Tras la muerte del poeta nicaragüense, ofrecemos este nutrido retrato de su vida y obra entrelazadas, su lugar en la historia de la literatura latinoamericana y el significado de su poesía “exteriorista”.

Ernesto Cardenal fue una de las voces más poderosas e influyentes que ha dado América Latina.  Nació en una familia de poetas: de parte de padre, era primo de Pablo Antonio Cuadra (1912-2002), y de parte de madre, primo de José Coronel Urtecho (1906-1994), fundadores ellos dos, con Joaquín Pasos (1914-1947) —a su vez primo de Cuadra—, de la vanguardia nicaragüense.  Cardenal formaría parte de la generación posterior, la del 40, que integran también Ernesto Mejía Sánchez y Carlos Martínez Rivas —este último, autor del excelente poemario, La insurrección solitaria (1953). Estos escritores conformaron una gran tradición poética nicaragüense en el siglo XX, por supuesto todos herederos de Rubén Darío, el fundador de la poesía hispanoamericana moderna.

La poesía en Nicaragua deriva de la gran influencia de la poesía norteamericana; el propio Darío lo señalaba en relación a Walt Whitman en las “Palabras liminares”, de sus Prosas profanas. Más que la veta francesa del simbolismo, los poetas malditos y posteriormente del cubismo, dadaísmo o surrealismo, el futurismo italiano o ruso, y el expresionismo alemán, a los nicaragüenses les interesó la poesía de T.S. Eliot, Ezra Pound y William Carlos Williams. Urtecho habría de regresar de Estados Unidos, en 1927, y publicaría “Oda a Rubén Darío” ese mismo año, para bajar del Olimpo al venerado poeta, en una especie de poema parricida, no exento de admiración —“Te amo./ Soy el asesino de tus retratos”—, que intentaba con humor y escarnio llevar a la calle los vestidos fastuosos y los adornos darianos.

Cardenal habría de crecer justo en ese ámbito de la ciudad de Granada, donde aparecerían manifiestos que buscaban romper los moldes con lo anterior. Cuadra y Urtecho lo ayudaron a forjarse como escritor. Muy joven viaja a México para estudiar su licenciatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (1942-1946). Se gradúa con una tesis sobre la nueva poesía nicaragüense. Luego sigue sus estudios en literatura en lengua inglesa, en Columbia University (1947-1949), fundamentales para su desarrollo posterior, puesto que sienta las bases de su poética afín a la de Ezra Pound. Junto con Urtecho, fundarán la llamada “poesía exteriorista”, semejante a la poesía objetivista norteamericana. Aunque no publicaron un manifiesto expreso, Cardenal habló del exteriorismo en diversos escritos. Se trata, según él, de una poesía objetiva, narrativa y anecdótica. Sus principios serían: uso de imágenes concretas y directas; empleo de materiales muy diversos que abren el poema a nuevas posibilidades expresivas; y exploración de una temática y lenguaje derivados de la vida diaria. Se trata, como diría José Emilio Pacheco —y no en forma exclusiva sobre Cardenal o los nicaragüenses, sino ampliado a un espectro latinoamericano— de la “otra vanguardia”: planteada luego como “antipoesía” —con los Poemas y antipoemas de Nicanor Parra (1954)— o “poesía conversacional”, “dos cosas afines, aunque no idénticas”.

Cardenal regresa a Nicaragua a fines de 1949 y se involucra políticamente contra la dictadura de Anastasio Somoza. Participa en la llamada “conspiración de abril”, en 1954, un intento infructuoso de suplantar al dictador. Los jóvenes revolucionarios son capturados, encarcelados, torturados o asesinados. Cardenal logra escapar, se mantiene en la clandestinidad y luego sale al exilio. Se va, casi como un contrapunto de su actividad política, a un monasterio trapense, la Abadía de Getsemaní, en el Estado de Kentucky (1957-1959), bajo la guía del sacerdote y poeta Thomas Merton. Las circunstancias de austeridad y el clima frío propician que después de dos años Cardenal se mude a Cuernavaca (1959-1961) para seguir estudios de teología en un monasterio benedictino. Culmina esa etapa de su educación religiosa en Antioquia, Colombia (1961-1965), ordenándose como sacerdote en Managua, en agosto de 1965. A partir del año siguiente, funda la comunidad de “Nuestra Señora de Solentiname”, en el archipiélago homónimo —en el Gran Lago de Nicaragua—, una especie de laboratorio social con pintores primitivistas y pescadores. Cardenal se inspiraría en la teología de la liberación para propugnar cambios sociales y políticos que aspiran a una sociedad más igualitaria y justa. Cortázar habría de escribir “Apocalipsis en Solentiname”, un hermoso cuento inspirado en esa experiencia comunal, que casi como vaticinio se tornaría violenta y de horror, con el exterminio propiciado por la guardia somocista en 1977. Justo en esa época, Cardenal declara su adhesión pública al Frente Sandinista de Liberación Nacional, que habría de derrocar al dictador finalmente en 1979. Asume, entonces, el cargo de Ministro de Cultura, hasta la primera derrota electoral del sandinismo en 1990. Nunca abandona sus ideales revolucionarios. Tristemente, el gobierno actual de Daniel Ortega y de Rosario Murillo habría de derivar en un régimen autoritario, que sería denunciado por Cardenal, además de otros escritores como Sergio Ramírez y Gioconda Belli. El poeta murió amargado por saber que los ideales por los que luchó fueron vilipendiados por sus propios compañeros. En el poema “Apocalipsis” —de los años 1960— lo había profetizado:

Y el ángel me dijo: esas cabezas que le ves a la Bestia son dictadores
y sus cuernos son líderes revolucionarios que aún no son dictadores
pero lo serán después.

El compromiso político y la poesía coloquial ya prefiguraban desde el Modernismo, con el propio Darío (“Oda a Roosevelt”) o José Martí, pero fue mucho más preponderante en Pablo Neruda y César Vallejo. El peruano le quitó lo pomposo a la poesía, la hizo más “humana”, animalizándola, haciendo del cuerpo —el individual y el colectivo— un nudo que abordaba a través de su fractura enfermiza. En Canto general (1950), Neruda hizo el gran mural de la historia latinoamericana en el contexto de la Guerra Fría, como una especie de profeta redentor. Cardenal será su continuador, en términos políticos; ejercerá su poesía también como denuncia, pero articulándola de manera diferente, con dos recursos que le serán idóneos:

1) el prosaísmo y la narratividad que se ejercen como generadores de una poesía/ prosa que cuenta como si se tratara de una crónica y que lleva al lector de la mano, con un lenguaje cotidiano o conversacional;

2) la intertextualidad, que actúa como generadora de un discurso que lo absorbe todo, incorporando información muy variada, que incluye notas periodísticas, referencias históricas, anuncios, diálogos y otras fuentes.

Detrás de ello estaba, por supuesto, la fuerte influencia de Ezra Pound, il miglior fabro, el gran hacedor, como lo llamaría T.S. Eliot. De la rebelión contra las dictaduras en Centroamérica seguirá más tarde la cultura de la Revolución Cubana que impuso un estilo de escritura, y con él anuló poéticas disidentes, ya sea en el intraexilio de José Lezama Lima o Virgilio Piñera; o en la de exiliados como Heberto Padilla o José Kozer. Cardenal sentía una especie de hermandad con los poetas de la isla, fungiendo también como editor de la antología Poesía cubana de la Revolución (1976). Después de la poesía que derivaba del surrealismo —interiorista acaso— de los años 1940 y 1950, en los 60 y 70 abundó la poesía política y conversacional en todos los ámbitos del continente, con excelentes versiones en Efraín Huerta (México), Carlos Germán Belli (Perú), Roberto Fernández Retamar (Cuba), Jaime Sabines(México), Rosario Castellanos (México), Mario Benedetti (Uruguay), Juan Gelman (Argentina), Roque Dalton (El Salvador), Claribel Alegría (Nicaragua/ El Salvador), Enrique Lihn (Chile), José Emilio Pacheco (México), Nancy Morejón (Cuba), Pedro Shimose (Bolivia), Antonio Cisneros (Perú), entre muchísimos otros. Cardenal estaba en el epicentro de ese panorama.

La obra poética de Cardenal es vasta. Le gusta iniciar sus antologías con Epigramas (1961), aunque éste no haya sido su libro inicial, de poemas políticos, mordaces, con gran ironía. Develaban un autor que podía burlarse aun de sí mismo:

Me contaron que estabas enamorada de otro
y entonces fui a mi cuarto
y escribí este artículo contra el Gobierno
por el que estoy preso.

O en otro texto ve lo patético y absurdo del poder dictatorial: “Somoza desveliza la estatua de Somoza en el Estadio Somoza”. En Hora 0 (1957, publicado en 1960), uno de sus poemas célebres, se torna más serio en la denuncia. Después de un interludio sobre los dictadores centroamericanos de 1930 y 1940, hace referencia a la fundación de la industria bananera y la injerencia de la United Fruit Company en la política de los países de la región, para luego relatar la sublevación de Augusto César Sandino contra la ocupación de los marines de Estados Unidos en Nicaragua (1931), su eventual asesinato e instauración de la dictadura de Anastasio Somoza bajo complicidad norteamericana; y concluye con la rebelión de abril de 1954. A pesar de la derrota, el poema proclama a Sandino como mártir que habrá de retoñar, presuponiendo la utopía revolucionaria, a través de la hora 0, la del cambio: “el héroe nace cuando muere/ y la hierba verde renace de los carbones”. Todo ello como crónica que reúne documentos de los hechos.

En la poesía que siguió —como Salmos (1964) y Oración por Marilyn Monroe y otros poemas (1965)— Cardenal se convirtió en un crítico agudo de la vida burguesa americana, regida por el consumismo. Son excelentes poemas que intentan revertir la actitud de complacencia cotidiana, una especie de adoctrinamiento político que revela la inversión de valores de los que siguen el sistema de la sociedad sin cuestionarlo, como sucede en “Murder, Inc”, que relata la vuelta a casa —donde esperan “tu esposa y tu refrigeradora rumorosa y repleta/ tu living-room confortable y tu highball y tu radio”— de un hombre después de su jornada laboral, y que escucha el programa de crímenes, para paulatinamente darse cuenta que el criminal al que buscan es él mismo, que se encuentra cómodamente en su casa. “Oración por Marilyn Monroe” sería uno de los poemas emblemáticos al respecto; analiza el suicidio de la actriz como víctima de la manipulación que había hecho de ella la industria cinematográfica y la participación indirecta de todos sus espectadores que se convierten en cómplices de su opresión.

La poesía épico-narrativa, en El estrecho dudoso (1966), Homenaje a los indios americanos (1969), Canto nacional (1973) y Óraculo sobre Managua (1973), hará una revisión histórica —reescritura palimpséstica, diría José Miguel Oviedo, el crítico peruano que falleció, ay, hace un par de meses— que obedece al replanteamiento histórico de las exploraciones, conquistas y colonización de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y México, ampliamente documentada e incorporada con una gran cantidad de fuentes (en El estrecho dudoso).  Poesía narrativa que quisiera (en Homenaje a los indios), rescatar el pasado indígena, idealizándolo, como si pudiera visualizarse en estado prístino, antes de la corrupción que trae el dinero y el consumo del capitalismo. En “Economía de Tahuantinsuyo”, por ejemplo, se refiere a una sociedad que no usa el dinero:

porque no hubo comercio ni moneda
no hubo
la venta de indios
Nunca se vendió ningún indio
Y hubo chicha para todos

No conocieron el valor inflatorio del dinero
su moneda era el Sol que brilla para todos
el Sol que es de todos y a todo hace crecer
el Sol sin inflación y deflación; Y no
esos sucios “soles” con que se paga al peón (que por un sol peruano te mostrará sus ruinas)

Muy diferente del célebre “Alturas de Macchu Picchu”, en que Neruda profetiza desde las ruinas incaicas y predica la explotación de los hombres para convertirse en el portavoz de los oprimidos (“Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta”), Cardenal se orienta hacia la idea del comunismo primitivo de las sociedades antiguas, tal como lo entendía Karl Marx. En ese tono idealizado, el poema “Nezahualcoyotl” es uno de los más hermosos homenajes que se han hecho del rey-poeta de Texcoco:

El Poeta Coyote-Solo pedía una luz
Aunque sea una lucecita pequeña de tamaño de luciérnaga
para buscar al verdadero dios.

En sus últimos libros, Cardenal reunió su afán religioso con el del conocimiento científico del mundo. Según varios de sus críticos, Cántico cósmico (1989) es su obra magna, un enorme poema de más de 400 páginas, con tipografía apretada y letras pequeñas. Arturo Dávila, en su memoria de Cardenal, ahonda en este libro.

El proyecto vital, religioso, poético, revolucionario, de Ernesto Cardenal no dejó indiferente a nadie. Se mantuvo incólume en su aspiración por una sociedad más igualitaria, donde los poderosos no ejerzan el poder sobre los débiles. Su poesía es retrato de ese afán. Sus restos descansarán en la isla de Mancarrón, en Solentiname, donde quiso que el bienestar gobernará a través de las artes y las letras. Noble sitio para dejar que su alma descanse en paz.

 

Jacobo Sefamí
Profesor de la Universidad de California, Irvine. Sus libros más recientes son Por tierras extrañas (UNAM, 2019) de relatos y crónicas; Mili, en lo inacabado lo mutante (Bonobos, 2019) de poesía; y El camaleón y la esponja: David Huerta (Universidad del Claustro, 2019), antología poética acompañada de ensayos y entrevistas.

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