La novela más reciente de Enrique Serna ha despertado un vivo interés en los medios de comunicación por convertir en materia literaria uno de los periodos más oscuros del periodismo mexicano, a través de un personaje tan siniestro como brillante.

El único lugar en el que Carlos Denegri podía ser vulnerable era dentro de su casa. Entre 1940 y 1970 fue uno de los periodistas más poderosos del país. Creció en una familia de diplomáticos. Vivió en Alemania, Suiza y Bélgica; su infancia cosmopolita facilitó que fuera políglota. Tras su paso por la Escuela Nacional Preparatoria ingresó al periódico Excélsior a trabajar como cablista. Empezó ganando quince pesos y en poco tiempo llegó a cobrar cheques con varios ceros más. Encontró los atajos necesarios para convertirse en uno de los estelares del “periódico de la vida nacional” y para congraciarse con el poder.

Carlos Monsiváis se refirió a él como alguien que “hace reverencia a los poderosos y se comporta caciquilmente”. Hizo de la impunidad y el “chayote” una forma de vida. El único lugar sin la protección del manto de sus influencias, de la clase política, era su casa y fue ahí donde su tercera esposa Herlinda Mendoza lo asesinó con un calibre .38. Más que lo que significó su muerte la vida de Denegri representa una época oscura del periodismo mexicano. Cuando la información era moneda de cambio y se usaba para la extorsión o el chantaje.

Atento observador de las pulsiones ocasionadas por el poder, Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) encontró en “el gato de angora del periodismo nacional”, al personaje idóneo para hablar de la corrupción en un régimen que construyó su legitimidad gracias a la complicidad de los medios de comunicación. El resultado de su trabajo es la novela El vendedor de silencio (agosto, 2019).

Héctor González: “El mejor y el más vil de los periodistas”, así definió Julio Scherer a Carlos Denegri.

Enrique Serna: Fue el mejor porque era culto, políglota y supo tejer una red de contactos impresionante. Tuvo acceso a todo mundo, entrevistó a Gandhi, a Kennedy, a Luther King. Fue hijo de un político prominente, Ramón P. Denegri, y vivió en Alemania, Bélgica y Nueva York. Dominar varios idiomas le dio una enorme ventaja sobre sus compañeros. Colaboró en Life y Time. Fue el gato de angora del periodismo nacional.

HG: Pero también fue el vivo reflejo de una de las épocas más oscuras del periodismo mexicano.

ES: Su vida es indisociable de la época dorada de la dictadura priista. Su machismo patológico tiene una clara correspondencia con el carácter autoritario del régimen al que sirvió. Convivió con muchos capos del hampa institucional como Maximino Ávila Camacho y el magnate Jorge Pasquel, rey del contrabando durante el sexenio alemanista. A diferencia de ellos, Denegri era un hombre vulnerable y con un talón de Aquiles más poderoso que la ambición.

HG: A él le tocó ser una especie de bisagra en el periodo del influyentismo descarado y el periodismo combativo de Scherer

El escritor Enrique Serna, en septiembre de 2019. Fotografía de: Héctor González

ES: Los últimos años de Denegri coincidieron con los primeros años de Scherer en el Excélsior, el diario más leído e influyente. Coincidió con una generación de periodistas éticos que buscaban dignificar su profesión. Scherer, Granados Chapa y Vicente Leñero intentaron limpiar al periódico de los personajes indeseables de la vieja guardia y particularmente de Denegri, quien era un vocero extraoficial de la presidencia. El choque de ambos estilos resultó letal porque coincidió con su debacle profesional.

HG: Una debacle gestionada por él mismo. Siempre tuvo plena conciencia del terreno que pisaba.

ES: Claro, porque tenía una propensión a la autodestrucción, esa es una de las razones por las que se me hacía un personaje tan seductor. Su soberbia y su enorme amor propio eran incluso menores a su tendencia autodestructiva. Cuando empezó a ver con repugnancia al círculo de Maximino Ávila Camacho asumió con resignación su rol. Sabía que a la larga eso le ocasionaría mucho daño y, no obstante, prefirió seguir la ruta de la corrupción con tal de alcanzar lo que para él era el éxito. Como muchos de sus colegas, Denegri se entregó alegremente a la deshonra. En esa época había un refrán muy común: “embute que no te corrompe tómalo”. Muchos periodistas recibían sobres con dinero y Denegri se enfiló hacia esa prensa mercenaria a sabiendas de que en el futuro le acarrearía graves consecuencias.

HG: Quizá tomó esa decisión por la misma soberbia. Se sentía por encima incluso de muchos políticos, entre ellos Luis Echeverría.

ES: A través de la novela quería retratar a la clase política de la época. Un personaje como Denegri sólo era posible dentro de un régimen de dictadura de partido. El episodio con Echeverría es interesante. Durante los años treinta ambos coincidieron en una tertulia literaria encabezada por Porfirio Barba Jacob. La impartía en un cuartito del Hotel Sevilla. Por aquellos años Echeverría tenía inquietudes literarias y tuvo un desencuentro con Denegri, quien nunca se imaginó que ese nerd de lentes llegaría a ser presidente de la República.

HG: La novela se apuntala en el proceso degenerativo del priismo.

ES: Me interesaba mostrar como telón de fondo la decadencia de un régimen que llegó al poder a balazos. El PRI creó un monolito político invencible y una aplanadora electoral que lo mantuvo setenta años en el poder. Únicamente tuvo un paréntesis ético en el sexenio de Lázaro Cárdenas, pero nunca pudo renunciar a su ADN autoritario. Para conseguir su objetivo necesitaba de una prensa servil y aduladora, y de medios que difundieran la sensación de apoyo unánime por parte de la población.

HG: ¿Qué hace falta para erradicar las prácticas de la “prensa mercenaria”, como tú la llamas?

ES: El modus vivendi de Carlos Denegri persiste. Durante el sexenio pasado, Peña Nieto gastó tres mil millones de dólares en publicidad y sobornos a periodistas. Hay cosas que permanecen como el uso de los medios para el chantaje. No obstante, el periodismo mexicano ha cambiado para bien. Ahora los mejores reporteros o columnistas no son los más viles, sino los independientes, libres y quienes mantienen distancia con el poder.

HG: ¿Qué tipo de relación observas entre el gobierno de López Obrador y el periodismo?

ES: El drástico recorte del gasto publicitario por parte del gobierno ha causado crisis en muchos medios. Sin embargo, creo que era algo necesario. A López Obrador como a todos los presidentes, no le gusta la crítica, pero a diferencia de sexenios pasados ahora no encuentro actos de censura. Si el presidente quiere responder o denostar a sus críticos está en su derecho siempre que no limite la libertad de expresión, aunque es verdad que tal vez abuse de la palabra y se prodigue mucho a la hora de hablar. Su gran amor a los micrófonos y a los reflectores no es ilegal.

HG: Buena parte de tu literatura se ubica en el México de mediados de siglo XX, ¿por qué te interesa tanto esa época?

ES: Es un periodo al que le tengo gran nostalgia, pese a que no me tocó vivirlo. Me hubiera encantado conocer la vida nocturna de entonces. Había una pléyade de cantantes y compositores. Fueron los mejores años del bolero y la canción ranchera. La Ciudad de México era más hospitalaria y habitable. Zambullirme en la investigación para la reconstrucción de esa época me fascina.

• Enrique Serna, El vendedor de silencio, México, Alfaguara, 2019, 488 p.

 

Héctor González
Periodista Cultural.

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El lugar de la cultura en el Plan Nacional de Desarrollo, que deberá ser aprobado por la Cámara de Diputados este 19 de junio, es casi nimio. Parece un cúmulo de buenas intenciones y deseos más que un proyecto serio y bien definido.

“Cultura para la Paz, para el bienestar y para todos”, así se titula el apartado que el gobierno federal dedicó al sector cultural en el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024. El documento completo deberá ser aprobado por la Cámara de Diputados a más tardar este 19 de junio.

En el desglose del PND, las líneas sobre política cultural se resumen en el objetivo 2.9: “promover y garantizar el derecho humano de acceso a la cultura de la población, atendiendo a la diversidad cultural en todas sus manifestaciones y expresiones con pleno respeto a la libertad creativa, lingüística, de elección o pertenencia de una identidad cultural de creencias y de participación”.

Ilustración Izak Peón

A juzgar por lo que plantea este objetivo, el gobierno se compromete a lo obvio: refrendar y cumplir lo que desde 2008 está inscrito en el artículo 4 constitucional, apartado al que se incorporó el derecho a la cultura y su libre ejercicio y que textualmente señala: “Toda persona tiene derecho al acceso a la cultura y al disfrute de los bienes y servicios que presta el Estado en la materia, así como el ejercicio de sus derechos culturales. El Estado promoverá los medios para la difusión y desarrollo de la cultura, atendiendo a la diversidad cultural en todas sus manifestaciones y expresiones”. Es decir, el objetivo dedicado a la política cultural es una relectura de lo que ya dice la Carta Magna.

Más adelante, el Plan traza siete estrategias para cumplir con su meta:

1.- Fomentar el acceso a la cultura de toda la población, promoviendo la redistribución de la riqueza cultural y desarrollando esquemas de planeación intercultural, inclusiva y participativa.

2.- Impulsar la formación y profesionalización artística y cultural de los individuos, comunidades, colectivos y trabajadores de la cultura, y brindar opciones de iniciación, capacitación y actualización para toda la población.

3.- Promover y ampliar la oferta cultural a lo largo del territorio nacional y desarrollar el intercambio cultural de México con el extranjero.

4.- Salvaguardar y difundir la riqueza patrimonial de México, tanto material como inmaterial, así como promover la apropiación social de las humanidades, las ciencias y las tecnologías.

5.- Fortalecer las industrias culturales y empresas creativas para generar y difundir sus contenidos.

6.- Desarrollar y optimizar el uso de la infraestructura cultural pública, atendiendo las particularidades y necesidades regionales del país.

7.- Reconocer, preservar, proteger y estimular la diversidad cultural y lingüística de México, con particular atención a los aportes de los pueblos indígenas y afromexicano y otros grupos históricamente discriminados.

En opinión de Eduardo Cruz Vázquez, fundador del Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura de la UAM y coordinador de los títulos 1988-2012. Cultura y transición y ¡Es la reforma cultural, Presidente! Propuestas para el sector 2018-20124, el documento es “decepcionante, una burla y una falta de respeto a la inteligencia del país”.

Cruz Vázquez precisa que el PND debe revisar la viabilidad de las políticas públicas (de acuerdo a lo establecido en la fracción 8ª del artículo 2º de la Ley de Planeación). “No veo en ninguna parte un señalamiento que intente medianamente atender el ordenamiento. Tan sólo por eso el Congreso tendría que revisarlo e incluso regresarlo al presidente y a la Secretaría de Hacienda”.

Otras visiones más cercanas a la llamada “Cuarta Transformación”, como la de Sabina Berman, encuentran en el proyecto un cúmulo de buenas intenciones. “Me gusta la idea de optimizar la infraestructura cultural. Ya era tiempo de hacer patente la intención”.

La dramaturga y analista, que en días recientes ha estrenado un programa en el Canal 11 bastante favorable al proyecto obradorista, celebra el llamado a promover y ampliar la oferta a lo largo del territorio nacional y desarrollar el intercambio cultural de México con el extranjero. “Creo que es algo de lo más necesario y de lo más fácil de hacer”.

Economía cultural

Según la Cuenta Satélite de la Cultura del INEGI de 2017, el sector cultural aporta 3.2% del PIB. Los servicios de medios audiovisuales, la fabricación de bienes culturales (artesanías, por ejemplo), y la producción cultural de los hogares (participación voluntaria en la organización o desarrollo de espectáculos, fiestas tradicionales, ferias y festivales; gasto en la adquisición de productos culturales en la vía pública; y elaboración de artesanías para uso final propio) representan el 73.9% del total de la suma.

Datos de la Consultoría Nomismae, dirigida por Ernesto Piedras, ubican a México en tercer lugar a nivel latinoamericano en ese renglón por debajo de países como Argentina (3.8%) y Colombia (3.9%).

Aunque la información esté a disposición pública, el PND no plantea un horizonte definido al respecto. Se limita a citar al INEGI y a apuntar que en los últimos 12 meses el 58% de la población mayor de 18 años asistió al menos a una sala de cine, a una obra de teatro, concierto, exposición o espectáculo de danza. No hace siquiera un comparativo con 2017, cuando este porcentaje fue de 59%.

A lo más propone incrementar cobertura y oferta con una política pública que mediante actividades y programas vincule la cultura con el desarrollo social, urbano y económico de las entidades, para lo cual se buscará la colaboración de secretarías locales y federales de distintos ramos. Lejos de comprometerse a incrementar la injerencia del sector en el PIB con un porcentaje estimado, prefiere enunciar más que objetivos, deseos.

El documento del Ejecutivo carece además de intencionalidad por equilibrar la forma en la que nos acercamos a la cultura y por reducir la disparidad entre las distintas disciplinas: por ejemplo, mientras que el 86.7% de los consumidores reconoce haber ido al cine al menos una vez al año durante 2017, apenas el 22.7% ha visitado un espectáculo de danza.

El propósito del PND de aumentar la cobertura se tambalea a partir del recorte presupuestal implementado por el gobierno de López Obrador. Si en 2018 se destinaron 12 mil 916 millones de pesos al sector cultural, en 2019 se le asignaron 12 mil 394 millones. La diferencia de poco más de 550 millones intentó subsanarse con la implementación del Programa de Apoyos a la Cultura cuyo monto es de 500 millones de pesos. Aun así los recursos son menores en relación al año anterior.

Para el economista Ernesto Piedras, autor del estudio ¿Cuánto vale la cultura?, las líneas marcadas por el PND parecen un retroceso. Sus investigaciones calculan un monto mayor al del INEGI: la aportación del sector al PIB se ubicaría en el 7.4%, del cual el 3.6% corresponde a la economía sombra y el 3.8% a la economía formal. “Seguimos sin evolucionar. Enarbolamos que la cultura es lo más transversal que tenemos como seres humanos. Sin embargo veo pocas alusiones a su uso como herramienta para el desarrollo”.

Hay, por ejemplo, pocas menciones a la conectividad y la apropiación de contenidos creativos por la vía digital. No se pueden, en su opinión, manejar de manera independiente el derecho a la cultura y el derecho a la conectividad. “Necesitamos ir en esa dirección. Muchos artistas trabajan por medio de internet y los consumidores nos acercamos cada vez más a su trabajo por esta vía”. Por lo tanto el discurso enarbolado desde el gobierno federal le parece inmaduro y populista. “No veo la intención de relacionar la cultura con la educación, la economía o el comercio. Hay puras ideas básicas y aisladas. No se habla de la cultura como generadora de empleo y divisas. Me parece una propuesta dogmática, pobre y poco seria”.

Por medio del documento, el gobierno federal busca ofrecer resultados concretos en dos áreas vinculadas con la seguridad y el desarrollo social. Actualmente la cobertura de actividades artísticas abarca el 8.1% de los municipios de alta incidencia criminal y delictiva. Para 2024 la meta es cubrir el 92.9% de estos sitios. Sin precisar la metodología o la forma de cumplir con el objetivo, se pretende aumentar la presencia de la Secretaría de Cultura en el territorio nacional. Hoy la distancia promedio que necesita recorrer una persona para tener acceso a actividades impulsadas por la dependencia federal es de 50 km. El objetivo para 2024 es disminuirla a 5 km. “Me reanima leer este tipo de fines, es necesario consolidar el quehacer artístico como herramienta para restablecer el tejido social”, apunta Sabina Berman. Pero entre leer los fines y lograrlos hay un abismo inmenso de realidad.

¿Una política cultural indigenista? ¿De minorías?

Otro punto clave del PND es el relativo a los indígenas. Datos del Instituto Nacional de Pueblos Indígenas (INPI) indican que de las 68 lenguas originarias habladas en México 43 se encuentran en peligro de extinción. Para prevenir esta pérdida las autoridades ofrecen la protección y el estímulo de la diversidad cultural y lingüística de las comunidades indígenas y el resto de las minorías étnicas (los grupos afromexicanos, entre ellos).

Queda claro que este es el núcleo discursivo de la política del nuevo gobierno y su manifestación más clara en el área cultural. “Son estrategias que plasman la visión comunitaria y de ‘primero los pobres’”, apunta Eduardo Cruz Vázquez, sin sorpresa alguna. Si bien es consecuente con el derecho al acceso a los bienes y servicios que quiere garantizar el gobierno de AMLO “parece más una política social, que cultural”. El sello de la actual administración es precisamente querer acentuar la vocación social, pero más allá de eso no encuentra nada novedoso, según el investigador de la UAM. “Siempre se ofrece ampliar la oferta cultural, respetar la diversidad, optimizar la infraestructura y descentralizar la producción. Aquí no veo nada original”.

Escenarios ideales y promesas

Por la permeabilidad social del discurso obradorista, sería preocupante que la promoción de la cultura se enfocara única y exclusivamente en los lugares más pobres o afectados por la violencia. “Pero encontrar alusiones a las industrias y empresas culturales me hace ser optimista”, afirma Sabina Berman. Su inquietud ahora reposa en la forma en que se aterrizarán las estrategias. En un documento tan general como este Plan no hay espacio para los detalles, “aún así, en el sector estamos inquietos porque ya nos acostumbramos a quedarnos con puros enunciados”.

Desde su creación en 1988, el CONACULTA esbozó tres grandes promesas: salvaguardar el cúmulo de cultura; multiplicar los generadores de cultura; y hacer llegar la cultura y las artes a todos los mexicanos. Para la dramaturga hubo avances sólo en los dos primeros, mientras que en el último prevalece “un absoluto rezago”.

A Berman le da cierta tranquilidad que una de las primeras decisiones del nuevo gobierno fuera convertir Los Pinos en un espacio cultural y que haya puesto en marcha las cruzadas artísticas en los lugares más afectados por la delincuencia. Sin embargo, no es suficiente. “Me parece que sí están ocurriendo cosas importantes aunque es verdad que las artes profesionales siguen en el tintero. Ya no basta con que las cosas se queden igual. Necesitamos cambios importantes”.

En un escenario ideal para Cruz Vázquez, el Congreso debería regresar el documento al Ejecutivo con las “miles de observaciones que se le podrían hacer”. Lo cierto, reconoce, es que dada la mayoría de Morena en la Cámara de Diputados esto no ocurrirá. Por lo tanto será necesario esperar hasta noviembre o principios de diciembre cuando, acorde a lo estipulado en el artículo 30 de la Ley de Planeación, se cumplan los seis meses que cada secretaría tiene para presentar su plan sectorial una vez que el PND se publique en el Diario Oficial.

Dado que este es el primer sexenio que arranca con la Secretaría de Cultura en su nueva configuración institucional, le corresponde al equipo de Alejandra Frausto diseñar el primer programa del sector: “Veremos si para entonces hacen bien su trabajo y si fuera del yugo presidencial son capaces de hacer un verdadero programa integral”.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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Hoy, en el marco del Día Internacional del Libro y la Lectura, se dará a conocer la Estrategia Nacional de Lectura, un programa que podría convertirse en una herramienta clave para resolver problemas centrales de la sociedad mexicana. En el siguiente reportaje, diversos expertos exponen los retos y trampas que se deberían tomar en cuenta para que este proyecto no termine solamente en buenas intenciones.

¿Cuántos libros se leen en México? No hay una respuesta que satisfaga a todos. En 2015, la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura realizada por el todavía Consejo Nacional para la Cultura y las Artes informó que el mexicano lee 5.3 libros al año. En 2018, el Módulo sobre Lectura (Molec), a cargo del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, reveló que el promedio de anual es de 3.8 libros.

Al margen de lo mucho o poco confiable que pueda resultar cada cifra, el estudio del Molec arroja datos que llaman aún más la atención: solo 2 de cada 10 lectores comprenden totalmente el contenido de su lectura, 6 reconocen haber entendido una parte, y 2 apenas la mitad o muy poco. ¿Un buen índice de lectura atraviesa por la calidad o por la cantidad?

Uno de los objetivos planteados por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador es hacer del país una república de lectores. Para ello se ha anunciado una Estrategia Nacional de Lectura, cuyo primer esbozo se dio a conocer el 27 de enero pasado en Mocorito, Sinaloa. Desde la ciudad conocida como “la Atenas sinaloense”, Paco Ignacio Taibo II, actual titular del Fondo de Cultura Económica, esbozó los tres ejes a seguir: reforzar la lectura en niños y adolescentes; brindar mejor y mayor acceso a los libros; y lanzar una campaña de promoción en medios de comunicación. Además, prometió publicar colecciones a precios accesibles y regalar títulos a fin de acercar la lectura a quienes no tienen recursos.

El 20 de marzo Taibo II hizo un primer corte de caja de su gestión. Señaló que gracias a la puesta en circulación de títulos a $49.50, $20 y $8, se han vendido 54 mil ejemplares. Y destacó el lanzamiento de la colección Vientos del Pueblo conformada por obras breves e ilustradas a un costo que oscila entre 11 y 20 pesos.

Ilustraciones: Belén García Monroy

El proyecto

Los objetivos trazados por el director del Fondo de Cultura Económica han puesto en la mira el detalle de lo que debe implicar una Estrategia Nacional de Lectura. Juan Domingo Argüelles, autor de ¿Qué leen los que no leen? y Antimanual para lectores y promotores del libro y la lectura, advierte que hasta ahora no se ha visto nada nuevo. Reconoce que Taibo II sabe hacer publicaciones baratas y llevarlas a sitios recónditos del país. No obstante, si el programa no toma en cuenta a las escuelas y a las bibliotecas “estará destinado al fracaso”, advierte.

El académico de El Colegio de México, Fernando Escalante Gonzalbo, cuestiona en principio el diagnóstico y los objetivos desarrollados por las autoridades: “Como diagnóstico, lo único que se ha dicho en concreto es que la gente no lee porque los libros son caros”. Argumenta que la tesis oficial da por sentado que la gente no lee porque no aprendió en la escuela y porque no se le ha invitado a hacerlo con suficiente énfasis; sin embargo, “no hay ningún estudio que permita sostener nada de eso”.

Para Socorro Venegas, titular de la Dirección de Publicaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México, es difícil emitir un juicio acerca del proyecto cuando apenas se conoce la primera etapa. La preocupación de conseguir que los libros sean accesibles es legítima y celebra la existencia de un Estado editor: “Contamos con las colecciones del Fondo de Cultura Económica para niños y jóvenes; con los programas de fomento a la lectura desde la Secretaría de Educación Pública; y con la segunda red de bibliotecas públicas más grande de Latinoamérica (el primer lugar es Brasil)”. A partir de lo que se tiene, espera que la estrategia desarrolle los mecanismos que permitan un mejor acceso a los títulos producidos.

¿Cuestión de precio?

Si nos atenemos a los datos del Módulo sobre Lectura del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, los materiales de lectura consultados con mayor frecuencia son los libros de texto, los periódicos y los foros, páginas o blogs digitales. El estudio apunta que la mayoría de los mexicanos leen por entretenimiento (38.2%). La segunda razón son las obligaciones escolares, profesionales o técnicas (26.8%). Le siguen el bienestar y la salud (23.2%). Por cultura general la cifra es de 20.9%.

Paco Ignacio Taibo II asegura que el fomento de la lectura como una actividad placentera atraviesa necesariamente por bajar el precio de los libros. Sus argumentos se sostienen en el trabajo realizado por la Brigada para Leer en Libertad, proyecto cultural fundado en 2009 junto con su esposa Paloma Sáiz, quien asevera que en México se lee poco, entre otras cosas, porque existe una barrera cultural que inhibe el ingreso a una librería y porque los libros son caros: “¿Cuánta gente en este país tiene la posibilidad de comprar una novela de trescientos pesos para arriba? La minoría”. Sáiz argumenta que predomina la idea de que es más útil gastar el dinero en otras cosas antes que en literatura. Socorro Venegas coincide, aunque con matices. La funcionaria de la UNAM reconoce que el precio importa, pero no basta con bajarlo para conformar un Plan Nacional de Lectura: “Se necesitan programas en bibliotecas, salas de lectura y ferias de libro”.

El argumento de que la gente no lee porque los libros son caros “es discutible”, señala Escalante Gonzalbo, y enfatiza la diferencia entre leer y poseer. “La tesis supone que quienes no leen son pobres y que los ricos leen más. No hay nada que permita sostener semejante idea”. El académico sostiene que, en cualquier país, entre el 25 y el 35 por ciento de la población no lee independientemente de la escolaridad e ingresos: “No lo hace porque no le interesa; por lo tanto, el ingreso de una persona no explica las prácticas de lectura”.

Uno de los métodos implementados por Paco Ignacio Taibo II para hacer accesible el libro consiste en el obsequio en plazas públicas. El mecanismo aplicado desde hace diez años por la Brigada para Leer en Libertad es calificado como exitoso por Paloma Sáiz, quien calcula que por medio de los distintos programas promovidos desde de la asociación se han regalado cerca de cuatrocientos mil títulos. La promotora cultural explica que no se trata de regalarlos a diestra y siniestra. Precisa que atrás de la práctica hay una metodología: “No porque le regales un libro a alguien se hará lector, pero al menos sí le estás dando la posibilidad para que decida. Si además se lo entregas después de escuchar al autor, de presenciar un debate acerca del tema o por medio de un mediador que lo incite, el círculo se complementa”.

Pocas librerías

Según la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, durante 2016 el sector  registró una venta de 137.4 millones de ejemplares, 6.3% menos respecto al año anterior. Por su parte, el INEGI informa que a nivel nacional existe una librería por cada 43 mil habitantes. Los datos de CANIEM dejan ver que a nivel nacional existen 600 librerías y mil 204 puntos de venta, de los cuales el 31% se ubica en la Ciudad de México, seguido de Jalisco y el Estado de México, con 7% cada uno.

El editor Carlos Anaya-Rosique, expresidente del organismo editorial, precisa que más allá del precio es necesario construir una red eficiente de librerías: “Apenas en el 6% de los municipios hay librerías. No hemos sabido construir el hábito desde el nivel escolar”. A fin de articular una red de 130 librerías del Estado, el Fondo de Cultura Económica está en proceso de absorber Educal y la Dirección General de Publicaciones. Si la medida reduce costos burocráticos y mejora la sinergia interinstitucional, “me parece bien”, dice Socorro Venegas. El objetivo, añade, debe ser convertirlas en centros culturales y conseguir que mantengan una oferta “viva y rica”.  

Los datos de la industria editorial precisan que del total de librerías, el 62% son tradicionales, 19% son propias de editoriales, alrededor de 7% universitarias, y el resto de carácter variado. La estrategia, sugiere Escalante Gonzalbo, necesita favorecer la existencia de pequeñas y medianas editoriales, así como incentivar la creación de una red de librerías privadas serias, con fondo propio y catálogo amplio. Sugiere, además, la formación de profesionales que sepan atraer lectores.

Paloma Sáiz va más allá de la creación de puntos de venta y pone sobre la mesa la necesidad de revisar la política de Precio Único, inscrita dentro de la Ley de Fomento a la Lectura y el Libro. Explica que cada distribuidor hace un pacto diferente con las editoriales y por lo tanto quien termina asumiendo el costo es el comprador final:  “Un almacén grande como Sam’s o Comercial Mexicana compra los libros hasta con cincuenta por ciento de descuento. En cambio, una pequeña librería los adquiere con un descuento de treinta por ciento; además tiene que absorber la transportación. Si por ley debe venderlo al mismo precio que el gran almacén, su margen de ganancia es mínimo. ¿Dónde está el beneficio?” A fin de contrarrestar el impacto, la titular de la Brigada para Leer en Libertad sugiere exenciones del Precio Único en casos particulares como las ferias del libro: “La Ley del Libro se debe estudiar y discutir, pero hay muchas cosas que cambiar”.

Las aulas, ahí empieza todo

Históricamente, el punto flaco de todos los planes de lectura son las escuelas. Juan Domingo Argüelles se dice preocupado porque el sistema educativo se ha ido cerrando a la posibilidad de que la lectura se promueva desde el aula. El Diagnóstico de Prácticas de Lectura en Niños y Jóvenes, realizado en 2016 por IBBY México, reconoce la contribución de la colección Libros del Rincón, de la Secretaría de Educación Pública, para distribuir materiales de lectura e instalar bibliotecas escolares y de aula a lo largo del país.

Desde su creación en 1994 y hasta 2016, la serie había producido 4 mil 129 títulos distribuidos en cerca de 208 mil escuelas de educación básica. El promedio por plantel era de 450 títulos. El informe de IBBY plantea, no obstante, que en los últimos años el programa se ha descuidado. Actualmente, el 56 por ciento de las escuelas públicas de educación básica a nivel nacional cuentan con un local exclusivo para la biblioteca y le dan un uso como tal, mientras que el resto reporta que los libros los distribuye en aulas o espacios compartidos como la dirección.

En su mejor momento, el programa Bibliotecas Escolares contabilizó 76 mil 295 espacios, mientras que el programa Bibliotecas de Aula, 131 mil 735. Ambos impactaban en 23 millones 689 mil 764 estudiantes. A nivel nacional, la cantidad de bibliotecas públicas es de 7 mil 436, lo que se traduce en que hay 6 por cada cien mil habitantes. La cifra nos coloca muy por debajo de naciones como Eslovaquia, Finlandia o Bielorrusia, cada una con 138, 110 y 107 recintos en la misma proporción.

Antes de llegar a la UNAM, Socorro Venegas era la Coordinadora de Obras para Niños y Jóvenes del Fondo de Cultura Económica. Durante su paso por el sello estatal consiguió que el género infantil aportara el 40 por ciento de los ingresos por ventas de la casa. Sabe como pocos que la niñez es una etapa idónea para promover la lectura recreativa: “Debemos conseguir que por medio de las bibliotecas escolares los menores encuentren el camino para convertirse en lectores autónomos”.

Escalante Gonzalbo pondera que cualquier plan de fomento a la lectura serio se debe plantear como tarea del programa educativo. Más allá de regalar o abaratar los libros, es preciso hacer de las bibliotecas el eje de la estrategia: “Nada puede suplir a una red amplia, bien surtida, con libros para todos los gustos y con bibliotecarios profesionales”.

Uso social del libro

A nivel nacional, el sesenta por ciento de los libros vendidos son para educación básica. “Podremos hablar de un país lector cuando el mismo porcentaje de consumo se invierta y la gente adquiera más títulos por iniciativa propia. Solo entonces —añade Carlos Anaya-Rosique— podremos decir que la lectura se ha incorporado al sistema de vida de los mexicanos”.

Dentro del ideal de la cadena, un papel fundamental lo tienen los mediadores. “Ahí debe estar el énfasis de la Estrategia Nacional de Lectura”, sugiere Socorro Venegas. Al margen de evaluar el estado de las bibliotecas escolares, la clave estará en la formación de los promotores y en la manera en que los profesores se involucren en el fomento del libro: “Podemos tener ochenta cajas de títulos y no saber qué hacer con ellas. Necesitamos apuntar hacia el uso social del libro”.

La titular de publicaciones de la UNAM espera que las autoridades no pierdan de vista el vínculo que se tendió entre la reconstrucción del tejido social y el fomento a la lectura a partir de proyectos como el Centro Cultural “La Estación”, en Apatzingán, inaugurado en marzo de 2018. Recuerda que en un sitio tan vulnerable como el municipio michoacano, la lectura y la palabra fungieron un papel fundamental para restablecer el tejido social. Por medio de clubes de lectura y escritura con mujeres violentadas y madres cabeza de familia, consiguieron que las participantes dialogaran y compartieran preocupaciones y vínculos en común. “Por medio de esta experiencia, descubrimos que los libros sí sanan a una comunidad y abren posibilidades”.

Resultado de la experiencia es la implementación de un seminario de cultura y paz, que fue publicado por el Fondo de Cultura Económica bajo el título Cultura de paz, palabra y memoria, mismo que se encuentra disponible de manera gratuita en internet. Además, el modelo ha sido replicado en diversas ciudades del país y en Calí, Colombia.

A reserva de lo que arroje la presentación a detalle de la Estrategia Nacional de Lectura, Juan Domingo Argüelles reconoce atisbos poco alentadores: “No he visto nada que me haga suponer que se incorporará de lleno al sistema educativo. Si además sumamos los privilegios que presumiblemente tendrán el SNTE y la CNTE, me temo que no podremos ser optimistas. No hace falta ir tras una cifra o porcentaje de lectura, necesitamos afianzar la comprensión. De nada sirve leer veinte libros al año si no entendemos nada”.

Ante la expectativa del anuncio, Socorro Venegas reitera que no es momento de sacar conclusiones precipitadas. Confía en que el programa desarrollará otras vertientes al margen del precio y concluye que hacer accesible el libro implica otras cosas, como ponerlos a circular en espacios comunes como salas de lectura, salones de clase y bibliotecas, pero sobre todo contar con mediadores profesionales y capacitados que nos guíen por el verdadero sentido de la lectura: “Sin ellos, será imposible consolidar una república de lectores”.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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Con 80 años recién cumplidos, y con un nuevo gobierno que apenas está desplegando su idea de cultura, el Instituto Nacional de Antropología e Historia enfrenta varios retos importantes, entre ellos los posibles recortes, el ajuste de su estructura burocrática y su postura frente al proyecto del Tren Maya. El siguiente reportaje recoge las voces de diversos especialistas que sopesan el presente y porvenir del instituto cultural más importante del país.

La edición del viernes 3 de febrero de 1939 del Diario Oficial de la Federación bien podría considerarse como una de las más grises de la época. El número incluía entre otras cosas el permiso de Juan Manuel Alcaraz Tornel para aceptar condecoraciones en Japón y República Dominicana; la cancelación de la autorización de Seguros La Latinoamericana para operar en el ramo de responsabilidad y riesgos profesionales; y las solicitudes de nacionalización de Max Levitt e Isaac Beider Karnaut. Nada que interesara o impactara realmente en la vida de los poco más de 22 millones de mexicanos que entonces habitaban el país. Mejor dicho, casi nada, porque en la página 11 se anunciaba un decreto con efectos inmediatos y de largo alcance para el entendimiento histórico y social de una nación que apenas salía de un largo periodo revolucionario: por iniciativa del presidente Lázaro Cárdenas se creaba el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

El INAH tenía la encomienda de sustituir al Departamento de Monumentos Históricos, Arqueológicos y Artísticos de la República. A doble columna se podían leer los veinte artículos de su Ley Orgánica. Los incisos establecían, entre otras cosas, que la institución dependía de la Secretaría de Educación Pública —dependencia que se mantendría hasta 2015, cuando se incorporó a la Secretaría de Cultura— y se le concedían las atribuciones de explorar las zonas arqueológicas y “la vigilancia, conservación y restauración de monumentos arqueológicos, históricos y artísticos de la República, así como los objetos que en dichos monumentos se encuentran”.

Ochenta años después, la institución tiene a su cargo 192 zonas arqueológicas abiertas al público; el manejo de 161 museos nacionales, metropolitanos, regionales, locales y de sitio; y tres planteles formativos: la Escuela Nacional de Antropología e Historia, la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía, y la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México. Además, cuenta con una estructura de 31 centros INAH distribuidos en el país. Todo en su conjunto la convierte en la institución cultural con más presencia a nivel nacional.

Diego Prieto, titular del INAH, señala que el organismo vive una etapa de madurez: “Hemos crecido mucho y eso ha implicado necesidades que no ha sido fácil proveer. Necesitamos reconocer que desde finales del siglo XX hay un giro en el encargo social del instituto”. La visión del patrimonio cultural ya no se reduce a los monumentos arqueológicos, históricos y vestigios paleontológicos, ahora abarca la conclusión y discusión de distintos enfoques patrimoniales que van de lo local a las entidades federativas. Una de sus grandes aportaciones es haber contribuido al reconocimiento de México como un país pluricultural. “Durante el siglo pasado el INAH contribuyó decisivamente a fortalecer la identidad, el orgullo nacional y el reconocimiento de nuestras profundas raíces históricas. Hoy nos corresponde visibilizar, reconocer y valorar la diversidad de las múltiples identidades que caracterizan el mosaico heterogéneo que es México y que incorporan muy diferentes expresiones, identidades y universos de orden lingüístico, cultural, simbólico y étnico, en su sentido más amplio”, explica Prieto.

Para Bolfy Cottom, antropólogo e investigador del INAH, el organismo es resultado de un proceso que viene del siglo XVIII. “Sigüenza y Góngora y los jesuitas quisieron construir una idea de nación a partir de su geografía y botánica. Todo eso lo hereda el Museo Nacional creado en 1825 y cuyas atribuciones eran hacer una recolección de lo que constituía el nuevo país y al mismo tiempo transmitirlo. El INAH recogió esta inmensa labor, y digo inmensa porque tiene que ver con la vida privada de la gente y porque es de las pocas con presencia en todo el país”.

La antropóloga Lourdes Arizpe, exdirectora adjunta de la UNESCO en el área de cultura, apunta que el INAH “es el pilar del extraordinario trabajo antropológico en México; es la institución que impulsa la empatía de los mexicanos y el sitio de contienda de su sentir histórico, por eso es fundamental”. De acuerdo con su experiencia, es un referente a nivel mundial: “Cuando trabajé en la UNESCO me pedían que expertos mexicanos asesoraran proyectos culturales y antropológicos a nivel mundial: desde la construcción de museos hasta aspectos de política cultural hacia las poblaciones minoritarias, o la nueva atención a lo que llamamos patrimonio cultural intangible o inmaterial”.

Arizpe recuerda que la apertura del Museo Nacional de Antropología en 1964 revolucionó la manera en que los objetos y los datos históricos se presentaban en estos recintos. “El INAH ha impulsado distintos programas acordes a los tiempos del país. En los cincuenta impulsó la recuperación etnográfica y por primera vez se hicieron estudios sistemáticos de cada grupo indígena. Gracias a esto en los años ochenta cambió la visión política acerca de la sociedad mexicana. Muchas veces se le critica porque parece caótico, pero de estos enfrentamientos y movimientos surge lo nuevo y lo creativo para hacer frente a los retos que tenemos ahora”.

Arizpe añade que el INAH es una institución que cambia constantemente y enfrenta a grupos políticos que quieren detener su acción. “Debe seguir siendo un sitio de contienda de nuestro futuro cultural y político, pero siempre con la libertad que permita a los investigadores desarrollar las ideas nuevas que requiere nuestra época”.

Crisis laboral

Conforme a su directorio, el INAH suma mil 150 investigadores. La distribución, lejos de ser proporcional, exhibe que mientras en Baja California Sur hay 15 especialistas, Quintana Roo reporta 33 y la Ciudad de México 274. En el gran tamaño del instituto se esconde su propia debilidad, advierte Bolfy Cottom. “La cantidad de investigadores o custodios en Baja California Sur es poquísima, en comparación a lo que sucede en la zona maya. Hace mucho tiempo que no hay nuevas plazas para académicos, profesores, técnicos o administrativos. Cada sexenio la materia de trabajo del INAH aumenta y el personal disminuye”.

Eduardo Matos Moctezuma, investigador del instituto y Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Historia, precisa que la dependencia ha crecido, pero no lo suficiente como para abarcar lo que el país requiere: zonas arqueológicas, archivos, museos, monumentos, etcétera: “A lo largo del tiempo se han perdido, por aspectos burocráticos, una serie de plazas que ya no son cubiertas por personal nuevo. Predominan los contratos eventuales que no dan prestaciones ni garantía laboral. El área cultural se ha visto muy afectada por la política de reducción de personal que afecta a diversas dependencias”.

Matos Moctezuma alerta que uno de los riesgos de esta política es que los proyectos e investigaciones se queden truncos: “Muchos de los pasantes carecen de garantía laboral y estabilidad económica; debido a esto no dan seguimiento a sus trabajos. Corremos el peligro de perder personal, personal que por otro lado ya tenía experiencia”.

El arqueólogo y encargado del Museo del Templo Mayor hace un llamado a las autoridades para que analicen la situación del instituto: “No solo se trata de desempleo y de gente que perderá su ingreso después de años de trabajo, también implica perder experiencia. Al rato tendremos que empezar de cero. Muchos colegas siguen trabajando, pero la verdad es que ahora estamos en un estado de alarma. Entiendo que las autoridades ya están ocupadas en conseguir el presupuesto necesario para llevar a cabo una función que es para el bien de nuestra historia”.

Diego Prieto reconoce que el problema de los trabajadores se arrastra desde hace treinta años: “En 1985 hubo reformas a nuestra Ley Orgánica que otorgaron mayor cantidad de tareas, misiones y encargos sociales. En ese mismo periodo la estructura se mantuvo y se congeló la creación de plazas; es más, en los últimos quince años se eliminaron más de 850. Por lo mismo, el INAH ha crecido echando mano de contrataciones eventuales que carecen de sustento presupuestal específico”.

El funcionario explica que actualmente están en proceso de regularizar la situación y asegura no habrá despidos masivos: “Te aseguro de manera enfática que no habrá despidos masivos o recortes generalizados. Cualquier ajuste de nuestra plantilla de base y eventual, será resultado de un análisis. Al personal se le respetarán todos los derechos y prestaciones contenidas en las condiciones generales de trabajo”.

Según el titular de la dependencia, entre personal de base, estructura, mandos medios, el profesorado y eventuales, en el INAH trabajan poco más de seis mil quinientas personas. “En diciembre del año pasado teníamos alrededor de mil 700 personas contratadas de forma eventual. Ahora mismo ya se renovaron mil 550 contratos, esto nos habla de la importancia de este personal al que por supuesto le tenemos que reconocer derechos y generar antigüedad de alguna manera, y asegurar servicio médico. Estamos en vías de regularización y en este proceso nos hemos atrasado con algunos pagos. Sin embargo, el instituto está en un periodo de fortalecimiento para el cual contamos con la determinación de Alejandra Frausto, secretaria de cultura”.

A decir de Bolfy Cottom, la crisis laboral del INAH es consecuencia de una política de gobierno y de las condiciones impuestas por el sistema predominante. “La tendencia es contratar a trabajadores eventuales. Más allá de la acción sindical y de la autoridad, somos víctimas de las políticas laborales del sistema en que estamos inmersos”. “¿Qué institución no está rebasada?”, se pregunta Cottom. Se remonta a 1972, cuando Guillermo Bonfil quiso descentralizar al INAH creando institutos de antropología en Jalisco y Puebla. El experimento fracasó porque no hubo recursos para mantenerlos. “La naturaleza del INAH y el INBAL es similar en lo fundamental: son autoridades, centros de investigación y de educación superior. No solo el instituto está rebasado, el Estado está rebasado. No hay dinero que alcance, pero esto no exclusivo de México, la cuestión es que aquí es más dramático porque se calcula que en el país hay 200 mil sitios arqueológicos”.

El presupuesto aprobado para el INAH para 2019 es de 3 mil 739 millones de pesos. Bolfy Cottom admite que el setenta por ciento de los recursos se destinan a salarios. “Cuestionar la ecuación sin hacer una revisión es engañoso porque el pago de nómina incluye a académicos, técnicos, administrativos y manuales. La labor del personal impacta en todas las tareas del instituto. Claro que sería ideal destinar la mayoría del dinero a obra pública o nuevos proyectos de investigación y conservación, pero recordemos que la demanda de personal es enorme. Casi todos los profesores de las tres escuelas viven en la miseria y a pesar de eso hacen un trabajo de investigación importantísimo. Por supuesto no se puede descartar que haya crecido la contratación para la parte administrativa. Esa es una discusión permanente en el instituto y de lo que se trata es de mantener el equilibrio”.

Añade que, debido a la política de adelgazamiento emprendida por el gobierno federal, el INAH está en riesgo de perder el veinte por ciento de su personal contratado. “¿Qué va a suceder con el personal de custodia, quienes vigilan los recintos a cargo del instituto? ¿Qué va a suceder con los proyectos de investigación?”, cuestiona.
Diego Prieto responde a Cottom y niega que el recorte alcance al 20% de los trabajadores. “El plan de reestructuración implica una reducción de la plantilla, pero hay plena conciencia de hacerlo de manera moderada y de no llegar a esa proporción. No se trata de hablar de porcentajes o cuotas, sino de revisar efectivamente cuál es el personal indispensable para no quebrantar las tareas sustantivas del INAH”.

El INAH frente al Tren Maya

La construcción del Tren Maya se ha convertido en una de las grandes apuestas en términos de infraestructura del gobierno de Andrés Manuel López Obrador. A mediados de octubre, cuando recién fue ratificado como titular del INAH, Diego Prieto declaró en entrevista con El Universal: “El INAH no está para detener el avance de la actividad económica del país. No estamos para parar obras. No nos oponemos a trenes, escuelas, hospitales; estamos para que esas obras se lleven bien”.

Cinco meses después, el funcionario se mantiene en lo dicho y añade que el proyecto no afectará el patrimonio a cargo del instituto. Adelanta que la dependencia a su cargo colaborará con la obra en tres líneas. La primera tiene que ver con la protección del patrimonio arqueológico e histórico que pudiera verse afectado: “Revisaremos cuidadosamente las vías, los trazos, las estaciones, a fin de que no se afecten los sitios, pero tampoco a las poblaciones cercanas”.

El segundo eje tiene que ver con el mejoramiento, consolidación y apertura de zonas arqueológicas abiertas al público. “Necesitamos mejorar la experiencia de visita en Palenque, Chichén Itzá, Uxmal y Calakmul. Encontrar la manera de que el proyecto redunde en un mejoramiento de las investigaciones, pero también en la conservación y operación en nuestros sitios arqueológicos. Contemplamos, además, la apertura de al menos dos nuevos sitios arqueológicos”.

La tercera línea tiene que ver con la investigación antropológica, histórica y el trabajo etnográfico. “Se trata de involucrar a las comunidades en todos los sentidos. En las zonas de las obras, el INAH fortalecerá su programa de espacios comunitarios y culturales. Impulsaremos un programa de antropología e historia del mundo maya”.

Eduardo Matos Moctezuma no esconde su inquietud cuando habla del Tren Maya: “Me alarma la precipitación. Antes de empezar las obras hay que tomar en cuenta a las comunidades y los factores ambientales. Es labor del INAH cuidar el área de monumentos y, de ser necesario, no sería la primera vez que se tendría que cambiar una ruta porque se encuentra un vestigio importante”.

Para Bolfy Cottom, su construcción será una prueba de fuego para la institución: “Todo el sureste está plagado de bienes arqueológicos. No solo se necesitarán políticas de salvamento y rescate, hará falta una política de conservación y preservación de los sitios que aparecerán por ahí”. Comenta que es pronto para saber si habrá o no afectación al patrimonio, sin embargo, espera que exista una buena coordinación, asesoría y acompañamiento de los órganos colegiados del instituto con universidades y centros de investigación del sureste. “El tema no es oponerse al desarrollo, sino asumir que las instituciones tienen que cumplir con sus obligaciones”.

Según informes del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en toda la zona de influencia del Tren Maya hay más de dos mil puntos con posibles vestigios arqueológicos. Lourdes Arizpe plantea que el organismo deberá resguardar estos espacios, pero además velar por las zonas de reserva natural. “Se deben respetar y cumplir los objetivos de desarrollo siempre y cuando el trazo no afecte a las comunidades ni al medio ambiente”.

Si bien todavía no tiene certeza sobre la línea que mantendrá el gobierno acerca de cuestiones culturales y su relación con la noción de progreso, reconoce en las nuevas autoridades un interés por las culturas populares. “A partir de esto hay que recomponer a los grupos que ya están fragmentados”.

Más seguridad y menos burocracia

Una investigación publicada en 2011 por la periodista Miryam Audiffred, detalla que entonces 478 zonas arqueológicas habían sido afectadas por saqueadores profesionales y 2 mil 127 sitios más habían presentado huellas de saqueo simple. Bolfy Cottom denuncia que el tráfico de bienes es permanente y que “en el contexto del crimen organizado hemos encontrado algunos vínculos. Ahora sabemos que comprar este tipo de objetos es una manera de invertir y lavar dinero”.

Cuestionado al respecto, Diego Prieto afirma que no ha habido una variación sensible en estos temas. “Nosotros nos hacemos cargo del tráfico ilícito de bienes culturales y atendemos denuncias de saqueos y exploraciones irregulares”. No obstante, sostiene que las comunidades intentan cuidar su patrimonio incluso sobre la mercantilización. “Por supuesto ha habido hechos de violencia cerca de zonas arqueológicas, pero muchas veces están vinculados a los negocios de los delincuentes y no necesariamente al robo de piezas”.

En este sentido, Prieto precisa que el instituto tiene mucho que aportar en términos de cultura de paz: “Cuando la gente se identifica con su cultura y sus universos simbólicos, cuando los jóvenes se apasionan con su memoria, patrimonio y creatividad, surgen motivaciones y valores distintos a los que proponen los delincuentes. El problema de la delincuencia en nuestro país es que no solo se ha apropiado de estructuras, sino también de valores porque se presentan como factores para obtener una vida mejor”.

Concluye que una de las improntas de su gestión será acercar el INAH a las comunidades y a los barrios populares.  “Podemos acompañar los procesos de restitución del tejido social a través de espacios y museos comunitarios, de proyectos etnográficos de recuperación del patrimonio vivo simbólico y material de nuestros pueblos. La institución necesita renovarse y tener mayor resiliencia, imaginación, creatividad y compromiso para adecuarse a las nuevas tareas”.

De cara al futuro del organismo, Bolfy Cottom exhorta a las autoridades a limar la sobreburocracia que envuelve al instituto. Para muestra, menciona a la Dirección de Sitios y Monumentos de la Secretaría de Cultura. “¿Por qué tener este despacho si ya se tiene al INAH? ¿No se trata de optimizar recursos? Me parece que las autoridades no han entendido que su labor no debe ser obstaculizar el funcionamiento de las instituciones y menos del INAH, a mi juicio el organismo cultural más importante del país”.

A ochenta años de su creación, el instituto necesita renovar su compromiso con el presente. Al menos así lo entiende Lourdes Arizpe. La antropóloga advierte que la cultura está siendo puesta en cuestión por el cambio climático, el reto de la sobrevivencia y el Antropoceno. “El INAH tiene que hacer cambios fundamentales tanto en la investigación como en las teorías de cómo los seres humanos creamos, producimos e intercambiamos conocimiento. Hay mucho que cambiar, pero antes necesitamos saber cuáles son las prioridades inmediatas para un país que enfrenta cuestiones como la sustentabilidad y el cambio climático. Me preocupa que se rompa la sociedad a partir de pequeñas reivindicaciones culturales o históricas que, en vez de fortalecer la posibilidad de un desarrollo racional, propicien la desagregación de la sociedad y el Estado mexicano”.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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“Llevo quince días viviendo entre papeles”, dice Paco Ignacio Taibo II. El escritor trabaja a marchas forzadas para ponerse al día y conocer el funcionamiento del Fondo de Cultura Económica, la editorial estatal que presumiblemente dirigirá en cuestión de días. Taibo II ya tiene claros los ejes que regirán su proyecto al frente del sello. Entre sus propuestas destacan incorporar la Dirección General de Publicaciones y la red de librerías Educal al FCE, la creación de una colección popular de literatura y hacer de los libros un producto barato y accesible.

Héctor González: ¿No ser mexicano de nacimiento será un impedimento para que dirijas el Fondo de Cultura Económica?

Paco Ignacio Taibo II: El departamento jurídico de la transición se hizo cargo del problema y ahora se está discutiendo en el Senado. Aquel candado forma parte de una ley discriminatoria hecha a modo por Díaz Ordaz después de haber defenestrado a Arnaldo Orfila. Pero bueno, los abogados se están encargando de eso y yo del proyecto.

HG: ¿Cuál será tu impronta en el Fondo de Cultura Económica?

PIT II: Tenemos que redireccionar la mirada. El Fondo de Cultura Económica no puede depender de las puntadas de un director. No debe ser cementerio de elefantes blancos de algunos políticos o epicentro de relaciones públicas. Necesitamos poner la mirada en los lectores y esto lo haremos desde el proceso de unificación de la Dirección Nacional de Publicaciones, Educal y el Fondo de Cultura Económica. Recanalizaremos la producción de los tres sectores para crear una red de librerías potente y racionaremos las empresas filiales del Fondo en el extranjero. A partir de la política editorial, impulsaremos la colección popular bajando los precios y publicando más literatura, historia de México y libros de divulgación. Le devolveremos a los Breviarios la fuerza que tuvieron. Traemos en mente revivir una colección popular basada en la experiencia que tuvimos José Emilio Pacheco, Martín Reyes, Paloma Sainz y yo, cuando hicimos Cuadernos mexicanos: estará conformada por folletos y títulos ilustrados muy baratos para que lleguen a comunidades que no tienen acceso al libro. Pactaremos con las instituciones educativas y culturales para que ellas hagan las obras académicas y nosotros los apoyemos con la distribución.

Te pongo un ejemplo de lo que haremos. Entre las propuestas de reedición están los tres tomos de las Obras Completas de Guillermo Prieto. Publicarlas en papel nos costaría un millón de pesos, así que mejor las editaremos en formato digital. Regalaremos una copia a las bibliotecas universitarias que imparten historia de México o literatura. Incluso podemos crear un mecanismo que nos permita obsequiar un disco con los tres tomos a algún investigador realmente interesado en el tema. A cambio, publicaremos en papel y en colecciones populares las obras de Guillermo Prieto más accesibles para el público.

Si anteponemos a los lectores cambiaremos el sistema de producción de libros. No podemos darnos el lujo de que el FCE edite libros caros. No puede ser que en sus librerías predominen títulos de 400 o 500 pesos. El Fondo no puede estar afuera de los vientos nuevos que soplan en México. Necesitamos ir a la búsqueda de los lectores adolescentes, resolver el problema del libro formativo para el estudiante de enseñanza media y universitaria. El proyecto editorial que tenían previsto para el próximo año no tenía ni pies ni cabeza: libros caros y prácticamente cero literatura; había ensayos sobre literatura, pero realmente ¿cuántos estudiantes leen este tipo de textos?, ¿mil?, ¿Para qué imprimir cinco mil ejemplares? Las bodegas están llenas de libros que no se venden.

Fotografía: ProtoplasmaKid, bajo licencia de Creative Commons.

HG: ¿Es decir, publicarán menos libros académicos y más literatura?

PIT II: Trabajaremos con las instituciones académicas: ellos los editan y nosotros los distribuimos. El Fondo no editará libros de clásicos grecolatinos porque ya lo hace la UNAM maravillosamente; mejor ayudamos a que lleguen a la gente. No podemos competir con la publicación de clásicos, ¿para qué hacerlo si ya los tienen Porrúa y Editores Mexicanos Unidos? Concentremos nuestra fuerza en publicar ciencia ficción, novela de acción, novela social, periodismo de alta calidad. Hagamos libros para lectores más amplios y no nos cerremos a una producción muy académica. Ya no estamos en la época de Orfila, cuando si el Fondo no hacía esos libros nadie los publicaba. Por supuesto que  conservaremos las colecciones de Economía e Historia, sus virtudes hay que preservarlas, pero dándoles un vuelco rumbo a los vientos que corren. Otro proyecto es regalar un millón de libros para adolescentes.

HG: ¿Mediante qué mecanismo?

PIT II: Un pacto con ayuntamientos y gobiernos estatales para hacer una gran producción y de repente dar el golpe en la plaza del pueblo para invitar a todo aquel adolescente que quiere leer, pero no sabe por dónde empezar, a que se acerque a una colección que le va a volar las neuronas con pura literatura del siglo XX.

HG: La literatura infantil es el género que más vende en el FCE. ¿Qué ajustes harás en esta área?

PIT II: Es verdad; en principio, lo que funciona seguirá. Pero necesitamos libros infantiles baratos y accesibles para las zonas suburbanas y las rancherías. Buena parte la producción infantil es de libros de pasta dura con un costo de 150 o 200 pesos, eso está bien, pero necesitamos promover colecciones más accesibles. Estoy en debate con quienes dicen que desvirtuaremos la esencia del Fondo. ¿Cuál esencia? ¿La de Miguel de la Madrid? ¿La del relumbrón y la apariencia? ¿La de la burocracia? No, nos iremos por la vereda de Orfila y por los tiempos que estamos viviendo. Yo no llegué al Fondo para maquillarlo.

HG: ¿No veremos libros baratos, pero mal hechos?

PIT II: No. Si aumentamos tirajes y canalizamos mejor los recursos podremos bajar costos sin sacrificar calidad. Si la ganancia del FCE se te va en pagar burocracia, vale sombrilla. Así es como se han hecho las cosas hasta ahora. Su última reorganización fue para fortalecer la estructura administrativa y burocrática.

HG: Ese es un problema en general de la política cultural mexicana…

PIT II: Sí, pero es burocracia inservible. Según el manual de operaciones del Fondo, para producir un libro tienes que pasar por siete reuniones. Hay que simplificar el proceso al máximo. Los editores y los directores de colecciones tienen que jugar un papel y desde luego estar sometidos a la crítica y el debate, pero sobre los hechos. La gente en la calle me pide libros más baratos y accesibles.

HG: ¿La política editorial se cargará hacia la izquierda?

PIT II: Se va a descargar de donde estaba, que era la derecha. El FCE ha estado publicando libros que promueven y apoyan el proyecto neoliberal.

HG: Aunque también ha reeditado El Capital o los libros de Thomas Piketty…

PIT II: Nomás les faltaba no hacerlo, porque además les dejó dinero. Sí, la verdad sí estará cargada a la izquierda, si no, no me hubieran invitado. Pero será una izquierda con criterio amplio y absolutamente plural. Hay autores que a mí no me gustan y están en el catálogo. Mi gusto no es definitorio. Si hay títulos que, aunque no me gusten la gente los pide, adelante. Al mismo tiempo quiero revivir Los hijos de Sánchez, de Óscar Lewis; Escucha, yanqui, de C. Wright Mills; El rey viejo, de Fernando Benítez; una serie de libros que nacieron en el catálogo del Fondo y que hoy están desvanecidos.

HG: Alguna vez escuché decir a Carreño Carlón que se sentía orgulloso de haber incorporado toda la obra de Fernando del Paso al Fondo. ¿A ti a quién te gustaría llevar a la editorial?

PIT II: El problema es cómo reincorporas o incorporas autores. Te ponía el ejemplo de Prieto y mira que soy su fan, pero hay una manera de hacerlo y consiste en tomar en cuenta a los lectores posibles y reales de cada libro. Quiero abrir una política de tremenda cooperación con universidades e institutos. Los libros científicos los deben generar las escuelas, las universidades o el Conacyt. Nosotros debemos meternos de lleno a la divulgación. Hay que volver a cuando los Breviarios eran breves y baratos, no como sucede hoy. Tengo una lista de autores y títulos que quiero traer, pero preferiría no dar nombres porque no quiero que me los ganen.

HG: ¿Cómo será la incorporación de la Dirección General de Publicaciones y Educal, cuando todavía no está completo el proceso de ingeniería institucional de la Secretaría de Cultura?

PIT II: Se abrirá el proceso y el equipo del Fondo llegará a ambas dependencias. Durante un tiempo trabajaremos en conjunto y luego se fusionarán. Si sumamos las librerías de Educal con las del FCE en el primer año tendremos 123 puntos de venta en funciones. El problema es que 40 librerías de Educal están quebradas. Ante el equipo que estamos trabajando coloqué tres frases que deberán guiarnos: Nosotros no destruimos libros; nosotros no correremos trabajadores de base; nosotros no cerramos librerías.

HG: A lo largo de este sexenio se abrieron 17 librerías. ¿Cuál es tu expectativa en este sentido?

PIT II: Durante el primer año limpiaremos la red de librerías y las volveremos funcionales de acuerdo con la zona donde están. Resurtiremos sus catálogos y haremos operaciones de saldo y regalo, como las miles que hemos hecho con la Brigada para Leer en Libertad y que han dado resultados maravillosos en términos de incorporación de lectores. Después empezaremos a construir librerías que desde el origen tengan el objetivo muy claro.

HG: ¿Qué sucederá con programas como los de Cultura para la paz que se han implementado en sitios como Apatzingán?

PIT II: Lo mantendremos porque funciona muy bien, pero necesitamos una política de difusión y un Plan Nacional de Fomento a la Lectura que hoy no existe.

HG: ¿Cómo van a trabajar con la Secretaría de Educación Pública?

PIT II: La relación es maravillosa. Dependemos de ellos y empezaremos a combinar acciones. Planeamos crear centros de difusión de la lectura en las Normales. Si empujamos desde ahí vamos a lograr que los futuros maestros se familiaricen con la idea de la educación a través de la lectura. Vamos a trabajar con mucha gente del aparato estatal.

HG: ¿Qué tan afín eres a Esteban Moctezuma?

PIT II: Me he reunido con él tres o cuatro veces y hasta ahora hemos estado de acuerdo en todo. Plan concreto. Propuesta concreta. Camino concreto.

HG: ¿Cómo se insertará el Fondo en la política educativa?

PIT II: Nos insertamos en el proyecto de usar el libro como punta de lanza en un proceso de reformular la política educativa. En principio me doy de santos si en un año logro hacer del Fondo una estructura de librerías sólidas, rentables, dignas y de alto nivel; si logro relanzar la Colección Popular en términos de bajo precio y muy potente; si logramos revivir los Breviarios al nivel que tuvieron; si concretamos la operación del millón de libros; y si sacamos la colección super popular. Esas son las ideas básicas del primer empujón.

HG: Leí un informe de actividades de Carreño Carlón donde explica que con la reducción de ingresos fiscales prevista para 2019, el FCE en lugar de publicar los 511 títulos programados, solo podrá publicar 57.

PIT II: No tiene idea de lo que habla. Todavía no están aprobados los presupuestos, pero después de las primeras reuniones que hemos tenido con Hacienda está claro que con los gastos que vamos a disminuir en términos de burocracia y sueldos estrepitosos de altos mandos, más la reorganización, nos alcanza para hacer lo que queremos.

HG: ¿Cuántos libros piensan publicar al año?

PIT II: La cifra está en el aire. Primero necesitamos saber cuántos libros están en proceso terminal; cuáles queremos agregar y en qué colecciones. Si sumas las colecciones de la Dirección General de Publicaciones y del Fondo de Cultura Económica, tienes más de doscientas. Necesitamos revisar cuáles tienen realmente sentido.

HG: Entonces el Estado tendrá solo una editorial: el FCE.

PIT II: Sí, una editorial que opera sobre el nivel de la educación informal, no sobre el nivel formal.

HG: ¿Quiénes serán tus asesores?

PIT II: No te puedo dar los nombres porque ya me los andan robando. Es un equipo muy variado de gente que ha estado en el mundo del libro: promotores, lectores, editores, correctores, traductores, pero sobre todo es gente que trae una actitud militante. Vamos al Fondo a meterle el impulso de los nuevos tiempos que vive México. Los verás muy pronto.

HG: ¿Es un proyecto a seis años?

PIT II: Arranquemos y dejemos de pensar en términos sexenales. Pensemos en cómo limpiamos la casa, cómo la ponemos a funcionar en el grado máximo y cómo logramos colocar las primeras propuestas editoriales en orden. Hay que revisarlo todo. Llevo quince días viviendo entre papeles.

HG: ¿Qué te has encontrado para bien y para mal?

PIT II: Para bien: hay material rescatable de gran riqueza dentro catálogo; y la operación de literatura infantil. Para mal: gastos innecesarios por todos lados, alfombras rojas, cocteles. Esa no es labor de una editorial, eso es bombo y promoción de políticos viejos enterrados en un clóset. No vamos a desperdiciar un peso, habrá verdadera austeridad. Me he encontrado un catálogo de problemas serios sobre los cuales en los próximos días tendré más claridad. Estamos investigando, el equipo está visitando todas las dependencias del Fondo, la DGP y Educal en todo el país para revisar lo que no funciona. La Brigada para Leer en Libertad nos ha permitido tomar el pulso de la gente en la calle. Va a estar divertido.

HG: ¿Ves factible consolidar al Fondo como una empresa sana y en números negros?

PIT II: Lo que necesitas es que la enorme subvención que cae sobre las tres empresas no sirva para pagar jerarquía burocrática. Hay que volcar los recursos hacia la venta de libros, librerías y proyectos claves. Implica además una relación sana con las universidades, los institutos de investigación y la industria editorial. Si coeditamos podemos sustituir las importaciones y editar los libros que queremos que circulen ampliamente en México. Tendremos una política de amor con la industria editorial.

HG: ¿Cómo te gustaría dejar el Fondo de Cultura Económica en seis años?

PIT II: No tengo idea, yo vivo al día. Dentro de seis meses hablamos. No puedes medir una transformación de la intensidad que estamos viviendo en términos de seis años, sino de cómo pondremos la carne en el asador en los primeros meses.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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Desde hace décadas, Héctor de Mauleón se ha dedicado a caminar y leer la Ciudad de México. Se detiene en sus rincones y, con un ojo casi detectivesco, rastrea aquellas historias olvidadas pero definitivas en su construcción y desarrollo. Grandes inundaciones, la construcción del primer cine o la publicación de primer Aviso Oportuno, son apenas algunos de los episodios que reúne en sus nuevos libros La ciudad oculta 1 y 2 (Planeta).

Heredero de la tradición de Guillermo Prieto, Ángel del Campo, Salvador Novo, Carlos Monsiváis y José Joaquín Blanco, Héctor de Mauleón encuentra en la capital un territorio tan inabarcable como inexplicable. En paralelo a su veta histórica, en su columna de El Universal, el cronista es también un acucioso narrador del presente oscuro que vivimos. “Ambas formas pueden convivir perfectamente; finalmente la crónica admite todas estas expresiones y experimentos”, sostiene en entrevista.

Ilustración: Izak Peón


Héctor González: ¿De los recorridos con tu abuelo empieza tu interés por la ciudad?

Héctor de Mauleón: Sí, aunque se juntaron varias cosas. Las obras del metro en la Calzada México-Tacuba desenterraron una ciudad que llevaba cuatro siglos sepultada, y eso la llenó de historias, objetos y misterios. Al mismo tiempo, crecí al lado de un viejo que descargaba sus recuerdos en una ciudad ya inexistente. Caminar a su lado era una doble aventura porque me permitía descubrir tanto la ciudad visible como la invisible. Esto moldeó, sin que lo supiera, una manera de mirar y buscar. Muy joven también, encontré Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno, novela que me sedujo al punto de que cuando la terminé me lancé a la calle para ver qué lugares quedaban de los mencionados en el libro.

HG: ¿Ahí es cuando decides sumarte a la tradición de cronistas de la ciudad?

HDM: Comencé a leer sobre el pasado de la ciudad y encontré detalles sorprendentes. Inconscientemente coleccioné información hasta que descubrí una tradición y una estirpe de escritores que desde su fundación se habían dedicado a reseñar y a contar la ciudad. Dentro del periodismo descubrí una veta que entonces no estaba muy explorada, todavía no estaba tan instalada la nostalgia y se confundía lo histórico con lo viejo. Para mí entrar a revisar los archivos y objetos se convirtió en una operación deleitosa. Así fue como empecé a escribir sobre los hechos que habían pasado en la ciudad. Descubrí la experiencia de las hemerotecas y aprendí a viajar a otra época para ver lo que había en el cine, el teatro o el aviso oportuno. Ahí constaté que había muchas maneras de volver a narrar la ciudad.

HG: ¿Con nostalgia?

HDM: José Emilio Pacheco diría: Imposible nostalgia de un pasado que no conociste. Yo digo que son los recuerdos enternecedores y entrañables de una ciudad que se te va abriendo como cronista y que parece entablar un diálogo contigo en las calles porque te deja ver cosas que tú ya buscas. Siempre he creído que la ciudad es como una esfinge: si le haces la pregunta correcta te da la respuesta. Es como dice Calvino, de una ciudad no importan sus siete o setenta y siete maravillas, sino la respuesta que te da a una pregunta. Cuando ese milagro ocurre, tienes una crónica.

HG: ¿Pero no hay también un desdén hacia este pasado?

HDM: Dejamos de ver y de participar de la ciudad. Sobre todo nos desconectamos de su pasado, lo tenemos muy borrado. De unas generaciones a la nuestra hubo un quiebre, un momento donde el pasado se rompió.

HG: Aunque ahora hay cronistas ocupados, tú entre ellos, en recuperar estas historias…

HDM: El ejemplo de Carlos Monsiváis y José Joaquín Blanco fue central. Hubo un momento en el que la crónica estuvo muy presente en los periódicos, pero de repente desapareció y quedó reducida a unos cuantos espacios. Se le confundía con la nota de color. El modelo de nuevo periodismo inspirado en el diarismo estadounidense atentaba contra la voluntad narrativa del periodismo mexicano. Los editores tenían la idea de que la gente quería estar informada pero no leer: información fast food. Ahora vemos el reverdecimiento de un género que se había refugiado en los libros. Lentamente veo que se ha vuelto a abrir espacio. Actualmente hay interés y mucha curiosidad por los misterios de la ciudad. Las viejas generaciones tienen nostalgia, y los más jóvenes curiosidad y un orgullo inmenso por la ciudad. Esto abrió posibilidades para el ejercicio de la crónica desde los medios.

HG: ¿Pero no vivimos de por sí en una época muy nostálgica?

HDM: Sí, es algo que viene desde los noventa. Con el ocaso de la modernidad y la falta de futuro comenzamos a voltear en busca de citas o referencias que nos permitieran asirnos a algo. Así se inauguró una nueva época, la posmodernidad le llamaban, que revaloraba el pasado. Creo que eso nos trajo de vuelta la curiosidad por lo viejito.

HG: En este volver al pasado, tus crónicas lanzan anzuelos que conectan con el presente…

HDM: La ciudad está llena de puertas abiertas al pasado. Finalmente es una ciudad que en 2021 cumplirá quinientos años y a lo largo de este tiempo ha dejado marcas e indicios. En pleno siglo XXI puedes andar por el centro y encontrar un rincón del siglo XVI por el cual no ha pasado nada. La ciudad mantiene su memoria y nos va contando cosas que a veces no entendemos.

Estamos viendo el arduo proceso de dejar de ser pueblo para convertirnos en ciudadanos, y esa carta de ciudadanía nos permite ejercer de un modo que no habíamos imaginados. Por ejemplo, durante muchos años las calles eran propiedad del Estado. Solamente se usaban para los desfiles que engrandecían al régimen. A la gente le costó conquistarlas, y en el camino hubo represión, golpizas, sangre.

HG: Parte de estas marcas son también fenómenos naturales como los terremotos.

HDM: Desde su fundación la ciudad quedó presa de dos calamidades: las inundaciones y los terremotos. Gracias a Cortés se construyó en un lugar que no era apto para una ciudad. Después de que un terremoto destruyera Tenochtitlan, el conquistador se empeñó para que como emblema aquí se reconstruyera. Esto la ató a su fatalidad: cada treinta años un terremoto letal y cada tanto una inundación monumental, así hasta que desecaron los lagos. En 1629 llovió 36 horas y hubo treinta mil muertos debido a que se desbordó el agua de los lagos y el torrente embravecido entró a las calles. La ciudad estuvo abandonada hasta 1634 porque el agua no bajaba. Para volverla a habitar fue necesario tirar todo. Debido a su ubicación, los edificios no duraban más de cuarenta o cincuenta años. Por eso no hay testimonios arquitectónicos de los siglos XVI, XVII y de los primeros años del XVIII. Lo que conocemos del Centro es lo construido en los últimos cincuenta años del XVIII. Ese fue su signo hasta el siglo XIX.

Sin embargo, no deja de ser un milagro que todavía se conserven cosas, que son pocas en relación a lo que hubo. El triunfo de la Reforma y la desamortización de los bienes del clero trajo la destrucción de casi la mitad del patrimonio histórico de la ciudad. Tenemos la vocación de construir en capas, de destruir para levantar encima, tal como lo hizo Cortés y como lo vemos en cada sexenio.

HG: ¿Con el Porfiriato llegó la modernidad a la ciudad?

HDM: El Porfiriato representó la modernidad absoluta si lo comparamos con el tiempo de Santa Ana: telégrafo, automóviles, luz eléctrica, cine, elevadores, fábricas, pero la revolución lo truncó. Una de las calamidades de México es que bajo el pretexto de la modernidad se destruyó el pasado, en lugar de preservarlo y entenderlo. Así lo hicieron los aztecas, los conquistadores, los liberales, Díaz, la revolución. En medio de ese desbarajuste nos quedan ruinas de historias que todavía se pueden perpetuar en la memoria, edificios y lugares que nos siguen diciendo cosas.

HG: Lugares y episodios. Por ejemplo, dedicas espacio a hablar sobre el periodo en el cual la marihuana estuvo despenalizada…

HDM: La marihuana llegó en el siglo XVIII de la India. La trajeron los marineros de La Nao de China para soportar el viaje. La dejaron aquí y gustó mucho. No estaba perseguida, la consumían los marinos, luego los militares y después de los presos. Un médico la recomendó para que los reclusos llevaran mejor el cautiverio. Durante el Porfiriato se empezó a asociar con los estratos bajos y criminales. Se vinculó pobreza con drogadicción y criminalidad. Díaz formó un monstruo con todo eso y ocasionó la prohibición. En los años treinta un médico intentó desbaratar la censura demostrando que la marihuana no te convertía en criminal. Hizo un experimento y se la dio a fumar a algunos respetados académicos, quienes descubrieron que no pasaba nada. Durante un año se despenalizó y se vendía en farmacias. Incluso los adictos podían ir a centros de salud para manejar y tratar su nivel de adicción. Pero todo eso fracasó cuando durante la Segunda Guerra Mundial hubo una fuerte demanda de opiáceos en Estados Unidos. El experimento llegó a su fin. Gracias a eso tenemos al Chapo, a Caro Quintero y la matazón que inunda hoy al país.

HG: ¿Cómo conviven en tu trabajo la investigación histórica con tus columnas, varias de las cuales son casi de nota roja?

HDM: Vivimos unos años muy negros y una función de la crónica es dejar registro de las cosas que pasan. Por eso decidí narrar este periodo que nos quita la calma, arrebata familiares, nos roba la noche y nos convierte en un país tan salvaje. Es muy distinto investigar en un archivo casos de la Inquisición a indagar en un expediente judicial acerca de los desaparecidos de Iguala. La crónica admite todas estas expresiones y experimentos porque es una forma más amplia de narrar una ciudad.

HG: ¿Como ciudad vamos para peor?

HDM: Lo que hemos visto en estos años nunca se había registrado. Los descuartizados en el puente de Nonoalco o los rafagueados en Garibaldi reflejan algo inédito. Ésta será recordada como una época de infinita corrupción, crueldad y oscuridad. Quedará testimonio en los diarios a través de las crónicas que podamos hacer.

HG: ¿Cuál es tu parte favorita de la ciudad?

HDM: La parte trasera del Palacio Nacional, aquella que llega hasta La Merced. Es un pasaje lleno de lugares antiguos, derruidos, abandonados y ocultos, que contrasta con la parte luminosa de las calles de Madero o 5 de Mayo.

HG: 5 de Mayo que en su momento fue una calle maldita.

HDM: Sí, porque la hicieron sobre la Casa de la Profesa, que era la casa de ejercicios espirituales de los jesuitas. A resultas de la Reforma pensaban que tirar los muros para levantar casas implicaba violar la memoria de los frailes, considerados hombres puros. Nadie quiso vivir ahí hasta que le pusieron 5 de Mayo, en referencia a una gesta histórica. Ahí cambió el signo y se convirtió en el bulevar de la ciudad, en el lugar donde estaban los cines, los bares, los primeros rascacielos y las tiendas de moda más importantes.

HG: ¿Si pudieras regresar a una época de la ciudad a cuál sería?

HDM: Me interesan todas, pero me hubiera gustado ver la entrada de los conquistadores y su encuentro con Moctezuma donde hoy es Pino Suárez.

HG: ¿La ciudad de México refleja lo que es el país?

HDM: La ciudad siempre ha sido vista como el ombligo de México y el espacio que va a la cabeza del país para bien y para mal. Desde la época de la Nueva España se ha marcado una división brutal entre la provincia y la capital, pero creo que eso pasa en todas partes. Lo que sí es que tras ser el orgullo del país se ha convertido en uno de los lugares más pavorosos: invadió barrancas, cerros, atravesarla es brutal. Se volvió una ciudad cruel y monstruosa.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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En su más reciente libro, Perseguir la noche, Rafael Pérez Gay habla sobre su lucha contra el cáncer, la enfermedad y el dolor, pero también regresa a la Ciudad de México de finales del siglo XIX y principios del XX, época en que los modernistas hicieron del Centro Histórico su territorio.

Rafael Pérez Gay
Perseguir la noche
México
Seix Barral
2018
200 pp.


Cada vez que Rafael Pérez Gay (Ciudad de México, 1957) habla del cáncer cruza los dedos. Sabe que lleva la marca indeleble de quien lo padeció y cada tanto una sombra atraviesa cualquier situación. “Sé que es su sombra”, reconoce.

El escritor publicó Perseguir la noche (Seix Barral, 2018), novela con la que cierra lo que él mismo ha llamado “tríptico indeseable”. En el primero, Nos acompañan los muertos, los protagonistas son sus padres; en El cerebro de mi hermano el epicentro es su hermano José María; y en la más reciente es el propio Rafael quien lleva la voz cantante.

En entrevista y sin un ápice de ironía, confiesa: “Una parte de mí cree que la compañía de los escritores me devolvió la posibilidad de quedarme en el barrio de los vivos”.

Héctor González: Te robo una de las preguntas que planteas en el libro. ¿Qué tan lejos estás del escritor que querías ser?

Rafael Pérez Gay: Es una pregunta difícil de contestar. Uno siempre debe estar lejos del escritor al que aspira ser. Y nunca debe sentirse suficientemente satisfecho. El libro que uno trae entre manos siempre tiene la posibilidad de ser mejor. Decía Adolfo Bioy Casares: “Cada nuevo libro es una posibilidad de evitar los errores cometidos en el anterior”. Todavía estoy lejos de ese escritor, pero la verdad es que hay un momento de libertad en la textura narrativa que me hace sentir cómodo literariamente. Hace tiempo terminé con el falso dilema del periodismo y la literatura. Gracias a eso he podido trabajar con mayor libertad.

HG: Creo que la trilogía, definida por ti mismo como indeseada y que termina con Perseguir la noche, gira en una órbita diferente al resto de sus libros, ¿no?

RPG: No hay tema que un escritor no pueda o deba tocar. Efectivamente es un tríptico indeseado. Nos acompañan los muertos es la historia de dos viejos —mis padres— que avanzan hacia la muerte, pero también es la reconstrucción de su juventud, sus amores y su ciudad. El cerebro de mi hermano es una novela que no hubiera deseado escribir, porque trata de la larga y penosa enfermedad de José María Pérez Gay. En la misma lógica tenía que escribir sobre el cáncer que me diagnosticaron hace una década. La vejez, la enfermedad y la muerte son asuntos que todos los escritores tenemos frente a nosotros, y no solo eso, son situaciones a las que todos nos enfrentaremos tarde o temprano. Por otro lado, este tríptico indeseado es una reconstrucción de la novela familiar que he escrito en crónicas y cuentos desde tres miradores: la restauración de una ciudad, el tono melancólico de que nada dura y el dolor contrapunteado con el humor. Decía Schopenhauer que las vidas vistas de cerca son trágicas, pero si te alejas un poco son tragicómicas.

HG: ¿Al evocar la ciudad de finales del siglo XIX trazas una cartografía personal?

RPG: Desde luego. Perseguir la noche incluye al menos tres noches. La primera es la de la enfermedad. La segunda es la que fundan algunos de los escritores modernistas mexicanos como José Juan Tablada, Amado Nervo, Alberto Leduc, Bernardo Couto y el gran artista de artistas, Julio Ruelas. La tercera es la noche de la memoria familiar y de los recuerdos de un adulto. Todas coinciden en la historia de un investigador cultural que tiene la ilusión de escribir una novela sobre los modernistas, ilusión que se trunca cuando le diagnostican un cáncer. Siempre pensó que habría tiempo para todo, pero cuando le informan que padece una enfermedad seria, el tiempo se convierte en agua entre las manos. En respuesta, el narrador, es decir yo, diseña un plan de evasión que consiste en abrir sus archivos para mudarse y evadirse hacia el pasado. Y la ciudad de finales del siglo XIX y principios del XX se vuelve un lugar habitable ante un presente duro y complicado. Una parte de mí cree que la compañía de los escritores me devolvió la posibilidad de quedarme en el barrio de los vivos.

HG: Y se convierte en una evasión tal que te lleva incluso a soñar con Monsiváis.

RPG: Cierto. La novela es también el escenario donde pasan diversos fantasmas. Estoy convencido de que una enfermedad te convierte en un fantasma en distintos sentidos. Hoy, platicando aquí contigo pasa una sombra casi inexplicable. No sé a dónde va, ni de dónde viene, pero sé que es el recuerdo de la enfermedad. Hay además otros fantasmas. El narrador recuerda, por ejemplo, que exactamente en Madero 4 estaba el Salón Bach, punto de reunión de los escritores cuando terminaban de hacer esa extraordinaria publicación que fue la Revista Moderna en 1898. El narrador hace los mismos recorridos y busca mediante mapas y directorios telefónicos, lugares como el Bar América ubicado en Cuajomulco (hoy José María Marroquí) esquina con Juárez, el primer after hours de la Ciudad de México.

HG: En el contraste entre la ciudad de finales del siglo XIX y la actual emerge la melancolía.

RPG: En el fondo somos el recuerdo y la memoria de una calle. Puede ser la calle donde creciste, jugaste o donde viste crecer a tus hijos. El Centro Histórico se presta porque tiene un peso específico muy fuerte. En la calle de Madero fijé recuerdos de infancia; en Artículo 123 caminaba con mi padre para comprar whiskies en La Europea.

HG: A los fantasmas literarios se suman los fantasmas de los muertos cercanos. En una década murieron tus padres y tu hermano.

RPG: Sí. Primero se fueron mis padres como un proceso natural. Ambos vivieron 91 años, pero como dice la frase: los viejos siempre mueren jóvenes o bien, qué jóvenes mueren los viejos. Después vino la enfermedad de mi hermano. Hace años cuando publiqué El cerebro de mi hermano, Carlos Loret de Mola me preguntó por qué me acerqué al tema. Le respondí con otra pregunta: ¿Si en este momento empezara una guerra en Oriente Medio irías? Por la misma razón que respondió que sí yo decidí hacer el libro. No podía dejar que un hecho así pasara ante mis ojos. No podía seguir escribiendo como si no hubiera pasado nada. No obstante, nunca me propuse escribir una trilogía.

HG: ¿La literatura sirvió para sanar algo?

RPG: La literatura sirve para todo. Mentiría si no reconozco que tiene una capacidad liberadora. Cuando escribes sobre cosas difíciles y duras, por supuesto te pones melancólico y triste, pero aun así es liberador. No escribí pensando en el lector sino en lo que necesitaba contar. No podía pasar de largo el hecho de que me diagnosticaran un cáncer y que la muerte me viera de cerca. Siempre cruzo los dedos cuando hablo de esto. Y no podía tampoco dejar de combinarlo con otro momento importantísimo para mí como es la Ciudad de México del siglo XIX. La reunión de esos mundos, más la circunstancia familiar, constituyen la fibra última de Perseguir la noche.   

HG: ¿Conocer tu vulnerabilidad cambió tu relación con el miedo?

RPG: Sí, pero la sombra de la que te hablo vuelve a pasar en momentos inexplicables. Esta novela es también una exploración de y en el dolor. Fueron seis meses de dolor intenso. La relación entre literatura y vida es una frontera casi invisible. Escribir sobre eso libera, aunque no te voy a negar que he pensado que quizá al regresar a la enfermedad pueda traerla mágicamente de vuelta.

HG: Vives con el miedo…

RPG: Sí. Hay una cosa que está estudiada y se llama el estigma del cáncer. Te da una vez y si corres con suerte, como yo, vives con su sombra.

HG: Desde el principio de la enfermedad supiste que escribirías el libro.

RPG: Sí, no iba a dejar que esto pasara. Los médicos me advirtieron que había un camino para detener e incluso curar este mal. Claro que para esto firmas un contrato de por vida que implica revisiones primero cada dos meses, luego cada tres, seis y después anuales. No podría haberlo escrito desde el recuerdo porque para fortuna de todos, el dolor se olvida. Por otro lado, no concibo escribir un libro sin investigación. No soy el tipo de escritor que se encierra en un gabinete para hacer una novela que ha planeado como una catedral. Uno de los momentos más plenos de Perseguir la noche fue cuando junté los 25 o 30 libros que acompañaron su escritura. Obras de José María Marroquí, Artemio del Valle Arizpe, Luis González Obregón, las memorias de Tablada, Amado Nervo o mapas de la ciudad. Para la parte de la enfermedad eché mano de tres historias generales del dolor: El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer de Siddhartha Mukherjee, el clásico La enfermedad y sus metáforas de Susan Sontag y La hermana de Sándor Márai. Y de dos biografías de Balzac.

HG: El autor estadounidense Harold Bordkey escribió Esta salvaje oscuridad durante el proceso último de su enfermedad: el sida. De tener otro rumbo tu enfermedad, ¿cómo habría cambiado el tono o sentido de Perseguir la noche?

RPG: No sabría decirlo. A lo largo de los tratamientos tomé notas. No fue sencillo ni chistoso porque las instilaciones son duras, eran seis y yo no pude llegar a la sexta por el dolor. Lo comento porque una parte de la novela está escrita durante el proceso y algunas notas están llenas de desesperación, dolor, miedo y soledad. El dolor es intransmisible, te pueden acompañar muchas personas, pero solo lo siente el enfermo.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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¿Cuál es la vigencia de la obra de Juan José Arreola? ¿Cómo aproximarse hoy a este prosista elegantísimo, a este maestro de lo fantástico, a este agudo editor y promotor cultural tan sui géneris como infatigable? En el marco del centenario de su nacimiento, nexos convocó a una pléyade de escritores para recordar al inmortal mago de Zapotlán el Grande.

Fotograma cortesía de Colecciones Fotográficas de Fundación Televisa.


Héctor Orestes Aguilar

El primer contacto con la literatura de Juan José Arreola se produjo a partir de mi lectura escolar, en la secundaria, de Confabulario y de La feria, dos de sus obras más célebres y atendidas. Para entonces, los mediados años setenta, era sobre todo conocido por sus apariciones en televisión, así que al leerlo me desconcertaba mucho encontrar un despliegue narrativo deslumbrante y cautivador que no necesariamente correspondía con el extravagante personaje que opinaba —con envidiable elocuencia, hay que reconocerlo— sobre prácticamente cualquier cosa que se le consultara. 

No creo que haya sido definitivo para mi literatura directamente, pero a través de él llegué a la obra de Marcel Schwob, quien sin duda ha sido uno de mis grandes penates y a quien debo gran parte de mi actitud ante la vida y la literatura. 

La mayor aportación de Arreola es la de haber compuesto una obra singular, mexicana y universal. Y perdurable. Relatos como “El guardagujas” nunca caducan. Por supuesto que puedo enfatizar en la incomparable voluntad de estilo de Arreola, que —espero citar correctamente— intentaba burilar la escritura de cada una de sus páginas, según Monsiváis. La búsqueda del fraseo perfecto, del periodo perfecto, del párrafo perfecto es algo muy respetable y admirable. Solo por ello, los jóvenes deberían volcarse a la lectura cuidadosa de Arreola. De sus libros, el que más me sigue gustando es Confabulario. En las nuevas generaciones, en especial en las jóvenes escritoras mexicanas, no encuentro mucha influencia de Arreola, era muy misógino. Aunque es posible que respeten e incluso admiren su “preciosismo” (en el mejor de los sentidos) de estilo. María Emilia Chávez Lara tiene algunos pasajes arreolianos en sus libros.

Para algunos de los mejores escritores de mi generación sí que tuvo un gran nivel de influencia y capacidad de interpelación. En escritores varones de generaciones más recientes no me atrevería a trazar una filiación arreoliana. Tengo la convicción de que la influencia de la obra de don Juan José se ha ido diluyendo con el paso de los años. No creo que entre los lectores del siglo XXI La feria despierte la pasión lectora que alcanzó en los años sesenta y setenta.

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Alberto Chimal

Arreola fue (es) un escritor muy importante para mí, muy influyente. Algunas de mis primeras lecturas en la infancia, de las decisivas, fueron de textos suyos. En casa de mi mamá encontré una edición de Confabulario (una de tantas versiones de aquel libro, de 1979); probablemente fue el primer libro que devoré y que me estremeció en serio. Hasta ahora sigo pensando que su manera de contar y de evocar en extensiones pequeñísimas es muy importante en mi propio trabajo.

Creo que su mayor aportación es haber usado el castellano para volverlo poroso, para abrirlo a una gran cantidad de posibilidades de transformación e influencia. Las más obvias son sus referencias eruditas, pero no hay que olvidar que también retomó el lenguaje del campo, de la sociedad lejana al privilegio en la que nació. Para mí su gran libro siempre será Confabulario, aunque mi edición ideal tiene textos agregados de sus otros libros, como la de mi infancia.

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Ana Clavel

Asistí a algunas de las clases de Arreola en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, a comienzos de los ochenta. Ahí fue oírlo hablar sobre cualquier tema y ver cómo transformaba todo en alta literatura. Pero su influencia decisiva fue leerlo y saber de su experiencia como tallerista de Mester, ese taller de los sesenta al que asistieron José Agustín, Elsa Cross, Alejandro Aura y tantos escritores en formación. De ahí se desprendió el modelo de talleres que proliferaron después. Tanto Orlando Ortiz como Guillermo Samperio, mis primeros coordinadores de taller, lo tomaron siempre como referencia, y yo recibí esas enseñanzas en mis primeros cuentos. Pero la enseñanza fundamental de Arreola es su carpintería literaria: no te haces escritor por lo que cuentas sino por cómo lo cuentas.

Además, leerlo te abre el horizonte, como pasa con Borges y Cortázar. Una imaginación fina y con sentido del humor. Su escritura es el goce de la imaginación puesta a jugar. Mis novelas Cuerpo náufrago y Las Violetas son flores del deseo le deben, en buena medida, uno, la ligereza para abordar el tema de la metamorfosis de género; y dos, la provocación de las muñecas vírgenes de su cuento “Anuncio” y la marca registrada Plastisex. Arreola te hace ver que formas parte de una tradición: la que ve en el lenguaje una de las más altas cimas de lo humano. Era un hombre de una imaginación prodigiosa y gozosa, unida a la frase cuidadosa y certeramente urdida. No podría escoger entre sus libros. Me encantan Confabulario, su Bestiario y La feria.

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Miguelángel Díaz Monges

Su relación con mi literatura es fuerte. Supongo que por una forma particular de escribir lo fantástico y el desinterés por escribir más que lo que de verdad merece ser escrito. Por supuesto: en el cuidado en la precisión de las palabras con sus aristas y sus reflejos entre sí, así como el gusto por la fantasía asfixiante. También en el uso de ambientes y atmósferas imbricadas con el transcurso narrativo. La incorporación de la fantasía en una tradición literaria muy terrenal, la riqueza cuantitativa y cualitativa del lenguaje, y una libertad creativa que antes era desconocida o desdeñada. De sus pocos libros él mismo hizo una antología llamada Estas páginas mías; es el mejor. Como él mismo dijo, La feria es otra cosa. Y hay un pequeño gran libro sacado de su oralidad por Felipe Garrido: La palabra educación, pero también es otra cosa. Es un autor atemporal. Nunca fue muy influyente, porque era un genio, pero su influencia en unos cuantos sigue porque es irresistible.

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Álvaro Enrigue

Arreola es un escritor de una calidad escultórica; recuerdo sus páginas como objetos tridimensionales y eso viene de una imaginación verbal y un oído bárbaros.

Leerlo, de jovencito, casi niño, representó para mí el hallazgo de que leer literatura puede ser una experiencia sensorial arrolladora. Sobre su influencia solo puedo decir que a las nuevas generaciones más les vale leerlo.

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Javier García-Galiano

Desde que leí a Arreola por primera vez en la preparatoria no he dejado de leerlo y mi admiración por él no ha dejado de acrecentarse; cada lectura de sus libros me depara nuevos asombros y el cultivo de otros que ya me ha deparado, los cuales acaso proceden de su curiosidad inagotable y su fervor por la literatura. Arreola parecía poder convertirlo todo en literatura.
Quizá coincido con él, entre otras cosas, en el interés que me despierta cualquier minucia, en el prodigio que se halla en la naturaleza convertida en la tradición del Bestiario, en las historias antiguas que pueden propiciar una evocación, en la cultura cotidiana, auténticamente popular, en la creencia en la nobleza de los oficios, en entender la escritura como un oficio, en el culto a la palabra y al lector…

Arreola no solo fue un escritor ejemplar, sino que, se sabe, fue un editor generoso y en su taller se formaron escritores muy distintos como Gerardo de la Torre, Federico Campbell, Guillermo Fernández o Elsa Cross. Fue fundador de la Casa del Lago y estuvo en el origen de Poesía en Voz Alta. Editó revistas y fue maestro en la Facultad de Filosofía y Letras. Quizá por el espectáculo que creó de sí mismo como personaje, no se ha valorado su labor como lo que llaman “un intelectual”. Ha sido uno de los grandes incitadores de la cultura en México.

Quizá la gran influencia de Arreola no sea obvia, acaso resulta invisible, pero tengo la certeza de que persiste, aunque aquellos que están influidos por él no lo adviertan. Estoy asimismo seguro que no dejará de tener lectores sagaces como lo merece su escritura.

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Ana García Bergua

Desde chica leí —como muchos de mi generación y las anteriores— La feria y Confabulario, que me maravillaron por esa calidad que yo llamaría, con perdón de los serios, chisporroteante, juguetona y seria a la vez. Es, además, un genio de la prosa, de la prosa breve como Julio Torri, de la poesía en prosa como Baudelaire o prosa-prosa. Muy pocos escriben ya como Arreola, si acaso los poetas.

Su biografía contada por él y escrita por Fernando del Paso fue una lectura posterior que me deslumbró y que tengo siempre presente. Nunca lo conocí, pero me contaban que era jovial y generoso, apasionado jugador de ajedrez. Su figura pública de capa y sombrero me conmovía y me alegraba, rompía la falsedad ignorante de los locutores de televisión y parecía que hablaba sin ton ni son, pero hablaba de las cosas que realmente importaban, de lo humano. No sabría decir si ejerció alguna influencia sobre mí. Quizá un poco en el humor y en la relación entre lo cotidiano, lo fantástico, lo absurdo, lo teatral. Pienso en su cuento “El guardagujas”, que es uno de mis preferidos, y quizá en esa libertad con que hilvanaba planos reales e irreales, un poco a la manera del surrealismo, quizá eso me emparenta con él. 

Es inevitable compararlo con Rulfo, pero yo siento que es único, hizo su propio camino en la prosa siguiendo el de Marcel Schwob y los grandes poetas-prosistas franceses, y también el de su formación teatral con Louis Jouvet, por eso sus cuentos tienen esos grandes golpes de efecto que nos hacen sonreír. Y con todo y ser único, impulsó muchísimo a la literatura mexicana como editor, como animador, como una figura que representaba la buena literatura.

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Anamari Gomís

No conocí a Arreola ni tengo influencia de él. Mi gran maestro y gran amigo Salvador Elizondo recibió mucho del ejemplo de Arreola y, quizá, esa sea mi relación con el escritor de Confabulario. No me gusta toda su obra. Pienso que cuando es bueno, es extraordinario. Fue primero a través de Marcel Schwob que me acerqué a la escritura de Arreola. Sin duda creó una manera de escribir novedosa, brillante, más allá de las de las preocupaciones indigenistas de otros escritores. La suya es una literatura “mental”. Varia invención renovó la idea de los géneros definidos, abrió las puertas a una literatura que no se circunscribe a la mera realidad. Hay que releerlo y mucho.

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Mauricio Montiel Figueiras

Mi relación con la literatura de Arreola la considero secreta, no del todo visible. Creo que todos los cuentistas mexicanos, sobre todo los que nos inclinamos hacia lo fantástico, estamos influidos en mayor o menor medida por Juan José Arreola.  Siento que cuentos como “El guardagujas” están al fondo de algunos de mis textos. Leí a Juan José Arreola cuando comencé a dar mis primeros pasos en los talleres literarios de Guadalajara, hace ya treinta años, y sus libros me impactaron tanto como los de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. Estos tres autores conforman para mí el ABC del cuento latinoamericano contemporáneo.

Pude asistir a un taller que el propio Arreola impartió en mi ciudad natal: más que taller fue una cátedra de conversación cultural que dejó en mí una marca profunda. No se puede concebir la literatura fantástica en lengua española sin Arreola y sobre todo sin Confabulario, que considero su obra maestra.  Hace falta que las nuevas generaciones se acerquen más, mucho más a Arreola. Confío en que el centenario de su nacimiento vuelva a afianzar su estatura de clásico del cuento latinoamericano.

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Pedro Ángel Palou

Empecé a leer a Arreola muy joven, por los cuentos de Confabulario y, curiosamente, por un libro “oral”, La palabra educación. Me parecía en la misma línea que el Cortázar de La vuelta al día en ochenta mundos o del Borges de Ficciones. Ahora sé que su prosa límpida y efectiva —que no efectista— es producto de su propia destilación literaria. Como tantas cosas en la literatura mexicana, la lectura que Pacheco hace de Arreola, vía Schwob, me permitió releerlo una década después. Lo he seguido leyendo, incluso enseñando. Creo que Arreola es más una ambición —escribir como él, ser tan diáfano, tan solo aparentemente simple— que una influencia en mi caso. Sin embargo, era como la contraparte rulfiana que necesitaba mi generación, y que también teníamos en Elizondo. Su mejor libro, indudablemente, es La feria. Su carácter fragmentario, su perfección formal, su economía. Acaso es nuestra novela perfecta.

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Enrique Serna

Mi relación con la obra de Arreola es la de un lector devoto y agradecido. Era un fabulador en estado puro, con una capacidad formidable para inventar mundos fantásticos. Le agradezco mucho la aparente ligereza de sus ficciones, único punto de contacto que tal vez tengo con él. Era un genio con un gran poder de condensación para decir mucho en pocas palabras. Una de las mejores novelas de amor que se han escrito es su prodigioso “Cuento de horror”: “La mujer que amé se ha convertido en un fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones”. Solo por eso tiene asegurada la inmortalidad.

No puedo presumir que Arreola me haya influido. Yo escribo principalmente ficciones realistas. En mis ensayos y crónicas a veces rozo el género de la varia invención, pero no alcanzo ni remotamente los vuelos poéticos de Arreola. Además de sus aportaciones literarias, yo destacaría su gran talento como improvisador. Cuando yo era un adolescente, sin haberlo leído, me maravillaron sus disertaciones en el segmento final de un noticiero del Canal 13, en el que aparecía con su capa roja. Después, en Televisa, lo exprimieron tanto que llegó a caer en la verborrea, pero aún entonces tenía destellos magníficos. En un ensayo dije que sus bufonadas televisivas fueron mucho más brillantes que las solemnes apariciones de Octavio Paz en la pantalla chica y sigo pensando lo mismo. Para mi gusto su mejor libro es Confabulario.

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J. M. Servín

Leí a Arreola de muy joven y me atrapó su capacidad imaginativa, su lenguaje preciso y elegante, rico en imágenes mordaces e irreverentes. Su literatura fue la puerta de entrada a un universo de imaginación desbordada y posmoderna. “El guardagujas” y su aparente sencillez formal aparece en mi escritura como un referente para abordar el desconsuelo y la enajenación del individuo atrapado en la ruta incierta de su destino. Me influenció como autodidacta iconoclasta en la escritura y en su actitud frente a la vida.

Arreola renunció a la solemnidad y el regionalismo para abrir un diálogo con las vanguardias literarias desde el relato breve, del cual se convierte en un innovador. Asumió la literatura como un riguroso compromiso con el lenguaje, lo lúdico, la sensualidad y el absurdo. Como personaje, Arreola es probablemente el escritor mexicano que, asumiendo un papel de histrión, mejor acercó la literatura a las masas, gracias a sus apariciones en televisión como conversador en La movida, el popular programa de entretenimiento nocturno conducido por Verónica Castro a principios de los años noventa. Inventario y Confabulario son referentes imprescindibles en la literatura mexicana.  No sé si Arreola sea un autor influyente todavía, pero debería, en estos tiempos donde las redes sociales y la proliferación de editoriales de bajo perfil se han convertido en refugio de ocurrencias que se quieren hacer pasar por literatura breve.

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Martín Solares

La primera vez que leí un texto de Juan José Arreola tuve la impresión de presenciar un torrente atronador, de ningún modo reciente ni transitorio, sino universal y muy vivo, que venía desde lejos: me pareció un relato majestuoso, hecho para perdurar, uno que ahondaba en las fuentes mismas del idioma, que lo revivía y lo mezclaba con materiales tan ajenos como la publicidad estadunidense y las novelas de Franz Kafka. Soy un admirador devoto de la seguridad y puntería con que Arreola diseñó ya no digamos sus cuentos sino cada una de sus frases, de la resonancia que consiguió con las palabras que invocaba, de su erudición natural y ese humor incendiario que consiguió en prácticamente todos sus escritos, incluso los que fingen ser dolientes y llorosos, pero que guardamos en la memoria como una lección de ironía.

Más que a entrevistarlo, fui a admirar su ingenio a Ciudad Guzmán, mientras él ofrecía una de sus legendarias improvisaciones literarias. Cuando pensé que me había equivocado de hora y de lugar y me disponía a retirarme, Arreola subió a todo motor una pendiente muy inclinada en su motocicleta y se estacionó frente a mí. Además de una cazadora de cuero y botines dignos del conde de Montecristo, usaba unos anteojos de diseño punk que, según él, eran lo que mejor protegía sus ojos cuando salía a hacer las compras. Porque me detuve a admirar un tablero de ajedrez en su antesala, la charla que iba a durar quince minutos duró una mañana, y lo que iba a ser una conversación periodística se transformó en un monólogo rutilante, en el que un hombre que vivía para las palabras, y amaba lo que estas provocan al combinarse, demostró cómo solía extraerlas de lo más profundo del idioma y de la memoria (o de esa memoria que es el idioma). Entonces me permitió presenciar, mientras se excusaba por la brevedad que tendría nuestra entrevista, cómo se emocionaba con las palabras al ver lo que suscitan y habló de sus tímidos intentos por echarlas a flotar en una especie de río, a fin de mantener con vida esa necesidad de belleza y expresión que para él era la literatura.

Más tarde, cuando él se mudó a Guadalajara, fui a visitarlo tres o cuatro veces para convencerlo de visitar a un grupo de lectores suyos que nos reuníamos en el Roxy. Acudí puntualmente a cada cita con él, pero en cada una de ellas dijo que no podría asistir, y nos dejó plantados, pero me ofreció una generosa explicación, que duraba en promedio una hora con cuarenta minutos, y que era una cátedra mitad ensayo y mitad relato sobre cómo formular una excusa convincente y rebosante de virtudes literarias. La literatura era eso que Arreola compartía cuando se excusaba por no hacer más literatura.

Los textos de Arreola son literatura vertical: lejos de ascender en diagonal, como las novelas, sus confesiones, anuncios y relatos saltan en línea recta de las manos del autor a lo más alto del espíritu y se quedan allí, para iluminar al lector.

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David Toscana

Lo leí con mucho placer hace ya un montón de años, pero no es un autor que suela releer, salvo por “El guardagujas”. No lo tengo presente cuando escribo. Es un maestro de la prosa fina. Fue el mejor comentarista de futbol. Entre sus libros prefiero Confabulario.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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En su libro más reciente, Los signos vitales. Anacronismo y vigencia de Octavio Paz, Armando González Torres vuelve al estudio del Nobel mexicano, revisando en esta ocasión la mayoría de los trabajos publicados sobre el intelectual tras su muerte. El resultado es un volumen que demuestra la presencia de un escritor que fue y sigue siendo referencia ineludible.

Ficha:
Armando González Torres
Los signos vitales. Anacronismo y vigencia de Octavio Paz
México, Libros Magenta
2018, 144 p.

Antes que ser encandilado por su personalidad, Armando González Torres prefirió no conocer personalmente a Octavio Paz. Amigos y colegas comunes que trabajaban o colaboraban en la revista Vuelta pudieron haberle allanado el camino para llegar al Nobel de Literatura, pero él no quiso. Prefirió que su relación se sostuviera en la lectura crítica y puntual. “Es la mejor manera en que podemos relacionarnos con un escritor”, asegura sin arrepentimiento alguno.

“Varios amigos presumían que Paz les había regalado un gato. Para mi generación fue un autor fundamental. Era accesible e interesado en tener vínculos con los jóvenes. No creo que estuviera exento de un interés propio por mantener la vigencia de su figura o modelar su posteridad, pero finalmente era alguien que se interesaba auténticamente por la obra incipiente de quienes se le acercaban. Yo entonces era tímido y, además, reticente a que alguien tan carismático y poderoso pudiera ejercer efectos irreversibles en una vocación tambaleante como la mía”, recuerda.

No obstante, la relación de González Torres con el poeta mexicano es tan o más profunda que la de varios de quienes lo conocieron. Lo ha leído y estudiado con dedicación. Su libro Las guerras culturales de Octavio Paz es indispensable para conocer las polémicas del autor de El laberinto de la soledad.

En la misma órbita se ubica su publicación más reciente, Los signos vitales. Anacronismo y vigencia de Octavio Paz (Libros Magenta), volumen donde revisa los trabajos que algunos escritores han dedicado al intelectual. “Quería hacer un registro de la muy variada producción generada alrededor de su figura después de su muerte. Hay libros celebratorios, poesía, biografía política y hasta novelas.  La producción que sigue generando es amplia y esto me parece un prodigio de continuidad.”

Sostiene que un síntoma de su permanencia son las antipatías que todavía despierta. “Sigue siendo un autor incómodo. Algunas de sus posiciones todavía son controvertibles y eso demuestra que su obra no es un monumento de mármol, sino que es perfectamente habitable.”

Sheridan, Aguilar Mora, Bolaño

Tras las conmemoraciones por su centenario en 2104, González Torres recuerda que se manejó un ánimo celebratorio exagerado. “Siempre tendemos a totemizar a nuestras figuras emblemáticas. No obstante, sirvieron para demostrar que entre los lectores más jóvenes sigue siendo un referente; un escritor querido o detestado. No deja indiferentes a sus lectores. Poemas fundamentales como Piedra de Sol o Blanco siguen hechizando, en tanto que sus ensayos aún convocan pasiones.”

Los textos incluidos en Los signos vitales destacan tres rutas del pensamiento de Paz: la plástica, la poesía y la política. “Su poesía no tiene fecha de caducidad. No es anacrónica porque nunca se quedó en una zona de confort. Siempre evolucionó. Tiene direcciones cursis, pero también adquirió extraordinaria gravedad y sentimiento dramático gracias a su conocimiento de la tradición inglesa. Fue un poeta que se transformó con su conocimiento del surrealismo. Lo mismo cultivó el poema de gran aliento que el breve; el impersonal que el testimonial. Es alguien que nunca se quedó quieto y siempre buscó la renovación. En este terreno difícilmente se volverá anacrónico.”

Armando González Torres sostiene que si bien su pensamiento político puede pasar de moda, las actitudes siguen vigentes. “Su instinto libertario y la desconfianza hacia todo tipo de autoritarismo está más viva que nunca. Más que una postura coyuntural es un reflejo que siempre debemos cultivar.”

Su revisión hace escalas en títulos como Poeta con paisaje o Idilios salvajes de Guillermo Sheridan, de quien celebra sus interlocuciones rigurosas e inteligentes. “Sus libros me parecen un dechado biográfico y me gustan porque existiendo una cercanía entre ambos, no son apologéticos, tienen una extraordinaria distancia crítica como autor y lector. En este sentido Paz ha tenido mucha suerte con sus lectores.”

En otro tenor, uno de los más críticos ha sido Jorge Aguilar Mora, autor de La divina pareja. Historia y mito en Octavio Paz. “Fue uno de sus interlocutores más rigurosos; hizo hincapié en determinadas contradicciones e impostaciones de la figura del intelectual independiente que buscaba representar Octavio Paz. Expuso con agudeza las contradicciones que alguien que por un lado se decía independiente, pero que a la vez tenía intereses políticos en el mundo cultural. Aguilar Mora contribuyó a situar de modo más realista la figura de Paz en el escenario intelectual.”

Una de las aproximaciones más novedosas emprendidas por Armando González Torres, es la revisión que hace del manejo del Nobel mexicano dentro de la novela Los detectives salvajes, del chileno Roberto Bolaño, quien no solo lo caricaturizó, también lo colocó en la posición de un adversario. “Refleja una visión representativa que cierto sector de la juventud tuvo hacia Paz. Lo veían como una figura omnipresente y a la vez odiada. Me interesaba jugar a imaginar un encuentro entre los dos.”

En este juego ubica empatías y diferencias. “Coincidían en su vocación por la literatura y su desarraigo. Ambos hicieron su obra fuera de su país, eran de mecha corta y afectos a la polémica.  En los años setenta Paz ya era una figura consagrada, un personaje con posiciones controvertidas en lo político y que iban más allá de las posturas más convencionales de la izquierda, lo cual era profundamente “shockeante” para los jóvenes. Recordemos que con la generación de los sesenta Paz tuvo una relación política ambigua. Si bien hubo un idilio breve cuando dejó la embajada en la India el 4 de octubre de 1968, durante la década de los setenta tomó posiciones que lo alejaron de los simpatizantes del movimiento estudiantil.”

El encono se avivó en 2015, cuando el periodista Jacinto Rodríguez Munguía dio a conocer una investigación donde exhibe que Paz no renunció al cargo y en cambio pidió “disponibilidad”, término diplomático que le permitía seguir cobrando. Al respecto González Torres apunta que, si bien no tiene testimonios sobre este punto, “no sé si eso demerite el gesto. Habría que ver si fue un arreglo. Si se jubiló anticipadamente no veo ningún problema. Lo que sí sé es que después del 68 hubo una hostilidad del gobierno hacia él e incluso intentos de obstaculizarlo. Se pagó, por ejemplo, la publicación de un panfleto en francés para desacreditarlo. En todo caso, Paz se volvió símbolo del establishment literario y símbolo de las posturas reaccionarias. Por eso es prototípica la relación con los infrarrealistas, entre los que destacaba Roberto Bolaño.”

Sin negar que fue un caudillo cultural, Armando González Torres destaca la vocación renacentista de Octavio Paz. “Era un intelectual omnívoro, capaz de conectar saberes provenientes de las más distintas disciplinas y con la capacidad de atraer al debate público temas que se supone solo están confinados al mundo de los especialistas. Ahora es prácticamente imposible que se reproduzcan figuras de ese tamaño. Defendió una serie de ideas que significaban un matiz a las posturas más extendidas dentro de la izquierda de ese momento y que significaban un matiz hacia el oficialismo. Introdujo una serie de valores liberales que fueron una novedad en su momento. A contrapelo cometió excesos que fueron bien ventilados en su época. No obstante, me parece interesante que autores jóvenes como Karen Villeda lo sigan analizando. Creo que sería enriquecedor ver cómo lo leen los más jóvenes. ¿Qué les dice su poesía experimental? Supongo que en los próximos años lo descubriremos.”

 

Héctor González
Periodista cultural.

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En la nueva película de Sebastián Hofmann, un consorcio adquiere un lujoso hotel mexicano para sumarlo a su cadena. Sobrealquila sus villas y ocasiona que las reservaciones de dos familias desconocidas se empalmen y que ambas se vean forzadas a convivir, lo que desata el terror y el absurdo.

Desde pequeño Sebastián Hofmann encontró en los tiempos compartidos un universo peculiar. Durante un tiempo su madre se dedicó a venderlos y a lo largo de los años recogió anécdotas —algunas buenas, otras malas— de los usuarios de estos sitios de descanso.

Resultado de la inquietud es Tiempo compartido (Piano Films, 2018), película en la que echa mano de lo siniestro y lo absurdo para mostrar la historia de un par de familias desconocidas que se ven obligadas a convivir durante sus vacaciones en el mismo apartamento. “El realismo me aburre un montón y creo, además, que el horror sirve para representar el universo de las ventas y el consumismo. Finalmente, el capitalismo consiste motivarnos a comprar cosas que no necesitamos a partir de hacernos creer que al adquirirlas seremos felices”, afirma Sebastián Hofmann en entrevista.

Coescrita con Julio Chávezmontes —su socio en la productora Piano Films—, la historia protagonizada por Luis Gerardo Méndez (Pedro), Cassandra Ciangherotti (Eva), Miguel Rodarte (Andrés), Andrés Almeida (Abel) y Montserrat Marañón (Gloria) plantea una situación bastante común: en medio de una promoción para captar futuros clientes, Everfields International, consorcio que adquiere un lujoso hotel mexicano para sumarlo a su cadena, sobrealquila sus villas ocasionando que las reservaciones de dos familias se empalmen.

A partir del error administrativo y sin más alternativa, los visitantes se ven obligados a compartir espacio. “A Julio y a mí nos parecía muy interesante que la película se contara a partir del punto de vista de los patriarcas de las familias.”

Las reacciones de cada parte son opuestas. Mientras que Abel se decanta por la conciliación y acepta las disculpas y retribuciones de la compañía, Pedro se niega a consentir la eventualidad. Sin embargo, ante su vano reclamo, accede sin resignarse a convivir con los extraños.

Crítica a la familia

La mística de Everfields International es la de quien pone el paraíso al alcance de sus huéspedes por medio de la promoción de valores como la armonía y la convivencia familiar. “En México las películas que más funcionan a nivel taquilla son aquéllas que hablan de la familia. A nosotros nos interesaba hacer un planteamiento más cínico. Hablamos de la familia, pero vista como una secta corporativa. Nos burlamos de esa propaganda que nos vende la importancia del sentido de pertenencia y hermandad. Desde el principio quisimos presentar una visión más oscura al respecto”.

Al interior del hotel todo transcurre entre risas y buen trato. Los ejecutivos y trabajadores hacen de su mejor cara la moneda de cambio. Esconden sus frustraciones con el buen gesto. No se admite la hostilidad ni el reclamo, quien lo hace es disfuncional. Vivo ejemplo es Andrés, empleado en otro momento ejemplar y ahora confinado al inframundo de la lavandería. “La lavandería literalmente es el sótano, un espacio sin ventanas y que nos sirvió para hacer una metáfora de la clase trabajadora y su contraste con el turista. Ahí llegan a coincidir Andrés y Pedro, quienes, a pesar de que parecen opuestos, en realidad comparten en una crisis emocional.”

La tensión que generan los dos personajes amenaza con alterar la paz y sana convivencia del complejo turístico. “Cuando comienzan a enloquecer se adentran en una espiral de demencia y paranoia. A través de ellos quería mostrar la realidad vista por dos personajes que se encuentran en vía de perder la cordura.”

Sin ser propiamente una película de terror psicológico, Andrés Hofmann pone sobre la mesa los extremos de la angustia y desesperación. Enfatiza rasgos y acciones con una banda sonora a tono con la imagen. “La música es del compositor italiano Giorgio Giampà. Su trabajo me ayudó a amarrar el tono y la tensión. Sin este elemento no se entendería la parte cínica. La mayoría de las películas buscan hacerte sentir como un voyeur, no es mi caso. Por medio de la música quería recordarle al espectador que está viendo una ficción y que hay fuerzas oscuras detrás de ella.”

De Kubrick a Buñuel

El rodaje de Tiempo compartido tuvo lugar en el hotel Princess Mundo Imperial de Acapulco, construido en 1971 y diseñado por los arquitectos William Rudolph y Leónides Guadarrama con una clara referencia a la Pirámide del Sol de Teotihuacán. “Para mí es de los más hermosos de todo el mundo y el más bonito del país”, argumenta Hofmann.

La locación sirvió también para que el realizador desplegara un guiño a uno de sus héroes cinematográficos: Stanley Kubrick. “Hay un homenaje directo a El resplandor. Si vas a hacer una película de unos personajes atrapados en un hotel y donde toda la acción sucede adentro, es una referencia obligada.”

La fotografía de Matías Penachino aportó a la construcción de una atmósfera que en sí misma critica la superficialidad que puede haber detrás del concepto “sitio paradisíaco”. “Penachino es un extraordinario artista visual. Consiguió plasmar un lugar tan artificial como un catálogo turístico o una revista de aviones, donde nos venden sitios de una perfección imposible. Su fotografía enseña el artificio que esconden este tipo de lugares.”

Al jugar con el artificio, Hofmann desenfunda a otro de sus referentes, Luis Buñuel, y en particular El ángel exterminador, aquella cinta de 1962 donde el español se burló de una burguesía acartonada y encerrada en sí misma. “En realidad en mi película no hay tanto en juego, todo se resolvería con que la familia de Pedro se fuera sin hacer la compra, así de fácil. Pero no lo hace por la misma razón que los personajes de Buñuel no salen de su encierro. Soy fan del humor sofisticado que vemos en El ángel exterminador, Buñuel es el maestro del absurdo y el surrealismo.”

Para Hofmann, director también de Halley (2012), el cinismo es uno de los rasgos de su generación, en la que incluye a Amat Escalante y a Alfonso Ruizpalacios. “Somos los hijos del cambio de siglo y supongo que esa desilusión se nota en la crítica y el cinismo de nuestras películas. Después de los gobiernos de Fox y Calderón perdimos la esperanza en el país; apenas ahora la estamos recuperando y sabemos que a nosotros nos toca contribuir por medio de la cultura. Cada vez hacemos producciones con mejor factura, ésta, por ejemplo, trata de ser original. Hoy, las películas mexicanas no le piden nada a las francesas o japonesas. Ya no podemos decir que el cine mexicano es malo.”

El estreno internacional de Tiempo compartido tuvo lugar en el Festival de Sundance 2018, donde ganó el premio a Mejor Guion. Alcanzó además cinco postulaciones al Ariel en categorías como mejor película y mejor guion original. Su corrida en salas nacionales empezó el 31 de agosto.

 

Héctor González
Periodista cultural.

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