Hace cien años, Buenos Aires vivió la ebullición de un movimiento obrero sin precedentes. Frente a demandas laborales legítimas, aquellos temerosos al avance socialista en la ciudad desataron una serie de enfrentamientos con una importante carga nacionalista y xenófoba. El recuerdo de aquellos días es una lección de historia sobre el cambio y sus opositores.

In memoriam Osvaldo Bayer

Entre el 7 y el 14 de enero de 1919 una insurrección popular desestabilizó Buenos Aires. La llamada Semana Trágica —apelativo que ya había sido utilizado diez años antes en la huelga de Barcelona— refiere a las manifestaciones emprendidas por un grupo de trabajadores y pobladores del barrio de Nueva Pompeya en respuesta a la represión de una huelga en la empresa metalúrgica Talleres Vasena e Hijos. Rememorar este acontecimiento, aparentemente inconexo con la historia y presente mexicano, aclara parte del origen épico de los derechos laborales adquiridos en los albores del siglo XX que hoy ansiamos restituir, y ejemplifica el surgimiento de reacciones nacionalistas y xenófobas motivadas por la acción social que pueden ser fatales.

La Semana Trágica estuvo protagonizada por el movimiento obrero bonaerense, un sujeto colectivo experimentado y multicultural en el país pampeano que, a inicios de la Primera Guerra Mundial, tenía poco más de cuarenta años de existencia y se había nutrido de las masivas migraciones europeas. El desarrollo industrial argentino tuvo un rápido crecimiento durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, producto de la conformación de enclaves productivos para la exportación cárnica y agroalimentaria;1 este modelo multiplicó por diez las exportaciones, conformó una nueva infraestructura industrial (puertos, frigoríficos, ferrocarriles, agricultura intensiva) y sentó las bases para el crecimiento exponencial de la clase obrera argentina.2 Dentro de las organizaciones gremiales de principios del siglo XX se ubican distintas tendencias (anarquistas, socialistas, sindicalistas revolucionarios), según sus métodos y la finalidad de la acción sindical.

Al sur de Buenos Aires, el 2 de diciembre de 1918 los Talleres Vasena suspendieron sus labores. Las peticiones de la plantilla de 2500 trabajadores metalúrgicos eran la reducción de la jornada laboral de 11 a 8 horas, un aumento escalonado de salarios, descanso dominical, pago de horas extra y recontratación de delegados obreros despedidos en conflictos anteriores.3 El petitorio no fue recibido por Alfredo Vasena, patrón e hijo del fundador de la empresa. Ante la clausura de la prospera fábrica, la confrontación no tardó en llegar y se registraron por lo menos tres muertes de transeúntes sobre las calles que conectaban los almacenes del barrio de San Cristóbal (hoy la plaza Martín Fierro) con la planta de Nueva Pompeya, cerca del Riachuelo y el local sindical de la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos (SRMU).

La revuelta inició el 7 de enero con un nuevo derramamiento de sangre. Cuatro muertos y 30 heridos de distintas nacionalidades dejaron una embestida de policías, bomberos y rompehuelgas que atacaron las casas de huelguistas y vecinos de Nueva Pompeya. La indignación obrera y popular ante el ataque fue tal que el gobierno nacional de la Unión Cívica Radical (UCR), precedido por Hipólito Yrigoyen, intervino como mediador del conflicto, temiendo el crecimiento de la protesta. Un acuerdo entre la empresa y la dirección sindical fue pactado esa misma noche: aumento salarial de 12%, reducción de la jornada laboral a 9 horas y readmisión sin castigo de todos los huelguistas. Sin embargo, el frágil acuerdo se rompió a la mañana siguiente cuando Vasena arguyó la infiltración de agitadores anarquistas en la plantilla. La Federación Obrera Regional Argentina (FORA) “IX Congreso”, la confederación con mayor número de agremiados en el país, llamó a la solidaridad con los metalúrgicos del Taller Vasena; su contraparte, la FORA “V Congreso”, anarquista y con influencia directa en el sindicato metalúrgico, convocó a la huelga general para poder asistir al entierro de los cuatro caídos.

Semana Trágica de 1919 en Buenos Aires. 9 de enero de 1919: cortejo fúnebre hacia Chacarita para enterrar a los cinco personas que murieron en la masacre del 7 de enero.

El 9 de enero de 1919 Buenos Aires amaneció paralizada. Gremios estratégicos como los ferroviarios y marítimos (también en huelga por la mejora en sus condiciones de trabajo) ya habían expresado su solidaridad: los comerciantes del sur bonaerense cerraron sus comercios y muchos otros pararon labores para poder asistir al sepelio. La SRUM convocó al cortejo fúnebre partiendo de la fábrica en huelga hasta el cementerio de Chacarita. A la comitiva se sumaron cerca de 200 mil personas según los periódicos de la época; al frente, un grupo de autodefensa resguardaba el cortejo y tomaba el pertrecho de las armerías por las que pasaba. Una nueva confrontación aún más letal se registró cuando la multitud rodeó los Talleres Vasena en los que estaban el patrón, dirigentes de la Asociación Nacional del Trabajo y empresarios ingleses. El enfrentamiento entre los guardias propatronales y los manifestantes del cortejo dejó un saldo de decenas de muertos y heridos. Los enfrentamientos se sucedieron durante todo el día, en especial en el cementerio, donde otra embestida dejó entre 12 y 50 muertos según lLa Prensa y La Vanguardia; ambos diarios coincidieron en que no hubo ninguna baja de las fuerzas de seguridad. Los cuatro asesinados del día 7 quedaron insepultos.

Según David Rock, historiador especializado en la protesta social durante los gobiernos de la UCR, la represión policial y el asesinato de pobladores fueron los propulsores de los acontecimientos. Si bien los detonantes de la revuelta siguen siendo discutidos por la historiografía especializada, lo que es un consenso es que la movilización popular disminuyó a partir del día 10 y que ésta fue sustituida por una contraofensiva nacionalista. La retoma por parte del Estado fue orquestada por el general Luis J. Dellepiane, intimo amigo del presidente Yrigoyen, con consecuencias que excedían el conflicto original.

Aunque la capital seguía paralizada, el jefe militar anunció que no habría clemencia contra la “minoría sediciosa” que dirigía las acciones. La comunicación de las autoridades entusiasmó a las élites bonaerenses del norte de la ciudad, las cuales afirmaron: “si hay barricadas de revoltosos, se deben formar barricadas de argentinos”.4 Entre la noche del 10 y el 14 de enero y tras allanar locales sindicales y casas e instalar metralletas en el epicentro de la revuelta por parte de las fuerzas de Dellepiane, el orden se recuperó. Sin embargo, la nota la dieron los civiles organizados en bandas parapoliciales de ideología ultranacionalista, las cuales atacaron extranjeros y radicales con el fin de “restaurar el orden”.  Su núcleo más conocido fue el Comité Pro Defensores del Orden que poco tiempo después cambiaría de nombre a la Liga Patriótica Argentina, organización célebre en la posterior trayectoria del paramilitarismo.

El “terror blanco”, como se ha denominado a la reacción de la actividad sindical de ese momento, hace alusión directa a la respuesta conservadora frente a la Revolución rusa de 1917. El pavor que recorría a los sectores acomodados sobre un escenario del tipo soviético en la Argentina, aunuados a un clasismo y racismo propios de la constitución de las élites porteñas, estaba a la cabeza de la violencia en que desencadenó la Semana Trágica. El tango “¡Se viene la maroma!” (letra de Manuel Romero y música de Enrique Delfino), es un testimonio que capta claramente dicho estado de ánimo:

Parece que está lista y ha rumbiao
la bronca comunista pa’ este lao;
tendrás que laburar pa’ morfar…
Ah ¡Lo que te van a gozar!
Pedazo de haragán,
bacán sin profesión;
bien pronto te verán
chivudo y sin colchón.
Ah ¡Ya está! Ah ¡Llegó!
Ah ¡No hay más que hablar!
Se viene la maroma sovietista.
Los orres ya están hartos de morfar salame y pan
y hoy quieren morfar ostras con sauternes y champán.
Aquí ni Dios se va a piantar
el día del reparto a la romana
y hasta tendrás que entregar a tu hermana
para la comunidad…

El punto más dramático del antibolchevismo en enero de 1919 fue la persecución y asesinato de judíos en Buenos Aires, único pogrom que ha sufrido el continente americano. En el barrio judío Once, la Liga Patriótica Argentina y otros grupos católicos atacaron a las personas por su aspecto y ostentación de símbolos hebraicos, allanaron casas y quemaron sinagogas, la librería Poalei Sión y las oficinas del periódico Avantgard. Aquellos acontecimientos popularizaron la frase “yo, argentino” para salvar la vida de la turba de la “gente bien”. La excusa fue la detención del carpintero y periodista Pinie Wald, quien era acusado de presidir “el primer Soviet argentino”.5 El fundador del Bund (liga) socialista fue interceptado y torturado en la calle 7ª, y se le obligó a confesar el complot maximalista del que se le acusaba. No lo hizo. Diez años después, al abandonar la cárcel, Wald escribió Koshmar (Pesadilla) donde relató lo vivido durante la Semana Trágica. Un pasaje de este libro —traducido al español hasta 1987— describe esos días.

Salvajes eran las manifestaciones de los “niños bien” de la Liga Patriótica que marchaban pidiendo la muerte de los maximalistas, los judíos y demás extranjeros. Refinados, sádicos, torturaban y programaban orgías. Un judío fue detenido y luego de los primeros golpes comenzó a brotar un chorro de sangre de su boca. Acto seguido le ordenaron cantar el Himno Nacional y, como no lo sabía porque había llegado al país recientemente, lo liquidaron en el acto. No seleccionaban: pegaban y mataban a todos los barbudos que parecían judíos y encontraban a la mano. La identificación del movimiento obrero argentino con la Revolución rusa y el pueblo judío tuvo un final sangriento. Durante los siete días que duró la Semana Trágica, los cálculos de víctimas mortales oscilan entre los 100 que informó el diario conservador La Nación o los 1500 y 55 mil detenidos que afirma el líder de la FORA “V congreso”, Diego Abad de Santillán.6 Por nuestra parte, compartimos la opinión de Osvaldo Bayer, quien ve la trascendencia de la Semana Trágica en otro lado:

Lo triste, lo trágico es que se tergiversó todo, se hizo valer como siempre o, como casi siempre, la historia oficial. No eran ni “perturbadores extranjeros” ni “rusos” ni “terroristas” como los medios oficiales y del poder trataron de disfrazar el crimen. Eran obreros que querían tener los derechos de la dignidad y de la vida: las sagradas ocho horas de trabajo. […] Por eso la huelga y por el lugar de trabajo para los despedidos. Dignidad y Justicia. La respuesta del poder fue bala y más bala.7

Los trabajadores metalúrgicos del Vasena lograron mejorar sus condiciones de trabajo y conquistaron a pura sangre la jornada de 8 horas y los derechos laborales. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, hubo un pico en la protesta obrera en Argentina según contabilizan las huelgas generales en ese país.8 Otros conflictos violentos por esos mismos años, como los de La Patagonia o La Forestal en la provincia de Santa Fe, conformaron una auténtica época heroica de los trabajadores organizados —con la conquista de derechos y condiciones de trabajo dignas basados en la movilización—.  La segunda semana de enero de 1919 fue su momento más dramático.

El centenario de la Semana Trágica nos recuerda que vale la pena dar cuenta de episodios en el movimiento obrero de otros países latinoamericanos. Las vibrantes primeras décadas del siglo pasado nos permiten establecer comparaciones y contactos con la conformación de la cuestión social en México, así como las trayectorias que la regulación laboral siguió en cada caso con sus similitudes y discrepancias. En específico, conocer lo acontecido entre el 7 y el 14 de enero de 1919 en Buenos Aires, permite aquilatar el origen de los derechos laborales que ahora nos son negados. Pero quizás la mejor lección de esa semana bonaerense sean los peligros imperecederos de las reacciones xenófobas y ultranacionalistas desatadas por el miedo a abandonar el statu quo.

 

Diego Bautista Páez
Historiador. Doctorante en el Instituto José María Luis Mora.


1 Hora, Roy, Historia económica de la Argentina en el siglo XIX, Siglo XXI, Buenos Aires, 2010, p. 165.

2 Cattaruzza, Alejandro, Historia de la Argentina 1916-1955, Siglo XXI, Buenos Aires, 2009, P. 2.

3 Godio, Julio, La semana trágica de enero de 1919, Hyspamérica, Buenos Aires, 1972, p. 11.

4 Bilsky, Edgardo J., . La Semana Trágica, CEAL, Buenos Aires, 1984, p. 121.

5 List Avner, Mara, La Semana Trágica de Enero 1919 y los judíos: Mitos y realidades, The International Raoul Wallenberg Foundation, 2006, 55 y ss; Mirelman, Victor A. (1975) “The Semana Trágica of 1919 and the Jews in Argentina”, Jewish Social Studies, Vol. 37, No. 1, p. 64.

6 Godio, Op. Cit. p. 19; Abad de Santillán, Diego (1982) La F.O.R.A, ideología y trayectoria [1933], La Antorcha, Buenos Aires, 1982, p. 164.

7 Bayer, Osvaldo, “La Semana Trágica” en Página 12, 16 de enero de 2006.

8 Ese año registró 367 paros de labores, el número más elevado desde 1907 hasta 1930 según los registros. El promedio de huelgas entre 1916 y 1922 fue de 169.9 por año, con más de 125 000 participantes y 1 801 357 horas-hombre por huelga. Cfr, Zapata, Francisco (1993). Autonomía y subordinación en el sindicalismo latinoamericano, México, Colmex, p. 97.

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1968 comenzó en Praga. Entre el 5 de enero y el 20 de agosto de aquel año paradigmático, Checoslovaquia fue el laboratorio donde se pretendió crear un “socialismo con rostro humano” que inspiraría a otras latitudes. A cincuenta años de esa tentativa, vale la pena hacer un repaso del acontecimiento que buscó concretar la utopía.

Checoslovaquia, un país que tenía 15 millones de habitantes en la década de 1960, situado en el corazón de una Europa dividida, se anexó definitivamente al bloque soviético en febrero de 1948 tras el desenlace de la Segunda Guerra Mundial y la marcha del Ejército Rojo sobre Berlín. La adhesión al bloque geopolítico emergente no fue tersa. Entre 1948 y 1952, tanto en Checoslovaquia como en la República Democrática Alemana (RDA), se presentaron paros y manifestaciones de protesta por la ocupación soviética y el consecuente endurecimiento de las normas de trabajo.1 Sin embargo, estos reclamos no fructificaron y la egida soviética se instaló en aquellos territorios.

La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) impulsó regímenes satélites en Europa del Este, que eran dirigidos por un partido único que vigilaba celosamente desde la economía y la política internacional hasta la cultura, el cumplimiento de la “ideología oficial” y la opinión pública. Sin embargo, desde la muerte de Stalin y el informe sobre sus crímenes en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956, el control de Moscú fue sistemáticamente puesto en cuestión. La ruptura con la Yugoslavia de Tito, la huelga general en la RDA de 1953, Polonia y sobre todo Hungría durante 1956, se pueden interpretar como tentativas de renovación y movimientos de protesta contra la tutela del “gran hermano soviético”. No obstante, el glacis del socialismo real se mantuvo unido gracias a la implantación de espías y políticos satélites, lo mismo que por la represión económica o militar.

Fotografía de CIA Analysis of the Warsaw Pact Forces: The Importance of Clandestine Reporting,
de la Central Intelligence Agency del gobierno de los Estados Unidos de América.

En la República Socialista de Checoslovaquia —nombre oficial instituido con Jrushchov para señalar la “realización” del socialismo— la tentativa democratizadora se desarrolló durante la década de los sesenta; su cenit fue la Primavera de Praga. Después de veinte años de tutela soviética, la sociedad checoslovaca protagonizó un proceso que, según testigos, buscaba “El socialismo en democracia, he ahí la formula de los hombres nuevos […]”.2 En 1967 la Unión de Escritores de Checoslovaquia, animadores de la Literární Noviny (Gaceta literaria), protestaron contra las políticas de represión y censura del presidente Antonín Novotný. Ante la afrenta de literatos y estudiantes, el gobernante que declaró la llegada del socialismo a Checoslovaquia intervino y estatizó la publicación.3

Tras la intervención oficial en el Literární Noviny los hechos se agazapan con velocidad y coordinación. Ante la creciente pérdida de apoyo popular y el estancamiento económico, el 5 de enero de 1968 Novotný es sustituido en la Secretaria General del Partido Comunista de Checoslovaquia (KSČ), bajo la anuencia del Secretario General en Moscú, Leonid Brézhnev; ocupa su lugar el Secretario General del Partido Comunista de Eslovaquia, Alexander Dubček. Tres meses más tarde, el 22 de marzo, Novotný pierde la presidencia del país y es reemplazado por Ludvík Svoboda, un héroe militar en la lucha antifascista que apoyaba las reformas operadas desde el KSČ por Dubček. Un adagio: svoboda en checo significa libertad.

La hoja de ruta desde la cual operó la transformación del sistema político y económico checo fue El Plan de Acción delKSČ. Este documento, auspiciado por el Secretario General del Partido, preconizaba cambios sustanciales en el sistema político y económico del país. El nuevo curso contemplaba una lucha frontal contra las actitudes burocráticas, sectarias y dictatoriales, contraponiéndolas a una cooperación democrática dentro del sistema político y la confianza del gobierno hacia la sociedad. Por consiguiente, acrecentaba y garantizaba los derechos políticos: la libertad de reunión y asociación aun por fuera del Partido Comunista; la libre expresión mediante una ley de prensa que excluyera la censura y garantizara la demarcación entre la opinión pública y gubernamental; la libertad de tránsito tanto al interior como al exterior del país; la excarcelación de presos políticos y la reparación de sentencias y penas de muerte, así como la limitación de la policía secreta y una federalización igualitaria del país entre la nación checa y eslovaca.4

En cuanto a la economía, El plan… preveía la descentralización y autonomía, así como la legalización de empresas privadas a pequeña escala sobre todo en los servicios. Los cambios iban encaminados a promover la autogestión de los trabajadores, fomentar cooperativas y crear estímulos en la producción que la economía estatizada y el régimen de partido único habían sofocado. De hecho, en mayo estallaron huelgas en algunas empresas estatales contra la corrupción de sus directivos y para junio se conforman dos consejos obreros en un par de fábricas clave: CKD (de tanques) en Praga, y Skoda (de automóviles) en Pinsel. Los trabajadores de Českomoravská Kolben-Daněk elaboraron sus estatutos reivindicando la autogestión.5

Tanques soviéticos en la ciudad vieja de Praga
Bajo licencia de Creative Commons.

El Programa de Acción del KSČ se discutió acaloradamente en teatros, escuelas, centros de trabajo, televisión, radio, prensa y asambleas que se formaban espontáneamente en la vía pública. Su publicación oficial el 1 de abril y posterior aprobación en la sesión del Comité Central del KSČ cuatro días más tarde estuvieron acompañadas de la convocatoria a un congreso general del partido el 9 de septiembre de 1968; este debería ratificar y organizar la extensión de las reformas de forma coordinada en todo el país. El lema de El Plan de Acción fue “por un socialismo con rostro humano”.

Este florecimiento social se llamó La Primavera de Praga y estuvo repleto imaginación en las calles, debates en caricatura y letras, nacimiento de organizaciones como el Club de los No Afiliados a Ningún Partido Político (KAN), o manifestaciones masivas como la del primero de mayo, a la cual “[…] la gente acudió por propia voluntad y desplegó sus pancartas con sus consignas, unas optimistas, otras críticas y otras simplemente graciosas”.6 Los propios soviéticos que tuvieron la suerte de ver esta Primavera disfrutaron de sus bálsamos de libertad. Andrei Gratchev, de 27 años, representante de la URSS en la dirección de la Federación Mundial Democrática con sede en Budapest, recordó aquellos días en una entrevista al Nouvel Observateur:

Fui a Praga en mayo. Era Woodstock en territorio socialista: los beatniks en la plaza del ayuntamiento, el sol, delegaciones venidas de todos los rincones del mundo, un hervidero permanente de pensamiento. Estábamos en un país hermano pero ese país era una isla de libertad. No habíamos vivido nunca algo así y todo eso, sin embargo, ocurría en un territorio socialista: estábamos borrachos de la Primavera.7

Pero los burócratas no tuvieron la misma opinión. El 15 de junio los dirigentes de la URSS, Polonia, la RDA, Hungría y Bulgaria se reunieron en Varsovia y enviaron una carta a la dirección del KSČ en la que denunciaban “la ofensiva llevada a cabo por la reacción con el apoyo del imperialismo contra el partido y las bases del régimen socialista”.8 A la par, señalaban la ineficiencia del Partido checo para resolver la situación, pues su dirección se encontraba infiltrada por los mismos elementos contrarrevolucionarios. La Carta desde Varsovia concluye exigiendo la intervención de la “comunidad socialista” en Checoslovaquia ante la gravedad de la situación.

La dirección al mando de Dubček rechaza las acusaciones y continúa con el proceso de preparación del XIV Congreso, apoyada por la ratificación de todos los órganos del KSČ y las organizaciones de masas del país. Se calcula que el 80% de delegados en el Congreso estaba a favor de implementar las medidas estipuladas en El Plan de Acción y un 10% de ellos pensaban que aún éstas eran insuficientes.

A finales de julio del 68, para tranquilizar a los soviéticos, se organizó un encuentro en la fronteriza Čierna nad Tisou. Sin embargo, todas las garantías que les puedo dar Dubček (lealtad y contribuciones al Pacto de Varsovia y la Comunidad de Ayuda Mutua Económica, COMECON, etc.) no evitaron la autoorganización de las personas y su ímpetu de cambio. Esto se ve expresado en el texto de Ludovic Vaculik, 2000 palabras, publicado el 26 de junio, en el cual llamaba al pueblo checo a tomar la dirección del proceso de transformación, denunciando a los elementos “inmovilistas” del KSČ y el riesgo de la injerencia extranjera. Las señales se volvían inconfundibles. El 3 de agosto los miembros del Pacto de Varsovia, incluyendo a los elementos “inmovilistas” del KSČ, adictos a Moscú, firmaron la Declaración de Bratislava,en la cual reafirmaron su fe en el marxismo oficial, la lucha por el proletariado y contra todo elemento antisocialista, así como su convicción de intervenir en cualquier país del Pacto que se viera amenazado por la instauración de un sistema “burgués” (léase fuera de su control). Sus tropas se apostaron en la frontera con Checoslovaquia.

La noche que va del 20 al 21 de agosto, los ejércitos de cinco países del Pacto de Varsovia —la URSS, RDA, Bulgaria, Polonia y Hungría— invadieron simultáneamente Checoslovaquia. Los cálculos extremos sugieren que entre 200,000 y 600,000 tropas, junto a 2,000 tanques, entraron al país. Dubček fue apresado y llevado a Moscú para “negociar”, no sin antes hacer un llamado al pueblo checo para evitar la confrontación. 72 personas muertas, 266 heridos graves y 70,000 migrantes ­—que llegarían a ser 300,000 en años posteriores—fueron los saldos inmediatos de la ocupación. La Primavera de Praga amaneció el 21 de agosto pulverizada por la burocracia soviética, la cual la calificaba en sus órganos oficiales como “un llamado a la contrarrevolución” (Pravda, 11 de julio de 1968).

El controvertido XIV Congreso del KSČ se llevó a cabo al día siguiente en la fábrica CKD pero de manera clandestina. En él, dos tercios de los delegados que pudieron llegar rechazaron la ocupación y cualquier acuerdo que Dubček tomase en Moscú. Con ello, el XIV Congreso del KSČ inauguró una nueva fase en la historia checa: la de la resistencia a la “normalización”.

La Primavera de Praga luchó al mismo tiempo por la democracia que por el socialismo, pero queriendo que la primera fuera médula y no adjetivo. Era una idea muy cercana a lo que José Revueltas conceptualizó por esas mismas fechas, aunque en estas latitudes, como “democracia sustantiva”.

Como contó Dubcek en retrospectiva: “Ni mis aliados ni yo mismo contemplamos jamás el desmantelamiento del socialismo aún cuando nos desviamos de algunos dogmas leninistas. Seguíamos creyendo en un socialismo que no podía permanecer divorciado de la democracia, porque su razón fundamental era la de la justicia social”.9 Las versiones que intentan desconocer dicha combinación durante la Primavera de Praga simplemente no la logran explicar. Reformulación no es restauración, aunque para algunos los acontecimientos posteriores así lo sugieran.10 Hoy, cincuenta años después de 1968, la Primavera de Praga es rememorada en cada movimiento antiautoritario y, por su bien, también habría que recordar su contenido radicalmente transformador y, en ese sentido, exitoso. La Primavera de Praga perdura; de sus enterradores ya nadie se recuerda.

 

Diego Bautista Páez
Historiador. Doctorante en el Instituto José María Luis Mora.

Bibliografía citada

Delibes, Miguel, La primavera de Praga, Alianza Editorial, Madrid, 1968.

Dubček, Alexander y Jiri Hochman, Dubcek. Autobiografía del líder de la Primavera de Praga, Prensa Ibérica, 1993.

Garí, Manuel, Jaime Pastor y Miguel Romero (eds.), 1968. El mundo pudo cambiar de base, Catarata, Madrid, 2008.

Libera, Anna y Charles-Andre Udry, “Checoslovaquia: 8 meses de primavera”, Inprecor, nº 61, mayo 1988.

Samary, Catherine, “1989- 1968 en Praga: ¿anticipación o antípodas?” en Viento Sur, #99, septiembre 2008.


1 Catherine Samary, “Europa del Este y la URSS”, Manuel Garí, Jaime Pastor y Miguel Romero (eds.), 1968. El mundo pudo cambiar de base, Catarata, Madrid, 2008, p. 261.

2 Miguel Delibes, La primavera de Praga, Alianza Editorial, Madrid, 1968, p. 101.

3 La protesta en ese momento fue silenciosa: la baja masiva de suscriptores. Ibíd, p. 32.

4 “El programa de acción del Partido Comunista de Checoslovaquia”, en Alexander Dubček y Jiri Hochman, Dubcek. Autobiografía del líder de la Primavera de Praga, Prensa Ibérica, 1993, pp. 403-409.

5 “Los trabajadores de la fábrica CKD, ejerciendo uno de los derechos fundamentales de la democracia socialista, el derecho de los trabajadores a gestionar sus empresas, y deseando una unión más estrecha de los intereses de toda la sociedad con los de cada individuo, han decidido fundar la autogestión de los trabajadores que toma en sus manos la gestión de la fábrica”. Citado en Libera, Anna y Charles-Andre Udry, “Checoslovaquia: 8 meses de primavera”, Inprecor, nº 61, mayo 1988.

6 Dubcek, Op. cit, p. 211.

7 Citado en Samary, Op. cit. p. 268.

8 Liberaa y Udry, Op. cit.

9 Dubcek y Hochman, Op. cit. p. 210. El destino del dirigente de la Primavera de Praga fue su sustitución como Secretario general en abril de 1969 (ya que la resistencia había sido contenida) y su reclusión como guardabosques al servicio del Estado hasta que el gobierno de Vaclav Havel lo restituyó como jefe del parlamento en 1990.

10 Para una introducción sobre los debates y distintas interpretaciones de la Primavera de Praga: Samary, Catherine, “1989- 1968 en Praga: ¿anticipación o antípodas?” en Viento Sur, #99, septiembre 2008.

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Recordar las reivindicaciones de la huelga general que paralizó a Francia hace medio siglo es importante para no definir el 68 solamente como un año de revuelta cultural, sino también como un movimiento político y de clase. Sus protagonistas no solo fueron estudiantes existencialistas o bohemios del barrio Latino: fueron trabajadores, revolucionarios y militantes anticolonialistas con apuestas organizativas, debates estratégicos, derrotas y recuerdos. Este texto revive las movilizaciones obreras que acompañaron al descontento estudiantil en un mes que puso en jaque al orden establecido y cuya herencia sigue vigente.

A los estudiantes y trabajadores que luchan
contra los recortes de Macron.

“El viejo topo de la historia parece roer con fuerza la Sorbona. Telegrama de Marx, 13 de mayo del 68”, se leía en una pared de la Universidad de la Sorbona.1 Ese mamífero subterráneo referido en El 18 Brumario de Luis Bonaparte que parafraseaba a Shakespeare apareció en los muros de las universidades parisinas durante la primavera de 1968. Justamente el día del mensaje estalló la huelga más grande en la historia del capitalismo contemporáneo y, con ella, el movimiento obrero-estudiantil de ese año alcanzó su cenit.

El 13 de mayo cerca de diez millones de trabajadores se declararon en huelga por toda Francia,2 ocupando fábricas y centros de trabajo. Los estudiantes tomaron la universidad y se sucedieron enormes manifestaciones en las principales ciudades del hexágono. La marcha central en París partió de la Gare de l’Est hacia Denfert-Rochereau, terminando con una concentración estudiantil en Champ de Mars. Se calcula que la huelga general que tuvo lugar entre el 13 y el 27 de mayo contabilizó 150 millones de días-hombre de paro.3

La organización estudiantil que precedió las jornadas de mayo se remonta un año atrás, en la recién inaugurada Universidad de Nanterre, ubicada en los suburbios obreros y multiculturales de Paris. El 5 marzo de 1967 los estudiantes de Nanterre protestaron contra el reglamento que prohibía dormitorios mixtos en la residencia universitaria. Losacontecimientos que se sucedieron —elaltercado Cohen Bendict-Missoffe, la protesta en la Mutualité a favor de Vietnam, la toma de Nanterre, las jornadas por la universidad crítica, decenas de barricadas— derivaron en una honda contestación a las reglas y funciones del sistema educativo y el régimen de la Quinta República. La ocupación de la casa de estudios en Nanterre el 22 de marzo conformó un movimiento del mismo nombre que sería el portador de la chispa de la protesta en París un par de meses después. La impugnación al orden, las instituciones y la moral de la posguerra estaban en las entrañas de las demandas estudiantiles.

Sobre el Movimiento 22 de marzo, el profesor del departamento de sociología de la Universidad de Nanterre Alain Touraine, afirmó:

Nunca estuvo mejor empleado el término de movimiento. Esta rebelión fue la obra de individuos y de grupos que no eran rebeldes sino revolucionarios. La diferencia entre esas dos actitudes reside en que los rebeldes rechazan el orden establecido y los revolucionarios apelan a las fuerzas que son capaces de destruirlo y remplazarlo por otro.4

Y así fue: la unión obrero-estudiantil vino después de las barricadas. El 12 de mayo, tras la protesta por una represión ocurrida en la calle Gay Lussac del barrio Latino dos días antes, la Confédération Général du Travail (Confederación General del Trabajo, CGT) controlada por el Partido Comunista, y la socialcristiana Confédération Française Démocratique du Travail (Confederación Democrática Francesa del Trabajo) llamaron a la movilización. Aunque la suspensión de actividades se declaró formalmente como el producto de una serie de peticiones salariales y contra las modificaciones al régimen (ordenanzas) de la seguridad social, las pancartas en solidaridad con los estudiantes se asomaron por toda Francia.


“Fábrica ocupada por los obreros.”

Al día siguiente de la manifestación, los metalúrgicos de Sud-Aviation-Bouguenais ocuparon su fábrica y retuvieron dentro al patrón; el 15 se sumaron los trabajadores de Renault-Cléon, losastilleros navales en Bordeaux, los trabajadores de la municipalidad de Contréxville (región de Vosges),el servicio de prensa NMPP (Nouvelles Messageries de la Presse Parisienne, hoy Presstalis)y la pequeña mueblería Hymain Mettaincourt. Para el 16 y 17 la huelga general comenzó a tomar fuerza con la incorporación de sectores estratégicos como los metalúrgicos (pues se sumaron Berliet, Saviem Blanville SNECMA Gennevilliers), el conjunto de las fabricas automotrices de Renault, Sud-Aviationde Courbevoie y de Suresnes, los astilleros del Atlántico en Saint-Nazaire e incluso el sector petroquímico, en donde también se desató la agitación. Al mismo tiempo se activaron las huelgas escalonadas en las minas de Alsace y los técnicos de navegación fueron los primeros trabajadores del sector terciario que se sumaron a la huelga.5


La fábrica Renault-Billancourt el 17 de mayo de 1968 en el momento de votar la huelga reconductible. Archivo personal Aimé Halbeher.

Los paros implicaron un “desbordamiento” de los órganos de dirección de los sindicatos, ya que eran votados de manera local en cada centro de trabajo. Según Jacques Kergoat, historiador del trabajo y militante fabril del Parti Socialiste Unifié (Partido Socialista Unificado) en 1968, el estallido de las huelgas no seguía un patrón preestablecido en sus exigencias y dinámicas, sin embargo, todas presentaban un rasgo en común: la huelga era el momento para “saldar cuentas” con De Gaulle y su gobierno. Las reivindicaciones iban desde el aumento salarial, el alto a los despidos, el aumento del salario mínimo interprofesional, la jubilación a los 60 años, una reducción a 40 horas de trabajo por semana, la libertad sindical y condiciones de seguridad en el empleo.

Una huelga general de esa magnitud solo fue posible porque se desenvolvió en un contexto industrial particular. Su extensión e intensidad son comprensibles dados los niveles de empleo de este tipo que existían a mediados de los sesenta: los más altos de la historia de Francia.6 Los asalariados representaban el 80 % de la población activa en un universo de 15 millones de trabajadores. Sin embargo, lo que en la época de los “gloriosos treinta” había sido un paraíso industrial comenzaba a declinar con medio millón de desempleados y dos millones que cobraban el SMIG (Salario Mínimo Interprofesional Garantizado). Un año antes, el Estado francés había echado a andar la Agence Nationale Pour l’Emploi (Agencia Nacional Para el Empleo) para atender el desempleo.

Esa Francia industrial en deterioro se combinó con un ambiente de protesta y contestación esparcido a lo largo del globo. Aunque el mayo francés fue un acontecimiento singular, estuvo acompañado por una serie de condiciones internacionales sin las cuales sería incomprensible. En la primavera de 1968 se desataron manifestaciones en las más variadas geografías como una aparente confirmación de aquello que algunos definían comolostres sectores de la revolución mundial” (las revoluciones anticoloniales del tercer mundo, las protestas antiburocráticas en los países del Este y las revueltas en las metrópolis capitalistas). Las protestas contra la guerra de Indochina, la ofensiva del Tët, la muerte del Che Guevara, la Tricontinental y la Organización Latinoamericana de Solidaridad, los movimientos estudiantiles en México, Brasil, Japón… y cuarenta países más; la primavera de Praga, el movimiento nacional palestino frente a la Guerra de los Seis Días y las movilizaciones por los derechos civiles en Estados Unidos, trazan la constelación de acontecimientos que definen la estela del año 1968.

El internacionalismo no era retórico sino práctico. De modo que el origen del mayo francés no se puede explicar sin antes revisar la gestación de los Comités Vietnam de Base (CVB) por toda la República y la jornada de apoyo a Vietnam por parte de la “izquierda revolucionaria europea” del 17 y 18 de febrero de 1968. O acontecimientos menos recordados como el encarcelamiento de los disidentes polacos Modzelewski y Kuron, de quienes se demandaba la libertad al gobierno del Partido Obrero Unificado Polaco en la plaza de Les Invalides en París.7


“La libertad es el crimen que contiene todos los crímenes. Es nuestra arma total”, en un muro posiblemente de la Sorbona.

Además de ser una consecuencia del deterioro en las condiciones de trabajo y la gestación del internacionalismo, el movimiento de 1968 también se puede interpretar como una revuelta contra la forma de producir del capitalismo durante el Estado benefactor de posguerra. El modelo fordista de las cadenas de montaje, la producción en serie y sus organizaciones —la monotonía y aletargamiento que producían— era aquello que las paredes le reclamaban a sus operarios: “Trabajador: tú tienes 25 años pero tu sindicato es del siglo pasado”.8 No en balde fue que durante esos años se redescubrió al joven Marx y sus escritos sobre la enajenación.

La tensión eventualmente sería insalvable. Tras diez días de parálisis en el país y en medio de un incipiente vacío de poder, el primer ministro Pompidou reunió a sindicatos y patrones para negociar. El 27 de mayo se firmaron los Acuerdos de Grenelle: un incremento del 35% al salario mínimo industrial y 14% de media para todos los trabajadores; se redujo la edad de jubilación y se perfiló la jornada laboral de 40 horas semanales. Sin embargo, Georges Séguy, secretario general de la CGT, fue abucheado al informar sobre “la conquista sindical” en las instalaciones de Renault Billancourt por unos trabajadores renuentes a levantar el paro de labores.

Ante la negativa de cientos de huelguistas a terminar con el paro, el 30 de mayo De Gaulle disolvió la Asamblea Nacional y convocó a elecciones. El 4 de junio se anunció la vuelta al trabajo en todas las empresas; en un nuevo enfrentamiento con la policía murió el estudiante Gilles Tautin; el 12 de junio una docena de organizaciones de la extrema izquierda fueron ilegalizadas y para el 14 de julio, a un mes del inicio de la huelga general, la Sorbona y el Teatro Odeón fueron evacuados. Mayo del 68 no sería el debut del nuevo mundo. Jean Paul Sartre lo planteó de esta manera en Le Nouvel Observateur el 26 de junio de 1968: “El ‘Che’ Guevara ha dicho: ‘Cuando en la calle pasan cosas extraordinarias, es la revolución’. Nosotros no tuvimos la revolución, pero pasaron cosas extraordinarias que debemos tratar de defender”.9

Recordar las reivindicaciones de la huelga general del 13 de mayo y los acontecimientos que la rodearon es importante para no definir el 68 solamente como un año de revuelta cultural y de las costumbres o como parte de una biografía generacional, como supone cierta historiografía, sino —sobre todo— como un movimiento político y de clase. Sus protagonistas no solo fueron estudiantes existencialistas o bohemios del barrio Latino: fueron trabajadores, revolucionarios y militantes anticolonialistas10 con apuestas organizativas, debates estratégicos, derrotas y recuerdos.

Más allá de cualquier conmemoración, ahora que se yerguen nuevos “hombres fuertes sin partido” para arrebatar la libertad y las conquistas a la sociedad francesa, es útil recordar mayo de 1968.

 

Diego Bautista Páez
Historiador. Profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

Bibliografía

Besancon, Julien, Los muros tienen la palabra. Mayo 68, Extemporáneos, 1970.

Garí Manuel, Jaime Pastor y Miguel Romero (eds.), 1968. El mundo pudo cambiar de base, Los libros de la Catarata, 2008.

Kergoat, Jaques, “Sous les paves la grève», en Retour sur Mai (compilación), La Brèche, 1988.

Sartre, Jean Paul, Alrededor del 68, Losada, 1973.

Therborn, Göran, European Modernity and Beyond: The Trajectory of European Societies, 1945-2000, SAGE Publications, 1995.

Touraine, Alain, El movimiento de mayo o el comunismo utópico, Ediciones Signos, 1970


1 Julien Besancon, Los muros tienen la palabra. Mayo 68, Extemporáneos, 1970, p.90.

2 El Ministerio del Trabajo francés escribió sobre la posibilidad de calcular el número de huelguistas: “La amplitud del movimiento huelguístico ha desorganizado completamente el método estadístico —extremadamente frágil— que tenía por función mantener actualizado en permanencia el indicador de tensión social que constituye la estadística de los conflictos de trabajo”, Jaques Kerogat, “Sous les paves la grève », en Retour sur Mai (compilación), La Brèche, 1988, p. 68-69. Bajo esa advertencia los rangos de número de huelguistas oscilan entre los 4 y los 11 millones, considerando que en la época estaban registrados alrededor de 15 millones de asalariados.

3 Daniel Bensaid, “1968: finales y consecuencias” en Garí, et. al., El mundo pudo cambiar de base, Los libros de la Catarata, 2008, p. 23. Como contrapunto, el autor plantea que el mayo rampante italiano de 1969 constó de 37 millones, y 14 millones durante las huelgas británicas de 1974. Kergoat, op. cit., p. 69.

4 Alain Touraine, El movimiento de mayo o el comunismo utópico, Ediciones Signos, 1970, p. 112.

5 Kergoat, op. cit., p. 59-60.

6 Göran Therborn, European Modernity and Beyond: The Trajectory of European Societies, 1945-2000, SAGE Publications, 1995, p. 69.

7 Bensaid, op.cit., en Garí, et. al., El mundo pudo cambiar de base, Los libros de la Catarata, 2008, p. 22.

8 Pasillos de Teatro Odeón, citado en Julien Besancon, Los muros tienen la palabra. Mayo 68, Extemporáneos, 1970, p.109.

9 Sin embargo, y después de denunciar el papel del PCF, el filósofo reconoce la derrota: “Pero ha fracasado [el movimiento] solamente para los que han creído que la revolución estaba al alcance de la mano, que los obreros seguirían a los estudiantes hasta el fin, que la acción desencadenada en Nanterre y en la Sorbona desembocaría en un apocalipsis social y económico que provocaría no solamente la caída del régimen, sino también la desintegración del sistema capitalista”. Sartre, Alrededor del 68, Losada, p. 148.

10 El feminismo, lejos de lo que se cree, estuvo ausente del movimiento del 68. Como afirma Josette Trat: “En contra de una idea muy extendida, la segunda ola feminista en Francia no nació en mayo de 1968, sino que irrumpió con fuerza en la brecha abierta por este gran movimiento social, dos años más tarde” en Manuel Garí, Jaime Pastor y Miguel Romero (eds.), 1968. El mundo pudo cambiar de base, Los libros de la Catarata, 2008, p.122. Durante el 68 los valores de la protesta, el movimiento obrero y estudiantil o el espacio público estaban ligados a lo masculino; las militancias políticas también.    

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Para Carlos Illades,
arqueólogo de las utopías modernas.

 

Entre la noche del 24 de febrero de 1848 y la mañana siguiente, se estableció en Francia la Segunda República, un régimen político sin precedentes por su brevedad, pero sobre todo por su organización y objetivos sociales. La reivindicación de los trabajadores, el voto universal, libre y secreto, el derecho de asociación, entre otras cosas que son ya marcadores de la izquierda tuvieron ecos toda Europa, derrocando monarquía tras monarquía. A continuación, un breve recuento de la primera revolución contra el capital, hace 170 años.

El 29 de enero de 1848, Alexis de Tocqueville, diputado por la provincia de Normandie, reclamaba a sus pares congresistas que no sintieran “el viento de revolución que está en el aire” (Souvenirs, 1999). La intuición del autor de El Antiguo régimen y la Revolución era acertada. Quince días después, la prohibición por parte de la monarquía de Louis-Phillpippe d´Orleans de un banquete proyectado para el 19 de febrero, desencadenó los acontecimientos. El llamado que hizo el periódico Le National a protestar contra la prohibición el día 22 inició una extensa movilización democrática en Europa. Ese año cristalizó un ordenamiento específico de la llamada “cuestión social”, desde entonces la dimensión distintiva de la izquierda frente a visiones políticas rivales.

La ola revolucionaria de 1848 se extendió como si flotase en el viento. La república francesa se proclamó el 24 de febrero, en marzo hubo movilizaciones en Baviera, Berlín, Viena, Praga, Hungría y Milán, hasta llegar incluso a Sicilia, en donde una revuelta independiente se apoderó de la isla. En unas cuantas semanas cambiaron la mayoría de los gobiernos en el corazón de Europa y sus efectos alcanzaron lugares que estaban mucho más allá de las fronteras europeas, alimentando la idea de una posible “revolución mundial”. Todo en una época en la que los servicios de noticias más eficientes tardaban, por lo menos, una semana en llevar la información de París a Viena.

Según Eric Hobsbawm, “El año 1848, la famosa ‘primavera de los pueblos’, fue la primera y la última revolución europeaen sentido (casi) literal, la realización momentánea de los sueños de la izquierda, las pesadillas de la derecha, el derrocamiento virtualmente simultaneo de los viejos regímenes existentes en la mayor parte de Europa continental […]” (Hobsbawm, 2007: 14). Para el historiador inglés, los acontecimientos de 1848 fecharon, paradójicamente, el fin de la era de las revoluciones (1789-1848) y el principio de la era del capital (1848-1875); hiato a partir del cual ya no se puede considerar a la burguesía como una fuerza subversiva.

Entre los protagonistas de las barricadas y movilizaciones de 1848 se cuentan trabajadores, artesanos, desempleados, pequeños propietarios, campesinos despojados de sus tierras, pensadores y artistas románticos y estudiantes que pugnaban por la libertad de cátedra y pensamiento. Ejemplo del último grupo fueron los alumnos que protestaron el 3 de enero contra la clausura de los cursos impartidos por su maestro Jules Michelet.

Las protestas izaron como propia la bandera de la democracia. Demandaban la formación de repúblicas democráticas que sustituyeran a la extensa monarquía multinacional de los Habsburgo. Para los alzados húngaros, alemanes o italianos, el objetivo era construir repúblicas centralizadas y unitarias bajo los principios y el modelo de la revolución francesa de 1789. La vía para la constitución de esta nueva forma política era la abolición de la servidumbre y la instauración del voto universal, libre y secreto.

Además de la condición democrática, la forma de organización que tenían en mente los insurrectos de 1848 era la república social. Esta forma de gobierno se basaba en afirmar a la sociedad como cooperación mutua entre iguales, rechazando las fórmulas estamentales conservadoras y la sociedad individualista impulsada por el trabajo asalariado y la propiedad privada que propugnaba el liberalismo (Goff, 2003: 25).1 La economía moral se afirmaba en la lucha por una sociedad justa, reorganizando y dándole un nuevo alcance al lema revolucionario de libertad [política], igualdad [económica]y fraternidad [social y cooperativa].

La reacción contra esta tentativa de cambio radical, de raíz, fue cruenta. Las jornadas de junio en París, con las cuales se cierra la etapa revolucionaria de la República, dejaron un saldo de más de 1500 muertos en combates callejeros, 12,000 deportados a territorios extraeuropeos y 3,000 asesinatos posteriores a manos de los restauradores. En contraste, la revolución de febrero se calcula en 360 muertos (Hobsbawm, 2010: 29).

Imagen incónica de la revolución de 1848 en Alemania. Ca. 1848-1850.
Bajo licencia de Wikicommons.

Hacia el verano, lo ocurrido en París se generalizó. Los viejos regímenes recuperaron el poder en Prusia y Austria, y para el invierno los revolucionarios húngaros e italianos también fueron derrotados aunque con mayor dificultad, pues habían logrado presentar sus esfuerzos revolucionarios como nacionalistas. Frente a la amenaza que representaba la república social y democrática, lo que ocurrió fue la formación de un nuevo “partido del orden” en toda Europa, guiado por preceptos conservadores y religiosos, pero con la flexibilidad política y cultural que implicaba abrazar la política de mercado y el individualismo liberal.

A pesar del resultado, los eventos de 1848 son un nodo histórico fundamental para la organización, ideas y reivindicaciones de izquierda. El insurrecionalismo que propugnaba por levantamientos populares y barricadas, tuvo en August Blanqui a un teórico de la conspiración que de hecho provenía de una tradición previa a la de 1848 y que emergería después, en 1871, y en la revolución española. También el asociacionismo tendió puentes entre artesanos y proletarios gracias a los clubes obreros y cámaras de trabajo, una tradición que en Inglaterra estaba teniendo momentos de gran efervescencia con el movimiento cartista de esos mismos años. El primer socialismo (Owen, Fourier, Proudhon) con sus ideas de asociación de comunidades de productores, planteó un ideario para el autogobierno y significó un primer encuentro de muchos artesanos con el socialismo.2 A la saga de estas tradiciones de izquierda ya constituidas ascendió con virulencia una nueva forma de entender la emancipación del trabajo: el comunismo de la lucha de clases, el de Marx y Engels. No en balde, tres días antes de los acontecimientos del 24 de febrero se publicaba El Manifiesto del partido Comunista, por encargo de la Liga de los comunistas. Pocas veces en la historia la sincronía entre el pensamiento político y la práctica se muestra tan exacta.

Es precisamente en esta radicalidad de demandas y en su composición social en donde podemos rastrear una explicación histórica, tanto para la rápida irrupción, como sobre la derrota de las revoluciones de 1848. “El año 1848 fracasó porque resultó que la confrontación decisiva no fue entre los viejos regímenes y las unidas ‘fuerzas del progreso’ sino entre el orden y la ‘revolución social’” Hobsbawm dixit (Hobsbawm, 2010:29). Sin embargo, la derrota nunca es sólo derrota. Como afirma Geoff Eley, las acciones de 1848 sirvieron como agente democrático para que la izquierda conquistara en años posteriores nada menos que el derecho al voto, la limitación de la jornada laboral o los derechos de asociación, representación, expresión y reunión. En suma, la ciudadanía democrática se estableció en el siglo XIX gracias a las luchas populares y con el pesar del liberalismo que vio a los acontecimientos de ese año como “el imperio de la chusma” (Eley, 2003: 33).

El año de 1848 nos recuerda que la historia de la izquierda no sólo está pavimentada por derrotas, sino también por importantes conquistas: derechos adquiridos con base en una amplia movilización de personas e ideas. Hoy, en el México de 2018, cuando la cuestión social ha sido desplazada casi en su totalidad de la agenda política nacional por fórmulas que son liberales o conservadoras en sus más excéntricas variantes, vale la pena recordar los acontecimientos que hace 170 años terminaron por conformar la dimensión distintiva y trascedente de eso que llamamos izquierda.

Diego Bautista Páez
Historiador. Profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM..

Obras citadas

Eley, Geoff (2003), Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa 1850-2000, Critica, 2003.

Hobsbawm, Eric (2010), La era del capital, 1848-1875, Crítica.

Tocqueville, Aelxis (1990),Souvenirs, Gallimard.

Williams, Raymond (2003), Palabras clave. Un vocabulario de la cultura y la sociedad, Nueva Visión.


1 El proceso de singularización y concreción de lo social como formulación de izquierda se rastrea en las entradas “Socialista [Socialist]” y “Sociedad [Society]” de Palabras clave de Raymond Williams (Williams, 2003:298-306),

2 Según Eley Goff (Goff, 2003: 33) también el primer socialismo fue una de las primeras corrientes en plantearse una política de género igualitaria y radical.

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