Un 10 de enero de 1998 fallecía el ya mítico poeta infrarrealista Santiago Papasquiaro, que aparece bajo la máscara del personaje de Ulises Lima en Los detectives salvajes, novela que lo empezó a inmortalizar. Para los que aún no conocen a esta versión entrañablemente mexicana del poeta maldito, las siguientes líneas son la ocasión propicia para entender los verdaderos aportes del llamado “infrarrealismo” y sus pretensiones a la luz de otras vanguardias, así como el lugar que ocupa Papasquiaro en él y el color de su sello poético.


Infrarrealismo: valoraciones al vuelo

El escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003) definió al movimiento infrarrealista como una fusión de surrealismo francés y dadaísmo a la mexicana.1 Lamentablemente sus miembros cometieron el desacierto de gestarse como una reacción política más que como una vanguardia estética. Se proponían, en primerísimo lugar, “volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial”,2 en vez de concebirse como una innovadora y profunda apuesta literaria. A tal grado sucumbieron ante su propio desacierto que hoy en día se les recuerda más por su anodina invasión a una lectura de Octavio Paz que por los estropeados versos de Mario Santiago Papasquiaro, quien al buscar la esencia del grupo siempre obtuvo como resultado la descripción de sí mismo:

— ¿Qué es el infrarrealismo?
— 1 fantasma que horada el aire
acondicionado del mundo
— El hoyo negro que te da ñáñaras tocar
Bebop & locas noches
— La vorágine refulgente que empuja al alma del asfalto

Después de cuatro décadas de haberse fundado, el infrarrealismo se abrió paso en el universo de la literatura como una anécdota —casi una leyenda— gracias a la trascendencia de Bolaño. En cada entrevista que ofrecía, en la médula de Los detectives salvajes, La pista de hielo, en los estertores de Amuleto y en uno que otro ensayo, las referencias del autor de La literatura nazi en América a sus años en México caminaban recurrentemente por la historia del movimiento que él personalmente nombró y creó. La obra de Bolaño está incompleta si no pensamos en la marginación y disidencia autoimpuesta derivada de protestar contra la intelectualidad establecida, aderezada de secuencias seudo beats que tenían por escenario calles cotidianas del entonces Distrito Federal.

Cuentan que a principios de los años setenta varios miembros del taller de poesía de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, entre los que se encontraban Ramón y Cuauhtémoc Méndez, Héctor Apolinar y el propio Mario Santiago, armaron una pequeña revuelta para destituir a quien lo dirigía, el poeta chiapaneco Juan Bañuelos. Se deshicieron de él y, de paso, obtuvieron una que otra prebenda por parte de la universidad, lo que constituyó una victoria pírrica que los animó a más. De alguna manera, esta circunstancia fue el detonador para que estos jóvenes escritores construyeran lazos de amistad y afinidades literarias. De ahí surgiría la idea —que nunca se concretó— de fundar el Vitalismo: otra vanguardia poética mexicana.

A la luz de otras vanguardias

No fue sino hasta 1976, con el impulso de Roberto Bolaño, que se creó el infrarrealismo, un movimiento con ínfulas de rebeldía, subversión y bastante dosis de descaro. Emulando a André Breton y a Tristan Tzara, el autor de 2666 se encargó de redactar el correspondiente primer manifiesto, aunque el resultado, desordenado y poco convincente, fue muy menor al de sus ancestros dadaísta, surrealista y futurista. Tampoco se compara a la revelación poética que significó décadas antes el manifiesto estridentista escrito por el poeta mexicano Manuel Maples Arce (1898-1981).

Estas vanguardias gestadas en el primer tercio del siglo XX3 pugnaban por una reinterpretación (o recreación) del arte, la moral y la verdad, denostando a los clásicos y condenando la razón a la pena de muerte (“Chopin a la silla eléctrica”, diría Maples Arce). Había un olor a novedad en todos ellos y una necesidad primordial de trastocar la estética y sus valores eminentemente burgueses.

Al margen de filias y fobias a estos extravagantes movimientos, es imposible negar la contribución que hicieron al arte: desde la pulsión destructora del dadaísmo hasta la obsesión onírica del surrealismo, pasando por la apología del vértigo y la tecnología del futurismo (que llevó a Marinetti a escribir “un automóvil rugiente, que parece correr sobre la ráfaga, es más bello que la Victoria de Samotracia”) y la escritura del herrero estridentista, que privilegia el golpe a la lírica. Siempre buscaron escamotearle el lugar de honor a una cierta estética, establecida y preponderante, burlándose de ella y atacándola.

Todos ellos sostuvieron una rebeldía y una audacia tal que lograron cimbrar los edificios del arte en su momento. En cambio, más de medio siglo después, los llamados infrarrealistas formaron una argamasa de esas vanguardias, le añadieron un halo de cultura beat y la presentaron al mundo como una idea original. Por inconsciencia o ingenuidad (no por ignorancia, pues conocían el canon literario) trataron de engañar y sólo se engañaron a ellos mismos. Privilegiaron la confrontación política y no la estética: su sedición fue contra Octavio Paz y no contra la poética que ejercía; pretendieron abrirse espacios a punta de patadas y no a punta de estrofas.

Entretanto —y al más puro estilo darwiniano— el movimiento infrarrealista sucumbió a la selección natural. De todos ellos, sólo Roberto Bolaño trazó una carrera literaria de dimensiones que todavía no terminamos de conocer: se convirtió en el escritor latinoamericano capaz de romper con el mito de que ya no había lugar para la renovación de la literatura en esta región. Y en un sitio aún marginal, abierto sin duda a lecturas y relecturas, se presenta Mario Santiago Papasquiaro: muy probablemente el único poeta del movimiento que vale la pena descifrar. Este poeta aparentemente marginal, socialmente marginado, virtuoso del desmadre y la provocación, poeta chilango y, a veces, poeta místico fue un desaseado iconoclasta, fue autor de Beso eterno (1995) y Aullido de Cisne (1996).

La poesía infrarrealista: Eme Ese Pe

José Alfredo Zendejas Pineda (como se llamó al nacer) o Ulises Lima (en Los detectives salvajes), ha cumplido veinte años de muerto. Un día de enero de 1998 escribió un poema que tituló con sus iniciales dedicado al pulque de ajo y a la vieja Hija de los Apaches, en la pulquería “del buen Pifas”, instalada en la esquina de Avenida Cuauhtémoc y Puebla (en la colonia Roma). Se cuenta también que, al día siguiente por la noche, saliendo precisamente de ahí, Mario Santiago fue atropellado de por vida por un taxista.

Juan Villoro, quien lo conoció en 1973, dice de Papasquiaro que era “el más brillante alumno del taller de poesía de Juan Bañuelos”, “que a los 18 años había leído todos los libros, visto todas las películas, escuchado todos los discos”, y que “el alcohol y el riesgo formaron parte inseparable de su experiencia estética”.4

Fue por allá por los setenta del siglo pasado —narra Daniel Zalewski para The New Yorker—que, cuando Bolaño visita por segunda vez la Ciudad de México, conoce en el mítico café Bucareli a Papasquiaro: “un poeta de origen indio, desafiante y de ácida inteligencia”.5 Con el tiempo se convertiría en su “mejor amigo de lejos”.

La poesía de Mario Santiago parece desquiciante, como si estuviera escrita al margen de las reglas, fuera de los cánones de su propio oficio. Los versos están hechos con un desaseo sintáctico. A veces da la impresión que construyó una escritura que prefiguraba las formas que ahora vemos en redes sociales y en las conversaciones de jóvenes millenials y eternos cuarentones, haciendo caso omiso de la gramática y la ortografía para concebir nuevas formas de comunicación.

Al leer la manera en la que Papasquiaro estropea —adrede— la poesía, también se va uno dando cuenta que trae consigo velices intelectuales, formales y emocionales dignos de apreciar. Es, literalmente, un libro abierto. Desde la transparencia de su voz el lector se puede ir enterando de cuáles son sus influencias literarias, sus experiencias vitales y sus neurosis. Esta combinación aparentemente contradictoria entre desdén de la poética canónica y el homenaje casi fanático a grandes escritores tiene algo de rebelde y de cariñoso al mismo tiempo.

La literatura de Papasquiaro trasluce desde los títulos su admiración por la generación de escritores beat, y su idiosincrasia, como en “Bebop”, “Aullido de cisne” o en “San Juan de la Cruz le da 1 aventón a Neil Cassady / En la frontera entre el mito & el sueño”. También muestra, como un adolescente que quiere presumir a sus ídolos, la afinidad con el escritor de Bajo el volcán y su desenfrenada dipsomanía en “Las últimas palabras de Malcolm Lowry”.

Como poeta se erige, sin pudor, en un místico secular que le hace la competencia al “muero, porque no muero”de San Juan de la Cruz desde el fin de siglo atormentado de la monstruosa Ciudad de México: “La muerte es el fuego que revive / al cochambre en bruto de la cacerola / la muerte no es muerte / su eterna cicatriz florea”; imita descaradamente al porteño Girondo (y su Masmédula) en la creación de neologismos y la expulsión de versos intachablemente rítmicos: “Lengua no hay / que paladee mi dióscura levitación / Navaja al sinsusto / que alumbra las ruinas de mi pellejo zángano”; retuerce, reconfigura y alimenta, con una fraternidad indudable, el “Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce”, de Bolaño, por medio de su “Consejos de un discípulo de Marx a un fanático de Heidegger” (y, además, se lo dedica al chileno).

Papasquiaro se regodea como un chico de quince años escribiendo versos para hablar del Rey Lagarto: “En el radio: Jim Morrison traga esporas crecidas / en la cicatriz del diluvio”; de su banda mítica: “Los Doors con los dientes hacen realidad su voltaje”; de la psicodelia: “Todo ser & hasta en zancos escupe ovnis bordados / con las alas de las más locas luciérnagas” solo para provocar un estado de ánimo entre el misticismo y la alucinación, entre un viaje en ácido y un viaje por la Route 66. Al mismo tiempo admira a su querido José Revueltas, cuya ciudad natal, Santiago Papasquiaro, Durango, dio pie al extraño seudónimo: “De los días terrenales al apando / 1 mandrágora transforma su veneno en aroma de mujer”.

A fin de cuentas, el valor de la poética de Papasquiaro no reside solamente en haber sido mentado una y otra vez por su entrañable amigo Roberto Bolaño. Reside en la búsqueda alevosa por estropear las palabras y los versos; dotarlos de imperfección y humanidad al mismo tiempo que eleva al olimpo de los dioses a sus queridos y admirados poetas. La poética de Papasquiaro es una contradicción fundamental: boicotea a la literatura (a sus reglas y sintaxis) mientras nos dice que la literatura (y su canon) es lo mejor del mundo.

Juan Cepeda
Politólogo y escritor.
@juancepeda


1 Dichas vanguardias detonaron con los siguientes manifiestos: Manifiesto del futurismo (1908); Primer Manifiesto Dadá (1918); Manifiesto Actual No 1 [estridentismo] (1921); y Primer Manifiesto Surrealista (1924). 

2 Daniel Zalewski, “Vagabonds”, The New Yorker, 26 de marzo de 2007.

3 Ramón Estrada Méndez, “Como veo doy, una mirada interna del Movimiento Infrarrealista”, La Jornada Morelos, 9 de marzo 2004.

4 Juan Villoro, “Un poeta”, La Jornada Semanal, núm. 152, 1º de febrero de 1998. 

5 Ibidem.

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Enrigue

Amanecimos en lunes con la novedad de que Álvaro Enrigue se proclamaba ganador del prestigioso premio Herralde de novela. Este escritor, hermano menor de Jordi Soler y decano entre los escritores de las más recientes generaciones de la literatura mexicana, es la muestra   de cómo evoluciona el oficio, cómo se va desarrollando un estilo, un mando, un control del discurso   a medida que pasan los años, se despinta el pelo y se agrieta la piel.

Sin querer ser muy simplista afirmo que dentro de la taxonomía literaria vemos primordialmente dos clases de escritores; aquellos precoces que en sus primeros libros se comprende toda su cosmogonía e inteligencia, se escriben los mejores versos y se crean los más arquetípicos personajes; y aquellos quienes la edad les va dando la sabiduría y el temple, la maestría y las letras.

Álvaro Enrigue pertenece a esta última clase de escritores. Entre Muerte de un instalador (Joaquín Mortiz, 1996) y Decencia (Anagrama, 2011) hay un camino andado

Cuando yo salía de la adolescencia para integrarme a los veinte tenía una marcada fascinación por leer libros de la editorial Joaquín Mortiz, particularmente los etiquetados como premio de primera novela. Recuerdo haberme topado con dos que particularmente me gustaron: Tránsito obligatorio (1995) de Alejandra Bernal y precisamente Muerte de un instalador. Me generaba curiosidad malsana ver escritores de menos de treinta años publicar su novela. Es más, me generaba curiosidad malsana ver escritores jovencísimos escribir una novela. Eso y el hecho de descubrir en sus páginas una identificación (por lo menos formal) con lo que yo quería escribir. Disfruté mucho esa primera novela de Enrigue y, por supuesto, cuando hubo salido su segundo libro lo compré inmediatamente.

Esta segunda entrega es un breve tomo de tres cuentos (si no me traiciona la memoria) titulado Virtudes capitales (Joaquín Mortiz, 1998). Aunque, en esencia, creo que las virtudes cuentísticas de Enrigue en Hipotermia (Anagrama, 2006) son mayores y más constantes, su primer libro de cuentos me llevó incluso a preparar un tablero de ajedrez tal y como se instruíaEl tao del quijote, sólo para tratar de revivir lo que había leído.

Después de Hipotermia nos topamos con un Enrigue maduro, que nos atrapó anteriormente con una literatura entrañable y ahora nos convence con una literatura potente . Decencia (Anagrama, 2011) es una cátedra de la formalidad.  Resulta interesante no sólo leerlo sino escucharlo hablar. Es un escritor que privilegia su oficio de lector, su vocación erudita y su fascinación por la conversación. Conoce un mundo y no escatima en compartirlo.

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RiteofSpringDancers (1)

De la nada se desprende un fagot de la sinfónica ─sin salirse de ella he de suponer─ para comenzar una pieza de ballet en dos actos presentada por primera vez hace cien años, el 26 de mayo en el París de los ismos y las vanguardias, para ser abucheada con estruendos más efectivos que las propias diacronías y descompases de la música.

El fagot se desprende azuzado por el director de orquesta, que bien podríamos llamar Bernstein o Markevich o von Karajan o Monteux o el mismísimo Igor Stravinsky, para anunciarnos sospechosamente la danza mortal en la que se verá envuelta la elegida entre las demás young maidens para consagrar a la primavera. La ofrenda no es cualquier ofrenda, es un masoquismo de percusiones cargado de violencia y salvajismo, de una Rusia pagana como jamás la había visto el mundo.

El fagot anuncia sin anunciar la ruptura con el modernismo, anuncia las próximas vidas de Shoenberg y Cage. Sin proponérselo, el fagot advierte ya las partituras que en la mente de Silvestre Revueltas cocinaban Sensemayá o, incluso, La noche de los mayas.

En 1913, Igor Stravinsky estrenaba lo que hoy a la distancia sabemos que se trataba de una revolución. Le Sacre du printemps (o en inglés The Rite of Spring) (o en español La consagración de la primavera) lleva por subtítulo Escenas de la Rusia pagana y engarza mayormente percusiones e instrumentos de viento para dar vida a una danza cuasi primitiva, esencialmente brutal, creada por otro ruso, Nijinsky, y que cuenta una especie de cuento tribal (en contracorriente de las Mil y una noches) en el que sacrifican a una joven mujer, inmaculada, para beneplácito de los dioses y para honrar a la primavera.

Cuando escuchamos hoy esta obra nos cuesta harto trabajo concebir que el parto hace cien años fue concebido entre pitos y sombrerazos. Entre el público, unos abandonaban la sala del Théatre des Champs-Elysées, otros gritaban más alto y agudo que los más altos y agudos acordes de la pieza. En el programa de esa noche Stravinsky se olía la promesa de una velada encantadora, prologada por Las Sílfides, preámbulo para lo que nadie esperaba: el escándalo. Y es que el vestuario, las danzas heterodoxas, los golpeteos altisonantes de la música que iba en línea recta, imparable, que siguieron después de ese hermoso solo de fagot, arruinaron la noche y convirtieron a Stravinsky en el primer gran compositor del siglo XX.

Pero insisto, cuando escuchamos hoy La consagración de la primavera nos parece tan cotidiana, tan entrañable. Y quizá a quien le fascina Silvestre Revueltas aún más. La primera vez que escuché el ballet de Stravinsky creí que por ahí se trataba de un compositor influenciado por las artes del de Santiago Papasquiaro. Durango. En mi paupérrima noción de la música del siglo pasado, The Rite of Spring se me confundía con muchos otros. Sin embargo, estos días, en cumpleaños número cien empiezo a comprender y a valorar el vuelco que le dio a la música, a las buenas costumbres y al oído ejercitado en ese metódico mundo de la música de concierto.

El centenario de esta revolución ha tenido y tendrá como escenario el mundo entero. En Rusia, en el Festival de Brisbane, en Cambridge (para deleite de estudiantes de Harvard y MIT) en la Alhóndiga de Bilbao, en el Teatro San Martín de Ticumán, Argentina, en Montevideo, Uruguay (bajo la batuta de Martín Jorge) en Pennsylvania, Estados Unidos (con la Harrisburg Symphony Orchestra), en París, en Chicago, en donde se nos ocurra. Prácticamente en todas partes se anuncia un día de este año para conmemorar un coup d’état a la música convencional. Y, por supuesto, México no es la excepción: los próximos 4 y 6 de octubre la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo las instrucciones de su Director Artístico, Carlos Miguel Prieto, interpretará La consagración de la primavera en plena sala del Palacio de Bellas Artes.

Creo que es un buen pretexto para acercarse a ese solo de fagot que sólo nos anuncia por centésima ocasión la llegada de una obra maestra.

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Aun cuando ha sido denostada ─vituperada, incluso─ , nadie en su sano juicio podrá negar que ir de compras es una de las actividades más terapéuticas para las conciencias posmodernas del adolescente perenne del siglo veintiuno. Trátese de quien se trate. No importa un comino filiación partidista o teológica, rangos de edad -controlados mentalmente-, preferencias sexuales y martirologios. La estatura da igual, por supuesto. Lo mismo resulta terapéutico para un intelectual (lo que esto quiera decir) que para un fashionista, un burócrata de cuello blanco ─y tirantes negros─, un trabajador del hogar, un maníaco-depresivo en etapa temprana, un cinéfilo, un sátiro, un común y corriente free lancer o un marido de profesión (igual para todas estas categorías aplicadas a las mujeres). Nadie se salva. Nadie se abstiene.

En ocasiones me he llegado a preguntar (en aquellas largas horas de ocio que me permito consuetudinariamente) cuándo y dónde surgió la necesidad de ir de compras. No tengo la más remota idea. He especulado mucho, eso sin duda. Por ejemplo, es conocido el episodio en que Jesús -el nacido en Nazareth- estropeó un templo que se había habilitado como centro comercial. Por lo tanto, sin ser historiador ni mucho menos, infiero aristotélicamente que ya existía en ese entonces la práctica del shopping. Incluso, me hace dudar seriamente que los llamados shopping malls hayan surgido en la década de los cincuenta en Estados Unidos de América, la potencia que recién florecía, tal y como sugieren (erróneamente me gusta decir erróneamente) varios estudiosos del tema (Kleinman, 1997; Morgan, 2006; Lagerfeld, 2002; y el clásico Robertson-Fichte, 1978).

Ya entrados en variaciones a modo sobre el mismo tema, me aventuro ─sin recato─ a citar de memoria mis clases de primaria como otro testimonio: el mercado de Tenochtitlán, en el mero centro de un vasto imperio mesoamericano, ahí estaba el epítome de una cultura politeísta y volcada hacia el consumismo. Aquí termino mis abuso de la memoria y de la historia. Efectivamente resultaría muy laborioso, extenso e inútil ensayar una cierta genealogía del shopping, a la manera de Foucault; o una antropología del consumista, a la manera de Levi-Strauss; o, incluso, una arqueología de los shopping malls. Particularmente resultaría irrelevante en este texto, que usted amable lector ha decidido chutarse, porque el autor es un diletante y es alguien a quien le aburre hacer cualquier clase de investigación formal, usar pies de página para citar textos de vacas sagradas. Lo que sí quiero es escribir para describir mi experiencia infantil -hablar de mi mismo pues- en esto del consumismo y de ahí extrapolarlo y convertirlo por decreto en una condición innata de toda la humanidad. Y es que en mi casa, como el tiempo lo demostraría, la austeridad no fue un valor, fue una casualidad contextual. Negar ese hecho, ahora evidente a mis ojos, no fue cosa muy salubre. Y me temo que mi caso no es excepcional.

Entre los cinco y once años pedía insistentemente a mi padre que me comprara una moto (justo igual que le pasaba al personaje de  Xavier Velasco en La edad de la punzada, pero al revés), o un coche de colección de los que vendían en Sanborns, de los a escala, los miniatura. Le pedía también que me llevara (que nos llevara, a mis hermanos y a mí) a Disneylandia o a SeaWorld. En otras ocasiones, le decía que quería cambiar mi raqueta de madera por una de grafito o de aluminio, para jugar mejor al tenis. (Se lo pedía a él directamente porque desde los cinco años no había extraños vestidos de rojo y con obesas figuras entrando a la casa para dejarme regalos a petición expresa mediante cartas enviadas en globos de helio.) A todas estas solicitudes atentas y con carácter de urgente y de vida o muerte, recibía la misma pausada respuesta negativa. El no venía aparentemente cargado de un trasfondo teórico (ideológico, tal vez) y de razonamientos que implicaban una postura ante el mundo  más que una declaración de autoridad. Mi padre no aceptaba ninguna de mis peticiones porque, decía, “somos socialistas”. Así, en la tercera persona del familiar. Para mí esta fue una razón de peso a la que poco podía contra-argumentar. Ya a finales de la primaria, a mis once o doce años rara vez pedía que me compraran algo. Incluso, cuando alguna niña en clase me preguntaba sobre mis señas particulares siempre soltaba con soltura el“soy socialista y librepensador”.

Muy poco tiempo después, cuando empezaba la transición entre la infancia y la adolescencia todo cambió, lo que me hizo elaborar dudas y sospechas, primero, de la calidad de nuestro socialismo familiar y, segundo, de la calidad del socialismo en el mundo. Todo cambió cuando ya no resultaba necesario que mediara petición alguna o cualquier otro trámite engorroso para comprar lo que se me antojara, para ir a donde yo quisiera, para comer lo que me viniera en gana. De la noche a la mañana la familia entera había transitado de un régimen socialista a uno de libre mercado, de una austeridad casi monástica a un consumismo despiadado.

Las dudas y las sospechas fueron tomando cauce con el paso del tiempo. Se fueron aclarando hasta construir una hipótesis plausible: no éramos socialistas, éramos pobres. Esto me llevó a pensar que hombres y mujeres poseemos una condición innata, natural de consumismo, que se ha manifestado en todas las épocas de la humanidad. Si no me creen, pregúntenle a los hippies setenteros en Estados Unidos que abandonaron su política de autogestión cuando tuvieron la necesidad de consumir drogas sintéticas producidas por el gobierno de aquel país justamente para reincorporarlos a todos a la vida productiva formal.

Como mencionaba al principio, nadie se encuentra al margen y por más que se ha querido banalizar la práctica del “consumo”, al final todos estamos en la misma canasta. No existe ninguna diferencia entre, por ejemplo, José Luis Martínez (o Manuel Gómez Morín) y Carrie Bradshaw (o Jackie Onassis). Mientras uno ocupó una parte muy importante de su vida en comprar y adquirir libros para contar con una magnifica biblioteca, la otra ocupó una parte importante de su vida en comprar y adquirir ropa y zapatos para contar con un magnífico guardarropa. Tanto uno como otro van de shopping, son consumistas, sin importar la materia de sus deseos. Y así para quienes son coleccionistas de arte, quienes tienen una fascinación por modelar y remodelar su casa, quienes se drogan, quienes viven para bien comer y bien beber, quienes ─ante todo geeks─ buscan tener el gadget más avanzado y una colección de comics envidiable.  Ad infinitum, incluyendo a los niños que quieren tener todos los juguetes del mundo y los hipsters que quieren ir a todos los conciertos en el DF.

Lamentablemente se ha tendido a desvalorar y menospreciar el shopping, a tal grado que se ha segregado (injustamente) esta actividad a prácticamente sólo un reducidísimo grupo social, con un perfil sociológico muy bien delimitado: mujeres, de clase media y alta, habitantes de zonas urbanas, con peinados de salón y membresías en clubes deportivos. Lamentablemente se nos ha hecho creer que el consumismo está sectorizado y se ha dejado a un lado (o se ha querido dejar a un lado) su naturaleza humana. El shopping lo hacemos todos.

Juan Antonio Cepeda

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Para Diana

Apoltronado en la butaca diez de la cuarta fila─en el interludio de la segunda y tercera llamadas─ la expectativa siempre resulta ser muy alta, sobre todo cuando se encuentran un par de actores respetadísimos en México (quienes tras bambalinas ejercitan ya vocalizaciones y calistenias), un dramaturgo sosteniendo el Nobel bajo su manga y una fallida ─por deplorable─ experiencia del fin de semana anterior: Nadando con tiburones.

En espera del comienzo de la puesta en escena, con un ojo al gato (el programa) y otro al garabato (mi vecino de al lado) me distraía sin mayor entuerto. Junto a mí, el arquetipo de los que ya conocemos a leguas, flirteando en despoblado con su acompañante, que a cien kilómetros se le veía que era una casi desconocida para nuestro compañero de banca (Hello stranger!). Le presumía con una desfachatez inaudita sus conocimientos culinarios, su paladar gourmet, su mundana vida de restaurantes, siempre enfundado en un aire de intelectual de starbucks. Y no contento con su ominoso despliegue de lugares comunes, repitió dos veces la palabra bistrot (con énfasis en la t final) para mostrarle a su en turno que la comida francesa era lo suyo ─lo suyo─ y tres veces escargot (remarcando de nuevo la t) para mostrarle que comía de todo, hasta caracoles.

Unos minutos más tarde ─justo cuando empezaba a hartarme del cortejo que, para mi asombro, resultó terriblemente exitoso─ la voz en off que solicitaba respetuosamente apagar teléfonos celulares y radiolocalizadores (y yo creyendo que esos aparatos se habían extinguido hace años) prologó el salto a la cancha de Traición, drama en un acto escrito por Harold Pinter (1930-2008).

Muy a grandes rasgos, la obra habla “…de un triángulo amoroso entre dos mejores amigos y la mujer de uno de ellos; una historia de amor y una lista de traiciones sobrepuestas a lo largo de siete años, contada de atrás para adelante” (fragmento extraído del programa de mano que amablemente le entrega a uno la señorita que, con la misma amabilidad, lo conduce a uno a su respectiva localidad).

No pasaron ni dos horas cuando resonaron, desde el graderío-a-reventar, los consabidos aplausos ─unos indulgentes y otros verdaderamente apasionados─ y se apoderó de mí la consabida angustia existencial por recoger el coche antes que todos los ahí presentes. El fracaso fue inminente: el joven-cuello-de-botella del valet parkingtenía en su mano derecha una ristra de boletos, como mil, cuando le entregué el mío. Muchas veces me da la impresión que esta angustia existencial debería conducirme a buscar, siempre, el asiento al lado de la puerta de entrada y no hasta adelante. El gigantesco costo de oportunidad de observar clara y distintamente (Descartes dixit) la mise en scène es el de recibir pronto el coche sin tener que hacer la espera, que en ocasiones dura lo mismo que la obra. (Al parecer la racionalidad no se me da, tant pis). Insisto, el fracaso fue inminente, agravado por la molesta lluvia que no paró en toda la noche.

En este lapso eterno como la muerte y que, sin problemas, se lo desearía al peor de mis enemigos, incluso con mayor fruición que desearle la séptima cornisa del purgatorio (le recuerdo, amable lector, que el purgatorio es un período de espera, aunque, en este caso, del juicio final.Si no me cree, lo conmino a preguntarle a los macabeos, a Dante o, si así lo prefiere por ser de sus mayores confianzas, al mismísimo Milton), en ese lapso eternocompartíufano, con la voz engolada de quien se siente dueño de la verdad absoluta, pletórico de autoridad y empapándome hasta la entraña, mi editorial sobre Traición. Que me había gustado harto. Que Bruno Bichir hacía gala de sus capacidades histriónicas, de su dominio del clown y su control corporal a ultranza. Que Marina de Tavira había comenzado un poco fría y que con el paso de las escenas lograba aclimatarse a los diálogos. Que Juan Manuel Bernal se mostraba como un actor consumado, haciendo gala de una naturalidad y un dominio que ni en Off-Broadway se veía. Que de Harold Pinter no diría más que dos palabras: Premio y Nobel.

Seguía sin llegar el coche y de pronto fui objeto de la más violenta reconvención del auditorio (que en este caso se limitaba a mi acompañante). Como tres cachetadas de improviso, con guante negro (imagino que se infiere como antónimo), recibí tres contraargumentos a mi [abro comillas] crítica [cierro comillas] que me rogaban implícitamente algo de cordura, sensatez y apreciaciones más agudas. Me sentí más o menos como hecho a la ligera, trivial. Al día de hoy me sigue dando pudor el recuerdo de verme ahí, ofreciendo con efusividad mis aplausos al final de la obra. Creo que debieron haber sido menos y con menor condescendencia. Se me solicitó, sin mucha prudencia y menor recato, que reconsiderara aquello que había pensado. (En ese momento evidentemente me ofusqué, sentí ardor en lo más recóndito de mi orgullo y levanté la ceja, como cada vez que algo no me parece.Me dieron ganas de refutar por método todos los argumentos.Pero ya en la templanza que da la distancia comprendíque la mejor estrategia que se puede implementar cuando uno va al teatro, al cine, a una subasta de arte, a un partido de beisbol, a una jornada electoral o a la ópera, es hacerse acompañar de una persona sensible, reflexiva, inteligente y que no tenga miramientos para confesarte que estás muy mal.)

Para empezar, me hicieron ver que la historia se presenta por medio de una estructura temporal que, erróneamente, va contra las manecillas del reloj. Se relata el desenlace de la infidelidad y se van reconstruyendo hacia atrás los hitos de la relación/traición que dura siete años. En su momento, esta disposición resultó protagónica en sí misma, por su novedad y vanguardia. Pinter seguramente le dio juego a la contrariedad del rumbo cotidiano del tiempo como una experimentación que resultó fundamental para romper con la tradición. Hoy en día, esto nos parece tan solo una otra manera de contar historias.

En pleno siglo XXI, la estructura formal de Traición limita sus posibilidades dramáticas, le impide al texto contar con uno, dos o tres plotpoints efectivos que la lleven a grados cada vez mayores de tensión. Al haber decidido iniciar en t=7 y llevarnos a t=0, Harold Pinter nos conduce por los intersticios de una infidelidad que conocimos de inicio, que ya saboreamos su final y que, de alguna manera, se convierte en el aguafiestas de las escenas subsecuentes.

En segundo lugar, las intimidades de la infidelidad como las retrata Pinter resultan un poco caducas, viejas. Varias veces vistas. La obra es perecedera en este sentido y difícilmente nos puede conmover ahora. Por un lado, las relaciones amorosas en la actualidad son muy fácilmente desechables y, por el otro, la publicidad de los territorios de la infidelidad son pan nuestro de cada día, son confesiones de café: el apartamento alterno, las cartas desesperadas (hoy sms, bbm, whatsapps, e-mails), las declaraciones de amor secretas, la tensión sexual frente a un tercero, la pasión seguida del hastío seguido de la ruptura, el descubrimiento de la traición. Nada nuevo bajo el sol.

En defensa de Pinter, podría decir que él tuvo algo que ver con la forma en la que ahora vemos (sufrimos) esta especie de publicidad de las tecnologías de la infidelidad. La virtud de Traición es, al mismo tiempo, su condena. La verdad revelada en aquellos años setenta se nos aparece a nosotros como una verdad totalmente distinta, aburrida.

Y seguramente el mismo Pinter era, desde un principio, consciente del riesgo que estaba tomando. En el statement que envió video-grabado a Estocolmo para recibir el Premio Nobel en 2005, decía que no existe una sola verdad en el arte dramático, sino varias. Y que esta verdad es existencialmente elusiva.

…the real truth is that there never is any such thing as one truth to be found in dramatic art. There are many. These truths challenge each other, recoil from each other, reflect each other, ignore each other, tease each other, are blind to each other. Sometimes you feel you have the truth of a moment in your hand, then it slips through your fingers and is lost.

Este mismo riesgo lo debieron contemplar el director y el productor. Un riesgo que podía dar al traste con la puesta en escena. Dada la estructura temporal de Traición y la caducidad del tema, resultaba crucial que los actores se comportaran a la altura. Los gestos, las miradas, las reacciones, tenían que sustituir a la sorpresa, a los plotpoints, a la expectativa. Sin embargo (y este fue el tercer contraargumento que me receté) Bruno Bichir desentonó.

Aun cuando el hermano del nominado al Óscar por su protagónico en A BetterLife (Chris Weitz, 2011) es sin lugar a dudas un actor de esos de peso pesado, en esta ocasión construye un personaje chocante, que se va por la libre y olvida a sus coprotagonistas. Mientras Juan Manuel Bernal y Marina de Tavira mantienen una complicidad entre ellos, entre ellos y el guión, entre ellos y sus circunstancias, BrunoBichir se pierde por la necesidad de mostrar que es el mejor y que lo puede todo. Exagera, se olvida (a propósito) de la perfecta y audible dicción, se caricaturiza. Ser un maestro no te da la licencia para echar a perder una obra. Su papel era fundamental porque de él dependía que la puesta en escena brillara por la perversidad del engañado, por la traición del traicionado, por el juego de quien aparentemente es con quien están jugando.

Cuando nos entregaron el coche ya habíamos perdido la reservación (y los ánimos) para ir a ese pequeño restaurancito de comida francesa que tanto nos gusta, particularmente los caracolesa la mantequilla y el filete a la pimienta. También el clafoutis de ciruelas pasas.Nos fuimos de regreso a casa, abrimos una botella de vino, escuchamos Pulp (por aquello de calentar motores para su próximo concierto en México) y estuvimos toda la madrugada hablando sobre el holocausto, una traición vigente que se replica a diario sin que nadie pueda hallarle solución.

Juan Antonio Cepeda

 

Traición, de Harold Pinter, se presenta en el Centro Cultural Helénico
Dirección: Enrique Singer
Producción: Daniel Pastor
http://www.helenico.gob.mx/obrah3.html
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