29 febrero, 2020

Similia

¿Qué tiene que ver la homeopatía con el asesinato del gral. Obregón? La clave es un personaje, entre tantos otros, que adorna y mueve esta crónica a partir de las fotografías de aquel magnicidio (y de la historia familiar del cronista). “Similia” es parte de una nueva investigación sobre el Manco de Celaya, Álvaro Obregón. Ranchero, caudillo, empresario y político, coordinado por Carlos Silva, Cal y Arena, 2020.

Al llegar a La Bombilla en San Ángel, el general Álvaro Obregón se detiene para que la cámara de Casasola lo retrate con los guanajuatenses que le organizaron la comida. El hombre que aparece en primer plano a la izquierda, sombrero en mano y asomado un pañuelo en el saco de su traje de tres piezas, se llamó Rafael López Hinojosa, nacido en León, Guanajuato y avecindado en un discreto apartamento de las calles de Mariana R. Del Toro de Lazarín en el centro de la Ciudad de México, donde vive con su esposa María de Lourdes Anaya Gallardo y tres hijos varones. Niños, uno de brazos. Rafael sentado a la mesa, comiendo con dos paisanos, en un apartamento en blanco y negro, mientras María de Lourdes prueba un caldo frente a la diminuta estufa de leña y en un cuartito aledaño, un niño gatea en un corralito que está pegado a la cuna donde duerme el bebé, mientras el hermano mayor arquea una espada de madera vestido de marinerito… pero todo eso es imaginario y revuelve en la ficción lo que no quedó retratado en realidad.

La fotografía de Casasola parece entonces el retrato en tinta de los primeros párrafos de Los relámpagos de agosto, la novela donde Jorge Ibargüengoitia escribe al óleo el paisaje enrevesado y enredado de la revolufia; un grupo de señores rodean al viejo caudillo que no se ha descubierto, como hacen los demás ante su presencia, como círculos concéntricos de las revueltas y rebeliones emanadas del brote revolucionario inicial, con el que empezó en México el siglo xx, diez años después del calendario, pero antes incluso de la revolución rusa y cuando todo se revolucionó y todos se fueron a la bola y luego del millón de muertos, empezaba la era de la consolidación.

En la fotografía de Casasola se confirma que Rafael López Hinojosa no lleva polainas sobre los zapatos, aunque llevaba un tiempo usándolas como detalle de distinción para compromisos formales, y se puede inferir que el bastón en el que apoya la mano izquierda es un báculo simbólico, más como alivio que apoyo para andar. A su derecha, a tres cuerpos de distancia, el recién re-electo presidente de la república tiene los lentes redondos en blanco por el reflejo del sol, una pajarita al cuello que se le ve diminuta por la papada, la barriga del “Cincinato” que había sido presidente de México para retirarse luego a la agricultura en su hacienda de Sonora y que ahora volvía al poder, por sus fueros, en medio de un vendaval de opositores y contrincantes, rencillas y rumores. Obregón tiene el bigote blanco, que ya no es el discreto manubrio que le cubría la cara cuando andaba de uniforme con botón de cobre; es y al mismo tiempo, no parece el revolucionario que se disfrazó de ferrocarrilero para salvarse de un paredón, el estratega que andaba entre polvo y pólvora hasta que una granada le arrancó el brazo derecho en Santa Ana del Conde, el de las cargas de caballería cinematográfica en los llanos de Celaya y el Caudillo que se cargó a Carranza en Tlaxcalaltongo y a Villa en Parral.

Rafael López Hinojosa tampoco parece el que fue: era dentista y se había doctorado en Medicina Homeopática con la ilusión de anclar un futuro en la fundación de un laboratorio de medicamentos à la Hahnemann, padre de la homeopatía tan parecido al Padre de la Patria, calvo como Hidalgo con melena blanca hasta la nuca. Rafael López Hinojosa era un guanajuatense que había llegado a la Ciudad de México para triunfar como Rodolfo Gaona en los ruedos de la práctica médica y el hogar que ya había fincado con su paisana María de Lourdes apuntalaba su absoluta concentración en las labores clínicas, el ejercicio terapéutico, los tubos de ensayo y las dinamizaciones, el método científico y la filiación irrestricta al lema de Similia similibus curantor, credo homeópata de que lo semejante cura a lo semejante y que llevaba tatuado de quién sabe qué raras maneras Francisco I. Madero cuando escribió un libro para enfrentarse con la dictadura de Porfirio Díaz y espetarle en la cara envejecida del anciano autoritario una probada de su propio chocolate: Sufragio efectivo, No Re-elección, tal como el propio Díaz proclamó en contra de la visible perpetuación de Benito Juárez en la silla del águila devorando una serpiente. Si Juárez no hubiera muerto… todavía viviría, canta el danzón con su ritmo de hipnosis, pero el infarto que lo tumbó en sus habitaciones del Palacio Nacional permitió que en corto Díaz llegase a ocupar la misma silla, que a la larga sería su pesebre por décadas.

De todo eso y más empezó a charlar Rafael López Hinojosa en su consultorio dental entre caries de incisivos y extracciones de muelas; sobre todo, con algunos paisanos guanajuatenses que desde el año 25 traían la friolera de visitarlo para las incrustaciones doradas o puentes removibles con los que sonreían en sus correrías legislativas: eran diputados o aspirantes, leguleyos o abogados y su presencia cada vez más puntual ventilaba obregonismo puro entre la asepsia del instrumental del ortodoncista: argumentaban que el sagrado lema del Sufragio Efectivo merecía enmendar su colofón de la No Reelección con una coma constitucional que permitiera —dado un período intermedio (la presidencia de Plutarco Elías Calles)— que el general Obregón volviese al Poder con mayúscula, ocupando de nuevo la Silla también con mayúscula. De eso hablaba Rafael López Hinojosa entre las dosis de gas de risa para anestesia y las risas de sobremesa donde se prolongaba el apostolado de los políticos paisanos, guanajuatenses obregonistas, pacientes con caries en los colmillos y alguno que otro con escorbuto de corsario.

El general Álvaro Obregón a su llegada al restaurante La Bombilla. A la extrema derecha aparece el doctor Rafael López Hinojosa. Al extremo opuesto el líder obrero Luis N. Morones, 17 de julio de 1928, fotografía Casasola. Colección particular.

De eso también se hablaba en casa. En los pocos resquicios por donde podía opinar María de Lourdes se advertía la claridad de no pocas cosas y la turbia confusión de tantas otras: esos paisanos si no es que todo politiquillo serán muy buenos para el verbo leguleyo, pero no pagan ni un implante o sólo acumulaban deudas semana tras semana llevando nuevas dentaduras al taller del homeópata; y serán muy buenos para recomendarte sastre y polainas, bigotera y red para el pelo en las noches, tirantes para los calcetines y bastón ligero para el andar flâneur, pero ¿qué dicen de que tengamos que comulgar a escondidas? ¿por qué se visten de señoras las monjas? ¿quién va a parar la persecución?… y conforme creció la oleada de la reelección, los paisanos empezaron a convencer al doctor Rafael López Hinojosa de que su futuro no quedaba en la fundación de un laboratorio de medicina homeopática, sino en una Policlínica Parlamentaria donde se convertiría en dentista de todos los diputados.

Rafael López Hinojosa posando en la fotografía de Casasola, a punto de caminar tras los últimos pasos que dará en su vida el general Álvaro Obregón, por un sendero de plantas que dan a la entrada de la inmensa palapa de palma. Le asignaron un lugar en la esquina derecha de la herradura que forman las mesas, vista de frente la que se extiende al pie de las flores que forman el letrero, como para que todos los asistentes recuerden que es una comida que ofrecen los diputados guanajuatenses al presidente recién re-electo y que por eso mismo, allí en el centro de la herradura se sienta el general Obregón, no sin antes saludar a Alfonso Esparza Oteo, director de la orquesta que ha de amenizar el banquete y no Tata Nacho como dicen algunos cronistas. No se escucha el barullo ni la música en otras dos fotografías que congelan instantes previos al desenlace al que se quieren encaminar estos párrafos: en una se observa a Obregón ya instalado en la mesa, alineados los allegados al pie de las guirnaldas y los meseros como centinelas con servilleta al brazo y en la otra, el doctor López Hinojosa sentado en la mera esquina, entre paisanos y en pausa, a la espera de que sirvan el cabrito como plato fuerte, a la sombra de la palapa perfecta.

En la imagen del general Obregón a la mesa no se advierten los pocos minutos que le quedan de vida. No hay un cronómetro preciso que mida el instante en que la orquesta de Esparza Oteo empieza a tocar “El limoncito” en honor del caudillo sonorense, rodeado de guanajuatenses ilustres y un dentista advenedizo que no parece médico, ni ferviente católico, ni padre de tres hijos en el igual instante en que se lleva un bocado a la boca y parece que se escuchan más fuertes los tamborazos que maquillan y disfrazan los balazos que nadie oye hasta que empiezan los gritos y la corredera. El doctor Rafael López Hinojosa no sabe qué pasa con el tiradero de platos y los cristales de las copas que se revientan en el suelo y que gritan: ¡Un médico!, como para recordarle lo que de veras es, hasta acercarse corriendo a la mesa central donde Obregón está tirado con la frente sobre la mesa y se desploma al suelo con la sangre que le empieza a inundar el chaleco, un hilo rojo que le baja por la cara hasta los labios, donde aún lleva en la boca un pedazo de cabrito. El dr. dice en voz alta que aquí no hay nada qué hacer, mientras los más apurados levantan el cuerpo de Obregón para llevarlo en andas a un automóvil y el griterío insiste a coro que no maten al asesino, que hay que sacarle quién lo envió y el dr. ve cómo golpean al dibujante que hacía minutos rondaba las mesas haciendo caricaturas de los asistentes… y un paisano lo toma del brazo y le dice que están rodeados y que ha de estar el Ejército apostado entre las plantas y que hay que correr y salen hacia el terraplén por donde hoy pasan tantos coches en ese instante en que no pasa nadie, salvo un fulano en un viejo coche Ford que se detuvo quién sabe por qué y acelera hasta pasar el arroyo que se forma por la placita de la iglesia de San Sebastián y hasta cruzar el riachuelo que dobla frente a la iglesita de Pansacola se da cuenta el dr. que trae toda la ropa manchada de sangre y no recuerda haberle dicho al hombre que va al volante ni dónde vive ni a dónde quiere que lo lleve ni en dónde quedó el amigo guanajuatense que no se subió con él al auto que lo lleva directamente hasta la esquina de su casa en la calle de Mariana R. del Toro de Lazarín donde sube corriendo las escaleras hasta su casa que parece de película en sepia y que se echan a llorar los niños cuando María de Lourdes lo urge a que se quite la ropa, y la sube a quemar en un balde que encuentra en la azotea mientras el dr. Rafael López Hinojosa se queda tirado bocarriba en la cama de latón dorado con todo el ruido del mundo en la cabeza, ese silencio ensordecedor de gritos callados que le cambian o corrigen la biografía para siempre.

Rafael López Hinojosa tuvo otros tres hijos con María de Lourdes Anaya Gallardo, vivió hasta el año 81 del siglo XX, habiendo fundado su laboratorio de medicina homeopática y abandonado —desde el día siguiente al del asesinato de Álvaro Obregón— no sólo la práctica ortodoncista, sino la mera conversación y todo lo relacionado con eso que llaman política. Del magnicidio y los días precedentes, de los paisanos legisladores y los libros que le prestaron durante sus consultas dentales —y al igual que muchos ciudadanos de esa época— sólo repetía Cálles(e) la boca.

Decía Álvaro Matute que a Francisco I. Madero le debíamos el Sufragio efectivo y que la No Reelección quedó garantizada por la pistola con la que disparó todas sus balas José de León Toral, pero habría que agregar que en el diagnóstico de no pocas enfermedades de México se entrecruza siempre la multiplicación de las dudas, el entramado donde se confunden la inventiva con las mentiras y todo mundo se busca recetas alópatas u homeopáticas para intentar explicaciones, tergiversando los hechos e incluso, sembrando como verdad lo que quizá no sea más que mentira.

El populis se resignaba a imaginar por debajo de los manteles que el causante de todos los males había sido el presidente Calles, que se decía que había ido a la casa de Obregón en la avenida Jalisco luego del magnicidio y que se acercó al cadáver con una sonrisa inexplicable o bien que el marrano Morones había sido el gran conspirador en el enjambre con el que se liquidó la vida del Presidente recién reelecto y también que poco a poco fueron saliendo los nombres resucitados del Padre Pro y de todos los mártires de la Cristiada y luego el complot de la madre Concepción Acevedo de la Llata y Carlos Castro Balda y quién sabe cuántos curas y hasta obispos en contubernio iluminado para insuflar el ánimo de José de León Toral como protomártir en potencia y que en el juicio al vapor del magnicidio hubo enredos hasta en la consideración de que no había sido un delito federal para así garantizarle la pena de muerte al otrora dibujante enclenque José de León Toral que daba clases en el Colegio San Borja de los hermanos Lasallistas que se había tenido que cambiar el nombre al de Colegio Simón Bolívar por aquello de la persecución religiosa, pero manteniendo las siglas y el escudo que se cosía en los uniformes de los estudiantes lasallistas, por lo menos hasta la generación en la que me tocó estudiar el último año de la preparatoria y participé junto con un grupo de amigos invaluables en un trabajo para la materia de historia de la revolución mexicana que sembró entre nosotros la vocación de escritor, el oficio de historiar, la pasión por el periodismo y la crónica o el afán de creernos detectives.

Ilustración: Ricardo Figueroa

El dr. Rafael López Hinojosa fue mi abuelo, padre de mi madre y fundador de Propulsora de Homeopatía y no pocas farmacias que hasta la fecha alivian los males de eles enfermos, contra viento y marea, contra el imperio de la industria farmacéutica alópata, los dimes y diretes, lo que dice la gente o lo que le conviene a quién sabe quién, como cuando se hablaba de Obregón tras bambalinas o durante el maximato de Calles donde se inventó el partido omnipotente y omnipresente que mantuvo en remisión la tentación de toda posible dictadura militar, como cuando se habla de los hechos que todo mundo cree haber presenciado por oídas a contrapelo del callado velo con el que se quedó en silencio casi todo lo vivido por Rafael López Hinojosa hasta que aceptó hablar de todo eso con las fotografías de Casasola sobre la mesa de su viejo escritorio.

Mi abuelo Rafael volvió al escenario del crimen que presenció cuando era joven, en esa otra vida cuando sólo llevaba unos pocos años en la Ciudad de México, viviendo con María de Lourdes y sus tres hijos mayores. Se dejó grabar en conversación con los jóvenes que preparaban un trabajo para la preparatoria y allí, como en las pocas veces en las que había hablado del asesinato a lo largo de sesenta años de silencio, jamás mencionó que el cuerpo de Obregón estuviera cosido a balazos de todos los calibres que han dicho e incluso dibujado en croquis. A él se le quedaron en la mirada los seis u ocho, quizá nueve, orificios apenas visibles entre la ropa (salvo el que había atravesado el cráneo y salido por la mejilla) de Obregón inerte, dando la última exhalación ya tirado en el piso, todavía con comida en la boca y la mirada perdida en el techo de la palapa.

No supo decirle a la grabadora de los estudiantes porque no podía recordar, tal como no podía haber sabido entre los gritos y el olor a pólvora, quién le pegaba al dibujante que en ese momento nadie sabía que se llamaba José. Ese mismo día, más tarde, al presidente de la república que lo interrogó en persona, el asesino dibujante le dijo llamarse “Juan” y Calles salió de la celda convencido de que se trataba de un loco, un fanático católico que luego se supo que había sido hipnóticamente adiestrado para su misión por la monja Concepción Acevedo de la Llata, la madre Conchita a la que también entrevistaron los alumnos de una preparatoria lasallista que acudieron a su casa —para su sorpresa, ubicada en la calle de Álvaro Obregón— donde vivía su vejez en compañía de Carlos Castro Balda, quien también fue declarado conspirador del asesinato de Obregón, y ambos se dejaron grabar en el salón, al pie de un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús que tenía pintado sobre la cara el rostro de José de León Toral.

Divididos en equipos, como si fueran células de una banda secreta, los alumnos grabaron en cinta los testimonios de monjas jubiladas, sacerdotes retirados, historiadores de renombre, políticos de la vieja guardia e incluso, viejos cristeros que no habían entregado sus armas a pesar de ser ya nonagenarios. Al año de haber recibido la mejor calificación posible, los amigos que creíamos ser inseparables nos dejamos de hablar y frecuentar por obra y gracia de la vida que empezó a envejecernos desde la universidad y ese mismo año, murió mi abuelo.

De lejos, mis amigos de ese tiempo se leen en tinta de periódicos, revistas y libros; creo que todos llevan tatuados en el ánimo la vocación por viajar en pretéritos, narrar historias verídicas o soñadas y quedar en la medida de lo posible, curados de espanto ante los muchos enredos con los que se confunden las verdades de los hechos y las mentiras de tanta simulación que nos rodea. Que yo sepa, todos hemos burlado cornadas de gravedad y sabemos que en el arte del birlibirloque lo que buscamos con lupa son pruebas, hechos que se comprueban o bien palabras que se desmienten ante el vacío, con la prosa como una muleta planchada que ejerce el secreto indescifrable del temple, atentos casi inexplicablemente a una constante lluvia de agua de azar, coincidencias increíbles donde lo inverosímil alienta lo que se narra sin atentar contra lo inverificable. Hablo de que la monja que participó en la conspiración para asesinar al general Álvaro Obregón termina viviendo su vejez en una casa de la calle Álvaro Obregón, presidente reelecto de México que en una ucronía inventada por José Emilio Pacheco, de no haber asistido a la comida guanajuatense en La Bombilla, se hubiera perpetuado en la silla del águila devorando una serpiente por lo menos hasta inaugurar los juegos olímpicos de 1968, quizá sin el baño de sangre en Tlatelolco un dos de octubre, donde el hijo menor de mi abuelo Rafael López Hinojosa presenció el corredero de estudiantes y los soldados de verde olivo entre sicarios disfrazados de civil que llevaban guante blanco en la mano izquierda mientras disparaban a quemarropa y sin puntería a los fantasmas en blanco y negro que huían entre los edificios que se caían inexplicablemente en otra fecha, años después, un 19 de septiembre del mismo lugar en donde el hijo menor de mi abuelo Rafael López Hinojosa vio de lejos la gura de un tenor cantante de ópera cuya familia frecuentaba el restaurante La Bombilla de Madrid, en los años previos a la Guerra Civil que los transterró en México, donde un viejo restaurantero de Bilbao fundara en San Ángel una inmensa palapa de comida típica mexicana para las salidas al campo de los habitantes de la vieja Tenochtitlan bajo el mismo nombre de La Bombilla, muchos de ellos clientes del Café de Madrid que el mismo restaurantero regenteaba en el centro de la capital mexicana sin saber que noventa años después lleva ese mismo nombre una columna de periódico que escribe semanalmente el nieto de Rafael López Hinojosa habiéndose desencantado —como su abuelo— de todo eso que llaman política el mismo día en que tenía que estar presente en un barrio proletario llamado Lomas Taurinas, en las cañadas de Tijuana, Baja California, azarosamente ausente en el instante en que un asesino que dicen actuó en solitario le descargó un balazo en el cráneo a Luis Donaldo Colosio, candidato a la presidencia de la república por el partido omnisciente que se fundara y refundara después de la muerte del general Álvaro Obregón, cuando alguien acababa de subirle el volumen al sonido de las bocinas por donde salía como estertor la canción de “La Molienda” que todo mundo recuerda como “La culebra”, sin asociarla a los tamborazos de “El limoncito” porque es como si se sacudiera una víbora ondulante sobre una bandera manchada de sangre de tantos males y tantos muertos, tanto desaparecido en medio de un mar de confusiones constantes donde por lo menos dos magnicidios siguen enredados en la misteriosa tiniebla de las coincidencias: Similia similibus curantor.

• Carlos Silva (coord.), Álvaro Obregón. Ranchero, caudillo, empresario y político, Cal y Arena editores, 2020, 294 p.

 

Jorge F. Hernández
Escritor y periodista. Colunista de El País y de Milenio.

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