El siguiente ensayo explora la posibilidad de escribir en mitad del ruido de la ciudad de México. Es parte de Malversaciones, una colección de ensayos personales, recién publicada por Almadía, con una variada gama de intereses que van desde el diagnóstico de la poesía nacional hasta el surgimiento de las editoriales cartoneras en Argentina. En su peculiar tono desenfadado y con total libertad autobiográfica, su autor, Hernán Bravo Varela, ilumina sus puntos de vista haciendo uso del arte de la apropiación y asimilación de obras ajenas.

A Óscar de la Borbolla, vecino de mesa que sabe mirar hacia otro lado

Nacido y criado en la Ciudad de México, me resulta imposible concebir la escritura en silencio y soledad. Cuando fui a un pueblo minero o a una playa virgen, tuve la impresión descrita por José Emilio Pacheco: “Sentí miedo ante aquel silencio. Nada se movía, ni el viento, ni una sombra, ni la hoja de un árbol. Yo era el único intruso en un planeta lívido y como desangrado de todas las materias terrestres”. Lejos de la metrópoli sentí un pavor admirativo, una humildad obligatoria, pero no el impulso de escribir. Nada más absurdo que recostarme a solas en la arena, cuaderno y pluma en mano, para responder las preguntas retóricas de la naturaleza. Nada más estéril que sentarme en una banca del zócalo del pueblo a medianoche, alzar la vista y fingir escuchar la sabiduría del cielo estrellado, la música de los grillos al frotar sus alas.

Sin embargo, para los escritores nacidos en las grandes ciudades, son muchos los consuelos que brinda creer en el silencio (sobre todo, el consuelo de la inspiración). Cuán ilustre la vida retirada de los clásicos, cuán propicia la página perfecta —cuya abundancia en la literatura actual permite suponer que sus autores aprendieron a vivir en comunión consigo mismos, lejos del bullicio y del hacinamiento—. Quienes vivimos en Sodomictlán admitimos con regocijo, según Carlos Monsiváis, “que la naturaleza urbana, a cambio de su ferocidad, facilita la vida intelectual”. Futuristas anacrónicos, distinguimos en las calles algo más que ruido: una polifonía atrabancada, un arte rupestre en las paredes del tímpano.

Recién llegado a México en 2008, y luego de una temporada en el infierno laboral de Estados Unidos, tuve que buscar un sitio donde escribir. Mi mesa de trabajo se situaba al lado del dormitorio, frente a tres estanterías de libros y a espaldas de la única ventana de la habitación. Al abrir la computadora alzaba la vista y contemplaba por horas, como el Bartleby de Melville, la pared de ladrillos editados. Aunque tuviese que redactar una reseña y mandarla por correo electrónico a sus editores, preferí no hacerlo nunca. Una y otra vez caía en el trance improductivo de aquellos viajes “al interior”, hasta que volvía paulatinamente en mí, saliendo a caminar por la avenida Álvaro Obregón para después rodear el Parque España y desembocar en Nuevo León, en pleno centro de la colonia Condesa.

Justo allí, en la esquina de Nuevo León y Vicente Suárez, encontré el lugar donde escribí estas líneas con disciplinada dispersión. De lunes a viernes, mi rutina consistía en subir a la terraza de la Cafebrería El Péndulo, ocupar la pequeña mesa del extremo izquierdo, amontonar libros en torno a la computadora portátil —los cuales formaban una columna de humo para meseros, mirones y colegas—, y dar un sorbo al café americano mientras encendía el primer cigarro de la mañana.

Hasta aquí los preparativos del caos que vendría a continuación: la música ambiental, de Monteverdi a Chavela Vargas; las clases (¿qué tan privadas?) de francés, las juntas de jóvenes ejecutivos y las conversaciones a grito pelado en las mesas contiguas; las tazas y cucharas, los platos y cuchillos chocando entre sé; el mercado sobre ruedas de los viernes; la procesión de motores y cláxones que avanzaban por los dos carriles de Nuevo León… Por último, la construcción de un edificio al lado: camiones de carga que se iban y revolvedoras de cemento que llegaban, martillos neumáticos operados por albañiles que comían, albureaban o roncaban sin dejar de chiflar.

Mientras miraba el trajín de los comensales, meseros y compradores de libros, llegaba de pronto la concentración (es decir, la muchedumbre) y empezaba a teclear. “Los cántaros, cuanto más vacíos, más ruido hacen”, escribió Alfonso X el Sabio. Cada libro caído, cada taza rota, era un tratado escandaloso del vacío perfecto que me hubiera gustado escribir.

• Hernán Bravo Varela, Malversaciones, México, Almadía, 2019, 144 p.

 

Hernán Bravo Varela
Poeta y ensayista. Es autor de: Historia de mi hígado y otros ensayos, además de varios títulos de poesía. Actualmente dirige el Periódico de poesía de la UNAM.

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