El siguiente testimonio es una respuesta al reporte de Notimex y a las declaraciones de Jesusa Rodríguez. Se suma a una ola de quejas y abona al debate de los supuestos privilegios a los que da acceso el Fonca.

Me llamo Claudina Domingo. Escribo poesía, narrativa, crítica literaria y algún día escribiré ensayo. El 8 de septiembre cumplo 37 años. Desde hace medio año soy miembro del SNCA (Sistema Nacional de Creadores de Arte). Por motivos personales, el año pasado fue extremadamente difícil de vivir. Ah, falta en mi semblanza: padezco depresión mayor y síndrome de ansiedad generalizado; tomo dos antidepresivos al día (y no tengo ningún tipo de seguro médico). Lo de la depresión parece que es hereditario, como mi afición por la literatura. Mi papá es escritor y lector; nunca ha tenido becas y ha escrito bastante. ¿El costo? Su salud física y nerviosa y la zozobra de sus hijos y su esposa por ello. Yo, por mi parte, tuve tres becas de Jóvenes Creadores (6,500 pesos mensuales), a los 25, a los 30 y a los 33 años. No sólo recibí dinero en esas becas, sino el enriquecedor diálogo con becarios y “tutores”, nuestra figura de maestros en Fonca. La primera beca la sufrí. Yo era la más joven y no entendía la mitad de las cosas que pasaban. A veces trapeaban el piso con mis poemas. Yo anotaba todos los comentarios. Escribía un libro que se llama Tránsito. Es un libro de poemas en prosa sobre la Ciudad de México. Conservo el mapa donde tracé las 24 “rutas” del texto. Salía a una hora específica de un mes específico a tomar las notas del texto (todo estaba fríamente calculado). Luego lo transcribía y lo corregía. Me tomó dos años y al final tuve 14,000 palabras más o menos.

Ilustración: David Peón

Escribir significa descartar, corregir, borrar, eliminar, reescribir. Uno podría pensar que escribir 14,000 palabras llevaría dos meses, cuando mucho. No es cierto. Los artistas no somos máquinas y el arte no es una maquila. Ese libro me enseñó dos cosas: que yo era escritora y que serlo requería mucho esfuerzo y tiempo. Me prometí (consta en mi Diario) tenerlo como prioridad por sobre todas las cosas, y cuando hablo de todas las cosas hablo de todas las cosas: las relaciones amorosas, la seguridad financiera, la independencia: TODO. Era septiembre de 2011. Hace casi ocho años. He cumplido a cabalidad con mi promesa. Y ha sido duro, no sólo económicamente. Viví cuatro años una crisis creativa; es decir, todo lo que escribía era horripilante. A finales de 2014 volví a dar con el neurólogo; estaba deprimidísima. Por las mismas fechas comencé unos relatos y he aquí que al fin pude escribir bien. El texto final se llama Las enemigas, es un libro de 9 cuentos sobre la muerte, la gemelidad y la raíz materna. (Siempre digo eso en las entrevistas y sé que no dice nada.) Eran 49,000 palabras. (Soy obsesiva, no me disculpo por ello.) Me tomó un año y 4 meses escribirlo. Escribí dos veces un relato horrendo (y largo) que descarté al final, comencé otro que era malísimo y los nueve que publiqué los trabajé hasta el cansancio. Me iba a la cama pensando: “Sueño, amigo, indícame cómo seguir con Tal Relato”. Hice un mapa muy loco de símbolos, asuntos y semejanzas. (Lo perdí.)

Luego comencé la novela que Sexto Piso publicará en febrero de 2020. Hice unos sesudos cálculos y determiné que con eliminaciones y reescrituras escribo a razón de 2,600 palabras por mes (ya en peso neto). Una cuartilla y cacho “al día”. No doy más; escribo tres, de las cuales dos se borran. Escribir (cuando se escribe desde el fondo de uno; es decir, intentando ser un artista) implica mirarse en el espejo más cruel: reconocer lo monstruoso que hay en uno y de entre toda esa mescolanza vislumbrar un pez que es joya. Termino muy nerviosa después de escribir, pero es lo que necesito hacer en esta vida, por eso lo sigo haciendo.

Tras toda esta semblanza mal hecha, subyace la incredulidad: no puedo creer que un gobierno de izquierda nos pida a los creadores de arte que nos vayamos a la Iniciativa Privada o que dejemos de existir. ¿Qué va a hacer la Iniciativa Privada con mis 2,600 palabras al mes? Lo que nos pide el gobierno progresista no nos lo pidió ningún otro gobierno: demostrar resultados como si fuéramos vacas lecheras. Muchos libros no significan mucha literatura. Todos los países cargan con orgullo las medallas de sus creadores y de sus atletas. México no es la excepción, pero pocos países como México maltratan a sus artistas y a sus atletas. El Fonca ha sido una manera de evitar ese maltrato.

¿Se les dio muchas veces la beca a las mismas personas en los noventas? Sí, pero de eso no somos responsables las generaciones posteriores. La gestión de Moisés Rosas fue un parteaguas burocrático. Se insaculó a los jurados y se dividieron por disciplinas. El resultado fue un mayor número de becarios “jóvenes” y de distintas regiones del país. Los últimos cuatro años el SNCA ha sido un estímulo plural y transparente. A mí me eligieron como becaria Minerva Margarita Villarreal, María Baranda, Óscar Oliva, Efraín Bartolomé y Pedro Serrano. Conozco en persona a Minerva, a Efraín y a Pedro. Efraín es amigo de mi papá. En 2015, cuando tuve mi última beca Jóvenes Creadores, él declaró vínculos conmigo, y no votó. Es decir, perdí un voto. Esto resume mi vida literaria: las ventajas se convierten en desventajas. Pero he sido perseverante, insistente, obsesiva. Gracias a eso sigo escribiendo. Supe que Minerva y María defendieron como gatas boca arriba a varias postulantes mujeres jóvenes. Fue una lección feminista y responsable. Le insistí a mis colegas Claudia Berrueto e Ingrid Solana en concursar. Mi argumento lo he mencionado ya: “Tu trabajo no es descartarte a ti misma. Que lo hagan otros”. Estas conquistas nos son menores. Las mujeres artistas hemos dado la cara por nuestro trabajo pero también por nuestro país, porque escribir en México tiene firma: escritora mexicana.

Nunca he pensado que el Estado “tenga que mantenerme”, más bien he aprovechado las oportunidades para desarrollar mi trabajo. Es una profunda contradicción que un gobierno que beca a las poblaciones que considera vulnerables (jóvenes, ancianos, campesinos) no se haya percatado de la precariedad en que viven sus artistas. ¿Defendemos al Fonca los que hemos tenido becas? Es muy probable, pero en mis años de experiencia literaria he escuchado mil veces este diálogo: “No me van a dar nunca la beca”. “¿Ya la pediste?” “No, pero nunca me la darían”. Los que hemos tenido beca no somos mafiosos ni corruptos, somos insistentes. Yo nunca me descarto de nada (premio, beca, publicación), porque considero que el trabajo de los otros es descartarme. Las becas no son un privilegio de una casta, han sido un aliviane para muchos artistas que vivimos precariamente.

Marina Núñez se ha caracterizado, como funcionaria, por ser una mujer sensata e inteligente. A título personal le pido que defienda un proyecto que si bien nació de una decisión presidencial, nos ha permitido a los creadores jóvenes seguir existiendo en este país. Yo no soy Salinas. Tenía 7 años cuando se fundó el Fonca. No voté en la elección presidencial de Fox porque era menor de edad. Las culpas de otros gobiernos no las tenemos que cargar los ciudadanos. Tengo 36 años y no tengo ningún tipo de seguridad financiera pese a mis logros como escritora. Esto se debe a que nací con la Crisis, crecí con la Crisis y parece que envejeceré con la Crisis. Esto no se puede cambiar, pero el Fonca ha representado una suerte de colchoncito para evitar el abismo.

El resentimiento en manos del poder es autoritarismo, en cualquier idioma y época.

 

Claudina Domingo
Poeta y escritora. Es autora de: Las enemigas, entre otros títulos.

 

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