Este es un corazón que late. Es cosa seria.1

Dice mi paisano, el escritor Luis Enrike Moscoso, al enterarse de la muerte de Juan Bañuelos (Tuxtla Gutiérrez, 6 de octubre de 1932-Ciudad de México, 29 de marzo de 2017) que cuando muere un poeta, no se enciende una estrella, se apaga. Y eso me vuelca a leer “Poema de la tristeza” de Ramón Galguera Noverola: “Ser triste tiene un poco / de besar a la muerte, / vive un vivir sin vida / sobre fríos metales. Estar triste es ser algo / de palomas sin alas.”  Y es que la muerte de un ser humano como Juan Bañuelos, no sólo duele, también pega, lastima.

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Fotografía cortesía de Milenio

Un homenaje póstumo acarrea incertidumbre. Quizá la mejor forma de traerlo de vuelta sea regresar a sus libros. Juan Bañuelos, el poeta que levantó la voz ante las injusticias de los pueblos indígenas, hoy se abre de lleno para amar al mundo. “Quiero aclarar mi voz y encabronarme / Después de tanta furia y pena. / Quiero decir la humanidad / Doliéndole al planeta”.2

Con El traje que vestí mañana muchos autores de mi generación descubrimos al poeta Juan Bañuelos. Tuve la fortuna de acompañarlo a Huixtla y Tapachula en la presentación. Escuchar a un poeta con la fuerza de Bañuelos, te cambia el soslayo de la creación poética. Puedo decir que Bañuelos ejerció en mí (y estoy seguro en tantos) la destreza de hablar sin miramiento. Decir lo que se tiene que decir. Porque eso es la poesía, y así lo dijo él mismo: “la forma de comunicarnos con el mundo”.

Y es que no ha sido el hecho de que Bañuelos inaugurara el premio más importante de poesía en México, tampoco ha sido su participación en el grupo, quizá, más importante de poesía de las últimas décadas en Latinoamérica, ni su ejercicio como mediador social en los conflictos en Chiapas en 1994. No. La obra de Bañuelos sobrepasa cualquier ejercicio aunado a su trabajo poético. Su poesía, ante todo, ha sido la voz que le permitió libertad total.

Eso indica que, en el 68, muchas calles de la Ciudad de México se pintaran con sus versos, como menciona la poeta Socorro Trejo Sirvent, en el texto “Cronista intemporal” de la presentación sobre El traje que vestí mañana (Plaza y Janés Editores, 2000), en la ciudad de Tapachula, Chiapas, en 2001:

Hubo un tiempo en que sus poemas, los de Juan Bañuelos, se escribían en los muros de las calles de la Ciudad de México, porque la voz de Juan era, es y sigue siendo la voz del pueblo, la voz de todos los pueblos no sólo de América, sino la voz de todos los pueblos del mundo que sufren y padecen las mismas situaciones de injusticia y marginación. 3

Por la tarde del 29 de marzo me comuniqué con el fotógrafo Josué Bello que vive en la Ciudad de México. En 2015, Josué realizó la memoria fotográfica del 8º Festival Internacional de Escritores Carruaje de Pájaros que dedicamos en honor a los poetas Óscar Oliva y Juan Bañuelos. Debido a que el maestro Bañuelos no podía viajar a Chiapas, Josué lo entrevistó en su casa. Se hicieron amigos.

En un mensaje de quebrada voz, Josué me confirmó la noticia. El maestro Juan Bañuelos había fallecido de una complicación respiratoria. No pasó mucho tiempo cuando la noticia comenzó a divulgarse y muchos escritores expresaron su pena y dolor a través de las redes sociales:

“Me acuerdo de ti, querido Juan Bañuelos, desde que me acuerdo de mí”.

Escribió la etnomusicóloga Aurora Oliva, hija del poeta Óscar Oliva, integrante de La espiga amotinada.

De igual forma, el escritor chiapaneco Roberto López Moreno (Premio Chiapas en Artes, 2001, confesó la influencia que tendió sobre él, el autor de Espejo humeante:

De su magnífica obra, hace muchos años tomé una forma métrica que él utilizaba con frecuencia en sus poemas, así fue como construí lo que denominé "Bañueleadas" en homenaje a él. Nuevamente en su honor -aunque sea ahora por otro motivo- publico aquí un poema escrito en "Bañueleadas” y escogí, pensando también en su posición poética y humana, siempre del lado del pueblo, el poema “Mes de julio” de la selección "Bañueleadas" impresa en uno de mis primeros libros: En el sur de la nostalgia (Federación Editorial Mexicana, 1974). Con esto pretendo un doble homenaje para el poeta Juan Bañuelos.

MES DE JULIO
Enlazadas las manos —mil gaviotas
naciendo de pancartas a consignas—
construían el tiempo roca a roca
cuando la tierra hablaba.
Enislados las voces de la aurora 
despertaban su paso verde olivo,
(militante de caña, sal y ola
desde que el agua hablaba).
Era un mitin de pájaros al viento,
poema al huracán, voz al espacio,
y al trino un lenguaje pirotécnico
con el que el aire hablaba.
Multifácico el aire, ojos de agua,
ardía desde la barba hasta la tierra 
y se hacían del fuego las palabras…
el Comandante hablaba.

A su vez, el poeta y comunicador Eduardo Casar, contó una divertida anécdota: 

El poeta Juan Bañuelos fue un gran poeta, con una obra variada y vasta, y uno de los primeros detentadores de talleres literarios. Su poema "Canto de verano" lo usamos muchas veces en la SOGEM para aprovechar su impresionante ritmo cambiándole la letra. Un día, ambos con una cuba en la mano, le dije: -Juan: debo confesarte que te robé la musicalidad de “Canto de verano” para hacer un poema mío. Y me contestó: -No te preocupes, Casar: yo se la robé a Rubén Darío. Su muerte no representa una "gran pérdida", como dicen los lugarescomunantes, sino un aviso para podernos enriquecer leyéndolo. La poesía es la verdadera forma de la resurrección, como decía Lezama.

Y la escritora Marisa Trejo Sirvent, de igual forma, dio a conocer que en varias ocasiones compartió escena literaria con el poeta:

La vida que tú me dejaste, padre, es la yegua gris que monto…", fragmento de una obra valiosa y que aún falta difundir más, de un escritor chiapaneco, de izquierda, de militancia, de integridad demostrada, reconocido en otros países, respetado y valorado en su estatura artística y sus posiciones políticas, defensor de las causas del pueblo, de la lucha indígena, mediador con el Ejército Zapatista, poeta intenso y talentoso, amigo y escritor con el que compartí varias veces mesas de lectura en los festivales de poetas Chiapanecos, en el recital que organizó la Editorial Katún en la Ciudad de México, en el Festival Internacional de Poetas por la Paz, el Festival Internacional Jaime Sabines y en el Festival Internacional de Poesía de La Habana, con quién también tuve el gusto de ser jurado de un concurso poético, así como convivencias en cenas y otros eventos relacionados con encuentros poéticos, Juan Bañuelos, uno de los grandes de la poesía chiapaneca, se nos fue hoy en la yegua gris que montó y que por fin logró domar para que pudiera acompañarlo a otros confines del universo. Descansa en paz Juan, tu obra seguirá con nosotros, y más allá de nosotros y la efímera estancia en este mundo.

El poeta Balam Rodrigo, quien mantuvo una estrecha amistad con Bañuelos, en su texto Juan Bañuelos: gemelo de la poesía testimonial, le atribuye la fuerza y la carga que usaba en su poesía lo mismo para escribir sobre lo testimonial como sobre el tema amoroso:

Juan Bañuelos fue un poeta que no escribía de sus personales vivencias domésticas para hacer de ellas versos lastimosos y ampulosos, por contrario, Bañuelos fue uno de esos escasos poetas que supo relatar con fuerza, claridad y honda condición humana, el dolor, la miseria, las penurias y la injusticia padecidas por los demás, por el otro, y a la vez, era capaz de conmover hasta la médula con su poesía amorosa.”4

El poeta originario de Escuintla, Chiapas, Víctor García Vázquez, ha trabajado los últimos años en la poesía de Juan Bañuelos. El conocimiento amplio sobre la obra del poeta le permite retomar lo que muchos han dictado. La obra de Bañuelos se pronuncia ante la injusticia social:

Juan Bañuelos fue un poeta que desde sus primeros versos se ocupó de los temas que agobian al hombre: el dolor, la injusticia social, el hambre, el abuso de poder, la falta de democracia, la desigualdad de los pueblos indígenas, la devastación del medio ambiente, entre otras problemáticas acuciantes. Sin ser un poeta panfletario, los versos de Bañuelos han sido adoptados por diversas generaciones para expresar su inconformidad social, su rabia contra el mundo y su protesta contra la incertidumbre.”5

Sobre el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes, que obtiene y con esto inaugura Juan Bañuelos, con Espejo humeante, en 1968, mencionó en la entrevista realizada por Josué Bello que no esperaba la proyección que tendría al ganarlo. Sin embargo sabía que el premio se presumía como uno de los más importantes y que pronto sería un referente en la poesía nacional.

Al día de hoy, sin duda, este certamen es el más alto reconocimiento que pueda obtener un poeta mexicano. Su garantía no está sobrevalorada. Esperemos que así funcione por muchos años. Al ganador se le voltea a ver como un referente y de ahí ha surgido un sinfín de pronunciamientos poéticos. Por ello, me permití solicitarle a tres Aguascalientes una aproximación a la poesía de Juan Bañuelos.

Juan Bañuelos es uno de mis tutores y su impronta aparece en Voluntad de la luz por encima de otros poetas. De allí que luchara por editar su "Espejo humeante", libro en el que me observo y reconozco su fuego y su luz cada que vuelvo a él.

Luis Armenta Malpica (Expremio Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 1996)

Fue un maestro muy querido, certero y cercano. Sus palabras ayudaban a enfrentar nuestros primeros balbuceos e inseguridades poéticas. Juan contribuyó a que tuviera la perspectiva para acercarme a la experiencia del lenguaje.

María Baranda (Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes, 2003)

Juan Bañuelos fue el primer poeta real que escuché leer en público y representó, acaso, uno de los momentos más trascendentales de mi vida. El evento se realizó en una sala de cine en el Centro Cultural Genaro Estrada, del hoy Instituto Sinaloense de Cultura. Un foro con capacidad para 200 personas, recibió a 40 o 50 ese día, quienes escuchamos al autor de Espejo humeante leer parte de su obra, aderezada por fragmentos de su vida que el poeta iba dejando caer sobre el público atento. Yo tenía en ese entonces 19 años y quería ser narrador. Sin embargo me sentía muy emocionado, entendía que un poeta podía conectar con un público a través de su voz. No sé si él me hizo tomar la decisión de volverme poeta. Creo que sí, lo creo profundamente. Lo leo cada tanto con el placer y la curiosidad que invocan un poeta de su rango. Me duele su muerte, como la de cualquier poeta, no sólo por la grandeza de las palabras que nos regaló, sino por la grandeza de las palabras que guardó y se llevó consigo para siempre.

Jesús Ramón Ibarra (Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes, 2014)

Poetas jóvenes como Gustavo Íñiguez y Zel Cabrera también hicieron llegar su sentir:

Juan Bañuelos es un poeta que, desde su participación en la espiga amotinada, representa un referente imprescindible para entender el panorama (tradición) de la poesía mexicana del siglo XX. Una gran pérdida que lamento profundamente.

Gustavo Íñiguez. (Poeta y editor)

En la poesía de Juan Bañuelos siempre hubo un eco de vida difícil de no escuchar, ahora sus pasos resuenan en los nuestros, su voz cantará en nuestra voz, como su poesía cantó su vida.

Zel Cabrera. (II Premio de Poesía Joven Guerrero)

El poeta tamaulipeco Luis Aguilar, merecedor de varios premios nacionales en los últimos dos años, reflexiona ante la responsabilidad que existe en la poesía de Juan Bañuelos: 

Juan Bañuelos es sin duda uno de los últimos grandes poetas que hicieron del cantar un derecho pero también una responsabilidad social para con el otro; un compromiso al que no renunció nunca. Su poesía, transparente y humilde —en el mejor sentido, la humildad que tienen sólo los grandes poetas— cruzará las eras como una obra que es capaz de retratar al hambre y convertir ese retrato en alimento justo para el espíritu.

Las poetas Citllalli Xochitiotzin, Iliana Godoy y Raquel Huerta Nava, respondieron que la obra del poeta es un legado que evocará la justicia social, la denuncia, la libertad, el compromiso con la palabra y nos permitirá a quienes volvamos a él a través de su poesía, tener absoluta certeza que la poesía debe pronunciarse ante la adversidad que nos aqueja:

Juan Bañuelos tiene una obra facturada en la belleza desde sus primeros libros, un paisaje el cual fractura en los opuestos; sonoridad para elevar la injusticia, la pobreza denunciada. Nunca una prosa abyecta declarativa e ideológica. Siempre un poema fundido en la belleza aún a pesar de las obscuridades del mundo. Juan Bañuelos, él y su obra son el oficio de palabras. Quizá por ello su poesía fue tan incómoda para los “ismos”, pero perpetua como el arte.

Citlalli H. Xochitiotzin Ortega.

Ser poeta es un ministerio de libertad y justicia. Es tener una voz para no callarse ante el poder. Eso aprendí con Juan Bañuelos.

Iliana Godoy.

La obra de Juan Bañuelos denota un profundo compromiso con la palabra; desde sus inicios, el poeta dominó las figuras retóricas buscando siempre nuevas formas de expresión. Sin duda alguna, "El traje que vestí mañana" es una de sus obras más relevantes. Su legado consiste en una poesía auténtica cuya fuerza vital desborda la dimensión de la palabra escrita y nos ayuda a definir un poco el mundo que habitamos; el poema "El mapa" me parece un claro ejemplo. La relectura de su obra sin duda lo confirmará como una de las voces más importantes de nuestra lengua. Buen viaje, poeta.

Raquel Huerta-Nava.

De igual forma, el escritor Alejandro Aldana Sellschopp, que tuvo cercanía con el maestro Juan Bañuelos, se permitió enviar el significado que para él representa su muerte:

Algo muere en nosotros cuando se apagan los astros, allá en el fondo oculto de las selvas se levanta un surtidor de relámpagos, los pájaros beben el canto humeante de un espejo enterrado. Algo en nosotros muere en la sombra del águila desplegada sobre la bruma, los astros se apagan en la boca del tiempo.

Que la tristeza, entonces, tenga la fuerza de empuñar el corazón. Juan Bañuelos, así lo enuncia en Balada del guerrillero:

A Eraclio, el del barrio de San Roque

Y si muerto mañana
o podrido en la cárcel,
sabrán que tuve el arma
empuñada y que aún nace
combatiente en el alba.

Mi corazón ya sabe
su dirección de bala,
mi boca se deshace
y su fulgor derrama.
Soy puras heredades
que los hombres reclaman
Salgan pronto a las calles
manos mías, hermanas,
salgan pronto a los mares
de multitud airada
como dos largas naves.

Y si muerto mañana
o podrido en la cárcel,
sabrán que tuve el arma
empuñada y que aún nace
combatiente en el alba.

 

Fernando Trejo
Poeta. Es autor de los poemarios Cuaderno invertebrado, Solana, Ciervos y Base Atenas.


1 Verso retomado del poema Vivo, eso sucede. 12 poetas chiapanecos. Selección, entrevistas y notas: José Casahonda Castillo. Colección Rescate y Patrimonio. Edición conmemorativa (Universidad Autónoma de Chiapas, 2010).

2 Ibid.

3 Sombra de papel. Revista de la Coordinación de Investigación y Posgado de la Facultad de Humanidades, Universidad Autónoma de Chiapas. Enero de 2002, año 1, número 4. México.

4 Juan Bañuelos: gemelo de la poesía. Balam Rodrigo. Carruaje de Pájaros. Revista en línea de Arte y Literatura. 30 de marzo de 2017.

5 El sur está en mis lágrimas: un lamento por Juan Bañuelos. Víctor García Vázquez. Carruaje de Pájaros. Revista en línea de Arte y Literatura. 30 de marzo de 2017.

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Desmemoria del rey sonámbulo es uno de los libros más recientes de Balam Rodrigo. Nadie mejor que otro poeta, Fernando Trejo, para abrirnos la lectura de esos versos que se adentran en la doble condición de su autor: biólogo y teólogo.

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El poeta es también un perro. Rumia. Dice Rodrigo Círigo que, como todo lo bueno en este mundo, Desmemoria del rey sonámbulo (conaculta, Monte Carmelo, 2015) comienza con un perro. Y es que el autor ha decidido interponer, antes que una condición, una forma de hablar, como si emergiera dentro suyo la saudade de su escritura. Al final de cuentas, el poema es el hambre de cada poeta que olfatea la calle. Y así es el primer apartado, (de cuatro) de este libro. Quizá porque su autor, el poeta chiapaneco Balam Rodrigo (Villa de Comaltitlán, Chiapas, 1974) radicó gran parte de su vida en la Ciudad de México. Su cosmovisión de joven de provincia, pero aquejado en las laderas más peligrosas del soconusco chiapaneco, hizo de él una especie de bardo con las fauces abiertas. En la espera de…, en el desasosiego de clavar no sólo la mirada, a las jaurías de tropas y pandillas de una ciudad que nunca terminó por hacer suya: espejo diminuto de su infancia en la que él se ve como “un pájaro ahogado en su propio canto / un desterrado en la penumbra”. Un poeta también es la voz de un niño. Aquel que dicta de su ingenuidad la más sincera palabra. Es decir, el poeta se anega en su infancia y recuerda algún pasaje de su infinitud: “De los niños que fuimos / no ha quedado mas que un ombligo roto / en las calles vacías”.

Es necesario reconocer que en la poética de Balam Rodrigo, desde Hábito lunar (Praxis, 2005) hasta Sobras reunidas (antología de poesías & pensamientos inútiles) (Los bastardos de la uva, 2016), hay una idea muy clara de su formalidad lírica, pero, además, una propuesta tanto estética como estilística. Encontramos en su vasta obra un aliento que rompe con esa voluntad, sentimos que, a propósito, el autor nos tiende una trampa. Pero una en la que queremos caer, también a propósito.

En la oralidad de su voz poética, en la esencia de fórmulas estrictas, marcadas, fiel a su postura de creador a través de dos de sus profesiones —la biología y la teología—, Balam es sobre todo un poeta visual y en gran parte de su obra encontramos recursos a través de las grafías que emplea. Desmemoria… no se exime de éstas. Por ejemplo, en el poema Adán (que alude, incluso, al jugueteo verbal a manera de divertimento), escribe:

¿Hijo de poetísima madre: Poeta?
¿Acaso: Bardo?
¿O, frívolamente: Neólogo?
¿ : … : ?
Él dice: Hombre, poeta
perro del hambre altísima:
Pequeño y solo dios ladrando versos
                a éstos, y a los otros
                            —inútiles—
                                           adanes.

Hay que mencionar que en este “absurdo”, Balam retoma un epígrafe del poeta chileno Vicente Huidobro: “El poeta es un pequeño Dios”. Y a propósito denomina al bardo, al neólogo (que puede ser el que escribe este poema): un perro ensimismado que ladra para otros muy inútiles (discípulos), creados a sus costillas, como sombras aduladoras de ese dios (que es el escribiente) pequeño y ladrador.

En el siguiente poema —“El peso del dolor”—hace uso de su capacidad narrativa y describe el proceso en el que un faquir (que hemos visto en el metro de la Ciudad de México o bajo los semáforos de algunas ciudades) se tiende sobre una alfombra de vidrios y cristales rotos. Balam Rodrigo es un poeta que entreteje tanto el verso libre como la prosa poética. Y a diferencia de estas dos variantes, en este texto descubre una peripecia: contar en verso, la narrativa de un cuento sin la necesidad de sumergirse en la prosa. Rodrigo sujeta su estabilidad lírica en cualquiera de las tres formas: “Echa en el piso —arúspice de sol— / semillas de vidrio para germinar / un peso o el peso del dolor. / Dice que sólo nos pide una moneda”.

En el segundo apartado “Nauta silabear”, el poeta ahora navega por los mares de su juventud, desde los ojos famélicos de un gato, hasta las ruedas de una bicicleta costeña. En ese devenir de su construcción, volvemos a su capacidad creativa y nos pone un verso visual en el poema “Pez vela”: “Con la vela extendida el pez vela su muerte”.Balam Rodrigo recurre al mar en gran parte de sus libros, y  Desmemoria… no es la excepción. En el tránsito de esta alegoría, de esta saudade, el poeta se refresca a través de la desmemoria que lo sueña. Entendamos que el sonambulismo es un trastorno del sueño en el que no se recuerda nada de lo vivido durante este trance. En este caso, el poeta intercambia símbolos, destellos, de lo que su personaje sufre y vive, pero a cambio nos lo ofrece, como en una vitrina, para comprenderlo. Tal es el caso de este oxímoron en el poema “Por la boca muere”: “Así también el poeta: Pez cegado por la boca, ojo ahogado en su propia mirada”.

Uno de los poemas más vistosos, a mi juicio, que se propone como una postal de playa, es “Pescador”. La imagen concretiza y precisa en todo momento el oficio del pescador:

Como un puñado de navajas
puestas a madurar su filo
brillan de muerte los peces
y las escamas
—esquirlas, gotas de mercurio
en rebanadas—
esperan entre las barcas la mirada
casi niña, del cetrino pescador
y su bruñido corazón vigía
que lleva ese inmortal fulgor del ojo
hasta el cordaje del asombro
y sus más henchidas redes.

En “Decápoda voz”, está la trampa que menciono. Sin embargo, caemos a propósito. Todo el discurso, desde los dos primeros versos: “He aquí la profundidad abisal / de la página en blanco: / El sedimento silábico de sus fonemas / decanta su sentido hacia el fondo de tus ojos.” Es decir, todo el tiempo nos invita a conocer (con él) la decantación del poema. No asume su postura de guía. Y uno recorre en la lectura las ventanas que se abren a modo. Y nos advierte: “Si decantas esta hoja, si la inclinas a babor / por los costados caerá agua de mar / y escucharás el sonido:”. Dos puntos: visualmente el verso es también un silencio que se recrea, ya en la desmemoria del lector, agua de mar que cae. El poeta, el personaje del poeta, sin embargo, al final, (porque el lector está tan atento a la exhortación que no sucede “algo” más), como en una vuelta de tuerca, nos dice:

He aquí el charco —albino, quizá índigo—
donde aterrizan estos signos
nombrados o lamidos por tu lengua
al menos esta vez.

Lo has hecho:
 
                            Ya.

La tercera parte, “Clones, transgenias, y Job El Saudoso”, es en cambio una búsqueda experimental, a través de una figura bíblica: Job. Los temores, y “pecados” permisibles se construyen desde el primer poema “Job padece gastritis o doble epifanía por un plato de mole”, incluso en “El bardo ebrio” y en “El mutante líbrico”, que esbozan a distintas transgresiones o vicios del ser humano. Por ejemplo, en el poema “Tribulación de Job”, dedicado al poeta Max Rojas, lo descubre en su muy marcada y peculiar tristeza: “Moraba en vestimentas magras / en páginas de púas. / Y era tristísimo no verlo: / Lloraba Jobes por la lengua”. Me pregunto: ¿qué tan desdichado puede ser un hombre para llorar la representación más fiel de la tristeza, pero también, qué tan afortunado puede ser para representarlo?

Siguiendo lo dicho por João Guimarães Rosa —que “el vicio de crear nuevas palabras invade muchas veces al creador, como imperial manía”— el neólogo tiene esa necesidad. Es por eso que Balam Rodrigo retoma del novelista brasileño este fragmento para el cuarto y último apartado titulado: “Los trabajos del neólogo”. En éste podemos encontrar la faceta escritural que define la poesía de Balam Rodrigo. Sin pretensiones. Dicho sea por él en el primer verso de este apartado: “¿Palabrear nomás? No”. Se cuestiona y se responde en esa necesidad traslúcida de hacernos comprender: no es válido nombrar por nombrar, se tiene que tener un juicio y un fundamento.

Sin embargo, en la reseña para Tierra Adentro sobre Desmemoria…, Rodrigo Círigo apunta que “en ocasiones se abusa de las bromas y los guiños, […] creo que son artificios demasiado transparentes”; sin embargo, menciona que “todo se perdona al leer contundentes maravillas como ‘Job padece gastritis o doble epifanía por un plato de mole’, ‘La hora del animal’ o ‘Escritura’”. Se agradece, por supuesto, que en esa búsqueda el poeta no se aleje de la construcción de su relato, de su voz poética. Y no exagera. Acude al neólogo cuando éste se aparece, no porque lo busca. “Luna hiena” dice en “El ombligo de la noche”: “Desgargántame así la luna / en este lobecer de miedos por tu voz”.

De pronto es muy común observar que el poeta hace uso de elementosdel barroco o de los poetas novohispanos, en versos como: “y silba en la su boca”, “Acuitada en avesuras, desveníase”, “zurcía los ya tan aires al su espejo”, “donde espejaba a la su muerte”. Y esto acumula ritmo, genera un compás de música. También sugiere al español que hablamos los chiapanecos. Una figura recurrente en la poesía de Balam Rodrigo es la presencia de la Ceiba. En varias ocasiones se ha comparado con ésta o persiste a su figura. Tampoco es la excepción en Desmemoria… cuando, además, recalca su condición centroamericana al vosear en el poema “La Ceiba” (que, conjuntamente, es un trabajo que desde hace varios años el poeta ha venido desarrollando por convicción personal):

Vos el grito de los sordos,
vos la sierpe que no muerde,
vos la verba de la lluvia:

Vos, la ceiba.

Dice Alberto Ruy Sánchez de su libro Elogio del insomnio que no dormir puede convertirse para muchos en una pesadilla, pero para él es un regalo de tiempo. Esa es la posibilidad de los insomnes. Tener tiempo de más. Y en “Insomnífuga”el poeta Rodrigo aconseja algunas formas para conciliar la noche y dormir:

¿Insomnio?:
Cuatro cucharadas de niebla
una pizca de corazón de gato
dos onzas de élitros de libélulas
doce gajos de tristeza y una gota
de petirrojos ebrios de agonía
—macerados y escaldados en agua de lluvia—
asegún dicen avienen salutíferos
para las núbiles que han sido presa
de las pardas vigilias
las sanguijuelas noctívagas
y los ácaros que devoran la babaza de la noche
la esencia onírica:

Dice el poeta Daniel Medina, que “ [Balam] se apropia del sentido y escribe textos que, desde su nombre, ofrecen una buena parte de la factura de su contenido: Ave era Eva; Ella, ebria edad; Insomnífuga; El Cancerverbo, entre otros”. Para Daniel “es un cuaderno de principios: una deontología y visión total de los oficios y misiones del poeta, del bardo o neólogo y su saudade…”.

En “El oficiante transgénico”, poema que toca y hiere la susceptibilidad de muchos (yo creo), Balam Rodrigo, como en Sobras reunidas…,elabora un retrato del poeta elocuente que nomás no sugiere ni se involucra, ni tan con la tecnología que permita aumentar su potencial artístico:

La reprogenética es una tecnología que permitirá
[…] aumentar el potencial artístico
Lee M. Silver

Ya ni gobernaba la transgénica su voz
iba perdiendo el suyo genomita
todo lo mutaba y lo muertaba en su adeene
y no paraba en verborreas
ni en locuciones tautológicas
ni en cifrar taxonomías malversadas
e infantiles, pues todo lo imitaba
de los otros ya juglares
de los clones y vates más verbistas
—incluso esa su forma de oficiar
en la poiesis, altísimo ritual—
y por más que deletreaba y escribía
lo ya dictado por sus genes
—gozaba de un pool donado por diez nobeles
y por más que recurría a su afamada
inspiración in vitro, ningún poema
brotaba en sus matraces
así que comenzaba a transformarse
en un poetita, en uno de esos tristes bardos
que lloran de impotencia en los burdeles.

Desmemoria del rey sonámbulo liba de una estética que consolida el trabajo de Balam Rodrigo, y nos acerca a la posibilidad de descubrir que la poesía mexicana es tan variante tanto en sus formas como en sus estructuras, que el poeta chiapaneco lo sabe y por eso retoma elementos tan propios de su contexto que los vuelca, irónicos, en un bote de vidrio para darnos a beber sin temor es: poesía.

 

Fernando Trejo
Poeta. Es autor de los poemarios Cuaderno invertebrado, Solana, Ciervos y Base Atenas.

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13 noviembre, 2016

Base Atenas

Presentamos algunos fragmentos del último poemario de Fernando Trejo, Base Atenas, de Mantis Editores y Coneculta, que ganó el Premio Centroamericano de Poesía Rodulfo Figueroa en 2015. Indagación sobre la memoria familiar y homenaje a la trascendencia generacional, sus páginas reavivan recuerdos construidos o derruidos, emulan las voces de un transmisor de radio que ronda sin cesar la muerte.

baseatenas


MÉXICO Vs. HONDURAS

En el panteón de Arriaga,
frente a las vías del ferrocarril,
conocí la tumba de mi abuelo.

La masa espesa del monte
esconde lápidas,
ojos,
huesos,
voces a ras
de tierra desprendidas.

Esa tarde, papá,
la selección mexicana de fútbol establecía
un 4 – 4 – 2
ante un tatuado Honduras.

La señal de televisión
era un mosco zumbándonos
sobre las vías
y nos daba un rumor de Enrique Bermúdez de la Serna:
¡Tuya, mía, te la presto!

Atravesamos el cementerio a medio día.
Un campesino desenvainó su machete
y rebanó el aire horizontal
como si dibujara el mar.

Hablamos con él, y con su boca desdentada:
Las cosas por aquí están muy jodidas, muertas ya,
dijo, como si en él se edificara
una estructura de huesos.

Era la muerte con su abrazo de monte,
estoy seguro.

El aire de los cementerios
silba como un tren,
como una campanada
a mitad del parque
donde la hierba ha dibujado
para siempre
su costra de abandono.

Yo quería ver el México-Honduras
y en cambio íbamos ya driblando ruta:
tu mano al volante,
tu pie sobre el pedal
acelerando en curvas.
Sorteabas tráileres fantasma, lo sé.
Cruzamos el puerto:
La tráquea de La Bestia,
dijo tu boca
que masticaba un palillo.

Aquí está enterrado mi padre,
dijo tu boca al descansar las cubetas de agua
de tus hombros.

Una loseta de mármol carcomida
por los gritos del tiempo
dejó entrever el nombre de mi abuelo.
La fecha de su muerte.

Trajo entonces un gol el zumbido del aire,
ráfaga al ángulo.
La izquierda poderosa de García Aspe,
desde un tiro libre, no alcanzaba
a remontar siquiera.

La tierra, nomás de tanto grito,
se nos desmoronó en la garganta.

El tren
y sus silbidos;
el tren
y su machaca de rieles,
el tren
como columna vertebral de Centroamérica.

Entre las tumbas,
desde las ramas,
sombras
comenzaron a encenderse
hasta volverse una estampa de luciérnagas.

De súbito
un cuerpo de camisa catracha a la cintura
(“Tyson Nuñez”, decía en los dorsales)
se le acercó a papá, con un tatuado nueve
en el omóplato,
y le ofreció un bote de agua al tiempo.

El Perro Bermúdez,
desde los bolsillos de aquel mara,
narró:
Donde las arañas tejen su nido.

Para la buena suerte,
dijo el tatuado de alacranes en la nuca.
Un poco de agua para la buena suerte.

Y se echó a andar al tren
como un hombre
que ofrece la vida
para ya no perder.

 

BOX

La barba le ceñía las comisuras
desde su ronca voz.

De niño arreó la suerte del campo
y hurgó en los vagones de un tren
los primeros ecos del amor.

Soltó los puños
en los cuadriláteros del pueblo
y su rostro
se maquilló en
los treinta y tres postes de luz
de la avenida principal.

La abuela se enteró de aquellos desfiguros.
Y no le permitió subir más a las cuerdas
y arrancó de su cabeza y de los postes
todo cartel que modelara en guardia,
que detonara un jab
para acabar de súbito
cualquier indicio del amor
hacia los guantes.

 

LA CALLE CERRADA CON UN TRONCO

A mitad del camino
reparó papá en la noticia:
el abuelo había muerto.

A mitad del camino,
papá se entumeció para entender
en qué moléculas se escapa la vida,
cómo,
a dónde
vuela el pájaro
del corazón.

Papá había despertado por la mañana
en la Ciudad de México
y una silente ráfaga de viento
le rebanó de golpe los telares de su infancia.

Su padre había muerto
—le avisó una voz por el teléfono—
y él y su cordura
a cientos de kilómetros de la verdad.
A mitad de camino reparó papá.
Y sus ojos al fondo de la noche,
indiferentes
en la rabia,
enmudecieron
de toda lágrima viva
hasta no ver al hombre
que le ahuyentó los mares del horror.

Papá tropezó varias veces,
muchas veces
en el camino pedregoso al pueblo.
Piedra tras piedra
le acicalaba el tormento.

Adentro la explosión no parecía detonar.

En su camino
tomó de la ventana el frío
y se untó de monte la tristeza.

No creía,
no era posible,
capaz de perdonarse.
Entrada la mañana,
la Cristóbal Colón
dio vuelta en la calle equivocada.

Alguien dijo:
Ah, un muertito, mirá.

Y papá agarró de la ventana
otro poco de monte
y se talló los ojos
para mirar
a mitad de calle,
un sepelio con llanto y tronco atravesado.

Papá entonces,
supo cómo
desde joven
se puede morir dentro
hasta volverse
artero,
un cuerpo de metal.

 

CANCIÓN DESDE EL PANTEÓN MUNICIPAL

Que viene la grande muerte
con su sonrisa de póker,
con su botella de trago.

Dicen que viene la muerte
en su grandeza de niebla,
con sus cadenas al aire,
con sus cabellos de agua,
haciendo grande el escándalo.

Viene muy grande la muerte
con su palabra tan muerta
y su vestido de yute.

Viene que viene la muerte
con su sonrisa de trago,
con su cintura inefable.
Dicen que viene y se hinca
y tiende ya
sobre el aire
de flores una alfombra
para ti.

 

Fernando Trejo
Poeta. Es autor de Cuaderno invertebrado (Viento al hombro, 2002), Travelling (Literal, 2011), Solana (FETA, 2014) y Ciervos (Atrasalante, 2015).

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