El pasado 13 de febrero, tres años después de su retiro involuntario, murió quien fuera testigo insustituible del nacimiento de nuestra industria fílmica, de su “época de oro” y de su internacionalización; pero también de sus recurrentes crisis y resurgimientos. Gracias a su trabajo, que se extendió a lo largo de siete décadas, Pascual Espinosa devino pieza clave de nuestra memoria cinematográfica. Ofrecemos aquí un breve homenaje.

La fábrica de sueños (como se le conoció al cine antes de ser desplazado por la televisión en las ensoñaciones del espectador mexicano) ha requerido, durante sus más de 120 años de historia, del trabajo y el talento de un ejército de profesionales que hacen posible esa fantasía espectral que enriquece nuestras vidas. Durante 70 años de esa historia, el fotógrafo Pascual Espinosa produjo y reprodujo miles de imágenes que sirvieron para  la promoción de las películas y de las estrellas que en ellas participaban, algunas de incipiente o efímero fulgor.

Dueño de un estudio que tenía por clientela a buena parte de la farándula nacional, don Pascual se desempeñó también como fotógrafo del Departamento de Publicidad de PELMEX (Películas Mexicanas),1 como responsable de los retratos de filiación para la recién creada ANDA (Asociación Nacional de Actores), como documentalista de la industria fonográfica, y como ocasional stillman y cinefotógrafo al margen de los sindicatos.2 No obstante, su principal desempeño consistió en imprimir miles de copias de imágenes que sirvieron para promocionar nuestras películas dentro y fuera del país.

Fanny Cano fotografiada por Pascual Espinosa, ca. 1965. Archivo Documental Héctor Orozco

Esas fotos fijas, o stills, eran el principal “gancho” para la venta de una película. A diferencia de otras prácticas fotográficas, su producción estaba inmersa en el vértigo de una industria que vivió sus mejores años como una de las tres más importantes de nuestro país. Los fotógrafos de fijas eran los responsables de registrar todas las escenas, retratar a los personajes principales y documentar el proceso de filmación. Los negativos llegaban al laboratorio de don Pascual, quien imprimía hojas de contactos y hacía las copias seleccionadas. “A veces no servía nada de lo que me entregaban y yo tenía que hacer milagros […] si no me daban buenas fotos iba a los laboratorios por tiras de fotogramas para extraer de ellos alguna imagen que me sirviera”.

Por sus manos pasó, en imágenes fijas, la historia del cine nacional —y de alguna manera, también de la fotografía, ya que Manuel Álvarez Bravo, Luis Márquez, Agustín Jiménez y Leo Matiz, entre otros, formaban parte de la planilla de fotógrafos de cine—. “Siempre me quedaba de ver con los fotógrafos en el set para recoger los chasis, me gustaba mucho escaparme [del laboratorio] para ver las filmaciones”. Su extraordinaria memoria y su inagotable cinefilia, nacida en el cine Briseño cuando era apenas un niño, hicieron de su persona una enciclopedia rebosante de anécdotas, de esas que no consigna ningún documento.

Mauricio Garcés posa en su casa junto al retrato que le hizo el artista Lamadrid en 1968. Archivo Pascual Espinosa

A finales de los años treinta, “los productores Luis y Guillermo Calderón me apoyaron para que pusiera un estudio de foto, querían que yo realizara retratos de las artistas que querían contratar. […] Un día, llegó a retratarse Andrés García, era muy galán, pero no era actor, yo se los recomendé a los Calderón para que hiciera la película Chanoc”. Los hermanos Calderón, quienes tenían participación en los Estudios Azteca, le instalaron un laboratorio “arriba del cuarto de edición donde trabajaba Emilio Gómez Muriel, con su asistente Gloria Schoemann”. En ese lugar comenzó a revelar y a imprimir las imágenes que le entregaban los fotógrafos de esos estudios.

Los socios de CLASA Films Mundiales, nada menos que Emilio el Indio Fernández, Pedro Armendáriz y Gabriel Figueroa, convencieron y apoyaron al joven fotógrafo para que montara su propio laboratorio. Esto le permitió trabajar también para los otros estudios; para las distribuidoras Películas Mexicanas y Películas Nacionales; y para las compañías norteamericanas como RKO, Columbia, Paramount, Universal o Dream Works. “Todavía hice todas las fotos del monstruo verde… Shrek se llamaba. Creo que esa fue la última película que me pidieron”. El intempestivo surgimiento de lo digital frenó casi por completo la demanda de trabajo para el veterano impresor.

Sin embargo, con el gran amor que siempre profesó a su trabajo, don Pascual conformó un enorme archivo fotográfico; “cuando les llevaba de regreso sus negativos, la mayoría de los publicistas me decían: ‘ya tíralos yo aquí no tengo dónde guardarlos’”. Durante años almacenó y documentó este material en la medida de sus posibilidades ya que, por su origen, calidad y volumen, resultaba imposible para una sola persona. De hecho, importantes instituciones se han enriquecido con imágenes provenientes de él: Filmoteca de la UNAM, Cineteca Nacional y Fundación Televisa, en cuya colección existe un fondo que lleva su nombre.



Las actrices: Fanny Cano, Hilda Aguirre y Verónica Castro en montajes realizados por Pascual Espinosa para los calendarios de la distribuidora Pelmex —1967, 1968 y 1973 respectivamente—. Archivo Pascual Espinosa

Del mismo modo, revistas especializadas como las emblemáticas Somos y Luna Córnea, libros y exposiciones sobre cine y las películas editadas en formato DVD —principalmente en sus portadas y en el “material extra” ofrecido en su contenido— mantuvieron vivo el archivo y muy activo a su centinela, hasta la edad de 91 años, cuando se vio forzado a retirarse por motivos de salud.

 

El pasado 13 de febrero, tres años después de su retiro involuntario, murió quien fuera un testigo insustituible del nacimiento de nuestra industria fílmica, de su “época de oro” y de su internacionalización; pero también de sus recurrentes crisis y resurgimientos. Los estudiosos y amantes del cine mexicano perdimos a un informante clave del quehacer fílmico nacional  y, personalmente, a un entrañable amigo, gran conversador, respetuoso y paciente, que me hizo apreciar los archivos como algo vivo y no solo como vestigios históricos; y a las imágenes como algo más que ilustraciones, como detonadoras y constructoras de memoria.

Selección fotográfica y montaje realizados por Pascual Espinosa para la publicidad de la película Barridos y regados (Jaime Salvador, 1963). Archivo Pascual Espinosa

Don Pascual tuvo una larga vida dedicada al cine, quienes tuvimos la fortuna de consumir largos momentos junto a él, compartiendo su archivo y sus recuerdos, fuimos testigos de lo que tantas veces dijo el crítico Emilio García Riera: que “el cine es mejor que la vida”.

Foto de filiación de Germán Valdés Tin Tan tomada por Pascual Espinosa para la ANDA, ca. 1950. Colección y Archivo de Fundación Televisa / Fondo Pascual Espinosa


Marcelo Chávez y Germán Valdés Tin Tan fotografiados por Pascual Espinosa, ca. 1965. Archivo Documental Héctor Orozco

 

Héctor Orozco
Curador e investigador de diversos proyectos en torno al arte, la fotografía y el cine. Desde hace una década trabaja en las Colecciones Fotográficas de Fundación Televisa.


1 El equipo de fotógrafos de PELMEX lo completaban Jesús Magaña y Alfonso Vallejo.

2 Realizó las fotos fijas de Así amaron nuestros padres (1964) y Los valses venían de Viena y los niños de París (1965), ambas dirigidas por Juan Bustillo Oro. También ayudó a su amigo Germán Valdés a terminar su película Tintansón Crusoe (1964) cuando se le agotó el presupuesto. “El gerente de producción me llamó y me dijo ‘¿Usted sabe usar la [cámara] Mitchell? Necesitamos que venga a Acapulco y nos ayude a terminar la película’. Filmamos unas escenas detrás del faro […] y otras submarinas, en las que utilizamos un tiburón muerto […]. Dos amigos de Tin Tan aventaban el tiburón hacia la cámara. Hicimos muchas tomas para que no dijeran que no había quedado bien por mi culpa”.

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El siguiente texto pondera los aciertos y errores de la feria de arte contemporáneo más importante de Latinoamérica, que con esta edición cumple quince años.

La siempre controvertida ZONAMACO cumple XV años de ser la feria de arte contemporáneo más importante de Latinoamérica. El pasado 7 de febrero dio inicio la edición de este año con 160 galerías de 27 países —según los números publicados en la pagina oficial—, más algunos espacios destinados a publicaciones especializadas, instituciones culturales y patrocinadores. Y por si esta oferta no fuera suficiente, alrededor de ZONAMACO orbitan una gran cantidad de exhibiciones en museos, galerías y ferias alternativas que buscan atraer la atención de coleccionistas, galeristas, curadores y artistas internacionales que visitan México con motivo de la feria.


Adrián Fernández, El umbral de la incertidumbre, 2017

Todo este estímulo visual aturde y maravilla al visitante; uno termina por confundir piezas y artistas; por olvidar obras que conscientemente se había propuesto recordar y por registrar muchas otras a las que no había dado importancia… así es el arte contemporáneo; al final, siempre queda la sensación de que mucho de lo visto era prácticamente “lo mismo”. Evitando caer en la simplicidad de “lo bueno, lo malo y lo peor de ZONAMACO” que invariablemente aparecerá como cada año en la red, rescataré tres elementos de esta XV edición: el buen nivel que han alcanzado en estos años algunos artistas y galeristas mexicanos; la solidez del mercado de arte moderno —concentrado en una zona específica del recinto ferial—;  y la casi omnipresencia de la imagen fotográfica como objeto de reflexión, como recurso o como discurso del arte contemporáneo.

Centrémonos en el tercer punto. Entre las galerías de prestigio, las que conforman la Selección General, se puede ver el trabajo de artistas tan importantes como Thomas Ruff (Mai 36 Galerie) y John Baldessari (Marian Goodman Gallery), pero también la sección denominada Nuevas Propuestas, conformada por galerías emergentes, exhibe obra fotográfica muy interesante. Anunciada como una novedad de este año, se presenta en el recinto ferial una exposición colectiva titulada Sample 2018: El aparato ficcional, la cual integra obra de jóvenes artistas que responde al concepto de “la era de la post-verdad”. Aquí, la obra The Brazilian Suitcase (Part 1) del holandés Jasper de Beijer, resulta de lo más revelador, aún cuando su localización impide la articulación con el resto de las obras.


Cristóbal García, Rituales bárbaros, 2017

En esa misma exposición se presenta la serie fotográfica Espuma, todo es antes de la fiesta, de José Miguel Costa Martínez, originario de Cuba. La verdadera sorpresa este año es una mayor presencia de artistas y galerías de esta isla caribeña. Servando Galería de Arte, que representa a Costa Martínez, exhibe en su espacio de la feria la mística serie El umbral de la incertidumbre de Adrián Fernández. Por su parte, GalleriaContinua ha montado un par de dípticos de la serie Un día feliz, en los que el artista Reynier Leyva Novo borra la imagen del comandante Fidel Castro Ruz de lo que en el origen fue una imagen fotográfica. En el espacio de la galería SeanKellyNY se presentan fotografías de gran formato del alemán Frank Thiel, la más interesante de ellas proviene de su serie de quinceañera realizada en 2015, en la Habana: Kiara Isabel & Karla Amelia Soliño González.


Frank Thiel, Kiara Isabel & Karla Amelia Soliño González, 2015

 

En su primera incursión en ZONAMACO, la galería Licenciado presenta la obra fotográfica del colombiano Tomás Ochoa, cuyo trabajo utiliza la pólvora como elemento metafórico en alusión a la guerra insurgente en su país. Proyectos Monclova presenta una serie de celajes de Chantal Peñalosa. En la Galería Hilario Galguera se presenta una pieza en gran formato de Cristóbal García inspirada en los stills de la película Tarzan and the mermaids (filmada en Acapulco en 1948), y otra pieza de Joaquín Segura también de reminiscencia fotográfica. Mientras que la GAM (Galería de Arte Mexicano) presenta, como en otros años, los interesantes ensayos fotográficos de Fernanda Sánchez-Paredes y las intervenciones de textos metafóricos sobre retratos antiguos de Eugenia Martínez.

Resulta ocioso continuar con un recuento exhaustivo de artistas, obras y galerías de arte contemporáneo que tienen a la fotografía como tema medular, pero vale la pena reflexionar y aprovechar el buen momento que atraviesa nuestro país como productor y centro de exhibición de arte. En 2015, los organizadores de ZONAMACO decidieron lanzar ZONAMACO FOTO, una feria destinada supuestamente a incentivar el coleccionismo pero que en realidad contrasta demasiado con su predecesora. El resultado ha sido fallido por diversos factores, entre ellos la desafortunada y controvertida inauguración que se llevó a cabo en los días que siguieron al fatídico terremoto del año pasado. Lo que es indiscutible, es que la variedad y calidad de la obra fotográfica que se presenta en ZONAMACO es muy superior a su versión bizarra que tiene lugar en el mes de septiembre y que comparte espacio con el Salón del Anticuario.


Joaquín Segura, Liquidaciones ideológicas (Mao), 2015

La naturaleza técnica de la fotografía, así como la diversidad de procesos y usos sociales, ha hecho que constantemente se mantenga en tensión con los linderos de lo artístico. Confinarla a un evento como ZONAMACO FOTO no beneficia ni al arte contemporáneo ni a la fotografía; tampoco al público o a los galeristas… (pienso en el surgimiento de los Latin Grammy, en el año 2000, cuando en pleno boom de la música en español la Academia de Artes y Ciencias de la Grabación decidió segregar a estos artistas). El intercambio, el crecimiento y la competencia de los diferentes medios y soportes del arte son necesarios y enriquecedores y esta última edición de MACO, así como la efervescente estela de eventos que la rodean, da cuenta de ello.


José Miguel Costa Martínez, serie Espuma, todo es antes de la fiesta, 2014-2016

 

Héctor Orozco
Curador e investigador de diversos proyectos en torno al arte, la fotografía y el cine. Desde hace una década trabaja en las Colecciones Fotográficas de Fundación Televisa.

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Los ídolos no mueren, esa es su condición inherente. Su leyenda se prolonga indefinidamente hacia la eternidad. Pero, ¿se puede precisar su origen?, ¿el momento en el que la fama rompe la barrera de la vida terrenal? En el centenario del llamado “ídolo del pueblo”, Pedro Infante, ponemos a discusión del respetable cinco momentos clave que pudieron ser la génesis de este ícono que ha poblado nuestra educación sentimental como ningún otro.

I. Yo he nacido mexicano por la bendición de Dios

Los documentos biográficos apuntan Mazatlán, Sinaloa, a 18 de noviembre de 1917, como el lugar y fecha de nacimiento de Pedro Infante Cruz, tercero de quince hijos que concibieron el minero y filarmónico Delfino Infante y su esposa Refugio Cruz Cuquita, originarios ambos de Real de Minas del Rosario, Sinaloa. Nada tuvo de extraordinario aquel nacimiento y nadie podría haber vaticinado el futuro de aquella criatura. El camino de Pedro inició cuesta arriba y sin atajos.


Pedro Infante como José Inocencio el Gavilán en una escena de El Gavilán Pollero (Rogelio A. González, 1950). Foto: Luis Márquez Romay. Colección y Archivo Fundación Televisa.

II. Ya lo ves como el destino todo cobra y nada olvida

El penoso camino es más o menos conocido: mandadero en la compañía de productos agrícolas Casa Melchor, chícharo de peluquería y aprendiz de carpintero; fabricó su primera guitarra y formó la orquesta La Rabia (Guamúchil, 1933), más tarde se integró a la Orquesta de Luis Ibarra que dirigía su padre don Delfino (Guasave, 1937) y por último a la orquesta Estrella (Culiacán, 1939) antes de emigrar a la capital donde padeció hambre y frío.

Comenzó a trabajar en la XEB, cantando sin mucho éxito dos veces por semana. Ganó un concurso de aficionados en el teatro Colonial interpretando Vereda tropical y el cómico Jesús Martínez Palillo le entregó su premio: un traje de charro. Entonces, la estación le aumentó el sueldo, lo programó diariamente y lo transfirió al estudio Juventino Rosas en el que se permitía la entrada al público. Su sobrado carisma comenzaba a ganarle adeptos.

Consiguió un contrato como crooner en centro nocturno Waikiki y dirigió la orquesta del salón Tap Room del Hotel Reforma. En ese lugar conoció al productor de cine Luis Manrique quien lo invitó a interpretar el papel de un director de orquesta en su cortometraje Puedes irte de mí (1939), el cual ilustraba la canción homónima de Agustín Lara. En 1942, el director de Discos Peerles, Guillermo Kornhausser, le ofreció grabar su primer disco: Mañana, con el que firmó un contrato de exclusividad que se prolongó por el resto de su vida.


Pedro Infante como José Inocencio el Gavilán en una escena de El Gavilán Pollero (Rogelio A. González, 1950). Foto: Luis Márquez Romay. Colección y Archivo Fundación Televisa.

En palabras del sinaloense, este fue el momento más importante de su carrera: “A mediados de 1942, cuando ya tenía en México cuatro años de permanencia, empezó lo mejor de mi carrera y considero que fue la consolidación de mi nombre, y los doce meses de 1943 fueron dedicados, además de salir de giras y trabajar en teatros, a grabar muchos discos, fue cuando don Guillermo me cambió el estilo de bolerista y me inició en el género ranchero”.1 Aquel 1942, Pedro apareció en tres películas: La feria de las flores (José Benavides), Jesusita en Chihuahua (René Cardona) y La razón de la culpa (Juan J. Ortega).

Ya en aquellos años, las jóvenes suspiraban por él y los hombre se encendían de envidia sin que les pareciera antipático del todo: imitaban su andar, sus gestos y su tono de voz memorizando sus diálogos y canciones. Pedro es tema de conversación en sobremesas de cientos de hogares a los que se integra como uno más de la familia (no es gratuito que, hasta el día de hoy, siga siendo él quien mejor interpreta Las mañanitas en los cumpleaños). Conocedores de su biografía, sus admiradores se sienten copartícipes del inminente triunfo del joven provinciano.

III. Yo soy quien soy y no me parezco a nadie

La estrella de aquel momento era nada menos que Jorge Negrete, su papel como Salvador Pérez Gómez, alias El Ametralladora, en la película ¡Ay, Jalisco, no te rajes! (Joselito Rodríguez, 1941) le había dado fama más allá de las fronteras. El tema musical se volvió himno en la voz de su protagonista y la historia, escrita por el ingeniero Aurelio Robles Castillo, dio nuevos bríos a la comedia ranchera al delinear un charro más elegante, orgulloso y arrogante. Jorge Negrete era la más acabada personificación de “lo mexicano”.

Robles Castillo quería prolongar el éxito de su novela y decidió dirigir él mismo una secuela, El Ametralladora (1943), pero Negrete rechazó el papel y le fue ofrecido de rebote a Pedro Infante. La comparación fue inevitable y el sinaloense no salió bien librado, lo que le significó una importante lección. Esta no es solo una anécdota fílmica; no es posible entender la popularidad de Pedro sin su contraste con Jorge.

María Luisa León, primera y única esposa legítima de Infante, recordaba así la admiración que este le profesaba a su amigo: “¡Qué bueno es Jorge Negrete, viejita…! ¡Qué buen compañero es, lo mismo en teatro que en el set… cuánta nobleza y gallardía tiene…! Siempre que cantamos a dúo, él baja la voz, para que la mía luzca”.2


Hoja de prensa de la película Pueblo, canto y esperanza (1954), película conformada por tres cortometrajes: Cuento cubano (Julián Soler), Cuento colombiano (Alfredo B. Crevenna) y Cuento mexicano (Rogelio A. González), este tercero, protagonizado por Pedro Infante. Colección y Archivo Fundación Televisa.

Jorge y Pedro, Pedro y Jorge, compartieron varias veces el escenario y una única vez el set de filmación al coestelarizar Dos tipos de cuidado (Ismael Rodríguez, 1952), cúspide y fin de la época dorada de la comedia ranchera. La película tenía como único objetivo confrontar la popularidad de ambas estrellas, lo demás es comparsa, adorno, un largo paréntesis que culmina no en el final de la cinta, sino en el portentoso duelo de coplas que todos guardamos en algún lugar de la memoria.

Negrete es una estrella inalcanzable para el público y no le gusta vestirse de “charrito” porque lo hace ver un “perfecto mamarracho”, tampoco siente en el alma las canciones campiranas que desprestigian su carrera. Pedro, al contrario, disfruta ser la estrella del género, esa manera de tirarse a la borrachera tan sentida como sobreactuada; esa forma particular de sufrir mientras festeja la vida o de cantar para desquitar el desprecio de una ingrata, son marca registrada de la cinematografía nacional.

Para Carlos Monsiváis, la cúspide del personaje se da en esta vertiente campirana, en 1945; “Cuando lloran los valientes es el inicio del Pedro Infante mítico, legendario, icónico o ponga usted el adjetivo conveniente. El héroe-bandido combina la actitud generosa y la exigencia de sacrificio, y el film inaugura lo que a fin de cuentas será un género fílmico: Pedro Infante mismo.”3

IV. Este era un oso carpintero que vivía muy pobre

De la mano de Ismael Rodríguez, Pedro logró sus mejores momentos. En 1947, la cinta Nosotros los pobres retrató la compleja situación de una ciudad que intentaba transitar a la modernidad. Los indígenas de pasado glorioso pasaron a engrosar las filas del lumpemproletariado urbano que retacó las céntricas barriadas de la capital. Si alguien dio identidad y dignidad a estos grupos ese fue Pepe el Toro. Gracias a él, los marginados aprenden a ser marginados, a vestir como tales, a sentir como tales… En los cines piojito, “recintos de la educación alterna”, como los llama Monsiváis, se dan las instrucciones básicas: “Fíjate con cuidado y deleite en cada uno de los personajes y selecciona tu modelo, porque si elegiste bien así te ves y así te oyes; así caminas si te ufanas de ser macho a la usanza campirana o de barriada”.4

En el transcurso de tres episodios: Nosotros los pobres (1947), Ustedes los ricos (1948) y Pepe el Toro (1952), el protagonista desciende varias veces al Infierno: se hace cargo de su madre paralítica y de la hija ilegitima de su hermana prostituta, le roban, le embargan, lo inculpan de asesinato, lo apresan, se fuga, muere su hermana, su madre, su hijo Torito, su esposa La Chorreada, sus gemelitos, El Camellito… y mata sin querer a su mejor amigo. Todavía hoy la desgracia que perseguía a Pepe el Toro sigue estrujando el sensible corazón del mexicano.


Pedro Infante, como Pepe el Toro, y Wolf Ruvinskis, como Bobby Galeana, en la escena climática de Pepe el Toro (Ismael Rodríguez, 1952). Foto: Isaías Corona. Colección y Archivo Fundación Televisa.

Pepe el Toro fue el deseo de Infante de interpretarse a sí mismo. El actor tenía un taller de carpintería en su casa y era aficionado al box. El humilde carpintero empataba perfectamente en fondo y forma con el hombre que lo encarnó; así lo recordaba Efraín Huerta: “Nunca fue más justa la definición: parecía tallado en roble. Sobrio, disciplinado, se había hecho él mismo al lado del torno, martillo en mano, oliendo a madera pulida. Era Pedro, el buen carpintero.”5

V. También de dolor se canta cuando llorar no se puede

Pepe el Toro ¡Vive!, era el encabezado de una revista sensacionalista en 1994. No Pedro Infante, Pepe el Toro. Contrario a lo que podría suponerse, el artículo hablaba de la permanencia del ídolo entre nosotros y no daba rienda suelta a las especulaciones derivadas de la trágica muerte del actor. Ese 15 de abril de 1957, con la desaparición física del hombre se pone a prueba el ídolo. No nace, se eterniza. Ese es el día que los “infantistas” recuerdan y festejan al “ídolo del pueblo”, apelativo adjudicado en vida.


Diseño publicitario para inserción en prensa de la película Pepe el Toro (Rogelio A. González, 1952). Colección y Archivo Fundación Televisa.

El cuerpo de Pedro yace en la fosa 52, de la fila 27, de la sección Capilla, en el Panteón Jardín, a pocos metros de sus compañeros Blanca Estela Pavón y Jorge Negrete. Pero el ídolo persiste en sus películas y en su música, en las reuniones a deshoras en las cantinas, en las tornabodas y en los restaurantes turísticos… pero también en la intimidad, en la tristeza y el abandono, porque gracias a él los mexicanos sabemos que También de dolor se canta.

 

Héctor Orozco
Curador e investigador de diversos proyectos en torno al arte, la fotografía y el cine. Desde hace una década trabaja en las Colecciones Fotográficas de Fundación Televisa.


1 Ricardo Castañeda, Pedro Infante 1917-1957, recopilación de entrevistas publicada por Fábrica de Discos Peerless S.A. para la edición de la colección fonográfica homónima, 1982.

2 Carlos Monsiváis, Pedro Infante. Las leyes del querer, Santillana, 2008; pág. 145.

3 Op. cit.; pág. 62-63.

4 Op. cit.; pág. 84

5 Efraín Huerta, “La dramática muerte de Pedro el afortunado”, Cine Universal, número extraordinario Álbum de Pedro Infante, mayo 1957.

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