Los tiempos modernos nos han vuelto explotadores de nosotros mismos al punto en que sentimos nostalgia por un antiguo espacio de paz y hasta de meditación: la sala de espera del banco. ¿Quién lo hubiera imaginado?

Uno de mis héroes, Terry Eagleton, alguna vez escribió sobre la nostalgia por la época en que para reservar una habitación de hotel bastaba con hacer una llamada telefónica y anotar un nombre en una libreta. Las computadoras vinieron a entorpecerlo todo: se ha ralentizado el tiempo y ahora uno debe fingir el asco a la llamada telefónica, encender la máquina, conectarse a Internet, buscar fechas, reservar habitaciones, introducir datos, hacer las cuentas y transacciones, etcétera, etcétera y etcétera. ¿Más fácil y más rápido? Sólo para quienes son dueños de los servicios, quienes ya no se encargan de nada.

Entiendo esa nostalgia, especialmente cuando, en carne viva, me he enfrentado a la banca electrónica. Es un negocio redondo: las operaciones (y los errores) ya no están en manos de ejecutivos de cuenta, sino en la de los cuentahabientes. Hoy la banca finge ser inmaterial, pero exige tener, para empezar, un teléfono inteligente en las manos. Y uno especial, con requerimientos específicos. Hace poco para poder instalar la aplicación de mi banco, tuve que, absurdamente, comprar un teléfono nuevo. ¡Endeudarme aún más para que yo, y no el banco, administre mi dinero! Claro, a la mera hora la aplicación no funcionó. Fue más fácil cambiar de banco.

Pero más sencillo aún ha sido no usar la “banca electrónica”, que he aprendido a detestar: sólo me genera angustia e incertidumbre. Me hace revisar una y otra vez estados de cuenta, en un continuo refrescar de páginas que me ponen de los nervios. ¿No me expone eso a piratas informáticos? Seguramente. Escrito así, hablar de piratas informáticos y bancas electrónicas, me hace recordar los escenarios fantasmales de altamar de W.H. Hodgson, llenos de buques volantes y espectros marinos: peligros inciertos e inasibles pero, al parecer, reales.

Ilustraciones: Víctor Solís

Los bancos aseguran que mis datos están seguros, que ya no hace falta ir la sucursal para hacer mis operaciones, pero no cuentan con que 1) sólo me toma cruzar la calle y 2) me gusta. Lo confieso. ¡Me gusta ir al banco! ¡Es una de mis actividades favoritas! Esto, obvio, se debe a que no tengo muchas actividades en mi vida —ir al súper, ir a la librería donde trabajo, ir a ver amigos o familiares. Siempre agradezco cualquier actividad que me obligue a salir de casa con un propósito claro. Pero veo que debo cuidarme, en una de esas empiezo a ir al gimnasio.

Estar en el banco implica tiempo. Pero es un tiempo que se desarrolla entre paréntesis, como el tiempo que se gasta dentro de un avión o en algunos trayectos del metro (cuando conseguimos asiento). Quiero decir: es un tiempo que no parece que estemos perdiendo, como cuando leemos una novela de Vargas Llosa o vemos un programa de concursos. Es, en cambio, un tiempo que invertimos y que, encima, es edificante. A diferencia de la sala de espera del consultorio (que tiene lo suyo), en la sala de espera del banco no hay angustia (casi nunca). Como está prohibido usar el teléfono en el banco, uno puede concentrarse, por ejemplo, en su lectura, ¡e incluso en sus pensamientos! Yo no voy a templos, pero me imagino que la experiencia es similar. Está un dios —el dinero—, sus sacerdotes —los ejecutivos de cuentas—, sus ritos y sacramentos —las fichas y PINs que debemos cuidar— y sobre todo, está ese tiempo de introspección obligada. Consideración aparte es qué grotesco altar es éste, que mide personas por el peso de la moneda.

Qué grandes ideas he acariciado mientras espero para depositar quinientos pesos en mi cuenta. He redactado artículos de opinión enteros mientras espero mi turno para pagar el gas. ¡Este mismo texto se me ocurrió un día en que fui a sacar dinero!

Yo ya no tengo dudas de que los bancos (por decir algo, pero también el fisco) insisten en su campaña pro-digitalización de servicios porque quieren migrar todo el trabajo hacia los usuarios. Hay quienes disfrutan por pagar para cocinar en un restaurante —como ocurre con el shabu-shabu, que es muy sabroso—, pero esto ya es una exageración, ¿no es cierto? ¿Qué sentido tiene pagar cuotas anuales si encima uno debe cuidar las transacciones? ¿Para qué existen los bancos si ya existen los ladrones?

No seré yo quien resuelva estas dudas, pero al menos puedo decir que si no comparten esta idea mía de ir a encontrar en la sala de espera del banco un lugar ideal para reflexionar y poner al mundo en pausa, al menos vayan para hacerlos trabajar un poco. Que los banqueros vean algunos rostros humanos, que escuchen algunas palabras en español, que huelan algunos sobacos ajenos. Tal vez así logremos, al menos, recordarles que siguen vivos.

 

Guillermo Núñez
Escritor, filósofo y librero en La Murciélaga. Es parte de la mesa de redacción de La Tempestad.

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En tiempos en que reinan la imagen y la red social, al escritor ya no le exigimos que escriba, sino que hable y hable. Vaya desgracia.

Como pasa cada tanto, alguien va y me invita y me pide que hable de un libro o que discuta alguna idea; cosa que me obliga, a veces, a leer libros y luego a pensar en algo que pueda decir en público sin avergonzarme. Se me ocurrió, sentado allí, a punto de hablar ante el público, que igual y nos iría mejor con escritores mudos. Cuando la memoria del mundo se le ha confiado a Google, y cuando la imagen y no la palabra ocupa el centro de la cultura, hablar mal de los escritores es como patear a los caídos. Pero igual debe decirse algo sobre cómo el escritor se comporta en público, me temo.

Ilustración: Kathia Recio

En realidad, que los escritores escriban cada vez menos y hablen cada vez más es un síntoma de la época. Parecía sólo un capítulo más en el prolongado coqueteo entre los escritores y las artes escénicas, pero en realidad ¡es una auténtica crisis! Del escritor ya no se espera que escriba literatura, o que solamente haga eso: también se le pide que opine en columnas, que administre una cuenta de Instagram, otra de Twitter, y un muro de Facebook. ¿TikTok? Venga. Si pudiera ser guapo y aparecer en la televisión, genial. Si no es guapo, pues en la radio. Y si no habla bien, algo (cualquier cosa) se le podrá exprimir durante los dos minutos que dure su video en YouTube, ¿no es cierto? Algún gesto, alguna broma, se le rellena con animación, qué más da. Con tanto trabajo para el escritor (aunque mal remunerado) lo que sale sobrando es escribir literatura.

Y da igual: ya nadie lee literatura. En nuestro ecosistema cultural se consume diseño, se asiste a inauguraciones de exposiciones, se opina sobre libros a partir de comunicados de prensa, sobre series de televisión, sobre películas, a veces se repiten opiniones sobre política; pero lo que se dice leer literatura, pues ya no tanto. Además ya se escribió mucha, igual y no hace falta nueva literatura. Lo que sí hace falta es con qué entretener a la gente, y como los comediantes cobran, igual que los conferencistas (¿no es lo mismo?), pues ahí están los escritores. ¿Qué diferencia hay entre un comediante y un escritor? Que unos cobran y hacen reír, y los otros no cobran, pero lo hacen de buena gana, ¡riendo! ¿Pero por qué se alegran los escritores? ¿Por hablar en público? Pues sí, por haber sido tomados en cuenta. Supongo que aquí opera la misma confusión que hace que el público esté más dispuesto a escuchar que a leer a un escritor: se toma por sentado que la palabra literaria y la palabra que comunica (con la que se dicen cosas en público) es la misma. Puesto en la lengua prístina de nuestra época: sale más barato (en tiempo y en dinero) escuchar a un escritor (en la radio, en un centro cultural, en una “cápsula”) que leerlo.

Tanto hablamos hoy los escritores que hemos empezado a escribir como hablamos. Y la gente, aceptémoslo, en general no habla con estilo. Es un trecho muy corto el que recorre la ocurrencia del hemisferio izquierdo a la bocota. Lo noto ahora mismo, al escribir estas líneas: las suelto como si fueran opiniones. Casi que ni estoy cuidando estas oraciones. ¿Pero qué podría cuidarse? ¿El estilo? ¿Existe aún? ¿La mítica frase redonda? ¿No es ese el terreno de Juan Villoro? ¿La ortografía? Bueno, puede ser. ¿Las ideas? Ah, ya nos adentramos al pantanoso terreno de la metafísica y el pensamiento complejo, que comúnmente brillan por su ausencia durante las intervenciones radiales, televisivas, etcétera. A menos, tal vez, de que hablemos de la vida pública académica, que creo que existe. Pero si se celebran coloquios y simposios, si académicos ilustres se reúnen en un salón y alguien del público los escucha, ¿existen? Es un misterio.

Nuestra atención está en otro lado, en las fuerzas del mercado —independiente o trasnacional—, que obligan al coctel, a la charla con cervecita (“pero bueno, ya hablamos mucho, mejor hay que platicar más en corto con una chelita”) y a la entrevista improvisada. ¿Oradores? ¿Un Quintiliano entre nosotros? Imposible detectarlo entre el pajar de comunicadores. ¿Para qué moverle a la fórmula si funciona? Una anécdota, una opinión sacada de la manga, la fotito para el Twitter, y vámonos, a cobrar el capital simbólico.

Aquí se asoma la queja auténtica: al escritor no se le ve como el trabajador que es. Sería preferible mantenerlo así, como un artista del hambre. Lo malo con los escritores, en suma, es que tienen cuerpos, y esos cuerpos exigen sustento. ¡A nuestra época le iría mejor no un escritor mudo sino uno sin tracto digestivo! Pero ah, el artista, ese eterno disidente, se presenta y nos recuerda: también yo, escritor, tengo que cobrar por mi trabajo (aunque lo que produzca, objeto casi inmaterial, salga de mí como la seda sale del gusano). ¿Y entonces? Pues aquí tenemos que si el escritor habla en público no es porque quiere, sino porque lleva esa doble vida diagnosticada por André Schiffrin en La edición sin editores: el escritor encima es profesor o crítico o periodista cultural y, por lo tanto, debe, además de escribir, opinar, compartir su columna, participar en ferias, dar clases, dar talleres, y abrir la boca.

 

Guillermo Núñez Jáuregui
Escritor, filósofo y librero en La Murciélaga. Es parte de la mesa de redacción de La Tempestad.

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Las cafeterías, paraísos del ocio y hasta de la ensoñación moderna, se han convertido en espantosas oficinas donde los productivos no quieren perder su tiempo. Un espacio para misántropos que quieren que los dejen en paz, pero acompañados. Como siempre, esto nos hace felices, felices, felices.

Ir al café ya no es lo que era. Antes uno salía de la oficina y podía ir a un café y fantasear con la época y las geografías en las que ir al café lo convertía a uno en un partícipe activo de la cultura, pero no como un administrador ni un mero consumidor, sino como alguien que disfruta de pequeños placeres: alguien ocioso. Entonces, y no fue hace tanto, uno podía ir al café, pedirse un café, platicar rápida e inteligentemente antes de abrir el periódico para desaparecer en las páginas ¡de la sección de cultura! ¡Como lo hacían los austriacos del siglo pasado! Pero ya no más. Ahora uno va al café y el panorama alcanza apenas para imaginarse o desear un descanso del trabajo. Porque ya ni eso hay: ni hay secciones de cultura en los periódicos y ni los cafés son cafés; esto todo mundo lo sabe, ahora son expendios de psicotónicos legales donde no se descansa de la oficina sino que se sigue trabajando. Están las oficinas disfrazadas de parques de recreo, por un lado, y las oficinas disfrazadas de cafeterías, por otro. Y en algún lugar entre esos dos puntos de actividad acelerada, hay una habitación con una cama donde uno puede ir a dormir mal. “Bienvenido”, citaba Lawrence Fishburne en su papel de Morfeo, “al desierto de lo real”.

Los cafés que más me conmueven, en este sentido, son los que aún se atreven a decorar sus espacios con sillas Thonet (un diseño de 1859) y mesas de mármol. Es un guiño ya medio ridículo hacia una época que está completamente extinta. ¿Y qué época es ésa? Cuando la gente hablaba en los cafés sin la necesidad de mirar las pantallas de sus teléfonos inteligentes. En esa época Eduard Pötzl escribió “Junto a la ventana del café” (1906). Más acorde a nuestros tiempos son los cafés que ya de plano meten unas mesas largas para que la gente las comparta (que es un decir, porque nadie pela a nadie que no esté conectado en línea), bajan las luces hasta hacer del entorno un lugar “cálido” (una forma de darle protagonismo a la luz de los monitores) y dan una tacita de wifi con la taza de cafeína que se pagó.

Ilustración: Raquel Moreno

La gente productiva —es decir, explotada y cansada— se ha apoderado de los cafés. Uno lo entendía de los estudiantes, que al menos tenían la decencia de llevar un libro y un cuaderno de apuntes. ¡Se estaban preparando y necesitaban aprovechar el tiempo! Pero, ¿qué es esto? ¿Por qué ahora se celebran, incluso, teleconferencias y juntas de trabajo en un Starbucks? ¿Cuántos negocios se han malogrado junto a una tacita de Illy? Todo esto se presta a confusiones. Si uno lee la “Teoría del Café Central” de Alfred Polgar, creerá que no han cambiado mucho las cosas —en cuanto a cafeterías se refiere— desde 1926:

El Café Central está ubicado bajo el grado de latitud vienés, en el meridiano de la soledad. Sus habitantes son, en la mayoría de los casos, personas cuya misantropía es tan intensa como su anhelo por relacionarse con los demás; personas que quieren estar solas pero que para ello necesitan compañía.

Francamente, esta descripción bien podría ayudar a definir al tipo de trabajadores del cognitariado que hoy se reúnen en los Tierra Garat: también son misántropos que sólo quieren que los dejen en paz, rodeados de gente. Pero si uno se fija en esas cabezas conectadas a audífonos, se dará cuenta de que quieren que los dejen en paz para trabajar. Es gente que no está tranquila (trabajando) en casa ni (trabajando) en la oficina. Así que para “distraerse” se va a un café (a llenar el Excel). Ya más adelante en su artículo (que pueden encontrar en la antología La eternidad de un día, Acantilado, 2016) Polgar señala que el café es “un asilo para aquellos que necesitan matar el tiempo y evitar que el tiempo les mate a ellos”. Si en el Café Central se encontraba una organización de desorganizados, hoy en cualquier café con conexión a Internet se encuentra gente híper-organizada, a quienes el tiempo ya ha matado.

Parece que ya nadie pierde el tiempo. Se cree que cuando uno visita el café Blom está perdiendo el tiempo, pero sólo está trabajando en su imagen de Instagram. Y ya sé, volver a insistir en estas ideas masticadas por Bifo, Byung Chul-Han y otros filósofos de los cubículos y los trabajos de mierda, es un poco cansado: más que ideas son bolo alimenticio. Pero no creo que la opción sea claudicar y negar la desagradable impresión que causa que alguien se siente en un lugar destinado a perder el tiempo para, en lugar de eso, ponerse a trabajar. Es como ver a un cocinero comiendo. O a gente dándose abrazos no de consuelo sino de alegría en una funeraria. Si nos distraemos, pronto la gente trabajará también en la cantina, durante las vacaciones, y otros lugares donde “la ausencia de fines justifica la estancia”, y ahí sí ya no sabría qué pensar.

 

Guillermo Núñez Jaúregui
Escritor, filósofo y librero en La Murciélaga. Es parte de la mesa de redacción de La Tempestad.

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