A casi un siglo de distancia, la obra maestra de José Gorostiza continúa fascinando —y confundiendo— a generaciones de lectores. Héctor Rojo recoge en estos fragmentos ensayísticos algunas de las preguntas e interrogantes que hacen de Muerte sin fin un poema abierto a infinitas interpretaciones, invitándonos a regresar a uno de los textos más opacos y al mismo tiempo más luminosos de las letras mexicanas.

I

Muerte sin fin es un poema en el que operan múltiples milagros. El primero de ellos es la construcción de un laberinto verbal insólito, una tempestad de signos aparentemente innavegable. El segundo, que funciona a partir del anterior, es la capacidad de José Gorostiza para abrir caminos que permiten el tránsito de los lectores por la hermosa confusión de su poema. Críticos, académicos y escritores han dedicado décadas a intentar o descifrar este laberinto para  extraer algún sentido del texto. Es indudable que por MSD  campean discursos filosóficos y teológicos; ideas sobre el inicio de la vida y sobre el fin del mundo; balazos de sabiduría bíblica y pagana; entereza estoica y temeridad nietzscheana. Sin embargo, intentar una explicación de lo que “significan” estos simulacros reflexivos dentro del poema es un ejercicio estéril. Es ignorar el segundo milagro y extraviarse sin remedio en el primero.

II

Pero no todos los lectores se han aferrado a explicar el poema. El caso de Antonio Alatorre es emblemático. Las primeras lecturas de este crítico — nos relata el propio Alatorre — pretendían indagar en los sentidos filosóficos del poema. Con los años, sin embargo, Alatorre decidió suspender su “ingenuo afán de seguir un hilo conceptual, de traducir el lenguaje del poeta al lenguaje de las sesudas cuestiones ontológicas y epistemológicas” (p. 8). En MSF el torrente de símbolos, meditaciones y silogismos está ahí, todo junto, para ser exorcizado. La imposibilidad de aprehender a esta avalancha de palabras y de alcanzar la serenidad que algunas prometen conduce a una visión angustiante de la realidad. Sin embargo, el poeta explora con persistencia esa abismal falta de sentido y construye con sus restos un canto a la vitalidad, al vértigo, al tiempo y a la muerte. Sus versos están repletos de amargura y energía, de agua estrangulada que, sin embargo, infunde vida y color a lo que toca:

¡Sí, es azul! ¡Tiene que ser azul!
Un coagulado azul de lontananza,
un circundante amor de la criatura,
en donde el ojo de agua de su cuerpo
que mana en lentas ondas de estatura
entre fiebres y llagas;
en donde el río hostil de su conciencia
¡agua fofa, mordiente, que se tira,
ay, incapaz de cohesión al suelo!
en donde el brusco andar de la criatura
amortigua su enojo,
se redondea
como una cifra generosa,
se pone en pie, veraz, como una estatua.

III

Como sabemos, el estilo intrincado de MSF lo emparenta con la poesía gongorina. “Los poemas de Góngora son difíciles,” explica Dámaso Alonso, porque “su oscuridad es la del palacio herméticamente cerrado, que parecerá en la noche negro al caminante: trasponed la puerta; dentro se da una fiesta de miles y miles de luces; y todo se perfila nítidamente, se engarza y se ordena bajo ese resplandor” (p. 104). Efectivamente en los poemas mayores de Luis de Góngora hay algo que descubrir tras la tupida arquitectura de sus estrofas; después de resolver sus metáforas y desatar sus hipérbatos, existe un sentido literal.

“Trasponed la puerta”: este imperativo ha sido crucial para los lectores modernos de la poesía barroca. Sin embargo, pocas actitudes nos alejarían más de MSF. Si no disfrutamos extraviándonos en sus confusas galerías, será difícil acercarnos a este poema. Sus muros también se muestran ásperos, altos y sombríos, pero no hace falta traspasarlos para admirar esa “fiesta de miles y miles de luces”; hay que detenerse frente a ellos y acariciar su superficie, dejarse conducir por sus formas, sus grietas y sus imperfecciones. Adentro hay algo que no veremos nunca, algo que quizás el mismo poeta desconoce:

Mas en la médula de esta alegría,
no ocurre nada, no;
sólo un cándido sueño que recorre
las estaciones todas de su ruta
tan amorosamente
que no elude seguirla a sus infiernos,

IV

Asimismo, cuando Baudelaire dice que “hay cierta gloria en no ser comprendido”, el escritor parece tener claro lo que quiere decir en sus versos para que luego, mediante elegantes artificios, estos se oculten a los lectores. En MSF,en cambio, hacer el contenido incomprensible —yo preferiría decir “contradictorio”, “voluble” y hasta “caprichoso”— es parte fundamental del mensaje. El poema de Gorostiza alcanza su punto culminante en los balbuceos definitivos de quien no puede explicar nada; de quien se queja, recuerda y canta; de quien baila en la ceremonia de recepción de la Muerte.

Ilustración: Raquel Moreno

Imaginemos aquello. ¿Qué clase de discurso sería digno para saludar a la Muerte, que exige solemnidad ritual y, a la vez, expresa “una ciega alegría”? En MSF, la gloria de no ser comprendido no pertenece al poeta, sino a la Muerte, a esa consumación permanente que acaba incluso con aquello que consideramos más poderoso: “esta muerte viva, / ¡oh Dios! que te está matando”. Gloria, por lo tanto, a Ella que, voluble, contradictoria, caprichosa, nos abruma con su naturaleza incomprensible:

reticencia indecible,
amoroso temor de la materia,
angélico egoísmo que se escapa
como un grito de júbilo sobre la muerte

V

Esta Muerte majestuosa tiene un hermano menor, agente también de confusiones: el sueño. Por este y otros motivos, el diálogo entre MSF y el Primero sueño es un tema difícil de eludir. El poema de Sor Juana es como un puente con las Soledades gongorinas. Pero lo más interesante es el hecho de que tanto el poema novohispano como MSF muestran el acto de soñar como una actividad relacionada con la imaginación poética. En el Primero sueño esto dispara todo un entramado de visiones y conceptos que desembocan en un profundo escepticismo. En cambio, en MSF el escepticismo es el punto de partida, y el sueño aparece como un bello engaño que nos distrae de la fatalidad inminente.

Porque los bellos seres que transitan
por el sopor añoso de la tierra
—¡trasgos de sangre, libres,
en la pantalla de su sueño impuro!—
todos se dan a un frenesí de muerte

El poema mismo, a semejanza del sueño, es un distractor, un devenir insustancial que nos maravilla momentáneamente y nos entretiene del vacío que hay alrededor: “Mas nada ocurre, no, sólo este sueño / desorbitado / que se mira a sí mismo en plena marcha”. Esto señala una diferencia fundamental entre los poemas de Sor Juana y de Gorostiza: la voz de MSF nunca nos habla desde el sueño, sino desde una especie de duermevela que, en ocasiones, deja correr su fantasía onírica y, en otras, reconoce la inestabilidad de lo que enuncia. Si en los últimos versos del Primero sueño queda “el mundo iluminado y yo despierta”, en el final de MSF descubrimos la razón de su perspectiva fluctuante. Lo que ocurre no está definitivamente fuera ni dentro, sino justo en los órganos sensoriales que dividen nuestra realidad interior de la experiencia exterior:

Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.

VI

Los ojos son nuestra frontera con el mundo y, además, son los órganos por antonomasia para experimentarlo. Las Soledades de Góngora exhiben, entre otras virtudes, una capacidad extraordinaria de maravillarse con el entorno. En este sentido, es un poema de la vigilia. Después de sobrevivir a un naufragio, el protagonista del poema gongorino está listo para gozar cada detalle de la naturaleza y de la vida. Esta experiencia radical pone a la voz lírica bajo un estado de conciencia que, además de agudizar su percepción, le permite transformar lo que mira en una obra de arte desmesurada:

De una encina embebido
en lo cóncavo, el joven mantenía
la vista de hermosura y el oído
de métrica armonía (Soledades, I, vv. 267-270).

En contraste, los “ojos insomnes” de MSF conducen al espectador por paisajes heterogéneos llenos de amor, angustia, valentía, dicha, horror… marcados por el gran signo de la confusión, de la incapacidad para expresarse. La paradoja inicial perfila el juego de perspectivas: “Lleno de mí, sitiado en mi epidermis” avisa que la voz se escinde y, a partir de entonces, hablará intermitentemente desde fuera del cuerpo y desde dentro: una especie de frontera agobiada por las contradicciones que están en el principio de todo. El poema no canta a lo que ve, a lo que piensa ni a lo que sueña. El poema canta a un monstruo ingobernable: la existencia, que es vida y muerte a un mismo tiempo.

Porque el tambor rotundo
y las ricas bengalas que los címbalos
tremolan en la altura de los cantos,
se anegan, ay, en un sabor de tierra amarga,
cuando el hombre descubre en sus silencios
que su hermoso lenguaje se le agosta,
se le quema —confuso— en la garganta,
exhausto de sentido

VII

Gracias a ese punto de vista vacilante, a esa mirada desde la epidermis, MSF gana en elasticidad. Frente a su tono pesimista se erige una intertextualidad sarcástica que, junto al ritmo luminoso de los versos, encarna la dimensión activa de su nihilismo. Ante los obstáculos que le impiden expresarse con claridad, la faceta más elocuente del poema recae en su inclinación a la burla y al juego. El aspecto más significativo es el estilo paródico, que toma elementos de los textos argumentativos y los deforma, creando un texto sin hipótesis, reflexiones ni sistema lógico, pero que aparenta tenerlos.

MSF también parodia su tradición poética, pues, como observó Paz, “marca el apogeo de cierto estilo de ‘poesía pura’ y, simultáneamente, es una burla de ese mismo estilo” (442). El remedo sistemático de la escritura filosófica también incide en la melodía y el ritmo como un chirrido disonante y se convierte en un agudo desafío a las premisas puristas. A diferencia de la poesía pura, MSF no aspira al silencio ni a la perfecta transparencia, sino al ruido, al mundanal bullicio de todo lo que vive y que, por lo tanto, está muriendo en cada sílaba. Allí, entre los enfermos de vida (“peces del aire altísimo, los hombres”), la risa tiene valor, el juego significa y el baile tiene una dignidad sacramental.

Mas no le basta el ser un puro salmo,
un ardoroso incienso de sonido;
quiere, además, oírse.
Ni le basta tener sólo reflejos
—briznas de espuma
para el ala de luz que en ella anida;
quiere, además, un tálamo de sombra,
un ojo,
para mirar el ojo que la mira.

VIII

Esta mirada irónica se gestó en una mente llena de conflictos éticos y estéticos, como podemos comprobar en la prosa de Gorostiza. El propio autor se ubica en una frontera teórica que intenta armonizar posturas contrarias entre sí, como la poesía pura y la función pública del arte:

Negar la utilidad el arte […] sería tanto como negar nuestro momento histórico; pero esta utilidad emana, si bien se ve, de la naturaleza misma del arte. En otras palabras, sus consecuencias de todo orden —éticas, filosóficas, sociales y hasta científicas— se deben a que el arte es inconfundiblemente él mismo y no a que deja de serlo para subordinarse a la filosofía, la ciencia o los intereses económicos o políticos de una comunidad (p. 183).

Las reflexiones del autor en torno a la función de arte eran tan pertinentes en aquel momento como ahora. Hoy, 80 años después de que se publicara MSF, la escritura de un poema tan eminentemente humano sigue siendo una respuesta trascendental a los sermones académicos e institucionales. Hoy que actividades como la política y los negocios parecen ocupar todos los espacios de la vida pública, la guía del humanismo se convierte en una necesidad capital.

Cada obra de arte nos enseña una lección diferente. Todas juntas podrían convertirse en ejemplos de cómo sobrellevar los episodios de la existencia, no por lo que directamente nos dicen, sino por la manera en que se comportan respecto de su tradición, en los canales de difusión que utilizan o mediante sus recursos y en dinámicas específicas.

XIX

Si estas reflexiones valen para la poesía, MSF no debería leerse solo como un mero deleite ni como simple ejercicio intelectual. Más bien parece que, mediante la depuración de elementos históricos, el autor busca cifrar estilísticamente un conjunto de inquietudes propias de su tiempo. Esto explicaría la preocupación por crear una armazón artística tan bien estructurada, “pura” en el sentido gorosticiano, pues “si [el arte] cumple su fin —esto es: si se cumple él mismo, si existe, si es en verdad arte—, propagará fatalmente los más altos ideales humanos de una época, realizando así, en el más puro sentido de la palabra, una función política insustituible”.

El poema, gracias a su formulación compleja y paródica, contiene la coherencia de una vida que se cumple y se celebra a pesar de los sinsentidos que la rodean y la fundamentan; una vida filosófica más que una filosofía de la vida; una forma de existir que nos protege de los abismos de la consciencia y que, mediante la creatividad del arte y la alegría del canto, nos permite eludir momentáneamente nuestra caducidad, ese fruto temporal de un Dios derrotado:

Es el tiempo de Dios que aflora un día,
que cae, nada más, madura, ocurre,
para tornar mañana por sorpresa
es un estéril repetirse inédito,
como el de esas eléctricas palabras
—nunca aprehendidas,
siempre nuestras—
que eluden el amor de la memoria,
pero que a cada instante nos sonríen
desde sus claros huecos
en nuestras propias frases despobladas.

X

Estas ideas sobre el arte encarnan constantemente en los resquicios de MSF. En los cantos V y X encontramos quizá la mayor enseñanza de la poesía gorosticiana, su “función política insustituible”: el júbilo poético, ese candente instante de tregua en el que las plantas del bosque, los peces del mar y los animales de la tierra se revuelven en la danza candorosa de la vida, rodeados de una escenografía maravillosa: 

Tiene la noche un árbol
con frutos de ámbar;
tiene una tez la tierra,
ay, de esmeraldas.

La estrofa utilizada en el canto cinco, la seguidilla, “es por su procedencia una canción de baile” (Rudolf Baher). Pareciera que esos versos de candidez danzarina despertaran de repente y recordaran que tienen un asunto que tratar: “Ay, pero el agua, / ay, si no luce a nada.” Por su parte, el romance del canto diez posee una característica mencionada por Auerbach al hablar del octosílabo, que “cuando trata de asuntos graves o terribles conserva, al menos para nuestra sensibilidad, una ingenuidad e infantilismo conmovedores”. Así, el canto final de MSF, a pesar de atender “asuntos graves o terribles”, conserva un tono inquieto y hasta pueril, un “infantilismo” que renuncia a convertirse en esclavo de la verdad demoledora que está por acudir a sus versos.

Más que un significado, lo que Gorostiza siembra en el lenguaje es un comportamiento, un gesto, un ethos y una forma de existir. Ese es su milagro decisivo. El lenguaje, a la vez materia prima y protagonista del poema, también vive y muere; el lenguaje podría ser lo que hacemos por los demás o por nuestra época; es una de las marcas más perdurables que dejaremos como civilización; nuestra herencia para las generaciones por venir, para esta humanidad cada vez más cansada y parecida a una

luz sin estrella, vacía,
que llega al mundo escondiendo
su catástrofe infinita.
[Baile]

 

Héctor Rojo
Ensayista.

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