En el diálogo que sigue la escritora ganadora del Premio Herralde 2019 nos descubre su fascinación por la mitología y la oralidad popular, caminos de la escritura larga y compleja de Nuestra parte de noche.

La escritora argentina Mariana Enriquez tiene la capacidad de nombrar eso con lo que todos convivimos pero no queremos mencionar. Surte de historias aquello que nos aterra: la muerte, las enfermedades, los fantasmas. También con lo que nos da pudor: el sexo, el morbo por lo desconocido.

Nuestra parte de noche, su novela más reciente y con la que ganó el Premio Herralde 2019, es una obra en la que conviven todas sus obsesiones. Esas que aparecieron desde títulos como Bajar es lo peor (1995) y que se mantuvieron hasta Este es el mar (2017). Una novela en la que los horrores de la historia argentina reciente conviven con el santoral pagano nacional y el rock británico. Una cachetada de espanto y realidad de 700 páginas, más placentera que dolorosa, con un fuerte arraigo latinoamericano, según las palabras de uno de los miembros del jurado, Juan Pablo Villalobos: “continuadora de una tradición que podríamos denominar como ‘La Gran Novela Latinoamericana’, esta novela pertenece a una estirpe de obras tan disímiles, pero igualmente ambiciosas y desmesuradas, como RayuelaParadisoCien años de soledad o 2666”.

Imanol Subiela Salvo: ¿Por qué decidiste trabajar en un formato tan extenso? Tus otras novelas son más breves.

Mariana Enríquez: Yo quería meterme a hacer en una novela larga por dos cosas: primero por la experiencia de inmersión en una novela larga, con todo lo que eso implica, como profundizar cosas que venís investigando y estar obsesionada con la trama; segundo, no quería escribir una novela breve, ni tampoco cuentos. Mis dos primeras novelas eran medianas y esa fue una experiencia que extrañaba un poco porque con los cuentos perdés esa obsesión de vivir en un mundo. El cuento es como salir un rato. Después también tenía ganas de contar bastante porque tengo cierto hartazgo de la narración breve en todo sentido, no sólo en extensión sino cuánto contás. Esas cosas breves que son muy de narracion tallerística.

IS: Esto último ¿te lo decís a vos misma o por el contexto actual de la producción literaria?

ME: Las dos cosas. Mi sensación era la de leer muchos libros súper cortos de una experiencia chica, de una escritura sencilla. Me pasó lo mismo que me pasó en la época de Bajar es lo peor que era la sensación de no tener ningún estímulo. No estaba encontrando entre las novelas que se publicaban un universo de libros que me entusiasmaran en este género, entonces, quise escribir un libro que a mi me hubiese gustado leer, medio arrogante tal vez.

IS: Cuando leí el libro me pasó algo similar, pensé: “Al fin fantasía y nada de autoficción”.

ME: Es complejo. Los lectores que leen ficción popular leen todo largo, como Harry Potter o Juego de Tronos. Y no sólo esos lectores de fantasía, también se lee mucho a Murakami que tiene unas novelas larguísimas y son bestsellers. Creo que el hecho de que haya tanta cosa breve tiene que ver con los escritores y cómo piensan a los lectores —o al mercado, potencialmente. No creo que tenga que ver sólo con que la gente está distraída por Internet: esa es una lectura muy simple. Yo quería que Nuestra parte de noche fuera una novela con un montón de tramas, de tangentes y mesetas, pero pensé únicamente en la historia que tenía y en qué forma le correspondía.

ISS: Hay muchas referencias a la mitología argentina. Entiendo que tenías una abuela correntina, del litoral.
 
ME: Mi familia materna es correntina, toda. De chica mi abuela me contaba cosas así de mitología popular y yo pedía más. Me regalaban libros de mitología regional y a mi me interesaban mucho. Esto a veces aparece más en la antropología y no está mucho en la literatura argentina en general—o muy poco—, lo cual es bastante raro porque sí hay novelas con vampiros. Acá no se hizo la traducción correcta: el cuento de fantasmas europeo en parte está hecho de cuentos tomados de la oralidad que después pasan a la literatura, pero cuando se lo trasladó acá se siguieron usando figuras como “el vampiro” o “la casa embrujada” y no los mitos locales.

ISS: Digamos que en el proceso nos apropiamos de la oralidad europea, pero no recuperamos la nuestra.

ME: Una cosa así. Para mí la oralidad del litoral estaba muy incorporada con todo lo que leía y además hay algunos mitos de ese lugar que están muy incorporados en la vida cotidiana, básicamente el Gauchito Gil y San la Muerte. No hay que irse tan lejos para ver esto. Hace poco fui a la cancha de Argentinos Juniors y a la vuelta hay un San la Muerte gigante, un súper San la Muerte pintado y un montón de ofrendas. Lo mismo con el Gauchito Gil, hay por todos lados. En el contexto de la novela, como yo quería hablar de cuestiones esotéricas o mágicas quería poner mucho santoral pagano argentino, todo lo que la historia me permitiera.

ISS: ¿Por qué tenías esa intención [de integrar cuestiones esótericas y el santoral pagano]?

ME: Por la lógica de la trama y de los personajes; porque ellos le prestarían extrema atención a eso y no lo despreciarían de ninguna manera; porque son fuerzas esotéricas que necesitan para todo su trabajo. Me parecía que era lo más normal dentro de la trama que se fascinaran con eso o que lo incorporaran. Hay un punto en el que los miembros del culto son estudiosos de ese esoterismo: de hecho uno de los personajes viaja a África y conoce a una de las primeras médiums y él va a estudiar eso. En general las órdenes esotéricas son muy cultas sobre sus temas, por eso el santoral pagano argentino tenía que estar en el contexto de la trama.

ISS: El comienzo de la novela ocurre en la época de la última dictadura argentina.

ME: Sí, es que este ser, la Oscuridad, se lleva gente; entonces, era un buen momento para demostrar que los integrantes de la Orden usaban las circunstancias nefastas de la historia para valerse de lo que necesitan para realizar sus propios objetivos. Ese contexto histórico me sirvió para demostrar que les resultaba más fácil, porque teníamos un gobierno que podía proveer de eso.

ISS: Después avanza la trama y el tema de la dictadura queda atrás para entrar de lleno en la vuelta a la democracia y la aparición del SIDA a fines de los 1980. ¿Cómo era tu vida en ese entonces?

ME: Yo tenía un novio marica en esos años. Él estaba en ese momento que tienen muchos chicos donde saben que les gustan los varones, pero se enamoran extrañamente de una mujer. Mi mejor amigo era gay, casi todo mi círculo ¡hasta mi niñero era gay! Y como mi mamá es médica, en esa época yo tenía una cercanía con el VIH muy técnica, por decirlo de alguna manera. Ella no es infectóloga, pero trabajaba en hospitales y todo el tiempo yo tenía información. Además, ella vivía indignada porque ya a fines de los ochenta pasaban cosas dramáticas como que las funerarias no querían enterrar a personas que hubieran muerto de SIDA y mi mamá se enteraba porque eran pacientes de amigos suyos. Todo eso circulaba en mi casa y en la realidad: el quiosquero enfrente de mi casa se murió de SIDA. A mi me parecía que era interesante poner ese tema en la novela, pero desde otra perspectiva porque hay mucha literatura sobre eso contada desde la perspectiva de la persona que convive con el virus, pero no del efecto social que produce.

ISS: Digamos que ves en ese universo esotérico o mágico herramientas para hablar de otras realidades que te interesan más.

ME: Me interesa muchísimo ese mundo, pero no tengo pensamiento mágico. Me parece absolutamente fascinante la narrativa del ocultismo y la magia. Me parece hermosa simbólicamente, como tipo de fe alternativa loca y muy mezclada. Me vuelve loca que los espiritistas sean cristianos. Entonces, si vos no creés en la vida después de la muerte una cosa te obtura la otra. Sinceramente me gustaría mucho ver algo, una buena aparición, pero no me pasó nada convincente. El otro día hablaba con una amiga y me decía “ay pero no te acordás cuando jugamos al juego de la copa y la copa se movió” y la verdad es que no me acuerdo; entonces, capaz que hubo un montón de cosas que pasaron que yo no recuerdo por intoxicada o vieja. O que no me hayan impresionado, yo necesito un nivel de impacto bien alto.

ISS: Antes de que aparezca el SIDA en la novela ya hay mucha presencia de las enfermedades. ¿Cuál es tu relación con el mundo de los enfermos?

ME: Creo que la que tenemos todos. Nadie se quiere enfermar y todos conocemos a alguien que está enfermo. De nuevo, yo leo bastante de enfermedades y no sé si seré yo que estoy mirando o leyendo en una sola dirección, pero leo muchísimos textos de gente que está enferma que cuenta lo que le está pasando con su cuerpo y no tantos textos sobre un personaje o un tercero que esté enfermo, como si solo existiera cuando te pasa a vos. Por supuesto que existe cuando te pasa a vos pero también cuando le pasa a los demás. La mayoría de las personas tuvo una persona enferma a la que tuvo que cuidar.

ISS: ¿De qué manera te servía para la trama el padecimiento de Juan, que es el médium de la Orden y uno de los protagonistas?

ME: Creo que ese personaje tenía que estar enfermo para que los demás pudieran controlarlo, porque él no puede valerse por sí mismo y eso es importante. Después, según algunas miradas esotéricas, la gente que está más cerca de la muerte tiene más contacto con espacios liminales entre esta realidad y otra, o entre la vida y la muerte. También hay otra teoría de que la gente que tuvo muchos padecimientos de chica después de grande desarrolla una capacidad de conciencia elevada. Todo esto está dentro del imaginario del ocultismo. También me gustaba la idea del cuerpo de un hombre, muy estereotípicamente lindo pero vulnerable y que eso fuese erótico. Como idea erótica —e ideológica— me interesa. Un cuerpo bello, atractivo y hasta agresivo, pero que no es poderoso: está roto. Eróticamente me funcionaba ese cuerpo, porque era delicado pero no en apariencia.

ISS: ¿Por qué hay una obsesión en Nuestra parte de noche con el tema de la relación padre-hijo?

ME: Supongo que por mi edad. Yo no tengo hijos, nunca quise tener hijos y no me parece un rollo y nunca me pareció un tema, pero tampoco me parece una tontería. Entonces, cuando llegás al momento físico en que no podés tenerlo pienso que no fue una decisión frívola, pero también creo que no vale la pena pensarlo con la psicóloga y todo eso porque esa decisión no me hace sufrir. Hay maneras de explorar esos temas con otras formas, en este caso con una forma literaria. También porque vivimos en la Argentina y es un país donde hay abuelas buscando nietos, personas que no saben si sus padres son sus padres. Eso va perdiendo fuerza en otras generaciones, pero la mía es esa generación la que se preguntaba por sus orígenes. Yo iba al colegio y el rumor del colegio era “las mellizas no son hijas de sus padres” porque ellas son pelirrojas y sus padres no y su padre además era militar. La verdad era que sí eran hijas de sus padres militares, pero el rumor estaba presente. En esa época estábamos todos paranoicos con que si nuestros padres eran nuestros padres o si nuestros compañeros eran nuestros compañeros. Era un delirio.

ISS: ¿Este tema no lo habías desarrollado antes porque no te servía para lo que querías contar? ¿O por qué no lo exploraste antes?

ME: En ningún momento anterior me había tomado tanto la cabeza como para explorarlo. Era un tema que tenía latente pero nunca lo tuve tan presente, ni me había hecho tantas preguntas por los hijos. Yo tampoco quería hablar de la maternidad porque me parece un plomazo. Hay muchas cosas en la literatura que a mí me parece que hay que reivindicar: capricho, gusto, estética, mundo propio. No hay que ser policía del pensamiento y decir que tengo que pensar la maternidad con un vientre. Yo puedo pensar sobre los hijos y la herencia con lo que quiera, incluso con un señor que me parece que está fuerte y que él sea un objeto de deseo.

ISS: ¿Por qué crees que no hay tanta insistencia sobre esos temas en la literatura; es decir, sobre el capricho, el gusto, el mundo propio?

ME: La verdad no sé. Hay un punto en donde yo siempre escribo sobre lo mismo. Los personajes hacen cosas diferentes, pero son los mismos. Cuando los armo soy consciente de que estoy repitiendo eso, pero el sentido en que yo pienso la literatura es así, como un impulso medio misterioso que tiene que ver con obsesiones que se terminan plasmando en una historia. A veces son decisiones que son menos racionales, me rindo a la obsesión y confío en que cambie un poco para no aburrir demasiado.

ISS: Perdón por una penúltima pregunta un tanto infantil, pero ¿por qué escribís?

ME: Creo que la respuesta es súper infantil también. Tengo un montón de personas viviendo en mi cabeza. Tengo un montón de personajes adentro y me los imagino y los hago jugar. En vez de tener dibujitos o cartas o muñequitos o unas buenas barbies tengo mentalmente eso mismo y todo el tiempo les están pasando cosas. Algunas terminan en algo mental nada más o a veces continúan durante años, no sé, historias de novios donde bueno… voy cambiando con el actor del momento que me gusta, pero la historia se mantiene. Juan es uno de ellos. Esas cosas se van como armando en historias complejas y ahí es cuando sé que esas emanaciones mentales de gente inexistente pueden pasar a ser personajes literarios. A eso le sumo la técnica literaria, pero el impulso misterioso es el impulso de estar conviviendo con estas presencias mentales. Por eso te digo que es infantil la respuesta porque la verdad es esa. Todas estas murmuraciones en un momento toman un cuerpo que a mí me hace falta poner, en este caso, en palabras.

ISS: Estás trabajando en una ampliación de Alguien camina sobre tu tumba, el libro de crónicas sobre cementerios. ¿Vos dónde querés que entierren?

ME: Quiero que me cremen y me tiren en la Recoleta en alguna linda tumba ajena.

 

Imanol Subiela Salvo
Escritors. Publica en diversos medios como Vice [en Español], PlayGround, Chequeado.com y la revista La Agenda.

Leer completo