A propósito del Día Internacional de la Mujer, la autora revisa dos obras claves de la literatura feminista y realiza un ejercicio de memoria en el que recuerda su propia historia en relación al acoso y a las relaciones entre profesores y alumnos.

Me preguntaron si quería escribir sobre la reciente publicación en español de Teoría King Kong (Literatura Random House) de Virginie Despentes y Feminismo pasado y presente (Turner) de Camille Paglia, y al momento dije que sí. Hace un par de años leí Teoría King Kong y me voló la cabeza; de Camille Paglia leí Sexual Personae, y quedé fascinada con la potencia de su prosa y sus ideas. La voz de estas dos escritoras es inconfundible; la convicción con la que escriben las convierte en personajes amados y odiados por igual. Despentes escribe desde la experiencia; habla con toda franqueza y desparpajo del tiempo que pasó involucrada en la prostitución y de haber sido víctima de una violación cuando era joven. Su postura respecto a estos dos temas, del lado opuesto a la victimización, cambió por completo mi forma de pensarlos. Paglia escribe como una feminista de los años sesentas en choque constante con los feminismos contemporáneos. No teme cuestionar el presente y rescata del pasado ideas y personajes cruciales. Habla a menudo en contra del puritanismo, siempre a favor de la libertad sexual. Está claro que tanto Despentes como Paglia escriben sobre sociedades muy distintas de la mexicana, pero muchas de sus ideas y ejemplos sirven, ya sea como ejemplo o por contraste, para pensar la realidad en México. Estos dos libros coinciden también en otro punto crucial: su sentido del humor.

Siempre he pensado que el sentido del humor puede ser una de las armas más poderosas del feminismo. Un chiste de diez palabras, bien contado, puede deconstruir un comentario machista más rápido y mejor y con mayor alcance que un libro entero de teoría feminista dura. Si no pregúntenle a Hannah Gadsby, la comediante de uno de los shows de stand-up comedy más comentados y conmovedores de Netflix. Por supuesto, como dice la misma Gadsby, hay situaciones de violencia y dolor en donde el humor no tiene cabida, pero quizás incluso ahí el buen sentido del humor puede ser el contrapunto ideal.

Con esos dos libros sobre mi escritorio, me senté a escribir este ensayo. Y me volví a sentar, y me volví a sentar sin llegar a ningún lado. Subrayé, tomé notas, borré notas, me cansé de apoltronarme frente la pantalla vacía (en el cuarto donde trabajo, mi diminuto cuarto propio, no hay wifi, así que no había cómo procrastinar en Twitter) y empecé de mil maneras distintas esto que leen el día de hoy. Lo que sí logré (lo que en un ataque de optimismo llegué a considerar un logro) fue obsesionarme con algunas frases, con ciertas ideas. Y después de mucho darles vuelta me di cuenta de que estas ideas dialogaban con un tema que me hizo pensar mucho buena parte del año pasado.

En 2018, en la escuela en que estudié la preparatoria y la secundaria, las alumnas organizaron un movimiento de denuncias de abuso y acoso en el que varios maestros terminaron por dejar la escuela —no tengo claro cuántos de ellos renunciaron y cuántos pidieron la renuncia—. El año pasado también, en la carrera de Letras Inglesas de la UNAM, donde estudié después, hubo otro movimiento de las alumnas para denunciar, por abuso y acoso, a un grupo de profesores; colgaron de los pasillos tendederos de listas con los nombres de los maestros acusados circulados en rojo. Ahí también, varios de los maestros que me dieron clases se fueron. Y, por supuesto, como era inevitable, empecé a comparar esos tendederos con los míos propios. ¿Cómo no está fulanito?, le preguntaba a mis amigas de la carrera. Y a veces también preguntaba, ¿qué hace ahí sutanito que es tan buena persona? 

Se me revolvieron todos: los maestros de la secundaria y de la prepa y de la carrera, y de pronto me encontré repasando y repensando mis años de estudiante y mis relaciones con aquellos maestros. Es un repaso largo, considerando que de los tres a los 26 años pasé un promedio de cinco días a la semana en esa convivencia permanente entre docentes y alumnos. Pasé mucho tiempo tratando de revalorar, de volver a pensar ese montón de recuerdos.

Hasta la universidad estudié en escuelas privadas que se autodenominaban “alternativas”. Tenían un ambiente relajado, nunca le hablábamos de usted a los maestros (nunca le hablé de usted a nadie, en realidad, pero no me jacto, porque cuando tuve que hacerlo después lo hice fatal, nunca supe recordar quién era licenciado y quién maestro y a veces hasta les hablaba de vosotros sin querer), no había censura de ningún tipo: tatuajes, perforaciones, escotes gigantes, todo estaba permitido, y los maestros podían ser, por definición, amigos y amantes de las alumnas. El director de la preparatoria estaba casado con una exalumna suya y era bien sabido que varios maestros habían sostenido relaciones con alumnas. No sé cuándo comencé a pensar que ese tipo de relaciones entre alumnos y maestros era por lo menos extraño, pero ahora, con todo lo que ha pasado, con todo lo que he leído, de pronto me encuentro absolutamente confundida, luchando por distinguir lo desagradable de lo incómodo, lo inmoral de lo ilegal. El abuso del acoso, el acoso de la torpeza. Las voluntades de los otros de mi propia voluntad, y las voluntades individuales de la inercia de una sociedad machista.

Como diría Roxane Gay, soy una mala feminista, que ha leído más literatura feminista que teoría feminista, que no tiene claras las definiciones jurídicas de los términos, que no acaba de entender muchas cosas. Sobre todo las áreas grises. Porque claro que un feminicidio es un feminicidio aquí y en China, pero son esas áreas grises —los piropos, las relaciones ambiguas, las transgresiones mínimas, los abusos menores—, las que me cuesta trabajo colocar, reacomodar. Por eso decidí escribir esto. No para opinar, no me interesa opinar. Quiero tratar de entender.

Busco un ejemplo, para empezar por alguna parte, y me acuerdo de un maestro simpático de la universidad, que me invitaba a comer y me mandaba mensajes amistosos y “neutros” (“¿Cómo estás? ¿Qué haces?”) a las 10 de la noche. A mí me halagaba que quisiera ser mi amigo y estaba segura de que solo quería ser mi amigo. Era ñoña, en ese entonces, me moría de ganas y de ansiedad por leerlo todo, necesitaba, a toda costa, sentirme inteligente, y me sentía lista cuando un maestro inteligente me prestaba atención o me hacía algún cumplido o platicaba conmigo. El maestro simpático fue mi amigo hasta que un conocido en común empezó el rumor de que yo lo iba a denunciar por acoso. El maestro simpático me dejó de hablar. Luego, y ya sin ninguna simpatía de por medio, me pidió que me saliera de su clase. Dijo que me ponía diez, pero que me saliera. Le dije que no y me quedé el resto del semestre, aterrada, lo más silenciosa que he estado jamás en una clase (yo que nunca aguanté los silencios incómodos, cuando el maestro pregunta algo y nadie quiere responder), sentada en la última banca. Yo no había promovido ese rumor, pero igual me sentía culpable. “Ya conocemos esta cantinela, la que dice que tienes que sentirte culpable de lo que te sucede”, dice Virginie Despentes, porque en esta cultura se asume que las mujeres se buscan la violencia que reciben por la forma en que se visten, por ser guapas, por existir. Sin embargo, yo sí había respondido a los mensajes del maestro, sí quería pasar tiempo con él. Tuve la oportunidad de pedirle que no me buscara (a pesar de lo difícil que sería decepcionar a un maestro, que tiene tu calificación en su mano, la posibilidad de hacerlo existe) y no lo hice. No puedo más que estar de acuerdo con Camille Paglia cuando dice que “las mujeres deben hacerse responsables de sus actos, sin culpar a los demás de sus problemas”, pero lo que me costaba en ese entonces no era reconocer mi responsabilidad, sino la del maestro.

¿Hasta qué punto era inadecuado escribirme a esas horas de la noche? ¿Hasta qué punto pedirme que me saliera de su clase de esa forma era un abuso del poder que le daba su puesto? Eso que yo llamaba amistad, ¿podía llamarse también acoso? Esta no es una pregunta retórica, mi duda es genuina. Paglia de nuevo, tiene esta frase lapidaria: “la mayoría de los incidentes universitarios catalogados apresuradamente como agresiones sexuales” son en realidad “ridículos melodramas románticos, que surgen de malentendidos e imprudencias por ambas partes”. Había mucho de malentendidos e imprudencias y mucho de ridiculez de ambas partes en esta historia. ¿Y entonces? A ese maestro, que por lo demás me parecía un buen maestro, ¿había que correrlo, llamarle la atención, qué hacer? Las alumnas en esa época no conocíamos los protocolos para denunciar la violencia de género, si es que los había. Años después, cuando di clases en la facultad, me encontré de nuevo al maestro simpático. Era novio de una de mis alumnas.

Pero en ese ejemplo las cosas acabaron mal. ¿Qué hay del caso del maestro guapísimo, que a todas nos gustaba, que hablaba mucho de Lacan y del erotismo y la sensualidad del lenguaje? Era extranjero y decía con un acento hermoso, siempre citando a Susan Sontag: “hay que tocar las palabras, acariciarlas, sentirlas, excitarlas”. Nunca una lección en clase se nos quedó tan grabada. ¿Qué habríamos pensado de él si hubiera sido menos encantador?

O qué hay del maestro con el que salí el último año de la carrera. Un maestro joven, que me encantaba, que por chat y en una fiesta me coqueteó. Ya no me acuerdo cómo le hice saber que me gustaba a mí también. Me invitó a su casa. Pasamos algunas noches muy divertidas, y quizás las hubiéramos seguido pasando si él hubiera mostrado más interés, o si no hubiera tenido novia y otras varias amantes. Pero siempre fue amable, un poco confuso, pero (me parecía) respetuoso al fin y al cabo, y siguió siendo mi amigo. En esa situación quizás hubo las mismas dosis de imprudencia que en las anteriores, pero al final todo salió bien.

Estas historias no son los mejores ejemplos. Entre otras cosas, porque mi escuela secundaria pertenecía a una clase media y medio acomodada que no representa ni con mucho a la mayoría de la población. Y la UNAM, pública y gratuita como es, sigue siendo un espacio de élite, más en Letras Inglesas, donde era indispensable para ingresar un alto manejo del idioma. Pero estas historias también son malos ejemplos porque a mí no me fue tan mal, nunca me sentí de verdad en peligro. Quizás el peor susto fue el que me llevé con el maestro Bikini Queen. En la preparatoria un maestro organizó unos premios después del viaje de generación, en los que votábamos los alumnos, con categorías que él mismo estableció como, por ejemplo, pareja tutsi pop, rompecorazones y bikini queen. Cuando “gané” la categoría de bikini queen, al menos dos maestros comenzaron a decirme así: bikini queen. A mí me daba asco y pena, y nunca, ni un solo segundo, me dio gusto haber ganado ni me sentí hermosa ni la reina de nada. Durante las clases de uno de ellos, que eran en teoría de inglés —estudiábamos en realidad “la historia del rock”  —al maestro le gustó la idea de esa película con Jack Black. Así me presentó cuando me tocó exponer sobre Deep Purple: con ustedes, bikini queen.

Un día, el otro maestro, el que inventó los premios, me dio un aventón después de una fiesta. Los aventones son el equivalente contemporáneo de los bosques oscuros de los cuentos de hadas; no sé cuántas historias de terror comienzan con un aventón, entre ellas la historia de cómo violaron a Virginie Despentes. En el trayecto, en autopistas de alta velocidad donde habría sido muy arriesgado bajarme, iba diciéndome que yo era justo el tipo de chica que le gustaba. Lo hacía de manera indirecta, hablando de otras alumnas y comparándolas conmigo. Yo me hacía la tonta, cambiaba el tema, pero no podía evitar la súbita claustrofobia. Recuerdo asegurarme muy bien de localizar el seguro de la puerta del coche y abrir la puerta rápido en cuanto llegamos a mi casa, antes de despedirme.

“Cultura de la violación”, dice Rebecca Solnit, es el “entorno en el que la violación prevalece y en el que está normalizada y excusada la violencia sexual contra las mujeres dentro de la cultura y los medios populares”. Dice:

la cultura de la violación se perpetúa mediante la utilización del lenguaje misógino, la objetivación de los cuerpos de las mujeres y la “glamurización” de la violencia sexual, ya que crea así una sociedad que obvia los derechos de las mujeres y su seguridad. La cultura de la violación afecta a cada mujer. La mayor parte de las chicas y de las mujeres limitan sus comportamientos debido a la existencia de la violación. La mayor parte de las mujeres y de las niñas viven bajo el temor de la violación. Los hombres, normalmente, no.

¿Las mujeres exageramos, como dice Paglia? ¿Cómo no íbamos a tener miedo, si en los salones de mi facultad había un letrero institucional que decía: “Después de las 6 pm no vayas al baño sola”? Y no íbamos. Sabíamos que en la penumbra de los estacionamientos y los baños violaban alumnas a tiro por viaje. De por sí el nivel de higiene en esos baños invitaba a no utilizarlos en absoluto, quién sabe cuántas de nosotras padecimos cistitis crónica por aguantarnos el día entero.

Daba miedo la violación (porque es terrible pero también, como dice Virginie Despentes, porque esta cultura machista nos hace creer que es algo de lo que no te puedes recuperar, que te mancha y te marca y te rompe para siempre), y daba miedo el acoso de verdad, el abuso de poder que te podía obstaculizar la vida profesional de mil maneras. Yo misma fui testigo de maestros casados de mi facultad que se enamoraban de amigas mías y las perseguían, y como ellas los rechazaban trataban de impedir su titulación. Yo misma vi maestros que le escribían poemas a las alumnas y luego los leían en público (a las alumnas y a las caderas de Shakira). Cómo no van a tener miedo las estudiantes, si maestros como esos siguen dando clases y en puestos de poder. Cómo no iban a tener miedo las alumnas si el maestro de Formación Cívica y Ética obligaba, borracho, a las alumnas a darle besos. ¡El maestro de Formación Cívica y Ética!

Camille Paglia dice que “los delitos sexuales graves como el asesinato con violación emanan de un nivel primitivo para el que la psicología práctica ya ni siquiera tiene palabras”. Dice que de tanto hablar de la cultura de la violación perdemos de vista a los locos peligrosos, y en un país donde asesinan a siete mujeres todos los días, vaya que abundan los locos. Pero Rebecca Solnit especifica cómo la locura siempre existe en el contexto de la cultura: “En un fascinante artículo de opinión del año pasado, T.M. Luhrmann señalaba que cuando los esquizofrénicos escuchan voces en India, estas suelen ordenarles que limpien la casa, mientras que los estadounidenses suelen ser más proclives a que les digan que deben ser violentos. La cultura importa”.

Claro, la cultura importa. Cuántos de estos malentendidos y situaciones abusivas se evitarían si las convenciones culturales no dictaran que los hombres deben de ser seductores insistentes y violentos, que las mujeres deben ser púdicas, que deben ser conquistadas poco a poco y que deben resistirse y esconder sus deseos. Cuánto daño nos ahorraríamos si los hombres no sintieran que las mujeres son objetos y están ahí para ser disfrutadas y poseídas y maltratadas a placer, porque eso les han repetido todos los días de su vida. Si las mujeres no sintieran que están para ser disfrutadas y poseídas y maltratadas a placer, que así debe ser y que deben disfrutarlo, porque eso les han repetido todos los días de su vida.

La escritora e ilustradora española Paula Bonet cuenta que estaba un día en una mesa redonda y ante los comentarios machistas de alguien en el público levantó el brazo y dijo algo que nunca antes había dicho en público: “‘Abusaron de mí’. Silencio. ‘En un aula. Y parte de esto lo hago para que los institutos y las universidades sean un lugar seguro, para que ninguna mujer viva lo mismo’”. Al menos el objetivo está claro: que nunca más una mujer tenga que pasar por eso. Nunca más. No sé si podemos, o cómo podríamos ir más allá del miedo útil que causan en los hombres estas denuncias espontáneas, estos despidos en masa, estos tendederos que me parecen a la vez tan importantes, tan liberadores y tan terribles. De pronto me encuentro a mí misma pensando en el caso de Bonet, en el caso de mis amigas a las que casi matan a golpes estudiantes de doctorado, maestros en literatura, reconocidos escritores con cátedras universitarias, y no puedo evitar la voz que dice en mi cabeza: de ser necesario, que así sea; que no haya más profesores amigos, que paguen justos por pecadores, con tal de que podamos vivir sin miedo. Con tal de poder ir sin miedo al baño después de las 6 pm y a la hora que sea. Al menos durante un tiempo, hasta que las cosas sean distintas. Hasta que logremos, como decía Ursula K. Le Guin, reescribir el mundo. Mañana es ocho de marzo y cada día estamos más cerca.

• Virginie Despentes, Teoría King Kong, México, Literatura Random House, enero 2019, 176 p.

• Camille Paglia, Feminismo pasado y presente, trad. de Gabriela Bustelo, Barcelona, Turner, marzo 2018 (distribución en México 2019), 96 p.

 

Jazmina Barrera
Autora de Cuerpo extraño y Cuaderno de faros.

Leer completo

18 julio, 2017

Yaquina Head

cuaderno

A través de notas de viajes, recuerdos diversos, múltiples lecturas y referencias históricas, Jazmina Barrera ensaya en Cuaderno de faros (Fondo Editorial Tierra Adentro) sobre torres en las costas, casas de la luz, dotadas de un simbolismo que atraviesa la historia de la literatura. Publicamos un fragmento del libro, del que Antonio Muñoz Molina afirmó: “Barrera ha tejido un relato a la vez informativo y poético”.


Llegamos a Portland a hospedarnos en casa de Willey, el novio de mi tía. Willey había sido médico militar y Black Panther en su juventud; todos los días realizaba la misma rutina que incluía un desayuno abundante de huevos con tocino, sémola de trigo y pan tostado, la lectura de un periódico, y dos o tres cigarros en el balcón de su casa.

Yo no fumo, pero el primer día que pasé en esa casa estuve un largo rato en el balcón mirando el río lleno de barcos y aves marinas. Supongo que fue como fumar. Al día siguiente, tomamos la carretera hacia el sur. Mi primo, que mide dos metros, y yo, íbamos aplastados en el diminuto asiento trasero de la pickup roja que Willey llamaba my baby. Pasamos una noche en el hotel cubierto de nieves perpetuas donde filmaron El resplandor, junto al cráter de un volcán dormido que se convirtió en un lago de color azul zafiro.

Volví a Portland dos años después. Mi madre, mi tía, Willey y yo fuimos al pueblo costero de Newport. Era septiembre. En la misma pickup atravesamos una carretera boscosa y nos detuvimos a comer marionberry cupcakes, hechos con la baya endémica del lugar, en un diner a la mitad de la autopista, atendido por un par de viejitos amables. Recuerdo que iba con los audífonos puestos y veía pasar bosques sin hojas, de troncos oscuros, luego blancos y al final rojos. Llegamos a Newport, nunca había estado ante un mar así de gris, así de frío. Incluso en verano la niebla inundaba el pueblo entero y hubo que buscar el hotel entre las nubes.

*

He fracasado en casi todas mis colecciones. De chica me impresionaban los niños que tenían todos los muñecos de los Caballeros del Zodiaco o las series de juguetes coleccionables que venían en las bolsas de papas. Me esmeraba, pero nunca logré ese tipo de proezas. Dos colecciones que llegaron lejos fueron la de piedras preciosas (hoy sé que casi todas eran distintos tipos de cuarzo) y la de canicas. Me fascinaban los colores y las texturas, quizás por eso me concentré en ellas. También prosperó la colección de flores secas, que aún conservo y que tiene ejemplares de varios jardines de mi vida.

La colección más grande que tengo es la de libros. De niña solía leerlos el mismo día que los compraba. Hasta mi adolescencia, todos los ejemplares que tenía los había leído. Llegó un momento en que comencé a tener más libros que tiempo para leerlos, y pronto me di cuenta de que probablemente nunca llegaría a leer todo lo que había en mi biblioteca (hay una palabra en japonés para eso: tsundoku). Ahora puedo distinguir entre dos colecciones: la de los libros en sí —los objetos— y la de las experiencias de lectura, que también se codician y acumulan. 

*

No conocía los faros, pero ya había soñado con uno cuando era niña; estaba abandonado y lejos de la costa. Debajo tenía un jardín y una casa donde vivía con mis padres. En el sueño le preguntaba a mi padre qué había encontrado en su ronda por los cuartos derruidos. Él me respondía que sólo el esqueleto de un murciélago. Yo insistía en aclarar que el animal ya estaba muerto, pero él decía para sí mismo, como en el trailer de una película de terror: “muerto, pero vivo”. Se veía la punta del faro: un ático oscuro en donde el esqueleto de un murciélago batía con sus manos huesudas una pócima en un caldero. La cámara hacía entonces un acercamiento al cráneo, que decía con voz chillona: “estoy preparando venganza para quien me mató”.

*

Melville, en Moby-Dick, dice que los seres humanos comparten una atracción natural hacia el agua. En cierto momento, Ishmael explica por qué se gastan ahorros y aguinaldos en visitar ese lago azul zafiro sobre el cráter seco de un volcán, una cascada tan alta que el agua se evapora antes de tocar las rocas, un conjunto de pozas donde viven seres diminutos y prehistóricos en medio del desierto, un cenote perdido en la selva. Explica el asombro ante el color que ahora llamaríamos International Klein Blue y el turquesa de la laguna de Bacalar, en Quintana Roo. Todos los caminos conducen al agua, dice Ishmael: “Y la razón por la que nadie puede resistirse a su cauce es la misma por la que Narciso se ahogó en su propio rostro: porque en el agua se dibuja el inaprensible fantasma de la vida”.

El don reflejante del agua le hizo pensar a Joseph Brodsky que si el espíritu de Dios se moviera cerca de la superficie, ésta tendría por fuerza que duplicarlo. Dios, para Brodsky, es tiempo; el agua es por lo tanto la imagen de éste y una ola que roza la orilla a medianoche es un pedazo de tiempo que surge del agua. De ser esto cierto, observar desde un avión la superficie del océano equivaldría a atestiguar el rostro intranquilo del tiempo.

Ninguna civilización costera, con lagos o ríos importantes, ha sido inmune a la necesidad de navegar las aguas, de explorar las extensiones de los mares, de transportar o transportarse sobre las olas. Y sin embargo los marineros se ven tan vulnerables en sus barcos como los pingüinos sobre la tierra. El agua, familiar y necesaria, es a la vez ajena y amenazante. A pesar de que constituye la mayor parte del cuerpo humano puede también quitarle la vida.

Los primeros faros surgen de un esfuerzo colectivo por advertir de zonas peligrosas, de costas y muelles cercanos. Los naufragios podrán ser hoy menos comunes, pero durante mucho tiempo eran el pan de cada día: 832 barcos al año en Inglaterra en 1853, según Jean Delumeau, que en su libro El miedo en Occidente cita a Pantagruel, el personaje de Rabelais, que confiesa su miedo al mar y a “esa especie de muerte, por naufragio” que le resulta terrorífica. Y agrega, citando a Homero, “cosa grave, aborrecible y desnaturalizada es perecer en el mar”.

Los infiernos de muchas mitologías están rodeados de agua, se llega a ellos navegando, porque, en palabras de Delumeau, en la antigüedad “el mar se asociaba en la sensibilidad colectiva a las peores imágenes de angustia. Estaba unido a la muerte, a la noche, al abismo”.

Los mayas construían monumentos que iluminaban por dentro para señalar dónde era riesgoso o posible desembarcar. Los celtas encendían fogatas para enviar mensajes a lo largo de la costa. Pero fueron los griegos quienes dieron su nombre a los faros.

Fuego que señala el fin del mar. Homero habla en La Ilíada de torres encendidas, con hogueras que había que resguardar, como el fuego sagrado en los templos de Apolo. Cuenta de una fogata en un sitio solitario, sobre un monte, que se aparecía a los navegantes que vagaban por el mar, “porque las tempestades los alejaron de sus amigos”, y que brillaba igual que el escudo de Aquiles, “visible hasta para los mismos dioses”.

Parece que durante la guerra de Troya había un faro a la entrada del Helesponto y otro más en el estrecho del Bósforo. Suetonio dice que existía un faro en la isla de Caprea, y Plinio el viejo habla de otros en Ostia y Ravena (advierte, además, del peligro de confundirlos con estrellas). Herodia no alude a “torres de luces que hay en los puertos, cuyo fuego orienta de noche a las naves”. De éstos desciende el faro que dio nombre a todos los siguientes: el Faro de Alejandría. En esa isla de Faros que visitó Odiseo, desde donde zarpaban “rumbo al mar abierto, las calibradas naves”, se encontraba el enorme faro guardián que Ptolomeo I, general macedonio de Alejandro Magno, mandó construir en el siglo III a. C.

Era una torre altísima de piedra kaddan y bóvedas de vidrio, de 135 metros de altura, con llamas que remataban la cumbre junto con una estatua resplandeciente del dios Helios. Cuentan que el arquitecto Sóstrato de Cnido grabó su nombre en la piedra, la enyesó y encima escribió el nombre de Ptolomeo, sabiendo que el yeso eventualmente se desprendería y sobreviviría en cambio su nombre. El fuego permanecía vivo día y noche, y los barcos podían verlo hasta 56 kilómetros antes de llegar a la costa. Sobrevivió más que los jardines colgantes, más que cualquier otra de las siete maravillas, hasta que en 1323 un terremoto lo derrumbó. Pero Alejandría será siempre la ciudad del faro, inscrito en la historia como un enorme fantasma.

“Las mismas calles y cuadras arderán en mi imaginación, igual que el Faro arde en la historia”, dice el narrador de Justine, primera novela del Cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell. En ella la protagonista se funde con la ciudad, seductoras ambas, tempestuosas e inalcanzables.

Después comenzaron a brotar faros en distintas partes del mundo. En Roma y otras tierras aledañas se colocaban torres altas a la entrada de los puertos imitando la de Alejandría, como la torre de Hércules en La Coruña. Se dice que el emperador Calígula, en su locura, le declaró la guerra a Neptuno. Quiso insultarlo recogiendo conchas en la orilla, pero como Neptuno no respondió, el emperador decidió que había ganado. “Como testimonio de su victoria construyó una altísima torre en la que encendieron por las noches, a manera de faros, luces para dirigir la marcha de las naves”. 

Los faros funcionaban primero con leña, luego con carbón y más tarde con brea. Después vinieron las lámparas de petróleo y de gas, y cuando pudo generarse energía eléctrica comenzaron a funcionar con bombillas. La luz que emiten éstas es amplificada por los lentes de Fresnel: fantásticas cabezas vítreas que parecen monstruos prehistóricos y que pueden llevar la luz varias millas mar adentro.

Los faros más antiguos que nos quedan provienen de la Edad Media. Las almenas a veces tenían fogatas que servían para avisar a los barcos de la cercanía de la costa. En ese tiempo los monjes cuidaban los faros, por voluntad propia y buena fe. Su esfuerzo se contraponía a la actitud de los monarcas, quienes se adjudicaban el derecho a poseer todo lo que naufragara sobre sus costas (hombres y mujeres incluidos). De ahí que prosperaran tierras como Normandía, donde las corrientes bruscas con frecuencia hacían naufragar a los navíos. Al mismo tiempo, en China se edificaban pagodas gigantes que servían de faros.

En 1321 se construyó en Génova la Lanterna, cuyo farero a mediados del siglo XV fue Antonio Colombo, según varias fuentes tío del marinero Cristóbal Colón.

 

Jazmina Barrera
Escritora. Ha publicado Cuerpo extraño y Cuaderno de faros.

Leer completo