El show de Gary, Nell Leyshon, traducción de Inga Pellisa, Sexto Piso, México, 2016.

Los narradores en primera persona operan un simulacro: el de estar narrando exactamente lo sucedido. Algo que, desde su propio planteamiento, suena ingenuo. Baste salir del mundo de lo literario para constatarlo. Cuando una persona cuenta a otras algo de su propia vida resulta mediado de muchas formas. De entrada, el recuerdo no puede ser preciso, ha sido modificado por el tiempo, ninguna memoria pasaría la prueba de la infalibilidad. A ello se suman las distorsiones: desde las que se relacionan con la incapacidad de la persona por abarcar el contexto entero, hasta las que provienen de la carga emocional de lo narrado y las distintas perspectivas que existen. Esto se debe a un axioma con demasiadas implicaciones: el yo narrador no es el mismo que el yo narrado.

el-show

Pese a lo anterior, los narradores en primera persona están muy presentes en la literatura. Incluso da la impresión de que en fechas recientes se utilizan más que antes, cuando la tercera era la voz predominante. Acercarse a estos modelos narrativos implica, como autor, saber que se deben construir esas dos instancias ontológicas bien delimitadas: narrador y narrado; como lector, que se va a ser parte de una simulación —como cuando alguien nos cuenta una anécdota— y, pese a nuestra voluntad por creerla, sabemos que habrá tantas exageraciones como omisiones. Así pues, el equilibrio es precario: basta un exceso o una distracción para romper la delgada línea de la verosimilitud.

Nell Leyshon (Glastonbury, 1962) conoce bien esas sutilezas. Tanto, que incluso corre el enorme riesgo de volverlas evidentes. En El show de Gary, su novela más reciente, narra la vida de un ladrón. Gary se inició en el robo por culpa de su padre. Pronto descubrió que tenía un don natural. Tanto, que gracias a las enseñanzas de varios colegas, pudo llegar al acápite del oficio. Pero eso tiene sus costos, sobre todo en el plano de las relaciones relevantes, familia incluida. Así que la decadencia llegó rápido. Tocar fondo era algo obligatorio. Más, si se quería abrir la puerta de la redención.

Eso es lo más importante de la novela. Desde el principio, Gary nos anuncia detalles del final: la existencia de un hijo, la relación que ha establecido con él. Así, la trama se configura como ese camino pedregoso orientado al descubrimiento de cómo se llegó a un punto tantas veces anunciado. Esto no es relevante cuando asistimos a sus primeros robos o, mejor, cuando lo vemos casi convertirse en un ladrón épico, de ésos que ostentan elegancia y buen estilo. Tampoco cuando somos testigos de la desintegración de su familia paterna o de la forma en que su hermano menor consigue salir adelante pese a su contexto. Al contrario, interesa cuando lo vemos hundirse en sus propias adicciones, cuando la caída al abismo es violenta, acompañado de Mandy, la mujer de su vida. Será a ellos, adictos y decadentes, a los que la seguridad social les quite la custodia de un pequeño al que Gary ni siquiera alcanza a tocar, toda vez que es llevado a las incubadoras porque padece una fuerte adicción desde antes de nacer. Esa escena, la del padre que es incapaz de tocar el cuerpo de su pequeño, bien podría sintetizar todo el dolor que hay en la novela. El acápite de la narración.

Más tarde el libro se modifica casi por completo. Lo que había llegado a una intensidad notable, pronto se diluye en el largo y tormentoso camino hacia la purificación tanto física como espiritual. Una purificación que, en realidad, tiene tintes de melodrama. Pero algo de maniqueo bien puede tener cabida en una historia vertiginosa. Son, entonces, los vaivenes dentro de la trama los que permiten crear a un personaje bien diseñado. El mismo que no tiene reparos a la hora de lastimar a un buen amigo que al momento de llorar por todas sus pérdidas.

Como se puede colegir, la trama de la novela no es especialmente original. De cualquier modo, la autora consigue mantener la tensión dramática gracias a escenas cortas y bien logradas. No sólo eso. Gran parte del encanto de la novela radica en su narrador, el propio Gary, por supuesto. Su personalidad se va configurando gracias a la síntesis entre esos dos yos que se acercan y se alejan. Así, el Gary narrador no sólo da cuenta de las anécdotas que lo fueron configurando como la persona que terminó siendo, también se ocupa de venderse a sí mismo, de hacer del Gary narrado un tipo entrañable pese a su consistencia criminal. Es, pues, un personaje que, además, se da el lujo de contar todo con detalle, sin cortapisas ni pudor. No busca ser exculpado ni caer en el drama fácil. Si acaso, pretende ser comprendido.

Volvamos ahora al gran engaño de la primera persona: el de venderse a sí misma a sabiendas de que lo está haciendo. Lo sabe el narrador, lo sabe el narrado (pues a eso se ha dedicado Gary gran parte de su vida) y lo sabe el lector. Las cartas están sobre la mesa y no hay engaños. La novela es, entonces, una puesta en escena en la que decidimos sumarnos a la causa de su protagonista. Más aún, decidimos participar de su evolución. Así, fuimos testigos de cómo un niño se vuelve un pícaro, un ladrón de poca monta, un criminal sofisticado, un buen amante, otro pésimo, un hijo, un hermano, un padre y muchas cosas más. Lo que parecía ser un personaje simple y un tanto maniqueo, pronto nos descubre un mundo pletórico de emociones. Son tan intensas que el propio lector acabará rogando para que Gary no caiga en esas tentaciones, para rescatarlo.

Cuando estamos frente a un merolico sabemos que nos están engañando. También si asistimos al monólogo de un comediante de standup: nos dicen lo que queremos escuchar. Lo sabemos y no nos importa. Asistimos al engaño como parte del pacto establecido entre los presentes. Lo mismo pasa con El show de Gary: el narrador casi confiesa el embeleco desde el inicio y, pese a ello, nos dejamos llevar. La diferencia con el cómico es que, pese al importante contenido de humor dentro de la novela, pronto nos llevará a zonas más oscuras de nuestra propia emocionalidad.

Con El show de Gary, Nell Leyshon se confirma como una escritora de intensidades. En El color de la leche ya había conseguido la creación de un narrador en primera persona dentro de un relato de apariencia trivial. Una novela por completo diferente a la que nos ocupa: la parsimonia del siglo XIX contrasta con la vorágine de la actualidad; el contexto bucólico en contraposición del mundo urbano; la adolescente no instruida frente al hombre que ha vivido demasiado… Y, pese a ello, una forma similar para enfrentar lo narrado: exhibir al personaje desde su propia voz. No sólo eso, ha conseguido conferir un balance por demás literario a un par de historias que podrían parecer menores pero que, conforme se avanza en la lectura, se van convirtiendo en monstruos dignos de cuidado.

 

Jorge Alberto Gudiño Hernández
Escritor. Ha publicado: Con amor, tu hija y Tus dos muertos, entre otros libros.

Leer completo

Elegir la voz narrativa suele ser complicado. Es algo que va más allá de un simple cambio de conjugación en los tiempos verbales. Quien opta por las voces en tercera persona suele buscar objetividad, poder narrativo, llegar a donde los personajes no alcanzan; aunque hay excepciones. Quien se decanta por las voces en primera persona comúnmente va a la caza de la intimidad, de la forma peculiar de ver el mundo del personaje narrador; aquí también hay excepciones. Entrar a los terrenos de la segunda implica meterse en demasiados vericuetos para obtener una mezcla de ambas cosas. Son formas enfrentadas a la hora de narrar los mismos hechos. No son equivalentes los puntos de vista, no se pueden decir las mismas cosas. Algo que, muchas veces, olvidan los autores.

Pero hay algunos que saben bien lo que plantean. Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) es uno de ellos. A lo largo de su carrera literaria ha experimentado con diferentes tipos de acercamientos formales, incluido el juego de narradores. De hecho, resultan contrastantes sus dos novelas policiacas (la prematura saga sobre Chacaltana), en que la violencia inunda las cuartillas, con otra como Óscar y las mujeres en donde se da el lujo de plantear una trama montada sobre los excéntricos avatares de la industria de las telenovelas. Ésta, a su vez, parece demasiado estruendosa si se le compara con el intimismo que alcanza en Pudor o con la distopía futurista de Tan cerca de la vida. Por eso no resulta extraño que en su nueva novela haya elegido un tratamiento distinto: cuatro voces en primera persona.

la-noche-de-los-alfileres

En La noche de los alfileres Beto, Moco, Manu y Carlos son cuatro estudiantes promedio de secundaria a inicios de los años 90, en Lima. Si acaso, son menos populares de lo que querrían y tienen más asuntos familiares álgidos que el resto. Pese a ello, consiguen integrarse dentro de la enorme población estudiantil. Es sencillo perderse en medio de tantos nombres y ellos lo han logrado en muy buena medida. La vida de los mediocres no siempre es un dejarse llevar hasta llegar a buen puerto. Un día se descubren en medio de un enorme embrollo con una profesora. Un conflicto propiciado por la irracionalidad, por las hormonas, por la adolescencia. Un conflicto que no debería serlo y que bien podría arreglarse con algo de obediencia y sumisión. Sin embargo, a veces los problemas ensoberbecen. La popularidad momentánea y el gusto dulce del poder son acicates para continuar. Lo que todos ignoran es que insistir implica llevar a la situación a un límite superior. Pronto descubrirán que ya no hay marcha atrás.

Contar la historia de cuatro adolescentes en problemas no es cosa rutinaria. Se requieren herramientas técnicas que la saquen de los lugares comunes o que abreven de ellos para llevarlos a un nuevo nivel; sobre todo si Vargas Llosa es el antecedente por antonomasia para cualquier escritor peruano. Roncagliolo no tiene problemas en reconocer su influencia. Más aún, es sencillo activar los referentes, encontrar las claves que vinculan a su novela con La ciudad y los perros. Pero esta coincidencia entre los dos autores más leídos del Perú hoy en día, también sirve para analizar el paso de los años. Las dos Limas son muy diferentes. Ahora, en La noche de los alfileres, Sendero Luminoso tiene una presencia tangencial pero cotidiana: el terrorismo ha llegado hasta los barrios más acomodados de la capital peruana. La única manera de no volver a esta otra violencia la protagonista de la novela, es decantarla a través de la mirada de los adolescentes: aquellos que saben que sus problemas personales son mucho más importantes que los del mundo entero.

De ahí que la elección del narrador sea tan acertada. Santiago Roncagliolo optó por la novela polifónica. Son los cuatro protagonistas dando su versión de los hechos. Sus voces se intercalan en estricta secuencia, completan el discurso. Lo hacen con una verbalidad propia y desde perspectivas diferentes. Es ahí donde el lector puede comprobar que no basta la disonancia entre los hechos planteados por uno u otro, lo importante es cómo se veían a sí mismos, cómo veían al resto. Los cuatro narran desde un futuro lejano, un par de décadas más tarde. Esto no sólo le suma un poco de objetividad al asunto sino que permite difuminar a los hechos duros en la niebla de la memoria. Es una elección arriesgada pues suele ser difícil justificarla: ¿por qué cuatro adultos harían una recreación, veinte años después, de un posible delito cometido por ellos?, ¿por qué estarían dispuestos a confesarlo? Roncagliolo lo consigue sin problemas. Y no sólo eso: del mismo modo entiende que, si bien los años alteran el discurso, también lo hace la propia narración de los hechos. Así, los personajes no sólo evolucionan a partir de lo sucedido; también de lo narrado. Esa doble evolución de las voces le confiere a la novela una densidad difícil de conseguir.

Los buenos escritores saben que no basta con contar historias sino que es fundamental elegir la mejor estrategia narrativa para llevarlas a sus máximas posibilidades. En este caso, Roncagliolo plantea un thriller intenso, incorporando, como ya es su costumbre, elementos de la historia reciente de Perú (lo hizo con Abril rojo y La pena máxima). No sólo son los ataques terroristas de principios de los años noventa; también son los apagones recurrentes, la falta de certidumbre vital de los limeños: un ambiente en donde podría resultar sencillo ocultar un crimen. Y, sobre todo, lo consigue utilizando un narrador múltiple, hecho a la medida de lo narrado. Un acierto que sólo se puede agradecer.

Leer completo

Los límites entre los géneros literarios suelen ser motivo de discusiones. Son borrosos, permisivos. Sobre todo, cuando se trata de esa línea que separa al cuento de la novela. El asunto de la extensión no basta. El argumento alrededor del número de anécdotas se vuelve demasiado impreciso, toda vez que sería necesario diferenciar a éstas de cierto tipo de acciones. Nos acostumbramos, entonces, a saber cuándo un texto es una cosa y cuándo otra. Sobre todo, porque en la mayoría de los casos, la discusión no encuentra un territorio fértil.

A veces, sin embargo, la confusión se hace presente. Sobre todo, cuando suceden un par de hechos simultáneos. El primero es que no se discuta entre un cuento y una novela sino entre un libro de cuentos con una temática común y puentes comunicantes, y una novela. El segundo, cuando se parte de la idea de que, hoy en día, casi cualquier cosa cabe dentro de lo que llamamos novela. Entonces los argumentos se vuelven interesantes.

pecado

Justo eso sucede con Pecado, el libro más reciente de Laura Restrepo (Bogotá, 1950). Hay quienes podrían asegurar que son siete cuentos más un relato breve dividido entre el prólogo y el epílogo y quienes, como la propia autora, prefieren clasificarlo como novela. Las posturas se pueden apuntalar con hechos duros que validarían lo uno y lo otro. Más allá de la discusión, vale la pena adentrarse al libro.

Cada uno de los siete textos gira en torno al pecado, como hace suponer el título pero no hay que caer en la tentación, no se corresponden con los capitales. El lector puede leer cualquiera de ellos por separado, sin seguir el orden en el que están acomodados y prescindiendo del resto, lo que abona a la hipótesis del libro de cuentos. Al margen de esta elección, es necesario decir que los siete textos son muy diferentes. Incluso en extensión. Uno de ellos casi alcanza las cien cuartillas mientras que otros abren y cierran en menos de veinte. Algunos comparten personajes o nombres; acaso lugares. Otros tienen guiños hacia el lector que sólo podrá activar si ha leído el resto.

Más allá de esas breves coincidencias, hay dos grandes hilos conductores. El primero es “El jardín de las delicias”, del Bosco, que aparece, descrito o sugerido, en cada uno de los textos. El otro es el pecado. Es, en este punto, donde adquiere fuerza el libro de Laura Restrepo. Ella no se conforma con el planteamiento pecaminoso. Mucho menos se erige como juez de las acciones. Al contrario, sabedora del enorme caudal de sus recursos narrativos, hace un planteamiento mucho más complejo. Así, el lector se irá adentrando a un mundo que, decadente o venturoso, pronto se verá confrontado por el pecado en turno.

Entonces los pecados trascienden al hecho que los generan. Sí, es cierto, el pecado existe como también existen sus causas. No es un hecho aislado sino una acción que afecta al contexto donde se llevó a cabo. La pérdida del Paraíso es evidente. Una pérdida en el más puro sentido trágico, la que implica la alteración del mundo conocido aun cuando éste haya sido poco amigable. Desacostumbrarse es una forma de ceder. Si a ello se suma que la familia suele estar involucrada, que el cuerpo se rompe en un sentido literal o figurado, resulta inevitable pasar de una parte a la otra del tríptico del Bosco.

Laura Restrepo es una narradora probada. Lo demuestra cada uno de sus textos, sean cuentos o capítulos. En cada uno de ellos plantea la estrategia narrativa justa. No se conforma con una voz cómoda sino que busca al narrador ideal, la mejor manera de contar la historia que tiene entre manos. Tal vez por eso vuelve a sus relatos de una cercanía rayana en lo familiar, pese a las distancias evidentes. Leer su Pecado abre la puerta a enfrentarse a situaciones difíciles en donde la mejor salida es no juzgar. De hacerlo, uno terminará siendo parte de lo que se juzga. Algo que suele interesar a la buena literatura.

Leer completo

Aun cuando los tiempos que corren parecen ignorarlo, la literatura está en el lenguaje. No pretendo un despliegue epistemológico en torno a lo que esto significa; si acaso, permitir que la sospecha anide. No es en las palabras, tampoco en la simple construcción de las oraciones o en cada uno de los elementos que configuran un texto narrativo. Es en el lenguaje, esa suerte de no lugar en donde suceden cosas. Tanto, que nos permiten ser mediante ellas. Somos lenguaje o, de forma más contundente, el lenguaje es la condición de posibilidad del ser. De ahí que la literatura cobre importancia más allá de argumentos utilitarios. En la medida en la que abrevamos de ella, también lo hacemos del lenguaje. Si bien no nos hace mejores personas, sí nos hace más, en un plano meramente ontológico.

Es triste, por tanto, lo mucho que se ha devaluado el ejercicio de la narración. Parece que, en nuestros días, cualquiera puede escribir un libro. La consigna es simple: si se puede contar una historia, si se puede redactar con cierta solvencia, entonces se está listo para entrar al terreno de lo literario. De ahí las mesas de novedades saturadas, los libros vacíos y un mercado editorial que se ha alejado de su esencia. De esa misma premisa podría surgir otra, igual de absurda: si se puede silbar sin mayor esfuerzo, entonces ya se está dentro del campo de la música.

Ante esta realidad tan tangible, los autores que vuelven al lenguaje y que lo reconocen como su casa, se convierten en un asidero para lo literario, cualquier cosa que esto signifique. John Banville (Wexford, 1945) encara este compromiso, renovándolo. Tan es así, que gran parte de su primera producción sólo tuvo una buena acogida en círculos reducidos. Y no es para menos, en sus novelas plantea tramas intimistas, de una cotidianeidad apenas rota por la desventura o la sospecha. Historias que no emocionarían a un corro de escuchas inmersos en el tedio. Y, pese a eso, sus novelas tienen las alturas de las grandes obras literarias.

la-guitarra-azul

Con La guitarra azul confirma su encomienda. Más aún, es probable que ésta sea una de sus novelas más digeribles (si se excluyen, por supuesto, las que ha firmado bajo el seudónimo de Benjamin Black, cuyo corte es policiaco). La historia, de nuevo, parece simple: Oliver Orme es un pintor exitoso que ha decidido dejar su oficio, así que ya no se le puede considerar pintor. Puede, en cambio, vivir de su obra existente. Él ha sido infiel en varias ocasiones. Sin embargo, ahora ha ido más lejos: ha tomado como amante a Polly, la mujer de Marcus, uno de sus mejores amigos. De hecho, junto con Gloria, su esposa, han tenido veladas agradables, paseos por el campo, una vida en común. El descubrimiento de la infidelidad de sus respectivas parejas no ha detonado con una explosión devastadora. Por el contrario, es la calma la que ha puesto en conflicto a Orme. Tal vez por eso se ha marchado a la casa de su infancia. Una vez ahí, entrará en un complejo proceso de introspección. En éste dará cuenta de su ligera cleptomanía, apelará a recuerdos dolorosos, descubrirá el poco valor que él mismo le confiere a lo que le resta de vida. También tendrá, por supuesto, conversaciones con cada uno de los implicados.

Como bien se puede apreciar, la historia no resulta innovadora, tampoco excepcional. Suceden, sin embargo, otras cosas que no saltan a la vista de inmediato. Son hechos que se articulan a partir de las sutilezas. Apenas sospechas que van lastrando el ánimo de los lectores, de formas que ni siquiera permiten tomar partido. Es algo más profundo, algo que se relaciona con el lenguaje. Pero no sólo con las palabras o con su significado –para eso están los cientos de libros en las mesas de novedades–, es algo que se activa en el nivel más profundo de nuestro vínculo con el mismo. Aquello que nos permite descubrirnos dentro de la trama porque apenas un desliz, un paisaje que cambia de color de un renglón a otro, una escena que se escapa de nuestra plena comprensión, han sido suficientes para hacernos respirar la fragancia dulce de la resignación.

Es ahí, en el lenguaje, donde nos descubrimos lectores gracias a la experiencia de la literatura. Es un momento tan tenue que no puede ser definido. Pese a ello, no hay forma de dudar de su existencia. Llevarnos a ese nivel de involucramiento con el lenguaje es algo que pocos autores consiguen. Sólo los más grandes: quienes saben que no basta con contar una historia sino hacerlo desde lo más íntimo de su construcción. Ese sitio donde lo humano y lo literario se entrecruzan. Y es justo ahí a donde Banville consigue trasladarnos.

Leer completo

La ficción sirve bien para entender al otro. Por ello la literatura funciona como una escuela centrada en la educación sentimental. Más allá de los lugares comunes en torno al enamoramiento, cuando nos cuentan una historia que nos cautiva, conseguimos acercarnos al sentir de los personajes. De ahí que podamos asegurar que con la lectura se suman experiencias a nuestras vidas. No es asunto de volvernos más sensibles, sino de ampliar nuestro campo de la comprensión de lo humano.

empatia

Tal vez por esta razón es que la Segunda Guerra Mundial sigue siendo un tema tan presente en la novelística contemporánea. No es que se agoten o no los puntos de vista, los argumentos e, incluso, las historias pendientes de contar. Al contrario, siempre habrá qué decir, como lo hay de muchos otros acontecimientos históricos y las novelas se siguen acumulando. La razón puede ser más simple de lo que parece: seguimos sin poder comprender todo el horror que ahí se produjo.

Martin Amis (Swansea, 1949) lo sabe bien. De ahí que él mismo confiese que su novela no bastará para dar una mayor comprensión del mundo. Pese a ello, plantea personajes que parecen salidos de lo más turbio de la condición humana. Personajes que pronto dejarán al lector postrado en su propia incomodidad.

El primero de ellos es Paul Doll, el comandante de un campo de concentración. Es un hombre que sabe lo que está haciendo, conoce los alcances del exterminio. Y es capaz de sentirse bueno o, al menos, eficiente. Decir que está enajenado es una salida fácil. Descubrir que sus problemas cotidianos lo abruman más que el sufrimiento de los millares de condenados que desfilan frente a él, es una revelación complicada. Sobre todo porque pronto nos daremos cuenta de que nos ocupan más esos pequeños conflictos domésticos, que todo el dolor integrado en una interminable peregrinación a nuestras espaldas. Sabemos lo que sucede, lo sabemos tanto como Doll, pero preferimos ignorarlo para atestiguar un encuentro sexual furtivo o para ver cómo su mujer coquetea con otro oficial nazi.

Ese oficial es Golo Thomsen. Ha llegado con una tarea específica: volver más eficiente al campo. Por eso supervisa la construcción de Auschwitz III, un apartado en donde se fabrica caucho. Él sabe que sus actos, los del partido, los propios, son atroces. No hace nada para remediarlo porque sabe que no hay salida posible. De no ser él, sería cualquier otro. Poco a poco la indiferencia se va apoderando de sus acciones. A ella se suma el enamoramiento. Hannah, la esposa de Doll, es el motivo de su entusiasmo. Tanto, que pronto al lector se le olvidan los objetivos militares de Thomsen para centrarse en su proceso de conquista. Algo que, de nuevo, volverá incómodos los placeres obtenidos a partir de la lectura.

El tercer personaje es Szmul, el Sonderkommando, la degradación máxima. Eran judíos encargados de dar la bienvenida a los nuevos, a mostrarles que no todo estaba mal, a conducirlos a las cámaras de gas, a explorar sus cavidades, a arrastrar sus cuerpos… Todo, a cambio de un par de semanas más de vida. Si es que a eso se le podía llamar vida. Es la narración más cruda de todas. La que parte de un vaciamiento moral. El mismo que lo aleja de todo lo humano. No se puede caer más bajo.

La novela de Amis no es sencilla. Exige al lector en múltiples niveles. En el del lenguaje, por ejemplo, lo pone contra las cuerdas gracias a una enorme cantidad de referentes, de giros lingüísticos, de términos en otras lenguas y de otros tiempos. En el de la trama, le exige disciplina, una buena condición lectora, pues no utiliza una estrategia narrativa simple para contar las cosas sino una suerte de rompecabezas al que le faltan algunas piezas. En el de la empatía, porque lo enfrenta a personajes con los que nunca se podrá entender, que son una suerte de monstruos sin apenas visos de humanidad. Y, justo por eso, es que de pronto La Zona de Interés se convierte en una novela tan incómoda. Porque el lector puede desenfocar la toma, permitir que el exterminio y el sufrimiento se vuelvan borrosos para centrarse en lo doméstico, en ese respiro que también le permitirá algunas sonrisas.

Tal vez la novela de Amis no nos diga nada de la guerra que no hubiéramos sabido antes. Sin embargo, consigue demostrar su argumento: es imposible entender tal nivel de horror. Por eso seguirán escribiéndose novelas sobre ese momento histórico: porque no se puede generar la empatía necesaria para llegar a su comprensión. Y eso resulta evidente en La Zona de Interés: preferimos voltear la mirada que involucrarnos con esos personajes. Con ellos no existe la posibilidad del diálogo, de la experiencia sumada, del entendimiento del otro. Con ellos sentimos cómo se diluye la empatía al tiempo que nos preguntamos qué habría sido de nosotros mismos en sus circunstancias. Ninguna respuesta posible es grata.

Leer completo

la-ley-del-menor

Parto de una analogía. A lo largo de la vida académica, las personas aprenden operaciones matemáticas básicas, luego entran al campo minado del álgebra, pronto aprenden a resolver ecuaciones y problemas clásicos sobre el tiempo que lleva a dos, tres o quince albañiles siempre dispuestos a construir ciertas estructuras. A la larga, si el camino por el que opta es el de los números, el sujeto en cuestión podrá enfrentarse a problemas muy complejos e, incluso, dedicar su vida a ellos a sabiendas de que bien podría no resolverlos. En un terreno más práctico no sólo se abocará a la resolución de problemas planteados por otros sino que, un buen día, descubrirá uno agazapado. Entonces lo formulará en términos universales e intentará resolverlo.

Con las novelas pasa algo parecido. Todo mundo puede contar una historia, así como casi todos somos capaces de realizar sumas y restas simples. Lo interesante viene después, cuando el escritor se da cuenta de que quiere abordar un tema de una forma diferente. Problematizarlo, dirían unos, pero el término siempre me ha parecido desafortunado; prefiero, pues, pensar que la novela es como plantear un problema sobre cual no se puede estar seguro de sus soluciones, ni siquiera de que las haya.

Ian McEwan (Reino Unido, 1948) lo sabe bien. No por nada sus novelas han planteado problemas en dos niveles: el de la trama y el de la vida interior de los personajes. El primero es evidente: poner a sus protagonistas en situaciones límite. Algo que hemos visto con claridad en casi todas sus novelas y que en La ley del menor (2015) vuelve a conseguir.

En su más reciente novela, Fiona Maye es una juez del Tribunal Superior especializada en derecho familiar. Ella se enfrenta a un caso difícil. Adam Henry es un chico de 17 años con leucemia. El tratamiento implica transfundirlo. El problema radica en que tanto él como sus padres son Testigos de Jehová y su religión prohíbe tal práctica. ¿Debe respetar sus creencias o defender su vida? Para colmo, no se pueden esperar los tres meses que faltan para que él alcance la mayoría de edad y sea capaz de decidir sin la intervención de un juez. Ese es el problema en términos de trama.

Si bien el dilema al que se enfrenta Fiona parece suficiente, a McEwan le gusta explorar en el interior de sus personajes. Tanto, que es fácil sumar conflictos. El más evidente es que Jack, su esposo, en vista de la falta de actividad sexual entre ambos, le ha pedido permiso para tener una aventura. Su argumento es simple: tiene sesenta años, pronto ya no podrá disfrutar de su sexualidad como lo hacía.

Si La ley del menor fuera un mero problema matemático, podría bastar con hacer un mapa de posibilidades para saber cuál o cuáles son los caminos adecuados, cuáles los pasos a seguir. Sin embargo, tratándose de personajes, es mucho más interesante asomarnos a su interior. McEwan tiene una sensibilidad particular: consigue convencer a sus lectores de que sabe perfectamente qué y cómo piensan y sienten cada uno de sus personajes. De esta forma, conforme avanza la trama, el lector debe enfrentarse a un tercer nivel del problema en tanto, de pronto, ya forma parte de él.

Es muy fácil decir qué haría cada uno si tuviera que decidir en lugar de Fiona. Es más complejo conforme se van sumando los argumentos. Es casi imposible cuando se tiene que enfrentar a la racionalidad con las emociones. Es un problema irresoluble cuando se trata de lo humano. Y es justo en ese sitio, en donde una sutileza es capaz de cambiarle la vida a un ser humano, donde McEwan encuentra su mejor prosa.

La ley del menor tal vez no tenga los alcances de las mejores novelas de McEwan. Sin embargo, consigue algo que apenas logran unos cuantos libros. Muestra el proceso íntegro que se sigue para la resolución de un problema sólo para convencer a los lectores de que, en realidad, se encontraban ante un planteamiento imposible. Ser capaz de narrar la desesperanza que eso produce en los personajes y, además, contagiarla al lector, es una proeza de altos vuelos.

Leer completo

Escribir una novela en la que el tema central sea el amor es, por decir lo menos, riesgoso. La razón resulta evidente: un altísimo porcentaje de la literatura a lo largo de la historia ha abordado este tema. Tan es así, que hay quienes aseguran que la forma en que nos enamoramos está relacionada con la existencia de las novelas románticas, por decir lo menos.

Sin llegar a esos extremos (que bien podrían tener algo de verdadero), lo cierto es que el amor sin duda es uno de los temas predilectos de la novela. No es gratuito. Por una parte, representa el ideal al que aspiramos, sobre todo, en ciertos periodos de la vida. De ahí que uno busque asirse a la promesa de un enamoramiento contundente, prístino, libre de cualquier sombra. Algo para lo que nos ha preparado la ficción. Pero lo ha hecho a medias porque, por otra parte, el amor va más allá de la idealización. Es un sentimiento complejo, por llamarlo de algún modo. Un acontecimiento que modifica a las partes involucradas para bien o para mal. Y la complejidad es algo que le encanta a la literatura, tanto como la transformación de los personajes, los desencuentros, la pálida sospecha de que las cosas no son lo que parecen.

Lena Andersson (Estocolmo, 1970) decidió hacer su aportación a la temática. Ester Nilson es una poeta y ensayista que, de un día para otro, se descubre seducida por Hugo Rask, un famoso artista visual. Pese a que él es mucho mayor que ella, Ester es capaz de encontrar cada uno de los detalles que le llaman la atención. No es sólo su influjo, por ejemplo, sino también pequeñas sutilezas en el trato, o la manera en que acomoda su saco sobre el respaldo de una silla. Poco a poco, Ester se va enamorando y, más aún, es capaz de hacer profundos análisis en torno a este proceso.

lena-andersson

Pronto la relación se estrecha. Ya no sólo son llamadas eventuales o mensajes de texto. Ester comienza a formar parte de la vida de Hugo y esto la entusiasma tanto como la desconcierta. Sobre todo, porque ella tiene una profunda necesidad de descubrir el significado de cada una de las palabras de Hugo, de sus gestos y, por qué no, de sus silencios. Él, por su parte, parece requerir espacio. No quiere comprometerse, está satisfecho con su vida como la vive. Así es como Ester entra en una relación casi adolescente; en donde la duda resulta ser la más constante de las emociones.

Más allá de la historia de amor y desamor, Lena Andersson construyó un personaje complejo. Es capaz de plantear argumentos de la más alta manufactura a la hora de poner a discutir a sus personajes. Si en un primer momento, la atracción podría haber sido física o producto de la admiración, queda claro que el enamoramiento depende, casi por completo, del plano intelectual. Algo que no es muy frecuente en este tipo de historias.

El gran acierto de la autora es, entonces, ser capaz de llevar a la reflexión tanto los sentimientos como las emociones de su protagonista. Y es un acierto porque es justo en el plano de la racionalidad, donde resulta muy sencillo que el lector se identifique. Ya sea con las dudas, con las inquietudes, con los deseos o con las esperanzas de los personajes. A fin de cuentas, la literatura en torno al amor es tan amplia debido a que refleja a todos y cada uno de los lectores posibles. Tanto, que hasta nos permite burlarnos de ciertas situaciones en las que resulta inevitable reconocernos. Y eso no es un asunto menor.

Lena Andersson ha escrito una novela de amor montada en un enorme andamiaje racional. Tal vez por eso no sea tan riesgosa su incursión en el tema más manido de la literatura. Entender al amor es un deseo siempre frustrado. Con Apropiación indebida estamos un pequeño paso más cerca de lograrlo.

Leer completo

Los libros de cuentos son complicados, tanto para el autor como para el lector. Lo son por la exigencia que significan. Precisan una disposición de ánimo particular. Aquélla que permite darle continuidad a la serie de textos mientras se les garantiza cierta independencia. Tal vez por eso resulte tan sorprendente encontrarse con libros de cuentos en donde todos tengan la misma calidad. Casi parece una tarea imposible. De entrada, porque no todos responden a una misma intención. Hay autores que, lo confiesan, escogen un tema y se dan a la tarea de escribir relatos alrededor de él. Otros, en cambio, narran hasta que su editor les hace la llamada perentoria, o sus pulsiones les avisan que ahí deben concluir con el trabajo.

lectura

No es el caso de Jeanette Winterson (Manchester, 1959). El mundo y otros lugares está compuesto por diecisiete relatos que, en apariencia, bien podrían pertenecer a libros diferentes. La variedad temática es notable. También la estilística. Así, es posible toparse con cuentos fantásticos, otros en los que operan ciertos mecanismos del absurdo e, incluso, algunos en donde se abordan asuntos de género y de diversidad sexual. Más allá de estos temas, las estrategias textuales también son cambiantes. Se pueden leer relatos que bien podrían entrar en la tradición anglosajona pero otros, quizá los más sorprendentes, podrían tener cabida dentro de modelos latinoamericanos. Pese a ello, sí hay elementos unificadores.

Leer a Jeanette Winterson es disponerse a cambiar de estado de ánimo. A veces de una forma muy sutil, dejándose llevar por la gravedad que opera encima de una resbaladilla apenas inclinada. Otras, como una reacción, a fuerza de luchar contra un planteamiento que suena tan desaforado como poderoso. Las más, gracias a la capacidad de la autora de crear personajes con los que es sencillo crear lazos de empatía. Cuando esto sucede, da igual que las preferencias sexuales, políticas o religiosas de los personajes no sean las de los lectores. De pronto, en medio de una situación que resulta imposible para uno, se descubre un atisbo, una ligera huella que da paso a una melancolía profunda y sostenida: la que proviene de una certeza enterrada en lo más recóndito del ánimo. Ahí, donde los sentimientos han sido despojados de toda máscara. Ahí, donde lo humano salta a la vista. Es entonces cuando cambia el estado de ánimo. En el momento justo en que el lector reconoce una emoción conocida, aunque en ocasiones soterrada. La misma que permite un suspiro profundo o una suerte de reverencia ante los avatares que se presentan.

Los libros de cuentos también son complicados por esas razones. Porque exigen varias veces. En este caso, diecisiete. Exigen no sólo enterarse de la historia –para eso estamos más que capacitados–, exigen disponer el ánimo de tal forma que se vuelva maleable. Esta es la mejor forma de enfrentarse a un cuento, por supuesto, como a cualquier texto. El asunto es que el autor no siempre está a la altura de nuestras expectativas y nuestra empatía se topa con un mundo de historias entretenidas y nada más. No es el caso con El mundo y otros lugares.

Como con los buenos libros, estas historias serán las que atrapen, las encargadas de mantener el suspenso y la tensión dramática. Sin embargo, hay mucho más que anécdotas desarrollándose. Winterson ofrece un sitio cómodo en donde sentarse, en el momento menos esperado, para que, en aquél que ni siquiera puede identificarse, una sensación se cuele entre las palabras y termine asentándose en quienes somos. Si alguien es capaz de conseguirlo, entonces bien vale la pena seguirle la pista.

Leer completo

La novela policiaca goza de muy buena salud en nuestros días. Al margen de las polémicas en torno a la calidad de las mismas, lo cierto es que el género se multiplica por doquier, con propuestas variopintas. En los últimos años ha habido una oleada de estas novelas proveniente de Suecia. Sin duda alguna, mucho abonó Henning Mankell a que los lectores voltearan ávidos hacia esos parajes. Más allá del constante tormento vital de Kurt Wallander, su detective, o del extraño encanto que podía despertar un personaje como Lisbeth Salander (diluido, por supuesto, por la petulancia de su coprotagonista y de la prosa de los libros), lo cierto es que Suecia se convirtió en el escenario ideal para ser habitado por criminales y policías.

Erik Axl Sund se suma a esta vorágine. Casi de inmediato detona interés, al averiguar que el nombre de pluma resguarda a dos personas: Jerker Eriksson (1974) y Håkan Axlander Sundquist (1965). Eso ya lo vuelve llamativo. Habrá lectores que dediquen una buena parte de su lectura a buscar al autor de unos capítulos y otros. Al margen de ello, el planteamiento novelístico de Persona, la primera parte de la trilogía de Los rostros de Victoria Bergman, está bien logrado. Jeanette Kihlberg es la encargada de una investigación en torno al asesinato de varios jóvenes inmigrantes. Que sea ella y no cualquiera de sus compañeros policías es el primer acierto. Al igual que con otras novelas de esa región, aquí también se aprovecha el contexto para reflexionar y criticar la misoginia imperante en la sociedad sueca.

persona

Como es de suponer, Jeanette no sólo debe lidiar con el caso y con sus conflictos de género. También debe hacerlo con su familia. Es disfuncional por donde se le vea. Su esposo es un artista que encaja con el modelo decimonónico del atormentado en busca de sentido. Su hijo es un adolescente que se sabe lejos del interés de los padres. Tal vez por eso es que Sofía Zetterlund puede volverse amiga de la detective. Ella es la encargada de hacer ciertos diagnósticos psicológicos, sobre todo dentro de una población que ha sido violentada. De ahí que su consulta la integren jóvenes abusados que cargan el lastre de una niñez desafortunada. Sofía, además, tiene un pasado. Tanto en lo laboral como en las relaciones humanas. Estuvo como voluntaria en Sierra Leona, intentando rescatar a pequeños que, antes de los doce años, ya tenían un arma entre las manos. Sus romances, por su parte, están impregnados de fracaso. La relación entre estas mujeres será fundamental para resolver el caso.

Sin el afán de ahondar en la trama (siempre es peligroso algo así con una serie policiaca), se puede asegurar que la trilogía de Los rostros de Victoria Bergman tiene elementos de sobra para cautivar a sus lectores: tiene un misterio claro; la detective encargada de la investigación tiene sus propios problemas; se abordan problemáticas sociales como el asunto del género, de la migración y de la parte más vulnerable de ésta; hay un planteamiento psicológico que consigue atrapar y la tensión dramática es considerable. El éxito que ha conseguido es comprensible, pero tiene un grave problema. Como sucede con algunas novelas policiacas, el narrador se alterna entre diferentes planos diegéticos. Es decir, salta de la conciencia figural de un personaje hacia otro. Narra desde esa percepción del mundo. Como resulta evidente, el malo estará acechando tras una de esas voces. Esto no es un error en sí mismo, el problema estriba en que busca ocultarlo. Algo que suena necesario como planteamiento de la trama (revelar al malo hasta el final) pero que no está bien articulado como técnica narrativa.

Es un desliz en medio de varios aciertos. El problema es que estos deslices acaban manchándolo todo. De ahí que se pueda asegurar que Persona es una novela entretenida, inquietante, que tiene los elementos para volverse una buena pieza dentro del género policiaco. Eso sí, al margen de polémicas sin mucho sentido, no llegará a las cumbres de lo literario. Para ello se necesita una precisión a toda prueba que no alcanza.

Leer completo

Las biografías noveladas suelen adolecer ciertos problemas. Es fácil sospechar que un autor emprenda esta tarea narrativa por un legítimo interés en el personaje histórico. Esto implica que, de cierto modo, lo tenga idealizado desde antes de escribir la primera línea. Siendo así, la novela no será sino el argumento con el que busque convencer al lector de que su obsesión es válida. Por otra parte, la vida no suele ser como las novelas. Al menos no en el sentido estricto de la trama. Ésta no se construye a partir de una simple concatenación de anécdotas sino que busca un sentido desde las primeras palabras. Sentido que, claramente, la vida no tiene. Sentido que, en el mejor de los casos, la vida adquiere mucho más tarde. De ahí que, al igual que muchas novelas históricas, las biografías noveladas, suelan tener un exceso de pasajes: respetar los hechos atenta contra la construcción de una trama sólida.

peste-y-colera

No pasa eso en Peste & Cólera. Patrick Deville (1957) se propuso retratar la vida de Alexandre Yersin, un discípulo de Pasteur que supo hacer grandes aportaciones a la medicina en sus primeros años. Baste decir, por ejemplo, que fue capaz de encontrar a la bacteria responsable de la Peste y crear una cura contra la terrible enfermedad. Sin embargo, su ansiedad por el conocimiento lo llevó a derroteros lejanos a la medicina. Quizá por ello nunca ganó el Premio Nobel. Al parecer eso no le importaba demasiado. A cambio, fue capaz de construirse una vida basada en sus pasiones. La principal de ellas fue mudarse a Nha Trang, un pequeño poblado en China donde fue construyendo un hogar que pronto alcanzó varios miles de hectáreas. Ahí, pudo dar rienda suelta a su conocimiento. Si al principio todo fue investigación científica, pronto llegó la necesidad de crear plantaciones, producir quinina, entender los rudimentos de la mecánica, relacionarse con un mundo que pronto volvió propio. Tanto, que apenas hizo unos cuantos viajes de vuelta a Europa. En ellos tuvo tiempo de atestiguar los estragos de las dos guerras mundiales, algo incomprensible para él. La política le resultaba tan burda como irrelevante.

Con el pretexto de la biografía de Yersin, Deville se dio a la tarea de hacer un doble retrato. Por un lado, el de los inicios del siglo XX, con toda la problemática que trajo a cuestas una centuria que comenzó tarde. Por el otro, la carrera desbocada por encontrar avances científicos que definieran la época. Fue en esos días también cuando la medicina evolucionó de tal modo que fue capaz de curar las peores enfermedades que habían asolado a la humanidad. Época, pues, de contrastes. Los médicos sabían cómo prevenir y sanar mientras que los políticos orientaban sus esfuerzos a diezmar a la población.

Peste & Cólera se convierte, entonces, en una enorme viñeta que busca comprender el mundo. Para conseguirlo, el autor apela a los más finos recursos del lenguaje. Aquéllos que le permiten construir una narración desde la poesía; ese lugar donde pueden tener cabida los horrores más absurdos. El contraste, claro está, es la vida del propio Yersin, quien supo huir de la fama a cambio de encontrar su felicidad. Una felicidad casi al margen de lo humano. Más allá de la biografía del personaje, el gran mérito de Deville consiste en presentar un modo de vida sustentado en convicciones demasiado particulares. Tanto, que es imposible no suspirar cada tanto mientras se lee la novela: la pasión también deviene en una serenidad envidiable, incluso en un contexto en donde todo podría parecer caótico. Por ese contexto que, a fin de cuentas, es responsable de la vorágine vital en que vivimos, Yersin se convierte en un remedio para nuestros propios días. Deville consiguió trascender la biografía para crear una novela en donde tienen cabida muchas de las contradicciones fundamentales del ser humano y eso, en sí mismo, es una gran proeza.

Leer completo