Los recientes acontecimientos en el mundo del futbol nos indican claramente que dios no ha muerto y que nuestra necesidad de creencias sagradas sigue en pie. A través de una serie de anécdotas reveladoras, el siguiente texto nos explica la creación y el funcionamiento de estos héroes y dioses del siglo XX y XXI.

El Cairo, mayo de 2018. Además del color irrepetible del Nilo, la naturalidad geométrica de las pirámides y la digna vejez de Tutankhamun, impacta la omnipresencia de Mohamad Salah. De repente, las calles de esta caótica ciudad se llenan de grandes anuncios espectaculares en los que el futbolista promueve una u otra marca. Aparece en comerciales y noticieros de la televisión local. Por todas partes hay niños con la camiseta 11 del Liverpool bien puesta. Las conversaciones informales de la gente lo aluden invariablemente. Tras la final de la Champions League, el presidente de Egipto, Abdel Fatah El-Sisi, ha declarado que reza por la pronta recuperación del futbolista, al tiempo que un imam kuwaití arguye que el jugador es culpable de la lesión por no ayunar en época de ramadán. Bassem Wahba, abogado egipcio, ha levantado una denuncia contra Sergio Ramos (capitán del Real Madrid y la selección española; defensa central) exigiendo una compensación millonaria por la lesión infligida con alevosía.

Mo Salah (como lo conoce occidente) ha transformado radicalmente la vida de un país completo que —vale la pena apuntarlo— lleva a cuestas un pasado de más de siete mil años de historia y civilización. Entre los egipcios se percibe una euforia porque Rusia 2018 pueda convertirse en la reivindicación, casi redención, de una sociedad en crisis crónica. Me recuerda algo, no sé qué, pero sí reconozco la empatía…

Los grandes pensadores de nuestra época, ese reducidísimo grupo de filósofos que gusta de vernos a los mortales por encima del hombro, dicen que el nuestro, es un tiempo secular. Pero temo decirles que se equivocan. En nosotros sigue la necesidad de lo sagrado, a veces como héroe y otras, como un dios. Pero quiero decirles, aunque intuyo que ya lo saben, que la beatitud se ha trasladado de escenario y se manifiesta de otra forma. De las catedrales a los estadios, del campo de guerra al césped rectangular, la civilización pone su fe y su devoción en los deportistas, particularmente en el único género diseminado por el mundo entero: los futbolistas.

El futbol es la épica de nuestros días, dice un puñado. El otro, igualmente fanático, lo piensa más como la religión secular del siglo XX y el XXI. Presenciar una batalla de héroes y dioses, de eso se trata jugar al futbol, de eso se trata sentarse en una grada cada fin de semana para corear las hazañas del héroe y quedarse mudo ante el milagro divino (que casi nunca se manifiesta).

Tapa de la llamada tumba del zambullidor, circa 480-470 a. de C., descubierta en Paestum en 1968, Museo Arqueológico de Florencia.

Existen tres tipos primordiales de futbolistas: los jugadores, los héroes y los dioses. De los primeros no me importa decir nada. ¿Para qué hablar de Guillermo Ochoa si se puede guardar silencio? Un héroe, por otro lado, es capaz de gigantescas transformaciones y magníficas victorias. Es Mohamed Salah soportando en sus espaldas al pueblo egipcio de camino a la batalla de Karkemish (antes de Cristo) o a Ekaterimburgo para enfrentar a rusos, uruguayos y sauditas por un lugar en la segunda fase.

Pero un héroe no solo es capaz de grandes hazañas, también es capaz de los más pequeños gestos, las minúsculas apoteosis, los sucesos que vuelcan el corazón de una persona: a finales de 2016, en medio de un invierno cotidiano en el desierto de la Península Arábiga, me dirigí como peregrino hacia el estadio para ver jugar al Barcelona. Con franqueza les confieso que mi ilusión era Messi, a quien nunca había visto en vivo. Al final todo se redujo a una cascarita entre el blaugrana y el equipo Al Ahli de Arabia Saudita. Fue la quintaesencia, en el peor sentido de la palabra, de un partido amistoso. No habían transcurrido 35 minutos de juego cuando Suárez, el propio Messi y Neymar ya habían anotado el gol, que seguramente tenían pactado en el contrato, y se encontraban sentados en la banca. Nosotros nos fuimos a casa con la amarga emoción de haber visto al mejor jugador del mundo en el partido más insulso de su carrera. Pero también nos fuimos a casa con la historia del héroe que es capaz de resignificar la vida de un niño.

Murtaza Ahmadi entonces tenía seis años. Había nacido en Afganistán y su hermano le hizo una camiseta de la selección argentina con una bolsa de plástico a rayas azul y blanca. En el dorso, el 10 debajo del apellido Messi. La imagen recorrió el mundo entero y el chico se volvió tan famoso que los organizadores del partido lo llevaron para conocer al de Rosario, Argentina. Fueron diez minutos de una potente imagen en la que un jugador de futbol es el que engloba todo, absolutamente todo, para una persona. No se despegó de él desde que estaban en los vestidores. Al término de la ceremonia inaugural, cuando el árbitro lo mandó fuera del campo, Murtaza automáticamente corrió de nuevo con Messi. El futbolista, en una recreación moderna del evangelio, pidió a todos que lo dejaran acercarse a él. El corazón tan nuevo de un niño experimentó un vuelco, un temblor, de por vida. No creo que Murtaza vuelva jamás a ser el mismo después de esa noche de balompié.

La materia de los dioses es otra, mucho más esencial. Es la del héroe y la del milagro. No solo triunfan en las batallas más sangrientas, sino que encuentran el prodigio de la eternidad. Antonio Ortuño escribe en su cuento “El nacimiento de una maldición. México 1986”, a propósito de Manuel Negrete y su gol de media tijera contra Bulgaria en el partido de octavos de final en el estadio Azteca: “fue dios durante diez segundos y lo querremos siempre por eso”. La materia de los dioses es ese momento eterno, infinito. El milagro como experiencia religiosa.

Hace más de diez años, en agosto de 2006, el profesor de Ithaca, Nueva York, escritor de varias novelas, incluida Infinite Jest, hablaba de Roger Federer con algo más vehemente que la pura devoción. Lo hacía en las páginas de The New Yorker, tan solo unos días después de que el tenista suizo se coronara en la cancha central del All England Lawn Tennis and Croquet Club. Era su cuarto título de Wimbledon y octavo Grand Slam de su carrera. Contaba apenas con 25 años y para entonces ya era considerado uno de los mejores de la historia, al nivel de Connors, McEnroe, Laver, Lendl o Ashe.

¿Por qué un autor como David Foster Wallace (1962-2008) habría escrito un texto titulado “Roger Federer as Religious Experience” (“Roger Federer como experiencia religiosa”)? Comprendo bien que el hecho de haber sido tenista amateur lo llevara a inclinarse por el deporte y, por consecuencia, a tener un tenista favorito. Reconozco la inteligencia de ensayos suyos como The String Theory y Derivative Sport in Tornado Alley, en los que hace alarde de un amplio conocimiento del mundo del tenis, además de mostrar sus habilidades extraordinarias para describir, provocar atmósferas y construir teorías de asuntos nimios que parecen disertaciones académicas. Pero de ahí a vincular la mundana competencia deportiva, entre dos hombres en pantalones cortos, provistos de una raqueta,  con el lugar donde surge lo místico y sagrado, parecería una arriesgada aseveración. Sin embargo, Foster Walace no está exagerando. El milagro ocurre, muy contadas veces, pero sucede.

Edson Arantes do Nascimento en el Foro Económico Mundial 2018. Reuters. Cortesía de: Milenio.

Dioses del futbol son muy pocos. Maradona, Pelé, Cruyff y Zidane. El instante eterno, el milagro, la experiencia religiosa: Maradona en el Mundial México 1986. El gol con la mano de dios (o sea la suya). El mejor gol del mundo también contra Inglaterra. Los goles contra Bélgica. Y el pase a Burruchaga para vencer a Alemania a unos minutos del final del segundo tiempo.

Pelé en México ‘70. Johann Cruyff en Alemania ’74 y Zidane en la final de la Champions League de 2002, cuando se detiene el tiempo con la volea a un balón que caía del cielo y cruzó el marco del Bayer Levenkusen. Y en la copa del mundo Alemania 2006 cuando dio un cabezazo a Materazzi, momento inmortalizado por una escultura gigante colocada en la plazuela del museo Pompidou, momento infame que sólo a los dioses se les toma como un prodigio.

Rusia 2018 está por comenzar. Para muchos es su Troya o su guerra de las Galias. El periplo ha comenzado y de ahí surgirán verdaderos héroes modernos y, quizá, un nuevo dios para la eternidad. Tal vez Messi. De la selección mexicana hoy solo veo jugadores que sucumbirán en la primera fase de sus Guerras del Peloponeso. Espero, como buen fanático, equivocarme. Espero ver un héroe como no lo hemos visto desde hace muchos años en nuestro país.

 

Juan Cepeda
Politólogo y escritor.
Twitter: @juancepeda

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Un 10 de enero de 1998 fallecía el ya mítico poeta infrarrealista Santiago Papasquiaro, que aparece bajo la máscara del personaje de Ulises Lima en Los detectives salvajes, novela que lo empezó a inmortalizar. Para los que aún no conocen a esta versión entrañablemente mexicana del poeta maldito, las siguientes líneas son la ocasión propicia para entender los verdaderos aportes del llamado “infrarrealismo” y sus pretensiones a la luz de otras vanguardias, así como el lugar que ocupa Papasquiaro en él y el color de su sello poético.


Infrarrealismo: valoraciones al vuelo

El escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003) definió al movimiento infrarrealista como una fusión de surrealismo francés y dadaísmo a la mexicana.1 Lamentablemente sus miembros cometieron el desacierto de gestarse como una reacción política más que como una vanguardia estética. Se proponían, en primerísimo lugar, “volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial”,2 en vez de concebirse como una innovadora y profunda apuesta literaria. A tal grado sucumbieron ante su propio desacierto que hoy en día se les recuerda más por su anodina invasión a una lectura de Octavio Paz que por los estropeados versos de Mario Santiago Papasquiaro, quien al buscar la esencia del grupo siempre obtuvo como resultado la descripción de sí mismo:

— ¿Qué es el infrarrealismo?
— 1 fantasma que horada el aire
acondicionado del mundo
— El hoyo negro que te da ñáñaras tocar
Bebop & locas noches
— La vorágine refulgente que empuja al alma del asfalto

Después de cuatro décadas de haberse fundado, el infrarrealismo se abrió paso en el universo de la literatura como una anécdota —casi una leyenda— gracias a la trascendencia de Bolaño. En cada entrevista que ofrecía, en la médula de Los detectives salvajes, La pista de hielo, en los estertores de Amuleto y en uno que otro ensayo, las referencias del autor de La literatura nazi en América a sus años en México caminaban recurrentemente por la historia del movimiento que él personalmente nombró y creó. La obra de Bolaño está incompleta si no pensamos en la marginación y disidencia autoimpuesta derivada de protestar contra la intelectualidad establecida, aderezada de secuencias seudo beats que tenían por escenario calles cotidianas del entonces Distrito Federal.

Cuentan que a principios de los años setenta varios miembros del taller de poesía de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, entre los que se encontraban Ramón y Cuauhtémoc Méndez, Héctor Apolinar y el propio Mario Santiago, armaron una pequeña revuelta para destituir a quien lo dirigía, el poeta chiapaneco Juan Bañuelos. Se deshicieron de él y, de paso, obtuvieron una que otra prebenda por parte de la universidad, lo que constituyó una victoria pírrica que los animó a más. De alguna manera, esta circunstancia fue el detonador para que estos jóvenes escritores construyeran lazos de amistad y afinidades literarias. De ahí surgiría la idea —que nunca se concretó— de fundar el Vitalismo: otra vanguardia poética mexicana.

A la luz de otras vanguardias

No fue sino hasta 1976, con el impulso de Roberto Bolaño, que se creó el infrarrealismo, un movimiento con ínfulas de rebeldía, subversión y bastante dosis de descaro. Emulando a André Breton y a Tristan Tzara, el autor de 2666 se encargó de redactar el correspondiente primer manifiesto, aunque el resultado, desordenado y poco convincente, fue muy menor al de sus ancestros dadaísta, surrealista y futurista. Tampoco se compara a la revelación poética que significó décadas antes el manifiesto estridentista escrito por el poeta mexicano Manuel Maples Arce (1898-1981).

Estas vanguardias gestadas en el primer tercio del siglo XX3 pugnaban por una reinterpretación (o recreación) del arte, la moral y la verdad, denostando a los clásicos y condenando la razón a la pena de muerte (“Chopin a la silla eléctrica”, diría Maples Arce). Había un olor a novedad en todos ellos y una necesidad primordial de trastocar la estética y sus valores eminentemente burgueses.

Al margen de filias y fobias a estos extravagantes movimientos, es imposible negar la contribución que hicieron al arte: desde la pulsión destructora del dadaísmo hasta la obsesión onírica del surrealismo, pasando por la apología del vértigo y la tecnología del futurismo (que llevó a Marinetti a escribir “un automóvil rugiente, que parece correr sobre la ráfaga, es más bello que la Victoria de Samotracia”) y la escritura del herrero estridentista, que privilegia el golpe a la lírica. Siempre buscaron escamotearle el lugar de honor a una cierta estética, establecida y preponderante, burlándose de ella y atacándola.

Todos ellos sostuvieron una rebeldía y una audacia tal que lograron cimbrar los edificios del arte en su momento. En cambio, más de medio siglo después, los llamados infrarrealistas formaron una argamasa de esas vanguardias, le añadieron un halo de cultura beat y la presentaron al mundo como una idea original. Por inconsciencia o ingenuidad (no por ignorancia, pues conocían el canon literario) trataron de engañar y sólo se engañaron a ellos mismos. Privilegiaron la confrontación política y no la estética: su sedición fue contra Octavio Paz y no contra la poética que ejercía; pretendieron abrirse espacios a punta de patadas y no a punta de estrofas.

Entretanto —y al más puro estilo darwiniano— el movimiento infrarrealista sucumbió a la selección natural. De todos ellos, sólo Roberto Bolaño trazó una carrera literaria de dimensiones que todavía no terminamos de conocer: se convirtió en el escritor latinoamericano capaz de romper con el mito de que ya no había lugar para la renovación de la literatura en esta región. Y en un sitio aún marginal, abierto sin duda a lecturas y relecturas, se presenta Mario Santiago Papasquiaro: muy probablemente el único poeta del movimiento que vale la pena descifrar. Este poeta aparentemente marginal, socialmente marginado, virtuoso del desmadre y la provocación, poeta chilango y, a veces, poeta místico fue un desaseado iconoclasta, fue autor de Beso eterno (1995) y Aullido de Cisne (1996).

La poesía infrarrealista: Eme Ese Pe

José Alfredo Zendejas Pineda (como se llamó al nacer) o Ulises Lima (en Los detectives salvajes), ha cumplido veinte años de muerto. Un día de enero de 1998 escribió un poema que tituló con sus iniciales dedicado al pulque de ajo y a la vieja Hija de los Apaches, en la pulquería “del buen Pifas”, instalada en la esquina de Avenida Cuauhtémoc y Puebla (en la colonia Roma). Se cuenta también que, al día siguiente por la noche, saliendo precisamente de ahí, Mario Santiago fue atropellado de por vida por un taxista.

Juan Villoro, quien lo conoció en 1973, dice de Papasquiaro que era “el más brillante alumno del taller de poesía de Juan Bañuelos”, “que a los 18 años había leído todos los libros, visto todas las películas, escuchado todos los discos”, y que “el alcohol y el riesgo formaron parte inseparable de su experiencia estética”.4

Fue por allá por los setenta del siglo pasado —narra Daniel Zalewski para The New Yorker—que, cuando Bolaño visita por segunda vez la Ciudad de México, conoce en el mítico café Bucareli a Papasquiaro: “un poeta de origen indio, desafiante y de ácida inteligencia”.5 Con el tiempo se convertiría en su “mejor amigo de lejos”.

La poesía de Mario Santiago parece desquiciante, como si estuviera escrita al margen de las reglas, fuera de los cánones de su propio oficio. Los versos están hechos con un desaseo sintáctico. A veces da la impresión que construyó una escritura que prefiguraba las formas que ahora vemos en redes sociales y en las conversaciones de jóvenes millenials y eternos cuarentones, haciendo caso omiso de la gramática y la ortografía para concebir nuevas formas de comunicación.

Al leer la manera en la que Papasquiaro estropea —adrede— la poesía, también se va uno dando cuenta que trae consigo velices intelectuales, formales y emocionales dignos de apreciar. Es, literalmente, un libro abierto. Desde la transparencia de su voz el lector se puede ir enterando de cuáles son sus influencias literarias, sus experiencias vitales y sus neurosis. Esta combinación aparentemente contradictoria entre desdén de la poética canónica y el homenaje casi fanático a grandes escritores tiene algo de rebelde y de cariñoso al mismo tiempo.

La literatura de Papasquiaro trasluce desde los títulos su admiración por la generación de escritores beat, y su idiosincrasia, como en “Bebop”, “Aullido de cisne” o en “San Juan de la Cruz le da 1 aventón a Neil Cassady / En la frontera entre el mito & el sueño”. También muestra, como un adolescente que quiere presumir a sus ídolos, la afinidad con el escritor de Bajo el volcán y su desenfrenada dipsomanía en “Las últimas palabras de Malcolm Lowry”.

Como poeta se erige, sin pudor, en un místico secular que le hace la competencia al “muero, porque no muero”de San Juan de la Cruz desde el fin de siglo atormentado de la monstruosa Ciudad de México: “La muerte es el fuego que revive / al cochambre en bruto de la cacerola / la muerte no es muerte / su eterna cicatriz florea”; imita descaradamente al porteño Girondo (y su Masmédula) en la creación de neologismos y la expulsión de versos intachablemente rítmicos: “Lengua no hay / que paladee mi dióscura levitación / Navaja al sinsusto / que alumbra las ruinas de mi pellejo zángano”; retuerce, reconfigura y alimenta, con una fraternidad indudable, el “Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce”, de Bolaño, por medio de su “Consejos de un discípulo de Marx a un fanático de Heidegger” (y, además, se lo dedica al chileno).

Papasquiaro se regodea como un chico de quince años escribiendo versos para hablar del Rey Lagarto: “En el radio: Jim Morrison traga esporas crecidas / en la cicatriz del diluvio”; de su banda mítica: “Los Doors con los dientes hacen realidad su voltaje”; de la psicodelia: “Todo ser & hasta en zancos escupe ovnis bordados / con las alas de las más locas luciérnagas” solo para provocar un estado de ánimo entre el misticismo y la alucinación, entre un viaje en ácido y un viaje por la Route 66. Al mismo tiempo admira a su querido José Revueltas, cuya ciudad natal, Santiago Papasquiaro, Durango, dio pie al extraño seudónimo: “De los días terrenales al apando / 1 mandrágora transforma su veneno en aroma de mujer”.

A fin de cuentas, el valor de la poética de Papasquiaro no reside solamente en haber sido mentado una y otra vez por su entrañable amigo Roberto Bolaño. Reside en la búsqueda alevosa por estropear las palabras y los versos; dotarlos de imperfección y humanidad al mismo tiempo que eleva al olimpo de los dioses a sus queridos y admirados poetas. La poética de Papasquiaro es una contradicción fundamental: boicotea a la literatura (a sus reglas y sintaxis) mientras nos dice que la literatura (y su canon) es lo mejor del mundo.

Juan Cepeda
Politólogo y escritor.
@juancepeda


1 Dichas vanguardias detonaron con los siguientes manifiestos: Manifiesto del futurismo (1908); Primer Manifiesto Dadá (1918); Manifiesto Actual No 1 [estridentismo] (1921); y Primer Manifiesto Surrealista (1924). 

2 Daniel Zalewski, “Vagabonds”, The New Yorker, 26 de marzo de 2007.

3 Ramón Estrada Méndez, “Como veo doy, una mirada interna del Movimiento Infrarrealista”, La Jornada Morelos, 9 de marzo 2004.

4 Juan Villoro, “Un poeta”, La Jornada Semanal, núm. 152, 1º de febrero de 1998. 

5 Ibidem.

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Enrigue

Amanecimos en lunes con la novedad de que Álvaro Enrigue se proclamaba ganador del prestigioso premio Herralde de novela. Este escritor, hermano menor de Jordi Soler y decano entre los escritores de las más recientes generaciones de la literatura mexicana, es la muestra   de cómo evoluciona el oficio, cómo se va desarrollando un estilo, un mando, un control del discurso   a medida que pasan los años, se despinta el pelo y se agrieta la piel.

Sin querer ser muy simplista afirmo que dentro de la taxonomía literaria vemos primordialmente dos clases de escritores; aquellos precoces que en sus primeros libros se comprende toda su cosmogonía e inteligencia, se escriben los mejores versos y se crean los más arquetípicos personajes; y aquellos quienes la edad les va dando la sabiduría y el temple, la maestría y las letras.

Álvaro Enrigue pertenece a esta última clase de escritores. Entre Muerte de un instalador (Joaquín Mortiz, 1996) y Decencia (Anagrama, 2011) hay un camino andado

Cuando yo salía de la adolescencia para integrarme a los veinte tenía una marcada fascinación por leer libros de la editorial Joaquín Mortiz, particularmente los etiquetados como premio de primera novela. Recuerdo haberme topado con dos que particularmente me gustaron: Tránsito obligatorio (1995) de Alejandra Bernal y precisamente Muerte de un instalador. Me generaba curiosidad malsana ver escritores de menos de treinta años publicar su novela. Es más, me generaba curiosidad malsana ver escritores jovencísimos escribir una novela. Eso y el hecho de descubrir en sus páginas una identificación (por lo menos formal) con lo que yo quería escribir. Disfruté mucho esa primera novela de Enrigue y, por supuesto, cuando hubo salido su segundo libro lo compré inmediatamente.

Esta segunda entrega es un breve tomo de tres cuentos (si no me traiciona la memoria) titulado Virtudes capitales (Joaquín Mortiz, 1998). Aunque, en esencia, creo que las virtudes cuentísticas de Enrigue en Hipotermia (Anagrama, 2006) son mayores y más constantes, su primer libro de cuentos me llevó incluso a preparar un tablero de ajedrez tal y como se instruíaEl tao del quijote, sólo para tratar de revivir lo que había leído.

Después de Hipotermia nos topamos con un Enrigue maduro, que nos atrapó anteriormente con una literatura entrañable y ahora nos convence con una literatura potente . Decencia (Anagrama, 2011) es una cátedra de la formalidad.  Resulta interesante no sólo leerlo sino escucharlo hablar. Es un escritor que privilegia su oficio de lector, su vocación erudita y su fascinación por la conversación. Conoce un mundo y no escatima en compartirlo.

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RiteofSpringDancers (1)

De la nada se desprende un fagot de la sinfónica ─sin salirse de ella he de suponer─ para comenzar una pieza de ballet en dos actos presentada por primera vez hace cien años, el 26 de mayo en el París de los ismos y las vanguardias, para ser abucheada con estruendos más efectivos que las propias diacronías y descompases de la música.

El fagot se desprende azuzado por el director de orquesta, que bien podríamos llamar Bernstein o Markevich o von Karajan o Monteux o el mismísimo Igor Stravinsky, para anunciarnos sospechosamente la danza mortal en la que se verá envuelta la elegida entre las demás young maidens para consagrar a la primavera. La ofrenda no es cualquier ofrenda, es un masoquismo de percusiones cargado de violencia y salvajismo, de una Rusia pagana como jamás la había visto el mundo.

El fagot anuncia sin anunciar la ruptura con el modernismo, anuncia las próximas vidas de Shoenberg y Cage. Sin proponérselo, el fagot advierte ya las partituras que en la mente de Silvestre Revueltas cocinaban Sensemayá o, incluso, La noche de los mayas.

En 1913, Igor Stravinsky estrenaba lo que hoy a la distancia sabemos que se trataba de una revolución. Le Sacre du printemps (o en inglés The Rite of Spring) (o en español La consagración de la primavera) lleva por subtítulo Escenas de la Rusia pagana y engarza mayormente percusiones e instrumentos de viento para dar vida a una danza cuasi primitiva, esencialmente brutal, creada por otro ruso, Nijinsky, y que cuenta una especie de cuento tribal (en contracorriente de las Mil y una noches) en el que sacrifican a una joven mujer, inmaculada, para beneplácito de los dioses y para honrar a la primavera.

Cuando escuchamos hoy esta obra nos cuesta harto trabajo concebir que el parto hace cien años fue concebido entre pitos y sombrerazos. Entre el público, unos abandonaban la sala del Théatre des Champs-Elysées, otros gritaban más alto y agudo que los más altos y agudos acordes de la pieza. En el programa de esa noche Stravinsky se olía la promesa de una velada encantadora, prologada por Las Sílfides, preámbulo para lo que nadie esperaba: el escándalo. Y es que el vestuario, las danzas heterodoxas, los golpeteos altisonantes de la música que iba en línea recta, imparable, que siguieron después de ese hermoso solo de fagot, arruinaron la noche y convirtieron a Stravinsky en el primer gran compositor del siglo XX.

Pero insisto, cuando escuchamos hoy La consagración de la primavera nos parece tan cotidiana, tan entrañable. Y quizá a quien le fascina Silvestre Revueltas aún más. La primera vez que escuché el ballet de Stravinsky creí que por ahí se trataba de un compositor influenciado por las artes del de Santiago Papasquiaro. Durango. En mi paupérrima noción de la música del siglo pasado, The Rite of Spring se me confundía con muchos otros. Sin embargo, estos días, en cumpleaños número cien empiezo a comprender y a valorar el vuelco que le dio a la música, a las buenas costumbres y al oído ejercitado en ese metódico mundo de la música de concierto.

El centenario de esta revolución ha tenido y tendrá como escenario el mundo entero. En Rusia, en el Festival de Brisbane, en Cambridge (para deleite de estudiantes de Harvard y MIT) en la Alhóndiga de Bilbao, en el Teatro San Martín de Ticumán, Argentina, en Montevideo, Uruguay (bajo la batuta de Martín Jorge) en Pennsylvania, Estados Unidos (con la Harrisburg Symphony Orchestra), en París, en Chicago, en donde se nos ocurra. Prácticamente en todas partes se anuncia un día de este año para conmemorar un coup d’état a la música convencional. Y, por supuesto, México no es la excepción: los próximos 4 y 6 de octubre la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo las instrucciones de su Director Artístico, Carlos Miguel Prieto, interpretará La consagración de la primavera en plena sala del Palacio de Bellas Artes.

Creo que es un buen pretexto para acercarse a ese solo de fagot que sólo nos anuncia por centésima ocasión la llegada de una obra maestra.

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Aun cuando ha sido denostada ─vituperada, incluso─ , nadie en su sano juicio podrá negar que ir de compras es una de las actividades más terapéuticas para las conciencias posmodernas del adolescente perenne del siglo veintiuno. Trátese de quien se trate. No importa un comino filiación partidista o teológica, rangos de edad -controlados mentalmente-, preferencias sexuales y martirologios. La estatura da igual, por supuesto. Lo mismo resulta terapéutico para un intelectual (lo que esto quiera decir) que para un fashionista, un burócrata de cuello blanco ─y tirantes negros─, un trabajador del hogar, un maníaco-depresivo en etapa temprana, un cinéfilo, un sátiro, un común y corriente free lancer o un marido de profesión (igual para todas estas categorías aplicadas a las mujeres). Nadie se salva. Nadie se abstiene.

En ocasiones me he llegado a preguntar (en aquellas largas horas de ocio que me permito consuetudinariamente) cuándo y dónde surgió la necesidad de ir de compras. No tengo la más remota idea. He especulado mucho, eso sin duda. Por ejemplo, es conocido el episodio en que Jesús -el nacido en Nazareth- estropeó un templo que se había habilitado como centro comercial. Por lo tanto, sin ser historiador ni mucho menos, infiero aristotélicamente que ya existía en ese entonces la práctica del shopping. Incluso, me hace dudar seriamente que los llamados shopping malls hayan surgido en la década de los cincuenta en Estados Unidos de América, la potencia que recién florecía, tal y como sugieren (erróneamente me gusta decir erróneamente) varios estudiosos del tema (Kleinman, 1997; Morgan, 2006; Lagerfeld, 2002; y el clásico Robertson-Fichte, 1978).

Ya entrados en variaciones a modo sobre el mismo tema, me aventuro ─sin recato─ a citar de memoria mis clases de primaria como otro testimonio: el mercado de Tenochtitlán, en el mero centro de un vasto imperio mesoamericano, ahí estaba el epítome de una cultura politeísta y volcada hacia el consumismo. Aquí termino mis abuso de la memoria y de la historia. Efectivamente resultaría muy laborioso, extenso e inútil ensayar una cierta genealogía del shopping, a la manera de Foucault; o una antropología del consumista, a la manera de Levi-Strauss; o, incluso, una arqueología de los shopping malls. Particularmente resultaría irrelevante en este texto, que usted amable lector ha decidido chutarse, porque el autor es un diletante y es alguien a quien le aburre hacer cualquier clase de investigación formal, usar pies de página para citar textos de vacas sagradas. Lo que sí quiero es escribir para describir mi experiencia infantil -hablar de mi mismo pues- en esto del consumismo y de ahí extrapolarlo y convertirlo por decreto en una condición innata de toda la humanidad. Y es que en mi casa, como el tiempo lo demostraría, la austeridad no fue un valor, fue una casualidad contextual. Negar ese hecho, ahora evidente a mis ojos, no fue cosa muy salubre. Y me temo que mi caso no es excepcional.

Entre los cinco y once años pedía insistentemente a mi padre que me comprara una moto (justo igual que le pasaba al personaje de  Xavier Velasco en La edad de la punzada, pero al revés), o un coche de colección de los que vendían en Sanborns, de los a escala, los miniatura. Le pedía también que me llevara (que nos llevara, a mis hermanos y a mí) a Disneylandia o a SeaWorld. En otras ocasiones, le decía que quería cambiar mi raqueta de madera por una de grafito o de aluminio, para jugar mejor al tenis. (Se lo pedía a él directamente porque desde los cinco años no había extraños vestidos de rojo y con obesas figuras entrando a la casa para dejarme regalos a petición expresa mediante cartas enviadas en globos de helio.) A todas estas solicitudes atentas y con carácter de urgente y de vida o muerte, recibía la misma pausada respuesta negativa. El no venía aparentemente cargado de un trasfondo teórico (ideológico, tal vez) y de razonamientos que implicaban una postura ante el mundo  más que una declaración de autoridad. Mi padre no aceptaba ninguna de mis peticiones porque, decía, “somos socialistas”. Así, en la tercera persona del familiar. Para mí esta fue una razón de peso a la que poco podía contra-argumentar. Ya a finales de la primaria, a mis once o doce años rara vez pedía que me compraran algo. Incluso, cuando alguna niña en clase me preguntaba sobre mis señas particulares siempre soltaba con soltura el“soy socialista y librepensador”.

Muy poco tiempo después, cuando empezaba la transición entre la infancia y la adolescencia todo cambió, lo que me hizo elaborar dudas y sospechas, primero, de la calidad de nuestro socialismo familiar y, segundo, de la calidad del socialismo en el mundo. Todo cambió cuando ya no resultaba necesario que mediara petición alguna o cualquier otro trámite engorroso para comprar lo que se me antojara, para ir a donde yo quisiera, para comer lo que me viniera en gana. De la noche a la mañana la familia entera había transitado de un régimen socialista a uno de libre mercado, de una austeridad casi monástica a un consumismo despiadado.

Las dudas y las sospechas fueron tomando cauce con el paso del tiempo. Se fueron aclarando hasta construir una hipótesis plausible: no éramos socialistas, éramos pobres. Esto me llevó a pensar que hombres y mujeres poseemos una condición innata, natural de consumismo, que se ha manifestado en todas las épocas de la humanidad. Si no me creen, pregúntenle a los hippies setenteros en Estados Unidos que abandonaron su política de autogestión cuando tuvieron la necesidad de consumir drogas sintéticas producidas por el gobierno de aquel país justamente para reincorporarlos a todos a la vida productiva formal.

Como mencionaba al principio, nadie se encuentra al margen y por más que se ha querido banalizar la práctica del “consumo”, al final todos estamos en la misma canasta. No existe ninguna diferencia entre, por ejemplo, José Luis Martínez (o Manuel Gómez Morín) y Carrie Bradshaw (o Jackie Onassis). Mientras uno ocupó una parte muy importante de su vida en comprar y adquirir libros para contar con una magnifica biblioteca, la otra ocupó una parte importante de su vida en comprar y adquirir ropa y zapatos para contar con un magnífico guardarropa. Tanto uno como otro van de shopping, son consumistas, sin importar la materia de sus deseos. Y así para quienes son coleccionistas de arte, quienes tienen una fascinación por modelar y remodelar su casa, quienes se drogan, quienes viven para bien comer y bien beber, quienes ─ante todo geeks─ buscan tener el gadget más avanzado y una colección de comics envidiable.  Ad infinitum, incluyendo a los niños que quieren tener todos los juguetes del mundo y los hipsters que quieren ir a todos los conciertos en el DF.

Lamentablemente se ha tendido a desvalorar y menospreciar el shopping, a tal grado que se ha segregado (injustamente) esta actividad a prácticamente sólo un reducidísimo grupo social, con un perfil sociológico muy bien delimitado: mujeres, de clase media y alta, habitantes de zonas urbanas, con peinados de salón y membresías en clubes deportivos. Lamentablemente se nos ha hecho creer que el consumismo está sectorizado y se ha dejado a un lado (o se ha querido dejar a un lado) su naturaleza humana. El shopping lo hacemos todos.

Juan Antonio Cepeda

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