En su más reciente libro, Perseguir la noche, Rafael Pérez Gay habla sobre su lucha contra el cáncer, la enfermedad y el dolor, pero también regresa a la Ciudad de México de finales del siglo XIX y principios del XX, época en que los modernistas hicieron del Centro Histórico su territorio.

Rafael Pérez Gay
Perseguir la noche
México
Seix Barral
2018
200 pp.


Cada vez que Rafael Pérez Gay (Ciudad de México, 1957) habla del cáncer cruza los dedos. Sabe que lleva la marca indeleble de quien lo padeció y cada tanto una sombra atraviesa cualquier situación. “Sé que es su sombra”, reconoce.

El escritor publicó Perseguir la noche (Seix Barral, 2018), novela con la que cierra lo que él mismo ha llamado “tríptico indeseable”. En el primero, Nos acompañan los muertos, los protagonistas son sus padres; en El cerebro de mi hermano el epicentro es su hermano José María; y en la más reciente es el propio Rafael quien lleva la voz cantante.

En entrevista y sin un ápice de ironía, confiesa: “Una parte de mí cree que la compañía de los escritores me devolvió la posibilidad de quedarme en el barrio de los vivos”.

Héctor González: Te robo una de las preguntas que planteas en el libro. ¿Qué tan lejos estás del escritor que querías ser?

Rafael Pérez Gay: Es una pregunta difícil de contestar. Uno siempre debe estar lejos del escritor al que aspira ser. Y nunca debe sentirse suficientemente satisfecho. El libro que uno trae entre manos siempre tiene la posibilidad de ser mejor. Decía Adolfo Bioy Casares: “Cada nuevo libro es una posibilidad de evitar los errores cometidos en el anterior”. Todavía estoy lejos de ese escritor, pero la verdad es que hay un momento de libertad en la textura narrativa que me hace sentir cómodo literariamente. Hace tiempo terminé con el falso dilema del periodismo y la literatura. Gracias a eso he podido trabajar con mayor libertad.

HG: Creo que la trilogía, definida por ti mismo como indeseada y que termina con Perseguir la noche, gira en una órbita diferente al resto de sus libros, ¿no?

RPG: No hay tema que un escritor no pueda o deba tocar. Efectivamente es un tríptico indeseado. Nos acompañan los muertos es la historia de dos viejos —mis padres— que avanzan hacia la muerte, pero también es la reconstrucción de su juventud, sus amores y su ciudad. El cerebro de mi hermano es una novela que no hubiera deseado escribir, porque trata de la larga y penosa enfermedad de José María Pérez Gay. En la misma lógica tenía que escribir sobre el cáncer que me diagnosticaron hace una década. La vejez, la enfermedad y la muerte son asuntos que todos los escritores tenemos frente a nosotros, y no solo eso, son situaciones a las que todos nos enfrentaremos tarde o temprano. Por otro lado, este tríptico indeseado es una reconstrucción de la novela familiar que he escrito en crónicas y cuentos desde tres miradores: la restauración de una ciudad, el tono melancólico de que nada dura y el dolor contrapunteado con el humor. Decía Schopenhauer que las vidas vistas de cerca son trágicas, pero si te alejas un poco son tragicómicas.

HG: ¿Al evocar la ciudad de finales del siglo XIX trazas una cartografía personal?

RPG: Desde luego. Perseguir la noche incluye al menos tres noches. La primera es la de la enfermedad. La segunda es la que fundan algunos de los escritores modernistas mexicanos como José Juan Tablada, Amado Nervo, Alberto Leduc, Bernardo Couto y el gran artista de artistas, Julio Ruelas. La tercera es la noche de la memoria familiar y de los recuerdos de un adulto. Todas coinciden en la historia de un investigador cultural que tiene la ilusión de escribir una novela sobre los modernistas, ilusión que se trunca cuando le diagnostican un cáncer. Siempre pensó que habría tiempo para todo, pero cuando le informan que padece una enfermedad seria, el tiempo se convierte en agua entre las manos. En respuesta, el narrador, es decir yo, diseña un plan de evasión que consiste en abrir sus archivos para mudarse y evadirse hacia el pasado. Y la ciudad de finales del siglo XIX y principios del XX se vuelve un lugar habitable ante un presente duro y complicado. Una parte de mí cree que la compañía de los escritores me devolvió la posibilidad de quedarme en el barrio de los vivos.

HG: Y se convierte en una evasión tal que te lleva incluso a soñar con Monsiváis.

RPG: Cierto. La novela es también el escenario donde pasan diversos fantasmas. Estoy convencido de que una enfermedad te convierte en un fantasma en distintos sentidos. Hoy, platicando aquí contigo pasa una sombra casi inexplicable. No sé a dónde va, ni de dónde viene, pero sé que es el recuerdo de la enfermedad. Hay además otros fantasmas. El narrador recuerda, por ejemplo, que exactamente en Madero 4 estaba el Salón Bach, punto de reunión de los escritores cuando terminaban de hacer esa extraordinaria publicación que fue la Revista Moderna en 1898. El narrador hace los mismos recorridos y busca mediante mapas y directorios telefónicos, lugares como el Bar América ubicado en Cuajomulco (hoy José María Marroquí) esquina con Juárez, el primer after hours de la Ciudad de México.

HG: En el contraste entre la ciudad de finales del siglo XIX y la actual emerge la melancolía.

RPG: En el fondo somos el recuerdo y la memoria de una calle. Puede ser la calle donde creciste, jugaste o donde viste crecer a tus hijos. El Centro Histórico se presta porque tiene un peso específico muy fuerte. En la calle de Madero fijé recuerdos de infancia; en Artículo 123 caminaba con mi padre para comprar whiskies en La Europea.

HG: A los fantasmas literarios se suman los fantasmas de los muertos cercanos. En una década murieron tus padres y tu hermano.

RPG: Sí. Primero se fueron mis padres como un proceso natural. Ambos vivieron 91 años, pero como dice la frase: los viejos siempre mueren jóvenes o bien, qué jóvenes mueren los viejos. Después vino la enfermedad de mi hermano. Hace años cuando publiqué El cerebro de mi hermano, Carlos Loret de Mola me preguntó por qué me acerqué al tema. Le respondí con otra pregunta: ¿Si en este momento empezara una guerra en Oriente Medio irías? Por la misma razón que respondió que sí yo decidí hacer el libro. No podía dejar que un hecho así pasara ante mis ojos. No podía seguir escribiendo como si no hubiera pasado nada. No obstante, nunca me propuse escribir una trilogía.

HG: ¿La literatura sirvió para sanar algo?

RPG: La literatura sirve para todo. Mentiría si no reconozco que tiene una capacidad liberadora. Cuando escribes sobre cosas difíciles y duras, por supuesto te pones melancólico y triste, pero aun así es liberador. No escribí pensando en el lector sino en lo que necesitaba contar. No podía pasar de largo el hecho de que me diagnosticaran un cáncer y que la muerte me viera de cerca. Siempre cruzo los dedos cuando hablo de esto. Y no podía tampoco dejar de combinarlo con otro momento importantísimo para mí como es la Ciudad de México del siglo XIX. La reunión de esos mundos, más la circunstancia familiar, constituyen la fibra última de Perseguir la noche.   

HG: ¿Conocer tu vulnerabilidad cambió tu relación con el miedo?

RPG: Sí, pero la sombra de la que te hablo vuelve a pasar en momentos inexplicables. Esta novela es también una exploración de y en el dolor. Fueron seis meses de dolor intenso. La relación entre literatura y vida es una frontera casi invisible. Escribir sobre eso libera, aunque no te voy a negar que he pensado que quizá al regresar a la enfermedad pueda traerla mágicamente de vuelta.

HG: Vives con el miedo…

RPG: Sí. Hay una cosa que está estudiada y se llama el estigma del cáncer. Te da una vez y si corres con suerte, como yo, vives con su sombra.

HG: Desde el principio de la enfermedad supiste que escribirías el libro.

RPG: Sí, no iba a dejar que esto pasara. Los médicos me advirtieron que había un camino para detener e incluso curar este mal. Claro que para esto firmas un contrato de por vida que implica revisiones primero cada dos meses, luego cada tres, seis y después anuales. No podría haberlo escrito desde el recuerdo porque para fortuna de todos, el dolor se olvida. Por otro lado, no concibo escribir un libro sin investigación. No soy el tipo de escritor que se encierra en un gabinete para hacer una novela que ha planeado como una catedral. Uno de los momentos más plenos de Perseguir la noche fue cuando junté los 25 o 30 libros que acompañaron su escritura. Obras de José María Marroquí, Artemio del Valle Arizpe, Luis González Obregón, las memorias de Tablada, Amado Nervo o mapas de la ciudad. Para la parte de la enfermedad eché mano de tres historias generales del dolor: El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer de Siddhartha Mukherjee, el clásico La enfermedad y sus metáforas de Susan Sontag y La hermana de Sándor Márai. Y de dos biografías de Balzac.

HG: El autor estadounidense Harold Bordkey escribió Esta salvaje oscuridad durante el proceso último de su enfermedad: el sida. De tener otro rumbo tu enfermedad, ¿cómo habría cambiado el tono o sentido de Perseguir la noche?

RPG: No sabría decirlo. A lo largo de los tratamientos tomé notas. No fue sencillo ni chistoso porque las instilaciones son duras, eran seis y yo no pude llegar a la sexta por el dolor. Lo comento porque una parte de la novela está escrita durante el proceso y algunas notas están llenas de desesperación, dolor, miedo y soledad. El dolor es intransmisible, te pueden acompañar muchas personas, pero solo lo siente el enfermo.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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¿Cuál es la vigencia de la obra de Juan José Arreola? ¿Cómo aproximarse hoy a este prosista elegantísimo, a este maestro de lo fantástico, a este agudo editor y promotor cultural tan sui géneris como infatigable? En el marco del centenario de su nacimiento, nexos convocó a una pléyade de escritores para recordar al inmortal mago de Zapotlán el Grande.

Fotograma cortesía de Colecciones Fotográficas de Fundación Televisa.


Héctor Orestes Aguilar

El primer contacto con la literatura de Juan José Arreola se produjo a partir de mi lectura escolar, en la secundaria, de Confabulario y de La feria, dos de sus obras más célebres y atendidas. Para entonces, los mediados años setenta, era sobre todo conocido por sus apariciones en televisión, así que al leerlo me desconcertaba mucho encontrar un despliegue narrativo deslumbrante y cautivador que no necesariamente correspondía con el extravagante personaje que opinaba —con envidiable elocuencia, hay que reconocerlo— sobre prácticamente cualquier cosa que se le consultara. 

No creo que haya sido definitivo para mi literatura directamente, pero a través de él llegué a la obra de Marcel Schwob, quien sin duda ha sido uno de mis grandes penates y a quien debo gran parte de mi actitud ante la vida y la literatura. 

La mayor aportación de Arreola es la de haber compuesto una obra singular, mexicana y universal. Y perdurable. Relatos como “El guardagujas” nunca caducan. Por supuesto que puedo enfatizar en la incomparable voluntad de estilo de Arreola, que —espero citar correctamente— intentaba burilar la escritura de cada una de sus páginas, según Monsiváis. La búsqueda del fraseo perfecto, del periodo perfecto, del párrafo perfecto es algo muy respetable y admirable. Solo por ello, los jóvenes deberían volcarse a la lectura cuidadosa de Arreola. De sus libros, el que más me sigue gustando es Confabulario. En las nuevas generaciones, en especial en las jóvenes escritoras mexicanas, no encuentro mucha influencia de Arreola, era muy misógino. Aunque es posible que respeten e incluso admiren su “preciosismo” (en el mejor de los sentidos) de estilo. María Emilia Chávez Lara tiene algunos pasajes arreolianos en sus libros.

Para algunos de los mejores escritores de mi generación sí que tuvo un gran nivel de influencia y capacidad de interpelación. En escritores varones de generaciones más recientes no me atrevería a trazar una filiación arreoliana. Tengo la convicción de que la influencia de la obra de don Juan José se ha ido diluyendo con el paso de los años. No creo que entre los lectores del siglo XXI La feria despierte la pasión lectora que alcanzó en los años sesenta y setenta.

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Alberto Chimal

Arreola fue (es) un escritor muy importante para mí, muy influyente. Algunas de mis primeras lecturas en la infancia, de las decisivas, fueron de textos suyos. En casa de mi mamá encontré una edición de Confabulario (una de tantas versiones de aquel libro, de 1979); probablemente fue el primer libro que devoré y que me estremeció en serio. Hasta ahora sigo pensando que su manera de contar y de evocar en extensiones pequeñísimas es muy importante en mi propio trabajo.

Creo que su mayor aportación es haber usado el castellano para volverlo poroso, para abrirlo a una gran cantidad de posibilidades de transformación e influencia. Las más obvias son sus referencias eruditas, pero no hay que olvidar que también retomó el lenguaje del campo, de la sociedad lejana al privilegio en la que nació. Para mí su gran libro siempre será Confabulario, aunque mi edición ideal tiene textos agregados de sus otros libros, como la de mi infancia.

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Ana Clavel

Asistí a algunas de las clases de Arreola en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, a comienzos de los ochenta. Ahí fue oírlo hablar sobre cualquier tema y ver cómo transformaba todo en alta literatura. Pero su influencia decisiva fue leerlo y saber de su experiencia como tallerista de Mester, ese taller de los sesenta al que asistieron José Agustín, Elsa Cross, Alejandro Aura y tantos escritores en formación. De ahí se desprendió el modelo de talleres que proliferaron después. Tanto Orlando Ortiz como Guillermo Samperio, mis primeros coordinadores de taller, lo tomaron siempre como referencia, y yo recibí esas enseñanzas en mis primeros cuentos. Pero la enseñanza fundamental de Arreola es su carpintería literaria: no te haces escritor por lo que cuentas sino por cómo lo cuentas.

Además, leerlo te abre el horizonte, como pasa con Borges y Cortázar. Una imaginación fina y con sentido del humor. Su escritura es el goce de la imaginación puesta a jugar. Mis novelas Cuerpo náufrago y Las Violetas son flores del deseo le deben, en buena medida, uno, la ligereza para abordar el tema de la metamorfosis de género; y dos, la provocación de las muñecas vírgenes de su cuento “Anuncio” y la marca registrada Plastisex. Arreola te hace ver que formas parte de una tradición: la que ve en el lenguaje una de las más altas cimas de lo humano. Era un hombre de una imaginación prodigiosa y gozosa, unida a la frase cuidadosa y certeramente urdida. No podría escoger entre sus libros. Me encantan Confabulario, su Bestiario y La feria.

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Miguelángel Díaz Monges

Su relación con mi literatura es fuerte. Supongo que por una forma particular de escribir lo fantástico y el desinterés por escribir más que lo que de verdad merece ser escrito. Por supuesto: en el cuidado en la precisión de las palabras con sus aristas y sus reflejos entre sí, así como el gusto por la fantasía asfixiante. También en el uso de ambientes y atmósferas imbricadas con el transcurso narrativo. La incorporación de la fantasía en una tradición literaria muy terrenal, la riqueza cuantitativa y cualitativa del lenguaje, y una libertad creativa que antes era desconocida o desdeñada. De sus pocos libros él mismo hizo una antología llamada Estas páginas mías; es el mejor. Como él mismo dijo, La feria es otra cosa. Y hay un pequeño gran libro sacado de su oralidad por Felipe Garrido: La palabra educación, pero también es otra cosa. Es un autor atemporal. Nunca fue muy influyente, porque era un genio, pero su influencia en unos cuantos sigue porque es irresistible.

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Álvaro Enrigue

Arreola es un escritor de una calidad escultórica; recuerdo sus páginas como objetos tridimensionales y eso viene de una imaginación verbal y un oído bárbaros.

Leerlo, de jovencito, casi niño, representó para mí el hallazgo de que leer literatura puede ser una experiencia sensorial arrolladora. Sobre su influencia solo puedo decir que a las nuevas generaciones más les vale leerlo.

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Javier García-Galiano

Desde que leí a Arreola por primera vez en la preparatoria no he dejado de leerlo y mi admiración por él no ha dejado de acrecentarse; cada lectura de sus libros me depara nuevos asombros y el cultivo de otros que ya me ha deparado, los cuales acaso proceden de su curiosidad inagotable y su fervor por la literatura. Arreola parecía poder convertirlo todo en literatura.
Quizá coincido con él, entre otras cosas, en el interés que me despierta cualquier minucia, en el prodigio que se halla en la naturaleza convertida en la tradición del Bestiario, en las historias antiguas que pueden propiciar una evocación, en la cultura cotidiana, auténticamente popular, en la creencia en la nobleza de los oficios, en entender la escritura como un oficio, en el culto a la palabra y al lector…

Arreola no solo fue un escritor ejemplar, sino que, se sabe, fue un editor generoso y en su taller se formaron escritores muy distintos como Gerardo de la Torre, Federico Campbell, Guillermo Fernández o Elsa Cross. Fue fundador de la Casa del Lago y estuvo en el origen de Poesía en Voz Alta. Editó revistas y fue maestro en la Facultad de Filosofía y Letras. Quizá por el espectáculo que creó de sí mismo como personaje, no se ha valorado su labor como lo que llaman “un intelectual”. Ha sido uno de los grandes incitadores de la cultura en México.

Quizá la gran influencia de Arreola no sea obvia, acaso resulta invisible, pero tengo la certeza de que persiste, aunque aquellos que están influidos por él no lo adviertan. Estoy asimismo seguro que no dejará de tener lectores sagaces como lo merece su escritura.

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Ana García Bergua

Desde chica leí —como muchos de mi generación y las anteriores— La feria y Confabulario, que me maravillaron por esa calidad que yo llamaría, con perdón de los serios, chisporroteante, juguetona y seria a la vez. Es, además, un genio de la prosa, de la prosa breve como Julio Torri, de la poesía en prosa como Baudelaire o prosa-prosa. Muy pocos escriben ya como Arreola, si acaso los poetas.

Su biografía contada por él y escrita por Fernando del Paso fue una lectura posterior que me deslumbró y que tengo siempre presente. Nunca lo conocí, pero me contaban que era jovial y generoso, apasionado jugador de ajedrez. Su figura pública de capa y sombrero me conmovía y me alegraba, rompía la falsedad ignorante de los locutores de televisión y parecía que hablaba sin ton ni son, pero hablaba de las cosas que realmente importaban, de lo humano. No sabría decir si ejerció alguna influencia sobre mí. Quizá un poco en el humor y en la relación entre lo cotidiano, lo fantástico, lo absurdo, lo teatral. Pienso en su cuento “El guardagujas”, que es uno de mis preferidos, y quizá en esa libertad con que hilvanaba planos reales e irreales, un poco a la manera del surrealismo, quizá eso me emparenta con él. 

Es inevitable compararlo con Rulfo, pero yo siento que es único, hizo su propio camino en la prosa siguiendo el de Marcel Schwob y los grandes poetas-prosistas franceses, y también el de su formación teatral con Louis Jouvet, por eso sus cuentos tienen esos grandes golpes de efecto que nos hacen sonreír. Y con todo y ser único, impulsó muchísimo a la literatura mexicana como editor, como animador, como una figura que representaba la buena literatura.

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Anamari Gomís

No conocí a Arreola ni tengo influencia de él. Mi gran maestro y gran amigo Salvador Elizondo recibió mucho del ejemplo de Arreola y, quizá, esa sea mi relación con el escritor de Confabulario. No me gusta toda su obra. Pienso que cuando es bueno, es extraordinario. Fue primero a través de Marcel Schwob que me acerqué a la escritura de Arreola. Sin duda creó una manera de escribir novedosa, brillante, más allá de las de las preocupaciones indigenistas de otros escritores. La suya es una literatura “mental”. Varia invención renovó la idea de los géneros definidos, abrió las puertas a una literatura que no se circunscribe a la mera realidad. Hay que releerlo y mucho.

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Mauricio Montiel Figueiras

Mi relación con la literatura de Arreola la considero secreta, no del todo visible. Creo que todos los cuentistas mexicanos, sobre todo los que nos inclinamos hacia lo fantástico, estamos influidos en mayor o menor medida por Juan José Arreola.  Siento que cuentos como “El guardagujas” están al fondo de algunos de mis textos. Leí a Juan José Arreola cuando comencé a dar mis primeros pasos en los talleres literarios de Guadalajara, hace ya treinta años, y sus libros me impactaron tanto como los de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. Estos tres autores conforman para mí el ABC del cuento latinoamericano contemporáneo.

Pude asistir a un taller que el propio Arreola impartió en mi ciudad natal: más que taller fue una cátedra de conversación cultural que dejó en mí una marca profunda. No se puede concebir la literatura fantástica en lengua española sin Arreola y sobre todo sin Confabulario, que considero su obra maestra.  Hace falta que las nuevas generaciones se acerquen más, mucho más a Arreola. Confío en que el centenario de su nacimiento vuelva a afianzar su estatura de clásico del cuento latinoamericano.

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Pedro Ángel Palou

Empecé a leer a Arreola muy joven, por los cuentos de Confabulario y, curiosamente, por un libro “oral”, La palabra educación. Me parecía en la misma línea que el Cortázar de La vuelta al día en ochenta mundos o del Borges de Ficciones. Ahora sé que su prosa límpida y efectiva —que no efectista— es producto de su propia destilación literaria. Como tantas cosas en la literatura mexicana, la lectura que Pacheco hace de Arreola, vía Schwob, me permitió releerlo una década después. Lo he seguido leyendo, incluso enseñando. Creo que Arreola es más una ambición —escribir como él, ser tan diáfano, tan solo aparentemente simple— que una influencia en mi caso. Sin embargo, era como la contraparte rulfiana que necesitaba mi generación, y que también teníamos en Elizondo. Su mejor libro, indudablemente, es La feria. Su carácter fragmentario, su perfección formal, su economía. Acaso es nuestra novela perfecta.

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Enrique Serna

Mi relación con la obra de Arreola es la de un lector devoto y agradecido. Era un fabulador en estado puro, con una capacidad formidable para inventar mundos fantásticos. Le agradezco mucho la aparente ligereza de sus ficciones, único punto de contacto que tal vez tengo con él. Era un genio con un gran poder de condensación para decir mucho en pocas palabras. Una de las mejores novelas de amor que se han escrito es su prodigioso “Cuento de horror”: “La mujer que amé se ha convertido en un fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones”. Solo por eso tiene asegurada la inmortalidad.

No puedo presumir que Arreola me haya influido. Yo escribo principalmente ficciones realistas. En mis ensayos y crónicas a veces rozo el género de la varia invención, pero no alcanzo ni remotamente los vuelos poéticos de Arreola. Además de sus aportaciones literarias, yo destacaría su gran talento como improvisador. Cuando yo era un adolescente, sin haberlo leído, me maravillaron sus disertaciones en el segmento final de un noticiero del Canal 13, en el que aparecía con su capa roja. Después, en Televisa, lo exprimieron tanto que llegó a caer en la verborrea, pero aún entonces tenía destellos magníficos. En un ensayo dije que sus bufonadas televisivas fueron mucho más brillantes que las solemnes apariciones de Octavio Paz en la pantalla chica y sigo pensando lo mismo. Para mi gusto su mejor libro es Confabulario.

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J. M. Servín

Leí a Arreola de muy joven y me atrapó su capacidad imaginativa, su lenguaje preciso y elegante, rico en imágenes mordaces e irreverentes. Su literatura fue la puerta de entrada a un universo de imaginación desbordada y posmoderna. “El guardagujas” y su aparente sencillez formal aparece en mi escritura como un referente para abordar el desconsuelo y la enajenación del individuo atrapado en la ruta incierta de su destino. Me influenció como autodidacta iconoclasta en la escritura y en su actitud frente a la vida.

Arreola renunció a la solemnidad y el regionalismo para abrir un diálogo con las vanguardias literarias desde el relato breve, del cual se convierte en un innovador. Asumió la literatura como un riguroso compromiso con el lenguaje, lo lúdico, la sensualidad y el absurdo. Como personaje, Arreola es probablemente el escritor mexicano que, asumiendo un papel de histrión, mejor acercó la literatura a las masas, gracias a sus apariciones en televisión como conversador en La movida, el popular programa de entretenimiento nocturno conducido por Verónica Castro a principios de los años noventa. Inventario y Confabulario son referentes imprescindibles en la literatura mexicana.  No sé si Arreola sea un autor influyente todavía, pero debería, en estos tiempos donde las redes sociales y la proliferación de editoriales de bajo perfil se han convertido en refugio de ocurrencias que se quieren hacer pasar por literatura breve.

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Martín Solares

La primera vez que leí un texto de Juan José Arreola tuve la impresión de presenciar un torrente atronador, de ningún modo reciente ni transitorio, sino universal y muy vivo, que venía desde lejos: me pareció un relato majestuoso, hecho para perdurar, uno que ahondaba en las fuentes mismas del idioma, que lo revivía y lo mezclaba con materiales tan ajenos como la publicidad estadunidense y las novelas de Franz Kafka. Soy un admirador devoto de la seguridad y puntería con que Arreola diseñó ya no digamos sus cuentos sino cada una de sus frases, de la resonancia que consiguió con las palabras que invocaba, de su erudición natural y ese humor incendiario que consiguió en prácticamente todos sus escritos, incluso los que fingen ser dolientes y llorosos, pero que guardamos en la memoria como una lección de ironía.

Más que a entrevistarlo, fui a admirar su ingenio a Ciudad Guzmán, mientras él ofrecía una de sus legendarias improvisaciones literarias. Cuando pensé que me había equivocado de hora y de lugar y me disponía a retirarme, Arreola subió a todo motor una pendiente muy inclinada en su motocicleta y se estacionó frente a mí. Además de una cazadora de cuero y botines dignos del conde de Montecristo, usaba unos anteojos de diseño punk que, según él, eran lo que mejor protegía sus ojos cuando salía a hacer las compras. Porque me detuve a admirar un tablero de ajedrez en su antesala, la charla que iba a durar quince minutos duró una mañana, y lo que iba a ser una conversación periodística se transformó en un monólogo rutilante, en el que un hombre que vivía para las palabras, y amaba lo que estas provocan al combinarse, demostró cómo solía extraerlas de lo más profundo del idioma y de la memoria (o de esa memoria que es el idioma). Entonces me permitió presenciar, mientras se excusaba por la brevedad que tendría nuestra entrevista, cómo se emocionaba con las palabras al ver lo que suscitan y habló de sus tímidos intentos por echarlas a flotar en una especie de río, a fin de mantener con vida esa necesidad de belleza y expresión que para él era la literatura.

Más tarde, cuando él se mudó a Guadalajara, fui a visitarlo tres o cuatro veces para convencerlo de visitar a un grupo de lectores suyos que nos reuníamos en el Roxy. Acudí puntualmente a cada cita con él, pero en cada una de ellas dijo que no podría asistir, y nos dejó plantados, pero me ofreció una generosa explicación, que duraba en promedio una hora con cuarenta minutos, y que era una cátedra mitad ensayo y mitad relato sobre cómo formular una excusa convincente y rebosante de virtudes literarias. La literatura era eso que Arreola compartía cuando se excusaba por no hacer más literatura.

Los textos de Arreola son literatura vertical: lejos de ascender en diagonal, como las novelas, sus confesiones, anuncios y relatos saltan en línea recta de las manos del autor a lo más alto del espíritu y se quedan allí, para iluminar al lector.

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David Toscana

Lo leí con mucho placer hace ya un montón de años, pero no es un autor que suela releer, salvo por “El guardagujas”. No lo tengo presente cuando escribo. Es un maestro de la prosa fina. Fue el mejor comentarista de futbol. Entre sus libros prefiero Confabulario.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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En su libro más reciente, Los signos vitales. Anacronismo y vigencia de Octavio Paz, Armando González Torres vuelve al estudio del Nobel mexicano, revisando en esta ocasión la mayoría de los trabajos publicados sobre el intelectual tras su muerte. El resultado es un volumen que demuestra la presencia de un escritor que fue y sigue siendo referencia ineludible.

Ficha:
Armando González Torres
Los signos vitales. Anacronismo y vigencia de Octavio Paz
México, Libros Magenta
2018, 144 p.

Antes que ser encandilado por su personalidad, Armando González Torres prefirió no conocer personalmente a Octavio Paz. Amigos y colegas comunes que trabajaban o colaboraban en la revista Vuelta pudieron haberle allanado el camino para llegar al Nobel de Literatura, pero él no quiso. Prefirió que su relación se sostuviera en la lectura crítica y puntual. “Es la mejor manera en que podemos relacionarnos con un escritor”, asegura sin arrepentimiento alguno.

“Varios amigos presumían que Paz les había regalado un gato. Para mi generación fue un autor fundamental. Era accesible e interesado en tener vínculos con los jóvenes. No creo que estuviera exento de un interés propio por mantener la vigencia de su figura o modelar su posteridad, pero finalmente era alguien que se interesaba auténticamente por la obra incipiente de quienes se le acercaban. Yo entonces era tímido y, además, reticente a que alguien tan carismático y poderoso pudiera ejercer efectos irreversibles en una vocación tambaleante como la mía”, recuerda.

No obstante, la relación de González Torres con el poeta mexicano es tan o más profunda que la de varios de quienes lo conocieron. Lo ha leído y estudiado con dedicación. Su libro Las guerras culturales de Octavio Paz es indispensable para conocer las polémicas del autor de El laberinto de la soledad.

En la misma órbita se ubica su publicación más reciente, Los signos vitales. Anacronismo y vigencia de Octavio Paz (Libros Magenta), volumen donde revisa los trabajos que algunos escritores han dedicado al intelectual. “Quería hacer un registro de la muy variada producción generada alrededor de su figura después de su muerte. Hay libros celebratorios, poesía, biografía política y hasta novelas.  La producción que sigue generando es amplia y esto me parece un prodigio de continuidad.”

Sostiene que un síntoma de su permanencia son las antipatías que todavía despierta. “Sigue siendo un autor incómodo. Algunas de sus posiciones todavía son controvertibles y eso demuestra que su obra no es un monumento de mármol, sino que es perfectamente habitable.”

Sheridan, Aguilar Mora, Bolaño

Tras las conmemoraciones por su centenario en 2104, González Torres recuerda que se manejó un ánimo celebratorio exagerado. “Siempre tendemos a totemizar a nuestras figuras emblemáticas. No obstante, sirvieron para demostrar que entre los lectores más jóvenes sigue siendo un referente; un escritor querido o detestado. No deja indiferentes a sus lectores. Poemas fundamentales como Piedra de Sol o Blanco siguen hechizando, en tanto que sus ensayos aún convocan pasiones.”

Los textos incluidos en Los signos vitales destacan tres rutas del pensamiento de Paz: la plástica, la poesía y la política. “Su poesía no tiene fecha de caducidad. No es anacrónica porque nunca se quedó en una zona de confort. Siempre evolucionó. Tiene direcciones cursis, pero también adquirió extraordinaria gravedad y sentimiento dramático gracias a su conocimiento de la tradición inglesa. Fue un poeta que se transformó con su conocimiento del surrealismo. Lo mismo cultivó el poema de gran aliento que el breve; el impersonal que el testimonial. Es alguien que nunca se quedó quieto y siempre buscó la renovación. En este terreno difícilmente se volverá anacrónico.”

Armando González Torres sostiene que si bien su pensamiento político puede pasar de moda, las actitudes siguen vigentes. “Su instinto libertario y la desconfianza hacia todo tipo de autoritarismo está más viva que nunca. Más que una postura coyuntural es un reflejo que siempre debemos cultivar.”

Su revisión hace escalas en títulos como Poeta con paisaje o Idilios salvajes de Guillermo Sheridan, de quien celebra sus interlocuciones rigurosas e inteligentes. “Sus libros me parecen un dechado biográfico y me gustan porque existiendo una cercanía entre ambos, no son apologéticos, tienen una extraordinaria distancia crítica como autor y lector. En este sentido Paz ha tenido mucha suerte con sus lectores.”

En otro tenor, uno de los más críticos ha sido Jorge Aguilar Mora, autor de La divina pareja. Historia y mito en Octavio Paz. “Fue uno de sus interlocutores más rigurosos; hizo hincapié en determinadas contradicciones e impostaciones de la figura del intelectual independiente que buscaba representar Octavio Paz. Expuso con agudeza las contradicciones que alguien que por un lado se decía independiente, pero que a la vez tenía intereses políticos en el mundo cultural. Aguilar Mora contribuyó a situar de modo más realista la figura de Paz en el escenario intelectual.”

Una de las aproximaciones más novedosas emprendidas por Armando González Torres, es la revisión que hace del manejo del Nobel mexicano dentro de la novela Los detectives salvajes, del chileno Roberto Bolaño, quien no solo lo caricaturizó, también lo colocó en la posición de un adversario. “Refleja una visión representativa que cierto sector de la juventud tuvo hacia Paz. Lo veían como una figura omnipresente y a la vez odiada. Me interesaba jugar a imaginar un encuentro entre los dos.”

En este juego ubica empatías y diferencias. “Coincidían en su vocación por la literatura y su desarraigo. Ambos hicieron su obra fuera de su país, eran de mecha corta y afectos a la polémica.  En los años setenta Paz ya era una figura consagrada, un personaje con posiciones controvertidas en lo político y que iban más allá de las posturas más convencionales de la izquierda, lo cual era profundamente “shockeante” para los jóvenes. Recordemos que con la generación de los sesenta Paz tuvo una relación política ambigua. Si bien hubo un idilio breve cuando dejó la embajada en la India el 4 de octubre de 1968, durante la década de los setenta tomó posiciones que lo alejaron de los simpatizantes del movimiento estudiantil.”

El encono se avivó en 2015, cuando el periodista Jacinto Rodríguez Munguía dio a conocer una investigación donde exhibe que Paz no renunció al cargo y en cambio pidió “disponibilidad”, término diplomático que le permitía seguir cobrando. Al respecto González Torres apunta que, si bien no tiene testimonios sobre este punto, “no sé si eso demerite el gesto. Habría que ver si fue un arreglo. Si se jubiló anticipadamente no veo ningún problema. Lo que sí sé es que después del 68 hubo una hostilidad del gobierno hacia él e incluso intentos de obstaculizarlo. Se pagó, por ejemplo, la publicación de un panfleto en francés para desacreditarlo. En todo caso, Paz se volvió símbolo del establishment literario y símbolo de las posturas reaccionarias. Por eso es prototípica la relación con los infrarrealistas, entre los que destacaba Roberto Bolaño.”

Sin negar que fue un caudillo cultural, Armando González Torres destaca la vocación renacentista de Octavio Paz. “Era un intelectual omnívoro, capaz de conectar saberes provenientes de las más distintas disciplinas y con la capacidad de atraer al debate público temas que se supone solo están confinados al mundo de los especialistas. Ahora es prácticamente imposible que se reproduzcan figuras de ese tamaño. Defendió una serie de ideas que significaban un matiz a las posturas más extendidas dentro de la izquierda de ese momento y que significaban un matiz hacia el oficialismo. Introdujo una serie de valores liberales que fueron una novedad en su momento. A contrapelo cometió excesos que fueron bien ventilados en su época. No obstante, me parece interesante que autores jóvenes como Karen Villeda lo sigan analizando. Creo que sería enriquecedor ver cómo lo leen los más jóvenes. ¿Qué les dice su poesía experimental? Supongo que en los próximos años lo descubriremos.”

 

Héctor González
Periodista cultural.

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Durante años, Liliana Pedroza recorrió México de punta a punta con una consigna: rastrear a las  cuentistas mexicanas que han sido olvidadas por el canon. El fruto de esa investigación es Historia secreta del cuento mexicano 1910-2017, obra en la que la investigadora reúne a una pléyade de autoras que nos obligan a repensar nuestra historia literaria.

Liliana Pedroza
Historia secreta del cuento mexicano 1910-2017
Universidad Autónoma de Nuevo León, 2018
200 pp.


El proyecto comenzó a tomar forma en el año 2000. Un buen día en Madrid, Liliana Pedroza (Chihuahua, 1976) comentó en voz alta una idea que desde tiempo atrás traía en mente: realizar un catálogo de cuentistas mexicanas. Las cosas existen cuando se nombran y a partir de entonces se dedicó a trabajar en lo que hoy es la Historia secreta del cuento mexicano 1910-2017 (Universidad Autónoma de Nuevo León).

De 2003 a 2005, la investigadora recorrió 31 estados de la república para rastrear a aquellas cuentistas que durante el siglo XX y principios del XXI trazaron ruta. El objetivo de la investigación es mostrar el “lado B” de los trabajos de Luis Leal, Bibliografía del cuento mexicano (1958); de Emmanuel Carballo y su Bibliografía del cuento mexicano del siglo XX (1988); y el Panorama crítico-bibliográfico del cuento mexicano (1950-1995) (1997), de Russell M. Cluff. “Quería hacer un catálogo historiográfico con nombres y títulos de mexicanas que han publicado cuento. Quise empatar las publicaciones de mujeres con el canon de Luis Leal, pero no calzaban. Imagínate, en su libro menciona a doce escritoras, cuando en realidad había ochenta”, explica en entrevista.

Pedroza descubrió que la evolución literaria femenina está apegada a los movimientos sociales no nada más a nivel general, como la Revolución, sino también a luchas sociales propias como el derecho al voto, la planificación familiar o el aborto. Sin ser una minoría, “las mujeres somos tratadas como tal”, precisa. Un problema más era el centralismo. Ni en los catálogos ni en las antologías de la primera mitad del siglo XX eran nombradas. Los estudios y las críticas se basaban en las publicaciones que llegaban a la capital. La cartografía de Liliana Pedroza recorre 108 años y reúne 512 autoras, 856 libros y 312 antologías. Además, revisa el desarrollo de 19 políticas culturales vinculadas a su tema.

Publicar a contracorriente

En 1910, año en que inicia el recuento, las mujeres rompieron varias cadenas. Abandonaron los diarios y las crónicas personales para atreverse a publicar. “Solían hacerlo con pseudónimo para no afectar su vida personal y poder labrar una trayectoria profesional”. María Elvira Bermúdez firmaba con el pseudónimo ‘Raúl Weil’; Asunción Izquierdo de Albiñana, como ‘Pablo María Fonsalba’; ella, desde el anonimato, ganó un concurso de El Universal Gráfico. Dado que estaba casada con un político prefirió mantener un perfil bajo y no fue a recibir el premio. “Un caso particular es el Dolores Bolio, quien publica su primer libro de cuentos bajo el nombre de ‘Luis Avellaneda’. En el prólogo incluyó un diálogo imaginario donde revela su verdadero nombre. Usó el nombre masculino como anzuelo para atrapar al lector”, precisa la investigadora.

Un primer repunte en el número de escritoras se dio a mediados del siglo XX. A nivel nacional, la mujer representaba el 50.7% de la población, mientras que dentro de la UNAM ocupaba la cuarta parte de la matrícula. Reflejo de ello es la fundación de revistas con participación exclusivamente femenina como Rueca, a finales de los cuarenta, creada por Emma Saro y Carmen Toscano, y El Rehilete, a cargo de Beatriz Espejo y con la participación de Rosario Castellanos. “Probablemente es el primer boom literario femenino. Actualmente se menosprecia a aquellos esfuerzos, pero sin duda representaron un punto de quiebre”. 

Más allá de la moda

Desde hace al menos treinta a años, las mujeres ocupan la tercera parte de la literatura nacional. No obstante, todavía enfrentan problemas para ganarse un lugar. “Socialmente encontramos trabas y tenemos la misión de demostrar que podemos ser mejores que los hombres. Siempre estamos en el punto de mira. Todavía encuentras antologías donde de dieciséis autores convocados, solo uno es mujer, y eso para cumplir con la cuota de género. Hay una imposición tácita que nos pide nuestro mejor trabajo”.

El recorrido cronológico de Historia secreta del cuento mexicano 1910-2017 registra un nuevo repunte de la literatura femenina a partir de los años ochenta. “Es una consecuencia de los movimientos feministas. Cada vez más mujeres acceden a niveles educativos altos y figuran más en la espera pública”. Pero para hablar de un auténtico boom es preciso llegar a la década de los noventa. “Ahí es cuando la producción y publicación no solo explota, también se mantiene en buen nivel. Entonces, por ejemplo, hay un grupo de autoras lesbianas que denuncian cómo son invisibilizadas por ser mujeres, lesbianas y en algunos casos, indígenas”.

En lo que va del siglo XXI, la novedad son las búsquedas temáticas y estilísticas de las escritoras. “Primero, la mujer trató de hablar de su función social, después habló de su papel en la historia y en la literatura. A partir de las autoras nacidas en los sesenta se plantean búsquedas que permean a hombres y mujeres, es decir, se habla de temas que incumben a ambos sexos. En medio de esta línea del tiempo, un momento interesante en términos de modernidad lo encuentro durante los cincuenta y sesenta, donde leemos una gran variedad y exploración de gente como Margo Glantz, Rosario Castellanos, Beatriz Espejo o María Elvira Bermúdez, escritora de cuento policiaco poco leída”.

Crítica patriarcal

Actualmente Liliana Pedroza prepara una colección cuento escrito por mujeres para la editorial regiomontana Atrasalante. “Queremos mostrar la evolución del cuento mexicano a partir de la participación femenina”. Añade que hay bastantes escritoras poco leídas u olvidadas. “Del periodo revolucionario solemos hablar de Nellie Campobello, recientemente rescatada por su tragedia personal. No es la única, hay más. Coronelas que dan testimonio de una participación femenina muy activa. Cuando se habla de esta época no se toma en cuenta a estas voces. Son mujeres con un perfil fuerte, aguerridas, con estrategias de guerra. Mujeres que a caballo luchan, matan y mueren. Nos estamos perdiendo de una visión importante de nuestra historia”.

Dolores Bolio, Laura Méndez de Cuenca, María Enriqueta Camarillo, Emma Dolujanoff Asunción Izquierdo de Albiñana, María Luisa Vera, Carmen Báez, María Elvira Bermúdez, Rosario Sanmiguel, Virginia Hernández, Elvira Aguilar, Patricia Laurent Kullick, Maritza Buendía, Sylvia Aguilar Zéleny, Magali Velasco Vargas, Vivian Abenshushan,  Liliana Blum, Edith Villavicencio y Aniela Rodríguez, son algunos de los secretos mejor guardados dentro de la literatura mexicana, enlista Liliana Pedroza.

La razón de su olvido u omisión obedece a que la crítica literaria es esencialmente machista. “¿Por qué las mujeres no estamos representadas en las políticas culturales a pesar de que conformamos la tercera parte de la literatura mexicana? ¿Por qué no estamos en las mesas, los jurados o en las antologías? La razón está en una visión patriarcal. Yo misma me tuve que descolonizar en ese aspecto. Al principio de la investigación me daba flojera leer a una mujer hablando de la cocina, la menstruación o la maternidad. Pensaba que la literatura era otra cosa. Nos enseñaron que tenía que ver con las grandes proezas de los generales o las pequeñas batallas individuales. El ámbito doméstico no era literario. A partir de la lectura de estas autoras pude descolonizar mi mirada”.

Concluye que algunas de las vacas sagradas de la crítica, como Christopher Domínguez Michael, son eminentemente machistas. “Él lo es, aunque diga que creció entre feministas. Su Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005) ofrece una visión parcial y personal nada más. Por mi parte quise darles visibilidad a las escritoras de cuento más a allá de si son buenas o malas; ya será labor de lectores atentos y críticos serios investigarlas. La reivindicación se irá dando poco a poco, pero para ello hay que tratar de incidir en el lector”.  

 

Héctor González
Periodista cultural.

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En medio de la guerra civil que divide a Estados Unidos en dos, Willie, el hijo de doce años del presidente Abraham Lincoln, cae enfermo. En cuestión de días, el pequeño muere y su cuerpo es trasladado hasta un cementerio en Georgetown. La escena del mandatario llorando junto a la tumba del menor es la detonante de Lincoln en el Bardo (Seix Barral, 2018), título con el cual George Saunders no solo debutó como novelista, sino que además le dio los bonos suficientes para obtener el prestigioso Premio Man Booker 2017. 

Hasta ahora Saunders se había distinguido como un notable cuentista. Sin embargo, con el ambicioso ejercicio coral que supone su primera novela, en la que da vida a más 160 voces, el autor se erige como un maestro de las distancias largas. Converso al budismo, el escritor texano recupera la noción del Bardo como aquel espacio intermedio entre la vida y la muerte. Su libro transcurre en ese terreno y en una especie de tiempo indefinido donde conviven la ensoñación con el misterio y el dolor.

A través del luto y la pérdida, el narrador plantea la posibilidad de volver al origen y a lo básico para renacer ante el caos. De hecho, reconoce en entrevista, que dada la situación social y política que predomina en su país, le gustaría que su novela se leyera como una invitación a refundar los valores que dieron origen a Estados Unidos.


Héctor González: Hasta ahora eras conocido por tu trabajo como cuentista. ¿La escritura de una novela era un pendiente?

George Saunders: No, sinceramente, ya casi había renunciado a la novela. De hecho, estaba un poco orgulloso de solamente ser un escritor de “historias cortas”. Pero luego llegó la idea de Lincoln en el Bardo y a medida que trabajé en ella, siguió creciendo. He de reconocer, sin embargo, que una vez que terminé su escritura encontré un pequeño estallido de orgullo por haber, finalmente, escrito una novela o algo parecido por lo menos.  

HG: La imagen de Lincoln llorando la muerte de su hijo en medio de la guerra civil es conmovedora. ¿Cómo definiste que ahí estaría el disparador la historia?

GS: Hace muchos años escuché esa anécdota y desde entonces me había acompañado. Ya había intentado escribirla, pero no me salía. Incluso había descartado cualquier posibilidad de trabajarla, pero el ciclo se repitió. Finalmente, en 2012, pensé: “Bueno, es ahora o nunca”. Después de que una idea o material te acompaña durante tanto tiempo, vale la pena hacer un esfuerzo sincero. Si fracasas será, al menos, un fracaso honorable. Podría definirlo como una encrucijada artística. Atreverse o morir.

HG: En esta imagen de Lincoln y en el libro mismo hay una reflexión sobre la culpa.

GS: Bueno, creo que tienes razón. Crecí siendo católico, así que la culpa forma parte de mi identidad. Pero también, en la historia de la relación de Lincoln y su hijo había muchas razones por las cuales él, esto siempre me pareció sospechoso, podría sentirse culpable. Te pongo un ejemplo: mientras el chico se encontraba enfermo organizaron una fiesta. Tras la celebración, Willie empeoró.  

HG: Tu Bardo y los espíritus que lo habitan se resisten con cierta rebeldía e ingenuidad al paso del tiempo. Te confieso que por momentos me parecía una especie de “Tierra del nunca jamás”.

GS: Tiene sentido ahora que lo mencionas; los espíritus se niegan a “crecer”, por así decirlo. Y como Peter Pan, eso crea una especie de personalidad atrofiada, con mucha energía de negación. No obstante, la idea del Bardo se sostiene más en la tradición tibetana que lo ubica como un lugar intermedio entre la vida y la muerte.  

HG: 166 voces para contar una historia suponen un ejercicio profundo de narración donde la voz del autor está prácticamente diluida. ¿Por qué hacerlo de esta manera?

GS: Mi intención no era diluir la voz del autor sino erradicarla. Me gusta la idea de que en cualquier momento la “realidad” se articule a partir de voces dispares que únicamente opinan (dentro de nuestras cabezas o fuera de ellas). Prefiero esta estructura a la del narrador omnisciente tradicional. Me encanta Shakespeare cuando no se hace presente y consigue que su conciencia adquiera diferentes formas, es entonces cuando salen todas sus voces narrativas, ninguna de ellas autoritaria, o “totalmente correcta” o “totalmente incorrecta”. Siento que así es como Dios nos ve: un grupo de fenómenos maravillosamente obstinados, cada uno pensando que él o ella es el centro absoluto y correcto del universo.

HG: Otro tema en tu libro es la muerte. ¿De qué manera tu adhesión al budismo cambió tu percepción al respecto?

GS: Sería difícil para mí articular una respuesta. Cualquier sistema espiritual plantea una manera para que aceptemos nuestra propia e inminente muerte; una forma de sentirnos lo suficientemente bien al respecto como para seguir viviendo aquí con cierto placer y positividad. Si el practicante encuentra en su sistema de fe una protección contra su propio temor a la mortalidad y una forma totalmente verdadera e incluso científica de entrar en la verdad de la vida y por lo tanto liberarse del miedo, es maravilloso.

HG: Al final, tu libro deja una sensación de esperanza, un sentimiento que creo que no tiene mucho que ver con el presente de los Estados Unidos.

GS: No soy optimista ni pesimista sobre lo que sucede en mi país, solo te puedo decir que estoy sorprendido por el presente. Cuando pienso en una forma para poder ver, o mejor dicho salir, del momento de locura y enfermedad que vivimos, solo se me ocurre desviarnos hacia una autocracia completa. Es una gran prueba nacional. Toda nuestra historia racista, violenta y xenófoba, que pensamos (o al menos pensé) se estaba desvaneciendo, ha florecido nuevamente. Resulta que nunca se fue, solo se escondió. Y esas fuerzas son poderosas, como lo son las fuerzas de la banalidad y el materialismo. A estas alturas reconozco, y sin proponérmelo realmente, que me gustaría que en Estados Unidos trabajáramos en la visión final del libro. Necesitamos repensar en los valores que motivaron su fundación: la búsqueda de un lugar donde la igualdad política y espiritual se unen para ser celebrados y defendidos. Ya veremos qué sucede, pero quiero aprovechar para pedir disculpas a México por el mal comportamiento que emana desde la cúpula de nuestro gobierno.

HG: Recientemente murieron dos grandes escritores estadounidenses, Tom Wolfe y Philip Roth. ¿Cuál es tu relación con el trabajo de cada uno?  

GS: Mi formación es de clase trabajadora y mi vida laboral comenzó como ingeniero, así que no creo que tenga que decir demasiado en ese sentido. A ambos los leí, me encantaron y sin duda aprendí de su trabajo. Me impresiona su gran productividad y el enorme alcance de los mundos que tomaron. En términos de beisbol, realmente dieron grandes batazos. Dicho esto, me siento aún más como un escritor en ciernes y por lo tanto creo que lo mejor será que me vaya a trabajar.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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Entre 2014 y 2015 Rubén Gallo (México, 1969) vivió en Cuba. Sin proponérselo tuvo el tino de estar en la isla cuando el país reanudó relaciones con Estados Unidos. Eran los años de Barack Obama; hoy con Donald Trump, el panorama es otro. Producto de aquellos meses es Teoría y práctica de La Habana (Jus), novela de no ficción donde muestra el proceso de transición a ras de piso, es decir, como se vivió en las calles y entre la gente de a pie.

La fijación de Gallo sobre Cuba no es gratuita y bien se puede entender como un eslabón más en su cada vez más profundo ejercicio de conocer y comprender América Latina, y dentro del cual se pueden incluir sus libros Los latinoamericanos de Proust, Mario Vargas Llosa. Conversaciones en Princeton y Máquinas de vanguardia.

En entrevista desde Francia, donde se encuentra preparando un seminario acerca de Freud, otra de sus obsesiones, el escritor hace una revisión de su trabajo y de su perspectiva latinoamericanista.

¿Por qué dedicar un libro a Cuba?
Me interesaba hacer una novela sin ficción, como diría Javier Cercas, a partir de mis experiencias ocurridas en Cuba entre 2014 y 2015. Quería mostrar su realidad, pero de una manera aglutinada y donde todo se mezcla.

¿Hacía falta hablar de la homosexualidad en sitios como Centro Habana, algo ya contado por Pedro Juan Gutiérrez?
Sí, pero no quería tratarlo como parte de una vida subterránea porque no lo es. A las dos de la tarde puedes encontrarte a los travestis en la heladería Coppelia. Es un mundo muy sano donde todo está integrado. No se vive como algo escondido y alejado del mainstream. Si algo me interesa de Cuba es que es un país sumido en una transición y como en todos los lugares que sufren un periodo de cambio, se ha generado una pulsión creativa y de contradicciones. En la España posterior a la muerte de Franco nació la “movida” de los años ochenta; en la Europa del Este, después de los años noventa y el colapso de la Unión Soviética, en lugares como Praga, Varsovia o Budapest, surgió una energía impresionante de optimismo e idealismo.

De hecho tu novela empieza el 17 de septiembre de 2014, fecha en que se reanudaron las relaciones entre Estados Unidos y Cuba.
Sí, estar ahí ha sido uno de los mejores momentos de mi vida. Me tocó ver una euforia impresionante. Después de cincuenta y ocho años de Guerra Fría, de sufrimiento y antagonismo con los yanquis, parecía que venía algo casi utópico. Obviamente la historia resultó más complicada, pero yo quería retratar los momentos de euforia y transición.

De euforia pero también de contradicción. En uno de los capítulos del libro reseñas la dificultad que implica conseguir leche de vaca fresca para los cubanos. En el mejor de los casos hay buscarla en granjas porque en las tiendas es imposible encontrarla.
Sin duda. Mira, ahora México vive un buen momento económico. Persiste la desigualdad, pero hay riqueza material. Dentro de una tienda puedes encontrar cualquier cantidad y variedad de productos. En cambio, en Cuba sucede lo contrario. Sus almacenes se parecen a las tiendas del ISSSTE de los años setenta. Los anaqueles están vacíos, no encuentras muchas cosas y no sabes cuándo llegarán. Pero lo interesante en todo caso es que la carestía no es como la imaginamos. El hecho de no encontrar leche fresca en La Habana motiva el ingenio de la gente. El capítulo al que te refieres muestra también las diversas formas de resolver las adversidades y de generar una riqueza humana.

A final de cuentas Cuba sigue polarizando a América Latina. Habrá quienes vean en el caso de la leche un reflejo de la miseria, y quienes, como tú, lo entienden como un detonante de riqueza humana.
A partir del encarcelamiento del poeta Heberto Padilla en 1971, se dio un parteaguas entre quienes critican los excesos del castrismo como Vargas Llosa, Octavio Paz e incluso Monsiváis, aunque su posición era más moderada; y entre los defensores de la revolución, como García Márquez, Cortázar y muchos otros que mantuvieron una posición que si bien reconocía los problemas, se decantaba por defenderla ante la amenaza de Estados Unidos. Hoy la situación es otra. La Cuba de hoy tiene poco o nada que ver con la de entonces. Ahora vemos un apoyo a las minorías sexuales: de hecho es el único país del mundo que tiene bares gay estatales. El problema actual es que es uno de los países ajenos a la globalización. Su realidad solo se puede entender viviendo ahí, al menos una temporada. Por eso quería mostrar que más allá de las posiciones políticas, la gente hace su vida como en cualquier otro lugar.

Aunque todavía se le ubica como la punta de lanza de un eje conformado por Venezuela o Bolivia, y al que podría sumarse México según algunos analistas.
Sí, aunque es muy contradictorio porque uno de los presidentes mexicanos que más apoyo dio y recibió de Cuba fue Carlos Salinas de Gortari. Alrededor de Cuba se han proyectado muchas fantasías y para América Latina sigue teniendo un peso afectivo muy fuerte.

¿Y para Estado Unidos?
México y Cuba se parecen en varias cosas. Son los únicos países de América Latina que comparten frontera con Estados Unidos. La relación de tener como vecino al país más rico del planeta complica la existencia. Lo interesante sin embargo es que a pesar de ser una islita con once millones de habitantes sigue teniendo un peso importante. Durante la campaña de Hillary Clinton y Donald Trump no pasó una semana en la que Cuba no diera nota de primera plana. A lo largo de su gobierno, Obama tuvo dos grandes logros en política exterior: el acuerdo con Irán, perfectamente entendible por su poderío, y el restablecimiento de las relaciones con Cuba.

Poniendo en perspectiva varios de tus libros, este se suma a Los latinoamericanos de Proust, Mario Vargas Llosa. Conversaciones en Princeton y Máquinas de vanguardia como ejercicios de reflexión acerca de América Latina.
Acerca de América Latina se ha escrito mucho, a pesar incluso de que es un concepto inventado en Francia durante el siglo XIX y en un momento de pugna por el control cultural del continente americano. Se creó el término argumentando más afinidad con Francia y su vida intelectual, y en oposición a la América sajona. Hay quienes critican el concepto y lo califica de imperialista. Una de las razones de mi interés por Cuba es porque en su interior sí existe América Latina. Un día, en el hotel Habana Libre, nos encontramos en el elevador un boliviano, un argentino, un peruano y un mexicano, todos habíamos ido a buscar la fantasía de lo que puede significar Cuba. Visto desde México, el concepto tiene menos impacto. Podemos hacer nuestra vida sin preocuparnos por lo que pasa en Argentina o Brasil.

¿A ti qué te dice la idea de América Latina?
Es una idea muy compleja, sí inventada desde Francia, pero con argumentos que mantienen su vigencia. De México a Argentina compartimos idioma, una historia en común con España y una herencia difícil de llevar como es la reconciliación entre lo hispano y las culturas indígenas.

¿Cómo convive en la región la potencia cultural que lo mismo influye a Proust, Hemingway o Lowry con la desigualdad social?
En ese sentido Cuba es ejemplar, es una islita de once millones, tiene mil kilómetros de punta a punta y menos de doscientos de norte a sur. Sin embargo, su producción cultural es impresionante. Tienen una literatura brutal, el cine de Tomás Gutiérrez Alea, la plástica de Wilfredo Lam y Tania Bruguera. La potencia desmesurada de su cultura no tiene nada que ver con su economía. En El tercer hombre Orson Welles dice: “Si ves la historia de Italia, encuentras corrupción, traición, asesinatos, y así han producido el Renacimiento. En cambio Suiza, con sus quinientos años de democracia, paz y estabilidad, produjo el reloj cu-cú”. América Latina tiene mucho de esto y en especial Cuba, que es un lugar de muchos conflictos y traumas. En general, la cultura es un antídoto a los traumas.

¿Y México?
Es un caso parecido. Apenas estuve en marzo y me entristeció mucho lo que sucede. El horror cotidiano es para ponerse a llorar, pero es importante la forma en que genera cultura de manera intensa. La energía de la producción literaria viene, creo, de una situación traumática. Leí la nueva novela de Jorge Volpi, algunas cosas de Xavier Velasco y a Carlos Velázquez. Es triste lo que describen, pero en términos literarios son de gran calidad y vitalidad, incluso superior a lo que sucede en Francia. En países como Cuba o México se hace cine o arte casi por una necesidad de supervivencia.

Conoces bien a Mario Vargas Llosa. ¿Qué opinas sobre las polémicas que suscitan sus  opiniones políticas?
Me parece un gran escritor. Hay una “Literatura”, así con mayúscula, que se encarna en ciertas figuras y entre ellas está Vargas Llosa. Cada vez que releo Conversación en La Catedral quedo atónito por la inteligencia política y la intensidad con que habla de Perú. Diría que es un libro escrito en un estado de depresión y desesperación por retratar a su país. Vargas Llosa posee la inteligencia de un gran novelista para entender la política y eso se ve también en La fiesta del Chivo. Pero es además una persona a quien le gusta pensar y llegar a ideas complejas. Para entender sus declaraciones hay que ponerlas en el contexto de una vida y una obra en donde la política siempre ha tenido un peso fuertísimo.

¿Las ideas políticas empañan su obra literaria, como sucede con Octavio Paz?
Ambos son pensadores complejos. Son personas a quienes les gusta encontrar justificación filosófica y un proceso intelectual para argumentar una posición. En el mundo de los tuits estas posiciones son difíciles de entender en toda su complejidad. Requieren de un ensayo o un libro para poder comprenderlas.

Es quizá también uno de los últimos, sino el último intelectual totémico latinoamericano…
Sin duda es el último de una generación que dio creadores y pensadores maravillosos como Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy o Carlos Fuentes. No me gusta la etiqueta del boom porque da la sensación de que salieron de la nada o de una explosión. Lo más interesante es pensar que algo ocurrió en los años veinte y treinta en América Latina que produjo figuras con un peso importante en la historia de la literatura y del pensamiento.

Ahora que hablas del primer tercio del siglo XX, me das pie para hablar de Máquinas de vanguardia, un libro que reflexiona sobre la confrontación máquina-hombre en aquella época, pero donde encuentro cierta resonancia con lo que pasa ahora.  
Cierto, el periodo de los años veinte se parece al momento actual en términos de nuestra relación con la tecnología. Los argumentos alrededor de las redes sociales son similares a los que se dieron cuando apareció la radio. Sus críticos en ambos casos sostienen que la información rápida es una amenaza para la concentración. Entonces y ahora se dio un resurgimiento del populismo, así como grandes convulsiones políticas. En el primer tercio del siglo XX nació el Partido Nacional Socialista y ahora tenemos a gente como Trump o Maduro. Las noticias de la propaganda nazi o de Mussolini son comparables a lo que hoy llamamos fake news.

¿Ves en México un riesgo populista?
En México como en todo el mundo hay una devaluación del discurso político producto de los tiempos convulsos que vivimos. Si comparas los discursos de campaña con la manera en que hablaban los candidatos hace treinta años, incluyendo al propio Carlos Salinas de Gortari, hay un detrimento. A nuestros políticos les falta algo.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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Entre las pocas certezas que rodean el caso Florence Cassez está la terrible verdad de que el sistema de justicia de nuestro país tiene cualquier cantidad de irregularidades. Con la intención de aportar una narrativa literaria a un proceso judicial que incluso llegó a enfrentar a los gobiernos de México y Francia, Jorge Volpi se propuso escribir Una novela criminal, título ganador del Premio Alfaguara de Novela 2018.

Tras su investigación, Volpi reconoce en Israel Vallarta —presunto líder de la banda de secuestradores Los Zodiaco y pareja de Cassez—, a una víctima del sistema de justicia, toda vez que para inculparlo la PGR recurrió a una serie de montajes y violaciones en el debido proceso. No obstante, asume también que dadas las condiciones del caso no es fácil conocer la verdad.  

¿Qué herramientas encontró en la literatura distintas a las periodísticas y judiciales, para articular el caso de Florence Cassez?

No tengo formación de reportero y esta es la primera vez que desarrollo un trabajo de origen periodístico. Para libros anteriores he realizado investigación histórica, pero esto fue algo distinto. De pronto tenía una inmensa cantidad de material y solo gracias a mi formación como novelista de ficción pude tratar y revisar la selección de materiales, es decir escoger qué dejar y qué quitar. Eso me ayudó a presentarlos por medio de recursos literarios como el uso de la primera persona, el contraste de voces, o el empleo de una estructura capaz de transmitir al lector la idea de que tiene frente a sus ojos el expediente. Ayudó también el uso de flashbacks o flashforwards. Normalmente estos recursos no están en una narración cronológica, pero son importantes para impactar e influir en el ritmo.

El uso de la voz me recordó a Emmanuel Carrère…

Claro, una influencia importante fue la lectura de El adversario, de Carrère. El narrador soy yo mismo, pero intenté ser lo más discreto posible. Aporto únicamente algunos apuntes y conclusiones. Señalo al lector el camino hacia algunos puntos para que todo sea más claro y le comparto mi propia sensación al ir avanzando en el caso.

Sus estudios en Derecho habrán sido muy importantes para poder entender la complejidad del caso.  

Cierto, para esta novela fue muy importante haber estudiado Derecho. Para leer un expediente judicial y entender el sistema jurídico mexicano, era necesario conocer algo de leyes.

¿Se puede entender el sistema jurídico mexicano?

Es un sistema muy enrevesado, pero es un problema de todos los órdenes. Es un sistema mal diseñado, mal implementado, donde la corrupción está en todos los niveles, donde la injerencia del poder siempre se sale con la suya y donde la tortura es una práctica constante.

En conjunto el caso de Florence Cassez tiene elementos de una gran fake news.

Desde luego. Todo el inicio del caso, empezando por el montaje, es un cúmulo de horas de fake news en vivo. Afirmar que se transmitía una captura en vivo cuando se sabía que era falso, es terrible. Y no es el único momento, pensemos en el video de David Orozco (quien acusa a Florence Cassez de ser la líder de la banda de secuestradores), es una representación de las fake news llevadas al extremo de la manera más torpe y chapucera posible. Está mal editado, se contradice, dice cosas que no tienen que ver con el resto del caso y la PGR lo presentó como si fuera un testimonio auténtico.

En términos de lo que hoy llamamos posverdad, su novela tiende un puente con el presente.

La posverdad es un término horrible. Podríamos definirla como la defensa de una idea aun sabiendo que es una mentira, como sucede con Donald Trump. A sus seguidores no les importa e incluso les da lo mismo. En el caso de Florence Cassez sucedió eso. Pudo develarse la farsa. García Luna reconoció que el montaje fue una mentira y que era una recreación, pero a nadie le importó. Y no solo eso, Calderón lo ascendió a secretario. Todo esto nos habla de la ausencia de control, de falta de honestidad y de la ausencia de un sistema justo capaz de castigar a las autoridades que cometen abusos.

¿Mientras revisaba el caso y escribía la novela tuvo la certeza de hacer esta crítica a la realidad mediatizada y a la posverdad?

No, de origen ni me lo imaginaba. Mi intención era contar la historia completa, pero luego evidentemente se convirtió en una reflexión sobre el papel de los medios frente a la justicia, sobre todo cuando la justica se convierte en espectáculo.

¿Qué conclusión saca de la justicia mexicana?

Es una justicia que nos convierte en ciudadanos a medias, absolutamente desprotegidos cuando uno entra en cualquier proceso policiaco de investigación o judicial.

¿Qué aportó a su trabajo abordar a personas reales como Florence Cassez e Israel Vallarta como personajes literarios?

Es la primera vez en donde mis personajes son personas. Intenté entenderlos mejor, hasta donde fuese posible; tratar de saber más y mejor de ellos, pero al mismo tiempo sentí la frustración de no desarrollar una novela de ficción para poder especular acerca de sus pensamientos en búsqueda de la verdad. Aprendí a lidiar con la tentación de las licencias de la ficción.

La lectura de Una novela criminal deja la impresión de que el sistema judicial rebasa  las posibilidades de la ficción, ¿no?

A lo largo del caso hay muchos momentos que suenan inverosímiles, aunque son reales. Nosotros ya estamos acostumbrados, pero ahora que presenté el libro en España, lectores y periodistas no podían creer que la policía fuera la que provocara un montaje de esa magnitud; es tan increíble que cuesta entenderlo.

Tras la lectura de su libro concluyo que ve a Israel Vallarta como una víctima del sistema.

Por supuesto, es una víctima del sistema de justicia. También me queda la sensación de que no sabemos realmente qué ocurrió ese día porque las autoridades hicieron hasta lo imposible para que no se supiera y como no sabemos, tenemos que aplicarle la presunción de inocencia.

Esta falta de certeza promovida desde las autoridades ocurre constantemente. Otro ejemplo podría ser lo ocurrido con los 43 normalistas de Ayotzinapa.   

Es una constante del sistema judicial. El problema en el caso de Florence Cassez está en que las autoridades están obligadas a cumplir ciertos procedimientos y aquí no solo no los cumplieron, los torcieron todos intencionalmente.

¿Cómo tener perspectiva literaria de un caso que aún no está cerrado?

Tienes razón, es un caso inacabado y por lo tanto la novela no está terminada. Israel Vallarta aún no tiene sentencia y a pesar de ello está en un penal de máxima seguridad. Pero han pasado doce años desde inicio del caso, un tiempo relativamente largo para un suceso de actualidad, lo que permite ver hechos como el montaje o la pelea entre Calderón y Sarkozy ya con cierta distancia.

En el caso del conflicto entre ambos presidentes leemos una reflexión sobre el poder, tema, por cierto, presente en varios de sus libros.

Sí, en este caso quería indagar en cómo el sistema está diseñado para que los poderosos se salgan con la suya y para que quienes no tienen poder siempre terminen vencidos.

¿Con su novela hay una intención de ejercer una justicia digamos literaria?

Sí, por lo menos es una forma de hacer que la literatura sirva para revelar cómo funciona el sistema, lo terrible que es nuestro sistema. Es difícil dar una narrativa al periodo que vivimos, pero a la vez es muy necesaria porque vivimos en una época en la que las redes sociales hacen que te enteres de todo, pero a la vez en la que todo es efímero. No hay profundidad en el análisis, en el seguimiento de los escándalos y de las exigencias de rendición de cuentas de quien tiene poder.

A juzgar por algunos de sus últimos libros (Las elegidas, Contra Trump, Una novela criminal), creo que usted está asumiendo un compromiso literario con el presente.

Hasta ahora lo he sentido, pero no se cuanto tiempo se mantendrá.

Héctor González

Periodista cultural.

Una novela criminal, título ganador del Premio Alfaguara de Novela 2018, será presentado este 17 de abril a las 18:30 horas en la Biblioteca de México.

 

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