Juan Antonio Masoliver Ródenas
La negación de la luz
Acantilado
Barcelona, 2017
208 páginas.

 

Existe una cofradía de lectores de Juan Antonio Masoliver Ródenas (Barcelona, 1939). Los integrantes admiramos su estremecedora lucidez. La aparición de un libro suyo deviene en época de júbilo y desasosiego. Su poesía es un alud de imágenes vívidas. Evoca la infancia, el cuerpo femenino, los orígenes, los caminos del sueño y la memoria. Da noticias de un mundo que puede fracturarse, de los abismos; trata la falacia de la eternidad y explora la noción del instante. En La negación de la luz (Acantilado, 2017), su más reciente libro, Masoliver Ródenas reúne dos poemarios, La negación de la luz y El cementerio de los dioses, en los que confecciona una poética de madurez, embebida siempre de añoranza e intranquilidad. El poeta concluye: “No hay una última palabra./ No hay muerte posible./ Todos somos dioses./ Todos somos inmortales./ Todos vivimos en la plenitud/ de la nada”. Presentamos los ocho poemas que inauguran el volumen.


***

 

Hoy es el día más pleno de mi vida,
día de júbilo sin saber la razón
de que de pronto sea mi existencia
un cristal de luz, una luz
en el vientre, el salitre y las casas
de cuarzo y las ventanas al sol
del mediodía marítimo. No hoy
sino este instante que desaparecerá
mucho antes de que escriba
estas últimas palabras, las que abren
las puertas a la desdicha cotidiana.

 

***

 

A Judit, autora de los dos primeros versos.

Ha llegado el verano
y la calma en la terraza.
Estación engañosa, como todas.
Pasa la luz y se hunde en las tinieblas
y pasamos nosotros dulcemente
aturdidos por el sopor del día,
con voces que se alejan
para dejarnos solos
escuchando el silencio,
como escuchan los pájaros
la llegada del sol
en la calma sin fin de la terraza.

 

***

 

El camino de la luz
queda todavía muy lejos,
si es que existe. Son muchos
los abismos, las muertes, las palabras
cuyo significado sigue oculto.
Más allá de la oscuridad
de los ojos están los vertederos
de mármol, los muros de ceniza,
los peces podridos en el vientre
y los aullidos, el humo, las cruces
gamadas. También
el desamor, continuamente,
la falacia de la eternidad,
las bocas que ahora hieden,
la imposibilidad de olvidar,
de encontrar el camino
que abandonamos, la casa
de la madre con el pecho en la luz,
leche que te embriagaba
y que es ahora una maldición
y un anhelo.

 

***

 

No me conviene que este local se cierre.
Paso cada día por su puerta
y lo veo vacío y pienso:
no me conviene que este local se cierre.

 

***

 

El niño que vive todavía en mí
está destrozado, sin saber
ni siquiera por qué vive,
por qué llegan las noches
con ruidos que han de herirnos
para siempre.
No hay reposo
en la magra vida del anciano
en la amenaza de sus días
funestos.
Y al abrir la cancela
el niño es una lápida sin nombre,
pues carecen de nombre
las cosas que han dejado de existir.

 

***

 

Tres noches sin estrellas
es demasiada oscuridad
para los que vivimos días
de luz y de almas. Es
como un tañido perdido
en el silencio, como un desierto
de agua habitado
por la memoria de lo nunca vivido
ni conocido ni amado. Saciedad
de la nada, palacios ajenos
a la luz y al deseo
de tu presencia, que es hoy
búsqueda y anhelo y dolor
en un cielo para siempre
vacío de estrellas.

 

***

 

El rumor de las hojas en el mar
se confunde, en esta noche
que no acaba nunca ni promete
más luces que las que se apagaron
para siempre, con las heces
de mi corazón.

Teníamos tres madres y un solo cementerio.
Se reunían los muertos en la plaza
de Ocata, bajaban por Pintor Villà
hasta el Camino Real, atraídos
por la luz de los árboles, engañados
por la música que llega desde la vida
como llegan los barcos entre árboles
atraídos por un tiempo sin tiempo
en un vano oleaje sin orillas.

 

***

 

Somos hijos del polen,
de las sombras del agua,
de la orfandad y el desconsuelo.
Ciegos a la creación,
de los frutos que penden
de los árboles del cielo.
Vamos por los caminos
del sueño con los ojos
ciegos y la memoria vacía,
ajenos a aquel polen
que en el vello del pubis
te acercaba a la vida.
Y las abejas mueren
entre flores y aullidos.

 

Juan Antonio Masoliver Ródenas
Escritor. Ha publicado: El ciego en la ventana. Monotonías, Retiro lo escrito, Beatriz Miami,La memoria sin tregua, Sònia y Paraísos a ciegas, entre otros libros.

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