El cincuenta aniversario del movimiento estudiantil se conmemoró también con la remodelación total del museo del 68 en Tlatelolco. Con la intención de encontrar claves para la memoria, el M68 hace una narración muy distinta de ese verano y sus consecuencias.

En 2007, el Memorial del 68, un museo de la Universidad Nacional Autónoma de México dedicado al movimiento estudiantil de 1968, abrió sus puertas en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco y se convirtió en el eje de las conmemoraciones por el cuarenta aniversario del movimiento en 2008. Basado principalmente en las voces de 57 actores de la época, el Memorial ofrecía un panorama detallado sobre lo ocurrido entre el 22 de julio y el 6 de diciembre, con un marco introductorio sobre la década de 1960 en el mundo. Se trataba de un ejercicio perfectible y cuestionable en algunos aspectos: ¿por qué el eje era la memoria de los protagonistas?, ¿por qué sólo la memoria de 57 protagonistas?, ¿por qué la mayoría de ellos eran hombres y representaban a los líderes del movimiento y no a las bases?, ¿por qué las mujeres no estaban más representadas?, ¿por qué los objetos no jugaban un papel más destacado? Pese a omisiones y posibles errores era un ejercicio histórico destacable, que permitía al público, particularmente los jóvenes, obtener una idea general sobre lo sucedido en el corto verano mexicano de rebeldía. En el Memorial del 68 (2007-2017) el pasado era inteligible aunque el futuro fuera inexistente.

Fotografías: Augusto Motte

En 2017 se tomó la decisión de cerrar este espacio para renovar la exhibición principal proyectando su reapertura en octubre de 2018 con el fin de celebrar los cincuenta años del histórico acontecimiento. La decisión no implicaba ajustar algunos errores iniciales ni ampliar una visión que, diez años después, no correspondía a los nuevos tiempos. Fue tabla rasa: toda la exposición se desmontó para reescribir la historia.

La nueva lectura del movimiento que propone el M68 tiene un gran acierto: lo reincorpora a la historia política, social y cultural de los últimos cincuenta años. A diferencia de la primera exhibición del Memorial, la nueva exposición no se centra exclusivamente en el verano mexicano del 68 sino que teje lazos con procesos y vincula acontecimientos de las cinco décadas a partir del acontecimiento. Esta reincorporación del movimiento estudiantil a la historia se agradece, pues ya no se trata de un hecho aislado sino de un peldaño en la larga construcción nacional. Sin embargo, centrarse en el presente puede desdibujar el pasado, y eso ocurrió en el nuevo museo.

El espacio renovado está dividido en módulos históricos político-sociales y culturales. La mayor parte de esos módulos no están dedicados al movimiento estudiantil, sino a lo ocurrido en los años posteriores: los movimientos armados de los años setenta, movimientos sociales y estudiantiles desde el 68 hasta el día de hoy (pasando por el #Yosoy132 y Ayotzinapa), movimientos artísticos, elecciones presidenciales, entre otros. El visitante recoge un buen panorama sobre lo que siguió al movimiento estudiantil, pero no obtiene una visión clara sobre lo ocurrido entre julio y diciembre de 1968.

Por otra parte, no queda claro, al menos historiográficamente, el vínculo entre el 68 y lo narrado en el M68 a propósito de las siguientes décadas: ¿son los movimientos armados de los años 1970, o las elecciones presidenciales de 1988, 2000 y 2018, derivaciones del movimiento estudiantil? Hay una mitología del 68 que se ha desarrollado con fuerza en los últimos 25 años respecto a las causas y consecuencias del movimiento estudiantil. En ocasiones, se ha señalado al 68 como causa de prácticamente todos los procesos políticos pos68 y el museo se suma a ese estado de la cuestión. Pero ¿podemos probarlo históricamente?

En el audiovisual de presentación del M68 se afirma: “El 68 logró forjar nuevas formas de ciudadanía e impulsar debates y luchas democráticas que nos acompañan hasta el presente. 2 de octubre resuena hoy”. Y más adelante insiste: “M68 es un espacio para conocer y explorar la historia, hacerla parte del presente y del futuro, impulsa la memoria de los movimientos sociales y aquellos que les siguieron. Cada quien se vuelve protagonista de la historia. Este museo se imaginó como un organismo en constante dinamismo, su propuesta evoca la complejidad de los procesos de memoria.” Reitero, se agradece la reincorporación del 68 a la historia política, social y cultural de México, pero tal vez también habría que insistir en que no hay consenso entre los historiadores respecto a las repercusiones del 68 en esa misma historia.

En ese sentido, quizás la cuestión central es frente a qué tipo de museo estamos y desde qué narrativa se asume la historia de México. ¿Es un espacio para la memoria, un museo de historia o un museo de arte? En una primera visita no logré encontrar un indicio claro que facilitara al visitante las aclaraciones pertinentes sobre cómo leer y entender el espacio, incluso aunque fuese para decir que es una mezcla de museos. De cierta manera, el visitante queda desarmado al no tener un pacto de lectura inicial para comprender el museo.

En la exhibición se buscaron formas alternativas a las utilizadas por el antiguo Memorial del 68 para hablar del pasado. Hay muchas expresiones artísticas, algunas de ellas exposiciones conocidas los años 1960 y el arte como “La era de la discrepancia. Arte y cultura visual en México, 1968-1997”, montada en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo en 1997. La representación artística ha jugado un papel muy relevante en los medios de transmisión sobre el movimiento estudiantil, sin embargo, tomando en cuenta que los últimos años han visto florecer también la representación historiográfica, valdría la pena que ambas fueran de la mano.

Aunado a lo anterior, se observa que la explicación escrita o audiovisual sobre lo sucedido (en cualquiera de los momentos históricos) es muy pobre. De hecho, a momentos parecería que la exposición se basa más en los guías que en la propia museografía y en este sentido es un nuevo tipo de memorial, en el que más que visitas individuales se esperan visitas colectivas que sean lidereadas por guías. El día que fui al M68 pude escuchar a una de las guías en el módulo dedicado al 2 de octubre. Era una joven emocionada y bienintencionada, pero algunas de las cosas que oí que decía me impactaron: “había demasiada gente en la Plaza de las Tres Culturas”, “no se sabe cuántos murieron, pero fueron muchísimas personas”, “el Batallón Olimpia era como los porros, un grupo de choque. Eran de infantería”, “los hospitales no se dieron abasto. Tampoco las cárceles. Incluso una se llenó tanto que debió cerrar”, “no se dijo nada en los medios respecto al 2 de octubre”. Si no se trata de errores, por lo menos sí son imprecisiones. Nuevamente el presente parece determinar las lecturas sobre el 68.

Para explicarles a los jóvenes estudiantes (probablemente de secundaria) qué era el Batallón Olimpia se recurrió a los porros. Claro, hacía poco tiempo que en Ciudad Universitaria algunos estudiantes habían sido agredidos frente a Rectoría al apoyar a los jóvenes del CCH Azcapotzalco: seguramente los adolescentes entienden lo que son los porros. La guía lo dijo con soltura, tratando de ganarse a los visitantes con una referencia sencilla y accesible. Pero estos errores son graves en un museo que busca transmitir el conocimiento a la sociedad mexicana sobre el movimiento estudiantil, y más a los jóvenes estudiantes de secundaria, preparatoria y licenciatura que no tienen mucho mayor acercamiento al tema.

La historiografía sobre 1968 ha avanzado enormemente en las últimas décadas en México. Por citar sólo un par: Alberto del Castillo Troncoso tiene un excelente trabajo sobre las posiciones de los periódicos frente al movimiento estudiantil, donde muestra la amplitud de visiones que existieron ante el 2 de octubre.1 Respecto a la televisión, está el interesante texto de Celeste González, en donde refiere cómo Televisa encaró el 2 de octubre.2 No pude sino preguntarme qué había consultado esta guía para mostrar la exposición.

La emoción e interés en el movimiento estudiantil son claras y el M68 lo demuestra. Pero tal vez eso no sea suficiente. Reescribir la historia tiene sus riesgos. El nuevo M68 echa luz sobre el futuro del 68 y quizás se pierde un poco del pasado. ¿Tendremos como Tiresias el don de ver el futuro museológico del movimiento estudiantil?

 

Eugenia Allier Montaño
Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Coordinó el libro Las luchas por la memoria en América Latina. Historia reciente y violencia política (Bonilla Artigas Editores-IIS, 2015). Entre sus proyectos de investigación vigentes: Memorias públicas del movimiento estudiantil de 1968.


1 Alberto del Castillo Troncoso, Ensayo sobre el movimiento estudiantil de 1968. La fotografía y la construcción de un imaginario, México, Instituto Mora –IISUE/UNAM, 2012.

2 Celeste Gonzáles de Bustamante, “Muy buenas noches”. México, la televisión y la Guerra Fría. México, Fondo de Cultura Económica, 2015.

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