Los caminos de la escritura suelen llevar a lugares insospechados, más si lo que se intenta es recrear un hecho histórico de tintes sombríos. El siguiente relato obedece a la necesidad de contar la historia detrás de una historia: la de cómo el autor de estas líneas, durante el proceso de escritura de su novela Mi abuelo y el dictador, descubrió que el abuelo de uno de sus autores de cabecera, Augusto Monterroso, había llevado a cabo el interrogatorio y tortura de su propio antepasado.

Era abril de 2013 y me hallaba obstinado en escribir uno de esos libros que no pueden escribirse. Debía tratar sobre lo ocurrido entre mi abuelo y Manuel Estrada Cabrera, un dictador que gobernó Guatemala con crueldad y estulticia a inicios del siglo xx. En ese umbral que va de la página en blanco al primer borrador, hacía malabares entre los géneros literarios y la escasa información con la que contaba: a veces escribía un ensayo sobre la memoria, sobre cómo las vidas se desgajan con el paso del tiempo; otras, una crónica sobre la frustración, sobre los esfuerzos inútiles por recuperar el pasado; unas más, incordiaba a mis familiares con preguntas sin respuestas forzando el germen de una novela, pero una tarde recibí un correo electrónico que iba a cambiarlo todo.

Después de una serie de coincidencias, mis familiares habían recordado que buena parte de la información que yo buscaba podía encontrarse en un solo libro. Una prima había logrado conseguir ese libro —editado en 1930—, y luego, a través de un escáner especial, había transferido sus páginas a un documento Word. Los cadetes: historia del segundo atentado contra Estrada Cabrera se hallaba en mi correo electrónico, listo para que lo leyera, y qué importaba, después de tanto tiempo de espera, que el documento tuviera algunos errores inherentes al proceso de digitalización.

Ilustraciones: Jonathan Rosas

Al inicio me sentía un tanto incrédulo. Había tratado de recaudar esa información a través de diversos textos y entrevistas, y de repente, como en un mal giro argumental, resultaba que todo se hallaba concentrado en un solo libro. Luego, conforme avancé en la lectura, leí pasajes que resultaban tan sobrecogedores como luminosos y la incredulidad se deshizo. El autor de Los cadetes, Clemente Marroquín Rojas, había usado el testimonio de mi abuelo como una de las fuentes principales de la historia del segundo atentado contra Estrada Cabrera, y mi abuelo le habló de todas las dificultades que vivió, entre ellas —acaso la más dura— la tortura de la que fue víctima.

En resumen, mi abuelo había sido inculpado de complicidad en un atentado sufrido por Estrada Cabrera en abril de 1908. Baste decir que mi abuelo era tutor de uno de los cadetes involucrados en la agresión —a la postre fallida— y por ello lo detuvieron, como a otras decenas de hombres. De acuerdo con las costumbres del tirano, aquellos sujetos, después de un interrogatorio más o menos inocuo, eran trasladados a la sala de torturas —ubicada en la puerta del cuartel para que los transeúntes pudieran observarlas—. Los sospechosos eran sujetados por cuatro militares y luego tendidos en un petate con “los calzones bajos”. Dos cabos se colocaban junto a las víctimas y las golpeaban en los glúteos con varejones de madera, en tandas de uno y uno, que luego eran decenas y luego cientos de golpes. Los varejones eran varas largas y flexibles que se usaban como látigos, por lo que la piel se les desprendía. Un coronel se encargaba de llevar el interrogatorio y pedir que se reanudaran o suspendieran los palos. A continuación, transcribo un fragmento del relato de la tortura de mi abuelo:

Otros cincuenta palos caen sobre las carnes suaves de nuestro protagonista, quien al fin, haciendo un supremo esfuerzo, pide que lo fusilen, porque no sabe qué responder que encierre esa verdad que ellos buscan.

—No se trata de morir con fusiles. Eso queda para otros —dijo el coronel Monterrosa—. Los perros, como ustedes, enemigos del Señor Presidente, deben morir a palos. Acuéstenlo nuevamente —dijo Monterrosa dirigiéndose a los cabos— y sigan hasta que nos diga la verdad.

Y la tarea continua, hasta que el reo pega un rugido sordo y da una sacudida terrible que casi tumba a los cuatro soldados que lo tienen por las extremidades. Es que uno de los cabos que pegan, ha desviado el golpe y el leño cae sobre uno de los testículos. Monterrosa llama bruto al cabo y le descarga un golpe. Este, enfurecido, redobla sus fuerzas para vengarse en quien nada le ha hecho.

La tortura pudo haber continuado hasta que mi abuelo se desmayara, pero entonces fue interrumpida por un general que ya no soportaba ese martirio en tercera persona, y que al día siguiente convencería a Estrada Cabrera mismo de que terminara con la ignominia.

Aquella tarde, cuando leí Los cadetes por primera vez, acaso angustiado porque mi abuelo hubiera sufrido semejante suplicio, y sobre todo porque el suplicio hubiera sido borrado de la memoria familiar, omití que el coronel que dirigía la tortura se apellidaba “Monterrosa”.

Augusto Monterroso llegó a México procedente de Guatemala en septiembre de 1944. En el ensayo titulado “Mi primer libro” cuenta que atravesó la frontera en tren con un suéter y los Ensayos de Montaigne como único equipaje. Iba huyendo de una junta militar que lo perseguía por haber escrito algunos textos rebeldes. El secretario de la embajada de México —que acompañaba a Monterroso en su calidad de exiliado político durante el viaje en tren— llevaba en las rodillas la bandera mexicana, para desplegarla en el caso de que los militares guatemaltecos trataran de detenerlos. Una vez en Tapachula, Monterroso dilapidó en cerveza los únicos veinte pesos que traía en el bolsillo para celebrar su libertad.

Mi padre, César Tejeda, llegó a México, también procedente de Guatemala, algún día indeterminado de 1945. Las condiciones del país centroamericano habían cambiado de manera radical de un año a otro, luego de que la Revolución de Octubre hubiera derrocado al gobierno militar propiciando las primeras elecciones libres de aquel país. César Tejeda, entonces, llegaba a México sin temores ni custodias, becado como estudiante por un gobierno democrático para convertirse en el primer arqueólogo guatemalteco.

Entre las cosas que perdemos con la muerte de un ser querido, las más perdurables son esas preguntas que no pudimos hacerles en vida. Nunca le pregunté a mi padre, por ejemplo, si alguna vez trató de hacerse amigo de Monterroso, si acaso no encontraron entre sí afinidades afectivas, o si, sencillamente, había otros guatemaltecos con los cuales establecer lazos de solidaridad; a fin de cuentas, su vocaciones eran distintas. Sé, en cambio, que se conocieron. El gobierno democrático había empleado a Tito en la embajada de Guatemala, por lo que mi padre tenía que realizar, a través del escritor, algunas gestiones relativas a su beca. Contaba mi padre que una de esas veces llegó a la embajada con la cara raspada, debido a que la noche anterior se había tropezado con una maceta. Contaba mi padre, para celebrar el humor de Monterroso, que éste, al verlo, le dijo: “Verdad, vos, César, que el hombre es hombre aunque le pegue su mujer”.

Un día hacia finales de los años noventa, mi padre y yo nos encontrábamos en esa bella librería que estaba en el sótano de la Casa Lamm. Él tomó de los anaqueles Obras completas (y otros cuentos) y me dijo que el autor del libro era también guatemalteco. Es probable que aquel día me contara por primera vez aquello de que el hombre es hombre aunque le pegue su mujer. Estoy seguro, en cambio, de que fue la primera vez que supe algo de Monterroso. Mi padre señaló el libro sonriente y dijo, con orgullo por el ingenio de su compatriota, que con semejante título podían percibirse todas las intenciones del autor.

Unos días después, en el salón de clases y frente al profesor de matemáticas, cuando yo ya había dejado de luchar contra las integrales, comencé a leer Obras completas (y otros cuentos). Puntualmente, el cuento sobre cabezas jíbaras que abre el libro, titulado “Míster Taylor”. En algún momento me reí de manera descarada, provocando la molestia del profesor, que me pidió abandonar el salón como tantas otras veces había hecho durante aquel ciclo escolar. Lo relevante es que en la historia que me cuento sobre mí mismo siempre he considerado que aquella mañana abandoné la clase de matemáticas e ingresé —si no triunfal ni digna— felizmente, en el mundo literario.

Ahora, a mis espaldas, hay un librero con aquel ejemplar de Obras completas (y otros cuentos). Las letras azules, el sello de Editorial Era, han comenzado a despintarse. Es la quinta reimpresión de la segunda edición, publicada en 1998. Se trata de uno de los libros más importantes de mi biblioteca.

Continué con la escritura del libro de mi abuelo a trompicones. Todas las formas textuales que había llegado a concebir se aferraban a la sobrevivencia, de tal manera que algunas páginas correspondían al ensayo del olvido y la memoria, otras a la crónica de la frustración y otras a la novela del descubrimiento. Eran tres cabos que estaban a punto de soltarse ante cualquier ocurrencia creativa, pero que, de alguna manera, se mantenía sujetos, y de esa forma llegué al momento que había temido, en el que tuve que narrar la tortura de mi abuelo.

Hasta entonces había trabajado con un tono más o menos cómico, un tono que me permitía imaginar que las peores circunstancias habían transcurrido de la mejor manera posible; sin embargo, a esas alturas, era imposible conciliar el tono con la historia. Mientras repasaba las páginas del libro de Marroquín con la frialdad de los novelistas, reparé en el apellido del coronel que dirigía la tortura, “Monterrosa”, y quise por alguna razón que no logro comprender —mejor así— que en mi novela fuera Monterroso y no Monterrosa. Que un error tipográfico o un error de comprobación de hechos repetido varias veces hubiera trastocado una identidad, y con ayuda de un amigo médico, que me sugirió narrar la tortura desde el dolor vía el funcionamiento de las terminales nerviosas, imaginé a un personaje Coronel que acompañaba sus mandatos con una especie de pantomima redactada; es decir que sustituía los signos de puntuación y los acentos de lo que decía con movimientos corporales y gestos, que resultaban, sí, precisos, pero también lo ridiculizaban.

Debo admitir que inventarle a Tito Monterroso un ancestro torturador me incomodó. Resolví, para estar en paz, que no tenía importancia porque, en primer lugar, yo tenía que terminar ese libro inacabable; en segundo lugar, porque un editor mexicano tenía que interesarse por aquella trama de historia guatemalteca, y en tercero, porque, para que la mentira quedara al descubierto, un lector —y además lector al que le importara— tenía que atravesar unas 400 páginas antes de llegar a ella. La supuesta mentira se mantuvo el tiempo que tardé en leer Los buscadores de oro, la autobiografía de los primeros años de Monterroso.

He oído decir a muchos narradores que el ritmo de su escritura proviene de la poesía. Que algunas veces, cuando el ritmo se escabulle, recurren a los poetas para retomarlo y que lo hacen como un ritual. Yo, en cambio, prosaico sin remedio, recurro a los textos de Monterroso, a sus improbables combinaciones de palabras que arrojan cierta luz en el misterio del compás y la escritura, un misterio por demás anodino que no obstante enloquece a varios. Otro de mis hábitos relacionados con Monterroso es que colecciono sus libros. Escribió pocos, cierto, pero la insaciabilidad de los editores los ha llevado a publicar antologías con propósitos autobiográficos, temáticos, de difusión o sin propósito alguno, que multiplican con artificios un corpus de textos breve y que lo multiplican a su pesar.

El tercero de mis objetivos monterrosianos fue la escritura de un libro donde el guatemalteco fuera eje y pretexto, a través de su obra o de las anécdotas que de él llegara a escuchar, como esa de que el hombre es hombre aunque le peguen. Era un proyecto que había pensado a largo plazo, conforme la vida me fuera poniendo ocurrencias en el camino, libre de plazos perentorios; y allí iba, avanzando, más o menos en forma con uno o dos textos al año, hasta que me propuse escribir un cuento sobre aquella serie fotográfica en la que posaron juntos Cortázar, el gigante —de manera literal— argentino, y Monterroso, el más pequeño —otra vez de manera literal— de los escritores guatemaltecos. Una ocasión, cuando vi el retrato por casualidad en internet, recordé que había leído, según yo en La Jornada Semanal, que cuando aquellos retratos se tomaron, Cortázar, en plan burlón, dijo: “Es que en Tito no cabe la menor duda”, y que Monterroso, rápido, le respondió: “Eso te lo paso por alto”. Mis intentos de relato carecían de ingenio porque la anécdota en sí misma era un dechado de ingenio, era un cuento, o más bien una fábula, en sí misma, y entonces iba a convertirla en otra cosa que no fuera un relato, pero no había plazos perentorios y la anécdota sobre el tamaño de los escritores, según yo —vaya paradoja— no cabía en ningún lado.

Uno de esos días en los que me hallaba carente de ritmo fui a mi librero y tomé Los buscadores de oro. Lo había leído solo una vez antes, años atrás, y ya fuera porque el milagro del compás y la escritura se mantenía alejado de mí, o ya fuera porque es un libro extraordinario, terminé leyéndolo todo, en un par de horas gracias a su brevedad. En aquel nuevo contexto, cuando estaba por terminar el libro inacabable, hubo un pasaje que me sorprendió: en la página 27 de la edición de Alfaguara, Tito Monterroso escribió: “Mi padre, Vicente, he de repetirlo, era hijo del general guatemalteco Antonio Monterroso, de quien se murmuraba que por aspirar a la presidencia de Guatemala fue hecho envenenar por alguno de sus rivales políticos; generales asimismo, por supuesto”. Luego narra el día que su abuelo falleció, se describe a sí mismo de niño frente al cuerpo rígido del muerto, sin saber si tiene que verlo y fingir inquietud o mejor “vagar la mirada” por el techo. De acuerdo con su memoria, que a la distancia no sabe si es impostada, observa espuma en las comisuras de los labios “duramente cerrados del abuelo”. El rumor es que el asistente del general lo había envenenado, “poniendo no sé qué polvos en la fruta del desayuno”.

Más adelante, en la página 84, Tito narra que su abuelo llegó a fungir como espía de Estrada Cabrera en Honduras, al mismo tiempo que —aunque parezca inverosímil— financiaba publicaciones, como el periódico Ideas y noticias dirigido por el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob. También cuenta que el general Monterroso era equiparado con Napoleón Bonaparte, supongo que por su estatura, y con don Juan Tenorio, por su afición a las mujeres: “en mi familia se decía que en una ocasión viajó a Europa, ya en edad provecta, en busca exclusivamente del médico ruso Serguei Voronov, quien le aplicaría sus famosos métodos rejuvenecedores sexuales a base de trasplantes de glándulas de mono”.

A esas alturas, cuando yo ya conocía con detalles la dictadura de Estrada Cabrera, no me sorprendió que tuviera espías en Honduras, dado que llegó a tenerlos hasta en el Servicio Postal Mexicano. Me sorprendió que uno de esos espías fuera el abuelo de Augusto Monterroso, y también me sorprendió que financiara publicaciones de poetas. Sin embargo, lo más sorprendente era que el abuelo de Tito Monterroso había sido militar del cabrerismo, que si bien hacia la segunda década del siglo xx era general, en la primera, cuando ocurrió la tortura de mi abuelo, pudo haber sido coronel.

Regresé, entonces, al libro Los cadetes, donde aparecía esa probable errata que arruinaba el descubrimiento. Porque el coronel de Los cadetes se apellidaba Monterrosa y no Monterroso. He dicho que el libro que me enviaron por correo electrónico había sido digitalizado y transferido a un archivo Word, y que varios errores fácilmente detectables se hallaban en esas páginas. Me di a la tarea de buscar Los cadetes en catálogos electrónicos de bibliotecas mexicanas, para tener la posibilidad de comprobar que lo del apellido se trataba de un error de digitalización, y tuve la fortuna de encontrarlo en el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional. Fui a la Biblioteca Nacional, hice trámites para acceder al Fondo Reservado, esperé un par de días, y tuve un ejemplar de Los cadetes en mis manos. Comprobé que, en efecto, había sido un error de digitalización, que el coronel que dirigió la tortura de mi abuelo se apellidaba Monterroso y no Monterrosa, y que en la transferencia del libro al archivo Word, cada vez que aparecía el apellido ocurrió ese cambio de letra.

Había solo dos cabos sueltos para poder confirmar aquella extrañísima investigación en la que me había inmiscuido: lo de coronel y no general, que tenía una fácil explicación debido al funcionamiento de las ordenanzas militares. Y, aunque quién sabe cuántos militares de alto rango apellidados Monterroso habrían podido servir a Estrada Cabrera, me hacía falta algún testimonio o documento que hilara a este singular y tenebroso personaje con mi abuelo. En esos días iba a terminar aquel libro inacabable, que se publicó con el título Mi abuelo y el dictador. En el penúltimo capítulo de la novela —porque fue finalmente vendida como novela—, dedicado, en parte, a narrar los pormenores de la investigación, escribí: “Es posible que el abuelo de Augusto Monterroso, que es mi ídolo y el escritor favorito de mi padre, haya dirigido la tortura en contra de mi abuelo. Esto, desde luego, no quiere decir nada, incluso una vez superada la conjetura”.

La última vez que traté de escribir algo sobre el retrato de Monterroso y Cortázar fue cuando una revista de divulgación cultural me pidió un texto dedicado al humor, para un número monográfico. Decidí salirme sutilmente de la materia, e hice un texto de comentarios humorísticos hechos por algunos escritores, sí, pero fuera de sus libros, como ocurrencias en conversaciones o en cartas enviadas de manera personal. Coleccioné algunas cuantas anécdotas, de Ibargüengoitia, Rosario Castellanos y Salvador Novo, y coroné el texto con lo de “Eso te lo paso por alto”. Lo envié a los editores en tiempo y forma, no obtuve respuesta, ni siquiera un “recibido” protocolario y, respaldado en la inseguridad del autor, asumí que era mi culpa por haber escrito un mal texto y clausuré la posibilidad de escribir lo que fuera respecto al famoso retrato.

Entonces trabajaba como editor y tenía que dictaminar un libro de ensayos titulado Papel picado, escrito por Carlos A. Chávez. El libro, debo decirlo, era magnífico: desde el primer ensayo tuve la intuición de que llegaría a publicarse y continué con la lectura entusiasmado, inmerso en las analogías, metáforas y anécdotas de aquellos ensayos a veces personales, otras ficticios y por último literarios que se mecían al compás del humor y la melancolía, y llegué a uno de los textos titulado “Huellas de una especie extinta”, dedicado a Monterroso. En las primeras páginas, Chávez habla del tamaño del guatemalteco, de la brevedad de su obra, de la manera en que el cuento “El dinosaurio” ha —si no aplastado— oscurecido a Tito. Escribe: “para quien no lo conoce más que en imagen de solapa, su retrato de cuerpo entero cabe en media cuartilla”. Casi pude intuir lo que iba a pasar en el ensayo, y es que Chávez, dueño de esa inspiración que según yo me correspondía, escribió sobre Cortázar y su gigantismo. A continuación, describe el retrato donde posan juntos el argentino y el guatemalteco:

Se retrata de pie a Monterroso con Cortázar, alegres, asoleados y en guayaberas. Posan para ostentar menos el tamaño de sus figuras que las dimensiones de sus cuerpos. Es manifiesta la diferencia de alturas, pero aún más la intención del retratista, evidente gracias a que a nadie se le ocurrió ir por unas sillas.
           
Unas semanas más tarde, cuando la publicación de Papel picado se había decidido, me reuní con Chávez para hablar de su libro y de las contadas sugerencias que tenía para él. Le dije que su ensayo sobre Monterroso era mi favorito, que era un ensayo que me hubiera encantado escribir, y en un arranque de supuesta bondad le conté la anécdota de la menor duda y te la paso por alto, le dije que yo llevaba mucho tiempo tratando de incluirla en algún texto de cualquier naturaleza, pero que por esas raras coincidencias de la vida no le había encontrado espacio en mi propia obra y de repente había terminado encontrándosela en la obra de alguien más, algo que, desde luego, nunca me había ocurrido. Que un ensayo de esa naturaleza hubiera sido escrito ya era una coincidencia bastante grande. Que yo, y nadie más, hubiera dictaminado, y editado, el libro, resultaba casi inverosímil. Pero que el autor del ensayo no hubiera utilizado la anécdota de la menor duda, rayaba, de plano, en lo fantástico. “Te la regalo”, le dije, como quitándome un peso de encima, pero haciéndolo con tristeza. Carlos aceptó el regalo, agregando la anécdota a sus reflexiones sobre el retrato.

Un año después de la publicación de Mi abuelo y el dictador tuve la oportunidad de presentar el libro en Guatemala. Meses antes se había publicado una reseña en el suplemento cultural de el Periódico, había sido leído por una sobrina mía, editora y escritora, Inés Vielman, que desconocía mi existencia de la misma forma en que yo desconocía la suya. Inés, intrigada por si acaso yo era su familiar, había ido a comprar el libro, lo había leído descubriendo que en efecto lo era, me había mandado una solicitud de amistad en Facebook y luego me había contado cómo se enteró de mi persona, y se ofreció, amablemente, a presentar la novela si es que algún día se me ocurría presentarla en Guatemala.

Conocí a Inés aquella tarde de septiembre de 2018 en la librería Sophos ubicada en Plaza Fontabella, horas antes de la presentación. Ella llegó acompañada de un amigo suyo, el escritor y editor Arturo Monterroso, a quien le pregunté si de casualidad era familiar de Augusto Monterroso. Me dijo que sí, aunque en un grado muy lejano. Que se habían conocido en algún viaje de Tito a Guatemala, que habían conversado sobre su ancestro en común, quien por cierto había sido militar: “Un torturador, lo que no nos orgullece en lo absoluto”, dijo, ante mi asombro y desconcierto, porque la revelación del misterio era mucho menos extraordinaria que las circunstancias elegidas por la revelación para salir a flote.

Un mes después de ese viaje a Guatemala viajé a Chiapas, también para presentar el libro. La unicach había preparado un evento titulado “México, Centroamérica y el Caribe, historias compartidas”, y la feria era en gran parte un homenaje para el doctor Carlos Navarrete Cáceres, un arqueólogo y escritor de 87 años que, entre otras distinciones, cuenta con el Premio Nacional de Literatura de Guatemala. Yo sabía de la existencia del doctor Navarrete porque había sido amigo de mi padre, pero nunca había tenido la oportunidad de conocerlo en persona, de manera que mi asistencia al evento era, sobre todo, un pretexto para conocer a ese hombre que representaba muchas cosas, pero sobre todo la posibilidad de tender un vínculo con el pasado, con la historia de mi padre.

A la presentación llegaron pocas personas, pero Carlos Navarrete estaba entre ellas. Era un hombre de estatura baja, como Monterroso, como mi padre, como yo, y un sujeto lozano e inteligente, que para mi sorpresa había leído Mi abuelo y el dictador. El evento tenía que empezar y no había llegado el poeta chiapaneco que iba a acompañarme, y para no hablar solo sobre mi trabajo, le pedí al doctor Navarrete que estuviera en la mesa. Aceptó y hablamos, entre otras cosas, de la caprichosa estructura del libro, de la forma en que la anécdota central era un pretexto que se expandía del centro hacia fuera sin orden, como ciudad del tercer mundo, y dije que en el proceso de escritura me había enterado de cosas que había querido incluir, de tal manera que la novela era un sistema de cajas fronterizas, y conté lo del abuelo de Monterroso para poner un ejemplo sensacionalista, y también dije que, a mi pesar, no había podido incluir el descubrimiento porque este había llegado después de la publicación.

Más tarde comí con Carlos Navarrete y con el editor guatemalteco Raúl Figueroa. Como sucede en las conversaciones, hablamos de diversos temas que se entremezclaban, pero que siempre giraban en torno a los vínculos entre nuestros dos países y en torno a sus escritores. Raúl Figueroa, que funge como director de la Feria Internacional del libro de Guatemala, nos contó que la Cámara Industrial de aquel país se ha propuesto apropiarse de la feria, alegando que ellos son los dueños de la marca, con la velada intención de imponer la censura al decidir qué libros pueden venderse en ella y qué libros no. Luego les conté cómo había descubierto que el abuelo de Augusto Monterroso había torturado a mi abuelo. Y el doctor Navarrete, que nos miraba con atención, dijo: “Los guatemaltecos siempre hemos sido los más pequeños de Latinoamérica” —como si yo no fuera consciente de ese gen que había cruzado el Suchiate a bordo de mi padre—. “Una vez Carlos Illescas, Tito y yo fuimos a una reunión con escritores mexicanos, y cuando llegamos, Alí Chumacero, para darnos la bienvenida, dijo: ‘Ya llegaron los representantes de los países bajos’”.

Entonces sentí una especie de tristeza, porque me di cuenta de la cantidad de comentarios sardónicos, ingeniosos —como el de Cortázar— o no —como el de Chumacero— que Tito habría tenido que escuchar a lo largo de su vida. Años después de la muerte de Monterroso se siguen haciendo alusiones a su tamaño, ya sea para compararlo con la grandeza o con la brevedad de su obra, o con el inmenso tamaño de “El dinosaurio”, como forzando el vínculo entre una y otra cosa, cuando una y otra cosa no tendrían por qué relacionarse. Era, precisamente, lo mismo que yo había hecho desde que me propuse descubrir si el abuelo de Tito había torturado al mío, algo que finalmente había sido cierto, pero que, aunque cierto, no resultaba relevante. Pensé en la suerte del autobiógrafo, que no espera tanto la inspiración como las coincidencias, los vínculos irracionales, las cosas que no tendrían porqué tener ninguna relación entre sí, y que se usan con el único pretexto de escribir algo. Recordé uno de los puntos del Decálogo del escritor de Monterroso: “No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio”.

 

César Tejeda
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media Mi abuelo y el dictador.

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El siguiente ensayo —escrito en clave autobiográfica— navega por las aguas de un género en el que la memoria tiende trampas y puentes, donde la narración, contrario a lo que pudiera parecer, no se ancla en el tiempo sino en un punto de referencia que es observado de manera reiterada; una forma de la literatura donde el laberinto de la vida debe tomar en cuenta todas las posibilidades de la imaginación.

I

En Libro de familia, Patrick Modiano cuenta cómo se conocieron sus padres durante la ocupación alemana en París. Se me ocurre, entonces, que aquella resulta la pregunta fundamental de cualquier vida: cómo se conocieron nuestros padres, es un momento que al mismo tiempo nos precede y cifra. De alguna forma, pienso, siempre seremos las circunstancias de nuestros padres en el momento exacto en el que se conocieron.

Muchos años después de que sus padres llegaran a conocerse, muchos años después de haber nacido, Modiano se encuentra hojeando el periódico en las páginas de anuncios inmobiliarios, y mira casualmente que se renta el departamento donde creció. Hace una cita con el agente inmobiliario, tiene la intención velada de pararse por ahí solo para recordar. Cuando llega, y mientras finge ser un cliente en potencia, mira las paredes y considera que las capas de tapices que las recubren tienen un efecto similar al de la memoria. El lugar, decide, le trae recuerdos más lejanos que su propia vida: “esos pocos años que tanto cuentan para mí aunque fueron anteriores a mi nacimiento”.  Detrás de la ventana casi puede observar a una mujer, su madre, que baja de un taxi bicicleta. Es 1942.

II

En 2011 comencé a escribir un libro sobre mi padre, un libro que derivó en muchos otros libros a la postre abandonados, y en otro libro que en efecto se publicó. El libro original, en cambio, se mantiene en la categoría de “inconcluso”, y es un pendiente que en estos días me pesa tanto como la titulación. Recuerdo el trabajo que me costó escribirlo de la misma manera en que recuerdo cuánto tiempo estudié una licenciatura que a la postre no concluí. De alguna forma, pienso, para justificar el hecho, somos el tiempo invertido en los proyectos que no concluimos. Todavía con más énfasis, somos el tiempo invertido en los proyecto que no sabremos si concluiremos. De manera inevitable, pienso en los tapices y en la pintura desvaída del departamento donde creció Modiano.

III

Supe de la existencia de Novela familiar, del inglés John Lanchester, gracias a los algoritmos de Amazon, que con inquietante exactitud lo pusieron a mi vista en la pantalla, justo debajo del eufemismo “sugerencias”. En el prólogo, Lanchester asegura que aquella máxima de Tolstoi, —“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”— resulta espléndida y grandilocuente, pero, sobre todo, falsa. Basado en su experiencia y en su observación, Lanchester propone que la mayoría de las familias son felices e infelices, “con frecuencia intensamente, con frecuencia al mismo tiempo”.

IV

He escrito autobiografía más o menos en forma a lo largo de diez años, y, a pesar de esa década a cuestas, llevo solo un par de meses preguntándome por qué lo hago. Todo comenzó cuando una amiga me pidió que impartiera una clase de autobiografía a sus alumnos universitarios de Creación Literaria. En principio, la petición me pareció de lo más normal; cuando escribo ensayos, escribo ensayos personales; cuando escribo novelas, escribo novelas alrededor de lo que me ha ocurrido. De manera que yo debía ser una persona, en principio, apta, para hacer una aproximación a esa forma de la escritura que consiste en hablar de uno mismo. Me senté frente a la computadora para redactar las líneas de la clase, cuando esta pregunta apareció subrepticiamente en mi cabeza: ¿por qué soy un escritor autobiográfico? Otra más: ¿lo seré siempre?, ¿es un rasgo distintivo e inevitable? Nunca antes había reflexionado al respecto de forma profunda; si llegaba a pensar en ello.

Suele ser un acuerdo común que, aunque sea de manera velada, todos escribimos acerca de nosotros mismos. Pero hay algunos listos que saben cómo esconderse en un personaje secundario, o que saben cómo verter sus profundas inquietudes en la trama, sin que el lector considere que los pasajes del libro son, sin duda alguna, vivencias explícitas del autor. Así que di un paso atrás en el conocimiento de mí mismo, y vi mi obra en ciernes con un sutil, aunque cada vez más evidente, extrañamiento.

IV

Leí Asuntos de familia, de la guatemalteca Anabella Scholesser de Paiz, ya encarrerado en las lecturas de libros que tuvieran la palabra “familia” en el título. Un proyecto que postergaba felizmente el momento de retomar —o no— aquel libro sobre mi padre. Me gusta que Anabella Scholesser disloca su genealogía, es decir que disloca su propio origen: el momento que funda sus memorias es el día en que su madre conoce al hombre que a la postre fungiría como su “padre amado y legítimo”, es decir a su padrastro. A diferencia de Modiano, aquellos recuerdos anteriores a su nacimiento le resultan, si no indiferentes, ajenos. El día fundacional, en cambio, perdura realmente en su memoria a pesar de las inexactitudes inherentes al hecho de recordar. “El día perdura en mi memoria como una especie de aparición sucedida en un campo abierto, posiblemente en algún lugar de la costa sur, aunque pudiera haber sido en un sitio mucho más cercano a la ciudad. Martin estaba montado sobre un tractor Caterpillar amarillo. Tenía piel oliva y ojos verdes y llevaba unos pantalones caqui y una camisa abotonada celeste de manga corta […] eran tan pocas las veces que mi mamá nos sacaba de paseo a mi hermano y a mí juntos, y menos aún las que se miraba tan contenta, que aquel momento quedó grabado en mis recuerdos como un poso de luz.”

V

Mi madre es socióloga, mi padre era antropólogo, y el tenía veintisiete años más que ella. Cuando se conocieron —él tenía casi 60 y ella poco más de 30—, los dos eran alcohólicos anónimos; mi madre tenía poco tiempo de haber entrado a los grupos y mi padre era ya un veterano. Si me atrevo a romper la “cláusula” del anonimato de los alcohólicos anónimos, para referirme a ellos, es porque de otra forma tendría que mantener mi propio origen en el anonimato: dentro del grupo de cosas que no existiría si no existiera Alcohólicos Anónimos, estoy yo.

Un amigo en común los presentó porque ella, que había estudiado sociología, buscaba que alguien la ayudara a hacer su tesis, que iba a ser precisamente sobre el alcoholismo en la Ciudad de México. Mi padre era antropólogo y se dedicaba a hacer investigaciones sociales, por lo que aquel amigo en común pensó que podía ayudarla. Lo relevante es que mis padres se conocieron, se hicieron novios, se casaron, tuvieron dos hijos, esperaron a que creciéramos un poco, y luego hicieron la famosa tesis, y siempre me ha parecido algo singular que, a pesar de todo, nunca perdieran de vista el objetivo por el que habían sido presentados. Uno de mis primeros recuerdos data de entonces: mis padres, en la noche y en el estudio, discuten el curso de la investigación. Mi madre aporrea el teclado de la vieja máquina de escribir, mi padre gira en círculos con papeles en las manos. Luego hacen una pausa para comentar el curso de las palabras.

VI

En el departamento donde transcurrió su niñez, Modiano recuerda las agendas de su madre, correspondientes a los años 1942, 1943 y 1944, que él solía hojear constantemente, y en donde vio anotado, en un día de otoño de 1942, “Casa de Toddie Werner – calle de Scheffer”: iba a ser una reunión en París, a la que acudirían varios judíos con identidades falsas, y en donde los padres de Modiano coincidirían por primera vez. “Las semanas siguientes, mi padre y mi madre fueron trabando conocimiento […] Al principio, mi padre no se atrevía a decirle a mi madre que era judío”.

VII

Los detractores de los autobiógrafos —en efecto los hay—, consideran que los relatos que giran alrededor del autor son, o bien, producto del individualismo exacerbado y un espectáculo público de la intimidad, o escritura cifrada —y anquilosada— en pareceres individuales y desorientaciones específicas. No obstante, de todos los reparos que pueden argüirse alrededor de los textos autorreferenciales, el que más me extraña es el que los juzga como textos carentes de imaginación, en donde imaginación, supongo, quiere decir creatividad, como si las traiciones de la memoria no fueran en sí mismas un socorrido vehículo de la creatividad.

VIII

En Novela familiar, Lanchester hace un escrupuloso repaso, con herramientas historiográficas, de la vida de sus padres antes de que se conocieran. Ella renuncia a su vida en el convento en dos ocasiones. Él, por su parte, es criado entre África y Hong Kong, y sirve en el ejército australiano durante la Segunda Guerra Mundial. Pero Lanchester, ajeno a mi curiosidad de lector, renuncia a los detalles sobre cómo se conocieron sus padres, y después de casi trescientas páginas, se limita a puntualizar que lo hicieron en una cena. En el párrafo que sigue, afirma: “No quiero escribir demasiado acerca del noviazgo de mis padres. En las autobiografías a menudo hay un momento en el que alguien encuentra un alijo de cartas y, babeando, cuenta los secretos que contiene. Yo no voy a hacer eso”.

En cambio, cifra su vida, su origen, la vida de su familia, en un secreto: la madre usurpó la identidad de una hermana para poder mentir respecto a su verdadera edad, restándose alrededor de diez años, una identidad falsa que cargaría por siempre, para que su marido no temiera que ella no pudiera tener hijos a los cuarenta años: “[…] en el enorme archivo de papeles, recuerdos y cartas que dejó no hay ni siquiera un pedacito que revele su verdadero nombre, su fecha de nacimiento o lo que hizo durante los años perdidos de su juventud. No quería ser atrapada o descubierta”. Finalmente, aunque trataron de tener varios hijos, sólo nació John: “Yo soy el final feliz […]. Excepto, claro, por el hecho de que nadie siente que su vida sea el final feliz de la de otra persona.

IX

Desde que impartí aquella clase de autobiografía, y mientras trato de desentrañar por qué la escribo de manera incesante, he pensado que el origen puede estar contenido en la manera cómo se conocieron mis padres. Los alcohólicos anónimos aprenden a hablar de sí mismos de una manera específica, en la que cifran su vida, todas sus acciones y pensamientos, alrededor de su enfermedad. Es decir que no ordenan su vida en torno al tiempo, sino que la ordenan en torno a un punto de referencia que observan de manera reiterada, y eso —precisamente—, es lo que hacen los autobiógrafos que más admiro: ordenan sus vidas —e insisto con la palabra ordenar— alrededor de la muerte de un ser querido, la lengua que hablan, una adicción, una anomalía del cuerpo, el lugar donde crecieron, por dar unos ejemplos.

Al caos de la vida, a la difícil irrupción de la enfermedad del alcoholismo, prosigue un periodo de ordenamiento. Qué importa si resulta artificial, siempre y cuando, y aquí está, según yo, la clave, resulte verosímil.

X

Hacia el final de sus memorias, Anabella Schloesser narra que, al morir su padrastro, se sorprende a sí misma diciendo en varias ocasiones que él no era su verdadero padre, que su verdadero padre está vivo. Eso la hace sentir de algún modo traicionada; de todas formas, decide concertar una cita con su abuela, la madre de su padre biológico, para tener un acercamiento a esa familia. A la reunión llega, de manera sorpresiva, el padre biológico, y se suscita un desafortunado encuentro entre los dos, con todas las torpezas e incomodidades que puedan imaginarse. No se habían visto desde que ella era una niña. Poco tiempo después, Anabella sueña con su padrastro, al que llama, en el libro, entonces, “papá”. En el sueño, él le dice a ella: “Donde tú me ves, ya no estoy”, y luego se echa a llorar.

XI

Me parece que la autobiografía, en su afán de ordenar las vidas de quienes la escriben —vidas que resultan por fuerza aleatorias e impredecibles—, está más relacionada con la fe que con la imaginación, siempre y cuando no concluyamos que la fe, a fin de cuentas, es una de las posibilidades de la imaginación. El espejo que nos permite reordenar el caos en una trama, una trama de preferencia verosímil. 

 

César Tejeda
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media Mi abuelo y el dictador.

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En un mes de junio murió Max Weber. Las siguientes 12 entradas, como instantáneas de una biografía intelectual en miniatura, revisan paso a paso las circunstancias que rodearon a uno de los más grandes pensadores de las ciencias sociales. Indagan, sobre todo, en su nacimiento y relación familiar.


1.
Si infancia es destino, qué infancia podría derivar en un clásico moderno de las ciencias sociales; más aún, en un clásico moderno sumamente incómodo —como escribió Reinhard Bendix para referirse a Max Weber.

2.
Maximilian Karl Emil Weber nació el 21 de abril de 1864 en Erfurt. Su madre, Helene Fallenstein, había crecido en una familia que practicaba el protestantismo “libre y sin dogmas”1 del sur de Alemania, caracterizado por reconciliar fe y razón. Un terrible abuso del que fue víctima en la adolescencia, la llevaría a creer “que la pasión física era culpable y subhumana”.2 Aseguran que aquella mujer poseedora de una voluntad férrea, una actitud heroica y dulzura cautivadora, llegaría a anhelar la vejez desde la juventud: “el aspecto físico del matrimonio no fue para ella una fuente de alegría, sino un duro sacrificio que sólo justificaba por la procreación de los hijos”.3

3.
Hay quien asegura que la sociología de Max Weber fue un diálogo intenso y largo con la sombra de Karl Marx. En cualquier caso, resulta difícil deleznar los esfuerzos de Weber por verificar las teorías de Marx, y que los mismos esfuerzos derivaron en una teoría original. Si partimos del determinismo económico —de la poderosa influencia que la estructura ejerce sobre la superestructura—, “¿qué serie de circunstancias han determinado que […] sólo en Occidente hayan nacido ciertos fenómenos culturales?”,4 se pregunta Weber, de manera inocua en apariencia, al inicio de La ética protestante y el espíritu del capitalismo.  

4.
El padre de Max, que llevaba el mismo nombre, se desempeñó como abogado y parlamentario liberal en tiempos de Bismarck. Era descendiente de una familia de comerciantes textiles, “unida por un orgulloso sentido de parentesco”.5 Aunque sus antepasados habían sido expulsados de Salzburgo por culpa de las creencias evangélicas que profesaban, él nunca compartiría los intereses religiosos de su esposa Helene.

5.
Cien años después del nacimiento de Weber, hacia los años sesenta del siglo XX, en los congresos de sociología había dos bandos opuestos: los alemanes, que a dos décadas del fin de la Segunda Guerra Mundial insistían en evidenciar “los gérmenes peligrosos del pensamiento weberiano”,6 y los estadounidenses, que se interesaban en el contenido concreto de la obra del sociólogo alemán. Cien años antes de aquellos congresos de sociología, nacía al mundo ese hombre de particular destino, primogénito, sí, de Helene Fallenstein y de Max Weber, pero, sobre todo, “un hijo de la moderna civilización europea”, de acuerdo con él mismo.

6.
Max Weber nació luego de un parto difícil, provocado, en parte, porque tenía una cabeza excepcionalmente grande; la madre, debilitada, padeció una larga fiebre que le impidió amamantar a su hijo. El niño Weber fue alimentado por la esposa de un carpintero socialdemócrata, que fungió como su nana, y quien habría de transmitirle también, de acuerdo con el mito, las ideas demócratas y sociales que a la postre desarrolló —en antagonismo con el pensamiento político de sus familiares—. Cuentan que el niño poseía una gran capacidad de concentración y una natural tendencia a la soledad. Que le gustaba jugar con trenes, y que su primer recuerdo sobre una experiencia inquietante fue el descarrilamiento de un tren que vio a los cuatro años: “Lo que me sobresaltó no fue sólo el acontecimiento mismo, sino la vista de algo tan maravilloso para un niño como una locomotora, yaciendo en la cuneta como un borracho: mi primera experiencia de cuán transitorio es lo grande y lo bello en esta tierra”.7

7.
Weber, que se consideraba a sí mismo como un historiador, elaboró un modelo para estudiar aquellos casos en los que el capitalismo no llegaba a desarrollarse. Dicho método sería útil para comprobar las relaciones entre el protestantismo y el capitalismo, pero, sobre todo, para formular “una teoría analítica generalizada en el orden cultural”.8 Durante el auge de las teorías de la modernidad, años después de que Marx asentara las bases del determinismo económico, y mientras Freud asentaba las bases del determinismo del inconsciente, Max Weber asentaba, acaso sin prever los riesgos posteriores, las bases del determinismo cultural.

8.
La memoria infantil —como escribió el psicoanalista Néstor A. Braunstein— puede ser un testigo sospechoso, y resulta difícil sopesar cuál es el valor verdadero de los primeros recuerdos. Más fáciles —y seductoras— resultan aquellas hipótesis que aseguran que los recuerdos se organizan “no del pasado ni desde el presente, sino del porvenir”.9 Así, acaso, aunque de manera forzada, podamos advertir en el primer recuerdo inquietante de Weber, a la moderna civilización europea de la primera mitad del siglo XX, apunto de descarrilarse sobre los rieles de la modernidad y la cultura, yaciendo en la cuneta como borracho, demostrando cuán transitorio es lo grande y lo bello en esta tierra.

9.
Si para algunos Weber era el “nuevo Maquiavelo de la edad de acero”, debido al influjo de sus teorías en la política alemana, para otros —sus defensores epistemológicos—: “él siempre negó la pretensión de edificar cualquier cosa que se pareciera a una teoría de conjunto de la evolución cultural”.10

10.
El niño Max Weber enfermó de meningitis y padecería severas angustias nerviosas el resto de su vida; su madre, Helene, desarrollaría una fuerte aprensión hacia él, al grado de considerar como algo inconcebible la posibilidad de que se alejaran por más de una hora al día. A los nueve años “era un niño bastante enclenque, tímido y torpe en todo ejercicio físico. Su cuello parecía demasiado delgado para soportar su gran cabeza en forma de pera”.11 El pequeño Max desarrollaría fascinación por la historia y la genealogía y adoptaría la escritura como el medio de expresión idóneo. A los 12 años leía a Maquiavelo y a Lutero. A los 14 escribía ensayos históricos que regalaba en Navidad. A los 15 años, y ante la posibilidad de ensoñar despierto, abandonaría cualquier pretensión poética, para entregarse al trabajo escrupuloso de la lectura. A los 16 años decía sorprenderse de que sus compañeros devoraran “toda clase de basura barata”,12 ignorando a los grandes genios de la novela.

11.
“Está claro —escribió Werner Stark— que Weber sugiera que la sociedad es un medio en el cual las buenas intenciones se transforman constantemente en malos resultados. Aunque con toda probabilidad habría evitado los términos bueno y malo, es innegable, si no obvio, que ése es precisamente su significado. El primitivo puritano busca la salvación; no tenía interés en la riqueza per se; el capitalista moderno, su descendiente directo, no se interesa más que en la riqueza per se; ha olvidado todo lo que concierne a la salvación”.13

12
El adolescente enclenque y con cabeza de pera iba a convertirse, durante los años universitarios, “en un mocetón ostentosamente viril, tan viril y tan ostentoso que su madre no lograba disimular su repugnancia”.14 La ética puritana en la que había sido formado entraría en discrepancia con su preocupación por la lucha política entre naciones europeas que entonces se avecinaba. Viviría en casa de sus padres hasta los veintinueve años, y a los 33 suspendería las actividades académicas en las que se desempeñaba, debido a una nueva crisis de ansiedad; retomaría sus actividades intelectuales cuatro años más tarde, y las mismas darían frutos hasta 1904, año en que publicaría La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

 


1 Marianne Weber, Biografía de Max Weber.

2 Idem.

3 Idem.

4 Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

5 Marianne Weber, Biografía de Max Weber.

6 Reinhard Bendix, “Max Weber y la sociología contemporánea”.

7 Marianne Weber, Biografía de Max Weber.

8 Talcott Parsons, “Evaluación y objetividad en el ámbito de las ciencias sociales: una interpretación de los trabajos de Max Weber”.

9 Néstor A. Braunstein, Memoria y espanto.

10 Wolfgang Mommsen, “La sociología política de Max Weber y su filosofía de la historia universal”.

11 Marianne Weber, Biografía de Max Weber.

12 Marianne Weber, Biografía de Max Weber.

13 Stark Werner, “Max Weber y la heterogonía de los fines”.

14 Reinhard Bendix, Max Weber.

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Rosario Castellanos nació el 25 de mayo de 1925 en la Ciudad de México. Destinada a convertirse en una de las más importantes escritoras de nuestras letras, cargó sin embargo con un lastre permanente: haber sido la hija mayor pero haber nacido mujer, circunstancia que sus padres hicieron patente a tal grado, que Castellanos deseó más de una vez la muerte de su propio hermano. Esa pulsión, convertida en culpa, la persiguió toda su vida, y también nutrió de manera importante su obra.


A Rosa Beltrán

1.

Rosario Castellanos nació el 25 de mayo de 1925 en la Ciudad de México. Este, según ella misma, “error geográfico”, se debió a que la madre había perdido a varios hijos; no quiso arriesgarse a tener un parto entre caobas y sabinos, en un clima subhúmedo y en una región aún más subdesarrollada. César Castellanos y Adriana Figueroa se trasladaron de Comitán, la ciudad más antigua de Chiapas, a la capital del país, en donde nació la niña Rosario, exactamente en el inmueble marcado con el número 108 de la Avenida Insurgentes. Luego se trasladaron de vuelta a Chiapas.

El padre, de acuerdo con Rubén Bonifaz, pertenecía a una familia que había hecho su fortuna comprando fincas con todo y los indígenas que habitaban en ellas, indígenas que costaban “infinitamente menos que el ganado”.1 César Castellanos era un “latifundista ilustrado de bastón de caoba” que había estudiado ingeniería en Estados Unidos, y que se ostentaba como dueño de las fincas El Rosario y Chaptengo. La madre, Adriana, en cambio, era una costurera que pertenecía a la “oscura clase media” de Comitán.

En el seno de esa familia privaba un triste valor: la primogenitura, palabra que alude a los derechos del primogénito, siempre y cuando este sea un varón que “pueda heredar y hacer crecer” las tierras familiares. Dicen que una gran decepción surcó la frente del padre cuando se enteró de que su recién nacida no era un varón. El señor no tenía manera de saber, uno, que un decreto presidencial lo privaría de tierras que heredar a esa hija o a quien fuera; dos, que Rosario Castellanos heredaría su principal arma —es decir la ironía— de los Figueroa y no de los Castellanos.  

2.

Los primeros esbozos de Balún-Canán fueron publicados en el número 61 de la revista América, editada por Efrén Hernández y Marco Antonio Millán, bajo el título “Crónica de un suceso inconfirmable” en agosto de 1949: ocho años antes de que se publicara la novela en forma. Rosario, que había conocido a Hernández y a Millán por la intermediación de un amigo, fue colaboradora habitual de América. Cuenta Samuel Gordon que un día Rosario leyó sus poemas frente a Efrén y Marco Antonio en un café de chinos de la calle de Dolores, y que así comenzó su amistad literaria.

Un año antes de la publicación de aquellos primeros esbozos, y nueve años antes de la publicación de Balún-Canán en forma, el 28 de septiembre de 1948, Efrén Hernández trató de desanimar a Rosario Castellanos en sus intentos de escribir una novela. Ella se encontraba en Tehuacán, Puebla, mientras se recuperaba de un padecimiento hepático, y estaba avergonzada por no haberse tomado un tiempo para despedirse de Efrén antes del viaje. Le escribió en una carta: “Estoy aquí sola. Una costumbre que ya casi había perdido. Los primeros días estaba a punto de echarme a correr porque francamente mi compañía me resultaba aburrida en extremo. Ahora he tenido que apechugar con ella y ya no la paso tan mal. He leído bastante y estoy tratando de escribir algo en prosa. Si acaba será una novela”.

Al respecto, la respuesta de Efrén Hernández fue la siguiente: “Encuentro muy plausible que esté intentando escribir. Espero de Ud. infinidad de cualidades. Sólo que lo de la novela lo encuentro un poco peligroso. No porque la novela sea especialmente difícil, al contrario. Me refiero sólo a la extensión. Quizá fuera mejor que probara géneros incluso más dificultosos; pero que de no resultar bien, pues todo puede ser, no constituyera el vano derroche de tan largo esfuerzo. El cuento, la estampa, la prosa lírica, los soliloquios, aún en caso de fracaso, le darían a Ud., con menos costo, experiencias igualmente valiosas. Le dirán por ejemplo lo que es más valioso para Ud. y el aprendizaje sería más rápido, y menos costoso. Una novela es cosa de meses y más meses. Imagine, nada más, lo que representa el hecho aislado de pasar ya en limpio, cien, doscientas, trescientas cuartillas. Si, por ejemplo, llegar Ud. a hacer un buen cuento, ya sabría que una novela la podría hacer, casi seguramente, un poco mejor”.

3.

Un año después del nacimiento de Rosario nació un varón en la familia Castellanos Figueroa. Los padres, entonces felices, no tenían manera de saber que el destino le tenía deparados solo siete años de vida a su pequeño, aunque Rosario le tenía deparada la posteridad.

Lo llamaron Benjamín y, sí, era más moreno que su hermana mayor, pero ya crecería en tamaño, inteligencia y simpatía, y nadie podía dudar de la docilidad de su carácter. Bonifaz apunta, sobre el criterio clasificador empleado por don César y doña Adriana para distinguir a sus dos hijos: “Es inútil desperdiciar atenciones en la niña… como que tiene algún demonio dentro; algunas veces se le ha sorprendido, sin motivo, llorando silenciosamente, encerrada en alguna habitación oscura”.

Elena Poniatowska asegura que Rosario solía desear la muerte de su hermano y que llegó a desearla incluso en voz alta. Mario Benjamín, en efecto, murió de una apendicitis que no pudo ser atendida quirúrgicamente por el médico de Comitán, y podríamos decir, sin arbitrariedad de por medio, que el fallecimiento del hermano engendró a dos Rosarios complementarias: la culposa y la escritora. La culpa, condición sine qua non de la autobiografía de Castellanos.

Cito, primero, al lacaniano Néstor A. Braunstein:  “[…] el psicoanálisis no ha venido al mundo para extraer de él la culpabilidad como si fuese un diente cariado. Reconocerse pecador, reconocerse en falta, es una manera de controlar y delimitar la angustia”.

Cito, después, a Rosario Castellanos, que es al mismo tiempo poética y lapidaria: “¿Qué se opone al vértigo? Las vocales.”

4.

Samuel Gordon, mexicanista nacido en Varsovia, y quien fuera alumno de Rosario Castellanos en la Universidad Hebrea de Israel, sostuvo varias conversaciones con la escritora mexicana y grabó por lo menos cuatro de ellas, aunque solo llegó a conservar una. La transcribió bajo el título “El pasado y la ira”, y es una entrevista que se cita con frecuencia para hablar de Castellanos y sus reflexiones en torno a la mujer y las relaciones de pareja, tanto en su obra —principalmente en sus cuentos— como en la cultura mexicana.

La entrevista estremece por la honestidad con la que Rosario utiliza su propia experiencia para sustentar los puntos de vista que desarrolla. Hay un pasaje en particular que podría inspirar una película de terror.

Dice Rosario: “Y recuerdo yo, que ya tenía ocho años —y es una memoria muy viva, porque fue una cosa determinante de todo el resto—, que estábamos desayunando en el comedor, mi hermano, que tenía siete años, mi mamá, y yo; cuando entró esta prima, como despavorida, como una especie de medusa, con el pelo blanco, todo así parado, sin peinar, y le dijo a mi mamá que acababa de tener una visión, y que en esa visión se le había aparecido alguien y le había dicho que uno de sus hijos —de mi mamá—, iba a morir. Entonces mi mamá se levantó, como un resorte, y le dijo: ‘¡Pero no el varón! ¿verdad?’. Eso fue el principio. Después, claro que le dijo a esta mujer que era una imbécil, que estaba loca. Reaccionó con una violencia terrible, y la echó de la casa”.

Los días siguientes, la madre de los pequeños Rosario y Benjamín, es decir doña Adriana, se dedicó a llevar a sus hijos de una casa a otra para recabar la opinión de la gente, ¿sería posible que el vaticinio se cumpliera? Los niños Castellanos se tomaban de las manos para escuchar las discusiones que acontecían frente a ellos, mientras se peroraba que sí, que era posible, que las brujerías de los indios, que tal vez el catequismo podría ayudarlos, alguien habló del infierno, etcétera. “Nos sudaban de miedo las manos, así, horrible”, recuerda Rosario.

5.

En Balún-Canán, el personaje del padre se encuentra en Tuxtla Gutiérrez cuando enferma su hijo. Ha hecho el viaje para buscar al gobernador y convencerlo de que lo ayude a mantener sus tierras una vez que ha comenzado la reforma agraria impulsada por Lázaro Cárdenas. Es una misión que emprende para defender lo que es suyo y lo que será de su varón. El niño muere y la lucha del padre pierde su razón de ser, por lo menos en parte. Es lo que se sobrentiende. Es una parte sustancial de la metáfora novelística.

Ese par de eventos que Rosario empalma en Balún-Canán ocurrieron, realmente, de manera separada. Benjamín murió en 1933 y Lázaro Cárdenas subió a la presidencia en 1934. Acaso en la yuxtaposición la novelista recrimina a su padre la pasividad con la que actuó en los años del derrumbe de la familia. 

Hay quien afirma que doña Adriana y don César se dedicaban a lamentarse, que si alguno sonreía subrepticiamente el otro le decía “Acuérdate de Benjamín”, para que recordara que no tenía ningún motivo para estar feliz; que la señora Figueroa se lamentaba de manera amarga, que le preguntaba en voz alta a un dios no del todo misericordioso por qué se había llevado al niño y no a la niña. Elena Poniatowska matiza las palabras de doña Adriana, pero bastante poco: “Que dios haga su voluntad, pero, ¿por qué con el varón?”. Alguno asegura que los padres guardaban las cenizas del hijo junto a la cama. Según Bonifaz, cada ocho días visitaban los restos de Benjamín en el panteón, y cuando es Navidad o la fecha de su cumpleaños, “junto a las letras que dicen su nombre se amontonan los juguetes: canicas, avioncitos, un caballito de cartón…”

Y después comienza una terrible ambivalencia en la actitud de los padres hacia su hija. Por un lado, entre evocaciones de Benjamín, parecen desatenderla por completo, dejándola a merced de la nana. Por otro lado, Rosario transita de la niñez a la juventud como hija única, atendida en exceso por los mismos padres que suelen desatenderla, aunque, de repente, le dedican todas las atenciones, temerosos de que algo le ocurra. Bonifaz refiere, por ejemplo, una anécdota en donde ni siquiera la dejan caminar descalza. 

6.

Rosario Castellanos respondió a María Luisa Cresta, sobre Balún-Canán: “Es esencialmente un libro autobiográfico. Es la narración de mi infancia; es, además, un testimonio de los hechos que presencié en un momento en que se pretendió hacer un cambio económico y político en los lugares donde yo vivía entonces […] pero claro, están contados a manera de literatura, no a manera de crónica, ni a manera como podría contarse en el cauch de un psicoanalista, ¿no?; pero sí, lo que se cuenta allí, en última instancia, fue verdad, fueron anécdotas que me sucedieron”.

 

César Tejeda
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media Mi abuelo y el dictador.


1 Bonifaz

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El 17 de abril de 1902 nacía en la Ciudad de México Jaime Torres Bodet, quien se convertiría no solo en uno de los más destacados miembros de los Contemporáneos (ese grupo que transformaría para siempre la literatura mexicana) sino también en un funcionario público ejemplar. El siguiente ensayo repasa los últimos días del autor de Margarita de niebla a partir del recuento de sus memorias, obra fundamental dentro de su quehacer literario.


Los últimos días del servidor

El 2 de diciembre de 1964, Jaime Torres Bodet entregó la Secretaría de Educación Pública a Agustín Yáñez. Con ese acto, ponía fin a una carrera de más de cuarenta años en el servicio público, en donde ocupó, entre otros puestos, el de jefe del departamento de bibliotecas, consejero de legación, secretario de Relaciones Exteriores y dos veces secretario de Educación Pública, sin olvidar un periodo como director general de la unesco.

Al evocar sus últimos días como servidor, narra un viaje en auto que hizo junto a Adolfo López Mateos, en el que el presidente le parece triste, “por primera y única vez”, de abandonar su cargo. López Mateos mira hacia la calle melancólicamente, y con una sonrisa falsa dice que en adelante podrá dedicarse a pasear por Chapultepec y hablar de literatura. No sabemos, en cambio, qué contesta Torres Bodet, ni si su sonrisa es igualmente falsa, ni si ha sentido alguna especie de tristeza durante su último año al frente de la SEP, desconocimiento que ha sido una constante a lo largo de sus memorias.

Sabemos, en cambio, que el 2 de diciembre de 1964, unas horas antes de entregar la Secretaría, Jaime Torres Bodet recibió la visita de Alfonso Caso, quien le preguntó a qué iba a dedicarse en adelante. “Le dije que intentaría encontrar de nuevo a un compañero de juventud con quien hacía ya mucho tiempo no había podido estar por completo a solas”.1 Con aquellas enigmáticas palabras, el autor de El corazón delirante se refería a sí mismo, pero en retrospectiva.

Sombra y serenidad

Jaime Torres Bodet decidió que el epílogo de su vida fuera recordarla. Había publicado un libro autobiográfico, Tiempo de arena, en 1953, en donde había referido pasajes de su infancia y juventud, hasta sus primeros años en el servicio exterior. Once años más tarde, decidió que, una vez alejado de la administración pública, se retiraría en su casa ubicada en Lomas de Virreyes para narrar el resto de su vida práctica.

Salvo para referirse a su madre, a quien amaba devotamente, Torres Bodet se enfrentaría a unas memorias desapasionadas. Acaso su admiración por Goethe —quien aseguraba que los hombres se conocían por sus acciones y no por sus meditaciones— fuera la culpable de que el poeta hubiera renunciado a los ensueños, para entregarse a una casi burocrática observación del pasado, aunque escrita espléndidamente.

Entre viajes a Europa en compañía de su esposa, un diagnóstico de cáncer en el colón, intervenciones, recuperaciones, algún hueso quebrado, la medalla Belisario Domínguez y el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Literatura, Torres Bodet se entregó, a lo largo de ocho años, a una observación metódica del pasado, a vivir su propia vida por segunda vez, a refugiarse de la irritación que le provocaba la salud y la alegría de los demás, como aseguró en una carta enviada a un buen amigo.

Cumplió, diligentemente, con su trabajo. Años contra el tiempo, La victoria sin alas, El desierto internacional y La tierra prometida, es decir, los tomos dos, tres, cuatro y cinco de las memorias, que comprenden de 1943, cuando fuera llamado por Ávila Camacho para encabezar la SEP, hasta diciembre de 1964, cuando debió renunciar al mismo puesto de manera definitiva luego de la toma de protesta de Díaz Ordaz, fueron publicados, anualmente, entre 1969 y 1972.

Fernando Zertuche Muñoz asegura, sobre aquellos años de escritura ritual: “Su existencia es una obra de relojería: sus hábitos, los acontecimientos previstos, el cotidiano empeño de los dictados y correcciones de textos, y el disfrute de viajes, están fijados con horarios precisos.”.2 Todos los domingos, Torres Bodet exponía los avances de sus memorias a Arturo Arnáiz y Freig, Raoul Fournier, Marte R. Gómez y Rafael Solana, amigos quienes debían criticarlo y aconsejarlo.

Ante ellos recuerda, con modestia atemperada, que, en esos años de labor, digamos, infatigable, había llegado a conocer reyes en el trono —como la Reina Guillermina de Holanda, la Reina Isabel II y el rey Faruk—; reyes en la cuerda floja —como Alfonso XIII—, y reyes en el exilio —como el rey Carol—. Que había hablado francamente con estadistas como el mariscal Tito, Harry S. Truman y Charles de Gaulle. Que había trabajado durante once administraciones presidenciales distintas. Que había iniciado su carrera literaria bajo el influjo de escritores como José Vasconcelos, Antonio Caso, Ermilio Abreu Gómez, Jorge Cuesta, José Gorostiza, Salvador Novo, Gilberto Owen y Xavier Villaurrutia, entre otros.

El autor de Margarita de niebla había entendido que el único remedio contra el tiempo es el tiempo mismo. En el Grand Hotel de Roma, cuya recepción compara consigo mismo, llegó a la conclusión de que su existencia había “ganando en sombra y serenidad lo que perdió en ruido y en esplendor”.3 Escribe que le agradaría poder ver su futuro. Se consuela asegurando que la tumba es el perdón de la tierra prometida, para aquellos que persistieron sin descanso.

El salvoconducto

Como en una versión tergiversada, esta vez narcisista, de las Mil y una noches, Torres Bodet halló, en contarse con su propia vida, el pretexto que necesitaba para vivir unos años más. Había terminado los cinco tomos de sus memorias cuando decidió escribir el sexto. En él debía narrar los años transcurridos entre el inicio de la década de los treinta y 1943, que, sin algún motivo aparente, habían quedado fuera de sus remembranzas. En Equinoccio relataría los años que trabajó como diplomático entre París, Buenos Aires, Holanda y Bélgica, hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, y su consiguiente regreso a México; años poco deleznables, acaso los más atractivos de su existencia, que habían sido —estratégicamente— abandonados.

En un de los contados pasajes emotivos de Equinoccio, Torres Bodet recuerda la cena de año nuevo 1937, que él y su esposa ofrecieron a Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Enrique González Rojo y Bernardo Ortiz de Montellano. En ella, el perro fox terrier de los anfitriones se dejó acariciar por los invitados con excepción de Jorge Cuesta, a quien perseguía con sus ladridos. Cuesta aseguró que se debía a que el perro había descubierto en él un resplandor que no habían descubierto los demás. Cinco años más tarde, luego de la muerte de Cuesta, Torres Bodet se preguntaría si aquel resplandor era una broma sencilla o la referencia a un “lamentable desequilibrio”. Con ese pretexto, reflexionó en lo significativo que representaba el hecho de que la palabra muerte surgiera con frecuencia en la poesía de sus amigos. A unas cuantas páginas de clausurar sus memorias, Torres Bodet escribe: “De las personas reunidas en nuestra casa, el 31 de diciembre de 1936, sólo sobrevivimos mi esposa y yo”.4

El perdón de la tierra prometida

El 9 de mayo de 1974, Torres Bodet entregó a la editorial Porrúa las últimas pruebas corregidas de Equinoccio. El 13 de mayo, después de comer con su esposa y planear con ella un próximo viaje a Europa, entró a su biblioteca donde se quitó la vida con un revólver. En una nota, escribió que prefería buscar la muerte que seguir esperándola. En sus memorias había escrito que le gustaría que la palabra “quise” terminara su diálogo con el mundo: “… quisiera esclarecer todavía si lo vivido justificó los esfuerzos que hice para vivirlo.”

 

César Tejeda


1 La tierra prometida.

2 Jaime Torres Bodet. Realidad y destino.

3 La tierra prometida.

4 Equinoccio.

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A finales de los años sesentas, el empresario Manuel Suárez y Suárez comenzó la construcción de la que sería su obra cumbre: el Hotel de México. Entre otras maravillas, el faraónico recinto estaría decorado por El mito del mañana, mural comisionado al artista japonés Taro Okamoto. Devorado por las deudas, el proyecto se convirtió en un gigantesco fracaso y la obra de Okamoto se perdió durante décadas. Aparecería años después en una de las estaciones más importantes del metro de Tokio. Esta crónica nos lleva por las lluviosas tardes de la capital japonesa, y a la par viaja al pasado mexicano en busca de la obra de uno de los artistas japoneses más importantes del siglo XX.

Bajo esta lluvia fina, tibia, igual a la del norte de Europa, Tokio me parece poco propicio para recibir a los que llegan a él lleno de ilusiones.
Enrique Gómez Carrillo

Llegamos a Tokio una tarde de octubre, cuando llovía de manera insistente aunque tenue. Era nuestro viaje de bodas y, como ya habíamos tenido que cancelar la celebración por culpa del terremoto —no así el enlace civil—, pensamos, como si en el mundo hubiera balance, que los fenómenos naturales iban a darnos una tregua, que el chubasco sería pasajero. Interpretamos el mapa del metro y recorrimos algunas estaciones entre japoneses comprensivos que hacían espacio para nuestras maletas en los vagones; cuando por fin salimos a la intemperie, a solo unas cuadras del departamento donde íbamos a hospedarnos, volvimos a ver el cielo gris, aquella segunda vez con ironía.

En Japón es común que los turistas alquilen routers inalámbricos denominados “pocket wifi”. Caben en la palma de la mano y se conectan con varios dispositivos al mismo tiempo. Gracias a ellos, los grupos de viajeros se deshacen de los mapas anticuados y de los cuadernos de notas para entregarse a sus dispositivos electrónicos y a la señal de GPS. Pero aquella tarde, sin un paraguas que nos resguardara, los celulares resultaban inútiles. Tuvimos que memorizar el camino, dar vueltas en círculo y volver —como se dice— sobre nuestros pasos. Fuimos auxiliados por un viejo parlanchín que nos dio instrucciones usando las manos ingeniosamente: contaba con los dedos las cuadras que debíamos pasar, trazaba pequeñas curvas con la mano abierta y luego volvía a contar cuadras con los dedos. Terminé admirando su pantomima al mismo tiempo que dejaba de prestarle atención. Por fortuna, Carla lo atendía con diligencia.

Retomamos el camino y pensé, todavía sin imaginar lo que nos esperaba, en aquella máxima del libro Hagakure. El camino del Samurái: “Algo se puede aprender de un aguacero. Cuando te sorprende, intentas correr para buscar resguardo. Sin embargo, aunque transites bajo los salientes de las casas, no podrás evitar mojarte. Con determinación, si te haces a la idea de estar mojado, nada te sorprenderá. Este principio se extiende a todas las cosas”.1  

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Manuel Suárez y Suárez, uno de los mecenas más importantes del periodo posrevolucionario, nació en Asturias, España, en 1896. Una biografía asegura que el joven Manuel viajó a México a los quince años subvencionado por un hermano mayor. Que recorrió el país —en guerra civil entonces—, comerciando granos. Que su sagacidad lo llevó a imprimir billetes para sacar adelante sus negocios en una tierra sin orden político ni comercial. Que cuando nació su primer hijo, a principios de los años veinte, decidió arraigarse en México de manera definitiva.  

Otra versión, obtenida de una entrevista que el mismo Suárez y Suárez concedió al semanario Proceso en 1981, resulta distinta. Según ella, los padres del joven Manuel eran dueños del rancho El Chopo, ubicado en la colonia Nueva Santa María, mismo que tuvieron que malbaratar por presiones del gobierno. Debido al empobrecimiento de la familia, el joven tuvo que trabajar en una tienda de abarrotes mientras estudiaba con los jesuitas. Luego abrió su propio almacén en La Merced, y después, gracias a la ayuda de amigos que le fiaron mercancía, pudo dedicarse a la venta de café al mayoreo en el norte del país —y a luchar en la revolución junto a Pancho Villa: “No fui tan parejito en el capitalismo, porque también anduve en la revolución y tengo tres heridas de bala”.2 

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De acuerdo con Lonely Planet, todo lo que hacía palpitar a Tokio se encontraba en el distrito de Shinjuku; por ello elegimos aquella zona para hospedarnos: “grandes almacenes selectos, tugurios anacrónicos, rígidas oficinas gubernamentales, multitudes, pantallas de video callejeras, santuarios ocultos y rascacielos de vértigo”.3 Antes de conocer las míticas luces de neón de la noche tokiota, a unas cuadras de los bares y de las tiendas, recorrimos, ya empapados, calles laberínticas y angostas de un pequeño bloque de tres o cuatro manzanas que se resistía, con las uñas, a la gentrificación.

Frente a una vieja casa de tejados Kawara —de cuyas esquinas escurrían gotas a un ritmo acompasado, podría decirse que budista— estaba el edificio que nos alojaría. Fue reconfortante descubrir que en el departamento minúsculo había un lugar para cada cosa, hasta balcón techado para tender nuestras chamarras. Desde el balcón del edificio de enfrente, a escasos quince metros, una anciana miraba llover sin melancolía. Luego me observó. Decidí que me compadecía por llegar a la capital de su país en una tarde lluviosa.

Cuando entré de nuevo a nuestro alojamiento vi a Carla sentada frente a la computadora; iba a decirme algo, pero se contuvo. “¿Va a llover todos los días?”, le pregunté, y entonces me dijo, tratando de restarle importancia a la noticia, que se acercaba una tormenta. “Un tifón”, precisó, después de mi silencio. Me acerqué al monitor y leí que el tifón Lan, categoría 4, iba a provocar que se cancelaran cientos de vuelos y servicios de trenes, y que miles de personas fueran evacuadas.

Salimos a cenar, supongo que resignados, y descubrimos que las multitudes de Shinjuku eran inmunes a la lluvia. Caminaban debajo de sus paraguas sin mayor prisa. Grandes pantallas eléctricas iluminaban las nubes: el cielo de Shinjuku brilla con luz artificial. En la pantalla más grande se transmitían escenas de La forma del agua, recientemente ganadora del Festival de Venecia. El inmenso rostro de Guillermo del Toro, mientras que el director peroraba acerca de la creación cinematográfica, nos hizo sentir como en casa.

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En 1923, Manuel Suárez y Suárez, ya un hombre próspero, fue contratado por el Departamento de Abasto para construir bodegas, y se dio a la tarea de buscar materiales para cumplir con su labor. De esa forma descubrió un nuevo material, mezcla de asbesto y cemento, que, además de ser accesible, contaba con propiedades aislantes y perdurabilidad. Don Manuel hizo un segundo descubrimiento afortunado ese día: los únicos fabricantes en México se encontraban en quiebra, lo que representaba una oportunidad de negocio. Suárez y Suárez compró la pequeña empresa Felgueres y de la Peña, que entonces cabía en un garaje, y la convirtió en la constructora con mayores volúmenes de obra en todo el país: Techo Eterno Eureka; con ella construiría infraestructura sanitaria, carreteras, presas e ingenios azucareros.

Una vez afianzado su capital, cuando Suárez se dedicaba a rechazar la cartera de economía para convertirse en el empresario consentido del régimen, comenzó dos pasatiempos íntimamente ligados que a la postre lo distinguirían: coleccionista de arte, primero, y mecenas, después. Reacio, como era, a arriesgar dinero en su pasatiempo, solía comprar arte local de artistas ya legitimados.

Don Manuel, empresario sagaz, iba a acostumbrarse a construir puentes entre él y lo que quisiera su voluntad: entre él y David Alfaro Siqueiros o entre él y el edificio más alto de México, por ejemplo. O, mejor todavía, puentes que lo llevaran a todas sus metas al mismo tiempo.

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Acaso inspirados por la filosofía Samurái, decidimos que, a pesar del tifón, y mientras nuestras defensas nos lo permitieran, estaríamos en la calle el mayor tiempo posible. Nos envalentonamos pensando que proveníamos de la Ciudad de México, de igual forma tendiente a las precipitaciones pluviales. Y si obteníamos uno de esos paraguas transparentes que cargaba todo el mundo, podíamos salir bien librados de los chubascos. En algún lugar leímos que los famosos paraguas de Tokio eran, de facto, públicos. La gente solía utilizarlos como si fueran desechables por su baja calidad, dejándolos afuera de los lugares sin esperar encontrarlos a la salida; en todo caso, si no hallaban el suyo —que de todos modos era indistinguible—  podían tomar otro y seguir su camino sin reclamo. Las oficinas de objetos perdidos en Japón reciben entre 300,000 y medio millón de paraguas todos los años. Sólo el 0.3% de sus propietarios acuden a reclamarlos.

Un solo paraguas que compramos por el equivalente a sesenta pesos nos bastó para caminar juntos a través de Tokio Midtown. Visitaríamos la galería 21_21 Design Sight, donde encontramos una exposición sobre la ternura en la cultura japonesa —kawaii—, representada en aquellas imágenes satíricas de ranas y conejos saltarines, comúnmente atribuidas a un monje del siglo XI, y que son consideradas como los orígenes del manga; también osos sonrientes tallados en troncos de árboles y en Hello Kittys al por mayor. La galería era más pequeña de lo que imaginábamos y en poco tiempo estuvimos afuera otra vez.

Al salir, vimos dos paraguas a la deriva. Uno, sabíamos, no era nuestro, y a pesar de la información con la que contábamos, dudamos si debíamos tomarlo o no. Mientras que la lluvia arreciaba frente a nosotros, decidimos que sí. Corrimos a través de un parque, acaso por la lluvia, acaso por nuestro pequeño hurto.

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En los años sesenta, Manuel Suárez y Suárez decidió cuál iba a ser la mayor de sus proezas. Arrasaría con el inmenso Parque Lama —ubicado en la colonia Nápoles— para levantar el edificio más alto de Hispanoamérica, con 219 metros de altura: “Yo quería que fuera, en el siglo XX, como un equivalente en grandeza a la gran pirámide de Teotihuacán”.

Fabricio Mejía Madrid describió el proyecto así: “[…] según la publicidad, el Hotel de México tendría 51 pisos para alojar a 3,100 personas, 1508 habitaciones hexagonales, entre ellas 1118 recámaras, 132 suites ejecutivas, tres suites ministeriales y dos presidenciales, cuatro cafeterías con capacidad para 800 personas, seis restoranes para 1240 comensales, un restorán giratorio en lo alto de la torre, catorce comedores privados que atenderían a 850 personas, un elevador para mirones y diecinueve más para cargar y descargar botellas, pasajeros, equipaje, un mirador al aire libre y dos al descubierto para contener a 1000 personas cada hora […]”.4

Años antes de comenzar semejante empresa, don Manuel había construido el Hotel Casino de la Selva en Cuernavaca; según el proyecto original, los cuadros de la sala de convenciones de aquel hotel debían ser pintados por David Alfaro Siqueiros. El plan no pudo consumarse debido al encarcelamiento del muralista. Años después, don Manuel, hombre de ambiciones férreas, decidió que Siqueiros, ya fuera de la cárcel, no pintara simples cuadros de una sala de convenciones en un hotel de Cuernavaca, y que pintara, en cambio, un mural de 4,600 metros alrededor de un teatro con capacidad para dos mil espectadores sobre una de las avenidas más importantes del Distrito Federal: el Polyforum Cultural Siqueiros. Suárez, al respecto, diría: “Para mí [Siqueiros] era el pintor número uno, limpio, decente, con el cual me entendí maravillosamente. Por eso hicimos el Polyforum […] Yo no sé qué pensaba de Rusia o el socialismo, pero yo le saqué La marcha de la humanidad que no tiene paralelo”.

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Dependientes, como éramos, de los teléfonos celulares, decidimos comprar una pila externa que nos asegurara conectividad durante el resto del viaje. Era un buen pretexto para visitar el barrio comercial Akihabara, en donde, además de establecimientos duty free especializados en productos electrónicos, podíamos visitar tiendas de juguetes estrafalarios para los consumidores de cultura otaku —aficionados al manga—, lo que nos interesaba en realidad muy poco, pero según nos habían dicho constituía una parada indispensable.

Al salir del metro vimos espectaculares con los dibujos característicos de Japón que coronaban los edificios. También locales con máquinas tragamonedas de donde salían acordes computarizados entre vocecitas de caricatura. En algunas esquinas había un tipo particular de establecimiento, maid cafes, en donde, según la publicidad, mujeres jóvenes de aspecto inocente atendían a la clientela uniformadas como sirvientas del siglo XIX; grandes retratos de las jóvenes, a veces solas, otras en grupo, se extendían en mantas sobre las fachadas de los edificios para llamar la atención de la clientela. En la avenida principal, encima de una camioneta adornada con propaganda política, un orador hablaba a través de su megáfono mientras que alrededor de cien oyentes ondeaban banderas de Japón; al día siguiente habría elecciones legislativas. Eso fue lo que vimos en los primeros cuatro vistazos.

Intimidados por las impresiones distópicas, agotados por la lluvia y el ruido, corrimos a resguardarnos en la primera entrada que pudimos, que resultó ser un maid cafe. Hombres de mediana edad vestidos con traje, adolescentes y grupos de turistas esperaban su turno en una fila muy larga. Mientras decidíamos nuestros próximos pasos, comencé a sentir curiosidad por lo que fuera que ocurría allí adentro, e iba a sugerirle a Carla que hiciéramos la fila también cuando me dijo: “Vámonos de aquí”, mientras jalaba de mi mano. Ella había comprendido que los maid cafes son una desviación de esa cultura de la ternura, kawaii, que hacia el siglo XI había comenzado con dibujos de ranas y conejos y que diez siglos después, propagaba, desde las caricaturas, personajes inocentes y jóvenes en el manga y el anime. Más tarde leeríamos que los cafés se habían popularizado a inicios de los años dos mil. Que las meseras decoran los platos con corazoncitos y luego, cuando los llevan a los clientes, hacen figuras de corazones con las manos e incitan a los comensales para que hagan lo mismo.

De la mano de Carla regresé a la lluvia, en todo caso más hospitalaria, y a la concentración política, a los locales con tragamonedas, a los espectaculares con caricaturas, a las anodinas tiendas de productos electrónicos duty free en donde compramos nuestra pila a un precio razonable. 

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En 1967, cuando las obras del gran Hotel de México y del Polyforum se encontraban en su apogeo, Siqueiros recibió la visita de su amigo Taro Okamoto, pintor, escultor, escritor y etnólogo japonés, cuya obra se caracterizaba por la abstracción, y que pertenecía al movimiento artístico de Kandinsky y de Mondrian. Hacia finales de los años sesenta, Okamoto, que había servido al ejército japonés en la Segunda Guerra Mundial, decidió explorar la devastación bélica con su obra, y pensaba que, acercándose a la cultura mexicana, propensa a integrar la vida y la muerte, podría alcanzar su propósito de manera más libre. Taro, encantado con los rituales prehispánicos, aseguró: “¡Este país es imperdonable! Me imita desde hace miles de años”.5

Manuel Suárez y Suárez conoció al artista japonés y decidió invitarlo a participar en su complejo, con otro mural que debía adornar el vestíbulo del hotel, y que debía medir unos treinta metros de largo por 5.5 de alto. Okamoto, ilusionado, aceptó: durante sus estancias en México sería alojado en el Hotel Camino Real y contaría con un grupo de pintores ayudantes a su disposición. El artista japonés regresó a su país y trazó una serie de bocetos inspirado por la explosión de la bomba atómica en Hiroshima y también en el muralismo mexicano y su tendencia a plasmar temas sociales. Cuentan que Toshiko, compañera de vida de Okamoto, objetó que al centro de la composición hubiera un esqueleto ya que el mural adornaría el hotel, y que este le contestó: “En México está bien el esqueleto. Hay una fiesta llamada Día de muertos”.6

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Como regalo de bodas, nuestros amigos nos habían regalado una cena en el New York Bar, ubicado en el último piso del hotel Park Hyatt Tokyo; un bar de jazz popularizado por Lost in translation, la película de Sofia Coppola. Es el lugar donde los personajes interpretados por Scarlett Johansson y Bill Murray se conocen. Queríamos llegar antes de las ocho de la noche para evitar el cobro de la entrada que comenzaba a esa hora.

La puntualidad de los medios de transporte jugaba en nuestra contra. Cuando íbamos a un lugar, utilizábamos la aplicación de Google Maps para que nos sugiriera la mejor ruta posible. El problema era que a veces, por torpeza o problemas de conectividad, realizábamos nuestros desplazamientos en un tiempo mayor al estimado; si llegábamos a la parada de autobuses, por decir algo, tres o cuatro minutos después, el autobús ya se había ido, y entonces debíamos introducir nuevos datos para que la ruta fuera reconfigurada; en esa segunda ocasión, podía sugerirnos que mejor utilizáramos el metro. Supongo que gracias a esas actualizaciones conocimos Tokio un poco mejor. Luego Carla arregló el problema indicándole al sistema que saldríamos quince minutos tarde para prevenir contratiempos. Aquella noche, no obstante, después de haber perdido el camión, debíamos caminar si pretendíamos llegar a tiempo.
Fue difícil encontrar el hotel. Todos los rascacielos de Shinjuku quedaban ocultos por la neblina, como si hubieran sido cortados de manera abrupta a partir del piso veinte, perdiendo, junto a sus pisos más altos, su singularidad. Desde la calle, era imposible distinguir que el Park Hyatt Tokyo era un edificio compuesto por tres torres, iguales en forma, aunque diferentes en altura, tal y como habíamos visto en fotografías. Cuando por fin logramos entrar al pasillo que conecta las tres torres y caminar a la más alta, es decir la S, de 235 metros, era demasiado —5 minutos— tarde, y tuvimos que pagar la entrada.  

Fuimos afortunados, sin embargo. La única mesa disponible en el New York Bar era la mejor, justo frente la banda de jazz y ese ventanal inmenso desde donde Tokio suele apreciarse con nitidez. Dicen que en algunos atardeceres despejados es posible divisar al Fuji imponente en el horizonte. Esa tarde, oculta debajo de las nubes, la capital de Japón era invisible. Entre otras canciones escuchamos una versión clásica de “Moon River”. Jugamos a adivinar a qué se dedicaba el resto de los comensales, y a qué pensarían ellos que nos dedicábamos nosotros.

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La Expo Mundial de Osaka, Japón, en donde Taro Okamoto tenía el cargo de director del Pabellón Temático, iba a inaugurarse el 13 de marzo de 1970. Se trataba de la primera feria internacional celebrada en Asia, y en ella Taro erigiría su obra más importante, una escultura de setenta metros que recibiría el nombre de Torre del Sol, y que sería el símbolo principal de la feria; en los años siguientes, una de las atracciones turísticas más importantes de Osaka.

Okamoto, ocupado por la feria, no podía mudarse a México de manera definitiva y así realizar el encargo de Suárez y Suárez; en vez de ello, debió hacer treinta viajes a lo largo de dos años para trabajar en El mito del mañana, nombre que recibiría su mural. En una bodega de la tienda de autoservicio Gigante ubicada en Mixcoac, lugar que Taro y su equipo utilizaron como taller, trabajaron entre 1967 y 1969, hasta que el mural estuvo terminado. El artista japonés regresó a Japón sin firmar su obra, pequeña acción simbólica que haría por protocolo el día de la inauguración del gran Hotel de México.

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El tifón se fue, no así la lluvia; no obstante, tuvimos una mañana de tregua y viento que despejó el cielo. El otoño comenzaba a dorar las hojas de los maples y decidimos visitar el parque Koishikawa Korakuen, uno de los más antiguos de la ciudad, y que, como otros jardines tradicionales de Japón, trataba de reproducir paisajes en miniatura. Decenas de peces koi pedían alimento cuando nos asomábamos a los estanques; si mirábamos hacia el frente, veíamos el Domo de Tokio que, junto a su montaña rusa, contrastaba el paisaje.

Nos sentamos en una banca para estudiar la guía de viajes y decidir qué íbamos a hacer en el tiempo que nos quedaba. En el capítulo “Shibuya y alrededores” leí un breve texto titulado “Mito del mañana” que me intrigó. Decía lo siguiente: “Este mural de Taro Okamoto de 1967, originalmente un encargo de un hotel mexicano de lujo, desapareció dos años después de su creación. En el 2003 reapareció y, en el 2008, la descomunal obra de 30 metros de largo cuyo tema es la explosión de la bomba atómica sobre Hiroshima se trasladó al interior de la estación de Shibuya, en concreto en la segunda planta, en el pasillo que lleva a la línea Inokashira”.

Eso era todo. Un texto de cinco líneas que arrojaba más misterios que explicaciones. ¿Cómo era posible que un mural de treinta metros, encargado por un hotel mexicano, obra de uno de los artistas plásticos más importantes de Japón en el siglo XX, se perdiera durante décadas en el Distrito Federal?

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El gran Hotel de México fue una especie de Waterloo para don Manuel Suárez y Suárez. La estructura había costado 70 millones de dólares, que no alcanzaron para que el edificio midiera los 219 metros del plan original, y que fueron suficientes para que midiera solo 194. Si el mecenas, algunas décadas antes, era el empresario consentido del régimen, hacia 1970 sufrió la expropiación de cuatro ingenios azucareros —que tenían deudas millonarias— por parte del gobierno de Echeverría, y tuvo que vender sus fábricas de asbesto y cemento Eureka. Carecía de liquidez y se enfrentaba a la usura de los créditos bancarios. Se vio atrapado en la evolución del capitalismo. El hotel, ahora una estructura abandonada, lucía cual cascarón inmenso junto a la avenida Insurgentes y el emblemático Polyforum Siqueiros. Cuenta en su crónica Mejía Madrid que hacia final de los años setenta e inicios de los ochenta era tal el abandono del lugar que funcionaba como punto encuentro para prostitutas intersexuales “y jóvenes afiebrados que habían logrado subir por las escaleras de emergencia a la cúspide del castillo”.7

En 1969, don Manuel declaró que le urgía terminar su obra antes de morir. En 1981, imaginando la gloria que debía brindarle su edificación, afirmó: “El edificio soy yo”, y desde el restaurante giratorio de la cúspide —lo único que de hecho funcionaba—, aseguró: “Es verdad que llegué hasta cansarme de ver de abajo hacia arriba, ahora no me canso de ver de arriba hacia abajo”. El 23 de julio de 1987 murió sin ver su Hotel de México concluido. Y de aquel sueño no quedaba más que el nombre, porque así denominaba todo el mundo al armatoste más grande del país, Hotel de México, como una metáfora de nosotros mismos. En 1992 fue comprado mayoritariamente por el Banco de Comercio Exterior, y en noviembre de 1994, después de una larga remodelación, fue inaugurado como un centro internacional de negocios: World Trade Center.  

En ese vendaval de frustraciones, El mito del mañana quedó perdido.

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Entre otras cosas, admirábamos de lo tokiotas su capacidad para caminar como multitud. Lo único que desafinaba en el ritmo de aquellas masas sincronizados eran los turistas. Cuando estábamos en alguna aglomeración y teníamos dudas acerca del camino que debíamos seguir, pegábamos la espalda a una pared para estorbar lo menos posible. La cordialidad japonesa solo se trastornaba cuando por accidente obstaculizamos su camino o hacíamos algún movimiento difícil de predecir. Esa coordinación al caminar en grupo era incluso más admirable cuando llevaban paraguas. Los primeros días me sentía inseguro, con la cabeza escondida bajo la capucha de mi chamarra mientras trataba de mantenerme a una distancia prudente de las varillas. Más tarde comprendí que si caminaba en línea recta y a un ritmo razonablemente rápido, no tenía de qué preocuparme.

Esa impresión cambió en el cruce de Shibuya —Scramble Kousaten— donde convergen cuatro direcciones que ponen los semáforos en rojo al mismo tiempo para dejar que las masas crucen a través de ese paso peatonal en forma de cruz; se considera el cruce más abarrotado del mundo, y caminar de una acera a otra constituye una extraña atracción turística. El ritmo natural de los japoneses se descompone cuando los turistas tratan de tomarse selfies, incluso fotos grupales, o grabar con las cámaras su paso sobre las líneas.

Aquella tarde lluviosa debimos intuir que nos enfrentábamos a un peligro. A medio camino, el taco de la varilla de un paraguas se insertó en un arete de Carla. Por fortuna, este carecía de seguro por lo que se desprendió de su oreja con relativa facilidad, o por lo menos sin lastimarla. La joven japonesa que había propiciado el accidente se alejó corriendo mirándonos de reojo. De alguna forma logramos encontrar la pieza entre los pies de la multitud antes de que se pusiera la luz verde. Desconcertados, nos vimos frente a la estación de Shibuya, en donde se desplazan alrededor de tres millones de personas todos los días, y donde debíamos encontrar El mito del mañana.

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El mito del mañana había sido pintado en siete paneles que se desmantelaron y almacenaron mientras que el proyecto del Hotel de México agonizaba. Nunca se reveló el lugar exacto, y con Suárez y Suárez murió también la información. Para Toshiko, la compañera de Taro, era inexplicable que el mural hubiera desaparecido, que nadie les dijera dónde lo habían guardado. Okamoto, desilusionado por la pérdida de una de sus obras más importantes, trataba de ver la situación con ironía, asegurando que un extravío así era normal en México, un país que tenía una relación íntima con la muerte; en París o en Tokio, jamás hubiera ocurrido algo parecido. 

Hay dos versiones contrapuestas sobre lo que ocurrió entonces. De acuerdo con una, después de la muerte de Taro, ocurrida en 1996, Toshiko se dio a la tarea de realizar una gran pesquisa para hallar el mural. De acuerdo con la otra, fue hallado de manera fortuita por un fotógrafo de origen japonés. Como fuera, El mito del mañana fue encontrado en 2003 en un almacén de materiales de construcción a las afueras de la Ciudad de México. El mural estaba sucio de polvo y hollín, tenía grietas e incluso algunas partes perdidas; la lluvia de décadas lo había percudido de manera significativa.

Un grupo de 70 personajes de la cultura japonesa se dio a la tarea de reunir el capital necesario para trasladar la obra y restaurarla. En 2005 el mural fue dividido en los siete paneles que lo componían y transportado, marítimamente, en contenedores con aire acondicionado hacia el puerto de Kobe. En la ciudad de Toon, Ehime, fue montado el taller de restauración, cuya protagonista era una mesa de 38 metros de largo y 1.5 de alto. La obra estuvo lista en junio de 2006 y fue expuesta al público en agosto de ese mismo año, en el distrito de Shiodome, a donde acudieron a visitarlo más de dos millones de personas. De 2007 a 2008 sería alojado en el Museo de Arte Contemporáneo de Tokio. La ciudad de Hiroshima y la Estación de Shibuya en Tokio pelearon por la custodia definitiva del mural; quedó, finalmente, en la última.

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En busca de El mito del mañana atravesamos la estación de Shibuya en hora pico. Miles de japoneses caminaba a toda velocidad a través de pasillos y escaleras. Parecían conformar uno de esos cardúmenes sincronizados que parecen un mismo cuerpo; nosotros, la presa que rompía con su armonía y de paso con su buen humor. Tarde o temprano debíamos encontrar el mural de quién sabe cuántos metros que había estado perdido en nuestro país, así como nosotros nos encontrábamos perdidos tratando de encontrarlo. Carla halló las indicaciones para seguir hacia la línea Inokashira, tal y como lo indicaba Lonely Planet, y llegamos al salón donde se encontraba el mural. Podíamos bajar unas escaleras eléctricas para mirarlo desde abajo o tomar un pasillo lateral que hacía las veces de mirador. Optamos por lo último para poder fotografiarlo con tranquilidad. La obra es protagonizada por un inmenso esqueleto en llamas que está al centro; se encuentra rodeado por llamas y gases. Casi pasan desapercibidas las pequeñas personas de la parte inferior que parecen buscar refugio, así como los cuerpos, casi almas, deformadas, en uno de los extremos.

Frente al mural, tuve una sensación de tristeza; su improbable y azarosa historia vinculaba dos países que difícilmente pueden hallar vínculos en común, aunque su autor había declarado antes de comenzar la obra: “México tiene un arte místico arraigado en la tierra y éste tiene algo que ver con la cultura oriental”.8 La obra representaba al mismo tiempo la devastación de la Segunda Guerra Mundial en Japón —tal y como se lo había propuesto— y la egolatría de un empresario formado en el periodo posrevolucionario mexicano; acaso, en última instancia, la ambición desmesurada de un artista que se había propuesto hacer sus dos obras fundamentales al mismo tiempo, aunque a unos doce mil kilómetros de distancia.

Lo que más tristeza me daba, era que El mito del mañana hubiera pasado de estar escondido en una bodega de materiales, a estar sobreexpuesto, lejos de un lugar donde pudiera contemplarse, es decir escondido también, pero entre la rutina y la prisa de los trabajadores que debían observarlo distraídos, absortos en sus preocupaciones cotidianas.

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Junto al traslado del mural, la figura de Taro Okamoto renació en Japón. Los jóvenes comenzaron a utilizar playeras con el eslogan “Be Taro” impreso en el pecho, y el lema “El arte es explosión”, acuñado por el mismo Taro, se convirtió en el lema de los nuevos artistas, que pretendían sumarse a la corriente del primer creador avant-garde de su país, del primero que se había atrevido a romper con las reglas tradicionales de la belleza y de la armonía japonesas, del que en su momento había sido considerado poseedor de un estilo único pero absurdo. Nuevos libros biográficos aparecían en los anaqueles de novedades para recordar con orgullo que una vez, cuando a Taro se le preguntó cuál era su verdadera vocación —tomando en cuenta que había estudiado etnología y practicado la pintura, la escultura, el diseño y la fotografía— él había contestado que solo era un ser humano. Incluso la marca Adidas diseñó unos tenis llamados Adicolor Hi Y2 Taro Okamoto, que se vendieron al por mayor.

En 2011, después del terremoto que provocó el desastre de Fukushima, el grupo de performance artístico guerrillero Chim↑Pom alteró el mural adhiriendo una nueva sección que representaba la falla de los reactores nucleares. Fue removida rápidamente y no provocó daños en el mural original, debido a que la alteración había sido pegada con cinta doble adherente. Algunos consideraron que se había tratado de un acto vandálico malicioso; otros, entre ellos el director del Taro Okamoto Memorial Museum, pensaron que se trataba de una expresión artística pura.  

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A unas cuadras de donde nos hospedábamos, se encontraba Golden Gai: un laberinto de callejuelas con casas de madera de dos pisos, que después de la Segunda Guerra Mundial funcionó como mercado negro y luego como centro de prostitución, hasta que ésta se prohibió en 1958. Hoy, en Golden Gai se encuentran alrededor de cien bares minúsculos atendidos por japoneses estrafalarios: “Que Golden Gai haya resistido al desarrollo inmobiliario imperante en el resto de Shinjuku es la prueba de la testarudez de estos personajes bohemios”.9 Debido a que los bares tienen una clientela habitual, los extranjeros no son necesariamente bien recibidos, y fue, en este caso, la testarudez nuestra, lo que nos llevó a despedir Tokio en ese lugar impermeable. 

Aquella noche, nuestra séptima en Tokio, caminamos por callejuelas oscuras tratando de elegir el lugar adecuado, y fuimos convencidos por un letrero hecho a mano en donde decía “Jazz bar” que señalaba hacia unas escaleras. Subimos al segundo piso y abrimos la puerta del establecimiento. Era una sola barra rodeada de unas diez sillas, y en la pared del fondo había una inmensa colección de discos compactos. El anfitrión era un viejo de unos setenta años con un solo brazo que nos recibió sin alharaca, no había nadie más. Pedimos un par de cervezas y nos sentamos al final de la barra, junto al baño, como si quisiéramos pasar desapercibidos a pesar de ser los únicos comensales. El viejo, como resignado, puso un disco de jazz, creo recordar que era de Thelonious Monk, y luego llevó nuestras bebidas y un plato con botanas.

Por curiosidad, vimos el pronóstico del clima para los próximos días; desde luego, en los dos siguientes habría un cielo despejado. La clientela, en teoría habitual, comenzó a llegar, estaba compuesta en su mayoría por hombres de cuarenta años vestidos con traje, que se reían escandalosamente ante la mirada atónita del viejo, que atendía con puntualidad cada comanda, y cambiaba los discos de jazz con su brazo único cada vez que se terminaba una canción.

Después de la tercera cerveza comenzamos a embriagarnos; a nuestro favor, debo decir que estaban contenidas en botellas grandes. Íbamos al mismo ritmo, pedí la cuarta y Carla pidió un whisky; el viejo me sirvió a mí, pero no a ella. Supusimos que se debía al problema logístico de servir bebidas con una mano, pero pasados los minutos Carla insistió y el viejo comenzó a ignorarla. Su gesto era imperturbable. Comprendimos que no quería servirle un trago más, algo que no estábamos dispuestos a consentir. Podíamos irnos a otro bar, pero era el último trago y nos parecía una afrenta. Yo, molesto, iba a pedirle que le sirviera el trago a mi esposa, cuando Carla bajó mi mano porque aquél era un asunto entre ella y el viejo. Ella imitaría su gesto imperturbable para ordenar cada vez que se acercara a nosotros, para entonces la barra estaba llena. El viejo, finalmente, le sirvió el whisky. Bebimos con parsimonia porque sabíamos que aquellas bebidas clausuraban nuestro viaje. Cuando salimos, no llovía más y, de acuerdo con las costumbres de Japón, donamos nuestros paraguas al establecimiento.

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El 12 de septiembre de 2017, los herederos de Suárez y Suárez, junto a autoridades federales y locales, así como representantes de la UNAM, anunciaron que para financiar el mantenimiento del Polyforum Siqueiros, se desarrollaría un proyecto inmobiliario consistente en una torre esbelta de 48 pisos —que se construirá justo entre el Polyforum y el otrora Hotel de México— para oficinas, departamentos, comercios, jardines, “terrazas públicas para observar los murales desde las alturas”,10 y, claro está, un hotel.

 

César Tejeda
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media y Mi abuelo y el dictador.


10 Tsunetomo Yamamoto. Hagakure. El camino del Samurái. Punto de Lectura. 2014.

2 http://bit.ly/2H3GM6E

3 Japón. Lonely Planet.

4 http://bit.ly/2I2Ier7

5 Lidia González Silvia. “México, muralismo y la era nuclear en el arte japonés: el caso de Taro Okamoto”.

6 http://bit.ly/2FcaREx

7 http://bit.ly/2I2Ier7

8 http://bit.ly/2FcaREx

9 Japón. Lonely Planet.

10 http://bit.ly/2FnUILo

Leer completo
Un día como hoy, pero de 1965, Malcolm X recibía 21 impactos de bala frente a una audiencia de 400 personas. Era el violento fin de uno de los más incendiarios activistas de todos los tiempos. El siguiente ensayo se adentra en la “autobiografía” que el ministro escribió con ayuda del escritor afroamericano Alex Haley, y al hacerlo, resalta los rasgos más agudos de un personaje que convulsionó una época de por sí agitada.


I

Malcolm X fue asesinado el 21 de febrero de 1965 y, aunque él siempre había pensado que le tocaría morir de forma violenta —aseguraba hacer todo lo posible para estar preparado— pasó los últimos días de su vida en el desasosiego. Su casa había sido incendiada con bombas molotov. Recibía amenazas de muerte de manera constante. Sufría persecuciones en auto. Los hoteles donde se hospedaba recibían visitas de personas sospechosas que preguntaban por el número de su habitación.

Desde su rompimiento con el líder de los Black Muslims —Elijah Muhammad—, Malcolm X había moderado su discurso. Ya no consideraba que la integración entre afroamericanos y blancos fuera una trampa, había dejado de pugnar por una separación completa —física y moral— de Estados Unidos. En una entrevista concedida a Barry Sheppard, reconoció la existencia de “blancos sinceros”, aunque les recomendaba a estos que, en vez de unirse a “organizaciones de negros”, se organizaran entre ellos para quebrantar los prejuicios existentes.

En la moderación, irónicamente, había encontrado más amenazas que en el radicalismo, la delincuencia y la cárcel.

El domingo 21 de febrero por la mañana, Malcolm X marcó a su esposa, Betty, para pedirle que ella y sus cuatro hijas lo acompañaran en el Audubon Ballroom de Harlem, en la reunión donde hablaría aquella misma tarde. Las personas que entraron a la sala para escuchar al ministro no fueron registradas porque él ya no quería hacer sentir incómoda a la gente que se le acercaba. Dicen que sus últimas palabras fueron: “¡Tranquilos! Déjenlo estar”, refiriéndose a quien se acercaba para asesinarlo. De acuerdo con la autopsia, falleció por heridas de perdigones de escopeta en el corazón.

II

En la literatura, no se me ocurre una relación más ambigua que la de un escritor que emprende la tarea de escribir la “autobiografía” de alguien más. El que dicta, el dueño de la autobiografía, decide qué debe contarse; el que escribe, y para eso ha sido contratado, la estrategia para contarlo. La táctica narrativa del segundo debe ser infalible; capaz, incluso, de persuadir a quien ejerce la historia. La línea entre los dos termina por ser invisible. Y el lector más puntilloso pasa las páginas desconcertado, sin saber quién es el dueño de ese extraño, anómalo, influjo seductor. O si la seducción, en cambio, brinca en dos puntos, y el autografiado seduce al escritor, quien termina seduciendo a los lectores.

Alex Haley, afroamericano, originario de Nueva York, e hijo de un veterano de la Primera Guerra Mundial, había trabajado veintinueve años al servicio de la Guardia Costera de los Estados Unidos; en ese tiempo, había llegado a ocupar el cargo de Periodista en Jefe de la Guardia, un puesto creado específicamente para él en reconocimiento de sus habilidades literarias. Cuentan que las había desarrollado víctima del hastío durante los aislamientos, cuando comenzó un pequeño negocio consistente en escribir cartas de amor de otros marinos.

En 1959, Haley, en el retiro, inició una carrera como escritor civil, intrigado por la Nación del Islam, “una asombrosa religión de ‘los negros’” de la que una amiga suya hablaba con frecuencia. Propuso un artículo sobre el culto a Reader’s Digest y visitó un restaurante musulmán, ubicado en Harlem, donde le habían dicho que podía conocer al ministro Malcolm X. Cuando Haley le pidió una entrevista al joven ministro, este, encolerizado, lo acusó de ser una herramienta del hombre blanco. Haley le explicó que su intención era escribir un artículo objetivo, “que comparara lo que decían los musulmanes de sí mismos y de lo que ellos decían sus detractores”. Malcolm X dudó, y le pidió que fuera a entrevistarse con el “honorable Elijah Muhammad”, líder del culto, para pedirle permiso.

Haley se trasladó a Chicago para entrevistarse con Muhammad. Cenaron juntos y, aunque no hablaron del artículo para Reader’s Digest, el escritor se sintió cuidadosamente estudiado. Cuenta Haley que, a su regreso a Nueva York, encontró a un Malcolm X mucho más cooperativo. El artículo, titulado “Mr. Muhammad Speaks”, fue impreso a inicios de 1960, y con ello consiguió ser el primer texto publicado en una revista sobre el fenómeno de la Nación del Islam; gracias a él, Haley recibió comentarios halagüeños tanto de Muhammad como de Malcolm X, quienes le reconocieron sus intenciones objetivas.

Los “musulmanes negros”, como eran llamados entonces, ganaron el interés de la prensa conforme iban sumando adeptos. En los años siguientes, Alex Haley escribiría artículos sobre el tema para el Saturday Evening Post y una entrevista con Malcolm X para la revista Playboy; cuenta el escritor que, mientras realizaba esta última, el ministro solía decirle que el “demonio blanco” no iba a estar dispuesto a publicar sus palabras textuales; los editores de Playboy se mantuvieron firmes en su promesa y no censuraron una sola línea. En una de esas respuestas no censuradas, Malcolm X había asegurado: “Yo creo que lo que ustedes quieren hacer [al haberle brindado un espacio para que expusiera sus puntos de vista] es vender revistas. Nunca he visto a un hombre blanco sincero, o por lo menos cuando se trata de ayudar a la gente negra. Cosas como estas son hechas por la gente blanca para beneficiarse a sí misma”. Meses después, Malcolm reconocería el impacto que tuvo la entrevista, sobre todo entre los jóvenes universitarios, entre quienes comenzó a hacerse popular gracias a ella.

Un editor que había leído la entrevista se puso en contacto con el agente de Haley para sugerirle que se escribiera una autobiografía de Malcolm X. Alex Haley estaba dispuesto a hacerlo, pero luego de repensar la posibilidad, se dio cuenta de que había entrevistado al ministro en varias ocasiones y no conocía nada de su vida personal; era cuidadoso minimizándose a sí mismo y exagerando la importancia de su líder. Otro problema que debía sortear para realizar el libro, era que Malcolm X hacía sentir incómodos a los no musulmanes, como Haley, y tildaba a los escritores afroamericanos que trabajaban con personas blancas, como Haley, de “negros de corral”. Finalmente, el joven ministro aceptó, a condición de que todas sus ganancias fueran destinadas a las mezquitas y a condición de que en el manuscrito no se redactara nada que él no hubiera dicho y que nada que él quisiera decir pudiera ser omitido.

En las primeras sesiones, Malcolm X se dedicó a esconder su vida detrás de “la filosofía de los musulmanes negros”, y hacía rabietas cuando Haley le recordaba que debían hablar de su biografía. El escritor notó, no obstante, que mientras Malcolm X alababa a su líder Muhammad, hacía notas con un bolígrafo de tinta roja en cualquier papel que tuviera a la mano. Estratégicamente, Alex Haley decidió dejar servilletas al alcance de Malcolm para que este hiciera sus garabatos. Así descubrió que escribía notas como “Si la cristiandad se hubiera impuesto en Alemania, seis millones de judíos vivirían”, o “La mujer que llora constantemente lo hace solo porque sabe que se saldrá con la suya”.

Haley descubrió que Malcolm X podía hablar de una cosa y pensar en otra, y también halló, en la nota sobre “la mujer que llora”, una pista para “lanzar un señuelo” y que el ministro hablara de algo distinto de sus creencias religiosas. Al sacar el tema de las mujeres, Malcolm X aseguró que nunca había podido confiar plenamente en una, que en su esposa confiaba en un 75 por ciento y que ella lo sabía, y que había visto a demasiados hombres destruidos por sus esposas. Luego dijo que no confiaba en nadie, ni siquiera en él mismo, con excepción de Elijah Muhammad. También dijo que en Haley confiaba “alrededor de un veinticinco por ciento”.

En una sesión posterior, en la que el ministro estaba extenuado, Alex Haley decidió preguntarle algo sobre su madre. Este la recordó parada en la cocina, esperando a que él y sus hermanos terminaran de comer, llevando un vestido color “gris desvaído”, y luego habló hasta la madrugada recordando detalles de su infancia, brindando material suficiente para que el escritor pudiera esbozar los primeros capítulos del libro. En adelante, las experiencias que tuviera el ministro durante el día marcarían el tono de lo que decía a Haley durante las noches. Hablarían en automóviles, trenes y aviones, y entre ellos terminaría por desarrollarse una camaradería amistosa. “Sin lugar a dudas para mí era una de las personalidades más atractivas que había conocido, y por su parte, supuse, había aprendido que yo era alguien con quien podía desahogarse tranquilamente, sin que existiera la posibilidad de que se enterara alguien”.

En una bella ironía, Malcolm X depositó confianza en su autobiógrafo no por lo que le contara de su vida para que lo escribiera, sino por lo que le contaba off the record. Se convertiría en un libro posible, sobre todo, por lo que en él no estaba escrito. 

III

Malcolm Little nació el 19 de mayo de 1925. Fue el séptimo hijo de un ministro de la Iglesia Baptista, que militaba en la Asociación Universal para el Progreso Negro, y el cuarto hijo de una mujer afroamericana que había nacido en las Antillas Británicas y “tenía aspecto de mujer blanca”, por haber sido hija de un hombre blanco. Malcolm tenía la “piel más clara” que sus hermanos, motivo por el cual, según él, su padre le mostraba un favoritismo inconsciente y su madre cierta reticencia involuntaria; ella le pedía que saliera a la calle para “coger un poco de color”. Luego de la muerte de su padre, asesinado, presumiblemente, por miembros del Ku Klux Klan, su familia fue “destruida por la asistencia pública”, que separó a madre y hermanos; a la postre, ella sería internada en un hospital psiquiátrico.

Malcolm Little fue un pugilista frustrado; aseguraba que un muchacho blanco había sido el inicio y el fin de su carrera boxística, gracias a Alá, o de otra forma se hubiera convertido en una máquina de pegar. Quería estudiar derecho, pero un maestro le pidió que fuera realista y considerara, mejor, el oficio de carpintero. Trabajó como limpiabotas en bares de Harlem y llegó a pulir los zapatos de Duke Ellington. Consideraba haber dado el primer paso hacia la degradación al decidir, en la adolescencia, alaciarse el pelo, utilizando un potaje hecho con papas, lejía y huevos que quemaba el cuero cabelludo.

Traficó con drogas, fumaba mariguana de manera abundante y cuando fue llamado a las armas para combatir en la Segunda Guerra Mundial, fingió padecer una enfermedad psiquiátrica. Integró una banda que robaba casas y con base en su experiencia aconsejaba a las personas que, al salir, si querían repeler a los ladrones, dejaran encendidas las luces del baño específicamente. En la cárcel era apodado Satanás, y ahí mismo, siguiendo los consejos de uno de sus hermanos, se convirtió al islam. Su hermano le dijo que el diablo era en realidad el hombre blanco, y que debía seguir al gran Elijah Muhammad. Con base en la disciplina, se interesó por la etimología y llegó a transcribir un diccionario entero. Comenzó su carrera como orador en los debates semanales que un grupo de académicos organizaba en la colonia penitenciaria de Norfolk.

Al salir de la cárcel conoció a Muhammad y comenzó una campaña proselitista para que la Nación del Islam consiguiera más seguidores. Adoptó la X como apellido, letra que representaba el “verdadero apellido africano”, y no el apellido impuesto a sus antepasados por los “diablos blancos”; deseaba poder deshacerse del porcentaje de “violador blanco” que llevaba en la sangre. Asentado en Nueva York, ya como ministro, comenzó a acercarse a las iglesias cristianas para “pescar” nuevos musulmanes.

Si los periodistas le preguntaban si había algún blanco que hubiera hecho algo por los negros, él contestaba que ningún negro podía obtener un empleo decente en una fábrica norteamericana hasta que Hitler había hecho presión sobre los blancos. Aseguraba que George Lincoln Rockwell —jefe del Partido Nazi de Estados Unidos— predicaba y practicaba “la misma cosa”, por lo cual debía ser reconocido, a diferencia de otros blancos que se presentaban como liberales para darle “palmaditas a los negros en la espalda”. Rockwell, por su parte, afirmaba admirar la valentía del ministro, y creía que los dos debían dar discursos para acelerar “la solución del problema racial”. Malcolm X aseguraba que Martin Luther King era la mejor arma de aquellos blancos que deseaban bestializar a los “negros” en Estados Unidos. A Luther King no era necesario criticarlo, porque sus acciones lo criticaban en sí mismo. “Cualquier negro que predique a otro negro que ponga la otra mejilla lo está desarmando”. Detestaba a los afroamericanos de clase media, artistas e intelectuales, porque aquellos representaban sus críticos más acérrimos.

Cuando lo entrevistaban en la radio o en la televisión, su estrategia era hablar sin parar para que no lo interrumpieran. De acuerdo con Kenneth B. Clark, tenía una habilidad especial para transmitir la cantidad de emoción, resentimiento e indignación necesarios. Comenzó a ser llamado a las universidades —se convirtió en el segundo orador más solicitado de Estados Unidos—. Consideraba que tenía un sexto sentido para comprender, como orador, las reacciones del público.

Según Malcolm X, su distanciamiento de Muhammad comenzó cuando este fue acusado por dos antiguas secretarias de ser padre de cuatro hijos, lo que representaba una inmensa incongruencia entre las acciones y predicamentos de Muhammad, incongruencia que a cualquier musulmán debía costarle ser expulsado de la Nación por cometer adulterio. Según Muhammad, se debió a las desafortunadas declaraciones de Malcolm X después del asesinato de Kennedy: “Pollos que vuelven al corral”, había dicho a periodistas en referencia a que era comprensible que el odio de los hombres blancos terminara afectando al jefe de Estado. Era un hecho que Malcolm X había pasado a convertirse en el rostro más visible y protagónico de la Nación del Islam, y que suscitaba envidias entre otros ministros. Elijah Muhammad condenó a quien había sido su ministro predilecto a noventa días de silencio.

Pasados algunos meses, Malcolm X fundó Mezquita Musulmana Inc., cuyo objetivo era sacar “las fuerzas religiosas y espirituales necesarias para librar a nuestro pueblo de vicios que destruyen su fibra moral”. Viajó por primera vez a La Meca y descubrió que después de varios años de predicamento musulmán, no sabía cómo inclinarse para hacer los ritos de la plegaría: “los tobillos occidentales no llegan nunca a doblarse como los de los musulmanes”. Al conocer hombres blancos fuera de Estados Unidos, mismos que le dispensaban un trato fraterno, comenzó a revisar las ideas que de los blancos se había formado.

IV

A lo largo del libro, solo una vez Malcolm X refiere la existencia de Alex Haley, ¿o acaso es Haley quien decide aparecer, subrepticiamente, en la autobiografía que le es dictada? El ministro cuenta que su movimiento comenzaba a ganar interés en la prensa, enumera los diferentes medios que escribieron artículos sobre ellos, como Time, Newsweek y Reader’s Digest, “con sus veinticuatro millones de ejemplares traducidos a trece lenguas distintas”, en donde apareció el texto “Mr. Muhammad Speaks”, y a continuación reconoce que “el autor era Alex Haley, el escritor a quien yo estoy dictando este libro”.

No hay otra mención a Haley, a pesar de su importancia como personaje en los últimos días de Malcolm X. La autobiografía oculta las trabas que él ministro opuso a la escritura de “Mr. Muhammad Speaks”. Lo que constituye solo unas cuantas líneas de un párrafo en la vida del relator, es el momento que funda la vida profesional del escritor.

Algunas páginas antes de esa mención, el binomio X-Haley rompe la cuarta pared de la autobiografía, al declarar que el ejercicio del dictado del libro representa la primera vez que Malcolm X cuenta su “sórdido pasado”. Se justifica: “Para comprender a alguien, hay que conocer toda su vida, remontarse hasta el nacimiento. La personalidad del individuo es la suma de todas sus experiencias que ha vivido. Todo lo ocurrido es un ingrediente de su carácter”, y luego el dictado y la escritura estratégica vuelven a su cauce, como ajenos a su desviación.

Durante los últimos días de su vida, Malcolm X pidió que se hiciera una adenda al contrato de edición para que las ganancias fueran destinaras a Mezquita Musulmana Inc. o a su esposa Betty. “¿Cómo es posible escribir una autobiografía en un mundo tan cambiante como este?”, le preguntó a Haley en la posdata. Una vez le pidió al escritor que cambiara todo lo referente a los sentimientos nobles que había sentido hacia Elijah Muhammad, y Haley le pidió reconsiderar el cambio: “el libro perdería automáticamente parte del suspense y la tensión dramática”. Finalmente, Malcolm X consintió: “Olvida los cambios que había marcado, déjalo como tú lo habías escrito”. Con el adelanto de las regalías, esperaba comprar una casa —nadie iba a estar dispuesto a rentarle una—. Estaba seguro de que solo un milagro permitiría que siguiera vivo cuando llegara a publicarse el libro. 

 

César Tejeda 
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media Mi abuelo y el dictador.

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Hoy se celebran 90 años del nacimiento de Jorge Ibargüengoitia, el narrador, periodista y dramaturgo de ingenio afiladísimo cuya obra rezuma un aliento crítico incomparable en nuestras letras.

Jorge Ibargüengoitia no sabía conducir; era un flâneur. Calzaba alpargatas —nunca zapatos ni calcetines— y con ellas daba largas caminatas: desde la sede del periódico Excélsior hasta su casa ubicada en Coyoacán, por ejemplo. En la cocina, su especialidad era mezclar la gastronomía mexicana con la italiana. Aseguraba que escribía un libro cada vez que quería leer un libro de Jorge Ibargüengoitia, su escritor predilecto. Fue boy scout de niño y joven. Elena Poniatowska cuenta que los veía a él y a su gran amigo Manuel Felguérez “parados en la calle Obrero Mundial enfundados en sus pantaloncitos cortos azul marino, su cabeza cubierta con sombreros de fieltro”. Estudió algunos semestres de ingeniería, a través de un “plan tetramestral”, diseñado por él mismo, que consistía en estudiar solo cuatro meses al año, tiempo en teoría suficiente para aprobar los exámenes. Cuando su plan fracasó, decidió trabajar en una hacienda perteneciente a su familia, ubicada en Guanajuato; no pudo sacarla adelante y decidió venderla. Era huérfano de padre; Alejandro Ibargüengoitia murió cuando Jorge tenía ocho meses. Vivió siempre con su madre Luz Antillón y una tía, quienes lo llamaban, como sus amigos más íntimos, Coco. De acuerdo con Víctor Díaz Arciniega, en las cartas que Jorge envió a su madre durante un viaje que hizo a Europa a los 19 años, no había “barruntos del futuro escritor, porque ni la sintaxis, ni la ortografía ni, mucho menos aún, la composición general […] correspondían a eso que ilusoria y típicamente se toma como el germen de un escritor”. Cuando la madre murió, él y su pareja, la pintora inglesa Joy Laville, pensaron enviar a la tía a un asilo de ancianos, aunque finalmente no lo hicieron; un gesto que solía enorgullecerlos. Practicó la autobiografía a través de su libro de cuentos La ley de Herodes y sus columnas bisemanales: “Porque un día puedo hablar en contra de Echeverría y al día siguiente en contra de Carlos Fuentes. Después se acaba el material y tengo que hablar de mí mismo”. Según Luis García Guerrero, “Jorge era de trato muy difícil, porque era muy cáustico y no perdonaba nada”. Juan García Ponce escribió: “Jorge era delgado y serio hasta parecer triste”. Según algunos no era un buen conversador, como si careciera de facilidad de palabra. Según Poniatowska sus palabras y juicio brotaban “como cohetes en un brillante fuego de artificio mental”.

Inició su carrera como escritor en la dramaturgia; decía que la chispa de la vocación literaria se había encendido en él un día de 1951, en el Teatro Juárez de Guanajuato, a donde acudió a ver Rosalba y los llaveros de Emilio Carballido: “Confieso con un poco de vergüenza que ninguna representación teatral me ha afectado tanto como aquella”. Estudió, junto a Luisa Josefina Hernández —su musa de juventud y con quien tuvo una relación tormentosa— en el taller de Teoría y Composición Dramática de Rodolfo Usigli. Su primera obra fue una comedia titulada Susana y los jóvenes que escribió a los 25 años, y en donde, según Vicente Leñero, se anunciaban las características de su obra posterior: “una dominante ironía, una aparente simpleza de conflicto y una soterrada amargura en sus personajes derivada de sentimientos de frustración”. Después de leer la obra con entusiasmo, Rodolfo Usigli puso en la espalda del joven dramaturgo una losa que tendría que cargar toda la vida: “posee usted virtudes humorísticas que habrá de ahondar”, le escribió en una carta. Jorge Ibargüengoitia aseguraba que no era humorista ni payaso, que no trataba de hacerse el gracioso, que solo decía lo que veía como lo veía. Le molestaba su fama de ingenioso y agudo. “No me halagan cuando me dicen: ‘Ay, me reí como una loca o un loco al leer su obra’”. Consideraba que la clase media —aborrecible— no tenía sentido del humor, ya que este es lo contrario de la cursilería. Si sus artículos eran ingeniosos es porque tenía ingenio y si eran arbitrarios es porque era árbitro, “y si son humorísticos es porque así veo las cosas, que esto no es virtud ni defecto, sino particularidad”. No tuvo el éxito que esperaba como dramaturgo y comenzó a escribir narrativa, sin olvidar su “deformación profesional de dramaturgo”, que lo hacía escribir novelas cortas. “El medio de comunicación adecuado para un hombre insociable como yo es la prosa narrativa”. Consideraba que Pedro Páramo no era una novela: “no es más que un tanteo en cierto sentido”. Y que “la única novela que era una maravilla en México” era de Luisa Josefina Hernández, pero cuando lo dijo, en junio de 1957, la novela no se había publicado todavía. Sus escritores de cabecera eran aquellos que veían el mundo como él: Evelyn Waugh y Celine.

Solía quejarse de su situación económica, aunque, más que por quejarse en sí, lo hacía para hacer bromas de sí mismo. “Cuando empezaba a preocuparme muy seriamente por mí manutención y la de mi tía y mi mamá (que solo comen pathe foigrass), me ofrecieron un trabajo en una compañía de publicidad que me proporcionará dinero para vivir ampliamente. Tuve que aceptar. Escribiré robándole tiempo al sueño, al alcohol o al amor”. Solía terminar sus artículos periodísticos, según Vicente Leñero, “de cualquier modo, sin remate alguno”.

 

César Tejeda 
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media y Mi abuelo y el dictador.

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Hoy se cumplen cien años de la muerte de Émile Durkheim, el padre de la sociología moderna. El autor de libros capitales como El suicidio, Las reglas del método sociológico y Las formas elementales de la vida religiosa, libró desde muy joven una batalla académica en contra de “la brillantez literaria”: para estudiar los fenómenos sociológicos, eligió el tono plomizo de la ciencia. Presentamos aquí el recorrido de una vida dedicada al estudio de las ciencias sociales, cuyo legado es innegable.


Me he acercado a Durkheim después de algún tiempo lejos de él y de las ciencias sociales. He abierto mi viejo ejemplar de El suicidio y he revisado las notas que hice hace unos quince años. He descubierto que solía subrayar mis libros con lápices de punta gruesa —o lo que tuviera a la mano, supongo—, y que lo hacía con impunidad y altanería, redactando largos párrafos en los márgenes en los que peleaba en contra de la precisión de los conceptos. La concisión conceptual solo servía para privar a las palabras de su uso común, para cerrar las discusiones epistemológicas.

He revisado la introducción de El suicidio, me ha sido difícil comprender el significado de mis notas al margen, o me ha sido difícil reconocerme en ellas, y he releído aquella polémica concepción, categórica, ausente de toda lírica:

“Diremos, en definitiva, que se llama suicidio todo caso de muerte que resulte, directa o indirectamente, de un acto, positivo o negativo, realizado por la víctima misma, sabiendo ella que debía producir este resultado”.

*

David Èmile Durkheim, descendiente de una larga tradición rabínica en línea paterna, y de una familia de comerciantes en línea materna, nació el 15 de abril de 1858 en la provincia de Lorena. Estudió los primeros años en una escuela de rabinos de acuerdo con la tradición familiar, cuando parecía que aquél era su destino. Uno de sus biógrafos, Alpert Harry, asegura que Durkheim decidió interrumpir el camino religioso “debido a la influencia que en el muchacho ejerció una institutriz católica”.1 Como fuera, el futuro sociólogo no olvidaría que la religión constituye el más primitivo de los fenómenos sociales; que de ella emanan todas las manifestaciones colectivas.

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En el primer capítulo de la serie de televisión Mindhunter, el protagonista, Holden Ford —agente del FBI— conoce en un bar a Debbie Mitford, estudiante de posgrado en sociología. Una conversación entre los dos, en apariencia anodina, conlleva a la fundación de un área dedicada al estudio de las ciencias de la conducta en la agencia federal, que pretende responder a la pregunta, ¿por qué hay gente que asesina a desconocidos?

Debbie (recargada en la pared mientras escucha una banda de punk): ¿Qué te parece la teoría de la desviación de Durkheim?
Holden: ¿Qué es eso?
Debbie (incrédula): ¿No conoces a Durkheim?           

Holden (sarcástico): Sé qué es la desviación.
Debbie (irónica): Apuesto a que sí.
Holden (irónico): Es un gaje del oficio.
Debbie: Lo estudiamos en una de mis clases. Durkheim dice que toda desviación es un cuestionamiento a la represión normalizada del Estado.
Holden: Es un anarquista
Debbie: No. Fue el primero en sugerir que la delincuencia es una reacción a lo que hay de malo en nuestra sociedad.
Holden: Bueno, quizá si algo puede considerarse como mal en nuestra sociedad, es precisamente la delincuencia.
Debbie: Yo tengo la perspectiva sociológica. Tú tienes la perspectiva de un agente federal.

*
 
Después de obtener los mayores honores como bachiller, Durkheim trató de ingresar en la Ecole Normale Supérieure en 1877 y 1878, fallando en las dos ocasiones; su padre se hallaba enfermo y él intranquilo por la inseguridad económica de su familia. Vivía en una pobre pensión, con escasos recursos, en donde, además de todo, se veía obligado a estudiar latín y retórica en vez de ciencia, tal cual y como hubiera preferido. Entre aquellos libros de literatura que debía leer a la fuerza pudo surgir su animadversión en contra del lenguaje afectado. En su tercer intento, fue admitido en la Escuela Normal. Era 1879 y tenía 22 años.

En algunos retratos sobrevivientes de aquella época, el joven Émile destaca por su actitud seria, una cabellera entrecana y prematura y una barba cuantiosa, la causa de que sus compañeros —que conformaron una generación brillante— lo apodaran, sin ironía de por medio, como el Metafísico.

El Metafísico, pues, libró su primera batalla académica en contra de “la brillantez literaria”. Para estudiar los fenómenos sociológicos prefería el tono plomizo de la ciencia. Una vez despojada la sociología en ciernes de su tufo literario —o de las aspiraciones literarias de quienes la practicaban— debía incorporar un método propio; es decir, autonomía respecto al resto de las ciencias.

Gracias a la influencia del filósofo Émile Boutroux, Durkheim llegaría al principio de que los hechos sociales debían tratarse socialmente. De otro filósofo, Charles Renouvier, la idea de que debía construirse una ciencia de la moral. Del psicólogo Theodule-Armand Ribot, la certeza de que aspectos no conscientes influyen en la actividad humana.

En unos años, Durkheim había armado un sistema metodológico con base en influencias e ideas propias. En 1887 fue nombrado como profesor de pedagogía en la Universidad de Burdeos, cargo que aceptó bajo la condición de que pudiera enseñar al mismo tiempo ciencias sociales. Aquella concesión, en apariencia anodina, representaba el ingreso oficial de la sociología al sistema universitario francés.

*

El suicidio, libro que, por su fama, funda la sociología moderna, pudo surgir como una provocación. O como una sentencia en contra del utilitarismo británico, que solía explicar los fenómenos de la sociedad partiendo de motivos individuales. Hasta el suicidio, dijo Durkheim, una de las decisiones en apariencia más individuales, es un hecho social.  

¿Qué es un hecho social? Si las lentes microscópicas permitían el estudio de microorganismos, y las lentes telescópicas la observación del universo, la sociología necesitaba de un marco de referencia —de un aislante fenomenológico, por llamarlo de alguna forma— que permitiera la observación magnificada de “lo que el espíritu no puede llegar a comprender más que a condición de salir de sí mismo por vía de la observación”.2

A través del hecho social, Durkheim desechó las prenociones del sentido común y describió todo fenómeno social que fuera exterior a los individuos pero que, al mismo tiempo, constriñera sus acciones. La ley, por ejemplo.

 “Las causas de la muerte, en su mayor número, están fuera de nosotros más que en nosotros, y no nos afectan hasta que nos aventuramos a invadir su esfera de acción”.3

Como sociólogo, se encontraba dispuesto a transformar los paradigmas, a transformar las humanidades: “El crimen no es solo normal en toda sociedad, sino incluso necesario”. “El suicidio no es una decisión individual, es un hecho social”.

*

En 1902, Durkheim fue llamado a La Sorbona para impartir la cátedra en educación. Debieron pasar once años para que, en 1913, las autoridades académicas reconocieron que Durkheim impartía, en realidad, la materia de “Ciencia de la educación y sociología”. Dicen que sus alumnos lo veían como a Aristóteles.

Cuando comenzó la Gran Guerra, dirigió sus esfuerzos a su país, y lo hizo de manera entusiasta. Creó y fungió como secretario del Comité para la publicación de estudios y documentos de la guerra, comité que tenía la misión de enviar panfletos a los países neutros para contrarrestar la propaganda de los alemanes. “Publicó un estudio sobre la mentalidad alemana, en el que intentaba una explicación del carácter mórbido y patológico del sistema ‘moral y espiritual’ resumido en el famoso lema de Deutschland über Alles (Alemania, sobre todo)”.4 Incluso como panfletista, Durkheim resaltaba como teórico social. Una cruel ironía fue que, a pesar de su nacionalismo, fue acusado de deslealtad por ser un nativo de Alsacia y Lorena, y también por tratarse de un judío con nombre alemán.

Hacia enero de 1916, recibió la noticia de que su hijo André, un lingüista destacado, a quien Durkheim consideraba como su principal discípulo y sucesor, había desaparecido en el frente de Bulgaria, y en abril recibió la confirmación de su muerte. Aseguran que la pena del padre fue tan grande que prohibió a sus amigos que hablaran de André en su presencia. La salud de David Émile Durkheim, ya de por sí disminuida por exceso de trabajo, se volvió aún más precaria. Ordenó sus papeles, y casi dos años después de la muerte del hijo, precisamente el 15 de noviembre de 1917, falleció, a la edad de 57 años. 

*

Veinte años antes, en su magno tratado ya referido, había escrito:

“El soldado que corre a una muerte cierta, por salvar a su regimiento, no quiere morir y no es el autor de su propia muerte”.

“No es suicida —escribió también— el apático que, no interesándose vivamente por nada, no se impone el cuidado de conservar su salud y la compromete con su negligencia”.

Es como si hubiera acuñado uno de sus conceptos más importantes de cara al futuro, consciente de lo que iba a pasarle tanto a él como a su hijo. Cuidándose de que los dos quedaran fuera de él.

 

César Tejeda 
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media y Mi abuelo y el dictador.


1 Alpert, Harry. Durkheim. FCE. 1945

2 Durkheim, Émile. Las reglas del método sociológico. Ediciones Morata. 1974

3 Op. cit.

4 Alpert, Harry.

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Al menos en México, la obra de Miguel Ángel Asturias parece relegada al ámbito académico o al polvo de las bibliotecas. Sin embargo, también forma parte de una herencia que puebla la historia de la literatura en español, como lo demuestran estas dos breves evocaciones de escritores de generaciones alejadas.


Una mina difícil

Alberto Ruy Sánchez

Sus Leyendas de Guatemala me encantaron en la escuela secundaria. Toda la poesía inesperada que lo habita me hizo ver distinta a la lluvia, los olores del bosque, las mutaciones de la luz. Los brotes mitológicos mayas y la complejidad del mundo indígena me enseñaron por primera vez cómo un texto puede ser un textil tradicional. El léxico final de palabras y símbolos era una invitación perfecta para seguir pistas de lecturas interesantes. Pero mi profesor era muy crítico de los lugares comunes que habitan al fundamentalismo latinoamericanista del libro. Asturias fue entonces una iniciación a discernir la literatura de la demagogia.

Tanto Hombres de maíz como El señor Presidente me interesaron como imanes y me desilusionaron en la misma proporción que otros las idolatraron. De nuevo, una especie de fundamentalismo lationamericanista ahogaba cada posible encanto. Me resultaron, en mi postadolescencia, insoportables ejemplos del peor realismo, incluso cuando es mágico por decreto del lugar común. Me parecieron coherentes después con su fascinación por el estalinismo y hasta con su elogio al dictador Ceausescu. Murió veinte años después de Stalin, como encarnación de las ilusiones del siglo.

Me siguen interesando muchas de sus experimentaciones y sus léxicos, sus hallazgos de imágenes, sus estructuras complejas. Sus escenas realistas son más débiles pero pueden siempre volverse de moda.

Su vigencia radica en la que le demos cada uno a fragmentos elegidos. Su obra es una mina difícil, sumergida en el lodo de las ideologías y las facilidades realistas de todo tipo.

Alberto Ruy Sánchez (Ciudad de México, 1951).
Ensayista y narrador. Su más reciente novela, Los sueños de la serpiente, acaba de ser publicada por Alfaguara.


Herencia obligada

César Tejeda

Mi familia solía viajar a Guatemala cada tres o cuatro años durante las fiestas decembrinas, y en uno de aquellos viajes, cuando yo tenía quince años, una tía me regaló El señor Presidente. Me dijo que debía leer aquella novela con atención porque en sus páginas se retrataba la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, el tirano que había perjudicado a mis abuelos muchas décadas atrás. Me parece que el difícil —por enigmático— umbral de la novela, impidió que continuara con su lectura entonces. Debieron pasar unos cinco años hasta que, como estudiante universitario de ciencias políticas, traté de leerla otra vez. Fue un parteaguas, sin duda. Aunque un parteaguas difícil de asimilar. Por un lado, allí estaba la comprobación de que las novelas cuentan con mejores herramientas que las ciencias sociales para hablar del fenómeno del poder —por lo menos del poder autocrático, por lo menos en Latinoamérica—. Por el otro, yo había decidido estudiar ciencias sociales en vez de literatura, y tenía en las manos un libro que cimbraba aquella decisión. Desde entonces es la novela que más veces he leído.

Cuando decidí escribir una novela sobre la dictadura de Estrada Cabrera, comencé a leer a Asturias intimidado por su manera de trabajar con el lenguaje. Creo que su mayor virtud (o una de sus mayores virtudes) reposa en ese aspecto. Es un artista plástico del lenguaje, y sus estructuras narrativas constituyen en realidad formas —como figuras— narrativas. En la Avenida Reforma de Ciudad de Guatemala hay una escultura de Asturias que evoca, creo, lo que digo. El escritor camina con los brazos extendidos hacia atrás, y los libros que lleva en las manos comienzan a deshojarse, como una manifestación de lo táctil que resulta su obra.

A Asturias, me parece, le debemos el asombro con el que vio las cosas que lo rodeaban, un asombro que heredó y seguirá heredando a los escritores que lo frecuentan y también a quienes frecuentan a quienes lo frecuentaron. Es una de esas influencias inevitables, en el sentido de que ya forma parte de nuestro bagaje y lo hace más allá de nuestra voluntad. Afortunadamente.

César Tejeda (Ciudad de México, 1984).
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media y Mi abuelo y el dictador.

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