Se cumplieron veinticinco años de la inauguración del Antiguo Colegio San Ildefonso como museo y de su primera exposición México: Esplendores de treinta siglos, una de las más importantes en la historia del arte y la política cultural mexicanas. El siguiente texto busca ver el lugar que ocupó esta exhibición en el entendimiento del arte mexicano a nivel internacional y su importancia en el proceso de legitimación cultural del país frente a su vecino del norte.

I

En su principio, el Colegio de San Ildefonso era uno de los centros educativos más antiguos de México. En 1577 los seminarios de San Bernardo, San Gregorio y San Miguel, San Pedro y San Pablo, en manos de la Compañía de Jesús, se unieron para formar un solo colegio; en 1583 se logró juntar a los tres primeros bajo un mismo rectorado y en 1588, San Bernardo se convirtió en San Ildefonso. Con la expulsión de los jesuitas en 1767, el inmueble quedó deshabitado y su historia durante la primera mitad del siglo XIX fue poco favorable, pues sus funciones fueron prácticamente nulas.

Tiempo después el edificio se convirtió en la Escuela Nacional Preparatoria y fue testigo importante en la historia intelectual mexicana: congregó asociaciones como El Ateneo de la Juventud y vio nacer el movimiento pictórico más importante del siglo XX, el muralismo. Sin embargo, la institución dejó el edificio del Antiguo Colegio de San Ildefonso en 1980 y el inmueble quedó nuevamente abandonado y menoscabado. Uno de sus problemas más visibles estaba en sus salas y murales, que se tardaron mucho en ser restaurados. El inmueble se utilizó como parte del programa de extensión universitaria Justo Sierra, para el estudio de temas sobre la universidad, y albergó la Sala de Cine “Fósforo” durante una década.

San Ildefonso fue rescatado cuando se decidió que albergaría México: Esplendores de treinta siglos. La acción resultó del vínculo entre la clase empresarial y la inversión privada, y el gobierno del Distrito Federal, manteniendo como punto medio a la UNAM.1 En un principio se había pensado que el Palacio de Bellas Artes acogiera a esta exposición después de su paso por el extranjero, pero se decidió aprovechar la coyuntura y recuperar el viejo edificio de San Ildefonso con el fin de convertirlo en un emblema artístico por su historia, la magnificencia de su arquitectura barroca y por el arte plástico de sus murales.

Propaganda de la exposición, 1992. Imagen extraída de El Universal.

Las opiniones se dividieron, pues hubo quien pensó que aquel espacio, al convertirse en un museo, perdería su esencia, vaticinando su destrucción. Finalmente estos argumentos no prosperaron y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes encabezó la restauración con un presupuesto total de 11 millones de pesos. Por su parte, el INAH y el INBA se encargaron de supervisar de la mano con el Centro Nacional de Conservación de Obra Artística, el rescate de los murales, del edificio y de las adecuaciones pertinentes para convertir los antiguos salones en salas de exhibición.  El arquitecto Ricardo Legorreta fue el encargado de la titánica labor, iniciada en agosto de 1992, con un promedio de 500 trabajadores para restaurar y dejar listo el inmueble en 105 días, pues se estimaba que la inauguración sería el mes de diciembre de ese mismo año.

II

En el preámbulo de la inauguración de la magna exposición en San Ildefonso en 1992, el poeta Octavio Paz, junto otros intelectuales asociados a él y el apoyo de Emilio Azcárraga, organizó en la isla de Manhattan el festival México: una obra de arte en el mes de octubre de 1990. Este grupo y el presidente Carlos Salinas de Gortarí serían los artífices de toda una serie de eventos culturales en la época que tenían la misma intención de mostrar una cara distinta de México: una nación desarrollada que podía entrar al grupo de los países ricos del mundo. En Nueva York se desplegó publicidad en espectaculares, periódicos y revistas, invitando a la comunidad estadounidense a conocer la oferta cultural, gastronómica y turística de México. La cereza del pastel de dicho festival fue justamente México: Esplendores de treinta siglos que se inauguró el 10 de octubre de 1990 en el Museo Metropolitano de Nueva York. La suma de lo mexicano, en un total de 375 objetos, llegaría más tarde al recinto abandonado de San Ildefonso.

Philippe de Montebello, director del MET, declaró entonces que la exposición era “una revelación que cambiaría la percepción del arte mexicano”. Si bien se intentaba demostrar que México era un país moderno y promovía, tanto en la museografía como en la temática, un discurso nacional repleto de progreso, mitos y heroísmo que alcanzaban la estabilidad, la curaduría no pudo evitar una visión de exotismo, en donde el folclore y los toques mágicos predominaban. El eje expositivo presentaba a México a través de sus expresiones artísticas en la historia: iniciando por las civilizaciones mesoamericanas, pasando por la conquista de México, el proceso de evangelización, el barroco novohispano, la lucha independentista por la libertad, la formación del Estado nación y el progreso económico (Leyes de Reforma y el Porfiriato), la Revolución mexicana y la solidez del Estado posrevolucionario en manos del partido hegemónico: el PRI.  En la introducción del catálogo Mexico: Splendors or thirty centuries,2 se planteaba la pluralidad de la cultura mexicana, así como sus logros y evoluciones. Sin embargo, el discurso curatorial era lineal y no se discutía la problemática histórica de las piezas.

El 13 de enero de 1991 se cerró la exposición en el MET para peregrinar por el Museo de Arte de San Antonio y el Country Museum of Art de Los Ángeles. En 1992 llegó al Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey y  el 25 de noviembre de 1992, el antiguo Colegio de San Ildefonso le abrió sus puertas. Con La Trinchera de José Clemente Orozco, la Cruz Atrial de la Antigua Basílica de Guadalupe y una escultura de la Serpiente Emplumada, se daba la bienvenida a los visitantes. Según la prensa de la época, a la inauguración llegaron los artífices del proyecto: el presidente Carlos Salinas de Gortari —acompañado del príncipe Alberto de Bélgica—, el jefe del DDF, el Rector de la UNAM, el recién nombrado presidente del CNCA, Octavio Paz junto a su esposa Marie José Paz y otras personalidades de la cultura nacional como Ramón Xirau, Carlos Monsiváis, los arquitectos Teodoro González de León y Fernando González Gortázar ––quienes elogiaron la restauración—, los pintores José Luis Cuevas, Luis Nishizawa, Andrés Henestrosa y Alejandro Aura, entre otros. También apareció el Nobel de literatura Gabriel García Márquez, quien no daba crédito de la excelente restauración del inmueble y de la muestra artística.

III

Durante su mandato, la política de Carlos Salinas de Gortari se preocupó por perfilar un discurso político-cultural de lo que era México frente a sí mismo y a los demás, que proponía una visión hegemónica y universal del país aunque poco crítica y algo velada. Para legitimar su enfoque, Salinas se valió de varios actores e instituciones: Rafael Tovar y de Teresa, sucesor de Víctor Flores Olea frente al recién erigido Consejo Nacional de Cultura y las Artes; Octavio Paz, el Nobel de literatura de 1990 y líder cultural mexicano; del entonces reelecto rector de la UNAM José Sarukhán Kermes; del Jefe del Departamento del Distrito Federal Manuel Camacho Solís, y de la Asociación de los Amigos del Arte de México encabezados por Emilio Azcárraga.

Si se piensa en el contexto neoliberal en el que tuvo lugar la exposición y en el uso de la inversión privada en su realización y promoción, se podría suponer que los órdenes y discursos establecidos previamente por el Estado posrevolucionario —como la prominencia del México precolombino y sus representaciones en la Escuela Mexicana—, se abandonarían y darían lugar a algo nuevo. Sin embargo, no fue así: la narrativa de la identidad mexicana que se arraigó desde la posrevolución continuó en uso, incluso con el cambio de sistema económico. Los agentes culturales mencionados continuaron con esa misma idea, que  en realidad evidenciaba el desencuentro entre la realidad histórica mexicana y el exotismo turístico.


Recorrido inaugural, jueves 26 de noviembre de 1992. Imagen extraída de La Jornada.

Al mismo tiempo de la exposición, el programa de actividades “Ecos y Reflejo” reforzaba el discurso promovido por el presidente e impulsaba una visión historiográfica progresista e univoca de la historia nacional. Aparte de las muestras cinematográficas y puestas en escena en torno a la cultura mexicana, hubo un ciclo de ocho conferencias de historia en el salón del Generalito de San Ildefonso. En enero se presentaron Miguel León Portilla con “Toltecayotl y arte prehispánico”, Eduardo Matos Moctezuma con “Presencia del arte mesoamericano” y Jorge Alberto Manrique con “La arquitectura del Virreinato”. En febrero se presentaron Guillermo Tovar y de Teresa con “Pintura y escultura del Virreinato”, Juana Gutiérrez con “La Ilustración y la academia”, Fausto Ramírez con “El nacionalismo en el arte mexicano del siglo XIX” y Rita Eder con “Un panorama del siglo XX”. Finalmente, el mes de marzo cerró con la conferencia de Raquel Tibol sobre “San Ildefonso y el nacionalismo revolucionario”.

El recién nombrado presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Rafael Tovar y de Teresa (mismo que había sido director general del INBA entre 1991 y 1992), comentó en una entrevista que:

Esta gran exposición nos brinda a los mexicanos una posibilidad insustituible para comprendernos y asumir, con ese entendimiento, las tareas del presente. Una de ellas, sin duda, consiste en afianzar y enriquecer nuestro dialogo con el mundo. México: esplendores de 30 siglos, nos ofreció una gran oportunidad para que, bajo los auspicios de la fundación “Amigos de las artes de México”, pudiéramos mostrar en el exterior lo que hemos sido y somos. Por un interés especial del señor Presidente de la República, quien ha alentado esta gran empresa cultural en cada momento, sirve hoy para presentar a los propios mexicanos las cimas de nuestro desarrollo cultural. Ocasión única por que se ofrece, por primera vez en varias décadas, una visión global de nuestra cultura en un solo espacio.

[…]Hoy tenemos a la vista los testimonios de esas variaciones, es decir, de esa permanencia, de esta continuidad, que han desembocado en nosotros y que nos permite asumir la confianza y la unidad, los cambios que vive el México de hoy y el compromiso de continuar su esplendor.3

IV

En todo esto, no puede dejarse de lado la figura de Octavio Paz y su sincronía con la política cultural propuesta Salinas de Gortari.4 El autor de Piedra de Sol es considerado un intelectual independiente, quien a través de sus empresas culturales (las revistas Plural y Vuelta), manifestó activamente sus puntos de vista sobre distintos temas políticos. En la década de los ochenta se convirtió en un líder cultural mundial, pero ya no con el carácter de defensor de las libertades y la democracia —afirma Armando González Torres— “sino que se convirtió en una suerte de legislador honorario”.5 Octavio Paz apoyó la política cultural de Salinas de Gortari con cuestiones como la creación del CNCA y del Fondo para la Cultura y las Artes (FONCA). Esas iniciativas —según Paz— modernizarían la cultura e incentivarían las artes y producción cultural en México.6

Tras haber sido galardonado con el Nobel de literatura en 1990, Paz se volvió un profeta cultural para el Estado mexicano y Televisa, de Emilio Azcárraga, fue la plataforma audiovisual más importante en la promoción de sus ideas.7 México: Esplendores de treinta siglos era un ejemplo de lo que promovía Paz: “Si México quiere ser tiene que volver a ser, como ya empieza a ocurrir en otras partes del mundo, un centro autónomo de creación y distribución de obras de arte”.8 La idea detrás de esto era crear una visión sobre México, usando su evolución artística, su historia y colocando a la cultura en el campo del neoliberalismo. Sin embargo, en retrospectiva esta magna exposición no parece superar la orfandad mexicana propuesta por Paz.  

A veinticinco años de la inauguración de la monumental exhibición parece necesario reflexionar sobre la vigencia de instituciones culturales como el FONCA, la ahora Secretaria de Cultura (sucesora del CONACULTA) y sobre todo, de la élite intelectual y su peso en las políticas culturales. La maquinaria cultural propuesta por el Estado hoy, ¿es visible en las decisiones diplomáticas culturales entre México y otros países? ¿Qué finalidad tienen estas decisiones? ¿Estaremos intentando todavía demostrar el esplendor de México?

 

Julio César Merino Tellechea
Historiador por la FES Acatlán y estudiante de la Maestría en Historia del Arte en el Posgrado de Historia del Arte de la UNAM.

Viridiana Zavala
Maestra en Historia del Arte, actualmente realiza su investigación de Doctorado en el Posgrado de Historia del Arte de la UNAM.


1 Esto demostró que las estrategias diplomáticas entre México y otros países, en el campo de la cultura, sirven en distintas escalas para mostrar la cara pública de las instituciones de un país, para reconstruir su identidad o para cambiar opiniones. 

2 La introducción al catálogo del MET y de San Idelfonso a cargo de Octavio Paz es la misma versión, solo cambia el título: “Will for Form” para la versión de Nueva York y “El águila, el jaguar y la virgen” en México. Octavio Paz, “Will for Form”, en Mexico: Splendors of thirty centuries, (New York: The Metropolitan Museum of Art, 1990).

3 Rafael Tovar y de Teresa, “Esplendores: desafío al tiempo”, La Jornada, 27 de noviembre de 1992, 24.

4 El presidente Carlos Salinas de Gortari creó el Consejo de las Culturas y las Artes el 7 de diciembre de 1988 con la finalidad de impulsar la cultura nacional, pues “en la afirmación y recreación de la cultura mexicana radica sin duda una fuente excepcional de la identidad nacional, un verdadero encuentro del mexicano consigo mismo”. En Rafael Tovar y de Teresa, Modernización y política cultural, (México: Fondo de Cultura Económica, 1994), 56-57.

5 González Torres, Las guerras culturales de Octavio Paz, 138.

6 González Torres, Las guerras culturales de Octavio Paz,152-154.

7 El 27 de agosto de 1990, después de la disolución de la URSS, Paz organizó un conversatorio televisado para reflexionar sobre el fin del régimen comunista ruso. Asistieron a este líderes de opinión internacionales como Agnes Heller, Roger Bartra, Hugh Thomas, así como el escritor peruano Mario Vargas Llosa, quien calificó la democracia de México como “la dictadura perfecta”.

8 Octavio Paz, Los Privilegios de la vista. Arte de México (México: Fondo de Cultura Económica, 1987), 35.

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