Presentamos un capítulo de La perla asesina. Historia de un aneurisma (Cal y arena) de Ignácio de Loyola Brandão, libro traducido por Delia Juárez G.

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La vida sacudida

Hay personas que se callan, se vuelven introspectivas cuando las domina un mal físico. Yo tuve un proceso inverso. Sen­tía la necesidad de contar que tenía un aneurisma cerebral y que me iban a operar. Los compañeros de la redacción y mis amigos me deben haber encontrado insoportable, ni si­quiera entiendo por qué no se distanciaron. Me volví un aburrido. En Vogue, a cada persona que llamaba yo le soltaba el caso. Ni yo me soportaba, sin embargo, necesitaba contar, me aliviaba, partía el temor, repartía la cuenta. Debía haber hecho un folleto y distribuirlo en las calles. Vivía confuso, si trabajaba normalmente no había molestias, cansancio, dolores, nada.

Por otra parte, parecía sentir un placer especial, mi vida había recibido una sacudida. Como no suelo esforzarme ni cambiar nada, el destino alteraba las rutas. ¿Sería una alerta? ¿De qué? El aneurisma era algo así como una medalla, me diferenciaba. Las sensaciones se alternaban. Entré en una zona neutra, de absoluto desinterés por todo. Caminaba por la calle contemplando a las personas normales, intentando definir lo que era normal y sano. Una tarde, en un casino jugué todo tipo de juegos de azar, gasté en serio, agotando muchas po­sibilidades. Quién sabe si el siguiente lunes tendría el dinero necesario, si tendría algo para dejarle a mi familia, además de un departamento por pagar y los escasos derechos de autor de veinte libros, unos en venta, otros estacionados, tres o cuatro agotados. No conseguía concentrarme en la edición de la revis­ta, de un momento a otro había perdido importancia. Dejé de leer periódicos, de ver noticieros, le di vacaciones a mi cabeza. Vivimos devorando información, consideré suficiente la que ya tenía. ¿Qué haría con ella si moría?

Salía a tomar café, comía lentamente. Compré buenos vi­nos, grapas excelentes. Pequeños placeres. Como la relectura de Toujours Provence, de Peter Mayle, París era una fiesta, de Hemingway, Madame Bovary, de Flaubert, La balada del café triste, de Carson McCullers, El sonido y la furia, de Faulkner, Omeros, de Derek Walcott, El extranjero, de Camus, Bola de sebo, de Maupassant. En una venta de saldos de la Rua Agus­ta, en Salério, encontré decenas de libros nuevos a dos y tres reales, llené bolsas con ellos. Significaba que tenía tiempo para leerlo todo.

Encontré una colección preciosa: las obras completas de Clarice Lispector, recién editadas por Francisco Alves, relu­cientes. Comencé a leer Lazos de familia, en la 28a. edición. Recordé la primera, un libro enorme de cubierta azul. Impo­sible comenzar a leer a Clarice y parar. Cada frase nos penetra, nos deja desorientados, es como estar en el tubo de la resonancia, envuelto por el mundo nebuloso, aunque real, tra­tado a su manera. Frases secas, sintéticas, inconexas, y por eso llenas de vínculos, incómodas. Leí y releí el cuento “El amor”, ¿por qué releo tanto, si hay otros libros en espera?

Me tardé en descubrirlo.

Clarice escribía lo que a mí me gustaría haber escrito. Explicaba mi condición. Cuando caminaba por la calle, des­ligado del mundo a mi alcance, como despidiéndome de algo que no quería dejar, no conseguía definir mis sensaciones. Clarice me daba una mano: “Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscu­ridad y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia dónde ir”.1

Yo corría peligro.

Eso es la permanencia de la literatura. Un cuento publi­cado en 1960 sigue brillando años más tarde y ciertamente lo seguirá haciendo por mucho tiempo. Un texto que no nos emociona hoy, pasará a ser importante con el correr de los años, definirá una sensación interior. O sea, nuestra vida corre y encontramos a Clarice esperándonos, aquí y allí, ha­ciéndonos señas, desapareciendo, reapareciendo.

En los años setenta, cuando dirigía la revista Planeta viajé a Bogotá a cubrir el Festival Internacional de Brujas, que reunía investigaciones científicas en torno a lo paranormal, mundos paralelos, extraterrestres, ovnis, telepatía, la mente del hombre primitivo, y el arte popular de leer la mano, echar las cartas, adivinaciones, fluidos milagrosos, pociones, jarabes, amuletos y demás.

La tarde en que llegué, al entrar al hotel, encontré a Cla­rice Lispector en el vestíbulo. No nos conocíamos, yo era tan sólo su lector y su fan. Ella me miró, largamente: “Eres Leo”. Así comenzaron nuestros días de brujerías y hechicerías, magia y parapsicología. Ella corría de aquí para allá, asistía a las conferencias más extrañas y terminó siendo una de las sensaciones del festival, un acontecimiento sobrenatural.

La mañana en que Clarice debía hablar, corrí a la prime­ra fila lleno de curiosidad. ¿Pero qué tiene que ver ella con todo esto? ¿Vas a abordar el esoterismo, la parapsicología, la telepatía, el viaje fuera del cuerpo?

Clarice simplemente leyó el cuento “El huevo y la gallina”. Leyó en portugués para un auditorio internacional. Media docena debía saber nuestro idioma. Me quedé paralizado al percibir a la audiencia electrizada. ¿Qué símbolos estarían en­contrando en ese texto? Cuando el festival terminó, se habló del cuento y de Clarice. Algo diferente había en esta mujer. Es verdad que es uno de los cuentos más insólitos de la literatura brasileña, complejo, una historia para leerse y releerse, volver a ella. Así como no pensar ante: “Ver el huevo es imposible: el huevo es súper visible como hay sonidos supersónicos.” O bien, “el huevo nunca luchó. Es un don”.

Existía en ella otra forma de comunicación con las perso­nas, a través de un código, a través de palabras cifradas, cuyos significados eran perceptibles sólo por unos cuantos. ¿Sería que esto sucedía también con su literatura? Ahora endiosa­da, estudiada, vendida, comentada, traducida, amada, nadie se acuerda de cuanto sufrió Clarice en vida, incomprendida y pobre al final. Sé que puedo estar contribuyendo a una mitificación aún mayor de lo sobrenatural y de Clarice con datos extraños. No obstante, de los quince días que pasé en Bogotá, sólo recuerdo bien dos o tres episodios y el de ella es de los más fuertes. De regreso, Clarice acudió a una cena en la casa del crítico Léo Gílson Ribeiro y se habló mucho de las brujas de Bogotá. Fuera como fuera su vida, siempre tuve la sensación de que ella no dudaba en cuanto a sus textos. Las frases y situaciones son sólidas, permanentes.

Para no pensar en el aneurisma, dejaba volar a mi cabeza. Viajaba en todas direcciones, me sentía libre, desinhibido. Perdía amarres, olvidaba compromisos, faltaba a compromisos asumidos. Sin culpa, me volvía deliciosamente irresponsable.

El aneurisma me confería inmunidad. Al mismo tiempo, tenía la certeza de estar descubriendo la vida y ese aneurisma me convertía en una víctima del destino.

No sabía si viviría o moriría. ¿Por qué sujetarme a de­talles como un encuentro, una reunión, una cena, una dis­cusión, un texto? ¿Por qué no empinar el codo esta noche? ¿Por que ir a una conferencia aburrida? ¿Por qué no comer en un restaurante caro y bueno? ¿Probar la Chartruse de galinha de angola del Rouane? ¿O una pasta con trufas blancas en Fasano, rareza que cuesta un ojo de la cara? ¿Pasar una tarde de degustación completa, dejando que Massimo escoja el menú? La última comida de un condenado debe ser la mejor. Cometer la locura: comprar una botella de Chateau Margaux, Chateau Lafitte, uno de esos vinos que cuestan mil dólares. ¿Cómo sería beber una copa de vino que me costara 250 dólares, dos salarios mínimos? ¿Y un Romanée Conti, cosecha 1971, que cuesta 8 mil 740 reales? El precio de un viaje a Europa. ¿O ir a Nueva York para ver El fantasma de la ópera y Los miserables? Yo, que adoro los musicales. Viajar con Márcia, pasar el fin de semana en París, asistir —quién sabe si por última vez— a una película en La Pagode, una bizarra sala china de la Rue de Babylone. Pero, ¿y si la bur­buja revienta en pleno vuelo? Mientras no me opere no puedo hacer nada, estoy paralizado. Endeudarme con la tarjeta de crédito, declararme en bancarrota. Operarme, firmar paga­rés, pasar el resto de la vida matándome para pagar. ¿Qué vida sería ésa? ¡Matarme para vivir! ¡Horror! Me golpeaba la responsabilidad. ¿Cómo deslumbrarme si tengo enfrente la perspectiva de una cuenta inmensa? El espíritu de los Brandão me asaltaba, me dominaba.

Pensaba: ¿y si el vino fuera decepcionante? ¿Cómo podría saberlo? A menos que estuviera con personas como Saúl Gal­vão o Josimar Mello, Apicius o Miguel Juliano, el arquitecto enamorado de los vinos que me dejó fascinado. Una hora de conversación encantadora con este hombre reemplazó la entrevista que habíamos concertado.

Me di cuenta de que comencé a disfrutar más ciertos mo­mentos. Antes era impaciente y ansioso, comenzaba una entre­vista, una conversación y quería acabar pronto, salirme. Si tenía tres asuntos que cerrar en la revista, no me decidía, hacía uno, saltaba al otro, volvía. El domingo por la mañana me levantaba temprano, aun cuando no tenía nada que hacer, preocupado por estar durmiendo y “perdiendo el tiempo”. Había que usar el tiempo disponible, hacerlo rendir. Aceleraba el paso para no perder la luz verde de la esquina. Bajaba por las escaleras para no tener que esperar el elevador. Podían ser rutinas de un ciudadano de São Paulo. Podían ser síntomas de nuestra vida moderna. Me despertaba, no decidía qué libro leer, prendía la televisión, zapeaba precipitadamente, abría la computadora, buscaba archivos, caminaba por la casa. Ahora, no.

Una simple conversación sobre vinos me enseñó cómo una persona puede ir a fondo cuando se enamora de algo paralelo a su oficio. O sea, además de crear proyectos, entrar en ne­gociaciones, discusiones con clientes, este arquitecto, Juliano, consigue tiempo para leer, viajar, escribir cartas, investigar, encontrarse con otros amantes del vino. Es un sueño. Me habló de viajes, bodegas, productores con el rostro iluminado. Contó detalles sobre los vinos rusos. Yo jamás supe que en Rusia se producían vinos. Pensar que todavía hay botellas de tiempos del zar, preciosísimas. Qué deslumbramiento aferrarse a estos detalles de la vida.

Mi cerebro es una ostra que abriga una perla asesina.

¿Será que estaré muy mal mañana? El probable sangrado me confería también algo provisional. El aneurisma y sus posibilidades desastrosas me daban la justificación para vivir mi vida sin camisa de fuerza, sin presiones. Quién sabe si una enfermedad terminal nos lleve a asumir ese estado de ánimo, en el centro del miedo vivir sin miedo, existir inte­gralmente, poder desligarnos de lo superfluo, de las lapas que la sociedad pega en nuestra cabeza, de las amarras sociales, de lo normal y establecido, de aquello que no cuenta para nada. Sólo hay algo que tiene sentido, vivir. Estar de pie, disfrutan­do la vista, el gusto, el tacto, el olfato. Poner atención a los jardines que estuvieron siempre en mi camino y percibir que las flores brotan en tallos secos. Contemplar a la vieja que está todos los días en la ventana de su mansión en Avenida Brasil, imaginar su vida, lo que piensa de esta ciudad de hoy, tan agitada, frente a ella. Su casa es de las rarísimas que perma­necen intactas, sin muros, con los mismos grandes desniveles, céspedes, indiferentes a la violencia que descompone todo aquí afuera. La casa resiste, rechaza las rejas que forman parte del paisaje, rechaza las casetas, todo está abierto. Esta casa es el pasado, es un flash-back vivo, quién sabe si no pasa de ser un escenario. Parece anacrónica, a la vuelta hay oficinas y labora­torios. ¡Cuántos laboratorios en esta avenida! Ríos de sangre, heces fecales, orina escurren desde cuerpos enfermos hasta las cañerías, alimentan láminas y microscopios.

Yo también estoy enfermo. Hay una burbuja silenciosa y traidora en mi cerebro. Quieta, espera el momento para el salto fatal. No se manifiesta, no causa dolor, malestar o indisposición. No da ninguna señal de alerta. Se comporta, es falsa, traicionera. Me puede matar de un momento a otro.

 

Ignácio de Loyola Brandão
Escritor y periodista. Ha publicado 42 libros. Entre sus libros más conocidos, traducidos a doce idiomas, están: Zero (1975), Nao verás país nenhum (1981), Dentes ao sol (1976), O anónimo célebre (2002), Cuba de Fidel. Viagem a ilha prohibida (1978) y O verde violentou o muro (1984).

Traducción de Delia Juárez G.


1 La versión al español es de Cristina Peri Rossi, incluida en Clarice Lispector, Cuentos reunidos, Ediciones Siruela, Madrid, 2008.

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