En el antiguo Egipto surgió una práctica teológica que separaba la religión popular y de acceso masivo de aquella que solo podía revelársele a unos cuantos:  religio dúplex. Esta idea se recuperará en la Ilustración, aparecerá después en logias secretas y fascinará a los románticos alemanes; es incluso rastreable en los postulados de Gandhi. El nuevo libro del gran egiptólogo Jan Assmann nos ofrece un fascinante recorrido por la historia de esta dualidad sagrada.

Jan Assmann,
Religio Duplex: Misterios egipcios e Ilustración europea
Ediciones Akal
Trad. Sandra Chaparro
Madrid, 2017.
366 pp.


Yo soy todo lo que es, fue y será.
Ningún mortal ha mirado bajo mi velo.
—Plutarco, «De Isis y Osiris», Moralia, lib. V.

Este epígrafe estaba inscrito al frente de la escultura de la diosa Isis que se ubicaba en uno de los templos del nomo de Sais, en el Bajo Egipto. Imaginemos por un momento la silueta de la diosa, envuelta por las pesadas sombras del templo y recubierta por una tela finísima. Detrás del velo se encontraría una luz capaz de aclarar todos los misterios, solo conocida por el decantado grupo de sacerdotes al servicio del templo en Sais. Esta poderosa imagen, que habría de perdurar durante siglos en el imaginario colectivo de historiadores, filósofos, poetas, ocultistas y charlatanes, daría origen a la expresión “el velo de Isis” y se volvería fuente simbólica de un sinnúmero de representaciones pictóricas y literarias.

En 1795, Friedrich Schiller escribió un elocuente poema inspirado justamente por esta imagen. Trata de un joven filósofo que se escabulle dentro del templo, al abrigo de la noche, con la intención de mirar lo que hay bajo el velo. Aun después de haber sido advertido explícitamente sobre el peligro que supone mirar el rostro del misterio, el joven decide ignorar el aviso para contemplar la fuente de todo conocimiento. Cabe mencionar que las consecuencias son fatales para el impertinente, y su cadáver es encontrado al día siguiente a los pies de la estatua.

Más allá de lo anecdótico, el poema de Schiller deja apreciar un aspecto interesante para el estudio de los fenómenos religiosos conocido como religio duplex: la división entre las cualidades de pureza e impureza que corresponden respectivamente al iniciado y al profano. En este caso, es importante puntualizar que en la práctica religiosa del antiguo Egipto existía la división entre una religión popular para las masas, y una teología secreta cuyo conocimiento solo estaba destinado a las élites sacerdotales, y por extensión, políticas. La antigua religión egipcia fue la primera en la que se presentó esta división: por un lado se encontraba el grueso del pueblo, que por medio del culto al faraón admiraba las construcciones consagradas a sus dioses, y veía en ellas la expresión de la voluntad divina ––el lado público de su religión que, con un conjunto de mitos y ritos, se le enseñaba a las nuevas generaciones. Por el otro lado estaba un grupo selecto que era educado en el seno de los misterios de Isis y el resto de los dioses del panteón egipcio. A los adeptos se les enseñaba a diferenciar entre las imágenes y los conceptos detrás de la escritura jeroglífica hierática que, a diferencia de la escritura demótica, de uso administrativo y comercial, guardaba un profundo significado alegórico detrás de cada glifo. Así, al pueblo se le obligaba a adorar un concepto que no le era entregado del todo, y que se concentraba en unos cuantos.

En los niveles de iniciación más altos, al adepto muy probablemente se le encaminaba para alcanzar la epopteia ––el descubrimiento de la verdad. Quizás, especulemos, era en ese momento en el que culminaba un largo proceso conformado por diferentes tipos de pruebas que, una vez superadas, le revelarían al practicante puro el verdadero sentido de la religión: los dioses no existen, estos fueron reyes de la antigüedad, seres humanos enaltecidos y mitificados. Solo existe la Naturaleza y todo se encuentra íntimamente relacionado con ella. Así, en el antiguo Egipto, después de haber alcanzado la revelación de los grados más altos, el iniciado estaría listo para cumplir a plenitud sus funciones sacerdotales, o bien, de gobierno ––tantas veces inseparables.

Alrededor de este tipo de ritos de iniciación se tejió, durante siglos, un entramado de suposiciones ––acertadas y erróneas por igual— interesadas en explorar su sentido. Estas prácticas, así como su marcada aplicación política, no pasaron desapercibidas para los griegos, que entraron en contacto con la civilización egipcia tardía. Las primeras referencias a la religio duplex egipcia aparecen en las obras de Heródoto, Plutarco y Apuleyo. Posteriormente encontramos diversas aproximaciones, como la Hieroglyphica de Horapolo del siglo V, la cual supuso una primera interpretación etimo-gráfica que buscaba en los jeroglíficos egipcios el origen de las imágenes alegóricas que sentaron las bases para el desarrollo de la emblemática en los siglos posteriores; esta alcanzó su plenitud más tarde, con los Emblemas de Alciato publicados por primera vez en 1531. También podemos citar las comparaciones que hacía el teólogo judío Maimónides en el siglo XII, de diversos rasgos del judaísmo en relación a la religión doble de los egipcios, valiéndose del argumento de que Moisés, al haber sido criado y educado a la usanza egipcia, representaba un eslabón y no una ruptura entre ambas culturas.

Con la llegada del Renacimiento floreció la tradición hermética basada en el estudio del Corpus hermeticum, la cual perfiló a la legendaria figura del sabio egipcio Hermes Trimegisto, fomentó el desarrollo de la alquimia y sentó las bases de una tradición esotérica en Occidente caracterizada por la conformación de un rico universo simbólico, así como un afán totalizador por aprehender y manipular la naturaleza, tanto humana como cósmica. Al igual que la filosofía neoplatónica, el hermetismo buscó en Egipto ––uno más imaginado que real­— el origen de sus postulados y prácticas. Ya entrados en el periodo de la Ilustración Europea la fascinación por la religio duplex egipcia fue tratada por teólogos y filósofos como Ralph Cudworth, Gotthold Lessing y Friedrich Jacobi. En este panorama intelectual, las logias secretas como los Rosacruces, los Illuminati y los Masones también se remontaban al tiempo egipcio para justificar los fundamentos políticos y teológicos de sus ideas. De hecho, no sería exagerado señalar que esta misma obsesión guió los afanes intelectuales de la Ilustración y más tarde tuvo algunos frutos apreciables en la literatura del romanticismo alemán, en autores como el citado Schiller o Novalis.

 En Religio duplex: Misterios egipcios e Ilustración europea, el renombrado egiptólogo Jan Assman (Alemania, 1938) realiza un atento recorrido por el origen y desarrollo del concepto de “religión doble” que nació en Egipto hace más de tres mil quinientos años. Su acercamiento procura hacer una historia de las ideas antes que una historia de las religiones; una práctica intelectual que logra tejer en fino los filamentos y posibilidades hasta presentarnos un friso panorámico al mismo tiempo que lleno de detalles. Apoyado en una nutrida bibliografía que recurre directamente a las fuentes clásicas y a algunas más inaccesibles —como las publicaciones internas de diversas logias masónicas, por ejemplo “La Verdadera Concordia” de Viena—, el estudio de Assman va más allá: logra entrever un ejercicio de religio duplex contemporáneo en los postulados cosmopolitas de Mahatma Gandhi, o bien, en la división del homo dúplex propuesta por Émile Durkheim.

Religio duplex: Misterios egipcios e Ilustración europea  pone en las manos del lector un trabajo útil para historiadores y estudiosos en general, que también despertará el interés en todo aquel que haya experimentado la fascinación por el antiguo Egipto, o por la religión como fuerza política. En la misma línea de su estudio previo, La flauta mágica (Akal, 2006), Jan Assman ofrece las claves para hacer una sólida historia de las ideas al tiempo que deja en claro que la cultura egipcia tuvo una mayor influencia en Occidente de lo que se reconoce generalmente.

 

Genaro Ruiz de Chávez Oviedo
Estudió Lengua y literatura hispánicas en la UNAM. Es autor de Anidar el relámpago (Mantarraya, 2014).

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