Presentamos un perfil de Claribel Alegría, ganadora del Premio Iberoamericano de Poesía Reina Sofía.

La concesión del Premio Iberoamericano de Poesía Reina Sofía a Claribel Alegría no viene a confirmar nada de lo que ya no se tuviera una completa certeza: que la poeta centroamericana es una de las voces más poderosas del siglo XX, que se ha ido construyendo sin estridencias pero con firmeza, y que por méritos propios forma parte de un Parnaso literario que no es tan amplio como a veces pudiera parecer. La discreción de la que ha hecho gala Claribel Alegría a lo largo de toda su trayectoria la ha alejado probablemente de los focos del star system aunque su nombre siempre ha estado presente en cualquier análisis serio sobre la poesía en español del siglo XX. No es este desde luego el único premio de relevancia con el que ha sido reconocida la escritora. Recordemos que en 2006, en Estados Unidos, le concedieron el prestigioso Premio Neustadt, un galardón que comparte con, entre otros, Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis o Tomas Tranströmer. En el ámbito de la lengua española Claribel Alegría no había recibido hasta ahora un premio de relevancia mediática. Desde luego no era algo que necesitara en absoluto pero en cualquier caso hay que reconocer que se trata de un maravilloso acto de justicia poética que de algún modo viene a subsanar ciertos olvidos, intencionados o no, y que en cualquier caso sirve para acercar su obra a nuevos lectores que tienen la oportunidad de conocer ahora una voz fundamental y llena de matices.

En la biografía de la poeta Claribel Alegría confluyen dos países: Nicaragua y El Salvador, y dependiendo de quién hable o escriba sobre ella, le atribuye una nacionalidad u otra. Claribel siempre ha dicho sentir que tiene patria y matria. Su patria es El Salvador, porque allí fueron sus primeros olores, sus primeros sabores, sus primeros contactos. Y matria Nicaragua, porque allí es donde nació un 12 de mayo de 1924 y donde, en 1979, con el sueño de la revolución, eligió quedarse. Pero más allá de nacionalidades Claribel Alegría es una escritora latinoamericana en el amplio sentido del término.

Su padre, Daniel Alegría Rodríguez, era nicaragüense, nació en Estelí. En El Salvador se casó con una salvadoreña, Ana María Vides. En Estelí, en el mero corazón de Las Segovias, Claribel vivió hasta los nueve meses. Su padre fue colaborador del general de hombres libres que luchaba contra la ocupación yanqui del país, el mítico Augusto C. Sandino, una colaboración que le costó la persecución y que forzó su exilio para poder proteger a su familia. La propia Claribel Alegría se refiere a esa situación afirmando que su padre, como buen segoviano, era muy rebelde. “Los marines le amenazaron con matarlo, pero él quería continuar en Nicaragua, hasta que un día pasó algo terrible. Mi madre me tenía a mí en brazos y los marines yanquis, para asustarla, empezaron a disparar sobre la cabeza de ella, dando al muro. Mi madre fue la que le dijo a mi padre que ya no podía más. Era un acoso terrible. Ella dijo, ‘yo me voy con la niña’ y él dijo que tenía razón”. Y es así que se marcharon de Estelí, para regresar fugazmente en 1929 para que la pequeña Claribel conociera a su abuela. “Todavía me acuerdo, tengo recuerdos muy lindos de ese momento, con mi abuela que tenía unas enaguas blancas y que me contaba sobre la Biblia”.

Es en estos años cuando Daniel Alegría comenzó a relacionarse con los sandinistas, y tanto fue así que su familia tenía una finca que se llamaba Las Nubes, llena de pinares, y él les dio permiso para que enterraran allí sus armas. Pero el padre de Claribel no llegó nunca a conocer al mítico héroe personalmente. En 1934 el general Somoza asesina a Sandino y el padre de Claribel no puede regresar al país, pero ayuda a esa primera revolución sandinista. “Anastasio Somoza García lo persiguió espantosamente y puso precio a su cabeza. Mi papá escribía artículos contra él desde El Salvador. Yo tenía como 12 años cuando el dictador mandó a mi casa a un señor para que hablara con mi papá. Le dijo que se dejara de pleitos, que escogiera una embajada, la que él quisiera, en París, en Washington… Él, que era chele —blanco de piel—, se puso colorado y le dijo: ‘Dígale a ese señor Somoza que yo jamás le voy a servir a un dictador, y usted váyase inmediatamente de aquí porque colabora con él’. Eso ocurrió muy rápido, pero a mí nunca se me va a olvidar aquello, lo recordaré siempre”, explica la escritora.

En los años de exilio, en El Salvador, su padre siempre le hablaba de Nicaragua, lo que fue la semilla para que fuera creciendo su amor por este país, su espíritu rebelde antisomocista y revolucionario que a día de hoy, con 93 años, se mantiene en un compromiso contra la nueva tiranía que padece Nicaragua de manos, quién lo iba a decir, de antiguos comandantes que traicionaron los valores más sagrados de la revolución.

Claribel Alegría nació por tanto “salvanica” pero con otro nombre que ya solo es un apunte biográfico, una curiosidad que ni siquiera aparece en sus documentos oficiales. Clara Isabel fue su nombre de bautizo, el nombre de sus dos abuelas, Clara, la abuela esteliana e Isabel, la salvadoreña. Cuando el escritor mexicano José Vasconcelos pasó por El Salvador, cuando ella contaba con unos seis años, recuerda la escritora que se hicieron amigos. “Le recité ‘Margarita está linda la mar’, y fue maravillosa la amistad con él. un día se me quedó mirando muy profundo a los ojos y me dijo: ‘Tú vas a ser poeta, pero quisiera que te cambiaras de nombre. Clara Isabel es un lindo nombre, pero para una abadesa, ¿por qué no Claribel?’”. Ella quedó fascinada y esa misma tarde fue donde sus padres y su abuelo y les dijo que ya no se llamaría más Clara Isabel, sino Claribel.

Vasconcelos, que con acierto profetizó la dedicación poética de la pequeña, más tarde sería clave para ella, pero los primeros versos los escuchó Claribel de su padre, que se pasaba el día recitándole a Rubén Darío. Su madre también le leía poemas, de los poetas españoles del Siglo de Oro, a Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz. Desde muy joven fue lectora de poesía. Al cumplir 14 años descubrió un libro de Rainier Maria Rilke, Cartas a un joven poeta, en la biblioteca familiar, un libro que la dejó fascinada. “Era de noche y ya mis padres se habían acostado, serían como las diez de la noche”. Desde entonces no ha dejado de escribir poesía. Sus primeros poemas, reconoce ella misma, “eran bastante líricos”. Los llevó consigo cuando conoció a Juan Ramón Jiménez y algunos están en su primer libro, Anillo de silencio, una colección de poemas que compilaron el propio Juan Ramón Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí. Para Claribel Alegría encontrarse con Juan Ramón Jiménez fue algo excepcional. Claribel le había escrito a Juan Ramón una carta en 1943, cuando él ya residía en Estados Unidos. Le contaba en la carta que Platero y yo había sido su libro de cabecera. Su mamá se lo había regalado. Jamás se le ocurrió que a una muchachita de 19 años que tenía entonces le fuera a contestar Juan Ramón Jiménez. “Cuál no fue mi susto cuando un día llegué a mi apartado postal y estaba esa tarjeta maravillosa, que no podía leer, escrita a lápiz con caracteres que parecían persas. Me costó mucho trabajo leerla”, recuerda la escritora. El poeta español le decía que ya la conocía, algo que la sorprendió más si cabe: “Cuando leí eso casi me muero. Lo que pasa es que me publicaba poemas don Joaquín García Monge, un gran costarricense que tenía un periódico que era lo mejor literariamente que había en Centroamérica. Se llamaba Repertorio americano. Juan Ramón no se acordaba de mis poemas, lo que le fascinó fue mi nombre. Ni me habría leído si me hubiese llamado Clara Isabel, cuánto le debo a Vasconcelos…”. El autor de Eternidades la invitaba en la carta a visitarle. Era el mes de septiembre de 1943 y a Claribel le habían concedido una beca en la universidad de Loyola para cuatro años. Así que se subió con su hermano en un bus hasta Washington. Zenobia y Juan Ramón les estaban esperando. “Nos llevaron hasta un apartamento que era exquisito, pero muy pequeñito. Mi hermano y yo dormimos en la sala, en dos colchones. Juan Ramón se quedó conversando conmigo como hasta las dos o las tres de la mañana. Me preguntó entonces que qué era lo que yo leía. Cuando se lo dije, se alegró, pero dijo que era un desorden espantoso, un caos. Me dijo que tenía que ponerme una dirección. También me preguntó que qué música oía, qué pintores me gustaban… Entonces me dijo que yo iba a estar bajo su tutela, si lo aguantaba. ‘¿Y la beca, qué hago con la beca?’, le dije”. Juan Ramón Jiménez entonces le dijo que no se preocupara, que su mujer y él tenían muy buenas relaciones con la Unión Panamericana y que ella podría ser secretaria trabajando medio tiempo, y en las noches estudiar. “Yo ya sabía bastante inglés entonces. Me dijo que me conseguirían alojamiento en la Casa Internacional de Estudiantes, donde era muy barato. Y no quedaba nada lejos de la casa de Juan Ramón. Yo iba con él dos o tres veces por semana, a pie. Nunca, jamás me quiso decir nada de un poema. Hasta que un día, a los tres años, Zenobia vino, con cara de pícara, y me dijo que me tenían una sorpresa. Allí encontré yo mi legajo de poemas manuscritos corregidos por Juan Ramón. ¡Qué lástima que no los conservo! Los perdí en un maremoto que hubo en Mallorca. ‘Ya tienes un libro de poemas, ahora no sé quién te lo va a publicar, pero te lo doy con el visto bueno y hecho’, me dijo”. Claribel, ni corta ni perezosa, le escribió a su amigo Vasconcelos y le pidió que le encontrara un editor para ese primer libro de poemas. Él enseguida le dijo que su propia editorial se lo publicaría, pero solo con una condición, que él mismo le haría el prólogo.

Muy al principio la poesía de Claribel “era puramente lírica”, sin ningún compromiso que no fuera la propia poesía. Pero entonces llegó, en 1959, la Revolución cubana y le abrió los ojos. Si pueden hacer eso los cubanos, a poco más de noventa millas del imperio, ¿por qué no nosotros?, se preguntó, y es así que se entusiasmó, como muchos de sus amigos escritores. Comenzó a reflexionar en todo lo que había sucedido históricamente, en la matanza en El Salvador, en 1932, por el dictador Martínez, que acabó con la vida de 30 mil campesinos. Y sobre ese sangriento episodio escribió, junto a su esposo Darwin Flakoll, la novela Las cenizas de Izalco. Entonces Claribel ya vivía en París, donde tenía relación con escritores como Carlos Fuentes. Él precisamente fue quien le dijo que debía escribir sobre ese dramático episodio de la historia de El Salvador y ella recurrió a su marido, que era periodista, para llevar a cabo de manera conjunta la novela. Fue casi el primer trabajo juntos. Antes habían preparado entre los dos una antología que se llamó New Voices of Hispanic America (Beacon Press). Vivían en México, donde conocieron a Rulfo y a Monterroso, entre otros.

La poesía de Claribel Alegría no ha estado marcada nunca por un carácter de género muy específico. Ella tiene claro, en este sentido, que “hay buena poesía y mala poesía. Ni femenina ni masculina. La inteligencia no tiene sexo”. La escritora considera que “como Virginia Woolf decía, la escritura tiene que ser andrógina”. Lo que sí es una de las características más llamativas en su obra es la brevedad con la que, en general, resuelve sus poemas. El poeta nicaragüense José Coronel Urtecho se preguntaba al respecto: “Cómo se puede ser gran poeta, ser una gran poeta, en tan pocas palabras, en tan breves y leves palabras, tan cargadas del peso de la vida y la poesía”. Claribel regresa a Juan Ramón: “Siempre me decía que un poema, cuando se vuelve a ver, es mejor sacarle versos que ponerle. Él tenía poemas con tachuelas en las puertas de su casa. Pasaba y tachaba un verso y otro más. Siempre me decía que había poemas largos maravillosos, pero que la síntesis era fundamental, que en la poesía tiene que quedar la esencia, porque si no es mejor escribir un cuento. Me quedó mucho de eso”. Poemas cortos, en general, aunque sin renunciar a la claridad. “Respeto la poesía más oscura, pero lo que me gusta es comunicarme con la poesía con los demás, mantener una plática. Eso es muy difícil hacerlo con un lenguaje muy oscuro. Es verdad que hay poetas con un lenguaje más complicado que a mí me fascinan, por ejemplo Lezama Lima. Pero yo siempre he querido que mi poesía sea transparente, y es algo difícil”, señala. Son muchos los escritores que han formado parte, de alguna manera, de su vida. Uno de ellos, al que le dedica un capítulo en su libro de semblanzas Mágica tribu, fue el salvadoreño Roque Dalton, un poeta y revolucionario al que sus propios compañeros traicionaron y asesinaron. Una curiosa anécdota que muestra la relación entre Claribel Alegría y Roque Dalton tiene como protagonista un baile, un baile que nunca tuvo lugar y del que, sin embargo, fue testigo uno de los poemas más memorables de la escritora. “Nunca nos conocimos personalmente, es cierto. Cuando estaba viviendo en Uruguay hice un viaje a El Salvador para ver a mis padres, si no me equivoco en 1958. Me hicieron una entrevista por televisión y me preguntaron que qué poetas salvadoreños me gustaban más. A mí no me gusta mentir, solo miento cuando escribo. Entonces dije la verdad, que conocía a muy pocos, porque a Uruguay no llegaban revistas ni nada. Recordé que había leído hacía poco en algún periódico o revista a un poeta que se llamaba Roque Dalton y que me había encantado. Después me fui, y Roque Dalton, que lo supo, me escribió una carta agradeciéndome. Empezamos una relación epistolar. Cuando él se fue a Praga yo vivía en París. Él fue a visitarme, pero yo no estaba. Fue a casa de Julio Cortázar y me dejó un recuerdo con él. Nos escribimos mucho, pero nunca de política. Después, en 1968, Roque me esperó en Cuba, donde me habían invitado al jurado del Premio Casa de las Américas. La aviación cubana entonces era espantosa. Tardamos como dos días o más en llegar y su mujer, Aída, y otros amigos, me dijeron que Roque me había estado esperando cada día con un ramo de flores, pero que al final se tuvo que ir para hacer su entrenamiento militar, para entrar a El Salvador. Un día sí y otro no me enviaba notitas de papel que me entregaban en el comedor del hotel. Después del asesinato de Roque, ya a principios de los ochenta, me encontré con un escritor mexicano que se llama Eraclio Zepeda, gran amigo de él, y me dijo que quería que yo le enseñara a bailar la rumba. Me resultó extraño y le dije que yo no bailaba la rumba —me encanta bailar pero soy muy mala bailarina—. Entonces me dijo que Roque le había contado que yo le había enseñado a bailar rumba y salsa. Cuánto me reí… me fascinó tanto que le escribí un poema que se llama ‘Salto mortal’, en el que le digo que aunque nunca nos vimos a los ojos, bailamos”, relata la escritora. También formó parte de su “mágica tribu” el argentino Julio Cortázar, al que conoció primero por carta, gracias a esa antología de nuevas voces hispanoamericanas que preparó junto a su esposo. “‘Puertas al cielo’, creo que se titulaba el cuento que mi marido Bud tradujo para el libro. Se la mandó a Cortázar y le fascinó. Así fue que empezamos a cartearnos. Nosotros nos fuimos a vivir a Buenos Aires y con él y su mujer primera, Aurora, coincidimos en un asado en casa de un amigo común. Ahí fue el flechazo. Nos hicimos grandes amigos y fuimos a todo Buenos Aires, a la Boca, donde bailamos tango… Ellos se fueron a París y dos o tres años después nosotros también. Allí vivimos cuatro años y se intensificó la amistad. No pasaba una semana sin que nos viéramos por lo menos dos veces. Él me decía ‘mi jefita’ porque tuvo un sueño en el que yo le mandaba hacer tal o cual cosa, y se asustó y desde entonces me decía ‘mi jefita’”. Cortázar compartió con el matrimonio Flakoll Alegría, además, el sueño del triunfo de la Revolución sandinista. Claribel vivía entonces, en 1979, en Mallorca, donde como ella reconoce, pasó unos años maravillosos. Desde allí seguía los acontecimientos, las noticias que llegaban desde Nicaragua y que hablaban de la cada vez más inminente caída de la dictadura somocista. Y ese día por fin llegó, el 19 de julio de 1979. “Bud me propuso que nos viniéramos a Nicaragua para escribir un libro sobre la Revolución sandinista, a conocer a comandantes, a maestros, a guerrilleros, a proletarios. Y así lo decidimos”. Julio Cortázar y Carol Dunlop se encontraban de visita en Mallorca justo en ese momento. Julio les dijo: “Así que ustedes se van a Nicaragua… Pues si ustedes van, nosotros vamos”. Claribel y Bud llegaron a la Nicaragua libre en septiembre de 1979. Julio y Carol, en noviembre. “Para ellos fue un amor a primera vista. Adoraron Nicaragua. Tanto es así que él me decía que querían vivir entre París y Nicaragua”, recuerda la escritora. La obra sobre la Revolución sandinista salió publicada primero en México, y se convirtió inmediatamente en libro de texto en la universidad. Se trata de un texto histórico-testimonial. “Empezamos con la historia de Nicaragua con William Walker —el filibustero que se autoproclamó presidente de Nicaragua e incendió la ciudad de Granada— y terminamos con el triunfo de la Revolución”. La ilusión es la palabra que mejor define a esa época en la que parecía que el pasado lo sería ya para siempre.

De aquel sueño que fue la revolución sandinista hoy no queda nada. O lo que es peor aún, queda una traición. Claribel Alegría sigue viviendo en Managua, en una casita con jardín en Los Robles, donde cada tarde no perdona un trago de ron, muchas veces con amigos que de medio mundo se acercan a visitarla. No tiene miedo, a pesar de la terrible deriva autoritaria que se vive en una Nicaragua en la que surgen como setas extraños árboles luminosos a modo de esotérica invocación de la vicepresidenta y esposa del presidente Daniel Ortega, Rosario Murillo, a expresar con firmeza un dolor que es compartido por muchos que tanto dieron para derrocar la dictadura somocista. Claribel asegura que si Cortázar viera la Nicaragua de hoy “no estaría nada de acuerdo, estaría muy triste, como lo estoy yo. Nada tiene que ver el gobierno de ahora con el que conoció Julio”. ¿Qué ha ocurrido en el camino, cómo es posible que la esperanza se corrompiese de esta manera? “Fue algo terrible, con lo linda que había sido la revolución. Ahora me acuerdo del discurso que hizo Daniel Ortega cuando perdió las elecciones y las ganó doña Violeta Barrios de Chamorro. Fue un discurso que me encantó. Pero entonces vino la piñata —el reparto ilegal de propiedades que hicieron entre ellos algunos altos mandos sandinistas—, y ese fue el primer desencanto espantoso, esa piñata”. Claribel recuerda ahora unas palabras de otro escritor que soñó con la Nicaragua revolucionaria, el uruguayo Eduardo Galeano: “Todos esos comandantes que daban su vida por la revolución, ahora le están quitando la esperanza al pueblo”. “Muchos de los comandantes de entonces ahora son millonarios”, asegura con gesto torcido la escritora. Pero, ¿queda algo de aquello, de un movimiento popular que ilusionó en todas las latitudes? Claribel duda antes de contestar, bebe un sorbo de ron. “Mucho ha sido borrado. Los sueños han sido pisoteados por algunos de los que los generaron. Pero algo quedó, creo, aunque se diera un paso adelante y dos atrás”. De todas formas considera que el pueblo ahora “está más concienciado” y no cree que quieran “otra guerra civil”. Si hay otra revolución, “porque Nicaragua necesita otra revolución, será más al estilo de Gandhi, sin el derramamiento de sangre que no sirvió para casi nada y fue horrible”. La propaganda gubernamental habla de una nueva revolución, de un gobierno de reconciliación nacional. Las emisoras progubernamentales, que son cada vez más, lanzan a cada instante consignas. No hay rincón del país en el que no haya un retrato de un Ortega sonriente que dice que “cumplirle al pueblo es cumplirle a Dios”. La primera dama, Rosario Murillo, es la artífice de todas las campañas. Se empeña, rodeada de un halo místico y casi sobrenatural, en que en Nicaragua se está viviendo la revolución de la paz y de las flores. Claribel no está de acuerdo. “No es una revolución eso que ellos dicen. Aseguran que van a ayudar a los pobres, pero eso se queda en nada. Al contrario, nos están llevando a una dictadura, así lo creo”. La escritora no tiene miedo en ser tan contundente en sus declaraciones, a pesar de que es consciente de que en la actual situación sus palabras pueden provocarle algún disgusto. “Mira todos los acosos que se están dando, a Ernesto Cardenal, a Sergio Ramírez, a Carlos Fernando Chamorro y a tanta otra gente. Todavía hay libertad de prensa, en los periódicos aún salen bastantes cosas, pero ya existe una dictadura institucional. Y los que no están con ellos, son acosados. Lo peor es cuando llega la autocensura por el miedo, peor incluso que la censura impuesta. Ahí se acaba el periodista y el escritor”. Y Claribel no quiere que a ella le suceda esto. La mayor parte de los intelectuales nicaragüenses que apoyaron la Revolución sandinista han alzado su voz contra lo que algunos llaman o bien danielismo, o, como ha acuñado la escritora Gioconda Belli, “murteguismo”, en alusión al poder e influencia que ejerce Rosario Murillo. “Yo me sigo sintiendo sandinista, como tanta otra gente, pero no soy ni orteguista ni danielista y, ni mucho menos, murteguista…”. La situación de acoso que viven algunos intelectuales nicaragüenses cada vez es más insoportable.

Claribel Alegría cumplirá el próximo 12 de mayo 94 años. Su libro más reciente es un poema maravilloso titulado Amor sin fin en el que su esposo, Bud Flakoll, está muy presente. Un libro en el que vuelven los antiguos personajes mitológicos que han acompañado durante años los poemas de Claribel Alegría. Desde que leyera con 14 años a Rilke no ha dejado de escribir. Hoy sigue haciéndolo con algo que no ha perdido en todo este tiempo: la mirada asombrada de una niña ante el mundo.

 

Daniel Rodríguez Moya
Poeta. Entre sus libros Días idénticos a nubes, Cambio de planes y Las cosas que se dicen en voz baja.

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