Inmortalizada por Quevedo, Bocaccio o Rabelais, entre otros, la pirámide del rostro es blanco de una variopinta metralla de albures, metáforas, metonimias y demás interpretaciones que nos comprueban que sin humor no ha habido ni habrá jamás literatura.

Ilustración: Patricio Betteo

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado;
—Francisco de Quevedo, “A una nariz”

Reinos de éste y de otros mundos se han perdido por una nariz, ese palmo, esa pirámide, ese obsequioso prisma triangular que emerge enconado del mar de la cara como una vela perpetua. Aleta alerta, vivamente visible en ciertos rostros regulados por la simetría, aplastada ignominia de los boxeadores, pequeño pellizco o tacón sutil en las mujeres hermosas de todos los caletres, la nariz es también un objeto literario que ha sido lo mismo motivo de burla aviesa que de sinuosa sicalipsis, pues humor y amor suelen ser fuerzas de idéntica y conjunta enjundia en la prosa literaria. Su ascendencia, en este sentido, es kilométrica y cualquier apurado recuento solo repasará al vuelo algunas referencias en poemas y novelas salteadas que tal vez sirvan para generar, en el mejor de los casos, otras asociaciones donde esta “pirámide de Egipto”, como la llamó por lo prominente Francisco de Quevedo en famoso soneto, asoma la nariz para decir quién vive.

Apéndice atractivo para mejunjes de brujas ávidas de devaneos eróticos, ya en el libro primero de esa espléndida novela de la decadencia latina que es El asno de oro de Apuleyo se menciona como el órgano preferido de las hechiceras en sus ceremonias demoniacas, por lo que era necesario dejar bien vigilado al difunto reciente en los cementerios si se quería evitar que amaneciera desnarigado por así requerirlo algún vecino aquelarre.

La sabrosa y divertida obscenidad de las viejas fábulas milesias griegas agregó a algunos autores de vena licenciosa, como el mismo Apuleyo y más tarde Boccaccio, la silenciosa cuota de solapada lubricidad que erotiza su prosa y la reviste de un perfil lúdico innegable, como ocurre en la historia de la tinaja, aparecida en ambos autores y donde una mujer da instrucciones al marido sobre cómo restregar un enorme tonel que están por vender mientras el amante, detrás de ella pero invisible para el esposo atareado, empeña su lascivia en empinarla bajo las mismas directrices. Pero se trata aquí de una tarea propia de ese otro aditamento ubicado más o menos en el mismo meridiano del cuerpo de los hombres aunque, según proporciones, unos sesenta o setenta centímetros más abajo.

Otra alusión frecuente a la nariz enardecida que algunos poseen parte del Hermano Juan, socarrón y belicoso personaje de la segunda parte del Gargantúa de Rabelais, quien orgulloso de poseer nariz grande (¿o glande?) agradece su tamaño a las blandas tetas de su niñera, almohada propicia para que el prepucio de su aparato ganara aparatosas dimensiones, pues “las tetas duras de las nodrizas hacen a los niños chatos”. La ocurrencia se continúa asimismo en ese gran compendio de la literatura humorística que conforma el Tristram Shandy de Laurence Sterne, donde el protagonista, por el deficiente uso de los fórceps de que hizo gala el Dr. Slop, médico de su deshonra, nació casi sin nariz o, más bien, con ella pegada a la cara. Se sabe que en la familia Shandy fue larga la tradición de apéndices afectados de diversas maneras, y Tristram no pudo ser la excepción pues el suyo, siguiendo con la obscena analogía fálica, lo fue por partida doble cuando, producto de otro descuido, ahora representado por la guillotinesca ventana de su cuarto —y uno ha de imaginar que sus marcos, en ciertas casas inglesas del siglo XVIII, debían ser pesadísimos— cae directamente sobre su pene y prácticamente emascula al niño.

Versión más reciente en lengua española de la novela de Sterne, trad. de Javier Marías, Alfaguara, 2013, 760 p.

En la misma atmósfera chusca y sicalíptica de los cuentos de Boccaccio, el volumen IV de la novela de Sterne da inicio con una más de sus cervantinas historias interpoladas, la de Slawkenbergius, cuyo órgano facial, de un tamaño francamente rabelaisiano, provoca todo tipo de tentaciones entre las damas estrasburguesas. En efecto, cuando intenta acariciarla la esposa del posadero, donde se hospeda mientras va en búsqueda de una dama que ha huido de su lado —atracción y repulsión son reacciones intercambiables y Julia debió escapar sin duda de púa tan temible como es fama que era la de Protesilao entre los griegos—, Slawkenbergius se opone pues, confiesa: “ya le he hecho a San Nicolás una promesa el día de hoy”, conducta devota con la que denota que ya se hizo justicia por propia mano.

Una obra que no niega su ascendencia shandyana es sin duda la novela decimonónica Memorias póstumas de Blas Cubas, del narrador brasileño Machado de Assis. La intención inicial del protagonista es la de recapitular su vida, como el Tristram de Sterne, pero no desde la etapa previa a su dilatado nacimiento sino ya plenamente desde su sepulcro: de hecho, la historia está dedicada por Blas “al primer gusano que royó mis huesos”. Pues bien, Cubas recuerda en algún capítulo central de su recuento del Cándido de Voltaire —¿cabrá recalcar que esta obra es una estación vital más entre las prosas de innegable prosapia humorística de la literatura mundial?— al reparar en la importancia de mirarse la nariz, acto que equilibra —dice— con su poder de concentración, la fuerza del amor. Y ahí mismo recupera el personaje machadiano la curiosa opinión de Pangloss, el maestro de Cándido, según el cual la nariz fue creada para estar justo ahí, en medio de la cara, con el evidente y único objetivo de poder sostener las gafas, los quevedos que nos remiten a la referencia inicial: el poeta español y su oda a la “superlativa” nariz del hombre a ella pegado.

En un vaivén incesante como el de todo movimiento pendular, la presencia del cartílago nasal, apodado napias cuando alcanza ciertas honrosas dimensiones, es copiosa y versátil en la historia literaria, donde el órgano del olfato faculta felices o fementidas alusiones lo mismo al apéndice sexual que al hecho de darse de narices con quienes, por mero afán lúdico o lúbrico, han sabido hacer de él una clara muestra de que, en éste y en otros mundos, siempre es saludable que uno se las huela.

 

Enrique Héctor González
Escritor.

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