A un mes del incendio que conmocionó al mundo, este texto plantea las opciones de reconstrucción a través de una revisión de varios expertos de los valores patrimoniales en el mundo.

Ante la emoción desatada por el incendio de Notre-Dame de París, la pregunta no volvió a surgir en ese momento. “Esta catedral la volveremos a construir”, declaró el presidente Macron cuando las llamas aún no se extinguían. “Mañana reconstruiremos todo, piedra por piedra, viga por viga, pizarra por pizarra”, abundó el ex-portavoz del gobierno Benjamin Griveaux. El ex-presidente estadunidense Barack Obama también tuiteó entonces: “Está en nuestra naturaleza estar en duelo cuando perdemos nuestra historia, pero también está en nuestra naturaleza reconstruir para mañana, tan sólido como se pueda”.

Y, al día siguiente del incendio, Emmanuel Macron zanjó en una breve alocución televisada especial para la ocasión: “Reconstruiremos la catedral aún más hermosa, y quiero que se cumpla de aquí a cinco años”.

Fuego en el armazón de Notre-Dame de París”, 15 de abril de 2019, 19h 51.
Autor: Lelaisseraller bajo licencia de Creative Commons.

Más allá de las interrogantes técnicas y de las sospechas sobre el precio colectivo real de las obras, nada permite afirmar hoy cómo sería pertinente reconstruir el monumento más visitado de Europa. ¿Hay que restituirlo de manera idéntica? ¿Qué versión de una obra que ya ha modificado el pasado escoger en este caso? ¿Se debe volver discreto o más bien visible lo que se hará en el siglo XXI?

Estas preguntas clásicas de la disciplina patrimonial se vuelven más agudas en el caso de este edificio que si bien es emblemático de la Edad Media, fue reinterpretado y reinventado en el siglo XIX por el arquitecto Viollet-le-Duc, el autor, de hecho, de la flecha que se desplomó el lunes 15 de abril.

Retrato de Viollet-le-Duc de Nadar.

Dominique García, arqueólogo y profesor, es el presidente de la INRAP [Instituto Nacional de Investigaciones Arqueológicas Preventivas], organismo público de arqueología que trabaja tanto en zonas subterráneas como elevadas, es decir yendo de las arquitecturas más antiguas a las más recientes. “Frente a la catástrofe ponemos nuestro conocimiento al servicio de la reconstrucción”, explica, añadiendo que “la emoción que rodeó el incendio de Notre-Dame es comparable a lo que pasó en los atentados del 13 de noviembre [2015]. ¿En ese entonces se trataba de simplemente volver a sentarse en una terraza y de seguir la fiesta, o bien de otra cosa? ¿Queremos simplemente decir que somos más fuertes que los elementos, y restaurar de manera idéntica, o queremos que el patrimonio evolucione, mostrando lo que nuestra generación puede legar a las generaciones venideras? Las últimas posturas indican que el poder político quiere mostrar que pilotea, que domina la situación: borrar el trauma colectivo y transmitir una herencia cultural aumentada”.

Para el arqueólogo la pregunta es si “en esta catedral construida a la vez en la Edad Media y en siglo XIX con Viollet-le-Duc, ¿qué escogeríamos colocar en elevación? ¿Debemos agregar un “estrato”, reflejo de nuestra época? La sociedad parece hoy más bien orientarse hacia una reconstrucción idéntica. Es cierto que, a menudo, asociamos al término ‘patrimonio’ el de ‘eterno’, es decir, un término místico, empleado para referirse a Dios, significando que no hay principio ni fin. Sin embargo, el patrimonio tiene un principio y la historia hace que existan desarrollos y evoluciones. Un elemento destacable de nuestra sociedad contemporánea es querer fijar el patrimonio y los monumentos cuando éstos evolucionan en el tiempo; nos toca a nosotros protegerlos y/o restaurarlos”.

Christina Cameron, titular de la cátedra de patrimonio en la Universidad de Montreal y antigua jefa de la delegación canadiense del Comité del Patrimonio Mundial de la Unesco reitera que semejante reconstrucción es un “proceso complejo, que supone tomar en cuenta valores patrimoniales en distintos niveles. Está el valor de uso, es decir el hecho de que se trata de una iglesia. El valor identitario, sobre el cual parece concentrarse Emmanuel Macron, porque esta catedral encarna para los franceses todos los acontecimientos históricos que en ella han ocurrido. También hay un valor turístico evidente, cualquiera que visite París acude a Notre-Dame […] Y finalmente hay un valor literario y artístico, no solo gracias a Víctor Hugo, sino por todas las películas, en especial las estadunidenses, donde la silueta de Notre-Dame está presente. Para decidir qué hacer, hay que tomar en cuenta toda una gama de consideraciones, entre las cuales la seguridad es también importante, puesto que sería posible construir un armazón menos vulnerable al fuego. Saber si reconstruimos o no la flecha de Viollet-le-Duc no es más que una pregunta entre otras”.

La flecha devorada por las llamas encarna, más que cualquier otra parte de Notre-Dame, la manera en que el célebre arquitecto transformó la iglesia original en una catedral que durante mucho fue calificada de “neo-gótica”, para referirse a cómo el siglo XIX soñaba, sobre un trasfondo de romanticismo, con los edificios de la Edad Media, proyectando su propio imaginario en el periodo medieval, sin temor a agregar elementos poco fieles al edificio original.

Christian Hottin, curador en jefe del patrimonio y director de estudios del Instituto Nacional del Patrimonio, encargado de formar a futuros restauradores, señala que si bien “Notre-Dame se visita como una catedral del siglo XIII, ha sido ampliamente retomada en el siglo XIX, algo que conocen los historiadores pero no el público en general”.

Para el también historiador, es interesante preguntarse si debemos reconstruir la Notre-Dame de los siglos XII y XIII o la del XIX, porque eso “plantea cuestiones sobre la autenticidad de las obras monumentales en la cultura occidental. En el medio erudito, existe casi un consenso para reconocer la plusvalía artística de los arquitectos del XIX y la originalidad de las obras de Viollet-le-Duc y su escuela. Reconstruir la iglesia del XIX permitiría dejar en actas que reconocemos esa herencia artística y romper definitivamente con la apreciación negativa de lo que llamamos durante mucho tiempo el neo-gótico”.

Escoger regresar a un estado medieval más antiguo no significaría un gesto inédito. A principio de los años 1990, en la basílica Saint-Sernin de Toulouse, la decisión fue “quitar el aporte de Viollet-le-Duc”. No obstante, como subraya Christian Hottin, eso representa varias dificultades. “Notre-Dame es una de las construcciones más conocidas y más estudiadas y no habría dificultad alguna en rehacer exactamente la catedral que nos legó Viollet-le-Duc. No se conoce tan bien lo que era Notre-Dame en el siglo XIII.” Sin contar que nos encontraríamos entonces con una catedral “que no cuadraría con la imagen que tenemos de ella. En el caso de Saint-Sernin, mucha gente se organizó contra la restauración arqueológica para conservar lo que conocían y amaban”, apunta el curador.

Plano de las capillas radiales de Saint-Sernin después de la restauración de Viollet-le-Duc.

Una dificultad doble en el caso de Notre-Dame de París. “Cambiar la silueta del edificio no es sólo transformarlo —agrega Christian Hottin—. También significa modificar toda la skyline de París, una de las raras ciudades donde a esta skyline no la determinan torres, sino que está asociada al París histórico y donde las puntuaciones de las flechas de Notre-Dame o de la Sainte-Chapelle son cruciales”.

El curador anota, además, que la recreación de edificios desaparecidos no está para nada presente en la cultura patrimonial francesa y no corresponde a la doctrina actual de los monumentos históricos, aun cuando “el arquitecto en jefe del castillo de Versailles creó en fechas recientes una reja que no existía desde los años 1770”. Del otro lado del Rhin, explica Christian Hottin, “existe una relación mucho más ‘desacomplejada’ con lo que se podría aceptar en Francia como restitución de edificios desaparecidos, como lo muestran los ejemplos de las reconstrucciones del castillo de Berlín o del antiguo castillo de Potsdam”.

¿Qué ocurriría entonces ante la idea de no reconstruir la Notre-Dame medieval ni la de Viollet-le-Duc, sino asumir agregar una capa al mil hojas histórico que la constituye? “La proyección hacia el futuro tiene algo apasionante y a la vez desconcierta —prosigue Christian Hottin—. Más allá de la restitución de estados arqueológicos más o menos bien documentados, podemos imaginar una catedral de Notre-Dame del siglo XXI que se sitúe en el respeto de la continuidad pero con un aporte nuevo. En Lille la catedral Notre-Dame-de-la-Treille, fechada en el siglo XIX, fue dotada en los años 1990 de una fachada de placas de alabastro, relativamente neutra por el exterior, pero que propaga en el interior una luz que le da una plusvalía al conjunto del edificio. Esta opción de transfigurar Notre-Dame mediante un gesto contemporáneo nos hace considerar la dimensión del sentido mucho más que las restituciones arqueológicas. ¿Qué queremos decir con una obra que sería más que una silueta familiar y amada? Eso volvería a introducir la pregunta sobre el valor cultural, y también religioso, de culto, del edificio. Pero el riesgo de decepcionar también es grande”.

Restauración, restitución, reconstrucción

Aun si nos pusiéramos de acuerdo en qué forma reconstruir, eso no dejaría todo arreglado. “¿Queremos hacer restauración, restitución o bien reconstrucción?, —se pregunta Dominique García—. Si queremos hacer una restauración rápida, sin apelar a los conocimientos antiguos ni a los robles centenarios, sino a tecnologías modernas, podemos en algunos años volver a darle a Notre-Dame la apariencia que tenía antes del incendio, pero no será más que la apariencia. Entre más rápido vayamos, menos podremos usar materiales antiguos y poner en marcha técnicas que hayan atravesado el tiempo. Existen las habilidades, las profesiones artísticas, para reconstruirla con técnicas y materiales tradicionales, pero esto exige más tiempo y dinero. Y en ese caso restituimos el patrimonio, pero no lo hacemos evolucionar”.

Fotografía de la catedral de Reims después de la guerra de 1914-18.

Como nos lo recuerda el arqueólogo, “después de la Primera y Segunda Guerra Mundial, reconstruimos edificios conservando sus funciones, pero con materiales y técnicas modernas. Después del primer conflicto mundial, se empleó en la catedral de Reims hormigón armado para rehacer la estructura: esta última ni siquiera sigue ahí pero la decisión fue audaz y su interés patrimonial no fue menospreciado. Para el Parlamento de Bretaña, destruido en 1994, también se usaron, en parte, materiales nuevos. Para Notre-Dame, podríamos imaginar reemplazar el ‘bosque’ destruido por metal, vidrio, hormigón, materiales que dominamos hoy mejor que la madera para semejantes naves arquitecturales, aun si tenemos todavía bosques que nos permitirían rehacer la estructura de madera”.

La selección de materiales plantea la pregunta del “patrimonio inmaterial, de los conocimientos en carpintería”, continúa Christian Hottin, que subraya además que se puede “como en el caso del Parlamento de Bretaña, cuya estructura de madera se había quemado, reconstruir en el interior con materiales más modernos, conservando en el exterior materiales que no modifiquen tanto el color y la percepción del edificio”. Tanto así que, como lo apunta Christina Cameron, “no estamos obligados a detenernos en una sola filosofía para todo el edificio. Puede haber una diversidad de soluciones, según la importancia de los valores patrimoniales que estén en juego y el estado de los vestigios”.

¿La Unesco, que ha ofrecido ayuda a Francia para la reconstrucción de Notre-Dame, tiene alguna doctrina homogénea en el tema? “Hace cincuenta años hubiera contestado que sí, explica quien dirigió durante mucho la delegación canadiense en dicha organización. Pero ha habido muchas evoluciones en cuanto al patrimonio y a su reconstrucción, en función de lugares y decisiones de conservación. En China o en Japón se reconstruyen continuamente los edificios de manera idéntica, porque la materialidad no tiene el mismo valor que en Occidente”.

“La construcción de la autenticidad no tiene el mismo sentido en cualquier parte, prosigue Christian Hottin. En la concepción extremo-oriental, se toma en cuenta como parte del valor patrimonial del lugar su reconstrucción periódica. Existe una transformación continua vivida como una marca de autenticidad. En Japón, de hecho, esto permitió otro acercamiento a l patrimonio, que incluyó al patrimonio inmaterial, como el trabajo artesanal, en la legislación desde los años 1950. Esto explica por qué ese país haya sido el promotor de la convención sobre el patrimonio inmaterial en 2003.”

Efectivamente, lo que entendemos por patrimonio, tanto la preservación como la restauración o la reconstrucción evoluciona según las latitudes y los momentos de la historia. La noción misma de patrimonio histórico fue forjada a principios del siglo XIX, en un contexto marcado por el trauma de las destrucciones revolucionarias y las mutaciones de la era industrial. Y Notre-Dame de París ya estaba en ese entonces en el meollo del asunto, porque Victor Hugo, que optó por la defensa de la catedral en aquel tiempo en mal estado, publicó en 1834 Guerre aux démolisseurs! [¡Guerra a los demoledores!]

Aquella llamada a filas intelectual se tradujo en el ámbito administrativo en la creación de la Comisión de Monumentos Históricos en 1837. Y fue en esa época que el escritor Prosper Mérimée, nombrado inspector general de monumentos históricos, encabezó un movimiento de restauración del patrimonio medieval, en gran parte confiado al arquitecto Viollet-le-Duc.

Esos modos de reconstrucción, muy intervencionistas, fueron echados por tierra desde finales del siglo XIX, con el impulso del arquitecto italiano Camilo Boito, que juzgaba que una intervención en vestigios arqueológicos debía ser visible para evitar cualquier confusión entre las obras nuevas y las antiguas. Una perspectiva que retomó en 1931 la “Carta de Atenas para la restauración de monumentos históricos” y luego, en 1964, la “Carta internacional sobre la conservación y la restauración de monumentos y sitios”, mejor conocida como la Carta de Venecia, que durante mucho tiempo incitó la oposición de los profesionistas de la conservación del patrimonio frente a la reconstrucción, dado que ésta “podría falsificar la historia y crear lugares ficcionales que nunca existieron con esa forma”, como lo explica Christina Cameron en una artículo del Correo de la Unesco, titulado “¿Se debe reconstruir el patrimonio?”.

La investigadora anota que “a la luz de los recientes ataques de extremistas contra los sitios arqueológicos del patrimonio, las decisiones del Comité del Patrimonio Mundial de la Unesco reflejan un cambio de actitud más favorable a la reconstrucción”. Agrega, desde Canadá, estas explicaciones: “Cuando los terroristas destruyeron los mausoleos de Tombuctú, la Unesco respondió a la petición de Mali para reconstruirlos. Pero si las tumbas pudieron reconstruirse rápidamente, fue porque había todavía presencia de una mano de obra local que sabía construir como antiguamente se hacía, incluso si la materia y la tecnología usada no eran exactamente las mismas”.

¿Tendríamos todavía los medios de reconstruir Notre-Dame apelando a esos saberes artesanales que se transmiten durante siglos? Christian Hottin brinda el contra-ejemplo de la catedral de Estrasburgo. Su piedra de arenisca rosa, a la vez frágil y difícil de esculpir, exige volver a ser trabajada si se quiere conservar la forma y el aspecto de la catedral. Desde hace siglos, al edificio le dan mantenimiento, gracias a una fundación ad hoc, restauradores que tienen herramientas modernas pero conocen las técnicas antiguas; trabajan permanentemente en la reconstrucción, invisible para el profano, del monumento, como puede ocurrir en Japón. En este caso, no vale la pena “oponer estrictamente un medieval auténtico, anhelado o no, a un moderno usando técnicas inéditas”, dice sonriendo el curador en jefe.

 

Joseph Confavreux
Periodista de Mediapart. Ha publicado Egypte: histoire, société, culture (2009), entre otros libros.

Artículo originalmente publicado en Mediapart, reproducido con autorización del autor y de Mediapart. Imágenes cortesía de: Mediapart.
Traducción de: Álvaro Ruiz Rodilla.

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