Conocer a un escritor admirado suele resultar decepcionante. La persona detrás de los libros no está obligado a ser deslumbrante como su obra; sin embargo ese acercamiento, aunque oscuro, puede ser a la vez luminoso. El siguiente texto es la crónica de un encuentro con el hombre llamado António Lobo Antunes; es también un ensayo sobre uno de los autores vivos más poderosos.

Fotografía: © FIL/NABIL QUINTERO MILIÁN


1.

“¿Quieres hablar con Lobo Antunes en su hotel a las cuatro?”

Eran las tres y media. Dudé un momento. Un par de semanas antes había declinado la propuesta de entrevistarlo durante la Feria del Libro de Guadalajara. Sabía que Lobo Antunes era capaz de ser muy antipático, y su obra me importa tanto que no quería contaminarla con una desilusión personal. Pero esa llamada imprevista me hizo perder el equilibrio: estaba a media hora y trescientos metros de conocer al autor de algunos de los libros más hermosos y desafiantes que he leído. La inminencia me obligó a ser sincero. Dije que sí.  

 

2.

El día anterior, Lobo Antunes había tenido dos eventos en la FIL: una entrevista “con lecturas de Rulfo” y la presentación de No es medianoche quien quiere, que se acaba de traducir al español. Cuando le conté a una amiga que planeaba ir a ambos para escribir una crónica, ella me dijo que ya lo había escuchado hablar en la feria, y me advirtió: “¡Fue un golpe! Ve anímicamente preparado”. Se refería a que el autor septuagenario se había mostrado poco coherente, políticamente incorrecto y bastante coqueto con la escritora Laura Restrepo.

¿Estaba yo anímicamente preparado para que me decepcionara Lobo Antunes? Creía que sí. Ya había leído y escuchado otras entrevistas con él. El libro Conversaciones con António Lobo Antunes de María Luisa Blanco basta para saberlo casi todo sobre su vida e ideas: un hombre de su tiempo, alejado de los circuitos intelectuales, desconfiado de aquellos que hablan con elocuencia acerca de su propia obra. Sus opiniones literarias me parecían demasiado rotundas como para ser sabias, y su manera anticuada de pensar sobre las relaciones familiares y las clases sociales tampoco me entusiasmaba. El mismo Lobo Antunes había declarado alguna vez que “A los escritores hay que leerlos, no oírlos”, pero ahí estaba yo, a punto de oírlo en conversación con Jerónimo Pizarro, el gran especialista en Fernando Pessoa (ese ídolo portugués al que Lobo Antunes considera poco más que un aburrido imitador de otros poetas).

Cerca de las seis de la tarde nos dejaron entrar al Pabellón de Portugal, un foro abierto en medio de la inmensa nave industrial que una semana al año funciona como mercado internacional de libros. Debido a la enorme cantidad de gente que había en la feria, el ruido en el anfiteatro era ensordecedor, lo cual no tardaría en descubrir Lobo Antunes, que usa un aparato para la sordera. Lo primero que dijo después de ser recibido con aplausos como “el mayor escritor del idioma portugués”, fue: “No es posible hablar para mí”. Se le notaba molesto, desorientado. Durante más de cinco minutos se negó a usar el micrófono. Pensé que la entrevista se cancelaría. El entrevistador hacía intentos fallidos por animarlo a hablar sobre Pedro Páramo. Lobo Antunes se resistía como un toro exhausto. Pizarro le gritaba al oído palabras inconexas, con la esperanza de que alguna de ellas detonara el discurso del autor.

Eso de ponerlo a hablar de Rulfo me parecía un gesto de chovinismo jalisciense, un equivalente literario de llevar al “eterno candidato al Premio Nobel” a comer tortas ahogadas en Tlaquepaque frente a una multitud de admiradores.

Por fin, Lobo Antunes se resignó al bullicio y comenzó a divagar sobre Pedro Páramo. Cinco, ocho minutos. “Es tan difícil para mí hablar [y movía las manos como si el ruido fuera una nube de moscas a su alrededor]”… “Me voy a quedar loco con el ruido”… “Yo no escucho nada.” Alguien le pasó un papelito al entrevistador. La orden fue que pusiera al escritor a leer pasajes de la novela de Rulfo. Me sentí parte de un espectáculo geriátrico lleno de sadismo. Lobo Antunes ya había declarado su admiración por la obra de Rulfo, pero eso no impidió que al leer el primer párrafo de Pedro Páramo se interrumpiera varias veces para decir cosas como “Esto no es bueno. Es malo”, “Si yo fuera editor diría: ‘No voy a publicar esta mierda’”. A la vez juzgaba que esa escritura defectuosa estaba plagada de “milagros”, y que por acumulación lograba ser una obra maestra. La dinámica duró poco. Lobo Antunes cerró diciendo que obras como Pedro Páramo requieren una lectura concienzuda, entregada: “Para tener placer tienes que vivir solamente para el libro… en el poco futuro que tenemos, porque lo que falta siempre es muy poco tiempo”. Parecía que, en efecto, a Lobo Antunes le quedaba poco tiempo.

Al terminar la lectura se negó a firmar libros. Estaba desesperado por salir de ahí. “¿Puedo fumar un pitillo? Con este ruido es imposible.” Fue grosero con un par de personas. Me acerqué a una de ellas y le pregunté qué libro traía en la mano para que se lo firmara. “Nunca lo he leído, pero como voy a ir a Portugal en marzo compré ésta. Es que había muchas.” Había elegido como guía de viajes Esplendor de Portugal, un título muy irónico para un libro ambientado en la Navidad más triste posible, retrato de una familia que se pudre junto con el “esplendor” colonial de los portugueses en Angola. Pensé, al mismo tiempo divertido y apenado, que la señora se iba a llevar una gran sorpresa. 

Si alguien me preguntara con qué libro empezar a leer a Lobo Antunes, recomendaría El orden natural de las cosas, cumbre de una trilogía escrita alrededor de 1990, que incluye también Tratado de las pasiones del alma y La muerte de Carlos Gardel. También se podría empezar con su primera novela, Memoria de elefante, que refleja su crisis personal como psiquiatra que desea dedicarse a escribir. En ese libro se insinúa con pudor un estilo que alcanza la madurez en su siguiente novela, En el culo del mundo.

Salí del foro aturdido, deseoso de huir de la feria y encerrarme a leer Fado alejandrino, una de las obras de Lobo Antunes que más me han afectado. No encuentro un mejor término para describir la experiencia de leerlo: no se trata solo de disfrutar o conmoverse, tampoco de asombrarse, y mucho menos de divertirse o entretenerse. Son libros cuya belleza poética, en conjunto con su implacable disección de los sentimientos de gente sombría y nostálgica, me afecta mucho. Caminé apresurado por los pasillos de la feria. Quería olvidar que había sido testigo de ese episodio de banalidad y decrepitud, protagonizado sin querer por un escritor que admiro tanto.

Quería, insisto, largarme de la feria, pero una amiga editora, cuya pasión por Lobo Antunes yo desconocía, no tardó en escribirme un mensaje diciendo que ya había gente formada para entrar al siguiente evento de Lobo Antunes, la presentación de No es medianoche quien quiere en compañía de Antonio Ortuño. El espectáculo aún no había terminado. 

3.

¿Qué nos dan libros como Tratado de las pasiones del alma, ¿Qué haré cuando todo arde? o Auto de los condenados? Lobo Antunes se ha resistido a llamarlos “novelas” en varias ocasiones, acaso para deslindarse de los relatos que buscan sencillamente contar historias con nudo, desarrollo y desenlace, con intriga y peripecia, con suspenso y vuelta de tuerca. Sus “ensoñaciones” (él las ha llamado así) son densas, lentas, reiterativas, a veces confusas y siempre laboriosas, incluso agotadoras. Como los triatlones olímpicos, requieren que estemos en muy buena condición lectora. A lo largo de cientos de páginas es preciso tener la resistencia y la concentración para avanzar nadando, corriendo o escalando a través de las palabras. La prosa no es apolínea ni dionisiaca. Es volcánica, telúrica. Tiene una sensualidad de roca líquida: es brillante (suena muy bien, crea imágenes deslumbrantes) pero también sofoca (y nos hace sudar por el esfuerzo de seguir y seguir sin el descanso de una página de diálogo ágil o de un capítulo que termine en suspenso narrativo). Hay frecuentes recompensas líricas, tragos de jugo que dan energía para continuar. De pronto hay una descripción erótica intensísima o una metáfora cruda y exacta, como cuando dice de un limonero y un níspero que están “retorcidos por cólicos inmóviles”, y uno puede ver la forma de esos tallos con una intensidad apabullante. Al leer la prosa de Lobo Antunes me detengo a cada rato a pronunciar las frases como si fueran conjuros y saborearlas como si se tratara de unos labios amados. Con su extraordinaria música, sus libros complacen las fijaciones orales de los que buscamos placer sensual en la lectura.

Pero hay más. Tiene que haber más que orgasmos en la lengua, cunnilingus en la cóclea. Estas novelas (no me parece tan impreciso llamarlas así) no apuestan por el relato. Los personajes y argumentos suelen ser grises, dominados por el fracaso y la intrascendencia. Su mundo está poblado de ruinas y antihéroes. ¿Por qué nos apasionan entonces? Al dotar de lirismo al soliloquio de los derrotados, al describir los sentimientos y ambientes de la miseria con una opulencia verbal que se ha reservado casi siempre a los guerreros y las princesas, palacios y jardines, Lobo Antunes revela la hermosura terrible de una realidad en bancarrota. Su literatura es un desafío a la nada de las cosas, al sinsentido de nuestros días. No nos ayuda, como tantas obras de entretenimiento, a evadirnos de lo cotidiano; aspira a redimirlo.

Uno de los militares desgraciados de Fado alejandrino describe todo eso contra lo que esta literatura se subleva:

Pero lo que más me impresionaba, mi capitán, era el silencio de muerte de las habitaciones desiertas, la súbita, inexplicable tristeza del aparador y de las sillas, las fotografías repentinamente nubladas, repentinamente distantes, los objetos cargados de golpe de un sentido inesperado, la completa ausencia de voces, de altercados, de susurros y ruidos domésticos, la nada de acuario, la absoluta, irremediable, espesa nada de acuario en la que vivíamos.  

4.

En el auditorio donde se iba a presentar No es medianoche quien quiere había silencio. Lobo Antunes se encontraba mucho más a gusto que en el ruidoso Pabellón de Portugal. Una pregunta de Antonio Ortuño bastó para que el autor se soltara contando su vida entera, sin interrupción, a lo largo de una hora. El monólogo autobiográfico es el género por excelencia de la vejez, y Lobo Antunes lo practica con maestría. Evocó, entre otras anécdotas conocidas, la ocasión en que, trabajando como médico en un hospital de pediatría, vio cómo un hombre se llevaba en brazos el cadáver de un niño muy pequeño, muerto de leucemia. Recordaba cómo colgaba un pie del niño, moviéndose como si aún estuviera vivo. Entonces dijo: “Quiero escribir para aquel pie”.

Al día siguiente, a punto de entrevistarlo, recordé ese pie y decidí que iba a agarrarme de él para hablar con Lobo Antunes. Llegué a su hotel a las cuatro en punto. La organizadora de prensa me dijo que el autor estaba terminando de comer y que se encontraba muy cansado, deseoso de cancelar todos sus compromisos; pero ella le había dicho: “No vamos a cancelar, vamos a acortar. Quince minutos con cada uno”. Sentí pena por él.

Lo primero que me dijo él al saludarnos fue, con una sorpresa casi infantil, “Te pareces a Diego Velázquez”. Se refería al pintor barroco. Como había llovido todo el día, yo estaba más despeinado que de costumbre, y mi cabello había adquirido una forma piramidal bastante parecida a la del cabello de Velázquez en Las meninas. Le dije que me daba gusto el parecido porque me encanta su pintura. “Sí. Te pareces mucho.” Sospecho que esta nimiedad fue la responsable de que Lobo Antunes fuera tan amistoso conmigo.

Le confesé que me parecía muy extraño sentarme a platicar tan solo quince minutos con él, después de haberlo leído tanto. Le pregunté si le había pasado lo mismo al conocer a los autores cuya obra admiraba. “En general es siempre una desilusión”, me dijo, “son aburridos o excesivamente vanidosos”.

Volteó a ver a su esposa, sentada al fondo de la sala donde estábamos. Me preguntó si iba a grabar y le dije que no, que solo tomaría notas en mi cuaderno. Aproveché esto para inquirir si seguía escribiendo a mano, si alguna vez había intentado hacerlo a máquina o computadora.

“Solamente a mano. Se queda más orgánico, es una cosa que viene de tu sangre para la sangre del papel.” Hizo una pausa septuagenaria. “El problema de escribir es que se está tan solo, quedas muy cansado.” Siguió hablándome del esfuerzo de escribir, del esfuerzo como razón de ser de la escritura. Me contó que antes hacía planes muy exactos de cómo escribiría sus obras; ya había dejado de hacerlo, ahora se sentaba a escribir sin un plan desde las seis y media de la mañana, a veces hasta la nueve de la noche. Que era muy cansado. Habló del “terror” de comenzar a escribir un nuevo libro, y de la ocasional sorpresa ante lo escrito: “Yo no puedo haber sido el que escribió eso porque no escribo tan bien. No eres tú el autor de eso, no sabes quién es, eres tú el intermediario entre dos instancias que no conoces. Mi impresión es que me han fabricado para esto y para escuchar que las voces interiores empiecen hablando. Como lector lo notas mucho. Tienes que esperar que lleguen sin ruido”.

A veces pasan hasta dos horas sin que lleguen las voces. “Son las voces las que te conducen”. Y cuando uno por fin logra escucharlas, el resultado de toda esa espera y trabajo es que “El libro es mejor que tú”.

Le pregunté por el pie de aquel niño. Sonrió. ¿Qué había sentido con ese pie: el absurdo de la existencia, la injusticia de la muerte prematura, el sadismo de la enfermedad? Antes de responder, volvió a ver hacia su esposa. No sé si miraba hacia el pasado o hacia el futuro. “Me quedé furioso con la muerte. Aún no me gusta.”

Se volteó hacia mí y me pidió perdón por estar tan cansado. “Me gusta tu cara. Te pareces a Velázquez”. Me acordé del retrato de Góngora pintado por Velázquez (lo tuve mucho tiempo, como un fetiche, pegado frente a mi escritorio de estudiante).

Le agradecí por sus libros, le agradecí por la paciencia de esperar a que le hablaran aquellas voces y por el esfuerzo de transcribirlas. Me dijo “gracias” con una languidez escalofriante. Nos despedimos.

5.

Aquella noche me senté a releer las palabras de Lobo Antunes que yo había apuntado en mi cuaderno. Subrayé la frase que justifica la experiencia agridulce de conocerlo: “El libro es mejor que tú”. Por eso no importa quiénes son los grandes escritores. Sus libros siempre son mejores que ellos.

Apagué la luz con la certeza de que nunca volveré a hablar con Lobo Antunes. Fue una pesadumbre muy sutil, una saudade. Todo el tiempo, sin notarlo, hablamos con alguien por primera y última vez. En los viajes, las consultas, los hoteles. No volveré a hablar con Lobo Antunes, pero sí con sus libros, con las voces de sus libros. Iré a buscarlas cada vez que la nada me pese mucho; cuando necesite, en “el silencio de muerte de las habitaciones desiertas”, un rato de música y redención. 

Guadalajara, 30 de noviembre de 2018.

 

Jorge Comensal
Narrador y ensayista. Autor de la novela Las mutaciones (Antílope, 2016) y del ensayo Yonquis de las letras (La Huerta Grande, 2017). Coeditor de la antología temática de poesía novohispana Entre frondosos árboles plantada (Secretaría de Cultura, 2018).

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Dado que los tatuajes son una decoración perpetua, conviene estar muy seguros de nuestra relación a largo plazo con lo que uno se inscribe. Se trata de una decisión temeraria, una apuesta arriesgada por la perenidad; en ella se condensan las tres formas del tiempo.

I

Mi primer tatuaje es invisible. Me costó cuatro mil pesos en un tugurio de León, Guanajuato, llamado Wateke Ink. Me enteré de que me lo había hecho después de que rechazaran mi tarjeta de crédito un viernes por la tarde, en una librería. Llamé al banco y me informaron que, además de tatuarme, me había gastado una fortuna en gasolina, a pesar de que no tengo coche (mi tarjeta, obviamente, había sido clonada).

¿Qué me pude haber tatuado en Guanajuato? ¿Una Virgen de Guadalupe en la espalda, unas fresas de Irapuato en el brazo, el logo del Partido Acción Nacional sobre el corazón? En el mejor de los mundos posibles me tatué una cita del más insigne escritor guanajuatense, Jorge Ibargüengoitia, acaso una de las primeras declaraciones del general Arroyo en Los relámpagos de agosto: “quiero dejar bien claro que no nací en un petate, como dice Artajo”.

Nunca había considerado tatuarme, pero haberlo hecho in abstentia en un lugar llamado Wateke Ink me incitó a repetir la experiencia conmigo presente. Cuatro años y varios fracasos existenciales después, por fin me decidí a hacer lo que en mi escuela describían como “profanar la Casa de Dios”. Opté por una obsesión perdurable: las últimas notas que escribió Johann Sebastian Bach (compás 239, contrapunto XIV, El arte de la fuga). Me lo tatué en el antebrazo derecho (como soy zurdo y le temo a la gangrena, preferí intervenir la extremidad ociosa). Ya han pasado más de dos meses desde que lo hice y todavía no me arrepiento de la profanación.

Dado que los tatuajes son una decoración perpetua, conviene estar muy seguros de nuestra relación a largo plazo con lo que uno se inscribe. Se trata de una decisión temeraria, una apuesta arriesgada por la perenidad; en ella se condensan las tres formas del tiempo. Como cicatriz de un proceso doloroso, el tatuaje es garantía de pasado, afirma: “éste fui”; como adorno visible en el presente, declara: “éste soy”; y como marca más o menos indeleble promete “éste seré”. Por eso escogí algunas figuras musicales, negras, redondas y corcheas, escritas por un genio cuya obra me gusta desde la cuna (mi madre contaba que a los tres años de edad yo le pedía “ponme mi violín”, refiriéndome a los conciertos de Bach para ese instrumento); al menos una vez a la semana escucho una pieza suya y quiero, como el oncólogo de Las mutaciones, morir escuchando la cantata BWV 82. Gracias a mi devoción por Bach y a la pulcra austeridad del tatuaje, estoy bastante seguro de que nunca renegaré de este amuleto subcutáneo.

Pero existen clínicas para borrar tatuajes con láser. ¿Qué historias conducirán a esos tristes laboratorios del arrepentimiento, cuántos corazones rotos, borrachos contritos, padres de familia que no hallan trabajo debido a un tatuaje conspicuo; cuántos imprudentes que quisieron grabarse el rostro de su bebito y acabaron, por limitaciones técnicas del artista, con un retrato del maestro Yoda en el pecho?

Qué triste ha de ser ir a una de esas clínicas para borrar con láser lo que fuimos, lo que somos, lo que quisimos ser. Qué extraño vacío ha de quedar en el cuerpo, casi tan raro como el hueco de mi primer tatuaje, que intento descifrar todos los días.

Ilustración: Adrián Pérez

 

II

Antes de tatuarme por segunda vez yo miraba esta práctica con recelo mojigato. Me parecía muy bien para los criminales y los maoríes, ¿pero qué falta le hacía un tatuaje a un joven lector naucalpense como yo? Enfermo de dualismo psicofísico, concebía mi cuerpo como el envase biodegradable de una mente autónoma con la que me identificaba por completo. Yo no era mi nariz chiapaneca ni mis manos, idénticas a las de mi padre; yo no era mis ojos miopes, mis ligamentos duros ni mis pulmones irritados por el esmog. Yo era un intelecto, mi esencia eran mis traumas, saberes y opiniones, y mi carne, al mismo tiempo magra y cachetona, era un accidente de carbono, agua, calcio, poco más.

¿Para qué decorar el cuerpo si se acaba; si, como advirtió san Pablo, el que siembra para la carne cosechará putrefacción? ¿Para qué darle tinta de comer a los gusanos? Me parecía una moda necia y proclive a la apropiación cultural. ¿Qué tiene que hacer un chilango con patrones “tribales” de los guerreros polinesios? ¿A qué vienen los ideogramas chinos y las letras árabes en el cuerpo de personas que desconocen por completo esos códigos?

Más allá de estas objeciones, la fiebre por tatuarse me parecía síntoma de una crisis identitaria de nuestro tiempo. Acaso la exposición constante, a través de la publicidad y la pornografía, a imágenes de cuerpos más esbeltos, sensuales o fornidos que los nuestros, acaba por enajenarnos del propio cuerpo. “Esto —juzgamos—, no coincide con lo que soy”, y para domar a ese cuerpo insuficiente, para reapropiarnos de ese fenotipo que resulta demasiado fofo, oscuro o arrugado para el régimen estético de nuestra sociedad, para eso —yo creía—, recurrimos al tatuaje.

Ahora pienso que, aparte de lo esbozado arriba, el tatuaje responde a una búsqueda de permanencia. Vivimos tiempos inestables (líquidos, como diría Bauman), de incertidumbre. Ya no se cree tan fácil en la inmortalidad del alma, ni en el matrimonio, trabajo o domicilio perpetuos. Ya no hay pensiones al otro extremo del tunel laboral. La velocidad del cambio cultural y tecnológico nos ha dejado sin absolutos. El conocimiento científico se caracteriza precisamente por su carácter provisional, falible, mutante, y no es fácil vivir privados de certezas, sin futuro asegurado, sin mañana. Ya nada es para siempre, pero cuando nos hacemos un tatuaje sentimos el consuelo de una imagen que nos dice “pase lo que pase, voy a seguir aquí”.  

 

III

En Oaxaca conocí a una mujer de Suiza que se había tatuado ya en muchos países, y estaba emocionada por el prospecto de hacerlo en México (tal vez esperaba que la tatuara un sacerdote azteca con un cuchillo de pedernal). Un día antes de volver a su alpina y acaudalada patria, la joven fue a tatuarse una enorme catrina en el costillar, lo cual resultó ser tan doloroso y extenuante que en el vuelo trasatlántico seguía con fiebre, calambres, vómito. Estoy seguro de que esos tormentos le agregaron valor al tatuaje, lo convirtieron en una especie de trofeo existencial. El sufrimiento nos transforma. Por eso suele haber dolor en los rituales de paso, para dejar cicatrices en la memoria que templen el carácter y nos hagan afrontar la vida con más aplomo.

No puedo decir que mis primeros dos tatuajes hayan dolido mucho (el segundo sí dolió más que el primero). Por eso, desde que salí de un estudio de tatuadores en la Colonia Guerrero con el brazo envuelto en plástico autoadherente y la tarea de comprar crema humectante, supe que volvería pronto en busca de una experiencia que calara más hondo. Un tatuaje más grande y fogoso.

¿Por qué?

Como bien saben los monjes que se flagelan y los adolescentes que se autolesionan, mortificar la carne ancla, y de ese modo alivia, dolores nebulosos: culpas, nostalgias, odios, autorreproches. A uno le enseñaron que el castigo es requisito del perdón. Y también uno está solo, prisionero bajo el cráneo, y al herirse busca, sin saberlo, exponer sufrimientos indecibles. Uno se acuerda del nazareno dejándose azotar con todo y que era omnipotente; uno murmura el comienzo de esa canción de Trent Razor que Johnny Cash inmortalizó:  “I hurt myself today / To see if I still feel / I focus on the pain / The only thing that’s real”; uno tiene, harto de fingir en las redes sociales, hambre de realidad. Uno quiere ser genuino, visible, tenaz. El tatuaje es un tónico de la personalidad. ¿En serio creen que los miembros de pandillas se tatúan nomás por seguir la corriente? Sus vidas corren riesgo todo el tiempo; cometer crímenes, además de nefasto, es peligroso, y estoy seguro de que sienten miedo y buscan la manera de curtirse, de lucir amenazadores hasta para ellos mismos. Los nacidos a partir de los años ochenta somos, como los pandilleros de todas las épocas, jóvenes con un presente muy demandante y un futuro incierto. Por algo cada día nos tatuamos más.

 

IV
  
¿Cuál será mi siguiente tatuaje? Espero no volverme adicto y acabar tapizado por completo. Pero quiero más, nomás un poco. Tal vez la exquisita representación de la bacteria Escherichia coli que acabo de hallar en un libro, o el extraño laberinto de la Catedral de Reims, la huella de un animal extinto, el fósil espiral de un ammonites, una bestia rupestre de Altamira, la envergadura del cóndor, la fractalidad de un helecho, la ternura indestructible del tardígrado o el nombre de un amor que ya no digo. Algo que me duela y me consuele, algo que me cubra, me protega y amedrente a la fugacidad.

Es probable que después del tercer tatuaje venga un cuarto, quinto, sexto. Si en el colmo de este vicio decido cubrirme todo, dejaré un pedazo intacto, una parcela en blanco donde luzca, invisible, mi primer tatuaje, aquel que me hice en Guanajuato hace cuatro años, cuando tenía muchos más prejuicios y esperanzas que hoy. Ese vacío (¿empeine, cuello, nalga?) será el dibujo de mi pasado, el tatuaje que represente no lo que sigo siendo, sino lo que he dejado de ser.

 

Jorge Comensal
Narrador y ensayista. Autor de la novela Las mutaciones (Antílope, 2016) y del ensayo Yonquis de las letras (La Huerta Grande, 2017). Coeditor de la antología temática de poesía novohispana Entre frondosos árboles plantada (Secretaría de Cultura, 2018).

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There are more things in heaven and earth, Horatio,
Than are dreamt of in your philosophy.

W. Shakespeare, Hamlet.

Tal vez deberíamos aprovechar la muerte de nuestros héroes para evocar sus mayores tropiezos, fracasos, dislates, y de ese modo acordarnos de que fueron humanos como nosotros. “A los muertos les salen sus virtudes”, decía un pariente. En estos días los periódicos rebosarán de semblanzas elogiosas de Stephen Hawking. Tenemos la posteridad completa para admirarlo por sus aportaciones a la astrofísica y por el “ejemplo de vida” que fue su triunfo sobre la enfermedad que lo aquejó desde los veintiún años. Estoy seguro de que, con su buen sentido del humor, Hawking apreciaría también un homenaje negativo, que nos acordemos de algunos de sus despistes.

Empecemos por una apuesta que hizo en 1974 y perdió en 1990. La existencia de agujeros negros había sido postulada de manera teórica a partir de las ideas de Einstein sobre la gravedad y el espacio-tiempo por científicos brillantes como Hawking. Cuando se empezó a describir las características de estos monstruos cósmicos, nadie había observado uno. A mediados de los años sesenta, un detector de rayos X había dado cuenta de una fuente muy intensa de energía en la Constelación del Cisne: Cygnus X-l, una entidad que no tardó en convertirse en uno de los mejores candidatos a agujero negro. Kip Thorne (físico estadounidense, premio Nobel en 2017 por sus contribuciones a la detección de ondas gravitatorias) creía que Cygnus X-l era un agujero negro, y su muy británico amigo Stephen creía que no. Hicieron una apuesta, cuyo texto, citado en las memorias de Thorne, dice así:

Considerando que Stephen Hawking ha invertido mucho en relatividad general y agujeros negros y desea una póliza de seguros, y considerando que Kip Thorne ama vivir peligrosamente sin una póliza de seguros. Por consiguiente se decide que Stephen Hawking apuesta una suscripción de 1 año a Penthouse contra la apuesta de Kip Thorne de una suscripción de 4 años a Private Eye, a que Cygnus X-l no contiene un agujero negro de masa superior al límite Chandrasekhar.

De acuerdo con el testimonio de Thorne, su esposa, hermanas y madre se molestaron porque apostara una suscripción a Penthouse, una revista porno, contra la suscripción a Private Eye, un decente magazine de actualidad (dada su condición física, podemos suponer que Hawking le podía sacar más provecho a una revista satírica que a una publicación de uso “rudo” como Penthouse). El documento manuscrito que validaba la apuesta fue enmarcado en la oficina de Thorne, y pasaron muchos años antes de que la evidencia astronómica a favor de la existencia del agujero negro se acumulara. Cygnus X-l es un sistema binario, una pareja radiante formada por dos caracteres opuestos: una estrella de luz muy brillante y otra “cosa” muy oscura en cuanto a luz visible, pero muy “brillante” en cuanto a la emisión de rayos X. Como esta cosa oscura es demasiado pesada para ser una estrella de neutrones, resulta casi seguro que sea un agujero negro: una región tan densa y masiva que ni siquiera deja escapar la luz. Ante la acumulación de pruebas, en junio de 1990 Stephen irrumpió en la oficina de Thorne en California, y firmó con su huella dactilar la frase en la que reconocía haber perdido la apuesta.

La apuesta, hecha sobre todo para echar relajo, da cuenta del espíritu jocoso de nuestro homenajeado, y no dice nada en contra de la comprensión penetrante que tuvo de la naturaleza de los agujeros negros: descubrió sus leyes de evolución, desarrolló métodos matemáticos para estudiarlos y definió su “horizonte absoluto” (la frontera entre los sucesos “encerrados” en el agujero y los que logran emitir señales hacia el universo), entre otras muchas aportaciones sofisticadas que no estoy calificado para reseñar.

Otro gazapo de Hawking, acaso su mayor equivocación teórica, fue considerar que en un agujero negro se podía violar la segunda ley de la termodinámica, perdiéndose la entropía (magnitud de desorden irreversible) asociada a un proceso de transferencia de energía entre el exterior y el interior del agujero. En este sentido, Hawking procedió con las leyes físicas de una manera semejante a como los mexicanos procedemos con las leyes civiles; pensó que no pasaba nada si se perdía nomás un poquito de entropía, total, estando en un lugar tan raro como un agujero negro, ¿qué más daba si la ley se infringía tantito? El físico teórico Jacob Bekenstein no estuvo de acuerdo, y propuso alternativamente que el área superficial del agujero enmascaraba el aumento de su entropía, y ganó la controversia con Hawking y el statu quo que se había alineado con el célebre profesor de Cambridge.

A estas alturas se nos ofrece una tentadora metáfora en súper-oferta: la muerte como agujero negro, como una región de densidad infinita donde cabemos todos y donde todo lo que fuimos se pierde para siempre. Esta metáfora sale tan barata que dan ganas de utilizarla en esta ocasión luctuosa, pero la muerte de Stephen Hawking no se parece en absoluto a un agujero negro, sino a una estrella muy brillante que aún después de desaparecer sigue brillando.

Nos ha dejado, además de profundas contribuciones astrofísicas, una eminente obra de divulgación científica. Su Breve historia del tiempo, de 1988, fue un tremendo best seller y se ha convertido en un long seller que nos sigue educando a muchos legos sobre las dimensiones y rarezas del universo.

Si alguien ha entendido el tiempo en sus dimensiones objetiva y subjetiva es Hawking. Debido a la degeneración progresiva de sus neuronas motoras, fue perdiendo la movilidad a partir de 1963. En 1972, antes de cumplir treinta años de edad, ya tenía que desplazarse en una silla de ruedas motorizada, y ya no podía escribir. Hacer cálculos matemáticos complejos sin poder usar papel y lápiz requirió una inteligencia y concentración prodigiosas. La discapacidad dio fulgor a su genio analítico. En 1985, debido a la necesidad de una traqueotomía para drenar sus pulmones artificialmente, perdió por completo el uso de la voz, que ya era casi ininteligible de por sí. Fue entonces cuando surgió su emblemática voz sintética, con acento de robot estadounidense (no entiendo por qué no tuvieron la delicadeza de hacerlo británico). Con la progresiva inmovilidad, el control del sintetizador se hizo más lento. Llegó a tardar mucho tiempo en formar una sola frase con movimiento faciales minúsculos. Yo, que soy un impaciente patológico, imagino con horror la calma necesaria para comunicarse de ese modo. ¿Cómo pasa el tiempo para alguien que no puede moverse ni un centímetro? Hawking lo supo muy bien. Su condición inmóvil, el divorcio atroz entre un cuerpo inerte y una mente capaz de las acrobacias más prodigiosas, debe haberle permitido ver el mundo desde una perspectiva muy singular. Seguramente llegó a intuir verdades que, por no poderse expresar con ecuaciones, quedaron sin ser dichas.

Acaso su mayor dislate le impidió compartirlas con nosotros. En 2011, en una conferencia “Zeitgeist” patrocinada por Google, la emblemática voz robótica de Hawking pronunció una frase lapidaria que yo ya había leído, con escándalo, en The Grand Design, de 2011, obra de divulgación coescrita con Leonard Mlodinow: “la filosofía está muerta. La filosofía no se ha mantenido al día con los desarrollos científicos modernos, particularmente en la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en la búsqueda del saber”. Si quiso ser provocador, no lo logró, pues tan solo pronunció un eco de la opinión común de que los filósofos, inmersos en controversias académicas, escolásticas, han dejado de decir cosas relevantes para la sociedad. Aunque esta crítica es justa en ciertos casos, su grosera inexactitud no es digna de un científico. La filosofía tiene mucho qué decir. Hawking, por ejemplo, ha muerto a los 76 años después de vivir décadas gracias a los avances de la medicina moderna, pero la ciencia no nos dice qué actitud moral conviene tener ante el hecho de que existan tormentos como la esclerosis lateral amiotrófica, y ante el hecho incontestable de que nuestra modesta vida es, para nosotros mismos y a veces para una que otra persona que nos ama, algo infinitamente valioso y profundo, inconmensurable, un agujero blanco en un mundo carente de sentido. Ya lo dijo Cicerón, siguiendo a sus maestros: filosofar es prepararse para la muerte. Y, como escribió Luis Villoro, solo un temple filosófico puede convertir la ciencia en sabiduría. ¿Cómo vivir la vida? No hay ecuación para responder.

En condiciones naturales, al joven Stephen se lo habrían zampado las hienas hace más de cincuenta años. Su prolongada existencia es un símbolo del progreso humano. Hawking duró hasta ayer, viajando por el mundo con su silla y por el universo con sus cálculos e hipótesis. En 2007, el máximo rock star de la ciencia contemporánea participó en uno de esos vuelos recreativos a la estratósfera para experimentar la ausencia de gravedad. Hay una fotografía suya flotando dentro de la nave, con el rostro empapado de una sencilla e inconfundible alegría. La gravedad y la esclerosis ya no lo dejaban sonreír con los pies en la Tierra, pero allá arriba no hubo impedimento para que sus gestos nos dijeran lo bien que se sentía uno de los mayores genios de nuestro tiempo. Me quedo con esa foto para siempre, con sus libros y su buen humor. La filosofía no está muerta, él tampoco.

 

Jorge Comensal
Narrador y ensayista. Autor de la novela Las mutaciones (Antílope, 2016) y del ensayo Yonquis de las letras (La Huerta Grande, 2017).

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En nuestro mundo, la música nos rodea tan completamente que corremos el riesgo de volvernos inmunes a sus poderes. La siguiente crónica —relato de un viaje a Veracruz para escuchar la Novena de Beethoven—, restablece el verdadero sentido de la música en nuestras vidas al tiempo que nos revela sus efectos más profundos.


El primero de diciembre de 2017, en Boca del Río, Veracruz, la Novena sinfonía de Beethoven me sacó de la postración absoluta en la que me encontraba. Cuento esto no para desahogarme sino para ilustrar el poder tremendo de la música sobre nuestro metabolismo psíquico. Últimamente la música se ha vuelto tan abundante —suena sin parar en las tiendas, consultorios, elevadores, autobuses— que corremos el peligro de volvernos inmunes a ella, incapaces de sentir sus efectos más profundos. Por eso vuelvo a lo que me pasó aquel viernes durante el concierto inaugural del Foro Boca, construido a la orilla del mar, junto a la desembocadura del río Jamapa en el Golfo de México.  

Amparo Thomas, que encabeza el patronato de la Orquesta Filarmónica de Boca del Río, me invitó al concierto porque sabía —y a mí se me olvidaba— que la música es mi único credo; le tengo mucho aprecio a la literatura, la ciencia y el pozole, mas no los considero sagrados de ningún modo. La música, en cambio, me confronta con algo inefable, superior. Si nunca hubiera escuchado a Bach yo sería nihilista —y tal vez metalero—. Pero creo en la música. Por eso fui, tan decaído, casi por compromiso, al concierto costeño.

Salí por la mañana de la Ciudad de México en autobús. Siete horas y cuatrocientas páginas después ya me encontraba en el puerto. Me sorprendió la abundancia de restaurantes  de la cadena Pollo Feliz. El nombre me pareció una falta de respeto hacia los pollos, y el deseo de condenarla sembró la idea de esta crónica en mi cabeza.

Llegué con tiempo de sobra al Foro Boca. A pesar de la tristeza, me inquietaba una frivolidad: ¿irían todos de guayabera? Yo, que no tengo vocación de priista ni de yucateco, carezco de guayaberas —también de corbatas—, por lo que no iba tan formal como la invitación sugería. Para distraerme me fui a caminar alrededor del Foro mientras se hacía de noche.

Construir un recinto sin ventanas junto al océano es un desafío. La arquitectura costera casi siempre se subordina a la cotizada “vista al mar”. El Foro, diseñado por Rojkind Arquitectos, tiene muy poca “vista al mar”, pero gracias a un andador que penetra más de cincuenta metros en el agua, el mar sí tiene vista al Foro. Si uno camina hasta la punta del rompeolas y mira hacia atrás se encuentra con una construcción imponente, un sólido conjunto de poliedros irregulares de concreto. Es un edificio introvertido que transmite el mensaje de que adentro pasan cosas sagradas.

Al llegar a mi asiento me puse a leer el programa, que incluía obras de un mexicano y dos alemanes. La velada comenzaría con la Obertura veracruzana arreglada por Jorge Arturo Castillo con sones emblemáticos como La Iguana, El Colás y La Bamba. Después la Orquesta interpretaría el primer concierto para violín y orquesta de Max Bruch, con el solista invitado Joshua Bell. Por último tocaría la Novena sinfonía de Ludwig van Beethoven, una obra propicia para las conmemoraciones: se ha incluido en festejos tan diversos como la apertura de una arena de sumo en Tokio, 1985, y la celebración de la caída del muro de Berlín, cuando Leonard Bernstein dirigió la Novena en la Schauspielhaus de Berlín oriental el día de navidad de 1989 —también en Berlín, Wilhelm Furtwängler la condujo en el cumpleaños de Adolf Hitler, el 19 de abril de 1942—.

Lo menos germánico del concierto fue que empezó una hora tarde. Durante la espera, un hombre sentado adelante de mí se flagelaba mirando el reloj cada veinte segundos. Aproveché el tiempo para meditar sobre los motivos por los cuales la música ocupa un lugar tan importante en nuestra vida social —no puede faltar en ningún ritual importante, desde un bautizo hasta unas Olimpiadas—. Uno de los principales efectos psicosomáticos de la música es sincronizarnos —con nosotros mismos y con los demás—. Un buen adagio permite que sintamos con el cuerpo lo que nos pasa en el alma, y una salsa picosa puede coordinarnos con las demás personas mejor que cualquier conversación. En la música se agremian la razón y el sentimiento, la mente se tranquiliza y el cuerpo se despabila. Hace poco me contaron de un joven migrante en California que solo podía dejar de drogarse si se ponía a bailar la música tradicional de su pueblo en Oaxaca; It get’s me high, le confesó a nuestro amigo en común. Así, la música nos infunde, a través del movimiento o de la tensión inmóvil, la plenitud de estar aquí por completo, la inmanencia radical.

Pensando en lo anterior llegué a sentirme extremadamente solo mientras los músicos afinaban, la gente platicaba y el neurótico de enfrente se retorcía en su asiento. Me hizo falta el aire y me costó trabajo reprimir el llanto. De un día para otro había perdido el rumbo. Llevaba más de un año en piloto automático, viviendo sin entusiasmo. Un zombi consagrado a leer artículos de filosofía analítica y escribir notas editoriales y mensajes de Whatsapp. Estaba en una absoluta bancarrota del espíritu.

De pronto, el vecino impaciente se puso de pie y se asomó hacia la primera planta del auditorio. Quién sabe qué buscaba. Alguien murmuró atrás de mí: “Se va a suicidar”. El chiste me alivianó de golpe y volví a leer el programa. Me alegró enterarme de los proyectos de la Orquesta Filarmónica de Boca del Río, sobre todo de su programa gratuito de educación musical, Orquestando Armonía, que organiza a alrededor de quinientos alumnos en tres orquestas, cinco coros y un ensamble de arpa jarocha. Pensé en todos esos jóvenes estudiando sus instrumentos, tocando en grupo, participando en el ritual colectivo que un antropólogo extraterrestre acaso describiría como “pulsar, frotar, percutir o soplar objetos para producir ondas sonoras de nulo valor adaptativo”. Porque la música no tiene función biológica. Hay psicólogos evolutivos tan ocurrentes que piensan que la música surgió para aumentar la receptividad sexual de las hembras cavernícolas, y que los rockstars del Paleolítico tuvieron tanto éxito con ellas que nos heredaron a todos sus inclinaciones musicales. No dudo que las facultades subyacentes a la música hayan sido importantes para la sobrevivencia de nuestra especie, pero pensar que el ritmo y la armonía no son más que un recurso de apareamiento me parece una necedad.

Por fin empezó el concierto. La Obertura fue un grato aperitivo, un homenaje —muy merecido, aunque innecesario— a la riqueza del son jarocho. El Concierto de Bruch fue un hallazgo, pues yo nunca había escuchado nada de ese compositor. La Novena fue una dosis de esteroides para el ánimo, que se me llenó de esperanza, a pesar de que un golpe de Estado en mi cerebro amenazó con arruinarme la experiencia.

***

Concluida en 1824, después de casi tres décadas de trabajo, e inspirada por el poema de Schiller “An die Freude”, publicado en 1785, la Novena de Beethoven es un puente entre el racionalismo de la Ilustración y el reflujo sentimental del romanticismo. Cada movimiento expresa fases diferentes de una lucha interior: el conflicto soterrado del Allegro, el tumulto del Scherzo, la sublimación del Adagio y el coro triunfal del Finale se pueden leer a la luz de su contexto histórico como una rescate del optimismo ilustrado tras la época sombría de las guerras napoleónicas; de manera más honda, la obra nos habla del triunfo de la voluntad sobre el titubeo, de la persuasión sobre el pensamiento indeciso. Interpretada en Veracruz, trópico asediado por la corrupción y la violencia, la Novena me recordó que mientras haya música no todo está tan mal.

Sin embargo, algo falló dentro de mí durante la obra. Cuando aparecieron las primeras notas del tema final, en mi mente se activó una vocecilla ingenua que decía: “¡Ven, canta, sueña cantando, vive soñando el nuevo sol!” Me escandalicé: en la escuela primaria me habían hecho cantar hasta la náusea la espantosa versión hispánica del “Himno a la alegría”, y ahora volvía para arruinarme la experiencia musical. Era un crimen. En vez de escuchar: “Freude, schöner Götterfunken, Tochter aus Elysium, Wir betreten feuertrunken, Himmlische, dein Heiligtum! [Alegría, bella chispa divina, hija del Eliseo, entramos a tu santuario, oh celeste, ebrios de fuego]”, la versión adulterada decía: “Escucha hermano la canción de la alegría, el canto alegre del que espera un nuevo día”. Hice un esfuerzo descomunal para fijar mi atención en la orquesta y callar al coro de niños guadalupanos al que alguna vez pertenecí. El ejercicio de concentración extrema me impedía apreciar el conjunto, y el veloz tempo marcado por el director Jorge Mester me dificultaba aún más la tarea. Habría necesitado una versión tan lenta como las del director rumano Sergiu Celibidache para poder disociar la percepción del recuerdo. Quería escuchar al estupendo coro de la Universidad Veracruzana y no a los alumnos del Tepeyac cantando desafinados. Era imposible.

Me di por vencido. Renuncié a reprimir la voz de mi memoria, y entonces se me reveló como una mentira la idea de que el tiempo pasa: en realidad mi infancia estaba ahí, firme, con todo y su himno a la alegría y el mal gusto. Estaba la esperanza, aquella que me mantuvo firme en la orfandad, y que ahora me faltaba. De niño había creído en el futuro. No sé si fue un signo de madurez o decadencia: en el cuarto movimiento de la Novena tuve esperanza en el pasado, en el recuerdo de la dicha que hoy parece extinta para siempre, pero que está viva en mi mente y que puedo volver a hallar si la busco con la música adecuada. Por más cursi que sea la letra del “Himno a la alegría”, la música de Beethoven la resiste. Derrotado por mi infancia, disfruté sin reservas el trío casi epiléptico de codas que cierra la sinfonía. Cuando el auditorio estalló en aplausos, yo permanecí quieto, vestido de uniforme, con zapatos ortopédicos y frenos en los dientes, cantando al porvenir. 

 

Jorge Comensal
Narrador y ensayista. Autor de la novela Las mutaciones (Antílope, 2016) y del ensayo Yonquis de las letras (La Huerta Grande, 2017).

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A caballo entre la crónica y el ensayo, el siguiente texto de Jorge Comensal propone una reflexión en torno a la idea de Patria y los peligros que cualquier tipo de nacionalismo entrañan para el mundo contemporáneo.

Diré con una épica sordina:
la Patria es impecable y diamantina.
—Ramón López Velarde

Hace tiempo viví en el extranjero con un karateca nacionalista. Aunque decía ser orgulloso mexicano, su verdadera patria no era México sino el fraccionamiento Ciudad Satélite, un suburbio de minivans cuyo volante solo gira a la Derecha. Mi compañero había emigrado a Nueva York para estudiar una maestría; se quejaba, indignadísimo, de que el gobierno mexicano no le había concedido una beca, a pesar de que él había ganado dos medallas en torneos regionales de karate. A cada rato clamaba: “Yo le he hecho dos favores a México, pero México no puede hacerme uno a mí.” Para él, pegarle a un par de karatecas centroamericanos era un hazaña equivalente a la toma de la Alhóndiga de Granaditas en 1810.

El Pípila millennial venía desde Satélite con una loza de prejuicios clasistas y xenófobos a cuestas: los chinos eran sucios, los pakistaníes holgazanes, los judíos malévolos (al igual que los poblanos) y los tapatíos homosexuales. Era racista hasta en su gramática; una vez dijo, refiriéndose a la empleada doméstica de su abuela: “es de Oaxaca, pero habla bien y todo”.

Fui testigo de su radicalización patriótica a lo largo de un tortuoso semestre de convivencia. Conforme se acercaban las fiestas decembrinas, aumentaba su nostalgia por México (o sea: por Satélite y sus sucursales en Acapulco y Valle de Bravo). Extrañaba particularmente las pop-tarts de no sé qué sabor que no se conseguía en Estados Unidos; no el quesillo, la barbacoa ni el cuitlacoche: las pop-tarts. Cada vez se ponía más seguido (y lavaba menos) la playera de la selección mexicana de futbol. Llegado el invierno, harto de la vida frugal de estudiante sin beca y del desorden cosmopolita de nuestro barrio, el karateca volvió a Satélite.

He vuelto a pensar en él debido al sentimentalismo patriótico que a muchos nos embargó tras el sismo del 19 de septiembre. Alguien decía “México está de pie” y los demás nos levantábamos, otro tuiteaba “#FuerzaMéxico” y daban ganas de alzar el puño con todo y celular. Se suspendió el desprecio cínico hacia la patria mientras salíamos a buscarla en los escombros. La gente cooperó sin distinciones: obreros, oficinistas, cocineros, estudiantes y desempleados profesionales trabajamos lado a lado, atentos al ejemplo de los albañiles, que fueron los sabios del derrumbe.

Pasaron las semanas y la zozobra se fue disipando junto con la solidaridad. A la sombra de noticias sobre la persecución de los rohingya en Myanmar, los multitudinarios desplantes antisemitas en estadios italianos y el auge de los partidos de ultraderecha por toda Europa, pensé que el sano patriotismo que nos había unido tras el temblor quizá esté emparentado con el que experimentan los movimientos etnocentristas que proliferan por doquier. Parece lógico apelar a lo conocido en la incertidumbre: la cultura natal, los símbolos nacionales, las tradiciones… Por eso López Velarde dice “Patria, te doy de tu dicha la clave: / sé siempre igual, fiel a tu espejo diario”. Pero ese bálsamo conservador puede volverse corrosivo cuando nos vincula no para enfrentar una catástrofe tectónica sino una crisis política, ambiental o financiera; cuando la amenaza no viene del subsuelo sino de la inflación, la falta de trabajo o la ingobernabilidad, el patriotismo puede orientarnos contra lo diferente, contra aquellos que ayer no figuraban en el espejo diario de la Patria, como los dreamers en EUA.

Los supremacistas blancos se llenan la boca con elogios de la Patria y de sus Padres Fundadores, del espíritu americano y la identidad nacional; así lo hicieron también los nacionalsocialistas en Alemania cuando Hitler hablaba del Lebensraum: el espacio vital que todo pueblo requiere para ser libre y próspero. El conflicto israelí-palestino tiene, entre sus muchas raíces, sentimientos parecidos. Una y otra vez, el patriotismo ha servido como sustrato de narraciones en las que son “ellos” contra “nosotros”, los malos contra los buenos, los bárbaros contra la civilización.

El karateca solía decir que yo leía “por kilo”, y así he estado leyendo últimamente sobre la Paz de Westfalia (1648), con la que se concretó la existencia de estados nacionales en Europa. Desde entonces, el mayor beneficiario del patriotismo ha sido precisamente el Estado-nación: la entidad política que legitima su hegemonía con base en una identidad cultural. Y también desde entonces, las fronteras del Estado-nación se han ido haciendo más porosas en lo que respecta al flujo de dinero y  mercancías. Pero la libertad de comercio es un despropósito sin libertad de movimiento humano; si la globalización crea regiones prósperas y las fronteras nacionales impiden migrar a ellas, no resulta extraño que la desigualdad aumente como lo ha hecho en las últimas décadas (mientras toda clase de mercancías van y vienen entre México y EUA sin obstáculos, drogas y armas incluidas, las personas no pueden hacerlo tan fácilmente, y ese desequilibrio auspicia la violencia).

Nueva York es una ciudad vigorosa gracias a su enorme diversidad cultural (que incluye, para espanto del karateca, a una nutrida comunidad poblana). Nada que ver con Satélite (donde yo, lo confieso a estas alturas con vergüenza, también crecí): ahí prevalece la uniformidad. El único lugar donde prospera el multiculturalismo suburbano es en los iphones (ahí convive el software californiano con metales africanos y manufactura asiática) y en los rollos de sushi: rodeados de arroz y alga, se encuentran felizmente el aguacate con la anguila, el mango con el salmón.

Mi roomie se ufanaba de haberle hecho dos favores a México; no parecía tener problema con que esos favores provinieran del karate, un arte marcial de Okinawa. Al mismo tiempo que manejaba diversos términos japoneses para clasificar madrazos, él era incapaz de distinguir las distintas nacionalidades extremo-orientales: a todas las despreciaba bajo el nombre genérico de “chinos”. Me arrepiento de no haber hecho lo suficiente por llamar su atención hacia esa incongruencia. En pos de una vecindad pacífica, decidí ser “tolerante”, si por “tolerancia” entendemos dejar que cada quien piense —o no piense— lo que quiera sin examen ni confrontación. Me gusta que los demás desafíen mi forma de pensar (aunque a veces, cuando acabo de ingerir dos litros de pozole, prefiero que no lo hagan). No querer que los demás cuestionen nuestra ideología me parece una forma pusilánime de la intolerancia.

“¡Viva México!”, gritó mi roomie la noche del 15 de septiembre que pasamos juntos lejos de nuestro terruño, cenando unas quesadillas infames. Tal vez ya no sea tiempo de vitorear naciones. Nos hace falta una identidad planetaria para enfrentar los retos de un mundo recalentado, deforestado, salpicado de armas nucleares y movimientos etnocentristas. ¿Qué formas podrá adquirir una identidad planetaria? ¿Será que el adhesivo universal de las culturas vendrá siendo el reguetón? Cuando Luis Fonsi y Daddy Yanky cantan “Pasito a pasito, / suave, suavecito, / nos vamos pegando / poquito a poquito” para miles de millones de personas en todo el mundo, acaso enuncian sin querer una profecía geopolítica. Quién sabe si vamos pegándonos despacito para bailar o combatir.

Jorge Comensal
Narrador y ensayista. Autor de la novela Las mutaciones (Antílope, 2016).

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