Durante años, Liliana Pedroza recorrió México de punta a punta con una consigna: rastrear a las  cuentistas mexicanas que han sido olvidadas por el canon. El fruto de esa investigación es Historia secreta del cuento mexicano 1910-2017, obra en la que la investigadora reúne a una pléyade de autoras que nos obligan a repensar nuestra historia literaria.

Liliana Pedroza
Historia secreta del cuento mexicano 1910-2017
Universidad Autónoma de Nuevo León, 2018
200 pp.


El proyecto comenzó a tomar forma en el año 2000. Un buen día en Madrid, Liliana Pedroza (Chihuahua, 1976) comentó en voz alta una idea que desde tiempo atrás traía en mente: realizar un catálogo de cuentistas mexicanas. Las cosas existen cuando se nombran y a partir de entonces se dedicó a trabajar en lo que hoy es la Historia secreta del cuento mexicano 1910-2017 (Universidad Autónoma de Nuevo León).

De 2003 a 2005, la investigadora recorrió 31 estados de la república para rastrear a aquellas cuentistas que durante el siglo XX y principios del XXI trazaron ruta. El objetivo de la investigación es mostrar el “lado B” de los trabajos de Luis Leal, Bibliografía del cuento mexicano (1958); de Emmanuel Carballo y su Bibliografía del cuento mexicano del siglo XX (1988); y el Panorama crítico-bibliográfico del cuento mexicano (1950-1995) (1997), de Russell M. Cluff. “Quería hacer un catálogo historiográfico con nombres y títulos de mexicanas que han publicado cuento. Quise empatar las publicaciones de mujeres con el canon de Luis Leal, pero no calzaban. Imagínate, en su libro menciona a doce escritoras, cuando en realidad había ochenta”, explica en entrevista.

Pedroza descubrió que la evolución literaria femenina está apegada a los movimientos sociales no nada más a nivel general, como la Revolución, sino también a luchas sociales propias como el derecho al voto, la planificación familiar o el aborto. Sin ser una minoría, “las mujeres somos tratadas como tal”, precisa. Un problema más era el centralismo. Ni en los catálogos ni en las antologías de la primera mitad del siglo XX eran nombradas. Los estudios y las críticas se basaban en las publicaciones que llegaban a la capital. La cartografía de Liliana Pedroza recorre 108 años y reúne 512 autoras, 856 libros y 312 antologías. Además, revisa el desarrollo de 19 políticas culturales vinculadas a su tema.

Publicar a contracorriente

En 1910, año en que inicia el recuento, las mujeres rompieron varias cadenas. Abandonaron los diarios y las crónicas personales para atreverse a publicar. “Solían hacerlo con pseudónimo para no afectar su vida personal y poder labrar una trayectoria profesional”. María Elvira Bermúdez firmaba con el pseudónimo ‘Raúl Weil’; Asunción Izquierdo de Albiñana, como ‘Pablo María Fonsalba’; ella, desde el anonimato, ganó un concurso de El Universal Gráfico. Dado que estaba casada con un político prefirió mantener un perfil bajo y no fue a recibir el premio. “Un caso particular es el Dolores Bolio, quien publica su primer libro de cuentos bajo el nombre de ‘Luis Avellaneda’. En el prólogo incluyó un diálogo imaginario donde revela su verdadero nombre. Usó el nombre masculino como anzuelo para atrapar al lector”, precisa la investigadora.

Un primer repunte en el número de escritoras se dio a mediados del siglo XX. A nivel nacional, la mujer representaba el 50.7% de la población, mientras que dentro de la UNAM ocupaba la cuarta parte de la matrícula. Reflejo de ello es la fundación de revistas con participación exclusivamente femenina como Rueca, a finales de los cuarenta, creada por Emma Saro y Carmen Toscano, y El Rehilete, a cargo de Beatriz Espejo y con la participación de Rosario Castellanos. “Probablemente es el primer boom literario femenino. Actualmente se menosprecia a aquellos esfuerzos, pero sin duda representaron un punto de quiebre”. 

Más allá de la moda

Desde hace al menos treinta a años, las mujeres ocupan la tercera parte de la literatura nacional. No obstante, todavía enfrentan problemas para ganarse un lugar. “Socialmente encontramos trabas y tenemos la misión de demostrar que podemos ser mejores que los hombres. Siempre estamos en el punto de mira. Todavía encuentras antologías donde de dieciséis autores convocados, solo uno es mujer, y eso para cumplir con la cuota de género. Hay una imposición tácita que nos pide nuestro mejor trabajo”.

El recorrido cronológico de Historia secreta del cuento mexicano 1910-2017 registra un nuevo repunte de la literatura femenina a partir de los años ochenta. “Es una consecuencia de los movimientos feministas. Cada vez más mujeres acceden a niveles educativos altos y figuran más en la espera pública”. Pero para hablar de un auténtico boom es preciso llegar a la década de los noventa. “Ahí es cuando la producción y publicación no solo explota, también se mantiene en buen nivel. Entonces, por ejemplo, hay un grupo de autoras lesbianas que denuncian cómo son invisibilizadas por ser mujeres, lesbianas y en algunos casos, indígenas”.

En lo que va del siglo XXI, la novedad son las búsquedas temáticas y estilísticas de las escritoras. “Primero, la mujer trató de hablar de su función social, después habló de su papel en la historia y en la literatura. A partir de las autoras nacidas en los sesenta se plantean búsquedas que permean a hombres y mujeres, es decir, se habla de temas que incumben a ambos sexos. En medio de esta línea del tiempo, un momento interesante en términos de modernidad lo encuentro durante los cincuenta y sesenta, donde leemos una gran variedad y exploración de gente como Margo Glantz, Rosario Castellanos, Beatriz Espejo o María Elvira Bermúdez, escritora de cuento policiaco poco leída”.

Crítica patriarcal

Actualmente Liliana Pedroza prepara una colección cuento escrito por mujeres para la editorial regiomontana Atrasalante. “Queremos mostrar la evolución del cuento mexicano a partir de la participación femenina”. Añade que hay bastantes escritoras poco leídas u olvidadas. “Del periodo revolucionario solemos hablar de Nellie Campobello, recientemente rescatada por su tragedia personal. No es la única, hay más. Coronelas que dan testimonio de una participación femenina muy activa. Cuando se habla de esta época no se toma en cuenta a estas voces. Son mujeres con un perfil fuerte, aguerridas, con estrategias de guerra. Mujeres que a caballo luchan, matan y mueren. Nos estamos perdiendo de una visión importante de nuestra historia”.

Dolores Bolio, Laura Méndez de Cuenca, María Enriqueta Camarillo, Emma Dolujanoff Asunción Izquierdo de Albiñana, María Luisa Vera, Carmen Báez, María Elvira Bermúdez, Rosario Sanmiguel, Virginia Hernández, Elvira Aguilar, Patricia Laurent Kullick, Maritza Buendía, Sylvia Aguilar Zéleny, Magali Velasco Vargas, Vivian Abenshushan,  Liliana Blum, Edith Villavicencio y Aniela Rodríguez, son algunos de los secretos mejor guardados dentro de la literatura mexicana, enlista Liliana Pedroza.

La razón de su olvido u omisión obedece a que la crítica literaria es esencialmente machista. “¿Por qué las mujeres no estamos representadas en las políticas culturales a pesar de que conformamos la tercera parte de la literatura mexicana? ¿Por qué no estamos en las mesas, los jurados o en las antologías? La razón está en una visión patriarcal. Yo misma me tuve que descolonizar en ese aspecto. Al principio de la investigación me daba flojera leer a una mujer hablando de la cocina, la menstruación o la maternidad. Pensaba que la literatura era otra cosa. Nos enseñaron que tenía que ver con las grandes proezas de los generales o las pequeñas batallas individuales. El ámbito doméstico no era literario. A partir de la lectura de estas autoras pude descolonizar mi mirada”.

Concluye que algunas de las vacas sagradas de la crítica, como Christopher Domínguez Michael, son eminentemente machistas. “Él lo es, aunque diga que creció entre feministas. Su Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005) ofrece una visión parcial y personal nada más. Por mi parte quise darles visibilidad a las escritoras de cuento más a allá de si son buenas o malas; ya será labor de lectores atentos y críticos serios investigarlas. La reivindicación se irá dando poco a poco, pero para ello hay que tratar de incidir en el lector”.  

 

Héctor González
Periodista cultural.

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En medio de la guerra civil que divide a Estados Unidos en dos, Willie, el hijo de doce años del presidente Abraham Lincoln, cae enfermo. En cuestión de días, el pequeño muere y su cuerpo es trasladado hasta un cementerio en Georgetown. La escena del mandatario llorando junto a la tumba del menor es la detonante de Lincoln en el Bardo (Seix Barral, 2018), título con el cual George Saunders no solo debutó como novelista, sino que además le dio los bonos suficientes para obtener el prestigioso Premio Man Booker 2017. 

Hasta ahora Saunders se había distinguido como un notable cuentista. Sin embargo, con el ambicioso ejercicio coral que supone su primera novela, en la que da vida a más 160 voces, el autor se erige como un maestro de las distancias largas. Converso al budismo, el escritor texano recupera la noción del Bardo como aquel espacio intermedio entre la vida y la muerte. Su libro transcurre en ese terreno y en una especie de tiempo indefinido donde conviven la ensoñación con el misterio y el dolor.

A través del luto y la pérdida, el narrador plantea la posibilidad de volver al origen y a lo básico para renacer ante el caos. De hecho, reconoce en entrevista, que dada la situación social y política que predomina en su país, le gustaría que su novela se leyera como una invitación a refundar los valores que dieron origen a Estados Unidos.


Héctor González: Hasta ahora eras conocido por tu trabajo como cuentista. ¿La escritura de una novela era un pendiente?

George Saunders: No, sinceramente, ya casi había renunciado a la novela. De hecho, estaba un poco orgulloso de solamente ser un escritor de “historias cortas”. Pero luego llegó la idea de Lincoln en el Bardo y a medida que trabajé en ella, siguió creciendo. He de reconocer, sin embargo, que una vez que terminé su escritura encontré un pequeño estallido de orgullo por haber, finalmente, escrito una novela o algo parecido por lo menos.  

HG: La imagen de Lincoln llorando la muerte de su hijo en medio de la guerra civil es conmovedora. ¿Cómo definiste que ahí estaría el disparador la historia?

GS: Hace muchos años escuché esa anécdota y desde entonces me había acompañado. Ya había intentado escribirla, pero no me salía. Incluso había descartado cualquier posibilidad de trabajarla, pero el ciclo se repitió. Finalmente, en 2012, pensé: “Bueno, es ahora o nunca”. Después de que una idea o material te acompaña durante tanto tiempo, vale la pena hacer un esfuerzo sincero. Si fracasas será, al menos, un fracaso honorable. Podría definirlo como una encrucijada artística. Atreverse o morir.

HG: En esta imagen de Lincoln y en el libro mismo hay una reflexión sobre la culpa.

GS: Bueno, creo que tienes razón. Crecí siendo católico, así que la culpa forma parte de mi identidad. Pero también, en la historia de la relación de Lincoln y su hijo había muchas razones por las cuales él, esto siempre me pareció sospechoso, podría sentirse culpable. Te pongo un ejemplo: mientras el chico se encontraba enfermo organizaron una fiesta. Tras la celebración, Willie empeoró.  

HG: Tu Bardo y los espíritus que lo habitan se resisten con cierta rebeldía e ingenuidad al paso del tiempo. Te confieso que por momentos me parecía una especie de “Tierra del nunca jamás”.

GS: Tiene sentido ahora que lo mencionas; los espíritus se niegan a “crecer”, por así decirlo. Y como Peter Pan, eso crea una especie de personalidad atrofiada, con mucha energía de negación. No obstante, la idea del Bardo se sostiene más en la tradición tibetana que lo ubica como un lugar intermedio entre la vida y la muerte.  

HG: 166 voces para contar una historia suponen un ejercicio profundo de narración donde la voz del autor está prácticamente diluida. ¿Por qué hacerlo de esta manera?

GS: Mi intención no era diluir la voz del autor sino erradicarla. Me gusta la idea de que en cualquier momento la “realidad” se articule a partir de voces dispares que únicamente opinan (dentro de nuestras cabezas o fuera de ellas). Prefiero esta estructura a la del narrador omnisciente tradicional. Me encanta Shakespeare cuando no se hace presente y consigue que su conciencia adquiera diferentes formas, es entonces cuando salen todas sus voces narrativas, ninguna de ellas autoritaria, o “totalmente correcta” o “totalmente incorrecta”. Siento que así es como Dios nos ve: un grupo de fenómenos maravillosamente obstinados, cada uno pensando que él o ella es el centro absoluto y correcto del universo.

HG: Otro tema en tu libro es la muerte. ¿De qué manera tu adhesión al budismo cambió tu percepción al respecto?

GS: Sería difícil para mí articular una respuesta. Cualquier sistema espiritual plantea una manera para que aceptemos nuestra propia e inminente muerte; una forma de sentirnos lo suficientemente bien al respecto como para seguir viviendo aquí con cierto placer y positividad. Si el practicante encuentra en su sistema de fe una protección contra su propio temor a la mortalidad y una forma totalmente verdadera e incluso científica de entrar en la verdad de la vida y por lo tanto liberarse del miedo, es maravilloso.

HG: Al final, tu libro deja una sensación de esperanza, un sentimiento que creo que no tiene mucho que ver con el presente de los Estados Unidos.

GS: No soy optimista ni pesimista sobre lo que sucede en mi país, solo te puedo decir que estoy sorprendido por el presente. Cuando pienso en una forma para poder ver, o mejor dicho salir, del momento de locura y enfermedad que vivimos, solo se me ocurre desviarnos hacia una autocracia completa. Es una gran prueba nacional. Toda nuestra historia racista, violenta y xenófoba, que pensamos (o al menos pensé) se estaba desvaneciendo, ha florecido nuevamente. Resulta que nunca se fue, solo se escondió. Y esas fuerzas son poderosas, como lo son las fuerzas de la banalidad y el materialismo. A estas alturas reconozco, y sin proponérmelo realmente, que me gustaría que en Estados Unidos trabajáramos en la visión final del libro. Necesitamos repensar en los valores que motivaron su fundación: la búsqueda de un lugar donde la igualdad política y espiritual se unen para ser celebrados y defendidos. Ya veremos qué sucede, pero quiero aprovechar para pedir disculpas a México por el mal comportamiento que emana desde la cúpula de nuestro gobierno.

HG: Recientemente murieron dos grandes escritores estadounidenses, Tom Wolfe y Philip Roth. ¿Cuál es tu relación con el trabajo de cada uno?  

GS: Mi formación es de clase trabajadora y mi vida laboral comenzó como ingeniero, así que no creo que tenga que decir demasiado en ese sentido. A ambos los leí, me encantaron y sin duda aprendí de su trabajo. Me impresiona su gran productividad y el enorme alcance de los mundos que tomaron. En términos de beisbol, realmente dieron grandes batazos. Dicho esto, me siento aún más como un escritor en ciernes y por lo tanto creo que lo mejor será que me vaya a trabajar.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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Entre 2014 y 2015 Rubén Gallo (México, 1969) vivió en Cuba. Sin proponérselo tuvo el tino de estar en la isla cuando el país reanudó relaciones con Estados Unidos. Eran los años de Barack Obama; hoy con Donald Trump, el panorama es otro. Producto de aquellos meses es Teoría y práctica de La Habana (Jus), novela de no ficción donde muestra el proceso de transición a ras de piso, es decir, como se vivió en las calles y entre la gente de a pie.

La fijación de Gallo sobre Cuba no es gratuita y bien se puede entender como un eslabón más en su cada vez más profundo ejercicio de conocer y comprender América Latina, y dentro del cual se pueden incluir sus libros Los latinoamericanos de Proust, Mario Vargas Llosa. Conversaciones en Princeton y Máquinas de vanguardia.

En entrevista desde Francia, donde se encuentra preparando un seminario acerca de Freud, otra de sus obsesiones, el escritor hace una revisión de su trabajo y de su perspectiva latinoamericanista.

¿Por qué dedicar un libro a Cuba?
Me interesaba hacer una novela sin ficción, como diría Javier Cercas, a partir de mis experiencias ocurridas en Cuba entre 2014 y 2015. Quería mostrar su realidad, pero de una manera aglutinada y donde todo se mezcla.

¿Hacía falta hablar de la homosexualidad en sitios como Centro Habana, algo ya contado por Pedro Juan Gutiérrez?
Sí, pero no quería tratarlo como parte de una vida subterránea porque no lo es. A las dos de la tarde puedes encontrarte a los travestis en la heladería Coppelia. Es un mundo muy sano donde todo está integrado. No se vive como algo escondido y alejado del mainstream. Si algo me interesa de Cuba es que es un país sumido en una transición y como en todos los lugares que sufren un periodo de cambio, se ha generado una pulsión creativa y de contradicciones. En la España posterior a la muerte de Franco nació la “movida” de los años ochenta; en la Europa del Este, después de los años noventa y el colapso de la Unión Soviética, en lugares como Praga, Varsovia o Budapest, surgió una energía impresionante de optimismo e idealismo.

De hecho tu novela empieza el 17 de septiembre de 2014, fecha en que se reanudaron las relaciones entre Estados Unidos y Cuba.
Sí, estar ahí ha sido uno de los mejores momentos de mi vida. Me tocó ver una euforia impresionante. Después de cincuenta y ocho años de Guerra Fría, de sufrimiento y antagonismo con los yanquis, parecía que venía algo casi utópico. Obviamente la historia resultó más complicada, pero yo quería retratar los momentos de euforia y transición.

De euforia pero también de contradicción. En uno de los capítulos del libro reseñas la dificultad que implica conseguir leche de vaca fresca para los cubanos. En el mejor de los casos hay buscarla en granjas porque en las tiendas es imposible encontrarla.
Sin duda. Mira, ahora México vive un buen momento económico. Persiste la desigualdad, pero hay riqueza material. Dentro de una tienda puedes encontrar cualquier cantidad y variedad de productos. En cambio, en Cuba sucede lo contrario. Sus almacenes se parecen a las tiendas del ISSSTE de los años setenta. Los anaqueles están vacíos, no encuentras muchas cosas y no sabes cuándo llegarán. Pero lo interesante en todo caso es que la carestía no es como la imaginamos. El hecho de no encontrar leche fresca en La Habana motiva el ingenio de la gente. El capítulo al que te refieres muestra también las diversas formas de resolver las adversidades y de generar una riqueza humana.

A final de cuentas Cuba sigue polarizando a América Latina. Habrá quienes vean en el caso de la leche un reflejo de la miseria, y quienes, como tú, lo entienden como un detonante de riqueza humana.
A partir del encarcelamiento del poeta Heberto Padilla en 1971, se dio un parteaguas entre quienes critican los excesos del castrismo como Vargas Llosa, Octavio Paz e incluso Monsiváis, aunque su posición era más moderada; y entre los defensores de la revolución, como García Márquez, Cortázar y muchos otros que mantuvieron una posición que si bien reconocía los problemas, se decantaba por defenderla ante la amenaza de Estados Unidos. Hoy la situación es otra. La Cuba de hoy tiene poco o nada que ver con la de entonces. Ahora vemos un apoyo a las minorías sexuales: de hecho es el único país del mundo que tiene bares gay estatales. El problema actual es que es uno de los países ajenos a la globalización. Su realidad solo se puede entender viviendo ahí, al menos una temporada. Por eso quería mostrar que más allá de las posiciones políticas, la gente hace su vida como en cualquier otro lugar.

Aunque todavía se le ubica como la punta de lanza de un eje conformado por Venezuela o Bolivia, y al que podría sumarse México según algunos analistas.
Sí, aunque es muy contradictorio porque uno de los presidentes mexicanos que más apoyo dio y recibió de Cuba fue Carlos Salinas de Gortari. Alrededor de Cuba se han proyectado muchas fantasías y para América Latina sigue teniendo un peso afectivo muy fuerte.

¿Y para Estado Unidos?
México y Cuba se parecen en varias cosas. Son los únicos países de América Latina que comparten frontera con Estados Unidos. La relación de tener como vecino al país más rico del planeta complica la existencia. Lo interesante sin embargo es que a pesar de ser una islita con once millones de habitantes sigue teniendo un peso importante. Durante la campaña de Hillary Clinton y Donald Trump no pasó una semana en la que Cuba no diera nota de primera plana. A lo largo de su gobierno, Obama tuvo dos grandes logros en política exterior: el acuerdo con Irán, perfectamente entendible por su poderío, y el restablecimiento de las relaciones con Cuba.

Poniendo en perspectiva varios de tus libros, este se suma a Los latinoamericanos de Proust, Mario Vargas Llosa. Conversaciones en Princeton y Máquinas de vanguardia como ejercicios de reflexión acerca de América Latina.
Acerca de América Latina se ha escrito mucho, a pesar incluso de que es un concepto inventado en Francia durante el siglo XIX y en un momento de pugna por el control cultural del continente americano. Se creó el término argumentando más afinidad con Francia y su vida intelectual, y en oposición a la América sajona. Hay quienes critican el concepto y lo califica de imperialista. Una de las razones de mi interés por Cuba es porque en su interior sí existe América Latina. Un día, en el hotel Habana Libre, nos encontramos en el elevador un boliviano, un argentino, un peruano y un mexicano, todos habíamos ido a buscar la fantasía de lo que puede significar Cuba. Visto desde México, el concepto tiene menos impacto. Podemos hacer nuestra vida sin preocuparnos por lo que pasa en Argentina o Brasil.

¿A ti qué te dice la idea de América Latina?
Es una idea muy compleja, sí inventada desde Francia, pero con argumentos que mantienen su vigencia. De México a Argentina compartimos idioma, una historia en común con España y una herencia difícil de llevar como es la reconciliación entre lo hispano y las culturas indígenas.

¿Cómo convive en la región la potencia cultural que lo mismo influye a Proust, Hemingway o Lowry con la desigualdad social?
En ese sentido Cuba es ejemplar, es una islita de once millones, tiene mil kilómetros de punta a punta y menos de doscientos de norte a sur. Sin embargo, su producción cultural es impresionante. Tienen una literatura brutal, el cine de Tomás Gutiérrez Alea, la plástica de Wilfredo Lam y Tania Bruguera. La potencia desmesurada de su cultura no tiene nada que ver con su economía. En El tercer hombre Orson Welles dice: “Si ves la historia de Italia, encuentras corrupción, traición, asesinatos, y así han producido el Renacimiento. En cambio Suiza, con sus quinientos años de democracia, paz y estabilidad, produjo el reloj cu-cú”. América Latina tiene mucho de esto y en especial Cuba, que es un lugar de muchos conflictos y traumas. En general, la cultura es un antídoto a los traumas.

¿Y México?
Es un caso parecido. Apenas estuve en marzo y me entristeció mucho lo que sucede. El horror cotidiano es para ponerse a llorar, pero es importante la forma en que genera cultura de manera intensa. La energía de la producción literaria viene, creo, de una situación traumática. Leí la nueva novela de Jorge Volpi, algunas cosas de Xavier Velasco y a Carlos Velázquez. Es triste lo que describen, pero en términos literarios son de gran calidad y vitalidad, incluso superior a lo que sucede en Francia. En países como Cuba o México se hace cine o arte casi por una necesidad de supervivencia.

Conoces bien a Mario Vargas Llosa. ¿Qué opinas sobre las polémicas que suscitan sus  opiniones políticas?
Me parece un gran escritor. Hay una “Literatura”, así con mayúscula, que se encarna en ciertas figuras y entre ellas está Vargas Llosa. Cada vez que releo Conversación en La Catedral quedo atónito por la inteligencia política y la intensidad con que habla de Perú. Diría que es un libro escrito en un estado de depresión y desesperación por retratar a su país. Vargas Llosa posee la inteligencia de un gran novelista para entender la política y eso se ve también en La fiesta del Chivo. Pero es además una persona a quien le gusta pensar y llegar a ideas complejas. Para entender sus declaraciones hay que ponerlas en el contexto de una vida y una obra en donde la política siempre ha tenido un peso fuertísimo.

¿Las ideas políticas empañan su obra literaria, como sucede con Octavio Paz?
Ambos son pensadores complejos. Son personas a quienes les gusta encontrar justificación filosófica y un proceso intelectual para argumentar una posición. En el mundo de los tuits estas posiciones son difíciles de entender en toda su complejidad. Requieren de un ensayo o un libro para poder comprenderlas.

Es quizá también uno de los últimos, sino el último intelectual totémico latinoamericano…
Sin duda es el último de una generación que dio creadores y pensadores maravillosos como Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy o Carlos Fuentes. No me gusta la etiqueta del boom porque da la sensación de que salieron de la nada o de una explosión. Lo más interesante es pensar que algo ocurrió en los años veinte y treinta en América Latina que produjo figuras con un peso importante en la historia de la literatura y del pensamiento.

Ahora que hablas del primer tercio del siglo XX, me das pie para hablar de Máquinas de vanguardia, un libro que reflexiona sobre la confrontación máquina-hombre en aquella época, pero donde encuentro cierta resonancia con lo que pasa ahora.  
Cierto, el periodo de los años veinte se parece al momento actual en términos de nuestra relación con la tecnología. Los argumentos alrededor de las redes sociales son similares a los que se dieron cuando apareció la radio. Sus críticos en ambos casos sostienen que la información rápida es una amenaza para la concentración. Entonces y ahora se dio un resurgimiento del populismo, así como grandes convulsiones políticas. En el primer tercio del siglo XX nació el Partido Nacional Socialista y ahora tenemos a gente como Trump o Maduro. Las noticias de la propaganda nazi o de Mussolini son comparables a lo que hoy llamamos fake news.

¿Ves en México un riesgo populista?
En México como en todo el mundo hay una devaluación del discurso político producto de los tiempos convulsos que vivimos. Si comparas los discursos de campaña con la manera en que hablaban los candidatos hace treinta años, incluyendo al propio Carlos Salinas de Gortari, hay un detrimento. A nuestros políticos les falta algo.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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Entre las pocas certezas que rodean el caso Florence Cassez está la terrible verdad de que el sistema de justicia de nuestro país tiene cualquier cantidad de irregularidades. Con la intención de aportar una narrativa literaria a un proceso judicial que incluso llegó a enfrentar a los gobiernos de México y Francia, Jorge Volpi se propuso escribir Una novela criminal, título ganador del Premio Alfaguara de Novela 2018.

Tras su investigación, Volpi reconoce en Israel Vallarta —presunto líder de la banda de secuestradores Los Zodiaco y pareja de Cassez—, a una víctima del sistema de justicia, toda vez que para inculparlo la PGR recurrió a una serie de montajes y violaciones en el debido proceso. No obstante, asume también que dadas las condiciones del caso no es fácil conocer la verdad.  

¿Qué herramientas encontró en la literatura distintas a las periodísticas y judiciales, para articular el caso de Florence Cassez?

No tengo formación de reportero y esta es la primera vez que desarrollo un trabajo de origen periodístico. Para libros anteriores he realizado investigación histórica, pero esto fue algo distinto. De pronto tenía una inmensa cantidad de material y solo gracias a mi formación como novelista de ficción pude tratar y revisar la selección de materiales, es decir escoger qué dejar y qué quitar. Eso me ayudó a presentarlos por medio de recursos literarios como el uso de la primera persona, el contraste de voces, o el empleo de una estructura capaz de transmitir al lector la idea de que tiene frente a sus ojos el expediente. Ayudó también el uso de flashbacks o flashforwards. Normalmente estos recursos no están en una narración cronológica, pero son importantes para impactar e influir en el ritmo.

El uso de la voz me recordó a Emmanuel Carrère…

Claro, una influencia importante fue la lectura de El adversario, de Carrère. El narrador soy yo mismo, pero intenté ser lo más discreto posible. Aporto únicamente algunos apuntes y conclusiones. Señalo al lector el camino hacia algunos puntos para que todo sea más claro y le comparto mi propia sensación al ir avanzando en el caso.

Sus estudios en Derecho habrán sido muy importantes para poder entender la complejidad del caso.  

Cierto, para esta novela fue muy importante haber estudiado Derecho. Para leer un expediente judicial y entender el sistema jurídico mexicano, era necesario conocer algo de leyes.

¿Se puede entender el sistema jurídico mexicano?

Es un sistema muy enrevesado, pero es un problema de todos los órdenes. Es un sistema mal diseñado, mal implementado, donde la corrupción está en todos los niveles, donde la injerencia del poder siempre se sale con la suya y donde la tortura es una práctica constante.

En conjunto el caso de Florence Cassez tiene elementos de una gran fake news.

Desde luego. Todo el inicio del caso, empezando por el montaje, es un cúmulo de horas de fake news en vivo. Afirmar que se transmitía una captura en vivo cuando se sabía que era falso, es terrible. Y no es el único momento, pensemos en el video de David Orozco (quien acusa a Florence Cassez de ser la líder de la banda de secuestradores), es una representación de las fake news llevadas al extremo de la manera más torpe y chapucera posible. Está mal editado, se contradice, dice cosas que no tienen que ver con el resto del caso y la PGR lo presentó como si fuera un testimonio auténtico.

En términos de lo que hoy llamamos posverdad, su novela tiende un puente con el presente.

La posverdad es un término horrible. Podríamos definirla como la defensa de una idea aun sabiendo que es una mentira, como sucede con Donald Trump. A sus seguidores no les importa e incluso les da lo mismo. En el caso de Florence Cassez sucedió eso. Pudo develarse la farsa. García Luna reconoció que el montaje fue una mentira y que era una recreación, pero a nadie le importó. Y no solo eso, Calderón lo ascendió a secretario. Todo esto nos habla de la ausencia de control, de falta de honestidad y de la ausencia de un sistema justo capaz de castigar a las autoridades que cometen abusos.

¿Mientras revisaba el caso y escribía la novela tuvo la certeza de hacer esta crítica a la realidad mediatizada y a la posverdad?

No, de origen ni me lo imaginaba. Mi intención era contar la historia completa, pero luego evidentemente se convirtió en una reflexión sobre el papel de los medios frente a la justicia, sobre todo cuando la justica se convierte en espectáculo.

¿Qué conclusión saca de la justicia mexicana?

Es una justicia que nos convierte en ciudadanos a medias, absolutamente desprotegidos cuando uno entra en cualquier proceso policiaco de investigación o judicial.

¿Qué aportó a su trabajo abordar a personas reales como Florence Cassez e Israel Vallarta como personajes literarios?

Es la primera vez en donde mis personajes son personas. Intenté entenderlos mejor, hasta donde fuese posible; tratar de saber más y mejor de ellos, pero al mismo tiempo sentí la frustración de no desarrollar una novela de ficción para poder especular acerca de sus pensamientos en búsqueda de la verdad. Aprendí a lidiar con la tentación de las licencias de la ficción.

La lectura de Una novela criminal deja la impresión de que el sistema judicial rebasa  las posibilidades de la ficción, ¿no?

A lo largo del caso hay muchos momentos que suenan inverosímiles, aunque son reales. Nosotros ya estamos acostumbrados, pero ahora que presenté el libro en España, lectores y periodistas no podían creer que la policía fuera la que provocara un montaje de esa magnitud; es tan increíble que cuesta entenderlo.

Tras la lectura de su libro concluyo que ve a Israel Vallarta como una víctima del sistema.

Por supuesto, es una víctima del sistema de justicia. También me queda la sensación de que no sabemos realmente qué ocurrió ese día porque las autoridades hicieron hasta lo imposible para que no se supiera y como no sabemos, tenemos que aplicarle la presunción de inocencia.

Esta falta de certeza promovida desde las autoridades ocurre constantemente. Otro ejemplo podría ser lo ocurrido con los 43 normalistas de Ayotzinapa.   

Es una constante del sistema judicial. El problema en el caso de Florence Cassez está en que las autoridades están obligadas a cumplir ciertos procedimientos y aquí no solo no los cumplieron, los torcieron todos intencionalmente.

¿Cómo tener perspectiva literaria de un caso que aún no está cerrado?

Tienes razón, es un caso inacabado y por lo tanto la novela no está terminada. Israel Vallarta aún no tiene sentencia y a pesar de ello está en un penal de máxima seguridad. Pero han pasado doce años desde inicio del caso, un tiempo relativamente largo para un suceso de actualidad, lo que permite ver hechos como el montaje o la pelea entre Calderón y Sarkozy ya con cierta distancia.

En el caso del conflicto entre ambos presidentes leemos una reflexión sobre el poder, tema, por cierto, presente en varios de sus libros.

Sí, en este caso quería indagar en cómo el sistema está diseñado para que los poderosos se salgan con la suya y para que quienes no tienen poder siempre terminen vencidos.

¿Con su novela hay una intención de ejercer una justicia digamos literaria?

Sí, por lo menos es una forma de hacer que la literatura sirva para revelar cómo funciona el sistema, lo terrible que es nuestro sistema. Es difícil dar una narrativa al periodo que vivimos, pero a la vez es muy necesaria porque vivimos en una época en la que las redes sociales hacen que te enteres de todo, pero a la vez en la que todo es efímero. No hay profundidad en el análisis, en el seguimiento de los escándalos y de las exigencias de rendición de cuentas de quien tiene poder.

A juzgar por algunos de sus últimos libros (Las elegidas, Contra Trump, Una novela criminal), creo que usted está asumiendo un compromiso literario con el presente.

Hasta ahora lo he sentido, pero no se cuanto tiempo se mantendrá.

Héctor González

Periodista cultural.

Una novela criminal, título ganador del Premio Alfaguara de Novela 2018, será presentado este 17 de abril a las 18:30 horas en la Biblioteca de México.

 

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