En Temperamentos. Ensayos sobre escritores, artistas y místicos (Jus, 2017) Gilbert Keith Chesterton (Londres, 1874-Beaconsfield, Buckinghamshire, 1936) expone sus dos grandes obsesiones: el arte y la religión. Los personajes elucidados por Chesterton en el libro se dividen en dos categorías que permiten crear disímiles retratos: los “temperamentos artísticos” —Blake, Lord Byron, Charlotte Brontë, William Morris y Robert Louis Stevenson— y los “temperamentos religiosos” —Francisco de Asís, Savonarola y Lev Tolstoi—. Compartimos el ensayo dedicado a Robert Louis Stevenson y su temperamento artístico.


Un episodio reciente nos ha convencido por fin de que Stevenson era, tal como sospechábamos, un gran hombre. Ya sabíamos, gracias a ciertos libros que han llegado a nuestras manos hace poco, al menosprecio del señor John Churton Collins —en su Ephemera Critica— y del señor George Moore, que Stevenson cumplía el primero de los requisitos fundamentales para ser un grande: ser malinterpretado por sus detractores. Pero con Robert Louis Stevenson, el libro de H. Bellyse Baildon —publicado por Chatto y Windus con la misma cubierta de las obras de Stevenson—, venimos a enterarnos de que cumple también el otro requisito fundamental: ser malinterpretado por sus admiradores. El señor Baildon tiene muchas cosas interesantes que contar sobre el propio Stevenson, a quien conoció en la universidad, y sus críticas no carecen en absoluto de valor: en lo que toca a las obras de teatro, a Beau Austin en especial, su punto de vista es notablemente inteligente y acertado. Pero resulta realmente curioso, además de probar de sobra que Stevenson poseía esa insondable característica que sólo corresponde a los grandes, que este estudioso y admirador de Stevenson sea capaz de enumerar y clasificar la obra entera del maestro, así como de repartir elogios y censuras con determinación, e incluso con severidad, sin pensar siquiera por un momento en los principios artísticos y éticos que, según creemos, Robert Louis Stevenson defendió casi con su propia vida.

El señor Baildon, por ejemplo, no para de dar sermones sobre el “pesimismo” de Stevenson; extraña acusación, sin duda, tratándose de un hombre que, como ningún otro artista moderno, ha hecho que nos avergoncemos de sentir vergüenza de la vida. Baildon, sin embargo, lamenta que, en El señor de Ballantrae y en El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, Stevenson permita que el mal prevalezca sobre el bien.

Pero si hubo algo en lo que Stevenson insistió siempre con pasión fue en que debemos buscar el bien por su propio valor y belleza, sin preocuparnos de la victoria o la derrota. “Sin importar lo que emprendamos —decía—, nada nos asegura que tendremos éxito”. Que el curso de los astros se opone a la virtud, que la humanidad es por naturaleza una esperanza vana: ésos son los mensajes que agitan el corazón de los valientes a través de toda la obra de Stevenson. La historia de Henry Durie es decididamente funesta, pero ¿podría alguien detenerse junto a la sepultura de este borrachín monomaníaco sin sentir respeto? Es extraño que la gente encuentre inspiración en las ruinas de una antigua iglesia y no en las ruinas de un hombre.

El señor Baildon tiene las ideas más peculiares sobre los cuentos en los que Stevenson trata de sangre y saqueos: parece creer que son una prueba de que padecía una especie de “manía homicida”, para usar la frase del propio señor Baildon.

“En muchos sentidos, Stevenson plantea la paradoja de que no haya ocupación más noble que dedicarse a matar”. Siguiendo la misma lógica, el señor Baildon opinaría, sin duda, que al doctor Conan Doyle le fascina cometer crímenes inexplicables, que Clark Russell es un conocido pirata y que Wilkie Collins piensa que no hay mejor ocupación que el robo de gemas preciosas y la falsificación de certificados matrimoniales.

Pero el señor Baildon no está solo en su error: pocas personas han comprendido el lado sangriento de Stevenson. Fundamentalmente, era el rudo colegial que dibuja esqueletos y horcas durante la clase de latín. No sentía fascinación por la muerte, sino por la vida: por los actos que revelaban fuerza y determinación, incluso si se trataba de matar a alguien.

Imaginemos que un hombre le lanza un cuchillo a otro y lo deja clavado a la pared. No parece necesario subrayar que en esta transacción hay dos puntos de vista algo distintos. El punto de vista del hombre clavado a la pared es el punto de vista trágico y moral, que Stevenson demostró entender bien en historias como El señor de Ballantrae y El Weir de Hermiston. Pero el asunto se puede enfocar de otra manera, en la que ese mismo acto es una explosión brillante y abrupta de vitalidad física como romper una roca con un golpe de martillo o abrirse paso por una puerta cerrada con barrotes: ése es el punto de partida de la aventura y es el alma de La isla del tesoro y Los traficantes de naufragios. No es que Stevenson no amara a los hombres, sino que amaba más las pistolas y los garrotes. Y, de hecho, en el ávido universalismo de su alma abrigaba tal amor por los objetos inanimados como no se había visto desde que san Francisco llamó hermano al sol y hermana a la fuente. Como lectores, sentimos que estaba realmente enamorado de la muleta de madera que Silver lanzó al cielo, de la caja que Billy Bones dejó en la posada Almirante Benbow, del cuchillo que Wicks clavó en la mesa traspasándose la mano. Su perspectiva es tan tajante que nos hace recordar que le gustaba cortar leña con un hacha.

Sin embargo, el nuevo biógrafo de Stevenson no se permite tomar en cuenta esta clase de poesía, profundamente arraigada en la vista y el tacto. Insiste en señalar como un crimen lo que para Stevenson nos es más que un objetivo. Acerca de esa gloriosa y horrible bullanga que es “El ángel destructor”, uno de los cuentos de El dinamitero, dice que es “en extremo fantástica y pone a prueba nuestra credulidad”. Eso es tanto como tildar los viajes del barón Munchausen de “poco convincentes”. Todo El dinamitero es una especie de pesadilla humorística y, aun en ese contexto, “El ángel destructor” no pretende ser nada más que una extravagante mentira inventada en el fragor del momento. Es un sueño dentro de un sueño, y acusarlo de inverosimilitud es como acusar al cielo de ser azul cielo. El hecho es que, ya sea por la precipitación de su lectura o por la natural diferencia de gustos, el señor Baildon no capta la rica y romántica ironía de las historias londinenses de Stevenson. Sobre el príncipe Florizel de Bohemia, ese portentoso monumento del humor, dice que, “pese a la evidente admiración que su creador sentía por él, a mí, a fin de cuentas, me resulta una presencia irritante”, lo que casi nos lleva a creer (aun desesperados y contra nuestra voluntad) que el señor Baildon piensa que el príncipe Florizel debe ser tomado en serio, como si fuera una persona real. Por lo que a nosotros respecta, es cierto que el príncipe Florizel es uno de nuestros personajes de ficción favoritos, pero no nos cuesta reconocer que, si lo conociéramos en la vida real, querríamos matarlo.

El hecho es que las virtudes espirituales e intelectuales de Stevenson han sido opacadas hasta cierto punto por una virtud añadida: la de la destreza artística. Si, como Walt Whitman, hubiera garabateado con tiza su gran mensaje en la pared, a la gente le habría parecido una blasfemia. Pero escribió sus atolondradas paradojas con tan hábil y fluida caligrafía de molde que todos creyeron que los sentimientos también respondían a ese molde. Su versatilidad lo perjudicaba, pero no, como se dice comúnmente, porque no se concentrara lo suficiente en cada aspecto, sino porque lo hacía todo bien. Como niño, obrero, pirata o puritano, sus disfraces eran tan buenos que la mayoría no era capaz de ver que se trataba siempre de la misma persona. No es justo que comparemos con el admirable Crichton a un hombre que sabe tocar violín, dar consejos jurídicos y lustrar botas, todo esto tolerablemente bien, y que, en cambio, si hace las tres cosas por separado a la perfección lo tengamos por un violinista, un abogado o un lustrabotas común y corriente. Eso es lo que ha sucedido en el caso de Stevenson. Si El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, El señor de Ballantrae, Jardín de versos para niños y A través de las llanuras hubieran sido cada uno de ellos un poco menos perfectos de lo que son, todo el mundo habría tenido claro que formaban parte del mismo mensaje; pero habiendo obrado el milagro de estar en cinco lugares a la vez, Stevenson, naturalmente, ha terminado por convencer al mundo de que era cinco personas distintas. Sin embargo, su mensaje era tan simple como el de Mahoma, tan moral como el de Dante, tan inequívoco como el de Whitman y tan práctico como el de James Watt.

El denominador común de la variada obra de Stevenson es la idea de que la imaginación, o la visión de las posibilidades de las cosas, es mucho más importante que los meros acontecimientos: que aquélla es el alma de nuestra vida y éstos el cuerpo, y que lo más preciado es el alma. El germen de todas sus historias es la idea de que cada paisaje o escenario tiene un alma, y que esa alma es una historia. Si vemos un huerto desmedrado tras un muro de piedra derruido, podemos adivinar que nadie lo frecuenta sino una vieja cocinera. Pero todo existe en el alma humana: ese huerto crece en nuestra mente y se convierte en el santuario y el teatro de algún extraño encuentro entre una jovencita, un poeta harapiento y un granjero loco. Para Stevenson, las ideas son auténticos acontecimientos: nuestras aventuras son nuestras fantasías. Imaginar una vaca con alas es fundamentalmente lo mismo que haber visto una. Y eso explica la enorme diversidad de su narrativa: tuvo que hacer que una historia fuese tan rica como el rubí de una puesta de sol y que otra fuera tan gris como un monolito de piedra porque la historia era el alma —o mejor: el significado— de lo que estaba realmente ante la vista. Resulta tan inapropiado juzgar al “contador de historias” (como se llamaba a Stevenson en Samoa) por cada una de sus novelas como juzgar al señor George Moore por Esther Waters. Esas novelas no son sino dos o tres aventuras de su alma que casualmente llegó a contarnos. Pero murió con mil historias en el corazón.

 

Gilbert Keith Chesterton
Escritor. Entre sus obras se cuentan El hombre que fue Jueves, Autobiografía, Breve historia de Inglaterra, Herejes  y Ortodoxia.

Traducción de Juan Antonio Montiel Rodríguez y Natalia Babarovic Torrens.

Fuente: G. K. Chesterton, Temperamentos. Ensayos sobre escritores, artistas y místicos, traducción de Juan Antonio Montiel Rodríguez y Natalia Babarovic Torrens, Ciudad de México, Jus, 2017, 167 pp.

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