Este año se han conmemorado los centenarios de distintos movimientos revolucionarios y sus consecuencias sobre el mundo contemporáneo. Entre ellos, no podemos olvidar al surrealismo, que se asomó con determinación en 1917 gracias a la Introducción al discurso sobre la poca realidad de André Bretón, y que se introdujo como un cartucho de dinamita en el racionalismo del siglo XX. A continuación repasamos la particular revolución emprendida por una parte de la élite burguesa europea, que lo único que quería era, literalmente, soñar.

¿En qué consistía el asalto surrealista a la modernidad? Es bien sabido que el enemigo acérrimo de esta vanguardia era la razón. La suya no era una batalla desde la cuna de la racionalidad ilustrada ―la crítica racional― sino desde la poesía, justamente desde la expresión irracional. En vez de obedecer a una responsabilidad intelectual, manifestaba la exigencia de una pasión colérica. El orden racional es derruido a través del automatismo, de una especie de pensamiento onírico y espontáneo, libre de cualquier control de la conciencia: la escritura automática, a la que recurrió la poesía, tuvo su equivalente en el collage, el frottage y el método pánico-crítico, que se plasmó en las artes plásticas.

Por su propio lugar de partida, la obra surrealista es un sinsentido para el punto de vista común. Más aún, como lo apunta Georges Bataille, resulta “molesta pero en el fondo carece prácticamente de importancia que irrite a los débiles: no es más que una ‘consecuencia inevitable’, por lo demás deseable y dichosa.”1 Lo interesante del escándalo está en el efecto transformador que tiene shock: el sinsentido irrumpe, se adentra a través de los sentidos para desquebrajar a la lógica racional. De este modo, hay una doble potencia subversiva en el arte surrealista: en su génesis y en su resultado. Es así como termina por sustraer “el espíritu del hombre a cualquier otro fin que no sea el poético.”2 Bretón lo definió en el Primer Manifiesto Surrealista de 1924:

Surrealismo, sustantivo, masculino. Automatismo psíquico puro mediante el cual se intenta expresar verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo el funcionamiento real del pensamiento. Dictado mental sin control de la razón, más allá de cualquier consideración estética o ética.

Enciclopedia. Filosofía. El surrealismo se funda en la creencia en la realidad superior de ciertas formas de asociación anteriormente desatendidas, en la omnipotencia del sueño, en el juego sin finalidad determinada del pensamiento. Aspira a la destrucción definitiva de todos los mecanismos psíquicos y pretende ocupar su lugar en la solución de los problemas fundamentales de la vida.

Desde el principio estableció que el movimiento buscaba “ocupar su lugar en la solución de los problemas fundamentales de la vida”, dejando claro con ello que al surrealismo no le bastaba con incidir en el arte, sino que pretendía encabezar una revolución moral y social. A diferencia de muchas otras corrientes del arte o del pensamiento, uno de los méritos de los surrealistas es haber creado y sostenido un movimiento al que estaba ligada su propia existencia, pues implicaba una forma de vida que admitía lo lúdico y lo creativo. Buena parte de sus miembros hablaban del estricto código moral que regía entre ellos, aunque su contenido nunca quedó definido. Buñuel, por ejemplo, describió en su autobiografía una moral que exaltaba de la pasión, la reivindicación de cosas como el insulto y la risa:

Lo que más me fascinaba de nuestras discusiones en el Cyriano [café parisino en el que se reunía el grupo] era la fuerza del aspecto moral. Por primera vez en mi vida, había encontrado una moral coherente y estricta, sin una falla. Por supuesto, aquella moral surrealista, agresiva y clarividente, solía ser contraria a la moral corriente, que nos parecía abominable, pues nosotros rechazábamos en bloque los valores convencionales. Nuestra moral se apoyaba en otros criterios: exaltaba la pasión, la mixtificación, el insulto, la risa malévola, la atracción de las simas. […] Todos nuestros gestos, nuestros reflejos y pensamientos nos parecían justificados, sin posible sombra de duda. Todo se sostenía en pie. Nuestra moral era más exigente y peligrosa, pero también más firme, más coherente y más densa que la otra.”3

En un intento de definirla, Bataille habla de la moral del instante. Ya el utilitarismo racionalista, sustento de la civilización occidental, había dejado claro que el actuar y el pensar eran una serie de eslabones que se hilvanaban siempre hacia la consecución de un fin. Todo ha de ser útil. En todo actuar y pensar, el hombre imprime su naturaleza racional, instantes que, en conjunto, irremediablemente tienden hacia un fin progresivo. En el mundo racional, sin embargo, no cabía la posibilidad de darle valor al instante, al aquí y ahora efímero; por el contrario, el valor siempre se deriva del fin que se persigue. El surrealismo recupera —según el filósofo francés— una antigua libertad poética propia de la tradición mágica (relegada al exilio tras el arribo del racionalismo) pero que aparecía siempre asociada a una moral trascendente y ataba el instante a un fin último: la salvación.

Lo que logra el surrealismo es “desprender la libre actividad del espíritu de tales servidumbres”, rescatando el instante en cuanto a sí.4 ¿Qué, si no la libre entrega y fusión con el preciso momento, es el automatismo?

Si no la sojuzgo, la libertad existirá: es la poesía; como las palabras han dejado de servir a algún significado útil, entonces se desencadenan y tal desencadenamiento es la imagen de la existencia libre, que se entrega únicamente en el instante. Esta aprehensión del instante –en el que al mismo tiempo la voluntad se desprende– tiene indudablemente un valor decisivo. […] Si realmente destruimos la servidumbre a la que la existencia del instante se ve sometida por la actividad útil, el fondo se revelará repentinamente en nosotros con un insoportable resplandor. […] La aprehensión del instante no podría diferenciarse del éxtasis.5

Más allá de las interpretaciones filosóficas del surrealismo, lo cierto es que estas ideas se plasmaron lúcidamente de forma artística, marcando el arte del silgo xx. En el automatismo, por ejemplo, se encuentran los orígenes del “surrealismo abstracto” de Miró, Hans Arp y André Masson. Por otro lado, la representación de la vida onírica marcó estilísticamente la obra de Dalí, Magritte, Tanguy, Delvaux, así como a la filmografía de Buñuel (Figura 1). De igual forma, mientras André Breton y Paul Éluard exploraban en la poesía irracional dándole rienda suelta a la “escritura automática”, Max Ernst se sumergía magistralmente en la creación a partir del collage y el frottage (Figura 2). A la par, desde Estados Unidos Man Ray incursionaba en la fotografía con la técnica “rayografía con su objeto” donde la luz del objeto era captada por sí sola, sin mediación de la racionalidad del artista. Retomando el planteamiento bretoniano del Segundo Manifiesto Surrealista (1929) de que el surrealismo permitiría a la fantasía “vengarse brillantemente de lo inanimado”, se originó el “misticismo de lo inanimado” que se expresó claramente en Magritte y Dalí, quienes a través de la agrupación de objetos heterogéneos y de formas complejas, exploraban los “enigmas de lo cotidiano y los resultados mágicos de lo ya conocido en un nuevo contexto.” Ancladas también en el rescate de la búsqueda mística y sensibilidad onírica, estaba la pintura de Remedios Varo y Leonora Carrington, de las pocas pero notables artistas femeninas que formaron parte del grupo y exposiciones surrealistas.

Figura 1: Shots del cortometraje Un chien andalou, Luis Buñuel y Salvador Dalí, 1929.


Figura 2: L’évadé (Histoire Naturelle), Max Ernst, 1926. (Frottage). Fuente: MoMA.

Otra vía surrealista para dislocar la estructura mental racional fue la yuxtaposición de técnicas: escritura y pintura, donde las rupturas entre lo visto y lo escrito o entre el objeto y su representación, como plantea Magritte en cuadros como Ceci n´est pas un pipe o La clé des songes (Figura 3), ponen a la razón en jaque. Ésta es arrojada al abismo del sinsentido por su incapacidad de comprender la realidad. ¿Qué es real: el objeto o su representación lingüística? En todo caso, el resultado en el espectador sería, si no de molestia e indignación, cuando menos de vértigo e incomodidad. Hay en el surrealismo una invitación a asomarse al borde de la frontera trazada por la civilización que existe entre ella y el caos, lo desconocido e ingobernable del más allá, o incluso del propio interior, aquel abismo entre lo consciente y lo inconsciente. Si bien lo segundo ha sido desterrado por el manto ilusorio del progreso y el control, no por ello deja de existir y mover al hombre. Desde múltiples disciplinas, pero siempre partiendo de una negación de la razón desde la técnica, el surrealismo significó un desbordamiento de creatividad, tan sobresaliente como radical,  de la mano de una explosión de fuentes irracionales de la actividad creadora.  Esto, como lo dijera el propio Max Ernst, trascendió por mucho la innovación técnica, de modo tal que el cuadro, el poema, la imagen o los objetos, pronto abandonaron su condición de piezas para convertirse “en paradigmas de la mentalidad surrealista.”6


Figura 3: Esta no es una pipa (Ceci n´est pas une pipe), René Magritte, 1928. Fuente: Deviant Art

Por otro lado, este cuerpo de “anit-valores” materializados en el arte surrealista surgieron en oposición a lo que los artistas leían como la hipócrita moral dominante. De ahí la importancia del escándalo burlesco, irónico e irreverente contra su principal enemigo: la burguesía. Ya lo decía Dalí: “El payaso no soy yo, sino esta sociedad tan monstruosamente cínica e inconscientemente ingenua que interpreta el papel de seria para disfrazar su locura”.7

En la reivindicación del escándalo y del sueño como parte extensiva de la vigilia (único aspecto de la vida reconocido como real por estar dentro de los confines de la racionalidad), estos artistas veían un potencial para quebrantar los tabúes mediante los cuales era “sujetada la soberanía” individual (por traer a colación el término foucaultiano). Así, hubo campañas surrealistas que hacían decir a los muros parisinos: «¡Padres! Cuéntenle sus sueños a sus hijos» (Figura 4) o «Abra la boca como un horno y de ella saldrán almendras» (Figura 5). Una dirección apuntada en los letreros llevaba a la Oficina de Investigaciones Surrealistas en París, desde la cual el batallón de surrealistas creaba y pegaba publicidad en las calles para poner a pensar a los transeúntes. Se trataba de afirmar la posibilidad y necesidad de despertar el inconsciente, reivindicando el sinsentido y los sueños como fuentes de conocimiento, dignas de enseñarse no pese a, sino precisamente por su naturaleza irracional.

Figura 4: ¡Padres! Cuéntenle sus sueños a sus hijos (Parents ! racontez vos rêves à vos enfants).

Figura 5: Abra la boca como un horno y de ella saldrán almendras (Ouvrez la bouche comme un four il en sortira des noisettes).


Fuente: Association Atelier André Breton, “Papillons surréalistes”, Paris, diciembre de 1924.

He aquí un punto de fractura fundamental con el paradigma de la modernidad. Los artistas que coincidieron en París en el periodo entreguerras compartían un profundo desprecio por la sociedad burguesa y materialista a la que no solo responsabilizaban de las causas y consecuencias de la Primera Gran Guerra, sino que “por la superficialidad autocomplaciente de su vida y por su fe en la omnipotencia de los logros técnicos y científicos, sucumbió a una degeneración.”8 Con una actitud francamente anarquista, una parte disidente de la burguesía se rebelaba contra la propia burguesía.

Sin embargo, un movimiento centrado solo en reprobación moral y lúdica, difícilmente podría haber aspirado a derruir los fundamentos de la civilización occidental y se agotaría en la habladuría. Al final de cuentas, todo escándalo reiterado termina por normalizarse. La búsqueda de una salida a este dilema explica el aspecto político del surrealismo, más concretamente, su andar por el camino del marxismo, lazo que se plasmó en 1920, con una colaboración entre la revista francesa La révolution surréaliste con su homóloga comunista Clarté. La mayoría de los surrealistas se identificaban ideológicamente con la izquierda, postura que se reveló en performances, manifestaciones o en piezas de denuncia a la injusticia social, de defensa del proletariado y de temática sexual. Basta pensar en Los Olvidados, de Buñuel o en Les Reines de la main gauche (1924), del escritor Pierre Naville o en André Breton que, ya en su época tardía, junto con Diego Rivera y Trotsky, impulsó el Manifiesto por un Arte Revolucionario Independiente en México. Pero este vuelco político se produjo no sin desacuerdos y rupturas cruciales al interior del grupo que, sumados a la ola de exilios de la Segunda Guerra Mundial, provocarían su desarticulación.

Para los surrealistas, en un mundo dividido por la escuadra y el riel, controlado por cerebros y máquinas, había que liberar al espíritu del yugo racional, al proletario de la miseria, a los impulsos de la represión. Ese mundo clamaba una revolución. Sin embargo, no todos estaban de acuerdo en que la solución fuera en el materialismo histórico. Y es que el planteamiento surrealista difícilmente se podía hilvanar con el marxismo sin contradicciones obvias. Por ejemplo, el hecho de que el marxismo sea esencialmente un planteamiento utópico racionalista, por lo que entraña la noción de “fin último” relacionado con el progreso y la igualdad que los surrealistas contradecían con su apología del instante. El marxismo implica controles racionales externos e incita a actuar a la gente de determinada forma en pos de la esperanza de un mundo mejor. Mientras que para los marxistas el mundo estaba bien anclado en la conciencia, el universo surrealista se rige por los impulsos. Además, de acuerdo al fotógrafo Brassaï, el arte surrealista pronto fue absorbido por la propia dinámica burguesa, abandonando sus intenciones iniciales de solidaridad proletaria.

Ya para “1933, ―dice— el surrealismo no era una revolución salvaje, sino una revolución triunfante, cuyos impulsores disponían de poder. [Por ejemplo, aquella] La lujosa publicación que no quedaba al alcance de los bolsillos de los proletarios, solo podía dirigirse a un ambiente de esnobs con títulos y dinero, a los primeros mecenas y coleccionistas de obras surrealistas.”9

Más allá de las contradicciones teóricas y las críticas que pudiera haber generado este viraje, lo cierto es que una revolución como la anhelada debía tender un puente entre las necesidades poéticas y las materiales. Al menos Breton lo tenía presente. Lo que él veía era un mundo en donde la poesía estaba divorciada de la actividad práctica. Citando nuevamente a la poesía argumentativa de Bataille:

A este mundo familiar dividido por la escuadra y el riel, en el que el objeto y el yo están separados, […] estamos infinitamente entregados: y nos hallamos tan perdidos en su profundidad que debemos reducir aquello que se le escapa. […] No por eso, mediante un artificio de pensamiento, deja de someter el universo ínfimo o inmenso a cada sensación de escuadra que gobierna la realidad. La única declaración que en tales condiciones no es del todo ridícula consiste en decir hasta qué punto el trabajo de las ciencias ha privado de verdad a este sólido mundo. […] De un enfangamiento tan sólido como este solo nos escapamos por la vía de la poesía. [Pero] no basta con que podamos alcanzar, por medio de algún método imprevisto, un mundo de pasión y de intensidad poética; lo que nos hace falta es mantener o, más exactamente, establecer entre una y otra esfera, una vía de paso: sin contraparte, la negación del mundo de la producción solo sería un suicidio o una mentira.10

Sería injusto e insulso juzgar el arte surrealista desde una reificación de sus supuestos o, peor aún, desacreditarlo en función de sus resultados. Lo relevante y profundamente cautivador del surrealismo para cualquier ojo sensible, pero sobre todo para cualquier alma libre y que valora el sentido del humor ácido y cínico, está en su apuesta por la liberación del espíritu frente al dominio racionalista que termina por asfixiar pulsiones tan irracionales como humanas. Se trata de rescatar al hombre de la automatización técnica mediante el automatismo poético.

El surrealismo fue parte de las oleadas estéticas y filosóficas que, desde el siglo XIX cuestionaron a la modernidad. Hay quienes plantean que fue tan duro su debilitamiento, que abrió paso a la posmodernidad,11 aunque falta ver si lo que hoy impera es efectivamente la muerte de la modernidad o más bien su radicalización. Lo que estas olas de cuestionamiento señalaban era a la necesidad de replantear las formas de organización y producción erigidas sobre la depredación y la opresión del supuesto progreso. Con ello no necesariamente se proponía la destrucción de un horizonte hacia el cual encaminar las aspiraciones y anhelos de bienestar humano. El surrealismo, por ejemplo, pese a defender el sinsentido a ultranza, en la década de los veinte, enarboló una utopía en la que se asoman las posibilidades para entender una revolución materialista capaz de erradicar la opresión desde el pensamiento poético. ¿Por qué tendría que ser una revolución tan rígida y lejana de lo afectivo?

El legado surrealista no está solo en su aporte formal al arte que, en todo caso, fue más un resultado que un punto de partida. Queda el testimonio de una de las apuestas generacionales más valientes y radicales del periodo entreguerras, un tiempo limítrofe entre las facetas más brutales de la humanidad, catástrofes que estos artistas veían en el horizonte antes de que sus consecuencias más devastadoras estallaran en la Segunda Guerra Mundial. Años después de aquel ingenuo idealismo, Buñuel, hablando en retrospectiva del surrealismo, dice:

A veces digo que el surrealismo triunfó en lo accesorio y fracasó en lo esencial. […] Reconocimiento artístico y éxito cultural que eran precisamente las cosas que menos nos importaban a la mayoría. […] Lo que deseábamos más que nada, deseo imperioso e irrealizable, era transformar el mundo y cambiar la vida. En este punto ―el esencial― basta echar un vistazo alrededor para percatarnos de nuestro fracaso. […] No podía ser de otro modo. Hoy medimos el ínfimo lugar que ocupaba el surrealismo en el mundo o en relación con las fuerzas incalculables y en constante renovación de la realidad histórica. Lo que me queda es, ante todo, el libre acceso a las profundidades del ser, reconocido y deseado, este llamamiento a la irracional, a la oscuridad, a todos los impulsos que vienen de nuestro yo profundo. Llamamiento que sonaba por primera vez con tal fuerza, con tal vigor, en medio de una singular insolencia, de una afición al juego, de una decidida perseverancia en el combate contra todo lo que nos parecía nefasto.12

*

A manera de conclusión de este repaso por las propuestas del surrealismo solo habría que subrayar la rinoceróntica importancia de la sandía primaveral que sonríe hacia la naturalidad burlesca de la retórica esencial del ser soliloquio, que apunta hacia el quebranto de la inmunda levedad del ser.

 

Ivonne Villalón
Consultora, artista y activista. Es internacionalista por el ITAM y Maestra en Arte y Política por la New York University.


1 Georges Bataille, “El surrealismo y su diferencia con el existencialismo”, en selecc. de Díaz de la Serna, Ignacio y Phillipe Ollé-Laprune, Para leer a Georges Bataille, México, Fondo de Cultura Económica, 2012, p. 437.

2 Loc. cit.

3 Luis Buñuel, Mi último suspiro, México, Debolsillo, 2012, p. 134.

4 G. Bataille, op. cit.¸448-450.

5 Ibid., 451.

6 Cathrin Klingsöhr-Leroy, Surrealismo, Colonia, Taschen, 2006, p. 9.

7 Ibid., p. 36.

8 Ibid., p. 7.

9 Ibid., pp. 22-23.

10 G. Bataille, op.cit., p. 460 y 461.

11 Véase, por ejemplo, Richard Rorty, Objectivity, relativism, and truth: philosophical papers, Cambridge, Cambridge University Press, 1995; Gilles Lipovetsky, La era del vacío. Ensayos sobre el individualism contemporáneo, México, Editorial Anagrama, 2002.

12 L.Buñuel, op. cit., p. 153 y 154.

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