En los dos tomos de La ciudad oculta (Planeta), el nuevo libro de Héctor de Mauleón, el infatigable cronista vuelve a recorrer las calles de la Ciudad de México. Por las páginas de este portentoso ejercicio narrativo que abarca 500 años de historias, desfilan crímenes, personajes ilustres y abominables, lugares secretos, momentos transformadores, fantasmas, muertes y también las maravillas que esconde lo cotidiano. En las siguientes líneas, compartimos con los lectores las crónicas sobre dos de las figuras más significativas de nuestra historia: Hernán Cortés y la Malinche.


La amortajada

 

Cortés. El principio de su desgracia lo marca una cédula real firmada en Toledo en 1525. El rey de España ha escuchado demasiadas cosas. Sobre la matanza de indios en Cholula y en el Templo Mayor de Tenochtitlan. Sobre las constantes desobediencias de su vasallo y sus aparentes intenciones de “levantarse con la tierra”. Sobre su afición al juego y sobre el oro que existe, se dice que en cantidades fabulosas, en sus misteriosas arcas. Sobre el palacio erizado de torres que se ha mandado construir frente a la Plaza Mayor de la Ciudad de México, y sobre su frenética inclinación a “echarse con todas las mujeres que hay en su casa aunque fuesen hermanas o madre e hija”.

Carlos V ordena al fin que el conquistador sea llevado a un juicio de residencia, el proceso que revisa la actuación de los funcionarios al servicio del rey en la Corona.

Como es costumbre, la cédula real pasa de mano en mano por complicados laberintos burocráticos. No es sino hasta cuatro años después, en los primeros meses de 1529, que el juicio de residencia se pone en marcha. Cortés no está presente para defenderse: ha viajado a España para atajar las intrigas palaciegas, hechas de mentira y verdad, que desde que salió de Cuba se han tejido en su contra.

Quienes toman parte en el proceso, jueces y testigos, son enemigos suyos. En especial, el presidente del jurado, Nuño de Guzmán, enviado a Nueva España para contrarrestar el inmenso poder que Cortés ha acumulado —tres siglos más tarde, Vicente Riva Palacio se referirá a Guzmán como el hombre más perverso y sanguinario de cuantos pisaron estas tierras.

Toda suerte de acusaciones, incluso las más delirantes, son concentradas en el expediente. El 25 de enero, el testigo Juan de Burgos acusa a Cortés de haber matado a su propia esposa, doña Catalina Xuárez Marcaida.

“La Marcaida”, como se le conoció en México, había fallecido una noche, siete años antes, poco después de irse a acostar. La criada que amortajó el cadáver le contó a Burgos que el cuerpo de doña Catalina presentaba en la garganta unos cardenales negros, “en señal de que este traidor […] la ahogó con cordeles”. La criada le dijo también que bajo la cama “donde la dicha Catalina Xuárez estaba toda descabellada, como que había andado poniendo fuerza a quien la ahogó”, aparecieron derramadas las cuentas de azabache de una gargantilla que su patrona había lucido aquella noche en una fiesta.

Una declaración como la de Burgos es justo lo que Nuño de Guzmán vino a buscar a la Nueva España: es todo lo que necesita para hundir a Cortés ante el rey.

De Guzmán ordena que se abra sin demora un nuevo proceso, un juicio paralelo que determine si la Marcaida murió o no por estrangulamiento.

A unos días del inicio del segundo juicio, la madre de doña Catalina y su compungido hermano, Juan Xuárez, comparecen ante el tribunal. No dudan en acusar a Cortés de que “estando con ella en una cámara donde dormían, la maniató [y] sin poder llamar a nadie que la socorriese […] le echó unas azalejas a la garganta y la apretó hasta que la ahogó”.

Juan Xuárez afirma que minutos después de matar a su hermana, Cortés “le hizo rebozar la cara y el pescuezo”, y que una vez amortajada la metió “en un ataúd clavado, para que no se pudiese ver ni saber de qué había muerto”.

Un escribiente anota hasta los puntos y comas de cada declaración. Gracias a aquel anónimo funcionario oímos hablar, casi cinco siglos después, a quienes comparecieron en el proceso.

Una antigua criada de Cortés, Ana Rodríguez, refiere que la noche en que se dieron los hechos, 1° de noviembre de 1522, había “ciertas fiestas” en la casa de Coyoacán donde vivían entonces Cortés y la Marcaida. Los invitados a las fiestas comieron, bebieron, danzaron. Doña Catalina se mostró “alegre y regocijada”: parecía completamente “sana y sin enfermedad”.

Cuando terminó el convivio, doña Catalina se metió a rezar a un oratorio. Rodríguez la encontró poco después y “la vido demudada y sin color”. La Marcaida le dijo que ojalá “la llevase Dios de este mundo”.

“Era celosa de su marido e por eso tenía algún descontento”, declara Rodríguez ante los jueces.

Al avanzar la noche, la criada fue llamada con urgencia al aposento de los señores. Cortés le dijo que encendiera una lumbre. “Creo que está muerta mi mujer”, le oyó decir.

Al prender la bujía vio la cama orinada y a doña Catalina con unos cardenales negros en la garganta. Le preguntó al capitán qué significaba aquello y este contestó que la había asido de allí “para la recordar cuando se amorteció” [para hacerla volver en sí].

“Doña Catalina varias veces se solía amortecer”, apunta la sirvienta.

José Luis Martínez, que en una abultada colección de documentos cortesianos halló todo un cuerpo de papeles relacionado con el juicio, describe el proceso como “un pintoresco chismorreo de criadas”. El 10 de marzo, el testigo Isidro Moreno sostiene que todo se desencadenó a resultas de “ciertas palabras que allí pasaron por parte del dicho don Fernando a la dicha su mujer”.

Según Moreno, tras esas palabras, doña Catalina se retiró a su recámara “como llorando”, “algo corrida”, mientras Cortés departía un rato más con sus invitados —“caballeros e dueñas” entre los que se encontraban Diego de Soto y Cristóbal de Olid.

A pesar de los años transcurridos, Isidro Moreno todavía puede citar de memoria aquellas “ciertas palabras”: le cuenta a los jueces que doña Catalina se quejó porque en su casa “no se face lo que yo quiero” y prometió tomar medidas inmediatas para “que no tenga nadie que entender con lo mío”.

Groseramente, Cortés le replicó: “¿Con lo vuestro, señora? Yo no quiero nada de lo vuestro”.

Moreno afirma en su relato que las invitadas rompieron a reír. La Marcaida se mostró avergonzada “e entró corrida” a su recámara.

La testigo María Hernández, que había tenido “mucha conversación y amistad” con doña Catalina, es llamada también a declarar.

No duda en contar escabrosos pormenores sobre la mala vida que Cortés daba a su esposa. Refiere, por ejemplo, que el capitán “la echaba muchas veces de la cama […] e le facía otras cosas de maltratamiento”.

Hernández dice que la Marcaida le advirtió en una ocasión: “¡Ay, señora, algún día me habéis de fallar muerta a la mañana!”.

La noche en que doña Catalina murió, la testigo apartó por un instante el rebozo con el que la habían amortajado: “Vido que tenía los ojos abiertos e tiesos e salidos de fuera”, y “la vido como persona que está hogada e tenía los labios gruesos e tenía asimismo dos espumarajos en la boca, uno de cada lado, e una gota de sangre en la toca […] e un rasguño entre la frente”.

Hernández juzgó, en fin, que la Marcaida “no era muerta de su muerte” y que Cortés la había asesinado “por casar con otra mujer de más estado”.

El juicio paralelo se extiende por varios meses. Los testigos acusan al conquistador de tener infinitas mujeres dentro de su casa, “unas de la tierra y otras de Castilla”, y relatan que entre criados y servidores se solía llevar la cuenta de aquellas con las que el patrón “había tenido acceso”.

Las deposiciones van creando la impresión de que la Marcaida era un estorbo para Cortés.

El capitán extremeño la había rondado desde que la vio por primera vez en Cuba. Torquemada describe a doña Catalina como hermosa y de buen talle. Algo sucedió más tarde: a pesar de haberla cortejado asiduamente, en el momento decisivo, Cortés se rehusó a casarse con ella. Un amigo de la familia Xuárez, el gobernador de la isla Diego Velázquez, amenazó con llevar a Cortés a la horca si este persistía en su negativa. Así que el novio asistió a su boda a regañadientes.

Más tarde dijo que su esposa parecía la hija de una duquesa, “por honesta y recogida”. Si la frase se mira bajo la luz de lo que sucedió después, puede que no se haya tratado de un elogio.

El matrimonio le permitió al futuro conquistador de México obtener una encomienda, el puesto de alcalde, y finalmente el nombramiento de capitán general de la expedición que lo llevaría a la fama.

En cuanto pisó el barco, se olvidó de la Marcaida. Solo le escribió una vez y solo una vez le envió un regalo. Juan de Burgos revela en el juicio las causas de aquel olvido: el capitán tenía en su casa “más de cuarenta indias con las que se echaba carnalmente”.

Los meses transcurren, las declaraciones se acumulan y el juicio parece no tener fin. Cortés envía a sus abogados desde España, presenta varios “descargos”, y un interrogatorio de más de cuatrocientas preguntas dirigidas a sus acusadores. No se le llega a probar nada. El proceso queda estancado.

Pero la sombra de la esposa amortajada lo perseguirá por siempre. Pesará sobre él durante los veintiocho años que le quedan de vida. Los conquistadores y los hijos de los conquistadores repetirán la historia revelada por Juan de Burgos en las noches inimaginables de la Nueva España.

En el invierno de 1547, Hernán Cortés muere, enfermo y acabado, en Castilleja de la Cuesta. Se ha vuelto célebre el ir y venir de sus huesos, mordidos probablemente por la sífilis. Unos años en la cripta del duque de Medina Sidonia, otros en el altar de Santa Catalina en el templo de San Isidoro del Campo, allá en España, y otros más de este lado del mar, en la iglesia del pueblo de Texcoco, donde reposan los despojos mortales de su madre y de una de sus hijas.

En 1629, las autoridades civiles y eclesiásticas deciden inhumar en el altar mayor del templo de San Francisco, el más suntuoso de la Ciudad de México, la osamenta de don Hernando. Han pasado ciento siete años desde la fiesta de Coyoacán. La ceremonia es encabezada por el virrey Rodrigo Pacheco y Osorio, marqués de Cerralvo. Las familias más nobles hacen acto de presencia.

Ese día, la sombra de la Marcaida vuelve a alcanzar a su marido. Vuelve a alcanzarlo cuando los restos de Cortés son depositados en el mismo templo en el que, según las crónicas, yacen perdidos los de ella.


Un fantasma en el Centro Histórico

Todavía recorre la Malinche el mundo que habitó. Eso dicen los alumnos de una de las primarias más antiguas del Centro, la Miguel Serrano, en donde, desde hace muchos años, de acuerdo con la leyenda compartida por incontables generaciones, la célebre compañera de Cortés ha sido vista bajo la forma de una sombra que vaga y gime. Un espectro que deambula por los pasillos añosos y oscuros.

Si se toma en cuenta la gran cantidad de tiempo que el fantasma de doña Marina ha permanecido en el edificio —cerca de quinientos años—, resulta una desconsideración pasar por República de Cuba 95 sin entrar a saludarlo. Nada más irresistible que la oportunidad de presenciar la aparición de un fantasma ilustre en el corazón del Centro.

A un lado del pesado portón de la escuela aparece un mensaje inscrito en una placa de azulejo: “Según tradición aquí estuvo la casa de la Malinche y su marido, Juan Xaramillo. 1527”.

Ángeles González Gamio suele relatar —apoyada en otro mito urbano— que aquí fue apuñalada la Malinche, en este sitio para evitar que declarara en contra de Hernán Cortés en el juicio de residencia que se siguió a este a partir de 1529.

Hoy, en los sombríos corredores de la Miguel Serrano, se siente el peso del tiempo, ese frío característico de las construcciones rancias, siempre tan llenas de cosas que no han acabado de irse. Lo sé: lo que las guías de la ciudad llaman “la casa de la Malinche” es en realidad un edificio levantado doscientos cincuenta años después de que ella entregara el alma. Nunca caminó la Malinche entre estos muros. Ni siquiera existe la certeza de que haya morado aquí alguna vez: el cronista José María Marroqui registra otro posible domicilio, varias cuadras al poniente, cerca de donde estuvo el convento de la Concepción.

La tradición se empeña, sin embargo, en atar a la Malinche a este lugar, y ahora yo no puedo sino imaginar los pasos del capitán Xaramillo en el patio, la música del agua que saltó en la fuente, la forma y los colores de las flores que habrán iluminado las macetas, la vida de lo que hoy llamamos Plaza de Santo Domingo en los primeros seis o siete años de vida de la ciudad.

Todo parece fantasmal en este palacio del siglo XVIII, al que la Revolución mexicana convirtió en primaria.

En 1932, el artista michoacano Alfredo Zalce pintó en el zaguán de la escuela tres murales, que a la postre quedaron ocultos, durante varias décadas, bajo una gruesa capa de pintura. En 1997 —sesenta y cinco años después de ser pintados—, una restauración los trajo de vuelta a la luz. Algo en aquellos murales se parece a la Malinche, la indígena vilipendiada a la que se bautizó con el nombre católico de Marina y a quien su dominio de dos lenguas, el náhuatl y el maya, convirtió en la gran piedra de Rosetta de la Conquista.

Su momento culminante como “lengua y faraute”, según la llama Bernal Díaz del Castillo, ocurrió en la actual avenida Pino Suárez, el día en que Cortés y Moctezuma se vieron las caras por primera vez. Por ella pasó una de las conversaciones más relevantes de la historia humana: la del encuentro de dos mundos, el 8 de noviembre de 1519:

—¿Acaso eres tú? ¿Es que ya tú eres? ¿Es verdad que eres tú, Motecuhzoma?

—Sí, soy yo. Señor nuestro: te has fatigado, te has dado cansancio: ya a la tierra tú has llegado. Has arribado a tu ciudad: México. Aquí has venido a sentarte en tu solio, en tu trono. Oh, por tiempo breve te lo reservaron, te lo conservaron, los que ya se fueron, tus sustitutos.

Visión de los vencidos, capítulo VIII

A la caída de México-Tenochtitlan, sin embargo, la figura de la Malinche se desdibujó hasta salir por completo del territorio de la Historia.

Conquistadores y cronistas dejaron de mencionarla. Literalmente, la Malinche se hundió en la sombra.

Silencio y mezquindad fue el pago que recibió a cambio de sus servicios: Cortés se refirió a ella por su nombre una sola vez: “Marina, la que yo siempre conmigo he traído, porque allí me la habían dado con otras veinte mujeres”. Otros cronistas, Andrés de Tapia y Bernardino Vázquez, la mencionaron como “la india que llevábamos de intérprete” y no volvieron a ocuparse de ella.

Nadie tuvo el cuidado de consignar cómo era su aspecto físico. Ni siquiera hay certeza de su edad. La pintura más completa de ella, la única que queda, es la del imprescindible Bernal Díaz del Castillo, quien la describió “de buen parecer, y entremetida y desenvuelta”. De hecho, de su vida antes de la llegada de los españoles solo se sabe lo que este cronista extraordinario asentó en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España: que al morir su madre fue entregada a unos indios, que a su vez la entregaron a unos comerciantes mayas.

En marzo de 1519, un cacique de Tabasco la entregó por tercera vez y ella quedó en manos de Cortés. El padre Olmedo dirigió la ceremonia que la despojó de su nombre indígena, Malintzin. El mismo día, Cortés la entregó por cuarta vez. Marina quedó al servicio —se entiende que sexual— del capitán Alonso Hernández Portocarrero.

Portocarrero vivió con la Malinche cuatro meses. En julio de 1519, Cortés lo envió de regreso a España para que le entregara a Carlos V la primera Carta de Relación. Por intrigas del obispo de Burgos, sin embargo, Portocarrero fue encarcelado. Probablemente no volvió a ver jamás la luz del día: su rastro se esfuma luego del ingreso en la prisión.

Marina se convirtió entonces en compañera de Cortés. A su lado vivió lo que sabemos: la entrada a México-Tenochtitlan, la derrota de la Noche Triste, el largo año en que el ejército conquistador y sus aliados indígenas se prepararon para el asalto a la capital del Imperio mexica, el sitio que culminó con la caída de una ciudad “orgullosa de sí misma”, y hasta entonces invencible, en la que nadie, según reza el poema, temía “la muerte en la guerra”.

Vino luego la fatídica expedición con la que Cortés intentó conquistar las Hibueras y en la que se extravió en la selva, con todo y ejército, durante varios meses. La expedición en la que Cortés ahorcó a Cuauhtémoc en Izancanac y en la que una noche —sin que se sepa bien por qué— casó a la Malinche con su segundo, el capitán Juan Jaramillo.

Según el cronista Francisco López de Gómara, cuando esto sucedió, Jaramillo se encontraba borracho. Para entonces, la Malinche y Cortés habían tenido un hijo: el mestizo Martín, que le fue arrebatado a su madre siendo un niño.

¿Por qué decidió Cortés deshacerse de ella? Se han escrito cientos de libros y no existen respuestas. A partir de entonces, la Malinche sale de la Historia e ingresa en la leyenda. Tras su boda con el capitán Jaramillo, tiene una segunda hija, María.

La última constancia que existe de su vida, antes de que su huella se pierda para siempre, figura en un acta del Cabildo firmada el 14 de marzo de 1528.

Aquel día “le hicieron merced a Juan Xaramillo y a doña Marina su mujer de un sitio para hacer una casa de placer y huerta y tener sus ovejas en la arboleda” —la arboleda, creen los historiadores, debió ser el bosque de Chapultepec.

A principios de 1529, al abrirse el juicio de residencia contra Cortés, el testigo Juan de Burgos se refirió a ella como “ya difunta”.

La historiadora Camila Townsend ha mencionado que en los legajos de aquel juicio hay una pista mínima sobre la edad de doña Marina: un testigo declaró que los amigos de Jaramilllo solían tomarle el pelo por estar “casado con mujer maior”. A partir de este dato, Townsend asegura que la Malinche no pudo ser la india joven, casi adolescente, que el mito ha fijado en el imaginario.
 
No hay más. De ahí en adelante todo es sombra y conjetura. La Malinche pudo haber muerto en una de las epidemias que en los años posteriores a la conquista diezmaron a la población indígena. Según el historiador Juan Miralles, de haber muerto en la Ciudad de México, la habrían inhumado en el convento de San Francisco, en donde los primeros españoles fueron sepultados.

Según el croquis del convento, el cementerio estuvo en donde hoy se extiende la calle de Gante.

Tal vez los restos de la Malinche duerman olvidados en algún tramo de esa vía.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Ha publicado Roja oscuridad, La perfecta espiral, El secreto de la Noche Triste, Como nada en el mundo, El tiempo repentino y La ciudad que nos inventa, entre otros libros.

 

Fragmentos del libro: La ciudad oculta. Volumen 1, de Héctor de Mauleón, publicado en el sello editorial Planeta ©2018. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

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El 16 de abril de 1957, México amanecía con la noticia de que su ídolo mayor, Pedro Infante, había muerto trágicamente en un avionazo. Los días siguientes, multitudes desbordadas por el dolor tomaron las calles para despedir a “Pedrito”. Nunca antes, ni después, se ha visto en el país semejante turbación por la muerte de un ícono popular. Esta crónica de Héctor de Mauleón consigna la pena, la desesperación, la incredubildad, que cubrió al pueblo durante aquellas horas.

La gente sale de sus casas, abandona los trabajos. A pie, en coche, como sea, se dirige en apretada procesión hacia el aeropuerto. Es el 16 de abril del año que Gabriel García Márquez bautizó como “el más famoso del mundo”. El año en que murieron Humphrey Bogart, Gabriela Mistral y el director de orquesta Arturo Toscanini; el año en que Bill Halley y sus cometas lanzaron al mercado “Rock Around the Clock” y vendieron un millón de copias. El año en que el Sputnik fue puesto en órbita. El año en que en México todo esto dejó de importar, porque a bordo de un Cessna se mató Pedro Infante.

Era un lunes [relató un testigo, muchos años después, a Cristina Pacheco]. Tempranito yo estaba trabajando en el molino de nixtamal. Tenía prendido mi radio y por eso oí cuando a las 7:55 de la mañana un locutor de la XEW dijo: “Señoras y señores, me es muy penoso darles la noticia de que Pedro Infante, nuestro incomparable Pedrito, ha muerto”. La noticia me impresionó tanto que no supe ni qué locutor estaba hablando. Lloré, para qué voy a negarlo, y pensé: Cómo va a ser que yo no acompañe a Pedrito en el panteón si él me había hecho tan feliz con sus películas y sus canciones. Y me fui a acompañar, ya no al actor, sino al hombre que fue tan sencillo, tan generoso, tan jalador con todos los mexicanos…

A las diez de la mañana, en las salas del aeropuerto internacional, no cabe ya un alfiler. La gente se apretuja a las afueras de la terminal aérea, pisa los jardines, impide el tránsito de vehículos. El sol empieza a subir. Muchas lágrimas se ven en los ojos. Pedro ya no está. Pedro se fue. Una joven se desmaya. Otras gritan, histéricas, mientras nuevas multitudes se aproximan en camiones de redilas, viajando del mismo modo que los personajes de Nosotros los pobres.

“Es el pueblo que llenaba y seguirá llenando las salas cinematográficas para admirar a su ídolo”, reflexiona en medio del tumulto un reportero de La Prensa.

Un avión atraviesa el cielo, desciende, planea muy despacio, y al final se echa a correr hasta perderse en la inmensidad de la pista.

—¡Ya llegó! ¡Ya llegó Pedro! —se escucha.

La valla que ha formado personal de vigilancia del aeropuerto es despedazada en cosa de segundos. Relata un enviado de El Nacional:

Mientras la aeronave carreteaba hacia la plataforma central, centenares de personas lograron romper el cerco de vigilancia e invadieron las plataformas. El avión tuvo que maniobrar dificultosamente para poder llegar hasta el sitio reglamentario de estacionamiento, pero como la gente se acercó hasta el fuselaje no era posible abrir la puerta y colocar la escalerilla. A base de verdaderas cargas se consiguió retirar un poco a la gente, y hasta entonces se abrió la puerta del avión […]. Cantinflas subió a la aeronave y fue el primero en abrazar a Ángel [Infante] y hacerle presentes sus condolencias.

De la muchedumbre revuelta se van desprendiendo algunos rostros conocidos. Los actores José Elías Moreno y Miguel Manzano sostienen un extremo del féretro; en el otro avanzan, estoicos, Cantinflas y el hermano de Pedro. El descenso del cuerpo provoca una descarga emocional de la que toman parte incluso los reporteros. Se oyen llantos y gritos. La gente crea un remolino que a ratos se sale de control:

—¡Abran paso! ¡Dejen pasar a Pedro!

Ha comenzado la lentísima marcha que, bajo un sol inclemente, habrá de culminar en las oficinas de la Asociación Nacional de Actores. Las libretas de los periodistas consignan frases extrañas: “Diosito se lo llevó para que le cantara en el cielo”. Todos quieren acercarse. Tocar el ataúd. El trayecto por la ciudad que arde bajo el sol se vuelve extenuante.

En la ANDA, entre millares de flores y tarjetas de condolencias, aguarda —vestida de luto— la plana mayor de la época de oro del cine mexicano. Cuando el féretro es depositado en la sala Jorge Negrete, la madre del ídolo empieza a gritar:

—¡Me dejaste sola, Pedro! ¡Me dejaste sola!

La frase desata otra ola de histeria. La actriz Irma Dorantes declara a la prensa: “Pedro se mató por venir a verme”. Los fotógrafos disparan. Sus cámaras antologan un extenso rosario de “congojas faciales”: la viejita que se enjuga el llanto con un rebozo, el hombre en mangas de camisa que parece reclamar al cielo, la niña que, vestida humildemente, hace guardia junto al féretro. No se echa en falta a un solo miembro del star system: Víctor Parra palidece, Fernando Soler llora, Silvia Derbez subraya la presencia del dolor en el acto de esconderse detrás de unas gafas negras. Luis Aguilar, Andrés Soler, Jorge Martínez de Hoyos, Alejandro Chianguerotti, Lilia Prado, María Conesa, Esperanza Iris y la Chula Prieto, lucen estoicos, tristes, devastados. Sara García, Dolores del Río y Emma Roldán, lloran en serio.

Pero es solo el principio. A la mañana siguiente, los dolientes suman decenas de miles y la multitud concentrada a las puertas de la ANDA impide cualquier movimiento. Es preciso que ciento ochenta granaderos impongan un muro humano “para llevarse a Pedro al panteón”. Será necesario que ciento treinta motociclistas de la Dirección de Tránsito escolten el cuerpo y le abran paso por Altamirano. Cerca de doscientos agentes del Servicio Secreto rodean la carroza para impedir que la masa vuelva a compactarse. Sesenta patrullas van cerrando calles al paso del cortejo. Más de dos mil automóviles cargados de ofrendas florales recorren el larguísimo trayecto.

—¡No te vayas, Pedro!

El cadáver despedazado de Infante recorrerá Manuel María Contreras, Paseo de la Reforma, calzada Tacubaya y avenida Revolución. Seguirá luego por Mixcoac y ascenderá la cuesta escarpada del Desierto de los Leones, hacia el Panteón Jardín.

Afirma Carlos Monsiváis que el acuerdo es unánime. Cada metro está tomado por una multitud que se disuelve en otra. “El Pueblo llora, se despide melodramáticamente, intercambia anécdotas, vuelve a entonar ‘Amorcito corazón’”. Ciento cincuenta o doscientos mil dolientes conforman la valla. El ímpetu de la muchedumbre, prosigue Monsiváis, vuelve el Panteón Jardín “la capilla ardiente de la parentela nacional”.

Ni siquiera el amado Nervo, cuyos funerales paralizaron la ciudad, pudo concitar de ese modo la democratización del llanto.

En las rejas del Panteón, todo vuelve a repetirse: la valla de motociclistas extendiéndose por calles interiores hasta la fosa oscura, el “contingente nunca antes registrado en México” que rompe a empujones el cerco policiaco y pisotea las tumbas, los gritos, los apretujamientos (doscientos lesionados), “el adiós desesperado del pueblo de México que ayer despidió llorando los despojos de su ídolo”. La descarga emocional alcanza un nivel insólito cuando Javier Solís, Julio Aldama, Emilio Gálvez y Guadalupe La Chinaca interpretan “Mi cariñito”, “Amorcito corazón”, “Rayando el sol”, “Despacito” y “Las golondrinas”.

“Todo era puro dolor —continúa el informante de Cristina Pacheco—. Me subí a un árbol y desde allí lo vi todo: harto sol y mucha tristeza”.

Hay un acuerdo que expresa que aquel 16 de abril sucedió el ascenso del mito. No se volverá a vivir a lo largo del siglo una hora semejante. Nadie olvidará aquel año en el que México perdió, de golpe, a cada uno de sus ídolos.1

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de El tiempo repentino, La ciudad que nos inventa y La perfecta espiral, entre otros libros.
Este texto pertenece al libro El derrumbe de los ídolos. Crónicas de la Ciudad (Cal y arena, 2010).


1 Nota editorial: Esta crónica forma parte de un tríptico que incluye la caída del Ángel de la Independencia durante el el terremoto de 1957, así como la derrota de Raúl El Ratón Macías frente al argelino Alphonse Halimi, combate que sentenció la carrera del púgil mexicano. Ambos hechos, junto con la muerte de Pedro Infante, marcaron con un aire trágico el ánimo pupular de aquel año.

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