La siguiente crónica recupera la historia del nuumte oote o ayapaneco, lengua que se hiciera célebre supuestamente por ser hablada solamente por dos personas (que no se dirigían la palabra), y ahonda en el complejísimo universo de las lenguas en peligro de desaparecer, así como de aquellos que las pronuncian.

Según datos de Ethnologue: Languages of the World —anuario del Instituto Lingüístico de Verano—, existen 7 097 lenguas en el mundo, número que cambia constantemente porque, la verdad, no se sabe con exactitud cuántas hay. No es extraño. Aún quedan grupos humanos de los que se desconoce todo sobre su cultura. La ONG Survival estima la existencia de más de cien grupos aislados; la mayoría habitan selvas densas como el Amazonas y es posible que cada uno tenga su propia lengua. Además, la definición de “lengua” es tan escurridiza como la de “especie” en biología. La mutua inteligibilidad es un criterio importante. Por ejemplo, en México, quienes hablamos español nos entendemos con españoles, cubanos o argentinos a pesar de las variaciones del castellano. Sin embargo, a veces otros factores también se incluyen: los valencianos insisten en que no hablan catalán, sino valenciano, aunque se puedan entender con los catalanes si no se mete la política en la conversación. En otros casos, una lengua resulta en realidad ser un conjunto de lenguas emparentadas entre sí, como sucede con los idiomas mixtecos o Ñuu Dzahui.

Al conteo de Ethnologue también es necesario restarle las lenguas que se extinguen: una cada catorce días, según los cálculos. Sobre este lingüicidio se desarrolla la historia del documental Sueño en otro idioma. Un lingüista llega a un pequeño poblado de Veracruz a documentar a los últimos dos hablantes de zikril, una lengua que no existe, pero pudiera ser cualquiera del 18.55% de lenguas que ahora están en peligro severo o crítico, según la UNESCO. Y también es la historia de Evaristo e Isauro, los últimos dos hablantes de una lengua a punto de morir, que no se hablan entre sí.

La lingüística podría ser considerada la más misántropa de las ciencias antropológicas. El objeto de estudio del lingüista es la lengua, no la gente. Para infortunio de algunos investigadores ariscos, las lenguas naturales solo son habladas por personas que, a veces, no están en disposición de hablar. Documentar todas las lenguas no es un trabajo sencillo.

De este drama académico han surgido varias anécdotas, como la del último hablante de una extraña lengua, quien no tenía ni un solo diente y al que le reconstruyeron la dentadura para grabarlo. O la lengua con solo dos hablantes que no se hablan entre sí. Si uno pregunta de qué lengua se trata, te responden: “No sé, no sé. Yo solo lo escuché por ahí”.

Mapa de la localización de las 21 lenguas que integran la categoría de “peligro crítico” dentro del territorio mexicano, según la UNESCO. Se enlistan las siguientes: aguacateco, ayapaneco, chuj, ixcateco, ijilo, cachiquel, quicapú, kiliwa, lacandón, chontal bajo, mayo, totonaco de Misantla, mochó, totonacano septentrional, totonaco de Ozumatlán, huave de San Francisco del Mar, nahua de Tabasco, tuzanteco, zapoteco de Asunción Tlacolulita, zapoteco mixtepeco, zapoteco de San Felipe Tejalápam.

Un investigador de la Universidad de Indiana, Daniel F. Suskal, recuerda haber escuchado en un programa radiofónico de Chicago el mito de los dos últimos hablantes de una lengua mexicana y admite haberlo alimentado, aunque conoce mejor los detalles. En 2004 Suslak comenzó a trabajar en un poblado cercano a Villahermosa, Tabasco, donde grabó a Manuel y a Isidro (o “Chilo”), señalados como los dos últimos hablantes de nuumte oote (“lengua verdadera”) o ayapaneco. Suskal cuenta1 que para él tenía mayor eficacia retórica decirle a la gente que Isidro y Manuel no se hablaban que explicar la verdad, un poco más complicada: que son dos personas con poco en común, excepto compartir una lengua en peligro crítico de extinción, junto con otros semihablantes más.

En 1971 Antonio García de León anunció al mundo académico la existencia de una lengua zoque de la que no se tenía noticias. En los Anales del Museo Nacional de México, escribe:

En el mes de enero de 1966, y haciendo un recorrido con el fin de recopilar vocabularios de nahua de la Chontalpa tabasqueña, pasamos por el pueblo de Ayapa, que se halla en el camino que va de Comalcalco a Jalpa de Méndez, donde encontramos hablantes de una lengua que los lugareños llaman “zoque”, o bien, “lengua”.

Eran 150 hablantes dentro de una población de dos mil habitantes, todos mayores de 35 años. García de León elicitó, es decir, registró vocabularios de la lengua y confirmó su pertenencia a la familia mixe-zoque, aunque tenía marcadas diferencias con otras lenguas de esa familia, como el popoluca de la sierra.

Con el método glotocronológico —ahora bastante cuestionado— se calculó que esta familia tenía una divergencia de 35 siglos. Es decir, se proponía que por el año 1,500 a. C. un grupo de personas compartieron una lengua mixe-zoque que con el tiempo se diversificó. Los hablantes de esta hipotética lengua se habrían extendido del río Papaloapan al río Grijalva. Esta reconstrucción histórica abonaba datos para la propuesta del arqueólogo Wigberto Jiménez Moreno: la lengua hablada por la cultura olmeca era mixe-zoqueana.

Aquí ya tenemos una historia para interesarnos lo suficiente en alguna lengua de México: el ayapaneco, que solo se habla en un pueblo de Tabasco y que dejó de transmitirse durante varias generaciones; pero le falta el factor humano para volverse viral. En la década de 1990 nos dieron una mejor versión: el caso de una lengua que es solo hablada por dos hermanos, como si fuera una lengua privada.

Los hermanos Manuel y Esteban colaboraron con especialistas en lenguas zoqueanas en la última década del siglo XX. El resultado fue, en palabras de Suskal, “buen trabajo al viejo estilo de la recuperación lingüística, apreciado por colegas lingüistas y mesoamericanistas e ignorado por todos los demás, incluida la mayoría de las personas que viven en Ayapa y sus alrededores”. Para entonces, algunos contaban que Manuel y Esteban eran los únicos hablantes de ayapaneco que quedaban, aunque en realidad otro hablante fue grabado por lingüistas para documentar la lengua: Chilo.

En 1999 murió Esteban. De los hablantes que colaboraban con los investigadores quedaron Chilo y Manuel. El cuento de los dos hermanos se transformó en el cuento de los dos enemigos. Su salto a los medios sucedió en 2007 por unas declaraciones de Fernando Nava, director fundador del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas. El ayapaneco era un caso que permitía ejemplificar la situación de riesgo de muchas lenguas de México. Nava mencionó una supuesta pelea entre sus dos últimos hablantes. Los medios vieron en esa anécdota una nota con potencial. Las agencias internacionales la llevaron a todos los rincones. En declaraciones posteriores, Nava matizó sus palabras, pero la leyenda ya había adquirido vida.

No me importa si una historia no es verdad mientras sea una buena historia, pero se aprecia más cuando te hablan con sinceridad. A diferencia de las tergiversaciones mediáticas sobre el ayapaneco, Sueño en otro idioma se plantea desde un inicio como ficción y cuenta la tragedia real del lingüicidio con un discurso más efectivo que el académico. Lo logra porque no cuenta la historia de una lengua, sino la de los hablantes. Los hablantes de una lengua minorizada sufren una discriminación que puede equipararse con la discriminación racial o por orientación sexual. De manera sutil, así es presentado en la película.

A inicios del siglo XX, el normalista Gregorio Torres Quintero, que sentó varios precedentes para la educación pública en México, declaró que la conservación de las lenguas indígenas solo era de interés para “anticuarios y lingüistas”. Y aun así el lingüista es en más de una ocasión solo un testigo silencioso que sostiene una grabadora mientras registra las últimas palabras del último hablante de una lengua.

Curioso que a Torres Quintero no se le haya ocurrido que la conservación de una lengua también podría ser del interés de sus hablantes. Los “últimos” cuatro hablantes de ayapaneco hicieron una escuela para enseñarle su lengua a los niños de Ayapa.

 

Juan Paulo Pérez-Tejeda
Lingüista. Ganó el segundo premio del concurso “La crónica como antídoto: si las piedras hablaran” con el texto “Las batallas en Xoco”, publicado por la UNAM.

Referencias
• EFE, “Dos ancianos mexicanos peleados son los únicos hablantes de la lengua ‘zoque’”, Soitu, 13 de noviembre de 2007.
• García de León, Antonio, “El Ayapaneco: Una variante del Zoqueano en la Chontalpa Tabasqueña”, Anales del Museo Nacional de Mexico, vol. 2, 1971, p. 209–224.
• Moseley, Christopher (ed.), Atlas of the World’s Languages in Danger, Paris, UNESCO Publishing, 2010, versión en línea.
• Suslak, Daniel F., “Ayapan Echoes: Linguistic Persistence and Loss in Tabasco,
Mexico”
, en American Anthropologist, vol. 113, núm. 4, 2011.
• Suslak, Daniel F., “Ayapanec”, International Journal of American Linguistics 83, no. S1: S25-S39, abril 2017.
“Uncontacted tribes: Who they are?”, Survival International (sitio web), 2018.


1 En su artículo “Ayapan Echoes: Linguistic Persistence and Loss in Tabasco”.

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El valle de Tehuacán es uno de los lugares más fértiles en términos de historia cultural y geológica en México. La siguiente crónica ofrece un recorrido tan ameno como minucioso por aquellas tierras en las que del suelo brotan episodios inéditos de la vida de la Tierra. Desde los científicos europeos del siglo XIX hasta los actuales pobladores, es un relato de las transformaciones que van moldeando el presente a partir de un pasado cada vez más enriquecido.

Un dinosaurio anduvo sobre el jardín de Pablo. Fue hace cierto tiempo: unos 110 millones de años, por lo menos. Pablo Reyes descubrió sus pisadas en el 2006. Hace un instante, si pensamos en el tiempo geológico.

—¿Quieren ver la huella? — pregunta —. Mi casa está de paso.

—Claro que sí —respondo sin consultarlo con Andrea.

Pablo Reyes trabaja en el Centro Ecoturístico de San Juan Raya, una pequeña comunidad de 200 habitantes ubicada en los linderos de Puebla. Para llegar ahí, el transporte se desvía en el kilómetro 31 de la carretera federal Tehuacán-Huajuapan de León. Luego, todo es terracería. Pablo nos recibió desde el primer día, pero no nos había acompañado a ningún recorrido hasta ahora. Nos guiaba hacia El Pedimento cuando sacó a tema la huella de dinosaurio que encontró en el jardín de su casa. Del centro ecoturístico, avanzamos unos veinte o treinta metros para llegar a ella.

—Es aquí —nos anuncia Pablo.

El alumbrado se alimenta de paneles solares y es tenue en todo el poblado. Temí que no pudiéramos ver nada. El jardín de Pablo está casi a oscuras, solo una luz débil lo ilumina desde su casa, una construcción modesta que veo por dentro de reojo: el piso es de concreto, sin mosaicos; a lado de la puerta hay una placa que dice “Sedesol” y “Piso firme”. Andrea y yo nos quedamos en la entrada. Pablo señala hacia nuestra izquierda:

—Por allá están las huellas.

Intento descubrir las pisadas. Quiero imaginar cómo se siente encontrar un pedazo de la historia del planeta. Husmeo con mis ojos el pasto seco hasta que Pablo nos indica con su linterna de mano la ubicación de los fósiles.

—Es ahí.

Pablo se agacha, Andrea se inclina levemente, yo me pongo de cuclillas y dirigimos la mirada donde se proyecta la luz de la linterna. Pablo, con su índice, acaricia los cuencos del suelo e inicia su exposición.

—Estos son los dedos. Son tres, pero no son iguales a los dedos de los carnívoros—remarca las curvas como si las dibujara en ese momento—. Estos dedos son más gordos. Aquí está la secuencia de la huella— nos muestra otra marca enfrente de la primera, oculta por la maleza—. Y este es el molde— levanta una piedra grande con la forma de las huellas, pero con el relieve invertido—. Los sedimentos como la arena caen sobre la pisada. Estos se petrifican y de ahí obtenemos el molde de un lado y la huella del otro.

Pablo nos muestra otros fósiles de su jardín: un ammonite del tamaño de un balón; un coral petrificado; una rizadura formada por las olas que, de tanto ir y venir con harta calma, se grabaron en las piedras. Pablo explica como si fuera un paleontólogo, aunque apenas terminó la secundaria.

—Este era un mar de aguas someras en el Cretácico— dice mientras sostiene un fósil, prueba encontrada entre cactus y matorrales.

§

Casi no llueve en el valle de Tehuacán-Cuicatlán; la tierra es dura; la brisa, ausente. Los órganos —cactus erguidos y altos como los guerreros colosales de Tula— dominan el terreno; a sus pies, todo es matorral. Querer vivir ahí parece una obstinación.

Sin embargo, hay presencia humana en el valle desde hace milenios. En él se desarrollaron, hace cuatro mil años, los primeros sistemas de irrigación mesoamericanos conocidos, mientras que en la cueva de Coxcatlán se conservaron durante ocho mil años los restos más antiguos hasta ahora descubiertos del teocintle, espiga salvaje tatarabuela del maíz. No solo los humanos se adaptaron al clima semiárido. Una de cada diez especies en Tehuacán-Cuicatlán es exclusiva de la región. Para los fanáticos de las cactáceas, el paisaje debe ser una representación más acertada del Edén que los jardines dionisíacos de los pintores renacentistas.

Este ecosistema semidesértico atrajo en 1836 a Henri Guillaume Galeotti, un científico aventurero como Humboldt. Galeotti nació en París en 1814, pero su cuna intelectual la encontró en el Établissement géographique de Bruxelles, unainstitución privada creada por el geógrafo Phillipe Vandermaelen en 1830, el año en que Bélgica obtuvo su independencia. Las instalaciones del Établissement estaban abiertas al público y alentaron a una generación de jóvenes a adentrarse en la ciencia. Galeotti se destacó pronto en este ambiente con una tesis de geología que mereció un premio por parte de la Academia de Ciencias y Bellas Artes de Bruselas. Phillipe y su hermano, Jean-Francoise Vandermaelen —a quien le interesaba la botánica—, apoyaron económicamente a Galeotti para realizar una expedición a México con el objetivo de estudiar las plantas y la geología del país. Galeotti no desaprovechó la oportunidad: subió y bajó algunas de las montañas más altas del país y recolectó nuevas especies vegetales para la ciencia, que describió con el botánico Martin Martens. Sin embargo, para los paleontólogos mexicanos fue más importante su trabajo publicado en coautoría con Henri-Pierre Nyst en 1840.

Nyst era otro extranjero adoptado por los Vandermaelen. Heredó el interés por la naturaleza de su padre, un burócrata aficionado a las plantas y los insectos. Henri-Pierre se formó en el Établissement al igual que Galeotti y se enfocó en el estudio de los moluscos. Quizá por esto último Galeotti se acercó a Nyst para describir los fósiles descubiertos en el valle de Tehuacán: todos los especímenes publicados en el Bulletin de l’Académie royale des sciences et belles-lettres de Bruxelles en 1840 eran moluscos, a excepción de dos fósiles de erizos de mar. De doce especies descritas, dos fueron nombradas en honor a científicos novohispanos. El caracol Cerithium bustamantii es bautizado así por Miguel Bustamante, catedrático que ordenó el Gabinete de Historia Natural a finales del virreinato; el Ammonites rioii, por Andrés Manuel del Río, fundador del Palacio de Minería. Estos fueron los primeros fósiles mexicanos que se dieron a conocer al mundo en una revista científica.

§

En una conferencia del Museo Nacional en 1905, el naturalista Manuel M. Villada describió San Juan Raya como “una gran sección del Museo paleontológico de nuestro territorio” por sus ricos yacimientos fosilíferos. Villada cuenta que:

[a] las sencillas gentes de la localidad que nos ocupa, viendo el afán con que cierta clase de personas, para ellas respetables, recogían objetos que hasta entonces habían visto con desprecio, se les despertó la codicia, suponiendo que contenían partículas de oro ó valiosas perlas; sugestionados por esta creencia, destruyeron inútilmente un gran número de ejemplares; una vez desengañados, se imaginaron que tendrían algún uso medicinal, y emprendían viajes hasta la ciudad de Puebla para venderlos en las boticas; sin conseguir sus deseos; a pesar de todas estas grandes substracciones (sic), aquel criadero parece inagotable.

Casi cien años después, las sustracciones continuaban sin mermar la cosecha. En el camino a El Pedimento, Pablo nos contó cómo los pobladores de San Juan Raya colectaban fósiles y los intercambiaban en la carretera antes de que se creara el Museo Comunitario a finales de los noventa.

—Nosotros no sabíamos qué eran. Para nosotros solo eran piedras. No sabíamos que era ilegal venderlas. Las metíamos en cubetas y aceptábamos lo que nos dieran a cambio: un pedazo de pan, algo para el refresco, lo que fuera. Un día llegó una camioneta blanca y bajaron dos señores de ella. Uno sacó su libreta y dijo: “A ver, ahora lo vamos a hacer así: uno por uno van a subir las cubetas a la camioneta y van anotando su nombre aquí. Ya que estén todas, les pagamos”.

Los pobladores siguieron las instrucciones. Uno por uno subieron las piedras en la camioneta y se anotaron. Luego, se quedaron a esperar la paga,

—¡Qué nos iban a pagar! Eran policías. El de la libreta nos dijo “todos los que están aquí, están detenidos”. Y que nos pelamos. De tontos nos quedábamos ahí. Como conocíamos bien el pueblo, no pudieron agarrar a ninguno.

A los policías no les importó que se les fueran todos los ingenuos saqueadores del pueblo.

—Entonces, un señor, también del pueblo, pasó por ahí. Él ni había estado en el chanchullo. Y que lo levantan. Luego, una señora que llevaba las bolsas del mandado también pasó y también va pa’rriba. Agarraron a dos que no tenían nada que ver. Estuvieron como dos meses detenidos. Juntamos dinero para pagar la fianza. Ya después de eso nadie quería recoger fósiles. Venía y preguntaban “oigan, ¿no tienen piedras” y decíamos que no. Se iban muy extrañados. Ya después le platicamos a uno de los paleontólogos de los que suelen venir qué podríamos hacer, pues ya no teníamos ese ingreso extra.

Con la asesoría de los paleontólogos, se fundó el Museo Comunitario Paleontológico. Este empezó con los fósiles que los pobladores guardaban en sus casas. Ahora tiene cinco salas: una dedicada a los fósiles marinos; otra, a los dinosaurios; otra, a los restos arqueológicos, y dos más para la biodiversidad de la flora y fauna del valle Tehuacán-Cuicatlán.

—Antes no era así —nos dice Pablo—. Antes solo era una sala. Poníamos los fósiles sobre una tabla y los visitantes pasaban en hilera. Al final del día, los contábamos. Siempre nos faltaba alguno.

Los investigadores les ayudaron a conseguir dos vitrinas. Con los años —y con la ayuda de la UNAM y la BUAP— el museo creció. Gracias a esta colaboración, cambió la relación entre los pobladores y su entorno.


Fósiles marinos en San Juan Raya. Fotografía de: Juan Paulo Pérez-Tejeda

§

En México, se pueden comprar fósiles de Madagascar y Marruecos en comercios establecidos y está prohibido comerciar con fósiles colectados en México. Se consideran parte del patrimonio cultural del país y, por lo tanto, el INAH tiene el deber de resguardarlos. Sin embargo, el comercio negro de fósiles no es nada discreto. Basta poner atención en las mantas de los artesanos para reconocer ammonites, caracoles, almejas y hasta dientes de tiburón petrificados por el tiempo. Tampoco son demasiado caros: un ammonite pequeño cuesta aproximadamente ciento cincuenta pesos. El más grande que he visto me lo ofrecieron a ochocientos.

Algunos vendedores están más conscientes de lo que tienen que otros. En las escaleras de la entrada del metro Universidad suele ponerse una mujer morena con el cabello trenzado que, además de artesanías, cuarzos y amatistas, vende ammonites, caracoles y almejas fosilizados. Si le pregunto de donde provienen, me responde que de Puebla, Chiapas o San Luis Potosí, según sea el caso. Otros dudan al contestar. Unos más no saben qué son. Cerca del centro de Coyoacán me ofrecieron por treinta pesos un caracol. Era un ammonite. Es el problema del saqueo: se pierden datos que contextualizan a los ejemplares.

§

La legislación sobre la protección de los fósiles está dispersa entre los artículos 27 constitucional —que se refiere a los recursos minerales del país— y la Ley Federal de Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, que regula las actividades del INAH. La ley no prohíbe poseer fósiles, por lo tanto, si te encuentras uno en tu jardín, puedes quedártelo, como decidió Pablo con la huella del ornitópodo.

En las zonas de afloramiento —donde los vestigios se ven sin necesidad de rascarle a la tierra— los habitantes de San Juan Raya crearon recorridos para los turistas. El paseo de las turritelas fue el primero que organizaron. Acomodaron unos guijarros y colocaron vallas para marcar el sendero. Su atractivo: un puente colgante, cientos de órganos con alturas superiores a los veinte metros e incontables almejas, corales y caracoles marinos —las turritelas— que yacen sobre el desierto. El piso tapizado recuerda a la playa y algunos visitantes creen que trajeron las conchas de ahí, pero el mar se encuentra a más de 250 kilómetros de distancia.

—Llueve y se ven montones —nos dijo un guía.

Nyst y Galeotti mencionaron en su texto de 1840 que “quizás no haya en el mundo una localidad que presente, en una extensión de varias leguas cuadradas, un cúmulo tan grande de fósiles como esta”, además de confesar que el principal problema para la recolección de ejemplares fue el gran tamaño de los restos hallados.

El puente colgante cruza el río Seco, un arroyo que alimenta al río Zapotitlán solo en época de lluvias. En esa zona, el paleontólogo Jerjes Pantoja-Alor descubrió unas pisadas de apatosaurios, dinosaurios cuadrúpedos de cuello largo. Los habitantes resaltaron las huellas para los turistas con piedras pintadas de blanco. A primera vista parecen unos baches sobre el cauce del río seco.

Las huellas son un fósil traza, marcas que revelan las acciones de otro ser, aunque no siempre permiten saber a qué animal pertenecieron. Sin embargo, ofrecen pistas de su tamaño y de su comportamiento.

—Los paleontólogos no estaban del todo seguros que fueran huellas de dinosaurios —nos contó uno de los guías del centro ecoturístico—. Nos pidieron poner atención y buscar huellas de tres dedos, de terópodos. “Porque donde hay carnívoros, hay herbívoros”, explicaron. Los dinosaurios de tres dedos son carnívoros. Y sí, encontramos después esas huellas —abrió los ojos y con un tono de sorpresa agregó—. Se ven como si fueran las pisadas de un pollo gigante.

Los terópodos aparecieron hace 228 millones de años en la Tierra. Fueron cazadores exitosos hasta su extinción masiva, hace 65 millones de años. Sin embargo, un grupo sobrevivió al cataclismo: las aves. Comparar huellas de terópodos con la pisada de un pollo gigante es bastante acertado.

§

Pablo tiene vocación. Su rostro cambia cada que toma un fósil de su jardín y nos platica sobre él. Doy por sentado que se dedica tiempo completo al centro ecoturístico, hasta que Andrea le pregunta qué más hace.

—Soy cantante en una banda los fines de semana —contesta—. Para que vean que no les miento —saca su celular y busca unas imágenes—, aquí estoy yo.

Nos muestra una foto donde aparece él y otros músicos. Todos llevan un traje guinda con borlas. Luego, se minimiza.

—No es que sea yo un artista. Aquí, uno hace lo que sea, con tal de sacar algo extra.

La media luna se acerca al cénit, su claro ilumina el sendero. Preferimos apagar las linternas para dejar que nuestros ojos se acostumbren a la noche y apreciar mejor las estrellas. Mientras caminamos, escucho a Pablo. Nos cuenta que ha trabajado en la construcción, en el campo y hasta como extra en una película de Luis Estrada. Nos habla de los insectos comestibles del valle, que se venden muy bien en Zapotitlán de Salinas. No le pregunto su edad. Le calculo cuarenta. No se le notan ni canas ni arrugas, pero las anécdotas me hacen pensar que quizá tiene más años. Intento ubicarlas en el tiempo para entender mejor cómo se transformó poco a poco el pueblo.

§

Hace casi dos siglos caminó cerca de aquí Galeotti. Nunca habló de San Juan Raya en el texto que publicó con Nyst, solo mencionó que encontró los fósiles en una veta a 40 km del sudoeste de Tehuacán. Después de Galeotti, varios científicos europeos describieron algunos fósiles de la región. Hasta finales del siglo XIX un mexicano estudió la zona: José Guadalupe Aguilera. Aguilera ya hablaba de San Juan Raya en sus publicaciones y ubicaba sus fósiles en el Cretácico inferior.

Probablemente el grupo que acompañó a Aguilera hace más de cien años fue el que sorprendió a los habitantes, como cuenta Villada, quienes no encontraban valor alguno en las piedras de San Juan Raya. Hace más de 20 años las vendían en la carretera sin saber qué eran. Ahora dicen que la vida comenzó hace 3 500 millones de años y que si representáramos la historia de la Tierra en un reloj, el hombre aparecería hasta en el último segundo.

§

En El Pedimento se siente el aire fresco. En el suelo unas piedras ordenadas forman un círculo que marca los puntos cardinales. Según Pablo, era un centro ceremonial popolteca que muchos visitan ahora para pedir favores a los cuatro vientos. Estamos en la cuenca alta del Papaloapan. No he visto nada de agua, pero en este punto inicia uno de los ríos más caudalosos de México. Es diciembre. La caminata me ha quitado el frío.

Me pregunto si, de no haber tenido que empezar a trabajar tan joven y de haber sabido todo lo que sabe ahora de su pueblo, a Pablo le hubiese interesado ser paleontólogo. ¿Cuántos científicos habrá perdido el país por la desigualdad de oportunidades?

Juan Paulo Pérez-Tejada

Lingüista y divulgador de la ciencia. Actualmente trabaja en la plataforma Datos Abiertos UNAM.

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