá por ello, de la memoria por venir de la escritura.

Hernán Bravo Varela
Autor deOficios de ciega pertinencia, Comunión y Los orillados, entre otros libros.

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Marco Antonio Campos: entre el cálculo y el azar

Estoy leyendo poemas y prosas de López Velarde  (y libros sobre él), las novelas de Kazuo Ishiguru, el primer tomo de los Inventarios de José Emilio Pacheco, cuentos de Julio Cortázar y algunas novedades, como el libro de poesía A puerta cerrada de mi amigo Luis García Montero, el poeta más representativo de la poesía de la experiencia, y la Iconografía de Eraclio Zepeda, que la leo y la veo y la vuelvo a ver con honda melancolía. 

En el primer caso, lo leo porque es mi tema actual en el Instituto de Filológicas de la UNAM. Estoy terminando un Diccionario Lopezvelardeano siguiendo un poco el modelo del pequeño libro de Leonardo Sciascia que hizo sobre Pirandello. Voy muy adelantado.

En cuanto a Ishiguro, creo que a veces los Premios Nobel dan buenas sorpresas, como fueron los casos de Imre Kertész, Svetlana Alexiévich  y Patrick Modiano. Quiero ver si la es Ishiguro. 

Vuelvo a leer los Inventarios de José Emilio, ahora en libro, con deleite, admiración y envidia. Fue sin duda el gran periodista literario del siglo XX en México. Es asombroso cómo une, con gran conocimiento, crónica y ensayo.

He escrito ensayos sobre la mayoría de los grandes narradores latinoamericanos; Julio Cortázar fue ante todo un cuentista excepcional, que une extraordinariamente en su narrativa la excesiva cotidianeidad y las puntas y los filos del horror; me siento en deuda con él. 

Las lecturas desde hace casi cincuenta años se me han dado entre el cálculo y el azar. 

“Todo, en el mundo, existe para terminar en un libro”, diría Mallarmé. Pero no completó diciendo si bueno o malo.

Marco Antonio Campos
Autor de Viernes de Jerusalén,  Aquellas cartasDime dónde, en qué país, entre otros libros.

 

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Antonio Deltoro: exploración de Dostoievski

Estoy leyendo Los hermanos Karamázov. La estoy leyendo por primera vez. A esta gran novela y a Crimen y castigo las he intentado leer muchas veces antes y nunca las he terminado, porque me angustian hasta límites insoportables. Espero, a mis setenta años, tener el suficiente temple para terminar, por lo menos, Los hermanos Karamázov.  Ya estoy a punto de lograrlo: ha sido una larga temporada de lectura que me ha llevado a comprender territorios extremos de la condición humana. He sido toda la vida un gran lector de novelas, en particular de las de Tolstoi y Dostoievski.

Como se puede comprender, no tiene esta lectura nada que ver con ningún proyecto. En general, salvo para algún ensayo, leo sin premeditación y sin programas.

Antonio Deltoro
Autor deBalanza de sombras y Los árboles que poblarán el Ártico, entre otros libros.

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Ana Franco Ortuño: lecturas aleatorias

Generalmente tengo una pilita de libros en la mesa de noche; ahora tengo los Once cuentos de Klondike, de Jack London, Bajo el volcán, un libro de poemas de Diana Garza Islas y una historia de la brujería en Occidente.

El random de esos libros es casi siempre aleatorio: un amigo querido tradujo a London, fui a Cuernavaca a perseguir a Lowry estos Días de Muertos, Diana me mandó su libro y hace mucho quería leer esa historia de la brujería.

La relación con mi obra puede ser muy directa, aunque no en el caso de todos: me interesa el Silencio Blanco de London para trabajar una serie de poemas, me gustaría hablar sobre Diana y otros autores jóvenes en mi columna del Periódico de Poesía, lo otro no es claro todavía.

Ana Franco Ortuño
Autora deEl libro de las ideas y Peligro de extinción, entre otros libros.

 

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Mónica Nepote: seducción, juego y paseo

Estoy leyendo, como siempre, varios libros al mismo tiempo. Uno de reconsulta, otro para hacer un proyecto de comentarios micro a libros que me interesan en una red social, esto un poco por disciplina y otro por enamoramiento.

El de reconsulta es Wanderlust de Rebecca Solnit, una historia del caminar que me parece un libro sorprendente por muchas razones: por el horizonte que abarca, por el estilo de Solnit, porque fue el primer libro suyo que conocí,  porque cuando empieza el otoño es época de caminar para mí (hago montañismo desde hace dos años) y siempre me inspira y me guía.

El que tiene que ver con mi proyecto de comentarios es La abolición del trabajo de Bob Black que es un ensayo delicioso, irreverente y juguetón que precisamente parte de la idea de la importancia del juego en nuestras vidas, de toda aquella tarea que implica el disfrute y no la idea de seriedad, cansancio, explotación y muchas otras cosas supuestas que se atribuyen a la idea de trabajo. Es un libro anarquista y la anarquía que propone lo lúdico como orden me parece profundamente seductora.

El del enamoramiento es un libro que reúne artículos periodísticos de Joan Didion, todo esto porque acabo de ver el documental acerca de esta autora contundente, tremenda, brutal y precisa. 

¿Por qué los escogí? Noto en los tres libros algo que me interesa mucho y que puedo encontrar como una gran cualidad de la escritura ensayística: el proceso de montaje. Solnit va cambiando de tema como cuando cambias de paisaje al caminar, tal cual avanzando; como es una relectura estoy marcando los momentos de transición, los goznes ocultos en su prosa nítida.

El de Bob Black supongo porque cada vez me gusta más la idea de trabajar haciendo cosas que me gusten y porque para echar a andar el proyecto de minicomentarios en una red social funciona un libro corto.

Didion por pura seducción.

En el presente ya no sé si mi trabajo es o no poético, pienso en los proyectos híbridos: escritura que conjunta ensayo, prosa y quizá algo de poesía, por qué no. Pero los pienso también como interfaces, como dispositivos o como metáforas que puedan desplazarse en una serie de plataformas. Tengo dos proyectos muy incipientes que tienen que ver con el cuerpo, uno con la resistencia (es muy spinoziano) y otro con la idea del cuerpo no representado pero por razones políticas: por la discapacidad, me interesa la forma en que la sociedad borra los cuerpos de ciertos enfermos. Y no quiero decir más porque soy supersticiosa y temo la idea de que esto irrumpa en su proceso.

Mónica Nepote
Autora de Trazos de noche herida e Islario, entre otros libros.

 

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Sara Uribe: ensayo y poesía para una tesis

Actualmente estoy leyendo Aquí, América latina: una especulación, un libro de ensayos de la crítica literaria argentina Josefina Ludmer y releyendo Viriditas, El disco de Newton y La imaginación pública, los últimos tres libros de poesía de la escritora tamaulipeca Cristina Rivera Garza. Estoy efectuando estas lecturas porque están relacionadas con mi trabajo de tesis para el posgrado en letras modernas que estoy estudiando.

Sara Uribe
Autora de Lo que no imaginas y Antígona González, entre otros libros.

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En esta ocasión, atendemos el debate de la Academia Francesa de la lengua sobre el lenguaje incluyente y la manera en que el asunto ha sido abordado en el ámbito de la lengua española. Los intentos por resolverlo parecen un callejón sin salida. También, hallamos un curioso proyecto editorial que responde únicamente al llamado del fuego.


Feminizar la lengua

El debate sobre lenguaje “inclusivo”, “incluyente” o “no sexista” incendió la esfera pública francesa durante la última semana. La Academia del país galo decreta el apocalipsis lingüístico y culpa a sus siete jinetes (¿jinetas? ¿jinetxs?) feministas. Un manual escolar de primaria para la materia de Historia —titulado Cuestionar el mundo (Hatier, 2017)— ha tenido el atrevimiento de añadir sufijos a cada sustantivo masculino. “¡Palabrillas hirientes de cada día!”, exclamaron los/las/lxs/l@s/lOAs redactores/ras/rxs/r@s/rEAs de esta columna. También concluyeron, luego de una ardua controversia, que de tener que escribir así por los siglos de los siglos acabarían muy cansados/das/dxs/d@s/etc.

Ahora, veámoslo en claro. En español no es tan bochornoso agregar ese guion o esa barra diagonal que sirve a los intereses incluyentes. El género suele implicar un cambio de vocal, como decía nuestro clásico: chiquillos/as, mexicanos/as. Esta simpleza no podía gustarle al otro primo del latín vulgarizado; en francés, los sustantivos masculinos a los que se agrega un sufijo femenino llegan a alargarse más: citoyen/ne/s, o según las preferencias citoyen·ne·s. La Academia francesa considera este manual una verdadera “aberración”. Los miembros de la Academia, lingüistas por lo demás inmortales, creen que el francés está en “peligro mortal” y que se “tambalea” —energúmenos europeos indolentes ante las sorpresas de la placa de Cocos— la unidad nacional.

En 2012, el pleno de la Real Academia de la Lengua Española había suscrito un informe en el que se condenaba (inquisidora palabra) tanto el uso sexista del lenguaje como la pretendida obligación de agregarle automáticamente su doble femenino a un sustantivo masculino. Es decir, escribir “los directivos acudirán a la cena con sus mujeres” es absolutamente sexista. No lo es, en cambio, referirse a “los trabajadores de la empresa”, ya que el masculino genérico incluye a las mujeres. En otras palabras, según la RAE, la morfología, la sintaxis y la gramática no hacen explícita la relación entre sexo y género: el sintagma “los trabajadores” no involucra el sexo de las personas mencionadas. Insistir en el desdoblamiento “los trabajadores y las trabajadoras de la empresa” es una necedad tan inútil como los zapatos para perro o ponerle nombre a sus plantas. El estudio de la RAE se mostraba renuente a una nueva forma de “despotismo ético”, defendiendo el uso del masculino genérico, puesto que no discrimina.

Orígenes del masculino genérico

Contra las dos academias europeas, el diario L’Humanité puso sobre la mesa una sentencia de Nicolas Beauzée, que ocupó el asiento 19 de la Academia francesa y es autor de una Gramática general (1767): “Lo masculino [en gramática] goza de una reputación más noble que lo femenino; la causa es la superioridad del macho sobre la hembra”. Es decir, el uso del masculino genérico no es tan incluyente. Su origen expone un argumento algo nocivo para la igualdad y la paridad lingüísticas. Pero entonces, ¿cómo deberíamos hablar? ¿Son más absurdos los que dicen “el juez está de baja por maternidad” o los que cuentan que “Don Pedro fue la matrona en el parto de Julia”? Libertad de cada quien, digo yo (anónimo.a andrógino.a redactor.a plural de esta columna), de adoptar y formar su neolengua mientras la siga enriqueciendo, no la abarate ni la imponga como credo supremo a sus semejantes y semejantas. En cuanto a la Academia Mexicana de la Lengua, esta prometió solemnemente posicionarse en el debate en cuanto sus miembros acaben de comer palomitas.

El libro en llamas

A pesar de que Robert Plant declaró hace unos días que “la vida es mucho más que atender tuiteos de humanos dementes”, hemos seguido dando clics y “escroleando” con efusiva obsesión. Así, dimos con uno de los rasgos más esperanzadores del nuevo siglo: la inventiva. Crea una startup o muere pobre y desgraciado. Crea una idea original o muere en el intento. Crea una nueva edición “sensitiva” de Fahrenheit 451 —que le está provocando, desde ya, insoportables retortijones a Ray Bradbury en su tumba—, o muere de una vez por todas. Como ustedes saben, 451 grados Fahrenheit (unos 233 grados Celsius) es la temperatura en que arden los libros; es también el título de la distópica novela de Bradbury donde el Estado y sus firemen persiguen a los poseedores de estas armas de papel para incendiarlas con saña. La editorial francesa Super Terrain empezará en 2018 la venta de una versión por completo ennegrecida del bestseller de Bradbury. Solo el calor de las llamas levanta el velo que oscurece las páginas. El fuego milagroso hace que surja la tinta negra sobre el blanco.

Semejante proceso de revelado remite a la fascinación entrañable que se apoderó de su autor al escribir el libro, a la sensación de estar habitado por sus personajes mientras aguijoneaba frenético las máquinas de escribir que se alquilaban, a 10 centavos la media hora, en un sótano de la UCLA. Era 1950. “Yo no escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí. Había una circulación continua de energía que salía de la página y me entraba por los ojos y recorría mi sistema nervioso antes de salirme por las manos”. Sobra decir que otro creador de páginas inflamables, Hugh Hefner, fue su primer editor, quien compró el manuscrito original con sus magros ahorros: 450 dólares. El resto es historia y nada que las llamas no puedan consumir.

 

Fuentes: El Universal, L’Humanité, Le Point, El País, Super Terrain Editions, @JorgeLanda

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Los escritores son, ante todo, grandes lectores. Su curiosidad permanente hace que los libros resalten de otra manera, que brillen de forma distinta. Por eso decidimos preguntarles a seis escritoras jóvenes (todas nacidas en los ochenta) qué lectura traen entre manos. El resultado es tan heterogéneo en sus gustos como seductor en sus miradas. 

La cámara lúcida. Notas sobre la fotografía de Roland Barthes
Marina Azahua

Roland Barthes
La cámara lúcida. Notas sobre la fotografía
Traducción de Joaquim Sala-Sanahuja
Paidós
Barcelona, 2009
144 páginas.

La fotografía “no dice (forzosamente) lo que ya no es, sino tan solo y sin duda alguna lo que ha sido”, dice Roland Barthes; “la esencia de la Fotografía consiste en ratificar lo que ella misma representa”. La fotografía, para él testimonio de que aquello que es posible observar, ha sido. Un espejo depositado en el trayecto del tiempo. Y sin embargo, por supuesto, existe la posibilidad de que esto sea falso, pues todos sabemos que una fotografía puede representar también lo que no ha sido, es decir, una falsedad. A la vez, Barthes no se equivoca, pues la fotografía de una mentira representa la certeza de que dicha falsedad ha sido. Sin embargo, el planteamiento del autor, puesto de cabeza, resulta igualmente certero: si la fotografía es testimonio de lo que ha sido, también es confirmación de lo que ya no es.

Marina Azahua (Ciudad de México, 1983).
Autora de Ausencia compartida y Retrato involuntario.

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Siete breves lecciones de física de Carlo Rovelli
Jazmina Barrera

Carlo Rovelli
Siete breves lecciones de física
Traducción    de J. Ramos Mena
Anagrama
Barcelona, 2016
104 páginas.

Carlo Rovelli es físico cuántico y escritor, y escribió Siete lecciones de física para quienes, como yo, “saben poco o nada sobre ciencia”. Me cuesta imaginarme el esfuerzo que requiere condensar años de conocimiento y teorías complicadísimas en frases y metáforas inteligibles para los lectores. Las imágenes de Rovelli son accesibles, y también son hermosas. “El espacio se mueve como la superficie de un mar”, dice, por ejemplo, y logra transmitir no solo ideas sino también la belleza intrínseca de estas teorías. Que el mundo es la aparición y el desvanecimiento permanente de entidades efímeras podría ser una imagen literaria, y lo es. Más allá de la “verdad” subyacente a estas afirmaciones, hay una belleza literaria en ellas que permanecerá incluso si años más tarde se las refuta. Este libro híbrido, entre la física y la literatura, es un acercamiento a las teorías contemporáneas más complejas de la física, y las presenta con todo y sus limitaciones: las dudas y misterios que las envuelven. La última lección podría ser que hay belleza incluso en esa oscuridad del conocimiento.

Jazmina Barrera (Ciudad de México, 1988).
Autora de Cuerpo extraño y Cuaderno de faros.

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Apegos feroces de Vivian Gornick
Úrsula Fuentesberain

Vivian Gornick
Apegos feroces
Prólogo de Jonathan Lethem
Traducción de Daniel Ramos Sánchez
Sexto Piso
México, 2017
200 páginas.

A primera vista, Apegos feroces de Vivian Gornick, originalmente publicado en 1987 como Fierce Attachments, es un ensayo biográfico (memoir, en inglés) sobre la infancia de Gornick en el Bronx, sobre el antagonismo vitalicio con su madre y sobre las caminatas que ambas emprendieron por el Manhattan de los años setenta y ochenta. Sin embargo, este libro brillantemente traducido por Daniel Ramos Sánchez, también es una meditación sobre el amor romántico, sobre la sororidad o la ausencia de ella y sobre la vida de los inmigrantes judíos en Nueva York.

En 1969, Gornick publicó un texto en el legendario periódico neoyorquino Village Voice titulado “El siguiente gran momento en la historia es de ellas”; se refería a Shulamith Firestone y a Anne Koedt, fundadoras del grupo New York Radical Feminists, pero bien se pudo haber referido a su madre y a las vecinas del edificio en el Bronx donde Gornick creció: inmigrantes de primera generación con pocos o nulos estudios, muchas de ellas miembros del partido socialista, mujeres feroces.

En su prólogo a esta edición, Jonathan Lethem asegura que Gornick, junto con Phillip Lopate y Geoff Dyer, es quien le ha enseñado todo lo que sabe “sobre limpiar las tonterías que uno escribe sobre sí mismo”. Al leer las páginas que narran el luto violento que trastocó a la madre de Vivian cuando enviudó y verlas contrastadas con la descripción de los funerales árabes que Gornick presenció cuando fue reportera en el Medio Oriente, una entiende perfectamente de qué habla Lethem. “Todo resultaba completamente familiar”, escribe Gornick, “solo que más ruidoso de lo que recordaba, y la locura bastante más repartida”.

La muerte, el sexo, el amor, el odio, los lazos familiares, la ciudad, el yiddish, todo en este libro es feroz. Feroz y entrañable.

Úrsula Fuentesberain (Celaya, 1982).
Autora de Esa membrana finísima.

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O reguero de hormigas de Yolanda Segura
Veronica Gerber Bicecci

Yolanda Segura
O reguero de hormigas
Fondo Editorial Tierra Adentro
México, 2016
80 páginas.

Regreso a las páginas de O reguero de hormigas para corroborar que no se trata de un libro sino de una grieta. En la grieta desfilan hormigas rojas. Yolanda Segura las estudia con una mirada microscópica y descubre una poderosa cartografía del rojo. Un mapa del cuerpo que es también un mapa de la escritura, porque: “[…] puede ser que todas las palabras/ provengan de la intención de nombrar el rojo/ que todas las palabras nazcan de la sangre […]”.

Este poema es, sobre todo, un ejercicio de entomología forense. Las hormigas trabajan día a día desintegrando nuestros cuerpos, y sus cuerpos, a la vez, se convierten en testigos legales del rojo: el dedo pinchado de un cuento infantil, el ciclo menstrual o un feminicidio. Aquí la poesía es el afán de reproducir esa escena del crimen que es nuestro presente.

Veronica Gerber Bicecci (Ciudad de México, 1981).
Autora de Mudanza y Conjunto vacío.

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Carol de Patricia Highsmith
Karen Villeda

Patricia Highsmith
Carol
Traducción de Isabel Núñez y José Aguirre
Anagrama
Barcelona, 2016
328 páginas.

Querida Carol:

Este mundo es incierto. O casi. La única certeza es la tibieza de tus brazos: ese lugar donde el día se renueva. He memorizado tus nudillos. Los siento conmigo mientras estoy en Central Park. Hay un tapete de palomas para recibirte. Las migajas al viento delatan tu ausencia. Te estoy extrañando. Oscuridad mientras no estás. 

Tengo los labios deshechos, mi lengua es prisionera de tus dientes. Libérame. Me estás llevando contigo, a todas partes. Mientras, yo, en esta dolorosa sentencia. Te adoro. Te adoro en cada parpadeo, cada galope sanguíneo, cada mirada. En cada Carol que eres cuanto estamos juntas: el centímetro ocupado por tu ombligo, los lindes de tus dedos y el cielo, los pies que te beso (a veces) como devota, tus muñecas y sus pliegues interiores como para anudarles un cometa de color dorado. Imposible no hacerlo, si los rayos tostados de tu cabellera me ciegan. Un sol ha nacido contigo. Tengo que repasarte, una y otra vez, en los vericuetos, en el recuerdo, una sensación de que volverás a mí y aun así extrañarte mortalmente. Saberme de ti y estar sin ti.

¿Sabes? Te sueño durmiendo a mi lado. Necesito de tus costillas aferradas a estos costados que ensanchas como el mar. ¡Ay, la caricia! La espera. El compartir un secreto, la complicidad a rasgos, en cada gesto, a labios, Carol, a cada rato. Soy una ingenua. Esto nos ha sido dado por la  naturaleza: cauces de agua, infinitos y súbitos cauces de agua que renacen en ti, mi amor.

Vuelve.

Prometo dejar de ser una cobarde. ¡Me costará! Tu cintura me da miedo. Aún no puedo compensar lo que eres —una curva de carne que reposa sobre el dorso de mi mano—. Soy un vestigio de humedad no resuelta. Y, en ti, tal vez sobreviva esa brizna de saliva que guardé en tus adentros cuando mi lengua supo, supo que no habría palabras para lo que somos. “Hasta aquí mis manos”, pude decir y resarcir el daño: la brutal apertura de los muslos y su consecuente circularidad. Pero tuvimos silencio por horas. Ni un gemido. Un latido que se está formando para ti es el que ha roto el silencio. Ni todo el temblor y su nicho para el miedo. Ni el aleteo, los embates. Ni todo el tacto exagerado y las retóricas durante el amor. Ni un gemido ha sido capaz de imperar sobre el terreno virgen y salvaje de este latido. Este que es solamente para ti, mi amor.

Cuando mis brazos recuperen a tu añorada cintura, no habrá tregua, amor mío: te haré el amor hasta romperme los dedos.

Therese.

Karen Villeda (Tlaxcala, 1985).
Autora de Pelambres y Dodo.

***

Glosa  de Juan José Saer
Isabel Zapata

Juan José Saer
Glosa
Rayo verde
Barcelona, 2015
240 páginas.

Por su original en latín antiguo, Glosa quiere decir “palabra oscura”, pero también tiene otros significados. Es, por ejemplo, la explicación que se hace de un texto escrito y también la variación que un músico ejecuta de una composición previa, una nota aclaratoria de un libro de cuentas o una forma poética elaborada a partir de versos ya existentes.

Podría decirse que Glosa es una palabra doble, que por un lado brinda una explicación y por el otro la exige. Y Glosa, el extraordinario libro de Juan José Saer del que quiero hablar, es también eso: una sucesión de calles, claxonazos, peatones y veredas que se explican a sí mismas. La novela, que sucede durante una hora de la mañana del 23 de octubre de 1961, relata una conversación entre Ángel Leto y el Matemático, dos conocidos que se encuentran por casualidad en una caminata por Santa Fe. Con un amplio círculo de amigos en común, los paseantes hacen lo que a veces hace la gente cuando se encuentra: comentan a detalle un suceso en el que ninguno de los dos estuvo y reconstruyen la fiesta celebrada por el 65 cumpleaños de Washington Noriega en una finca de Colastiné a partir de rumores, chismes, habladurías.

Así como la palabra, Glosa la novela se parece más a una pregunta que a una respuesta. ¿Qué cosa es la realidad? ¿Cómo narrar la vida? ¿Desde dónde? Por eso en el centro del relato no está el relato mismo, sino la percepción de la realidad. Mejor dicho: nuestro acercamiento a los fragmentos de realidad a los que tenemos acceso a través de nuestros limitados sentidos.

Isabel Zapata
Autora de Ventanas adentro.

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Para estos días tenebrosos, ofrecemos un grupo de obras que versan sobre una de las figuras más seductoras que podamos llegar a conocer. Está presente tanto en los textos fundacionales de las religiones monoteístas como en un sinnúmero de cuentos, leyendas, mitos y nuevas sectas a veces escalofriantes. Figura tan prolífica en la literatura como el héroe que regresa a Ítaca, aquí están los libros del diablo, el ángel caído, Lucifer, Satanás, Belcebú, Mefistófeles o como en su casa gusten llamarlo.

La otra Biblia

En San Francisco, por ahí de los años sesenta, Anton Szandor LaVey (Chicago, 1930) ya tenía fama de psíquico y ocultista. Sin embargo, se volvió toda una celebridad cuando fundó la Iglesia de Satán, una cofradía contracultural muy ad hoc para la época, que defenestraba la hipocresía de la iglesia católica y proclamaba su propia teoría del superhombre amparado en su interpretación de Nietzsche y Darwin; y, por supuesto, en sus poderes ultraterrenos.

En 1969 LaVey publicó La Biblia satánica, una colección de ensayos, pensamientos y rituales donde el denominado “Papa negro” despliega su sabiduría. Dividida en cuatro libros (“Satán”, “Lucifer”, “Belial” y “Leviatán”), esta obra ofrece su propia versión del diablo, invierte los diez mandamientos (prefiere el “ojo por ojo” a “la otra mejilla”), extiende un catálogo de rituales que incluyen misas negras e invocaciones a Satán. Recibida con la esperada mezcla de admiración y rechazo, La Biblia satánica es, al día de hoy, referente obligado para cualquier satanista moderno que se precie.

Anton Szandor LaVey, The Satanic Bible, Mass Market Paperback, 1976, 276 p.


Manual para cazar brujas

El Malleus Maleficarum o Martillo de las brujas apareció por primera vez en Alemania en 1487. Para ser un mundo en el que los lectores escaseaban, esta obra compilada y escrita por los dominicos Heinrich Kramer y Jacob Sprenger fue editada por toda Europa. La razón es sencilla: se convirtió en el manual supremo de la Inquisición.

Después de que la Iglesia aceptara formalmente la existencia de la brujería en 1484, en el Viejo Mundo se desató una cacería que duró siglos. ¿Sus víctimas? Las mujeres acusadas de tener pactos con el diablo (el libro es todo un manual de misoginia, ya que parte de la creencia de que el apetito sexual de la mujer es insaciable). No importa si se es cristiano o protestante, El martillo de las brujas explica con precisión la forma de trabajar y los métodos de las hechiceras, así como las claves para detectarlas, enjuiciarlas y sentenciarlas. Desde luego, la tortura es vista como una herramienta completamente natural; después de todo, ¿qué supone el dolor de la carne frente a la liberación del alma?

Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, El martillo de las brujas (Ed. facsimilar de la edición de 1874), Maxtor, 616 p.


Biografía del diablo

A Daniel Defoe lo conocemos sobre todo por Robinson Crusoe, Moll Flanders y el Diario del año de la peste, espléndidos ejemplos de la novela inglesa decimonónica. Pero Defoe también es autor de Historia del diablo, una suerte de biografía cáustica del señor de las tinieblas.

En este libro lleno de erudición, ingenio y política, Defoe se da a la tarea de rastrear decenas de fuentes, desde la Biblia hasta la tradición literaria, para analizar la manera en que el diablo ha sido retratado a lo largo y ancho de la cultura occidental. Siempre polémico y atinado, Defoe ancla su estudio en el contexto histórico, desmitificando la visión tradicional que la Iglesia tiene de Lucifer y destilando de paso cierta empatía hacia el ángel caído. Como afirma el propio autor, su intención es “ofrecer la verdadera Historia de ese Tirano del aire, de ese Dios del Mundo, de ese terror y esa aversión del Género Humano, que se llama Diablo; de hacer ver lo que es y lo que no es, donde está y donde no está, cuando está en nosotros y cuando no lo está…”

Daniel Defoe, Historia del diablo, Capitán Swing, 2010, 372 p.


El canto del cisne negro

Para los entendidos es la obra que culmina el ciclo de la literatura gótica. Melmoth el errabundo contiene todos los elementos de la buena literatura romántica. Escrita por el irlandés Charles Maturin en 1820, narra la historia de John Melmoth, un estudiante dublinés que hace un pacto con el diablo. El sortilegio alarga su vida por más de dos siglos, y John se convierte en un ser atormentado que deambula por cárceles, manicomios y tribunales, en busca de alguien a quien le pueda endilgar su condena. Poco conocida en español (le debemos su rescate, para variar, a Valdemar) este “canto de cisne” de la literatura gótica expone una versión infernal del destino humano: el permanente descenso a los abismos.

Melmoth el errabundo ha deambulado también por la historia de la literatura. Encontramos referencias suyas en las páginas de Nabokov, Hawthorne, Banville y Pushkin, por citar algunos. Balzac la colocó a la altura del Don Juan de Molière, el Fausto de Goethe y el Manfred de Byron; incluso aventuró una secuela, la novela corta Melmoth reconciliado. Para el gran Lovecraft, es una obra imprescindible.

Charles Robert Maturin, Melmoth el errabundo, Valdemar, 2012, 756 p.


La risa de Satanás

En Moscú, mientras dos miembros de la burocracia cultural dialogan sobre Cristo, aparece un joven llamado Voland, que no es otro sino el mismísimo diablo. Con ayuda de sus esbirros, entre los que se incluye un gato parlanchín, Voland se dedicará a hacerle la vida imposible a la élite literaria. Por ahí aparecerá el Maestro, un autor desesperado porque su novela sobre Poncio Pilatos y Cristo ha sido rechazada, y Margarita, su joven amante, que aceptará un pacto infernal para convertirse en una bruja con poderes sobrenaturales que hará hasta lo imposible con tal de que su amado recupere la cordura. En una nuez, nos referimos a El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov, considerada una de las obras cumbres de la literatura rusa del siglo XX.

Pero la novela es mucho más que eso. Censurada en su tiempo, El maestro y Margarita es un complejo entramado que incluye sátira, filosofía, historia, sin perder su refinado estilo. Es una parábola antitotalitaria, un carnaval hilarante y una reinterpretación del mito fáustico. Escrita en un tiempo en que el ateísmo soviético primaba sobre cualquier intención artística, la novela de Bulgákov destaca como pocas en el parnaso de la tradición rusa y occidental.

Mijaíl Bulgákov, El maestro y Margarita, Debolsillo, 2002, 480 p.

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