Hoy se conmemora medio siglo del asesinato de Martin Luther King, ícono absoluto del movimiento por los derechos civiles. Unas semanas después del trágico suceso, el genial suplemento La cultura en México publicaba el texto que reproducimos a continuación. La nota editorial que lo precedía explicaba su original talante: “[el texto] emplea arbitrariamente  y sin rigor literal fragmentos de crónicas, ensayos y libros aparecidos en los últimos tiempos. Especialmente las opiniones puestas en boca del Dr. King están tomadas de su libro Chaos or Community (1968). La forma escogida no se debe al menor prurito literario sino a la conciencia de que estos hechos son inexpresables por medio de un artículo periodístico tradicional y que la única posibilidad de aludirlos —no de fijarlos ni desentrañarlos— es improvisar una adaptación, ciertamente nada novedosa y por fuerza discursiva, de algunas técnicas que no pertenecen en rigor al dominio de la palabra escrita”.

Mediante este collage, entonces, emerge la voz de la Historia, la voz de aquellos que presenciaron o fueron testigos de época del atroz asesinato. Aparece incluso un diálogo imposible pero absolutamente esclarecedor entre el pastor y Stokely Carmichael, el activista de origen trinitense que, situado en las antípodas de King, abogaba por la revolución armada. La siguiente pieza no solo reproduce el pulso vibrante de aquellos días, sino que concentra con rigor los dos polos sobre los que basculaba la necesidad de cambio social de aquel utópico año de 1968.


Los gritos y los murmullos

Una mujer en Harlem. —Lloré todas mis lágrimas. No sé qué vamos a hacer. No sé qué vamos a hacer.

Stokely Carmichael. —Cuando la Norteamérica blanca mató al Dr. King nos declaró la guerra. Tenemos que vengar la ejecución del Dr. King no en las cortes penales sino en las calles. El camino no son las discusiones intelectuales. Creo que la Norteamérica blanca cometió su mayor error matando a King. Mató al mismo tiempo toda esperanza razonable. Morimos diariamente. En vez de seguirnos destrozando en nuestras comunidades matemos a nuestros verdaderos enemigos. Se acabaron las conversaciones intelectuales. Lo que necesitamos son armas y más armas.

Un adolescente negro a otro. —Hermano, no nos dejaron más camino que el de Stokely.

Otro. —Pero ¿y el asesino? ¿Han capturado al asesino?

Otra. —Qué importa. El asesino es Norteamérica, Norteamérica blanca.

Lincoln O. Lynch [de United Black Front]. —Es necesario abandonar la No-Violencia incondicional y adoptar la posición de que por cada Martin Luther King morirán diez blancos racistas. No hay otro camino. Norteamérica no entiende otro lenguaje.

Un muchacho en Minneapolis. —Hablan y hablan pero no hacen nada. Lo que ellos predican yo lo puse en práctica. Apenas oí la noticia me eché a la calle y disparé contra el primer blanco, un tipo de unos veinticinco años. Cayó redondo. En el suelo, le di de patadas y le clavé otras cinco balas.

Una mujer blanca de Washington. —Es horrible, es terrible saber que no estamos seguros ni en las calles ni en los transportes ni en nuestras casas.

Un tendero blanco. —¿Qué pensará la gente de otros países, qué pensará? Creerán que somos una nación de monstruos.

Un reportero negro. —¿Sabe usted qué quieren estos muchachos entregados con un placer orgiástico a la destrucción? Quieren establecer su masculinidad. Los blancos afirman la suya oprimiendo al negro. Solo cuando la nueva generación haya logrado confirmar su hombría podrá haber una nueva relación efectiva entre las dos razas. Los negros aprendieron a vivir con miedo. Ahora los blancos sabrán lo que esto significa.

Una voz. —El gobierno de Johnson comenzó con un asesinato. El gobierno de Johnson terminó con otro asesinato. El Poder Negro comenzó en 1966 en el St. Joseph’s Hospital de Memphis, adonde llevaron a James Meredith al caer herido en la Marcha por la Libertad a través del Misisipi. La No-Violencia terminó en 1968 en el St. Joseph’s Hospital de Memphis, adonde llevaron muerto al reverendo Martin Luther King asesinado durante una huelga de recolectores de basura.

Otra voz. —Memphis, Tennessee, es la heredera y la confluencia de dos racismos feroces: el de Arkansas y el de la cuenca algodonera del Misisipi. El sistema de castas se extiende hacia el Norte. Hay “trabajos negros” y “trabajos blancos”. Recoger la basura es un trabajo demasiado molesto para los blancos. Si Stokely Carmichael hubiese podido hablar en el St. Joseph’s Hospital con Martin Luther King, o con su espectro, tal vez se hubieran dicho cosas como estas:

King. —No puedes aprovecharte de mi muerte para desatar la violencia.

Carmichael. —Yo no la desaté: fue el disparo de un blanco, un balazo como el que hirió a James Meredith. Conste que no detenemos a los muchachos que salen a romper aparadores. Pero después no los dejaremos salir a la calle hasta que todos tengan armas de fuego.

King. —Aquí, en este mismo hospital, hace años quedamos en juntar nuestras fuerzas y continuar la Marcha.

Carmichael. —Eran otros tiempos. Nos dimos cuenta de inmediato y allí en aquella Marcha contra los racistas del Sur nació el grito del Poder Negro. Tus apóstoles Ralph Abernathy y Andrew J. Young no podrán seguir predicando tu credo. La iniciativa ya no está con los moderados que asistieron a la reunión en la Casa Blanca sino con los que gritan en las calles “Burn, baby, burn”.

King. —Los motines no son la revolución. Los motines son autodestructivos. Son una forma de suicidio.

Carmichael. —La No-Violencia fracasó. Yo también creí en ella. Yo también te acompañé en tus marchas. Lo que ha pasado conmigo, con todos nosotros, con el Movimiento pro-Derechos Civiles, resulta una acusación contra la Norteamérica blanca. No tenemos otra alternativa que empuñar las armas y luchar por nuestra liberación total y por una revolución total en los Estados Unidos.

King. —Compara lo que ha logrado la No-Violencia y lo que han conseguido los motines. Lo más importante es que todo aquel progreso ocurrió con el mínimo sacrificio humano y con el mínimo de pérdidas de vidas. Han asesinado a menos gente en diez años de manifestaciones no-violentas en todo el Sur que en una sola noche de motines en Watts.

Carmichael. —Queremos hacernos cargo de nuestros propios asuntos, no simplemente sentarnos junto a los blancos en los restoranes y en los autobuses. Las aparentes victorias de la coalición pro-Derechos Civiles no produjeron ningún cambio básico en las vidas de la mayoría de nosotros. Las leyes de 1964 encontraron una feroz resistencia y pusieron al descubierto profundas manifestaciones de racismo anteriormente no reconocidas. Se había pensado que los objetivos del movimiento serían fácilmente realizables puesto que la Constitución los respaldaba. ¿Y qué ocurrió? Fuimos encarcelados, intimidados, golpeados y algunos incluso asesinados por agitar a favor de esos derechos que garantizaba la Constitución, pero que resultan asequibles solo para los blancos. En realidad esas leyes no responden a nuestras necesidades. Nuestros problemas son parte de los problemas inherentes al sistema capitalista y no pueden ser aliviados bajo ese sistema. Los treinta millones de negros somos las víctimas del imperialismo blanco y de la explotación colonial. La época de la palabrería ha terminado. No podemos seguir soportando el sufrimiento de nuestro pueblo. Ya no es posible tratar de coexistir: el único camino es la Revolución Negra.

King. —Pero ¿no te das cuenta de que ninguna revolución puede derrocar a un gobierno, a menos que el gobierno haya perdido la lealtad y el control efectivo de las fuerzas armadas?

Carmichael. —Nos oprimen porque no tenemos Poder, y solo con Poder podremos tomar decisiones. Aquellos que tienen el Poder lo tienen todo; quienes no tienen el Poder no tienen nada. Sin el Poder tenemos que mendigar lo que nos pertenece por naturaleza. Con el Poder tendremos nuestros derechos innatos, porque con el Poder nos los quitaron.

King. —La No-violencia es poder, pero es el uso bueno y legítimo del poder. Constructivamente puede salvar al blanco así como al negro.

Carmichael. —No me interesa salvar al blanco. Soy un revolucionario: un radical. No soy un mediador. Ya no hay lugar para los mediadores. Considera lo que pasó contigo en Memphis y antes de Memphis. Sufriste allí la peor derrota porque en todo momento habías insistido en que lo único que podía dar a la protesta no-violenta la capacidad de convencer, era conservar la autodisciplina ante las provocaciones. Y el 28 de marzo los jóvenes militantes pasaron a la acción. Los ministros temieron por tu vida y los adultos abandonaron la marcha. Volviste al Lorraine Motel mientras los noticieros repetían: “El Dr. King se hospeda en el Lorraine Motel, habitación número 306”; mientras la policía simulaba cuidarte y los militantes te llamaban cobarde —cargo que reconozco es injustísimo porque tú demostraste siempre todo lo contrario: durante doce años estuviste absolutamente seguro de tu causa— como yo de la mía— y te expusiste por ella. Tu causa fue útil, justa y necesaria. Ahora en una nueva fase de nuestra lucha tus tácticas ya no funcionan. Cuando lo que comenzó con un movimiento de la clase media negra con apoyo de los blancos liberales se convirtió en violencia militante, tus amigos blancos te abandonaron; jamás te perdonaron en la Casa Blanca ni en el Congreso que te opusieras a la guerra en Vietnam, te acusaron de escalonar la No-Violencia en desobediencia civil. Moriste cuando tus jóvenes seguidores de los cincuentas contemplan los motines con tanto temor como los blancos. Cuando estábamos cada vez más lejos de ti —aunque muchos seguíamos respetándote— y cuando habíamos llegado a convencerte de que las reformas no bastaban, que era necesaria “una reconstrucción de la sociedad entera, una revolución de valores”. No podíamos estar de acuerdo: tú eras hijo y nietos de pastores bautistas; yo soy hijo de una sirvienta. Tú creciste en la relativa abundancia de la clase media negra sureña. Yo crecí en la miseria. Tú creíste en Thoreau, Gandhi y Nehru, en la resistencia pasiva y la desobediencia civil. Yo creo en Frantz Fanon, Che Guevara y Fidel Castro, en la violencia revolucionaria y la guerra de guerrillas, para cambiar a Norteamérica de tal modo que la economía y la política del país estén en manos del pueblo.

King. —La No-Violencia nunca ha sido más relevante como táctica efectiva como lo es hoy para las ciudades del Norte. La policía de la Guardia Nacional y otros cuerpos armados se disponen febrilmente a la represión. No podrán ser frenados por los negros que en su desesperación recurren desorganizadamente a la fuerza, sino únicamente por una ola masiva de No-violencia militante que puede ser el instrumento de nuestra salvación nacional.

Carmichael. —Durante cuatrocientos años hemos tratado de vivir pacíficamente en este país. Fue en vano. Nuestra historia demuestra que la recompensa por tratar de existir pacíficamente ha sido el asesinato físico y psicológico de nuestra población. Hemos sido linchados, se han arrojado bombas contra nuestras casas y han sido quemadas nuestras iglesias. Ahora los policías racistas blancos nos balacean como perros en las calles, y no podemos aceptar por más tiempo esta opresión sin responderla. Debemos unirnos a aquellos que están por la lucha armada. Somos parte de los pueblos del Tercer Mundo. Somos africanos. De allí fuimos sacados. Fuimos secuestrados, robados de África, y por tanto no podemos ser parte de los Estados Unidos que violan al Continente Africano.

King. —Sí, pero, ¿de qué han servido dos veranos consecutivos de violencia? El gobierno está jugando a la ruleta rusa con los motines y en dos años ni una sola de las causas básicas se han corregido. Los gritos de Poder Negro y los motines no son las causas de la resistencia blanca sino sus consecuencias. De acuerdo también con que la No-violencia —que es una poderosa demanda de razón y justicia— si es rechazada no tienen por qué transformarse en resignación ni en pasividad. Y sin embargo mi respuesta sigue siendo la misma. Estoy convencido de que la mayoría de los negros rechazan la violencia. Dije una vez que si todos los negros de los Estados Unidos se hicieran violentos, yo elegiría ser la única voz que predicara que la violencia es el camino equivocado. El Poder Negro no quiere imitar a la sociedad blanca y está copiando el peor, el más brutal e incivilizado rasgo de la vida norteamericana. Bajo toda la satisfacción de un eslogan gratificante, el Poder Negro es una filosofía nihilista nacida de la convicción de que los negros no podemos ganar. Cree que la sociedad norteamericana está irremediablemente corrupta y tan embrollada en el mal, que dentro de ella no hay posibilidad de salvación. Por supuesto tú me dirás que No-violencia no es práctica, que la vida es una cuestión de comer o ser comido, golpear o ser golpeado. Quizá en un futuro distante, dirás, la idea puede funcionar, pero no en el áspero y frío mundo en que vivimos. Mi única respuesta es que la humanidad ha seguido el llamado camino práctico durante mucho tiempo, y este camino la ha conducido a la confusión y el caos.

En última instancia la debilidad del Poder Negro es no alcanzar a ver que el negro necesita del blanco y el blanco necesita del negro. Por mucho que tratemos de hacer romántico el eslogan, no hay un camino negro al poder y a la plenitud que no se cruce con caminos blancos; y no hay camino blanco al poder —excepto el camino del desastre social— que no necesite compartir ese poder con las aspiraciones negras de libertad y dignidad humana. La revolución racial de Norteamérica ha sido una revolución de “entrar en” más que de destronar y destruir. Necesitamos tomar parte en la economía, en el mercado de la construcción, en el sistema educativo y las oportunidades sociales. En sí mismo este fin muestra que el cambio social en Norteamérica debe ser no-violento. Si uno busca un mejor trabajo, no ayuda en nada quemar la fábrica. Si uno necesita más adecuada educación, no ayuda en nada matar al director de una escuela. Si el fin es encontrar mejores casas, solo la construcción puede lograrlo. Destrozar personas y propiedades no puede acercarnos al objetivo que buscamos. No es tiempo de ilusiones románticas y vanos debates filosóficos en torno de la libertad. Es un tiempo de acción. Lo que se necesita es una estrategia para el cambio, un panorama táctico que sitúe al negro en la corriente de la vida norteamericana lo antes posible. Para preservarnos de la amargura, necesitamos ver en las pruebas severísimas a que está sometida nuestra generación, la oportunidad de cambiarnos y de cambiar la sociedad norteamericana.

Carmichael. —Ese cambio no puede lograrse sin la revolución. Ese cambio no puede lograrse dentro del actual marco capitalista. Los Estados Unidos están fundados sobre el racismo: el exterminio de la población nativa y el sometimiento de la población de color. Solo la revolución puede cambiarnos. Solo la revolución puede curarnos de cuatrocientos años de esclavitud.

King. —Al fin, tarde o temprano, tendrá que triunfar mi mensaje de completo repudio al odio racial. Si el negro va a responder al odio del blanco con el odio hacia el blanco, ¿qué respuesta puede esperar? ¿Qué va a elegir la Norteamérica blanca entre la capitulación y el genocidio? Solo con el repudio completo al odio racial los hombres podrán vivir en paz.

Carmichael. —Sí, cuando no hayan amos y esclavos, víctimas y verdugos. Sí, pero no antes que los blancos sientan en carne propia algo —muy poco— de lo que ha significado durante cuatro siglos nacer negro en Norteamérica; no antes de que salgamos nuevamente al sol a que pertenecemos para que podamos ser orgullosos, felices y libres. Es esta la tarea que tenemos por delante.

 

Nota editorial: este texto apareció, sin firma, el 1º de mayo de 1968, en el número 324 del suplemento La cultura en México de la revista Siempre!

Reproducido con autorización de Siempre! ®

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