Entre 2014 y 2015 Rubén Gallo (México, 1969) vivió en Cuba. Sin proponérselo tuvo el tino de estar en la isla cuando el país reanudó relaciones con Estados Unidos. Eran los años de Barack Obama; hoy con Donald Trump, el panorama es otro. Producto de aquellos meses es Teoría y práctica de La Habana (Jus), novela de no ficción donde muestra el proceso de transición a ras de piso, es decir, como se vivió en las calles y entre la gente de a pie.

La fijación de Gallo sobre Cuba no es gratuita y bien se puede entender como un eslabón más en su cada vez más profundo ejercicio de conocer y comprender América Latina, y dentro del cual se pueden incluir sus libros Los latinoamericanos de Proust, Mario Vargas Llosa. Conversaciones en Princeton y Máquinas de vanguardia.

En entrevista desde Francia, donde se encuentra preparando un seminario acerca de Freud, otra de sus obsesiones, el escritor hace una revisión de su trabajo y de su perspectiva latinoamericanista.

¿Por qué dedicar un libro a Cuba?
Me interesaba hacer una novela sin ficción, como diría Javier Cercas, a partir de mis experiencias ocurridas en Cuba entre 2014 y 2015. Quería mostrar su realidad, pero de una manera aglutinada y donde todo se mezcla.

¿Hacía falta hablar de la homosexualidad en sitios como Centro Habana, algo ya contado por Pedro Juan Gutiérrez?
Sí, pero no quería tratarlo como parte de una vida subterránea porque no lo es. A las dos de la tarde puedes encontrarte a los travestis en la heladería Coppelia. Es un mundo muy sano donde todo está integrado. No se vive como algo escondido y alejado del mainstream. Si algo me interesa de Cuba es que es un país sumido en una transición y como en todos los lugares que sufren un periodo de cambio, se ha generado una pulsión creativa y de contradicciones. En la España posterior a la muerte de Franco nació la “movida” de los años ochenta; en la Europa del Este, después de los años noventa y el colapso de la Unión Soviética, en lugares como Praga, Varsovia o Budapest, surgió una energía impresionante de optimismo e idealismo.

De hecho tu novela empieza el 17 de septiembre de 2014, fecha en que se reanudaron las relaciones entre Estados Unidos y Cuba.
Sí, estar ahí ha sido uno de los mejores momentos de mi vida. Me tocó ver una euforia impresionante. Después de cincuenta y ocho años de Guerra Fría, de sufrimiento y antagonismo con los yanquis, parecía que venía algo casi utópico. Obviamente la historia resultó más complicada, pero yo quería retratar los momentos de euforia y transición.

De euforia pero también de contradicción. En uno de los capítulos del libro reseñas la dificultad que implica conseguir leche de vaca fresca para los cubanos. En el mejor de los casos hay buscarla en granjas porque en las tiendas es imposible encontrarla.
Sin duda. Mira, ahora México vive un buen momento económico. Persiste la desigualdad, pero hay riqueza material. Dentro de una tienda puedes encontrar cualquier cantidad y variedad de productos. En cambio, en Cuba sucede lo contrario. Sus almacenes se parecen a las tiendas del ISSSTE de los años setenta. Los anaqueles están vacíos, no encuentras muchas cosas y no sabes cuándo llegarán. Pero lo interesante en todo caso es que la carestía no es como la imaginamos. El hecho de no encontrar leche fresca en La Habana motiva el ingenio de la gente. El capítulo al que te refieres muestra también las diversas formas de resolver las adversidades y de generar una riqueza humana.

A final de cuentas Cuba sigue polarizando a América Latina. Habrá quienes vean en el caso de la leche un reflejo de la miseria, y quienes, como tú, lo entienden como un detonante de riqueza humana.
A partir del encarcelamiento del poeta Heberto Padilla en 1971, se dio un parteaguas entre quienes critican los excesos del castrismo como Vargas Llosa, Octavio Paz e incluso Monsiváis, aunque su posición era más moderada; y entre los defensores de la revolución, como García Márquez, Cortázar y muchos otros que mantuvieron una posición que si bien reconocía los problemas, se decantaba por defenderla ante la amenaza de Estados Unidos. Hoy la situación es otra. La Cuba de hoy tiene poco o nada que ver con la de entonces. Ahora vemos un apoyo a las minorías sexuales: de hecho es el único país del mundo que tiene bares gay estatales. El problema actual es que es uno de los países ajenos a la globalización. Su realidad solo se puede entender viviendo ahí, al menos una temporada. Por eso quería mostrar que más allá de las posiciones políticas, la gente hace su vida como en cualquier otro lugar.

Aunque todavía se le ubica como la punta de lanza de un eje conformado por Venezuela o Bolivia, y al que podría sumarse México según algunos analistas.
Sí, aunque es muy contradictorio porque uno de los presidentes mexicanos que más apoyo dio y recibió de Cuba fue Carlos Salinas de Gortari. Alrededor de Cuba se han proyectado muchas fantasías y para América Latina sigue teniendo un peso afectivo muy fuerte.

¿Y para Estado Unidos?
México y Cuba se parecen en varias cosas. Son los únicos países de América Latina que comparten frontera con Estados Unidos. La relación de tener como vecino al país más rico del planeta complica la existencia. Lo interesante sin embargo es que a pesar de ser una islita con once millones de habitantes sigue teniendo un peso importante. Durante la campaña de Hillary Clinton y Donald Trump no pasó una semana en la que Cuba no diera nota de primera plana. A lo largo de su gobierno, Obama tuvo dos grandes logros en política exterior: el acuerdo con Irán, perfectamente entendible por su poderío, y el restablecimiento de las relaciones con Cuba.

Poniendo en perspectiva varios de tus libros, este se suma a Los latinoamericanos de Proust, Mario Vargas Llosa. Conversaciones en Princeton y Máquinas de vanguardia como ejercicios de reflexión acerca de América Latina.
Acerca de América Latina se ha escrito mucho, a pesar incluso de que es un concepto inventado en Francia durante el siglo XIX y en un momento de pugna por el control cultural del continente americano. Se creó el término argumentando más afinidad con Francia y su vida intelectual, y en oposición a la América sajona. Hay quienes critican el concepto y lo califica de imperialista. Una de las razones de mi interés por Cuba es porque en su interior sí existe América Latina. Un día, en el hotel Habana Libre, nos encontramos en el elevador un boliviano, un argentino, un peruano y un mexicano, todos habíamos ido a buscar la fantasía de lo que puede significar Cuba. Visto desde México, el concepto tiene menos impacto. Podemos hacer nuestra vida sin preocuparnos por lo que pasa en Argentina o Brasil.

¿A ti qué te dice la idea de América Latina?
Es una idea muy compleja, sí inventada desde Francia, pero con argumentos que mantienen su vigencia. De México a Argentina compartimos idioma, una historia en común con España y una herencia difícil de llevar como es la reconciliación entre lo hispano y las culturas indígenas.

¿Cómo convive en la región la potencia cultural que lo mismo influye a Proust, Hemingway o Lowry con la desigualdad social?
En ese sentido Cuba es ejemplar, es una islita de once millones, tiene mil kilómetros de punta a punta y menos de doscientos de norte a sur. Sin embargo, su producción cultural es impresionante. Tienen una literatura brutal, el cine de Tomás Gutiérrez Alea, la plástica de Wilfredo Lam y Tania Bruguera. La potencia desmesurada de su cultura no tiene nada que ver con su economía. En El tercer hombre Orson Welles dice: “Si ves la historia de Italia, encuentras corrupción, traición, asesinatos, y así han producido el Renacimiento. En cambio Suiza, con sus quinientos años de democracia, paz y estabilidad, produjo el reloj cu-cú”. América Latina tiene mucho de esto y en especial Cuba, que es un lugar de muchos conflictos y traumas. En general, la cultura es un antídoto a los traumas.

¿Y México?
Es un caso parecido. Apenas estuve en marzo y me entristeció mucho lo que sucede. El horror cotidiano es para ponerse a llorar, pero es importante la forma en que genera cultura de manera intensa. La energía de la producción literaria viene, creo, de una situación traumática. Leí la nueva novela de Jorge Volpi, algunas cosas de Xavier Velasco y a Carlos Velázquez. Es triste lo que describen, pero en términos literarios son de gran calidad y vitalidad, incluso superior a lo que sucede en Francia. En países como Cuba o México se hace cine o arte casi por una necesidad de supervivencia.

Conoces bien a Mario Vargas Llosa. ¿Qué opinas sobre las polémicas que suscitan sus  opiniones políticas?
Me parece un gran escritor. Hay una “Literatura”, así con mayúscula, que se encarna en ciertas figuras y entre ellas está Vargas Llosa. Cada vez que releo Conversación en La Catedral quedo atónito por la inteligencia política y la intensidad con que habla de Perú. Diría que es un libro escrito en un estado de depresión y desesperación por retratar a su país. Vargas Llosa posee la inteligencia de un gran novelista para entender la política y eso se ve también en La fiesta del Chivo. Pero es además una persona a quien le gusta pensar y llegar a ideas complejas. Para entender sus declaraciones hay que ponerlas en el contexto de una vida y una obra en donde la política siempre ha tenido un peso fuertísimo.

¿Las ideas políticas empañan su obra literaria, como sucede con Octavio Paz?
Ambos son pensadores complejos. Son personas a quienes les gusta encontrar justificación filosófica y un proceso intelectual para argumentar una posición. En el mundo de los tuits estas posiciones son difíciles de entender en toda su complejidad. Requieren de un ensayo o un libro para poder comprenderlas.

Es quizá también uno de los últimos, sino el último intelectual totémico latinoamericano…
Sin duda es el último de una generación que dio creadores y pensadores maravillosos como Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy o Carlos Fuentes. No me gusta la etiqueta del boom porque da la sensación de que salieron de la nada o de una explosión. Lo más interesante es pensar que algo ocurrió en los años veinte y treinta en América Latina que produjo figuras con un peso importante en la historia de la literatura y del pensamiento.

Ahora que hablas del primer tercio del siglo XX, me das pie para hablar de Máquinas de vanguardia, un libro que reflexiona sobre la confrontación máquina-hombre en aquella época, pero donde encuentro cierta resonancia con lo que pasa ahora.  
Cierto, el periodo de los años veinte se parece al momento actual en términos de nuestra relación con la tecnología. Los argumentos alrededor de las redes sociales son similares a los que se dieron cuando apareció la radio. Sus críticos en ambos casos sostienen que la información rápida es una amenaza para la concentración. Entonces y ahora se dio un resurgimiento del populismo, así como grandes convulsiones políticas. En el primer tercio del siglo XX nació el Partido Nacional Socialista y ahora tenemos a gente como Trump o Maduro. Las noticias de la propaganda nazi o de Mussolini son comparables a lo que hoy llamamos fake news.

¿Ves en México un riesgo populista?
En México como en todo el mundo hay una devaluación del discurso político producto de los tiempos convulsos que vivimos. Si comparas los discursos de campaña con la manera en que hablaban los candidatos hace treinta años, incluyendo al propio Carlos Salinas de Gortari, hay un detrimento. A nuestros políticos les falta algo.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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Entre las pocas certezas que rodean el caso Florence Cassez está la terrible verdad de que el sistema de justicia de nuestro país tiene cualquier cantidad de irregularidades. Con la intención de aportar una narrativa literaria a un proceso judicial que incluso llegó a enfrentar a los gobiernos de México y Francia, Jorge Volpi se propuso escribir Una novela criminal, título ganador del Premio Alfaguara de Novela 2018.

Tras su investigación, Volpi reconoce en Israel Vallarta —presunto líder de la banda de secuestradores Los Zodiaco y pareja de Cassez—, a una víctima del sistema de justicia, toda vez que para inculparlo la PGR recurrió a una serie de montajes y violaciones en el debido proceso. No obstante, asume también que dadas las condiciones del caso no es fácil conocer la verdad.  

¿Qué herramientas encontró en la literatura distintas a las periodísticas y judiciales, para articular el caso de Florence Cassez?

No tengo formación de reportero y esta es la primera vez que desarrollo un trabajo de origen periodístico. Para libros anteriores he realizado investigación histórica, pero esto fue algo distinto. De pronto tenía una inmensa cantidad de material y solo gracias a mi formación como novelista de ficción pude tratar y revisar la selección de materiales, es decir escoger qué dejar y qué quitar. Eso me ayudó a presentarlos por medio de recursos literarios como el uso de la primera persona, el contraste de voces, o el empleo de una estructura capaz de transmitir al lector la idea de que tiene frente a sus ojos el expediente. Ayudó también el uso de flashbacks o flashforwards. Normalmente estos recursos no están en una narración cronológica, pero son importantes para impactar e influir en el ritmo.

El uso de la voz me recordó a Emmanuel Carrère…

Claro, una influencia importante fue la lectura de El adversario, de Carrère. El narrador soy yo mismo, pero intenté ser lo más discreto posible. Aporto únicamente algunos apuntes y conclusiones. Señalo al lector el camino hacia algunos puntos para que todo sea más claro y le comparto mi propia sensación al ir avanzando en el caso.

Sus estudios en Derecho habrán sido muy importantes para poder entender la complejidad del caso.  

Cierto, para esta novela fue muy importante haber estudiado Derecho. Para leer un expediente judicial y entender el sistema jurídico mexicano, era necesario conocer algo de leyes.

¿Se puede entender el sistema jurídico mexicano?

Es un sistema muy enrevesado, pero es un problema de todos los órdenes. Es un sistema mal diseñado, mal implementado, donde la corrupción está en todos los niveles, donde la injerencia del poder siempre se sale con la suya y donde la tortura es una práctica constante.

En conjunto el caso de Florence Cassez tiene elementos de una gran fake news.

Desde luego. Todo el inicio del caso, empezando por el montaje, es un cúmulo de horas de fake news en vivo. Afirmar que se transmitía una captura en vivo cuando se sabía que era falso, es terrible. Y no es el único momento, pensemos en el video de David Orozco (quien acusa a Florence Cassez de ser la líder de la banda de secuestradores), es una representación de las fake news llevadas al extremo de la manera más torpe y chapucera posible. Está mal editado, se contradice, dice cosas que no tienen que ver con el resto del caso y la PGR lo presentó como si fuera un testimonio auténtico.

En términos de lo que hoy llamamos posverdad, su novela tiende un puente con el presente.

La posverdad es un término horrible. Podríamos definirla como la defensa de una idea aun sabiendo que es una mentira, como sucede con Donald Trump. A sus seguidores no les importa e incluso les da lo mismo. En el caso de Florence Cassez sucedió eso. Pudo develarse la farsa. García Luna reconoció que el montaje fue una mentira y que era una recreación, pero a nadie le importó. Y no solo eso, Calderón lo ascendió a secretario. Todo esto nos habla de la ausencia de control, de falta de honestidad y de la ausencia de un sistema justo capaz de castigar a las autoridades que cometen abusos.

¿Mientras revisaba el caso y escribía la novela tuvo la certeza de hacer esta crítica a la realidad mediatizada y a la posverdad?

No, de origen ni me lo imaginaba. Mi intención era contar la historia completa, pero luego evidentemente se convirtió en una reflexión sobre el papel de los medios frente a la justicia, sobre todo cuando la justica se convierte en espectáculo.

¿Qué conclusión saca de la justicia mexicana?

Es una justicia que nos convierte en ciudadanos a medias, absolutamente desprotegidos cuando uno entra en cualquier proceso policiaco de investigación o judicial.

¿Qué aportó a su trabajo abordar a personas reales como Florence Cassez e Israel Vallarta como personajes literarios?

Es la primera vez en donde mis personajes son personas. Intenté entenderlos mejor, hasta donde fuese posible; tratar de saber más y mejor de ellos, pero al mismo tiempo sentí la frustración de no desarrollar una novela de ficción para poder especular acerca de sus pensamientos en búsqueda de la verdad. Aprendí a lidiar con la tentación de las licencias de la ficción.

La lectura de Una novela criminal deja la impresión de que el sistema judicial rebasa  las posibilidades de la ficción, ¿no?

A lo largo del caso hay muchos momentos que suenan inverosímiles, aunque son reales. Nosotros ya estamos acostumbrados, pero ahora que presenté el libro en España, lectores y periodistas no podían creer que la policía fuera la que provocara un montaje de esa magnitud; es tan increíble que cuesta entenderlo.

Tras la lectura de su libro concluyo que ve a Israel Vallarta como una víctima del sistema.

Por supuesto, es una víctima del sistema de justicia. También me queda la sensación de que no sabemos realmente qué ocurrió ese día porque las autoridades hicieron hasta lo imposible para que no se supiera y como no sabemos, tenemos que aplicarle la presunción de inocencia.

Esta falta de certeza promovida desde las autoridades ocurre constantemente. Otro ejemplo podría ser lo ocurrido con los 43 normalistas de Ayotzinapa.   

Es una constante del sistema judicial. El problema en el caso de Florence Cassez está en que las autoridades están obligadas a cumplir ciertos procedimientos y aquí no solo no los cumplieron, los torcieron todos intencionalmente.

¿Cómo tener perspectiva literaria de un caso que aún no está cerrado?

Tienes razón, es un caso inacabado y por lo tanto la novela no está terminada. Israel Vallarta aún no tiene sentencia y a pesar de ello está en un penal de máxima seguridad. Pero han pasado doce años desde inicio del caso, un tiempo relativamente largo para un suceso de actualidad, lo que permite ver hechos como el montaje o la pelea entre Calderón y Sarkozy ya con cierta distancia.

En el caso del conflicto entre ambos presidentes leemos una reflexión sobre el poder, tema, por cierto, presente en varios de sus libros.

Sí, en este caso quería indagar en cómo el sistema está diseñado para que los poderosos se salgan con la suya y para que quienes no tienen poder siempre terminen vencidos.

¿Con su novela hay una intención de ejercer una justicia digamos literaria?

Sí, por lo menos es una forma de hacer que la literatura sirva para revelar cómo funciona el sistema, lo terrible que es nuestro sistema. Es difícil dar una narrativa al periodo que vivimos, pero a la vez es muy necesaria porque vivimos en una época en la que las redes sociales hacen que te enteres de todo, pero a la vez en la que todo es efímero. No hay profundidad en el análisis, en el seguimiento de los escándalos y de las exigencias de rendición de cuentas de quien tiene poder.

A juzgar por algunos de sus últimos libros (Las elegidas, Contra Trump, Una novela criminal), creo que usted está asumiendo un compromiso literario con el presente.

Hasta ahora lo he sentido, pero no se cuanto tiempo se mantendrá.

Héctor González

Periodista cultural.

Una novela criminal, título ganador del Premio Alfaguara de Novela 2018, será presentado este 17 de abril a las 18:30 horas en la Biblioteca de México.

 

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