Wadley

México, 2008

Dir. Matías Meyer

60 minutos

Desde el punto de vista cien por ciento cinematográfico, el cine independiente mexicano es el que está produciendo los proyectos más interesantes, de mayor búsqueda, de mayores alcances, tanto filosóficos como estéticos. En éste se inscribe la opera prima en el largometraje de Matías Meyer, egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica, que antes había realizado, entro otros, los cortometrajes de ficción Verde (2006), su tesis para dicha escuela, y El pasajero (2004), uno de los más exitosos de ese año. Su segundo largometraje, El calambre, se encuentra actualmente en postproducción.

Wadley aparenta ser una historia banal sobre un tipo al que se le ocurre ir al desierto para meterse un peyotazo. Pero debajo de esa capa contemplativa, o quizá por ella misma, la película se convierte en algo más, en una mirada hacia el interior, hacia las razones de un personaje de 30 años (que Leonardo Ortizgris y su director saben llevar con eficacia y economía de recursos) en el medio de la nada que significa ese escenario, con un final además explosivo y metafórico (como buen viaje de peyote).

Por otro lado, se trata de un nuevo esfuerzo de la distribuidora emergente Interior13Cine, independiente a más no poder. De gran valor, a este proyecto lo que le sobran son ganas de apostar por el otro cine, el que no llega normalmente a las pantallas, el que sólo van a ver unos cuantos (paréntesis a todos aquellos que se quejaron con los Arieles: en lugar de cuestionar desde posiciones cómodas, apoyen y atrévanse a ver de todo). Pero como ya lo han demostrado esfuerzos tan loables como el FICCO original (no confundir con el nuevo, que ya recibió el paquete súper desarrollado y armadito por sus verdaderos creadores), no importa tanto si meten 500 o 200,000 espectadores (que tampoco estaría nada mal). En este caso más que en cualquier otro, la intención lo vale todo.

Sala José Revueltas del Centro Cultural Universitario. Del 22 al 31 de mayo.

Próximamente en Lumiere Reforma y Cinemanía Plaza Loreto.

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Cochochi

México, Reino Unido, Canadá, 2007

Dir. Israel Cárdenas y Laura Amelia Guzmán

87 minutos

Otro ejemplo de cine barato (o poco costoso, si preferimos) pero con ideas interesantes y valores más allá de la inmediatez de la taquilla (como fin único y dictatorial). Israel Cárdenas, mexicano, y Laura Amelia Guzmán, dominicana radicada en ese momento en México, realizaron esta película de manera honesta y con notable sensibilidad. Y eso se nota en la pantalla, abrumadoramente.

La película ha sido ganadora de varios premios internacionales, en festivales como Toronto, Toulouse, Gijón, Gramado y Miami. Está hablada en la lengua rarámuri y trata sobre un par de niños de la sierra tarahumara de Chihuahua que pierden el caballo de su abuelo, por lo que deben realizar un viaje para recuperarlo. En ella está también reflejada una realidad lastimosa, de pobreza, pero de manera sencilla y sin mayores aspavientos, sin rollo o moraleja fácil. El paisaje juega un papel importante, y hay también cierto costumbrismo (sin llegar a la sobada explotación del folclor), al ser interpretada por actores no profesionales, reales pobladores del lugar filmado, que aportan de manera sobresaliente a la historia de ficción su lenguaje, su acento, sus gestos, su imponente físico, marcas de vida en un ambiente no siempre amable.

El estreno en México es a través de la productora y distribuidora Canana Films, y se ha venido retrasando desde finales del año pasado, por los mismos problemas de siempre: el miedo lógico de la distribución de productos nacionales ante la tramposa oferta de Hollywood, acostumbrado a invadir, igualito que su gobierno. Digamos que el cine hollywoodense es al público masivo cinéfilo, lo que la telenovela al televisivo, un educador de gusto. ¿Estaremos listos para romper ese esquema? Ya va siendo hora, ¿no?

Salas: Cinépolis Universidad y Perisur, Cinemex Masaryk y WTC, Cinemark Reforma, Lumiere Texcoco. A partir del 24 de abril (y de la reapertura del 7 de mayo).


Debido a la epidemia de influenza porcina-humana-A H1N1, pero sobre todo a un manejo gubernamental lamentable, las salas programadas para exhibir esta película habían cerrado. Tarde, pero afortunadamente para la salud física y mental de todos, ya comienza a restablecerse la normalidad. Ahora, ¡a ver cine!

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Están indignados por los Arieles. Sin embargo, habemos personas a las que nos parece que esta declaración de principios le hace bien al cine (privilegiando el arte sobre la industria). Al final, la industria no gana nada con los Arieles, nunca lo ha hecho.

El mismo día que se dieron a conocer las nominaciones, hablaba con un par de amigos directores sobre el tema, coincidiendo que los Arieles son de flojera y a nadie importan, que ni siquiera tienen un rigor estimable. Pero que este año, por lo menos en la categoría principal, eso cambió un poco. Me parece que sí estaba lo mejor, o casi (yo sí vi las cuatro películas, para eso son también los festivales). Y es un aliciente para la gente que hace cine, que se arriesga, pero no con dinero, por favor, con ideas. Porque el público, claro que está perdido de antemano. Y habría que preguntarse, seriamente, por qué. ¿Tiene algo que ver el Ariel en eso? ¿O es un status quo casi imposible de cambiar? ¿Intereses creados? ¿A alguien le suena? Y porque también hay público tonto, pero por supuesto. Y también público inteligente. El asunto es cuál queremos fomentar, cuál queremos ser.

Y la comparación con los Óscares… bueno, es tan inocente como querer comparar el gobierno esperanzador de Obama con alguno de Latinoamérica, por ejemplo, el de Evo Morales. Es desconocer el contexto, supuestamente una máxima del periodismo. Intentar presionar para que nuestros premios se parezcan más a los hollywoodenses, es abogar por un tipo de cine complaciente (y ahí está Slumdog, o Una mente brillante, o Rocky, o…). Es endiosar a Spielberg por encima de Bresson o Buñuel. De Paul Thomas Anderson, o hasta de Scorsese (que vaya que le deben todavía varias, como más de diez). Así de simple.

La percepción de la realidad depende de las prioridades de cada uno, de sus expectativas (en este caso, acerca de las películas). Y hay quien lleva la máquina mercadotécnica tatuada en la frente. Abogar por el público, así, en general, me suena a la famosa trampa demagógica, a la ya tristemente frase célebre del viejo zar de la tele: Si lo hacemos para ustedes, los jodidos. Y se supone que tenemos que agradecerlo… Ni madres.

A varios les emocionó Arráncame la vida, a mí me pareció apenas entretenida… Y luego Rudo y cursi… y La misma luna… y Navidad, S.A… ¿Pero de qué estamos hablando? Reto a cualquiera a que sostenga, más allá de los números, con argumentos sólidos, que alguna de estas películas es mejor que Los herederos o que Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo, las que al parecer son las que más molestia causaron, por el simple pecado de ser… documentales. ¿Cómo se atreven? Si ni siquiera son películas, son… documentales (o peor aún, ¡ejercicios escolares!). Si ni siquiera tienen distribuidor (¡Dios! ¡El argumento más ignorante y descarado que he leído jamás!).

Lo gracioso es que algunas de estas diferencias sí son entre amigos, entre la misma familia cinematográfica. Es como el típico mi mamá me quiere más a mí. Y es absolutamente normal que haya quien se sienta menospreciado, incluso con razón. Pero que alguien se adjudique el papel de defensor de las mayorías, o de la democracia, vaya, sí que están errando el tiro. Porque a nadie engañan, esas voces no hablaron desde la humildad, al contrario.

Ya veremos si esta política de premios continúa. La de valorar las películas simple y llanamente por sus méritos cinematográficos. Si algunos no entienden cuáles son éstos, pues a leer un poquito, que bibliografía hay. O a ver un poco de cine, del de verdad: Fellini, Godard, Antonioni, Fuller, Haneke… Por lo pronto, las consideradas en la no-terna de mejores películas del 2008 por la Academia Mexicana coinciden bastante con lo que pienso (no hablaré por nadie más, aunque reconozco los bandos). Lo más lamentable sería que, gracias a las presiones de los grupos de interés lastimados (con poder, claro está), y a los cabildeos en los oscurito, el próximo año estuvieran nominadas otra vez las películas de los cuates. Me consta que la gente de las cuatro de este año, no lo son.

¡Salud!

Fernando del Razo. Guionista y productor.

P.D. Aquí va un link de uno de los textos emblemáticos de esta controversia: http://www.eluniversal.com.mx/columnas/77530.html

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