28 septiembre, 2018

Herido

Los primeros días —o fueron semanas— que pasé herido en el hospital los siento como envueltos en una espesa niebla. Sé que me atormentaban sueños violentos: el tableteo de los disparos, gritos, pálidos rostros con los ojos muy abiertos, por todas partes fango y sangre; sin embargo la mayoría de las veces me desplomaba en el calmo, oscuro abismo de una benéfica inconsciencia.

Luego, un día, todo se despejó en torno mío. Sentí el ardor de mis heridas, la dolorosa fatiga de mis miembros. Vi la acogedora habitación en que me hallaba, vi un trozo de cielo de un débil azul que los vidrios de las ventanas recortaban un cuadrados regulares. Reconocí el rostro de la enfermera que me traía la sopa, el rostro redondo —con sus risueños ojos castaños— flanqueado por la toca blanca. Oí lo que me decía y pude responderle. Despacio me deslicé de nuevo en la vida, y la vida me pareció fatigosa, como un trabajo demasiado pesado.

No obstante una noche yacía allí, no podía dormir, pero una maravillosa calma se había apoderado de mí. No sentía el ardor de mis heridas. Mis miembros se extendían con placer y era como si la vida me acunase en una suave ola. En torno al hospital reinaba la tranquilidad, sólo de vez en cuando me llegaba el sonido de una campana, o unos pasos silenciosos corrían ante mi puerta acompañados de un pequeño ruido como el aletear de grandes mariposas nocturnas: era el revoloteo de las blancas tocas de las enfermeras. Un maravilloso sentimiento de estar a salvo me embargó el corazón.

Y así como yacía, me asaltó de repente un recuerdo, un recuerdo tan nítido, tan colorido como lo son ciertos sueños que se nos convierten en vivencias.

Mi último día en el frente. El principio me resultó oscuro y enmarañado. Sé que nos desplazábamos adelante a través de un espeso monte bajo. Por último fuimos al asalto dando fuertes gritos. Ese ataque en el que toda la consciencia, todos los pensamientos desaparecen en un cálido, un anhelante deseo. Entonces sentí un fuerte golpe por debajo del hombro. “Esta vez me tocó”, dije y levanté la mano hasta el lugar de la herida. “No es tan mala”, opiné, y quise continuar, pero mis piernas se negaron a secundarme y me desplomé en el suelo. A mi alrededor seguía habiendo voces y estruendo, que poco a poco parecían alejarse. Pero yo sólo tenía una idea, sólo un deseo: a alguna distancia veía la tupida fronda de un roble, allí quería llegar; allí, pensaba, estaría a salvo. Era la nostalgia del animal moribundo, esconderse en la espesura. De manera fatigosa, a cuatro patas, me arrastré hacia allá. El camino me pareció interminablemente largo, y cuando llegué a la espesura fue algo así como la felicidad, quedarme quieto y poder extender las piernas. Mi herida dolía: “Tienes que vendarla”, me pasó por la cabeza, pero estaba demasiado exhausto como para moverme. Por encima de mí las hojas verdes y pardas del roble se cimbraban por el viento, y veía el cielo, azul, por el que corrían altas unas nubes blancas. Apoyé mi cabeza en un matojo de hierba y me tendí de costado. Entonces advertí que muy cerca de mí se encontraba otro. Un brazo en una manga azul, una espalda, una cabeza con pelo oscuro, y por la postura de la cabeza, por la del brazo, vi que ese camarada ya era uno harto quieto. ¿También había huido aquí —pensé— para morir?, y envidié su profundo reposo. “Sí, morir, morir, ¿será ahora?” se repetían mis pensamientos, “¿es esto la muerte?, ¿es así la muerte?”, y perdí el conocimiento.

Un escalofrío que recorrió mi cuerpo me despertó del desmayo. Durante un rato estuve sin moverme. Me parecía como si no pudiera usar ninguno de mis miembros. Por fin abrí los ojos. Reinaba la oscuridad, pero de vez en cuando se veía una pálida claridad en esas tinieblas. A mi alrededor oía murmullos y crujidos. ¿Dónde estaba? Alcé un poco la cabeza. ¿Era un pesado sueño el que tenía que soñar? Entonces me estremeció un punzante dolor en mi costado, sentí también una sed ardiente y temblé de frío. Eso me devolvió la claridad; ahora sabía dónde me encontraba, ahora sabía lo que me había pasado. Era de noche, la luna estaba en el cielo, negros jirones de nubes corrían por delante de ella. La fronda de los matorrales susurraba y murmuraba con el viento. A mi lado se encontraba el francés yacente, el brazo extendido con el cansado gesto de la muerte. Sí, ahora sabía yo, y abatí la cabeza desalentado. Ahora entendí que nada había pasado y que me quedaba por hacer el amargo trabajo de la muerte.

Miré al cielo, observé cómo las nubes oscuras se acercaban a la luna, la engullían, se deslizaban sobre ella y cómo la luna reaparecía entera y colgaba del cielo negro con un dorado mate, infinitamente calma y pacífica, como si se riese de mi miseria. También creí que su cansada luz refrescaba un poco mis ardientes labios.

Entonces me pareció sentir pasos, que iban y venían, cautelosos. ¿Sería un animal en su cacería nocturna? Volví a levantar la cabeza y vi una figura delgada, oscura, recorriendo despacio los matorrales. Era una mujer, envuelta en un manto negro, la cabeza gacha, como si buscase algo. Con terrible escalofrío miraba fijo aquella aparición que se deslizaba en la noche de luna, negra y doblada por la pena. Ahora ya estaba por completo cerca, se detuvo ante el muerto a mi lado, se inclinó hacia él, y entonces oí su lamento, breve y estridente, como aquel que debe lanzar un animal herido. Se arrodilló, se arrojó sobre el muerto y empezó a sollozar de un modo desgarrador. Al poco, con los sollozos se mezclaron palabras, dichas por una voz juvenil toda llena de esas extrañas oscilaciones que las lágrimas suelen imprimirles a las voces de las mujeres que lloran. Hablaba en el espeso francés de la frontera: “¡Alfred, mi pobre muchacho, aquí estás, cómo te he buscado, por todas partes te he buscado! Tú sabías que tu Simone vendría. ¿Estás herido, Alfred, dime, estás herido, no muerto? ¡Ay Dios mío!”.

Se sentó en el suelo, tomó la cabeza del muerto, la colocó sobre su regazo, acarició con las manos el pelo oscuro, y profundamente inclinada hacia él volvió a sollozar y hablar bajo y lastimeramente con él: “¡Te han matado esos malditos! En tu frente han disparado este malvado agujero negro. Todo me lo han quitado, quemaron el molino, y ahora también me han dejado sin ti, mi único amor… Dios mío, Dios mío, ¿qué voy a hacer?”

El lamento fue ahogado por las lágrimas. La había escuchado sin respirar, ahora me desplomé. Ese lamento me afectaba demasiado. Un fuerte dolor en mi herida me hizo gemir. Simone levantó la cabeza, olfateó como un animal del bosque al acecho, nítidamente vi a contraluz del cielo iluminado por la luna su fino, recortado perfil, la frente sobre la que caían oscuran crenchas. Cuando el dolor me arrancó un gemido más fuerte, Simone se volvió hacia mí, se inclinó: “¿Quién está ahí?”, susurró. Pero cuando la luna apareció tras las nubes y me iluminó claramente, Simone retrocedió como si la moviesen el repudio y la repugnancia.

“Es uno de ellos, de los malditos”, escapó de sus labios, y su voz se hizo profunda y ronca por la ira.

Se inclinó de nuevo sobre su muerto y durante un rato todo quedó en silencio.

Yo sufría grandes dolores y de vez en cuando tenía que gemir, bajito. Simone se incorporó de nuevo y dijo con su voz profunda, malévola, sin volver la cabeza hacia mí:

“¿Se muere usted?”

“No lo sé, quizás me muera”, le contesté.

“Oh sí, usted se muere”, respondió Simone, y había algo triunfal en su voz. “Tiene que morir, ¿por qué no debería morir? Alfred ha muerto, todos los nuestros han muerto. Ustedes quemaron nuestras casas y mataron a los nuestros ¿y todavía quiere usted vivir? ¡No, tan injusto no es Dios! Le rogaré a Dios que le haga morir, una muerte amarga”.

“Sí, que me haga morir”, dije con voz apagada, “ruégueselo”.

Se volvió de nuevo hacia su muerto, la escuché susurrar algo, pero me asaltó un fuerte deseo de volver a percibir su voz, de volver a sentir esa cercanía humana. Por lo mismo comencé a hablar: “¿Usted lo amaba?”.

“Sí, lo amaba”, respondió solemne la muchacha, “había que amarlo, a él, a quien ustedes han asesinado”.

“¿Querían casarse?”, seguí preguntando.

“No me hubiera casado con ningún otro”, respondió Simone, “aunque mis padres tenían algo en contra, sólo me hubiera casado con él. Y ahora está muerto, ¿por qué? ¿Por qué justamente él, por qué justamente el mío? Cuando se marchó, reía. Dijo que se alegraba de ir a la caza del prusiano. ¡Le gustaba tanto reír!”.

“¿Y el molino se quemó?”, dije, para que siguiera hablando.

“Ustedes lo bombardearon y lo quemaron”, se lamentó Simone, “era un molino hermoso, el más hermoso de por aquí, completamente nuevo. Era de mis padres, y Alfred era nuestro aprendiz”. Mientras me lo contaba su voz se volvió más tranquila; se dijera que hablar le hacía bien. “Arriba, donde la tolva, todas las tablas de las paredes eran de color amarillo miel, y por el mediodía subía allí con Alfred, cuando todo estaba en calma abajo, porque mis padres no tenían que saberlo. Allí estaba siempre en todo su esplendor, completamente blanco, sólo sus ojos eran oscuros. Nos sentábamos uno junto al otro, la muela traqueteaba, el polvo de la molienda nos envolvía y poco a poco mi pelo y mi cara también se volvían blancos. Cuando bajaba de allí no me podía presentar ante mi madre como estaba, hubiera sabido de dónde venía. Sí, allí arriba no nos molestaba nadie, sólo una vez me encontré con él abajo, entrada la tarde, en el jardín. Me deslicé descalza por delante de la puerta del cuarto donde estaban mis padres, y como quería llegar rápido hasta él corrí por el bancal de las lechugas, las hojas estaban tan húmedas que me parecía como si fuese chapoteando por el agua. Pero más allá Alfred me recibió en sus brazos y me dijo ‘Estás mojada como un ratón de agua’”. Las lágrimas hicieron temblar su voz, y por último la acallaron del todo.

“¡Puedo verlo todo”, comencé, “y cómo puedo verlo! El molino, amarillo por los rayos de sol, y él siempre en medio, completamente blanco en la niebla blanca del polvo de la molienda”.

“¡Oh, no, usted no puede verlo!” dijo la muchacha, irritada, “Ustedes no tienen nada tan hermoso en su país salvaje. Ustedes sólo saben destruir. Si usted se muriese ahora, ¿lloraría también una muchacha, allí donde ustedes?”.

“Sí, hay una que lloraría por mí”, le contesté.

“Oh, pues que llore, todas las mujeres y las muchachas alemanas tendrían que llorar, porque nosotras lloramos también”.

“Allí, donde nosotros”, comencé a decir, y hablé como en un sueño, “hay una casa blanca, pequeñas rosas de un rojo pálido trepan por ella. Junto a la ventana se encuentra una mujer vieja. Cuando llega la tarde, deja sus gafas sobre el gran libro que ha estado leyendo, y con sus ojos cansados y turbios mira hacia abajo, donde está el camino vecinal. Y en el jardín de la casa están los manzanos que se encorvan por el peso de las manzanas. Debajo de ellos está una muchacha rubia y mira también pensativa, hacia abajo, hacia el camino vecinal. Escribe que sabe muy bien que yo no voy a subir ahora por ese camino, y sin embargo tiene que ir allí todas las tardes y mirar abajo hacia el camino”.

“¿También ella?”, exclamó Simone; “Es extraño, cuando Alfred se fue no pude dejar de mirar el camino vecinal. Siempre tenía que estar allí y mirar el camino por el que volvería a mí”.

“Extraño”, suspiré.

“¿Y por qué no se quedan ustedes en sus casas blancas”, continó Simone, excitada, “con sus muchachas rubias, por qué tuvieron que venir y quitárnoslo todo? ¿Qué es lo que una tiene?, un poco de felicidad ¡y también eso se nos quita!”

“No sé”, gemí. “Quizás para que las casas blancas y las viejas mujeres junto a sus ventanas y las muchachas bajo los manzanos estén seguras”. La fiebre que ardía en mi sangre hizo que cada palabra se convirtiera en una imagen. Cuán claras las veía delante de mí: la casa blanca, la mujer vieja, la muchacha bajo los árboles, y alrededor de todo mi país verde tan familiar con su camino vecinal amarillo.Y un dolor insoportable me pesó en el corazón.

“Y nosotros, a sucumbir”, dijo Simone, sordamente.

La luna había vuelto a salir de entre las nubes y nos iluminó claramente. “¡Oh, ahora puede usted verlo!”, exclamó Simone, “¡qué guapo es, qué tranquilo duerme!”

Con dificultad me incoporé un poco y vi el rostro redondo, pálido, de un muchacho. Los ojos estaban cerrados, los pálidos labios un poco entreabiertos, como si sonriera. En su frente estrecha había una mancha negra. Simone lloraba. Sus lágrimas caían sobre las pálidas mejillas del muerto y relucían allí.

“¡Qué guapo es!”, continuó Simone. “Así lo vi la última noche. No podía dormir, me atormentaba pensar que no vería nunca más a Alfred. Me deslicé de mi cuarto, subí la pequeña escalera hasta el cuarto de Alfred, tenía un poco de miedo, la luna lucía tan clara, los peldaños de la escalera crujían, y a mi lado en la pared iba mi sombra, una mujer tranquila, negra. Arriba, en su cuarto, él estaba en su cama y dormía. La luna le iluminaba la cara, me pareció tranquilo y pálido, como lo veo ahora. No me atreví a despertarle, estuve allí, lo miraba, y era como si se me partiera el corazón. Después me volví sigilosa desde allí”.

“Sí, qué guapo”, dije, para agradarle.

Simone abrió los ojos y me miró incisivamente. “¡Qué joven es usted!”, dijo. “Tan joven como Alfred y tan pálido como Alfred”. Cansado, me recosté de nuevo. Simone miró pensativa a la luna y de pronto dijo en voz baja: “¿Es difícil morir?”.

“No”, le repliqué, “creo que no es difícil. Nos lleva consigo, si no fuera por los dolores y el frío y la sed”.

Simone rebuscó entre su ropa, sacó algo y me lo tendió. “Tenga”, me dijo, “lo traje para Alfred, ahora es lo mismo, Alfred me lo perdonará”.

Era una pequeña botella, la tomé, la acerqué a mis labios y bebí ansioso un vino ácido. Cuando la vacié se la devolvì a Simone y le dije: “Gracias. Usted es buena”.

“Buena”, repitió Simone con su voz profunda, malévola. “Cuando debemos ser buenos no podemos, y cuando debemos ser malos tampoco podemos. Así somos”.

La bebida me había repuesto. Pero una gran debilidad se apoderó de mí. La luna allá encima pareció palidecer y sombras negras se deslizaron por el campo iluminado por ella. “¿Es esto la muerte?”, me pregunté. Y sin embargo sentía la necesidad de hablar, palabras deshilvanadas, sin sentido: “Amargo… amargo, somos… jóvenes y pálidos… después los otros… serán felices… las casas blancas… los molinos soleados… el país verde con los caminos vecinales amarillos…”. Se puso todo negro delante de mis ojos y me abandonaron todos los sentidos, sólo vagamente me pareció que algo cálido se extendía sobre mí.

Por la mañana me encontraron allí, tapado con el manto negro de Simone.

 

Eduard von Keyserling
Entre sus obras destacan Princesas, Un ardiente verano y Olas.

Traducción de Ricardo Bada

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