Aunque olvidado por la primeras planas, el terrible fenómeno de los feminicidios en Ciudad Juárez está lejos de haber terminado. ¿Desde cuándo se comenzó a secuestrar, torturar, violar y asesinar mujeres en esa localidad? Probablemente nadie lo sepa. Acaso los asesinos. Lo cierto es que, como aborda con lúcidez este ensayo, el exterminio de la mujer en Ciudad Juárez ha dejado de corresponder a un tipo de dominación sexual para presentarse como un tipo de dominación cultural, ontológica, invisible.

Ilustración: Estelí Meza


Al principio, la imagen fue elocuente: me encontraba descalzo en el desierto bajo una brisa callada que, supongo, mi mente conectó inmediatamente con esa quietud desértica. Creí sentir un golpeteo en mis sienes —una recurrencia obvia de partículas arenosas— que al día siguiente relacioné con el tamborileo constante que uno de mis profesores de la primaria hacía cuando esperaba algo de nosotros. Entendí, dentro del sueño, que soñaba. Eso no impidió, por supuesto, que me sustrajera a sus escondites ni descubrimientos. Avanzaba por la arena. Mi mirada se concentró en mis pies. Había pedregales y guijarros que no sentía pero que me asombraron. De pronto —los sueños parecen presentarse en episodios— una congregación de policías o agentes de seguridad rodearon al cadáver. Llevaban batas de médico. Desde donde podía ver, el cuerpo estaba partido por la mitad. Era una mujer. Una de sus piernas, doblada en una posición que ahora recuerdo con extrañeza, presentaba excoriaciones diversas, probablemente frutos de golpes o heridas hechas con algún objeto puntiagudo o macizo. El murmullo que escuchaba a mi alrededor me pareció coherente con lo que veía. Al lado de la mujer o un poco a su izquierda pude ver el inicio de un cactus. Creo que con el rabillo del ojo alcancé a distinguir el color ceniza de una carretera. Al día siguiente la imagen me pareció un cliché. Encontré esta suposición totalmente frívola: entendí el asesinato como un asunto más que le concierne al mundo pero que no lo modifica lo suficiente. Seguramente, el sueño me llegó resultado de la regularidad visual con la que —en el transcurso de mi investigación en torno a los feminicidios de Ciudad Juárez— llegué a ver a mujeres desmembradas, mutiladas, asfixiadas y descubiertas como una intermitencia de tortura sexual en un oasis árido de vigilancia criminal.

Desde que comencé a intentar darle una respuesta a una pregunta tan corta como compleja —por qué los hombres matan mujeres— he soñado continuamente con la muerte, la cual se presenta, en ocasiones, en forma de analogía, como la mordida de un perro, o bastante explícitas, como la escena recién descrita. La imagen de la mujer partida a la mitad que vi en mi sueño la encontré recientemente en la autobiografía del escritor norteamericano James Ellroy, Mis rincones oscuros:

Elizabeth Short estaba cortada en dos por la cintura. El asesino había frotado y limpiado el cuerpo, y arrojó su cadáver desnudo a escasos centímetros de una acera de la ciudad, totalmente despatarrada. La torturó durante días. La golpeó y la cubrió de cortes con un cuchillo afilado. Apagó cigarrillos en sus pechos y le rajó las mejillas desde las comisuras de la boca hasta las orejas.

Conjeturé que la imagen de La Dalía Negra formaba dentro de mí una especie de sustancia viscosa de la cual no me había librado del todo, ya sea por la impresión del cuerpo mutilado o las circularidades con la que la muerte a todos se nos presenta. A Elizabeth Short —más tarde apodada La Dalía Negra por un reportero—, se le recuerda por el salvajismo que cayó sobre su cuerpo. Murió en Los Ángeles en 1947. Su asesino nunca fue encontrado. Las imágenes que circulan por internet hablan por sí mismas: antaño una mujer bella, la imagen de su cadáver mutilado persiste, serena, como un reclamo explícito de justicia. Golpeada, torturada, vejada, La Dalía Negra es, para mí, una especie de puerta secreta que hay que abrir sin esperar respuesta alguna. El cadáver como mensaje: su asesino exhibe un poder que deviene sadismo que deviene mera destrucción. Lo femenino obliterado. Elizabeth Short y sus ansias de Hollywood extintas. Recordada por su cuerpo, no por su actuación.

La imagen del desierto y de los cuerpos dejados en lotes baldíos es una de las más paradigmáticas a la hora de pensar en la serie de asesinatos que han ocurrido en Ciudad Juárez desde 1993. Esta fecha es una mentira. Todos lo sabemos: tanto Roberto Bolaño como la criminóloga Candince Skrapec han dejado escapar, tímidamente, la posibilidad secreta de una larga cadena de impunidad y tortura que no empezó a principios de los noventa, sino mucho antes: “En términos de lo que creo que ha estado sucediendo desde y, enfatizo, antes de 1993, porque sí que analizamos todos los partes policiales para 1992, mi impresión es que nada cambió en 1993 aparte de que los medios de comunicación se dieron cuenta que estos homicidios estaban ocurriendo”. ¿Desde cuándo se comenzó a secuestrar, torturar, violar y asesinar mujeres en Ciudad Juárez? Probablemente nadie lo sepa. Acaso los asesinos: masculinidades tóxicas que han encontrado en Ciudad Juárez toda una red gubernamental, espacial y cultural que les permite extender el homicidio serializado como una forma de subjetividad necroempoderada. Es decir, estos sujetos parecen reaccionar en contra de lo femenino como una manera de entenderse a sí mismos y de construir una subjetividad parchada con retazos de una muerte sexualizada y de un poder que penetra el cuerpo femenino con diversas tecnologías de exterminio. Y es que si vivimos en lo que Beatriz Preciado ha denominado un capitalismo farmacopornográfico, en donde “las verdaderas materias primas del proceso productivo actual son la excitación, la erección, la eyaculación, el placer y el sentimiento de autocomplacencia y de control omnipotente”, entonces estas masculinidades de la muerte encuentran en la tortura ese control omnipotente que, sobre otros cuerpos, cae con circularidad impune.

Así, estas masculinidades violentas encuentran en la muerte un registro soberano que recae sobre un cuerpo específico que desmiembran porque pueden. Ciudad Juárez: baronía de reyes anónimos que destrozan cuerpos para obtener un poder concreto que utilizan como mensaje. La muerte se transforma en una expresión de resistencia, en donde estas masculinidades de la muerte ansían un reconocimiento omnipresente de criminalidad desbordada. Penetran en el crimen como una forma de empoderarse fracturando el espacio legal, social y familiar. La serie de crímenes en contra de la mujer invoca depósitos de maldad en donde la búsqueda del placer sexual ha resultado una interpretación exigua para explicarlos. Rita Segato, antropóloga argentina, ha dicho que la interpretación de “crímenes sexuales” es insuficiente, por ello adelanta otra definición:

El poder soberano no se afirma si no es capaz de sembrar terror. Se dirige con esto a los otros hombres de la comarca, a los tutores o responsables de la víctima en su círculo doméstico y a quienes son responsables del Estado; les habla a los hombres de las otras fratrías amigas y enemigas para demostrar los recursos de todo tipo con que cuenta y la vitalidad de su red de sustentación…

Es decir: el exterminio de la mujer en Ciudad Juárez ha dejado de corresponder a un tipo de dominación sexual para presentarse como un tipo de dominación cultural, ontológica e invisible, excepto para aquellos que codifican los significados de la tortura —un pezón arrancado, mordidas, marcas específicas en algún lugar del cuerpo— como un mensaje perfectamente traducible. El hoyo negro de la impunidad en Ciudad Juárez también responde, desde mi punto de vista, a la forma en que los asesinatos parecen ocurrir y a las formas en que se procesan: a veces los secuestros ocurren a plena luz del día; a veces en ciertos negocios; casi siempre el mismo fenotipo de mujer.

Las recurrencias de la muerte en Ciudad Juárez provienen de grupos de hombres que, sí, fraternizan entre ellos para acceder a una suerte de colectividad criminal asesinado a la mujer, aunque también porque la colectivización criminal se ha anonimizado. Este último grado criminal es lo que llamo criminotopía, la cual ocurre cuando ciertas geometrías estatales adquieren tal grado de impunidad y terror que la ley ya no le sirve a las corporaciones de seguridad estatal, sino a los criminales, pues su funcionalidad se invierte al grado de corromperse: la existencia de la ley en un estado criminotópico simplemente sirve de fachada y extermina la agencia política de la ciudadanía, pues formalmente la policía ya se encuentra obligada a investigar el crimen. Esto no sucede. Puede ser que a la policía no le interese investigar porque el machismo se ha institucionalizado, porque la víctima no posee redes familiares inmediatas que presionen al Estado, porque el cuerpo es encontrado mucho tiempo después, etcétera. Roberto Bolaño, en La parte de los crímenes en su novela 2,666 —una especie de texto policiaco sin detectives o con detectives que ven cómo el crimen se transforma en paradigma— nos ha mostrado la inutilidad legal de la investigación. Bolaño se encarga de repetir las señas de los cadáveres como la única forma de justicia. Una especie de testimonio vuelto ficción, Bolaño describe a las asesinadas y lleva al lector a preguntarse si las correspondencias entre realidad y ficción quiebran los extremos de la novela al grado de convertirla en reportaje.    

Una segunda aproximación a la criminotopía como paradigma criminal es la presencia de sujetos o colectivos anónimos que se mueven con maleabilidad, espacialmente flexibles, ya que utilizan el movimiento migratorio y demográfico para matar y moverse sin ser detectados. La criminotopía crea redes de fraternidad entre subjetividades que Sayak Valencia, investigadora mexicana, ha llamado en su excelente libro Capitalismo Gore, sujetos endriagos, es decir, un “conjunto de individuos que circunscriben una subjetividad capitalística, pasada por el filtro de las condiciones económicas globalmente precarizadas, junto a un agenciamiento subjetivo desde prácticas ultraviolentas que incorporan de forma limítrofe y autoreferencial.” Desde un primer punto de vista, el sujeto endriago se afirma en la muerte como punto nodal de creación de subjetividad. Es desde el poder que le otorga el secuestro, la tortura y el asesinato que el sujeto endriago encuentra su lugar en el mundo. La criminotopía no es un asunto individual, sino colectivo. Prima sobre la muerte eso que Jean Franco ha descrito:

Aunque las drogas y el alcohol ayudan a eliminar tabús del asesinato y la tortura, la presentación de la fantasía colectiva por parte del grupo también juega un rol importante. La violación de mujeres durante las guerras civiles peruanas y guatemaltecas y los asesinatos de trabajadoras en Ciudad Juárez son (…) no actos individuales sino corporativos. Este importante punto de vista dramatiza una fantasía masculina compartida de poder y de sujeción femenina.

En el desierto, paradigma criminal en donde nada es visto, la mirada del endriago prima sobre un conjunto de espacialidades que lo aprisionan y desde contra las cuales reacciona: el capitalismo, la globalización, la expulsión, el trabajo precarizado, lo femenino, la ley. La migración hacia Estados Unidos ancla la especificidad de Ciudad Juárez como un lugar de paso, en donde a veces es difícil saber quién cruza, quién viene, quién camina, quién acecha. El carácter anónimo de la muerte es la muestra última de poder: cadáveres de mujeres en estado de descomposición que permanecerán para siempre sin nombre.

El poder criminotópico de estos asesinatos va más allá de la mera expresión simbólica de la tortura como poder. Se trata de toda una infraestructura alimentada por paradigmas culturales, económicos, históricos y sexuales que culminan en el homicidio como negocio. Transformarse en sujeto endriago, pues, tiene que ver con la manera en que se concibe la tortura y el asesinato: como un capitalismo necrofálico en donde las corporaciones criminales corrompen el deseo sexual para ajustarlo a sus propios patrones de subjetividad. Vistas como desechos de la producción capitalista, los cuerpos de estas mujeres recuerdan el presente racista; la idealización fálica de poder; lo femenino como basura que se desecha en lotes, lugares públicos, colonias marginadas, campos de algodón.     

Un tercer aspecto de la criminotopía es su carácter horrorista cíclico. Como nos recuerda Adriana Cavarero:

El horrorismo, aunque con frecuencia tenga que ver con la muerte o, si se quiere, con el asesinato de las víctimas inermes, se caracteriza por una forma particular de violencia que traspasa la muerte misma. Esto se evidencia teatralmente en la escena infinita de la tortura, cuyo étimo remite al latín torquere: torcer, retorcer el cuerpo.

El horrorismo necesariamente tiene que imbricarse con la criminotopía para generar mapas de exterminio diverso en donde el cuerpo, última referencia vital en la Tierra, se convierta en pedazo y desecho. Opera en la criminotopía, pues, toda una red invisible de significados que el investigador tiene que de construir. La experiencia de la muerte de esas mujeres entra a un plano vital indecible, pues esa temporalidad entre vida y muerte, los últimos segundos de las asesinadas, crean una zona liminal en donde el lenguaje es imposible que penetre. La criminotopía le roba a la víctima ese último momento y lo aniquila. Al analizar un pasaje de 2,666 de Roberto Bolaño en donde el escritor describe el cadáver anónimo de una niña, Jean Franco dice: “El cuerpo no tiene nombre, ni hogar, ni nacionalidad. No hay nada que marque el pasaje de esta mujer por el mundo. Lo que Bolaño ha registrado es el fin del humano como tal y la ferocidad de la misoginia que lo asegura”.

La criminotopía es la representación más extrema de la institución de la heterosexualidad convertida en salvajismo a través de mentalidades capitalistas que traducen el cuerpo de la mujer en mercancía. Y es que si la heterosexualidad y sus formas de dominación masculina —“matrimonio, maternidad, dependencia económica de la mujer por el hombre”, según Ann Ferguson— son intersectadas por discursos que convierten a la mujer en cuerpo vulnerable dentro de una geometría específica, entonces la evolución de la institución heterosexual puede optar por un exterminio permanente y, sobre todo, simbólico. El sujeto endriago, como yo lo entiendo, requiere destruir lo femenino para anclarse como amo (re)productor de su propio poder. Rita Segato lo expresa así:

Los misteriosos crímenes perpetrados contra las mujeres de Ciudad Juárez indican que la descentralización, en un contexto de desestatización y de neoliberalismo, no puede sino instalar un totalitarismo de provincia, en una conjunción regresiva entre posmodernidad y feudalismo, donde el cuerpo femenino es anexado al dominio territorial.

Así, el sujeto endriago forma su sexo esqueleto a partir de la asfixia, la violación y la tortura. Si a esto le sumamos el espacio criminotópico en el que se desenvuelve, vemos cómo la producción de subjetividades necroempoderadas encuentra en Ciudad Juárez —y también ya en otras latitudes nacionales— un campo fértil de siembra. Las zonas criminotópicas varían de lugar en lugar. Algunas pueden adquirir un carácter oficial, como los conflictos armados en Nicaragua y El Salvador, en donde las corporaciones del Estado —ayudadas por Estados Unidos— celebraron la sangre como una forma de exterminio anticomunista. La muerte se transforma en ideal, se vuelve anónima pues se mata por sospecha, por estar en un lugar determinado, por pertenecer a alguna clase social. Se vuelve corporación, se transforma en fantasía, ideal y paradigma. La criminotopía posee un carácter erótico en donde muerte y salvajismo convocan una nueva forma de poder: las manos que se cierran sobre el cuello por puro placer, la mujer como sacrificio territorial, la tortura sexual como vehículo perfecto para empoderarse desde el dolor.  

Hace algunas noches volví a soñar con la muerte. Creo que quería susurrarme algo al oído por la serie de partículas arenosas que me golpearon con insistencia. Estaba otra vez en un desierto. No había ningún cadáver. Me encontré de frente en ese espacio roto, amplísimo y descuidado. Conforme caminaba pude sentir las imperfecciones del desierto, su carácter anónimo y espectral. No había nada o muy poco. Llegué a las faldas de un cerro. Me corté la planta del pie con algo puntiagudo. Era un machete. Me imagino que uno nunca se acostumbra a soñar con la muerte. A espaldas de la noche, los terrores que nos acechan modelan figuras del horror contemporáneo que no hemos logrado descifrar.

 

Guillermo Fajardo
Doctorando en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Minnesota-Twin Cities. Autor de Los discursos presidenciales (Editorial de Otro Tipo, 2017).

Referencias

1) Cavarero, Adriana. Horrorismo: nombrando la violencia contemporánea, UAM, 2009.
2) Ellroy, James. Mis rincones oscuros, Literatura Random House, 2018.
3) Ferguson, Ann. “Patriarchy, Sexual Identity, and the Sexual Revolution”. Signs, Vol 7, No.1, autumn, 1981, pp. 158-172.
4) Franco, Jean. Cruel Modernity. Duke University Press, 2013.
5) Preciado, Beatriz. Testo Yonqui. Espasa Calpe, 2008.
6) Segato, Rita. La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez: territorio, soberanía y crímenes de segundo estado, Tinta Limón Ediciones, 2013.
7) Skrapec, Candice. “The Morgue Was Really from the Dark Ages”: Insights from a Forensic Psychologist. Edited by Gaspar de Alba, Alicia, and Georgina Guzmán, 2010. Making a Killing: Femicide, Free Trade, and La Frontera, University of Texas Press.
8) Valencia, Sayak. Capitalismo Gore. Ediciones Culturales Paidós, 2016.

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“Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama”.

Discurso de Marcela, P. I. Cap. XIV. Don Quijote de la Mancha.

I

Puede el crítico estar seguro de encontrarse ante una obra maestra cuando pisa cauteloso incluso las más sólidas convenciones acerca de sus postulados. Enemistarse con la capilla más ferviente de lectores de un texto es la congoja más común de los neófitos. Don Quijote de la Mancha representa esta clase de pesadilla. Una joya superior de pura literatura y de literatura pura que, a pesar de estas fobias y a pesar de los años, nos sigue dando el poder de imaginarla diferente.

En la época en que Don Quijote cabalgaba en la imaginación de los lectores, existía también toda una corriente, ingenua, en el mejor de los casos y misógina, en el peor, respecto a lo que había que “hacer” con las mujeres. Dice Juan Diego Vila:

No se trata, en definitiva, de que la mujer se forme libremente a sí misma y a su antojo sino de que asuma ingenuamente como propios los dictados de tantos moralistas, teólogos o educadores varones preocupados por garantizar que ellas sean tal cual ellos desean.

Autores como Juan Luis Vives, Juan de la Cerda o Fray Vicente Mexía buscaban encausar el comportamiento de las mujeres mediante sucesivos libros “educativos”. A grandes rasgos, Isabel Morant explica que esto se debió a que, “el hombre, por su parte, podía ser considerado como un ser imperfecto y moralmente inseguro por la caída de Adán. Pero perteneciente a su estirpe había heredado la supremacía que Dios concedió al primer hombre, mandándole que gobernara la tierra y a la mujer. Siguendo lo que dice la autora, tanto filósofos como moralistas propugnaban los privilegios de la masculinidad: “el saber y el poder, social y político, debía pertenecer en exclusiva al géneros de los hombres, vetándose a las mujeres”.

En el prólogo a La formación de la mujer cristiana (1528), Juan Justiniano, el traductor de la obra de Juan Luis Vives, escribió que la fe se ha repartido de la misma forma en hombres y en mujeres, pero que en lo “tocante a las obras”, el hombre debe, sin duda, regir y adiestrar a las mujeres. No sólo eso: éstas tienen que obedecer.

"Don Quixote" de Honoré Daumier (1868)

“Don Quixote” de Honoré Daumier (1868)
The Yorck Project: 10.000 Meisterwerke der Malerei. DVD-ROM, 2002. ISBN 3936122202. Distribuido por DIRECTMEDIA Publishing GmbH. Publicada bajo licencia de GNU Free Documentation License

 

En su monumental Saludable instrucción del estado del matrimonio (1566), Fray Vicente Mexía sigue en la misma línea de misoginia y de rebajamiento de la mujer pues en su libro ordena “la obediencia y sujeción” de la mujer casada a los deseos de su marido a todo lo que fuere lícito. Misma línea de pensamiento podemos encontrar en otro moralista de la época, Juan de la Cerda, el cual recomienda que la mujer sea callada, siendo irrelevante si la susodicha es mujer sabia o ignorante. Lo importante aquí era marginar a la mujer, no tanto por sus obras, como por su condición débil, moralmente dudosa, por ser una trampa para la masculinidad.

En medio de este ambiente misógino se aceptaba como natural el que el matrimonio fuera el fin tanto de mujeres como de hombres y que la reproducción fuera el objetivo del mismo. La descendencia se traducía en una especie de prestigio –inevitable a fin de cuentas– que se extendía a los hijos: los vástagos poblarían la tierra tal y como Dios lo había mandado. La semilla del génesis repetida a través de la estricta vigilancia de una moral que admitía a la mujer como instrumento pero que también la señalaba como herramienta afilada y peligrosa: la ambivalencia de una época cuyo sello oficial era una política de celo protector hacia el útero y una condenación explícita a la mujer bajo un acendrado concepto de cristiana prudencia. A la mujer se le necesitaba tanto como se le repudiaba.

Leamos a Juan Luis Vives en su tratado Los deberes del marido (1528):

El fin del matrimonio es la procreación y la vida en común. Con respecto a ambas cosas muchos son los que pecan gravemente, pues a unos no les preocupa en absoluto en qué mujer van a engendrar sus hijos, cuando por el contrario es conveniente que si ellos son sobresalientes por dádiva de la fortuna o por don de la naturaleza, cuiden con extrema diligencia no arrojar la semilla de tan noble raza a un terreno malo, o no corromper tan óptima simiente con alguna mala cualidad.

En obras como La perfecta casada (1583)de Fray Luis de León, Vida política de todos los estados de las mujeres (1599) de Juan de la Cerdao la Apología del matrimonio (1518)de Erasmo de Rotterdam, la idea principal se mantiene: en el aire había un esquema de esperanza reproductiva que cada pareja tenía que cumplir. Éste llegaba al extremo de decir que la reproducción era un instinto tan natural, que quien no obedecía su dictado no debía ser considerado buen ciudadano…ni hombre normal.

II

En medio de este clima misógino aparece en 1605 la primera parte de Don Quijote de la Mancha, un texto cuyo trato hacia las mujeres dentro de la novela es una firme defensa de la libertad reproductiva, la  elección amorosa y la claridad femenina. Leandra, Zoraida, Marcela y Doña Clara de Viedma, todas personajes de la primera parte de la novela, son huérfanas de madre.

Esta ausencia de maternidad ya había sido advertida por Ruth El Saffar en su artículo In praise of what is left unsaid: Thoughts on Women and Lack in Don Quijote:

Las madres brillan por su ausencia tanto en la primera parte de Don Quijote como en los trabajos dramáticos y literarios de los contemporáneos de Cervantes. No existe un modelo de amor conyugal o de maternidad en el mundo de donde viene Don Quijote.

La orfandad femenina es una forma de liberación sutil que pone las baterías de Cervantes en establecer un discurso igualador entre hombres y mujeres. Se cuela la imagen de jóvenes independientes y hermosas, poseedoras de voluntad, no hijas de Dios ni compañeras de Adán, sino núcleos potentes de feminidad: ya no la costilla sino sus propios hechos y sus propias vidas. Las mujeres son retratadas aquí como seres de movimientos libres y hasta caprichosos, como debería ser cualquier vida no atada a ejemplos de perfección moral inevitablemente paralizadores y furtivamente sibilinos.

Hay que hacer notar que todas estas mujeres y sus padres –que sí tienen– poseen un árbol genealógico vertical: la daga genealógica que se crea apunta solamente hacia abajo y no hacia los lados: son huérfanas de madre y no tienen tampoco hermanos o primos. Son islas reproductivas, quizá un infertilidad anunciada.

El padre de Zoraida quiere a su hija de vuelta porque la ama pero también porque ese grito desesperado anuncia una soledad inminente:

-Vuelve, amada hija, vuelve a tierra, que todo te lo perdono; entrega a esos hombres ese dinero, que ya es suyo, y vuelve a consolar a este triste padre tuyo, que en esta desierta arena dejará la vida, si tú le dejas.

En el caso de Leandra, Doña Clara y Marcela, Cervantes no guarda silencio a este respecto y les otorga a todas una maternidad hacia ellas mismas; mujeres fuertes que pueden valerse por sí mismas. La orfandad materna en Don Quijote de la Mancha representa la infecundidad femenina –no biológica sino social-, pues no se indica en ninguna parte de la narración que todas estas mujeres hayan seguido las reglas oficiales de una moral cuyo celo reproductor las cortejaba tanto como las obligaba.

La crítica contra el statu quo de aquella época es evidente: la novela no las retrata como mujeres casadas, con hijos, obedeciendo a un marido y ajustándose a sus dictados. La ausencia de familia en todas estas mujeres representa, precisamente, lo contrario a lo esperado. ¿No son todas ellas una esperanza castrada, una oportunidad reproductora perdida, un aliento familiar detenido? Todas son hermosas y esa hermosura desmedida parece también ser el límite de las ambiciones familiares que en aquella época pesaban sobre ellas: todos esos moralistas podían sorprenderse ante la obra de Cervantes, pues las mujeres que habitaban esa ficción primerísima del manco de Lepanto estaban llenas de la ausencia vital que correspondía a mujeres de su condición, es decir, dispuestas a obedecer, callar y procrear.

El hecho de que Cervantes deje en el aire el destino final de todas estas mujeres deja al lector con la incertidumbre de su conclusión, quizá permitiéndonos imaginarla diferente –ni buena ni mala–, una continuación de la libertad que Cervantes les da, no solamente personal sino imaginativa. De esta manera, el autor las reivindica literariamente cuando socialmente servían para una sola cosa que las definía como mujeres: la reproducción.

¿Es demasiado extender la liga de su prestigio el decir que Miguel de Cervantes fue el primer protofeminista de la Literatura Española? El caso del discurso de Marcela es claro: una hermosa defensa de cómo el amor no correspondido no es de ninguna forma una soga tirante para quien decide no corresponder. La soledad de Marcela la leo asimismo como una verificación de la libertad femenina. Marcela ha escogido voluntariamente vivir apartada y dice: “Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué he de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres?”

Menos obvios pero más reveladores son estos ejemplos  de mujeres cuyo destino es dejado a la intemperie (es decir, en donde Cervantes no les asigna el rol femenino tradicional que cabría esperarse, pues Zoraida, Marcela, Leandra y Doña Clara de Viedma son mujeres libres, cuyo desajuste primordial consiste en aparecer diferente e incluso contrarias al discurso de la época) y que a través de acciones cortadas o detenidas -las mujeres como formadoras de familias- abonan al registro íntimo de Cervantes y a su postura respecto a la femineidad masculina que los hombres debían de exponer. Recordemos que Don Quijote es el único que se interpone entre Marcela –cuando acaba su discurso-– y los hombres que por alguna razón quieren ir tras ella. Solamente la locura caballeresca de Don Quijote podía reestructurar y, sobre todo, entender las bases femeninas de una sociedad masculina patriarcal: quizá el propio Cervantes supo que nadie se escandalizaría si ponía a su protagonista como defensor de la libertad femenina, pues era un loco amable y no un reformador a ultranza. El continuo golpeteo contra la autoridad y por extensión contra el mundo en el que vivía, es un síntoma recurrente en la novela, dice Ruth El Saffar: “El reto de Cervantes contra las formas establecidas, tanto sociales como literarias, se extiende incluso a su propia autoridad.”

Esta forma de caracterizar a las mujeres es probablemente una manera de criticar la existencia rígida de un solo destino para ellas y, de paso, continuar con el legado de minar cualquier impronta de autoridad a lo largo de la narración.

En suma, lo que Cervantes hace es proporcionarles a estas mujeres características inequívocas contra el discurso oficial, moral y religioso que se respiraba en la época. La libertad, parece decirnos Cervantes, es una forma de admonición contra los marcos rígidos de la autoridad. La mujer, al menos en la primera parte de Don Quijote de la Mancha, se libera del yugo y de las roídas cadenas de una sociedad que la veía en estrictos términos de funcionalidad. Oasis quemado de agua estancada, alabarda tallada que buscaba herir, una superioridad injustificada en una época unida y marcada bajo la temible caligrafía de Dios: la administración celestial de las rentas terrenales.

Cervantes se dio cuenta de que los molinos de viento no eran lo único que había que combatir.

 

 

Bibliografía

-Cerda, Juan de la, Vida política de todos los estados de las mujeres, Alcalá de Henares, 1599. Tomado de: http://parnaseo.uv.es/Lemir/Revista/Revista14/1_Estados_de_mujeres.pdf.

-Cervantes, Miguel de, Don Quijote de la Mancha, Edición de Francisco Rico, Punto de Lectura, 2008, Perú.

– De León Fray Luis, La perfecta casada. Tomado de: http://www.biblioteca.org.ar/libros/131489.pdf.

-Diego Vila, Juan. Juan de la Cerda y la burocracia celeste: una historia de ángeles en huelga, una virgen sorda y un dios extorsionador. Ponencia, II Congreso Internacional “Transformaciones Culturales. Debates de la teoría, la crítica y la lingüística”, Buenos Aires, 2006, página 74.

-El Saffar, Ruth, John Hopkins University Press, MLN, Vol 103, No. 2 Hispanic Issue, Marzo 1988, pp. 206- 210, EUA.

– Mejía, Vicente. Tomado de: http://www.bibliotecavirtualdeandalucia.es/catalogo/consulta/registro.cmd?id=6426. Versión PDF.

– Morant, Isabel, Historia de las mujeres en España y América Latina II, Madrid, Cátedra, 2005, página 29.

-Morant, Isabel, Discursos de la vida buena, Matrimonio, mujer y sexualidad en la Literatura humanista, Cátedra, 2002, España.

-Rotterdam, Erasmo de, Obras escogidas, Madrid, Aguilar, 1964.

– Vives, Juan Luis, Obras completas, Madrid, Aguilar, 1992; Valencia, Generalitat Valencia, 1998.

– Vives Juan Luis, Los deberes del marido. Tomado de: http://bivaldi.gva.es/es/corpus/unidad.cmd?idUnidad=10113&idCorpus=1&resaltar_1=procreacion

 

 

 

 

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8 agosto, 2014

Toma fija

jaime-bayly-la-lluvia-del-tiempo

El libro más reciente de Jaime Bayly (Lima, 1965), La lluvia del tiempo, es una buena novela con tesis incompletas. Algunos escritores, dependiendo de las dificultades que la vida les impuso, lo que el mercado les exige o lo que sus lectores les ruegan, tienden a debatirse entre los extremos de hacer un texto para entretener o un libro para demostrar: la literatura puede ser una aproximación a la realidad, un marasmo que se queda estático para darle al lector un buen rato de lectura o ambas. Bayly ha escrito una novela entretenida que se queda corta (no por mucho) en sus hipótesis.

La historia narra la vida y carrera de Juan Balaguer, un exitoso periodista que recibe una llamada de una adolescente (Soraya Tudela) que clama ser la hija del candidato —y casi seguro ganador de las elecciones presidenciales— Alcides Tudela. No habría ningún problema de ser porque el candidato está casado, tiene una hija, las elecciones son en un mes y Juan Balaguer es amigo del candidato. A partir de ese hecho, que podría parecer intrascendente, Balaguer se ve envuelto en un juego de poder poco tétrico, con personajes coloridos y sin la dosis de oscuridad necesaria que comprometa a los personajes a transmutar en seres perversos o inhumanos.

La política es actuación, imagen, derroche, apuesta y sacrifico pero Bayly la pinta como juego, ritual y lividez. Alcides Tudela es un personaje gracioso y exagerado: los desplantes del candidato presidencial son tan asombrosos que lucen irreales, pues Tudela luce anticuado en su discurso y en su forma de actuar. El discurso del candidato es siempre alrededor de palabras como progreso, renovación, moral: a pesar de que Bayly nos cuenta que Tudela es el candidato puntero me resultó difícil creer que alguien de esas características pudiese serlo, pues la sobreactuación de Tudela es tan irrisoria que termina siendo impostada y difícilmente convincente para quien fuese a votar por él. Tudela abraza al pueblo peruano, abre las manos como Cristo, mira al cielo como redentor.

A lo largo de la novela existen arranques sumamente desafortunados del escritor por parodiar a la clase política y regañar al elector desinformado: Tudela asegura que la niña no es su hija, pero se niega a someterse a una prueba de ADN. Finalmente termina aceptándola como “hija simbólica” y ¡prometiéndole llevarla a Disneylandia!

En otro plano, Bayly comete un error al exagerar el papel de la televisión en la formación de una opinión y una imagen que seduzca al ciudadano. Es cierto que la televisión se ha convertido en una máquina irresponsable, sibilina y a veces hasta siniestra. Los medios de comunicación inflaman la mente de lector y escritor porque ahí, detrás de las cámaras, se entretejen los vericuetos del poder y se dan las manos sin maquillaje. Bayly acepta esta tesis y la plasma como único derrotero a seguir: no hay un papel importante de otros medios como la radio, los periódicos o el internet. La pretensión del escritor por implantar a la televisión como moderadora de todo el espacio público es incorrecta, pues la gama de actores mediáticos que participan en el proceso democrático no se circunscribe al estudio televisivo. La televisión pesa, pero Bayly parece olvidar el papel de otros medios de comunicación.

La novela de Bayly es un escenario televisivo donde la única regla es el desequilibrio: ganadores y perdedores parecen ubicarse indistintamente en diferentes sectores del estrado sin una clara gama de alianzas y enemistades. El ser humano es un crisol de complicidades, contradicciones y espacios donde amigos y contrincantes son espejos, cárceles y libertades: éste, y no otro, es el drama fundacional de nuestras batallas.

La sociedad peruana no juega papel alguno. Es como si los únicos actores del juego democrático fuesen los candidatos y los presentadores televisivos. Mala decisión aquella de Bayly de desdibujar o apenas insinuar el trasfondo social de unas elecciones: aun cuando la sociedad se encuentre en ruinas por el nulo interés que parece mostrar por la política, lo cierto es que existen grupos de presión que buscan nivelar la cancha aun cuando sus ruegos o súplicas no sean escuchadas.

Más allá de este error en el planteamiento de la novela, hay que agradecerle al escritor el intento por enseñarnos una pizca de la jerga local. Una muestra: “Mañoso candidato Alcides Tudela, conocido picaflor, enfrenta juicio de su excostilla por dejarla en bola y no querer firmar a su cachorra”. En general, Bayly maneja un lenguaje plano que a veces se desborda y se hace dúctil en busca de este tipo de estocadas. Es una pena que Bayly lo use de modo intermitente, pues esto le da mayor realce a la historia y un brillo muy particular. Los diálogos tienden a ser exagerados: demasiados gritos, poco comedimiento, muchas exclamaciones. Es una novela de vozarrones, huracanes, algarabía y sonidos guturales. Es frenética, electrizante y frondosa pero también incompleta, unidireccional y con pocos desdoblamientos.

Escribió Manuel Castells un pasaje que luce apabullante porque su peso no admite otras salidas más que el aplastamiento: “…yo diría que un sistema de poder que se basa sólo en la coacción es un poder débil, porque si una gran parte de las personas son capaces de pensar diferente y de atreverse a traducir en la práctica ese pensar diferente, ese poder coactivo acaba disolviéndose. Torturar los cuerpos es menos efectivo que modelar las mentes”. En esta frase podría resumirse lo que Bayly logró hacer a medias: los medios de comunicación no sugieren, no susurran, no proponen, sino que indican, señalan, inoculan.

Alcides Tudela representa un nuevo tipo de representante democrático basado en el rating, la fama y las luces. Es el gobernante interesado en la sonrisa, la corbata perfecta, la primera dama incólume, la actuación, el segundo aire, en ser visto como el ser que nunca ha tocado el pantano. Bayly logra una novela entretenida que busca encontrar la bisagra de un tema actual y abrir la puerta, pero se encuentra ante un compartimento lleno de agua y con poco espacio para respirar o explorar otras zonas.

La lluvia del tiempo enfoca bien las caras pero atraviesa mal las mentes: se queda como una fotografía en blanco y negro cuando tenía vocación de largometraje.


Jaime Bayly, La lluvia del tiempo, Alfaguara, México D.F., 2014, 408 pp.

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¿Se puede explicar una vida a través de la memoria? Esta es, me parece, la pregunta básica que guió a David Shields (1956) y a Shane Salerno (1972) a iniciar una investigación de casi diez años del que fue, probablemente, uno de los autores más secretos y oscuros del siglo que se acaba de ir y que plasmaron en Salinger (Seix Barral, 2013).

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Jerome David Salinger vivió una vida obsesivamente privada pero abiertamente pública para los demás, y que lo consagraría, más que como un autor, como un susurro: su soledad fue la punta de lanza de su propio mito. Desde una fijación que rayaba en lo incómodo por atraer mujeres mucho más jóvenes que él, hasta las heridas que su participación en la Segunda Guerra Mundial le dejó, el autor de El guardián entre el centeno se desdobla en esta biografía perfumada por las dudas que la peregrinación hacia el interior, inevitablemente, deja. La búsqueda de la escritura por la escritura misma deja en claro los misterios del escritor pero no sus propios vacíos: hay algo que sigue faltando a pesar de la minuciosidad de la memoria, las opiniones y los textos. Salinger, en algún sentido, siempre nos dejará en vilo. La soledad es un acantilado personalísimo en donde la caída no mata porque nunca termina.  

La inclinación de la narración (dividida en testimonios de las personas que lo conocieron) por la memoria sugiere el atrevimiento de los autores por recargarse mucho más en los recuerdos de otros que en su propio juicio, y con razón: el poco material de su vida privada es una cruz para quien pretende cargar los clavos que Salinger nunca expuso. Estamos ante una biografía cacofónica, y como todas las cosas en donde una multitud de seres humanos interviene, también contradictoria. Es común encontrar memorias que chocan entre ellas y que se confrontan en este salvaje círculo de preguntas y respuestas.

Un biógrafo es un arqueólogo de recuerdos y también un constructor de puentes. La biografía de Salinger no se propuso narrar una sucesión de eventos sino darle el micrófono al silencio: estamos ante un texto gravitacional en donde el hoyo negro que fue Salinger atrajo con poderosa atracción a todos aquellos a quienes lo rodearon. Dejó a sus mujeres cuando se dio cuenta que maduraban y que la sexualidad y el descubrimiento del mundo era un error tan fatal y grave que era necesario dejarlas ir. Es como si Salinger, después de la Segunda Guerra Mundial, buscase en el cuerpo y alma femeninos un atajo hacia la pureza. Fue Oona O’Neill –futura esposa de Charlie Chaplin- la impronta más importante en su vida y la que lo llevaría a la idealización de la juventud femenina como una aspiración hacia lo incólume. Fue un padre distante, un esposo alejado, un autor recluido. Dejó a las mujeres a medio camino entre el amor y el futuro. 

Con la publicación de El guardián entre el centeno la vida de Salinger tomaría un inevitable curso descendente. El monje comenzó a salir. La tortuga en su caparazón. Su viaje al interior por medio de la filosofía Vedanta provocó su reclusión pero también su propio descubrimiento: la obsesión del público por Holden Caulfield y por el propio Salinger lo llevó a establecer los parámetros de su encerrona y de lo que quería y aspiraba a ser. Los mirones lo asediaron, las cámaras lo buscaron, los lectores se preguntaban.

Si bien algunos eventos se narran con espantosa minuciosidad –como la liberación del campo de concentración Kaufering IV– otros parecen sobrar debido a esta idea de penetración y de que todo lo que el autor hace en vida, importa para crear lo que le sobrevivirá a su muerte: ¿qué importa si a Salinger le gustaba el sándwich de espinaca y hongos? ¿Nos ayuda a comprender mejor su obra si nos enteramos que en sus manuscritos ponía flechas y pequeños recordatorios? ¿Acaso es importante saber que Salinger, cuando hablaba, no parpadeaba tanto? Los detalles echan luz solamente cuando los fastidios por las generalidades se convierten en horizontes lejanísimos. Este no es el caso porque la corteza de Salinger nunca permitió recabar la claridad de sus pensamientos. El resultado de esto son recuerdos, en el mejor de los casos, inútiles para comprenderlo.

La biografía de Shields y Salerno se extiende como una liga, pero no penetra como un taladro. Quienes lo rodearon revelan hechos que no se sabían y que pueden resultar interesantes, pero sigue existiendo, muy secretamente y casi como un pacto, este pudor de no comprometerse demasiado con la propia historia de Salinger. Da la impresión de estar ante una ceremonia de olvido y de simulación que busca endulzar al personaje. Nadie se quiere meter demasiado en su psique, tampoco en sus deseos y mucho menos en sus fobias. El punto final le deja al lector una bolsa llena de datos, hechos y acciones pero también la certeza de tener dentro de ella objetos inclasificables. Esto no es un defecto. Una biografía es, a fin de cuentas, la presentación en el proscenio de un escritor que a pesar de su espectro puede examinarse. Dependerá del lector catalogar los objetos de la búsqueda. El labrado de una biografía de un autor como Salinger tenía que ser diferente porque su constitución era desigual: un ser humano con las mismas dosis de claustrofobia y de libertad que no podía salir al mundo porque el mundo no respetaba su privacidad. De ahí que el propio autor pensara que escribir El guardián entre el centeno había sido un error.

La terapia que Salinger se autoimpuso puede dividirse en tres compartimentos distintos aunque conectados: las mujeres, la Segunda Guerra Mundial y la escritura. Las digresiones de Salinger, su prisa por no dejarse ver, la higiene de su imagen, la coronación de la pureza en las mujeres. Esas revelaciones fueron las dosis que le permitieron la reclusión. La biografía reinventa a Salinger porque actualiza las dudas que nos deja. Parece como si todo este espectáculo de silencio y soledad fuese una manera –y Salinger probablemente lo sabía- de infiltrarse en la historia.

La indumentaria que mejor le queda al escritor no es la del monje sino la del rebelde. Su silencio, en un mundo ruidoso, es el mejor derroche contra la idolatría por la imagen, el comercial, el espectáculo: Salinger representa la fama encarnada en el silencio. Lo infranqueable de su figura permanecerá así. El hermetismo seguirá cobrando factura porque a pesar de la heroicidad del intento de explicarnos la vida del ermitaño, en el lector persistirá la duda del porqué de su prisión voluntaria y de sus reservas para con el mundo

Los autores de esta biografía, en lugar de darnos la llave o el cerrojo de su vida, se limitaron –porque no había otra cosa que hacer- a señalar la puerta.

El lector tendrá que ir, él solo, a tocarla.

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La conspiración de la fortuna es, vista desde un microscopio, una narración del poder; vista desde una mapa, una historia de las pérdidas. Más que una novela de la autoridad, el dominio o el imperio, es un texto que gravita alrededor de las ausencias. Si bien es cierto que la política es el pretexto de sus páginas, la novela de Héctor Aguilar Camín (1946) parece tensar ciertos ejes que la política mexicana no ha logrado siquiera atisbar: el pacto con el silencio y la sombra que debe hacerse después de que se deja la silla, el anhelo siempre presente de regresar al pasado, la lección tan aprendida que en política solamente se dejan adversarios. El poder trastorna a sus huéspedes. La conspiración de la fortuna indaga las formas de obsesión política y sus retornos en forma de huesos: el cadáver después del poder que descansa en repisas de nostalgia y álbumes del pasado.

La novela narra la historia de Santos Rodríguez, un hombre pragmático, dueño de una seguridad y una retórica poderosas que a la par de una ambición desenfrenada logran purificarlo de cualquier vislumbre que no sea la toma del poder. Asistiremos así a tocarle la puerta a una narración musculosa, certera y aleccionadora. La conspiración de la fortuna tiene muchas ganas de contar una historia. Hay un esfuerzo bien logrado por comprimir lo importante sin dejar a un lado los murmullos: la modernización de la clase política cuya pugna está en abrazar el pasado y aferrarse a él, o darle la vuelta y convertir el futuro en un aliado que a muchos molesta y que a pocos importa; la frontera entre la familia y los caminos propios; la gran pregunta de si el destino se impone o se compone.

Hay una perentoriedad en la trama que provoca que se rompan los límites de velocidad en la narración: así como somos testigos del amor entre Inés y Salomón envueltos en una burbuja y en donde el autor impone la calma propia de la contemplación en un amor ajeno, también nos vemos inmersos en las cruentas batallas políticas de los concursantes en las cuales es sintomático encontrar el empuje de la ambición.

Conforme la historia avanza, la narración comienza a desdoblarse hasta alcanzar una urdimbre tan recta que la trama, a pesar de las muchas voces, admite solamente dos posibles salidas: el exilio o la victoria momentánea. 

La constelación de personajes que la novela nos presenta sugiere un universo contemplado exclusivamente desde los intereses. Las formas que adoptan los conflictos dotan a la narración de una diversidad que se traduce en un muestrario de la acción humana. Martiniano Agüeros, el capo del narcotráfico que no entiende de pactos; Inés y Salomón cuya historia de amor busca penetrar las duras escamas del poder; Rutilio Domínguez, aliado ambiguo de quien pueda ofrecerle algo; El Duque, un poder tras el trono: las fauces que todo conocen y que todo indagan.

A nivel microscópico los protagonistas parecen obsesionados con el poder; a nivel astronómico el lector advierte que el compromiso de la historia no depende de lo que sus personajes deseen pero de lo que ellos mismos evitan perder. La política no es la cosecha de las trampas sino una barrera contra los vencedores. Esa historia secundaria empapa a Santos Rodríguez que ve en la política una llamarada que lo busca proteger de fechorías –inventadas o no- de sus contrincantes. Es interesante cómo la figura de Santos Rodríguez parece adquirir patologías compensatorias que lo llevan a transformarse: el hombre pragmático se transforma ahora en un hombre compasivo. 

¿Se puede disfrutar la contemplación del poder desde las simas? Indagar las transformaciones de la política requiere más que poner la vista sobre sus cumbres. La conspiración de la fortuna pone sobre la mesa la tesis de que en política duelen igual las pérdidas y las victorias. La bifurcación que se abre en sus páginas toma aliento con la visión de Adelaida –esposa del protagonista- y la de Santos Rodríguez: mientras que la primera se lamenta de los triunfos de Sebastián, el hijo dedicado a la política y también candidato a la Presidencia de la República, Santos Rodríguez alienta la carrera de su hijo con el izamiento de la bandera de guerra que al final acaba por doblarlo. Después de todo, Santos Rodríguez busca paliar sin ambages las ausencias que la vida le dejó.

A la vez que la novela ocurre en un presente determinado, el protagonista vive en un pasado mejor. Lo que se deja cuando se despide del poder pesa más que lo que se espera obtener de él. La ecuación que Santos Rodríguez traza a lo largo del libro no es otra más que la esperanza del retorno, vengarse de sus vengadores, traer al presente lo que el pasado le negó. En política, cuando se pierde es mejor convertirse en estatua: mover los hilos puede salir demasiado caro para quien pretende restañar las heridas que los votos le propinaron. El pasadizo de las sombras y de los pactos que en política busca la noche, adquiere en La conspiración de la fortuna un escenario solar en donde se advierte, a flor de piel, lo que los personajes esperan.

Los aforismos son parte viva de la política y de la negociación. Héctor Aguilar Camín lo entiende así, y desde las primeras páginas se abre una síntesis elocuente de la brevedad que implica el poder pero también de la extensión que abarca una orden. En la novela se puede rastrear un pequeño manual de sabiduría política, que bien puede ser un resumen de experiencia humana. Dice el autor: “La política siempre tiene prisa, hace ver todo urgente, turbio o claro, pero inaplazable”.  También: “Los políticos son seres normales que se proponen cosas anormales”. Luego: “Gobierno sin dinero, pobre gobierno. Dinero sin gobierno, pobre dinero”.

Imposible no ver en La conspiración de la fortuna un glosa ficcional del poder en México. Por sus páginas identificaremos el retrato de una era que cambió al país, modificó las expectativas de las élites y renovó las catedrales del poder. La novela de Aguilar Camín no pretende enjuiciar los hechos sino presentarlos en láminas que testifiquen lo que los personajes confirman: que así como el poder mistifica a quien lo posee, la idea de su reproducción consume a quien la desea.

Vista desde abajo, La conspiración de la fortuna es un ejemplo de cómo el poder ordena, propone y aniquila; vista desde arriba, estamos ante una novela que reparte los males y muestra cómo es que, en política, la ruleta a veces parece conspirar.


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Héctor Aguilar Camín,La Conspiración de la fortuna, Cal y arena, México, D.F., 2005.

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