La FIFA resolvió que en el torneo de Catar participarán 32 equipos, lo cual confirma que este país será la sede única del Mundial 2022.Pero aún hay grandes conflictos que solucionar; uno de ellas, la prohibición de tomar alcohol, es el tema central de este ensayo.

“En un mundo de enormes proporciones, hay un juego que, cruzando todos los océanos y las fronteras, una y otra vez encuentra maneras de unirnos a todos como uno”, decía un spot de Budweiser previo al Mundial de Brasil 2014. Cuatro años después, antes de Rusia 2018, la cervecera mandaba un mensaje similar en voz de un aficionado colombiano: “Budweiser, más que querer vender una cerveza, está haciendo inclusión con el futbol”. En otro anuncio de la compañía, un curioso enjambre de drones sale de Estados Unidos para repartir cervezas a aficionados eufóricos en Shanghái, Londres, Lagos y Moscú. La idea detrás de esta publicidad es sencilla: con chela en mano, “en México y en el mundo” (Corona dixit), “el futbol nos une” (Sol dixit).

Hay aficionados para quienes ver un partido sin cerveza es casi inconcebible, pero el mensaje es algo engañoso. No es casualidad que los drones de Budweiser hayan excluido de su gira mundial a países predominantemente musulmanes, en donde el futbol es tremendamente popular. Su exclusión se debe a que, para muchos seguidores del islam, beber alcohol es inmoral y debe evitarse a toda costa. Por eso, en tres años y medio, cuando Catar se convierta en el primer país árabe y musulmán en ser sede de una Copa del Mundo, habrá un choque inevitable entre la población local y los miles de aficionados extranjeros que querrán refrescar sus gargantas con una cerveza fría mientras apoyan a sus equipos. ¿Qué incentivos tienen los cataríes abstemios para recibir en su país a una “bola de borrachos”?

Planes grandes para un Estado pequeño

Ubicado en la península arábiga, Catar se independizó del Reino Unido en 1971. Con alrededor de 2.7 millones de habitantes —sólo 12 % de nacionalidad catarí—, el emirato es el segundo país más pequeño de Medio Oriente en términos de territorio y población. A pesar de su tamaño, Catar ha sufrido una transformación profunda en las últimas décadas gracias a una economía basada en la exportación de petróleo y, sobre todo, de gas natural. Doha, la capital, pasó de ser “un miserable pueblo de pescadores” con un mercado “infestado de moscas” en la década de 1940 a una ciudad moderna con hoteles lujosos, centros comerciales atractivos y rascacielos impresionantes.1 Además, según datos del FMI, Catar tiene actualmente el ingreso per cápita más alto del mundo.

Los recursos gaseros y petroleros también han dado pie a una política exterior muy activa. Sin la capacidad militar para defenderse de los dos gigantes regionales, Irán y Arabia Saudita, Catar ha recurrido al “poder blando”. Con el objetivo de presentarse ante el mundo como un país dinámico, estable, cooperativo y favorable a la inversión, el emirato ha centrado sus esfuerzos en patrocinar las artes, la educación, la cultura, el deporte, la diplomacia y la ayuda humanitaria. Aunado a esto, la expansión de Al Jazeera —cadena de televisión creada en 1996, con sede en Doha— ha reforzado la imagen de Catar en el exterior como un país en el cual se respeta y aprecia la diversidad de opiniones y creencias.

La candidatura para organizar la Copa del Mundo 2022 fue parte de esta “campaña de marketing”. En diciembre de 2010, tras derrotar a Estados Unidos, Corea del Sur, Japón y Australia en la votación, Catar sorprendió al mundo futbolístico y se llevó la sede. Desde el punto de vista de las autoridades cataríes, la victoria era sinónimo de los beneficios que a menudo se asocian con albergar mega eventos deportivos: promover la industria turística y diversificar la economía, aumentar las ganancias de hoteles, restaurantes y centros comerciales, desarrollar la infraestructura del país, atraer inversión extranjera, etc. En pocas palabras, el Mundial prometía ser un negocio redondo. Sin embargo, había quienes no estaban tan entusiasmados con la idea.

Desde que la FIFA anunció a Catar como anfitrión de la Copa del Mundo, las críticas no han cesado. Además de las acusaciones de corrupción contra miembros del Comité Ejecutivo de la FIFA durante el proceso de selección de la sede, la primera gran controversia giró en torno al clima desértico del país. En junio, cuando normalmente se lleva a cabo el torneo, la temperatura en Doha oscila entre 29 y 42º C. Dado el riesgo que esto representa para jugadores y aficionados, finalmente se tomó la decisión de celebrar el Mundial en noviembre y diciembre. Otro motivo de preocupación son las deplorables condiciones laborales de los trabajadores en las obras de infraestructura para el torneo, situación que Human Rights Watch ha descrito como “esclavitud moderna”.

El estatus de Catar como sede también se puso en tela de juicio debido a una crisis diplomática que estalló en junio de 2017: Arabia Saudita y sus aliados regionales acusaron a Doha de apoyar a grupos islamistas radicales —el chiste se cuenta solo— y le reclamaron su acercamiento con Irán. Además de un embargo económico, buscaron desprestigiar el Mundial catarí y apoyaron las intenciones de la FIFA de ampliar el número de equipos participantes de 32 a 48. Esto hubiera forzado a Catar a compartir la sede, probablemente con alguno de los países involucrados en el conflicto. Para alivio de Doha, la FIFA confirmó ayer que seguirán con el plan original de 32 equipos.

Hay al menos dos cuestiones adicionales que, por su naturaleza cultural y religiosa, son más delicadas. Una es la prohibición de la homosexualidad, que se castiga con pena de prisión, flagelación, deportación o muerte; la otra tiene que ver con las fuertes restricciones al consumo de alcohol.

Futbol

Ilustración: Pablo García

“Chelear” en Catar

El esfuerzo del emirato por presentarse como país moderno y dinámico no quiere decir que sus costumbres hayan pasado a segundo plano. Más bien, como dice la Visión Nacional de Catar 2030, el objetivo es “combinar la vida moderna con los valores y la cultura” para, de esta manera, “conectar y equilibrar lo antiguo y lo nuevo”.2 De igual forma, la Estrategia Nacional de Turismo establece que éste “debe estar en armonía con las tradiciones y los valores locales”, además de que hay que “defender la identidad y el código moral árabe e islámico de los cataríes, y alentar los valores familiares y la cohesión social”.3

¿Qué tradiciones y valores se busca preservar? Junto con Arabia Saudita, Catar es uno de los pocos lugares en donde predomina la corriente conservadora del islam conocida como wahabismo. El emirato es oficialmente un Estado musulmán y su sistema legal se basa parcialmente en la sharía. Si bien la religión sólo desempeña un papel marginal en el sistema político, el islam es un marco de referencia para la mayor parte de la población catarí. Con base en el Corán, el hadiz y las interpretaciones de eruditos religiosos, se ha desarrollado un conjunto de principios, normas y prácticas que guían la vida de los creyentes —por ejemplo, rezar cinco veces al día, seguir reglas dietéticas, ayunar durante el Ramadán, vestir ropa modesta, hacer peregrinaciones, dar diezmo y, claro, evitar todo contacto con bebidas alcohólicas.

Pese a que el wahabismo prohíbe consumir, producir y vender alcohol, los extranjeros en Catar tienen acceso limitado a estas bebidas. Un visitante sólo puede adquirirlas en hoteles de lujo a precios desorbitantes, pero los residentes tienen una opción adicional: visitar una de las dos tiendas de la Qatar Distribution Company, la única autorizada para vender alcohol en el emirato. Para hacer compras ahí, se necesita una licencia. Los clientes deben especificar sus ingresos mensuales, comprobar que no son musulmanes y presentar una carta de aprobación de su empleador. Además, las botellas se deben llevar a casa de inmediato, sin paradas intermedias, y no se pueden obsequiar ni transportar a otros lugares.

Mientras que las autoridades toleran el consumo discreto de alcohol en espacios privados, la arena pública está estrictamente regulada por principios religiosos. Muchos musulmanes creen que, si están expuestos al alcohol, estarán “manchados” a ojos de Alá, por lo que esperan que otros se abstengan de beber en los espacios que ocupan. Además, consideran que el comportamiento de los demás en su presencia afecta su posición ante Alá y la comunidad, por lo que una conducta pública ofensiva es intolerable. Las sanciones por consumo público de alcohol, embriaguez y violación de otras leyes relacionadas son severas. Por ejemplo, extranjeros sorprendidos en actividades de producción y venta de alcohol han sido azotados públicamente y deportados.

El compromiso de las autoridades con un espacio público libre de embriaguez quedó demostrado a finales de 2011. Debido a las quejas de ciudadanos cataríes sobre el comportamiento de extranjeros embriagados, se prohibió la venta de alcohol en los restaurantes de la isla artificial Pearl Qatar, una de las principales atracciones de Doha. Numerosos negocios quebraron. No obstante, las autoridades tenían que lidiar con una contradicción inevitable: por un lado, atraer turismo y mano de obra calificada y, por otro, mantener los valores religiosos locales. Hasta ahora, el Estado ha logrado mantener un equilibrio delicado. Sin embargo, manejar a un pequeño grupo de extranjeros no es lo mismo que controlar a cientos de miles de aficionados de futbol con toda la intención de beber, y mucho.

Budweiser y FIFA: pareja inseparable

Para muchos hinchas, “chelear” es parte esencial de ser aficionado. Las cantidades industriales de cerveza que consumieron los asistentes a Rusia 2018 sorprendieron incluso a los anfitriones. Naturalmente, la posibilidad de no poder consumir alcohol durante el Mundial en Catar ha alarmado al mundo futbolístico. Sir David Richards, uno de los dirigentes más influyentes del futbol inglés, está entre quienes han propuesto boicotear el torneo si las autoridades cataríes no cambian su posición. Sin embargo, todo parece indicar que un boicot no será necesario, al menos por falta de alcohol. En lo que a cerveza se refiere, los hinchas no musulmanes tienen un aliado implacable: la FIFA.

No es ningún secreto que, lejos de guiarse por el respeto a la religión, las costumbres locales, la democracia o los derechos humanos, la FIFA se rige por sus intereses financieros. De sus patrocinadores, pocos han sido tan fieles como Budweiser. Esta cerveza de fama mundial producida por Anheuser-Busch InBev —compañía que vende más de 200 marcas de cerveza, incluida Corona— ha patrocinado todas las Copas del Mundo desde 1986. Por ser parte de la “familia FIFA”, la cervecera paga entre 10 y 25 millones de dólares al año, por lo que sin duda exigirá que su producto se venda durante el torneo en Catar.4 Lógicamente, la FIFA tiene gran interés en mantener su asociación con Budweiser y cuenta con mecanismos para garantizar que se cumplan sus exigencias.

Cuando un país presenta su candidatura para ser sede de una Copa del Mundo, tiene que aceptar una serie de condiciones que determina la FIFA. Debido a la competencia que hay para albergar el torneo, los candidatos tienen poco margen de negociación. Algunas de estas condiciones implican modificar el marco legal del país anfitrión de forma temporal. Antes del Mundial de 2014, por ejemplo, el gobierno brasileño acordó exentar de impuestos de importación y exportación a todos los bienes de corporaciones extranjeras relacionadas con la competencia.

El caso de Brasil 2014 también nos da pistas acerca de lo que seguramente sucederá en Catar con respecto a la política de alcohol. En 2003, se había prohibido en el país sudamericano la venta y el consumo de bebidas alcohólicas en los estadios para combatir la violencia entre aficionados. No obstante, al aceptar la candidatura, Brasil garantizó a la FIFA que durante el torneo no habría restricciones legales para vender, promocionar o distribuir los productos de los patrocinadores en estadios u otros sitios. Jérôme Valcke, entonces secretario general de la FIFA, expresó la posición intransigente de la organización: “Las bebidas alcohólicas son parte de la Copa Mundial de la FIFA, así que vamos a tenerlas. Disculpe si sueno un poco arrogante, pero no lo vamos a negociar”.5 Brasil cedió.

Con estos antecedentes, no hay motivo para pensar que se vaya a hacer una excepción con Catar. Si las autoridades del emirato incumplen los acuerdos, la FIFA podría retirarles la sede: una humillación en el escenario mundial. Tendrán que encontrar la manera de satisfacer las demandas de Budweiser y los aficionados extranjeros sin vulnerar las creencias religiosas locales.

Jeques en jaque

Los organizadores del próximo Mundial han sido cautelosos. En vez de comunicar planes concretos, en sus vagas declaraciones procuran no hacer enojar a nadie. La única promesa que las autoridades han hecho hasta ahora es que los aficionados podrán consumir alcohol en “zonas designadas”, sin dejar de mencionar que esta actividad “no es parte de la cultura catarí”. Se ha especulado que algunas de esas zonas estarán en lugares desérticos remotos, de modo que los hinchas extranjeros que consuman alcohol no estén a la vista de la población musulmana. Sólo así, se arguye, será posible proteger su integridad religiosa. Un razonamiento similar está detrás de los planes, ya en marcha, de construir Lusail, una nueva ciudad costera a 23 kilómetros de Doha. Se espera que la ciudad concentre, lejos del resto de la población, a la mayoría de los aficionados consumidores de alcohol. La idea es mantener la “pureza” de la esfera pública catarí, mientras que las zonas especiales se convierten en una especie de esfera privada ad hoc para extranjeros.

Los límites de esta estrategia de segregación son evidentes. Si se llegase a confirmar la venta de cerveza en los estadios, por ejemplo, de poco serviría tener áreas separadas para bebedores y no bebedores. Al menos para llegar y retirarse de los partidos, los aficionados musulmanes tendrían que compartir el mismo espacio con hinchas embriagados en mayor o menor medida. Además, no se puede olvidar la magnitud del torneo. En Rusia 2018, las once ciudades sede llegaron a albergar a casi tres millones de visitantes extranjeros. Desde luego, no todos estaban ahí por el Mundial, pero la cifra, superior a la población total de Catar, sirve para imaginarse lo que podrían enfrentar las autoridades. Si controlar los patrones de consumo de alcohol de tantos hinchas ya es una tarea titánica, mantenerlos separados físicamente de la población musulmana se antoja prácticamente imposible.

La estrategia de segregación también conlleva el riesgo de dejar insatisfechas a ambas partes. Por un lado, un sector de la sociedad local está consternada por la creciente influencia cultural de Occidente. La reacción de un usuario de Twitter catarí a la introducción de carne de cerdo al país para consumo de los extranjeros lo dice todo: “La gente no lo entiende. No se trata de la carne de cerdo [o del alcohol en este caso], sino de que nos sentimos cada vez más como una minoría en nuestro propio país”.6 Por otro lado, desde el punto de vista de un hincha, asistir a un Mundial en un país con tantas restricciones no suena particularmente atractivo, especialmente si existe la posibilidad de ser azotado por emborracharse en público.

Para mitigar estos temores, una opción sería suspender temporalmente las leyes punitivas relacionadas con el alcohol y crear un marco jurídico alternativo para hinchas extranjeros. No sería la primera vez. En Sudáfrica 2010, el gobierno estableció tribunales extraordinarios para atender casos relacionados con el torneo. Aun así, asumiendo que las autoridades cataríes cedan a las presiones y permitan a los hinchas “chelear” con relativa libertad, las condiciones locales podrían disuadir a muchos aficionados de hacer el viaje al emirato. Razones sobran: habrá quien decida no ir por los precios prohibitivos, el conservadurismo de la sociedad catarí, la posible falta de ambiente, la discriminación por orientación sexual o, incluso, en protesta contra la explotación laboral. Tal vez es ingenuo pensarlo, pero ésta podría ser una oportunidad para sacudir las estructuras del futbol mundial. Si suficientes personas se quedan en casa —tanto cataríes como extranjeros—, los estadios semivacíos serían un recordatorio oportuno para la FIFA y las autoridades cataríes de que, en palabras de Juan Villoro, “Dios es redondo” y no tiene forma de billete.

 

Franco Bavoni
Es autor de Los juegos del hombre: identidad y poder en la cancha (Cal y Arena, 2014).


1 Allen J. Fromherz, Qatar: A Modern History, Londres, I.B. Tauris, 2012, p. 1.

2 Cit. por Mehran Kamrava, Qatar: Small State, Big Politics, Ithaca, Cornell University Press, 2013, pp. 133-134.

3 Cit. por Susan Dun, “No beer, no way! Football fan identity enactment won’t mix with Muslim beliefs in the Qatar 2022 World Cup”, Journal of Policy Research in Tourism, Leisure and Events, 6 (2014), p. 192.

4 Jonathan Gornall, “World Cup 2014: Festival of Football or Alcohol”, The BMJ, 11 de junio de 2014.

5 Cit. por John Wendt y Peter Young, “Protecting Spectator Rights: Reflections on the General Law of the Cup”, International Sports Law Journal, 14 (2014), p. 184.

6 Cit. por M. Kamrava, op. cit., pp. 161.

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La desesperanza domina pero no gana. La noche del 8 de noviembre fue trágica. Millones de personas vimos estupefactas cómo se consumaba la victoria de un candidato racista, misógino y xenófobo. Mantuve algo de esperanza conforme el mapa se iba pintando de rojo hasta que cayó Ohio, estado que en todas las elecciones presidenciales desde 1964 ha votado por el candidato triunfador. Vaya coincidencia: Ohio también era el lugar en donde días después —el 11 de noviembre— la selección nacional mexicana de futbol se enfrentaría a la de Estados Unidos en el primer partido clasificatorio para el Mundial de Rusia 2018.

En los días que siguieron a la elección y precedieron al juego, presencié manifestaciones contra Donald Trump en Chicago. Consignas como “No hate, no fear, immigrants are welcome here!” [Sin odio, sin miedo, los inmigrantes son bienvenidos aquí] y “Not my president!” [No es mi presidente] retumbaban, paradójicamente, frente a la imponente Torre Trump en el centro de la ciudad. Cuando algún manifestante ondeaba la bandera de México, la gente respondía entusiasmada: “¡Sí se puede, sí se puede!”

A pesar de las protestas y las muestras de solidaridad con los migrantes mexicanos, la elección también desató una ola de odio y discriminación en varias ciudades del país. En este video, por ejemplo, se puede ver cómo un grupo de estudiantes —¡de primaria!— corea “Build that wall, build that wall!” [Construye ese muro] en referencia al muro fronterizo que Trump prometió construir si ganaba las elecciones. Éste es sólo uno de muchos incidentes que han salido a luz en los últimos días.

En estas circunstancias, el partido entre México y EE.UU. en Columbus, la capital de Ohio, adquirió un significado especial. Debido a la naturaleza antagónica del futbol y la intensa rivalidad entre ambos países, parecía poco probable que los aficionados estadounidenses mostraran solidaridad con los migrantes mexicanos. En los estadios de futbol reina lo mejor y lo peor de la más libre expresión. Tocaba, pues, denostar al adversario. ¿Qué mejor ocasión que un partido contra México para que los estadounidenses celebraran la victoria electoral de Trump? ¿Qué mejor manera de exigir al futuro presidente que deportara a los “ilegales”? ¿Qué mejor uso de la metáfora: los mexicanos no podrán cruzar el “muro defensivo” para anotar un gol?

futbol

Para México cualquier juego contra EE.UU. tiene implicaciones que van más allá del deporte. Dada la asimetría de poder que caracteriza las relaciones bilaterales, el futbol es uno de los pocos ámbitos en donde David puede vencer a Goliat. Como dice el eslogan de la campaña publicitaria de la Federación Mexicana de Futbol (Femexfut), “El futbol es nuestro”. Los “gringos” podrán ser “superiores” a nosotros en todos los ámbitos —economía, territorio, influencia cultural—, pero el futbol nos pertenece. Ahora más que nunca había que demostrarlo en Columbus.

Para asistir al juego tuve que comprar mi boleto a los American Outlaws (AO), el club de fans de la selección estadounidense. La estrategia de jugar en Ohio y vender boletos por medio de organizaciones como ésta buscaba evitar una presencia apabullante de mexicanos en las gradas, como sucede en estados con muchos migrantes como California o Illinois. Como me diría un hincha de la selección estadounidense, “Estoy feliz de que el partido sea en Columbus. Nunca quiero regresar al Rose Bowl [en Pasadena, California]. Nunca me he sentido tan fuera de Estados Unidos como en ese partido contra México. Parecía el estadio ‘Roseteca’”.

Así pues, renuentemente me hice miembro de los AO. A los pocos días, me llegó mi kit con la entrada al partido, el boleto de autobús —viajé con ellos de Chicago a Columbus—, un paliacate con la bandera de las barras y las estrellas y, por último, una playera rojinegra, de aspecto militar, con la frase “This land is our land” [Esta tierra es nuestra]. El tono nacionalista del eslogan reafirmó mis sospechas de que el partido podría reflejar las tensiones políticas del momento.

De paseo con los American Outlaws

Mientras me dirijo hacia el punto de encuentro de los AO en Chicago, siento que voy directamente hacia la boca del lobo. Conforme me acerco al autobús que nos llevará a Columbus, veo a un grupo de gente con uniformes de Estados Unidos. Varios de ellos traen en la espalda el número 10 de Landon Donovan, el jugador estadounidense conocido por orinar la cancha del Estadio Jalisco y sin quien la rivalidad futbolística entre ambos países no sería lo mismo.

En un acto de resistencia sigilosa, compro una Pacífico para el camino mientras el resto llena las hieleras con cerveza local. Ya en el autobús, empiezan a fluir las conversaciones y las porras. Sin embargo, los comentarios a favor de Trump y los cantos contra México brillan por su ausencia. En su lugar, los AO entonan con pasión las canciones de Mulán, una película animada de Disney, y el clásico “Born in the U.S.A.” de Bruce Springsteen, entre otras canciones de rock y pop.

Ya en Columbus, después de casi seis horas de viaje, nos dirigimos a la fiesta de la noche previa al partido, que reúne a los AO de distintas ciudades del país. La parafernalia estadounidense está por todas partes, aunque en el mar de rojo, blanco y azul alcanzo a ver una playera verde. Se trata de un migrante de Jalisco que viajó desde California a ver el partido. Le pregunto si no se siente incómodo en ese ambiente, justo después de la elección. Sin inmutarse, responde: “No, los americanos son bien respetuosos. Si tú los respetas a ellos, ellos te respetan a ti. Hasta se me acercó alguien para pedirme disculpas y decirme que no todos ellos son como los que votaron por Trump”.

Interrumpen la música y presentan al jugador retirado Alexi Lalas, quien de inmediato hace alusión a la coyuntura política del país: “Vivimos en tiempos interesantes, ¿no es así?” De manera ambigua, deja entrever su posición: “Elijo creer en el bien, elijo ser un optimista”. Un aficionado cerca de mí dice en tono reprobatorio: “Así que estás con ella [con Hillary Clinton]”. Se siente tensión en el ambiente, pero Lalas prosigue: “La razón por la que elijo creer en el bien es la gente como ustedes. Ustedes representan todo lo bueno de nuestro país”. Da la impresión de que el discurso es una crítica implícita al racismo de Trump y una invitación a que los aficionados se abstengan de todo comportamiento discriminatorio. Pero nada se hace explícito; no hay necesidad, todos entienden.

A continuación, una cantante empieza a entonar el himno nacional y se despliega la bandera estadounidense. La tensión se disipa. Ahora toma la palabra Rob Stone, un comentarista deportivo de Fox Sports. Él también habla de la elección: “Sé que han sido tiempos difíciles. Ha sido complicado, pero déjenme decirles que México lo tiene peor. México sabe lo que son tiempos difíciles”. No se refiere a Trump, sino al hecho de que la selección mexicana ha perdido cuatro partidos seguidos en Columbus con exactamente el mismo marcador. Los AO no se cansan de corearlo: “¡Dos a cerou! ¡Dos a cerou!”

Stone regresa al tema electoral y hace un llamado a la unidad: “Éstos también han sido tiempos difíciles para Estados Unidos. Sé lo que ha estado pasando en estos meses. Sé lo que sucedió el martes [en la elección]. Déjenme decirles algo, hermanos: hoy, y mañana por la noche, no somos un estado rojo, ni somos un estado azul. ¡Somos un maldito estado rojo, blanco y azul!” El público enloquece y los AO empiezan a gritar: “¡U.S.A! ¡U.S.A.!” El escenario está listo para el juego.

En vísperas del partido

El día ha llegado y las calles de Columbus están llenas de aficionados estadounidenses. Varios de ellos van disfrazados. Me encuentro a la Estatua de la Libertad caminando por la calle. Cerca de los edificios de gobierno también veo a George Washington. En el mercado entablo una conversación con un grupo de mexicanos. Me cuentan que vienen desde Texas a ver a la selección. Ayer, dicen, llevaron serenata a los jugadores. Sacan sus celulares y me muestran las selfies que se tomaron con el Chicharito, Carlos Vela y compañía. Me recriminan no portar  “la verde” y me regalan un listón tricolor para que lo lleve en la cabeza.

Los AO se empiezan a congregar en un terreno cercano al estadio, donde hay hamburguesas y hot dogs gratuitos para el club de aficionados —por fin la membresía me trae un beneficio que disfruto. La inmensa mayoría bebe cerveza y una persona que toca el sousafón dirige las porras. Además del partido, los estadounidenses tienen otra razón para sentir orgullo nacional: la fecha coincide con el Día de los Veteranos. De repente pasa un soldado y la gente lo vitorea y le agradece su servicio a la patria.

El mexicano no puede faltar a la fiesta y ésta no es la excepción. Playeras verdes aparecen esporádicamente entre los AO. A pesar de las circunstancias políticas, nadie se mete con ellos. Al contrario. Los estadounidenses les regalan cerveza, platican amistosamente y hasta se forman pequeñas filas para tomarse fotografías con ellos. Un aficionado de Pennsylvania resume lo que parece ser el sentir general: “El partido contra México es muy importante para nosotros. Son nuestros vecinos y nuestra rivalidad tiene muchos años. Son el equipo a vencer si queremos ser los mejores de la región. […] Pero, sinceramente, espero que la mierda política desaparezca. Es sólo un partido de futbol”.

La marcha de los AO hacia el Mapfre Stadium inicia mientras converso con un votante de Trump cuyo candidato ideal era Bernie Sanders; está harto de políticos “del sistema” como los Clinton. Todos ondean sus banderas y no cesan de echar porras. Ya en las inmediaciones del estadio, los estadounidenses se encuentran con aficionados mexicanos que se han instalado cómodamente en el estacionamiento. Traen sillas, asadores, bocinas y hieleras. En un toldo también hay una imagen de Zapata con la leyenda “Es mejor morir de pie que una vida arrodillado [sic]”. Sin embargo, no hay altercados, sino un ambiente festivo. Conforme pasa la procesión de los AO, personas de ambos bandos chocan las manos y se desean suerte en el juego.

Dos seguidores de los Pumas, que viajaron desde Indiana, se toman fotos enfrente del estadio. Les pregunto si creen que habrá pocos mexicanos en las gradas. Dicen que sí y se quejan de la injusta política de venta de boletos: “Si tienes apellido mexicano, no te los venden porque ellos quieren ser mayoría”. Con la plática descubro que no soy el único que se “infiltró” en los AO para conseguir boletos. “Era eso o pagar un montón en la reventa”, confiesan. Nos despedimos. Ha llegado la hora de la verdad. 

El fin de la maldición: dos a uno

Aunque mi asiento está en la sección de los AO, busco otro lugar con algún grupo de mexicanos. He soportado todo el día los cantos del “dos a cerou”, pero mi tolerancia tiene límite y no estoy dispuesto a quedarme con las ganas de gritar un gol de México. Me acogen un par de tapatíos que llevan más de veinte años en Dayton, Ohio, donde tienen una cadena de restaurantes. Generosamente, me invitan una cerveza y hasta me comparten de sus tacos. Son seguidores fieles de la selección y pagaron seiscientos dólares por estar ahí.

Entran los equipos al terreno de juego y en las gradas se forma un mosaico que dice “One nation, one team” [Una nación, un equipo]. Se entona el himno nacional de México —sin abucheos— y luego soldados cubren más de la mitad de la cancha con una enorme bandera de Estados Unidos. Emocionados, los locales cantan su himno. Hay fuegos artificiales y de la cabecera de los AO emerge una imagen de Christian Pusilic, jugador estadounidense, que con los dedos indica el marcador esperado: dos a cero. Mientras tanto, los jugadores de ambos bandos se entremezclan para tomarse la fotografía oficial como si fuesen un mismo equipo. La Femexfut manda un mensaje de unión en sus redes sociales: #AbrazadosPorElFutbol.

Da inicio el juego y, veinte minutos después, Miguel Layún abre el marcador. Después de cuatro partidos sin anotar, es la primera vez en quince años que México mete gol en Columbus. Los mexicanos estallan en júbilo, pero la mayor parte del público se agüita. El silencio es clara señal de que se terminó la racha. Aunque México domina el resto del primer tiempo, no hay más anotaciones. En la segunda parte, los ánimos de los aficionados locales se recuperan. Estados Unidos empata al minuto 49 con gol de Bobby Wood. Varias oportunidades de gol no se aprovechan y todo parece indicar que el juego terminará empatado. De pronto, a unos minutos del final, un cabezazo del capitán Rafa Márquez pone a México al frente.

Los estadounidenses están atónitos, mientras que los mexicanos les dan de su propia medicina cuando empiezan a gritar: “¡Dos a uno!” Con las emociones a flor de piel, en la cancha expulsan a Carlos Salcedo y se desata un altercado entre los jugadores. Si va a haber alguna expresión discriminatoria por parte del público, éste es el momento. Sin embargo, el incidente no pasa a mayores y, minutos después, el árbitro da el silbatazo final. México hace historia y gana por primera vez en Columbus.

Con cariño para Trump

Los mexicanos que hicieron el viaje a Columbus —la inmensa mayoría desde otras ciudades de Estados Unidos— no ocultan su felicidad. Muchos se dirigen hacia la zona que lleva al vestidor para aplaudir a los jugadores. Luego se concentran alrededor del set de Univisión, donde los comentaristas discuten el partido. Cerca de las cámaras de televisión, los seguidores del Tri siguen exclamando con alegría: “¡Dos a uno!”

Cientos de espectadores estadounidenses se dirigen hacia la salida cabizbajos, pero de manera pacífica. Sólo hay un par de excepciones. Primero, un mexicoamericano con el uniforme de los locales empieza a insultar en spanglish a los aficionados mexicanos. Las personas encargadas de la seguridad inmediatamente le piden que se retire. Un mexicano comenta molesto: “Los únicos que nos dicen de cosas por traer la verde son los mexicoamericanos”. Se equivoca. Momentos después otro aficionado, ahora de tez blanca, pasa y balbucea algo indistinto sobre Trump. Un mexicano le responde: “¿Qué dijiste, cabrón?” Los acompañantes del estadounidense intervienen y se llevan a su amigo. Todo regresa a la tranquilidad.

En el estacionamiento comienza la fiesta. Desde lejos se escucha una grabación de “Cielito lindo” y la gente canta a todo pulmón. Enfrente del sistema de sonido varias personas sostienen una bandera de México que, en lugar del águila y la serpiente, tiene un puño decorado con las barras y las estrellas de la bandera estadounidense. En la parte superior hay un letrero que dice: “You can’t deport us all” [No nos puedes deportar a todos]. El encargado del micrófono envía un mensaje claro a Trump: “¡Métete tu muro por el culo, güey!”

Dos estadounidenses se abren paso entre la multitud para tomarse una fotografía con la bandera. A uno de ellos le ponen un sombrero encima de su gorro de U.S.A. El otro se abraza con un mexicano y le dice con una sonrisa: “¡Vamos México!” Con el mismo tono del “dos a cerou”, los aficionados empiezan a corear “¡Sí se pudo, dos a uno!” El estadounidense del sombrero, ya sin él, pide el micrófono para empezar un nuevo canto: “¡Trump es puto!” Todos lo siguen sin pensarlo dos veces.

Otro estadounidense observa desde lejos y el del micrófono lo llama:

Mexicano: A ver, amigo, come over here, my friend. Don’t be scared, we’re not gonna rape you [ven para acá, mi amigo. No te asustes, no te vamos a violar]. No somos violadores, güey, como dice tu papá. My friend, what do you think about the game? [Amigo, ¿qué piensas del partido?]

Estadounidense: Good game tonight. Congratulations to Mehico for the win. We have a lot of respect for everybody. This is soccer. It does not matter where you come from, it doesn’t make a difference [Buen juego hoy por la noche. Felicidades a “Méhico” por el triunfo. Tenemos mucho respeto por todos. Esto es futbol. No importa de dónde vengas, no hace diferencia].

Mexicano: Un aplauso por favor para este pinche bato, que sí es bien cabrón. Este güey sí sabe reconocer, compadre. Congratulations to you too, man. This was just a game. We have respect for you too, man [Felicidades a ti también, hombre. Éste fue sólo un juego. También tenemos respeto por ustedes, hombre].

“La cumbia de mi raza”, una canción dedicada a los migrantes, sustituye el “Cielito Lindo”. La gente baila y ondea sus banderas. Después de mandar saludos “desde Columbus, Ohio” hasta Guanajuato, Puebla y otros estados, el del micrófono exclama: “No está lloviendo ni está temblando, es la raza de México que va llegando. ¡A huevo!” La gente se alboroza. La noche continúa con una selección musical variada que incluye banda sinaloense, salsa, rock en español y, obviamente, mariachi.

Personas vestidas con los colores de Estados Unidos se unen a la fiesta de sus “hermanos” mexicanos. Contrario a mis expectativas, el ambiente se asemeja a las marchas contra el presidente electo, mientras que los actos de discriminación son casi inexistentes a pesar del ambiente político y la rivalidad futbolística. La cerveza fluye, pues esa noche hay mucho que celebrar. México ganó en uno de los estados que dieron la victoria a Trump y, en palabras del compañero del micrófono, “¡Se acabó el pinche dos cero!”

 

Franco Bavoni
Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México y Maestro en Ciencias Sociales por la Universidad de Chicago. Es autor de Los juegos del hombre: identidad y poder en la cancha.

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