26 noviembre, 2018

Gracias a México

Presentamos las palabras que la gran escritora uruguaya Ida Vitale pronunció durante la recepción del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2018, en el marco de la inauguración de la trigésima segunda edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Fotografía: © FIL/Eva Becerra

Una vez más, en una nueva instancia, puedo reiterar ahora, en público, mi gratitud por México, que desde aquel año, 1974, fue, primero, generoso amparo y rápida fuente de amistades, muchas y constantes. Agregaría ahora que quizás, por estupendos que sean los premios, hay una cosa que los acompaña y que los supera, y es el contacto con los amigos viejos y con los amigos nuevos, que ya son muchos.

Como la apertura de este país refinado había comenzado por acoger a los exiliados españoles, uno de nuestros primeros amigos al llegar en ese año bastante importante para la vida del Uruguay, el 74 (fue cuando se interrumpió la democracia), fueron un matrimonio español exiliado que había llegado bastante antes a México y que inició esa cadena de relaciones fundamentales y entrañables entre los que han padecido una misma situación más o menos duradera, más o menos trágica o incomoda; en mi caso fue simplemente el interrumpir una vida que no era cómoda cuando había una prisión que se ejercía de manera injustificada sobre culpables y no culpables, unos y otros.

Lo mucho bueno que México le estaba dando a los exiliados, a los que se habían anticipado, no fue revertido, y eso se constituyó en una costumbre que ya iba cambiando de contenido pero que prosigue hasta hoy: la presencia de México, las muchas cosas distintas que le he ido debiendo, como supongo que todos los que llegaron a este país en distintos momentos y fueron acogidos y recibidos y tuvieron la mayor felicidad que un exiliado puede tener, que es el de ser integrado como alguien más que puede formar parte de una cultura, de un modo de vida, de una felicidad compartida naturalmente. Yo no llegué sola, llegue con Enrique Fierro, mi marido, que hace ya 3 años que no está, y tendríamos que sumar, uno por su lado, otro por otro, nuestras respectivas gratitudes.

Las ofertas de la generosidad son siempre infinitas, diferentes e inolvidables; desde la más necesaria, que es el tener un modo de vivir durante años, y otra no menos, un poco distinta y quizás más importante, que es dar la oportunidad de que el que llegue haga lo que debe hacer, lo que puede hacer, de la mejor manera posible; es decir, yo quería leer, yo quería escribir, y esas oportunidades México me las dio generosamente. Cuando digo México y estoy en Guadalajara, que yo no conocía en ese momento, ustedes entienden que estoy hablando de la misma cosa, una cosa que para mí empezó muchos años antes, cuando era estudiante, y cuando toda la base de la enseñanza de los libros que debíamos leer venían fundamentalmente de México. Que me disculpen si estoy omitiendo nombrar otras editoriales, pero el Fondo de Cultura Económica era lo que llegaba, era la base de la biblioteca que necesitábamos como estudiantes en la universidad. Mi aplauso al Fondo, al cual le deseo una larga y próspera y mejor (si es posible) vida; y cuando digo el Fondo, integro todas esas pequeñas editoriales que llegaban y que eran de pronto las que traían la poesía, la poesía mexicana, porque no todos fueron publicados por el Fondo, pero en fin, con los años uno aprende a simplificar, porque es más fácil abrazar y llevar consigo la gratitud, que ustedes saben que no termina, que parece prolongarse hasta este momento y que ojalá muchos otros latinoamericanos reciban, como pude recibir yo.

Una cosa básica que es para mí una obligación feliz es nombrar algunas de las gentes que me acompañaron, involuntariamente desde arriba, en estos casos. Inicialmente hubo un gran maestro del periodismo que fue para mí el maestro Batis, que como director o colaborador fue un espléndido jefe y maestro de periodistas, que me acogió con infinita paciencia, que rezongaba un poco a veces por mis derivados, cuando me ponía a hablar de cosas que él suponía que no eran muy importantes (escritores y amigos, a veces no mexicanos). Y obviamente otro gran nombre, Octavio Paz, gran nombre no solo mexicano sino universal, claro, con un magisterio discretísimo y una acogida elegante, generosa, disimulada, magistral pero discreta, discretísima. Octavio nunca firmaba algo sin decir: “¿Están de acuerdo?” Eso que quizás no sea la imagen que más trasciende es la que yo guardo con más fuerza. Quisiera convencerlos a todos que Octavio no solo era un gran maestro, sino un humano generosísimo. Gracias en él a México.

 

Ida Vitale
Poeta, traductora y ensayista. Entre su obra destacan los poemarios Cada uno su noche y Paso a paso; y los ensayos El ejemplo de Antonio Machado y Arte simple, entre otros.

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