Tras el fallecimiento de Stan Lee, el siguiente texto sigue sus pasos para explicarnos la importancia de su obra: el acercamiento más humano y ordinario a los superhéroes y, sobre todo, creaciones que revolucionaron la industria del cómic.

Si Jerry Siegel y Joe Shuster pasarán a la historia como los pioneros del cómic de superhéroes con la presentación de su Superman en 1938, Stan Lee —que falleció ayer a los 95 años— será recordado, sin duda, como el mayor revolucionario del género, el responsable de su renacimiento y quien lo dotó de mayoría de edad. En las siguientes líneas hablaremos de la vida y obra de quien fue el motor creativo de Marvel, sinónimo de un universo, un estilo y una época.

Stan Lee en 2010. Fotografía de Gage Skidmore bajo licencia de Creative Commons

Stanley Lieber nació en Nueva York en 1922 y llegó a Timely Comics —una editorial que ganó fama con la creación del Capitán América en los 40 pero que se mantenía a flote con muchos problemas— cuando aún no cumplía los veinte. Su sueño era convertirse en novelista. La leyenda dice que, cuando tenía 18 años, y al quedar vacante el puesto de editor, Martin Goodman —que era el jefe de la compañía y su tío político— le pidió que tomara el trabajo “mientras encuentro a alguien permanente”. Treinta años después, Stan Lee, que comenzó a firmar sus trabajos bajo su famoso seudónimo, seguía siendo el editor de la casa.

En los años 60, luego de dos décadas editando y escribiendo historias bajo la dirección de Goodman, más interesado en maquilar historias del género de moda (fuesen superhéroes, westerns o cuentos de terror) e inundar el mercado con ellas que en crear algo nuevo, Lee estaba listo para renunciar. Fue entonces que Goodman le pidió crear un equipo de superhéroes totalmente nuevo para tratar de imitar el éxito que DC Comics había obtenido con la Liga de la Justicia de América (LJA). De nuevo, la historia cuenta que fue su esposa Joan quien convenció a Lee de darle una última oportunidad al negocio y aprovechar la propuesta para escribir la historia que siempre había querido hacer.

El resultado fue The Fantastic Four, cuyo primer número apareció a finales de 1961, de la mano de Lee y del ya reconocido dibujante Jack Kirby. La trama es conocida: un cuarteto liderado por un científico, determinado a vencer a los soviéticos en la carrera espacial, acaba obteniendo habilidades sobrehumanas producto de la radiación, en un accidente espacial. En tan solo 13 páginas, Lee y Kirby nos los presentan, nos cuentan su origen y narran una de sus aventuras, enfrentándose a un villano llamado Mole Man: toda una lección de storytelling. El objetivo de la pareja era crear una historia que le resultara atractiva a la “legión del chicle” (como llamaba Lee a los niños), pero también a lectores mayores y a quienes estuvieran interesados en la fantasía y la ciencia ficción, aunque no en los personajes de mallas y capa.

Portada del primer número de The Fantastic Four (Los cuatro fantásticos), de 1961

Como escriben Roy Thomas y Peter Sanderson en su libro The Marvel Vault, la creación de “The Fantastic Four inició algo distinto en el mundo del cómic: superhéroes más falibles, más realistas, más humanos que lo que los lectores habían experimentado en las tres décadas de existencia del medio”. El resultado funcionó y de la mano de una de las parejas más prolíficas de la historia del cómic, Timely (que cambiaría su nombre a Marvel en 1963) comenzó un momentum creativo inédito: en 1962, Kirby y Lee crearon The Incredible Hulk, que en su primer número era gris, no verde. En el mismo año crearon, junto al dibujante Steve Ditko y pese a la desaprobación de Goodman, a Spider-Man: el superhéroe adolescente que acabó convirtiéndose en el símbolo de la editorial. Aún en 1962 ven la luz The Mighty Thor y Ant-Man. En 1963, Lee crea con Kirby a The Invincible Iron Man, un superhéroe que llevaba un marcapasos bajo su armadura y, junto a Ditko, concibe a Dr. Strange, un cirujano convertido en hechicero. Luego siguieron The Mighty Avengers, una respuesta directa a JLA, y The Uncanny X-Men, un quinteto de jóvenes mutantes que retrataban los peligros de los estereotipos y la discriminación hacia quien es diferente.

La lista podría seguir. En esos años, la creatividad de Lee sólo parecía limitada por la velocidad de sus compañeros artistas, y el particular método de trabajo que existía entre el escritor y los dibujantes pronto se volvió famoso: el proceso comenzaba con Lee escribiendo un resumen de la historia de una o dos páginas, que el artista luego tenía libertad para transformar en imágenes. Una vez hechas las viñetas, Lee se encargaba de escribir los diálogos, poniendo los globos de texto ahí mismo, sobre el arte original. Luego, las páginas dibujadas pasaban a los letreristas, entintadores y coloristas. Esta manera de trabajar fue bautizada como el “Método Marvel” y pasó a ser imitada por otras editoriales. Lo que no es tan conocido es que el origen de este estilo de trabajar nació con la necesidad: en la época de maquila en Timely, cuando lo que importaba era la cantidad y no la calidad, Lee encontró en este método la forma para que los artistas no tuvieran que esperar a que terminara cada uno de sus guiones hasta el último detalle y mantener a la editorial produciendo ininterrumpidamente.

Las creaciones de Lee y de sus compañeros en “La Casa de las Ideas”, como comenzó a llamarse también a Marvel, fueron un éxito perdurarble, instalándose hasta la fecha en la cultura popular: son personajes que 50 años después siguen protagonizando cómics y aparecen en adaptaciones de distintos formatos: la noticia de la muerte de Lee llega sólo algunas semanas después de que se anunció que uno más de sus personajes, un vampiro llamado Morbius, será llevado al cine.

Las razones de su éxito son varias pero pueden resumirse en dos: en primer lugar, Stan Lee creó historias con héroes imperfectos —con pies de barro, como suele decirse— que, dentro de su fantasía, estaban plagadas de realismo y complejidad. La vida del desafortunado Spider-Man, que tendía siempre más a lo patético que hacia lo épico, era mucho más parecida a la del lector que la de cualquiera de sus antecesores. No hay imagen más icónica de lo que significó la revolución de Lee que la de Peter Parker por la noche, sentado frente a una máquina de coser, teniendo que remendar su disfraz luego de alguna batalla. O en un registro más trágico, el fallecimiento de la joven Gwen Stacy, pareja del héroe que, en un suceso inédito en el mundo del cómic, no solo murió sino que permaneció muerta.

La segunda razón es que Stan Lee concibió historias y personajes que supieron interpretar, en un medio tan accesible como el cómic, la historia de su tiempo: sí, definitivamente en sus páginas hay un exceso de villanos procedentes de la URSS, China o Vietnam (un producto de la Guerra Fría), pero también surge el retrato del drama que vive cualquier minoría discriminada en los X-Men, así como la tensión entre las posiciones conciliadores de Charles Xavier y las más radicales de Magneto, que replican, salvando las distancias, las de Martin Luther King y Malcolm X. Los guiones y personajes de Lee dieron cuenta de la pluralidad de las sociedades como pocos: Daredevil (1964) fue el primer superhéroe con una discapacidad; Luke Cage (1972), el primero en ser negro.

En suma, Lee llevó a un medio (el cómic) y a un género (el de superhéroes), otrora considerados exclusivamente para niños o soldados en el frente, más allá de sus fronteras. Al hacerlo, atrajo la atención de una audiencia más amplia y exigente y al mismo tiempo hizo posibles futuras obras maestras como Watchmen, de Alan Moore.

Stan Lee dejó de escribir cómics regularmente en 1972 (el último fue The Amazing Spider-Man #110). Algunos historiadores del cómic fechan ahí el final de la Era de Plata de este arte, iniciada con The Fantastic Four #1. En ese mismo año, Lee se convirtió en presidente de Marvel, sucediendo a Goodman, y en el editor principal, decidiendo qué historias se publicaban o no. Aunque dejó el primer puesto pronto, se mantuvo activo en el segundo por muchos años. De su labor como editor destaca darle paso a futuros maestros como Chris Claremont, John Byrne o Frank Miller (antes de su deriva fascista). En esa misma década, Marvel finalmente sobrepasó a su histórico rival, DC Comics, en número de ventas.

Conocí el mundo de Stan Lee en los años 90, cuando cursaba la escuela primaria. Curiosamente, eran malos tiempos para Marvel: la empresa había tenido que declararse en quiebra luego de un desastre derivado de especulaciones en la bolsa y un grupo de sus artistas más exitosos (Jim Lee, Erick Larsen, Todd McFarlane, entre otros) se había marchado de la editorial para fundar una compañía propia, Image Comics. Pero eso un niño de 10 años ni lo sabía ni le importaba. Eran, aquí en México, los tiempos de Editorial Vid: los herederos de Yolanda Vargas Dulché habían comprado los derechos editoriales de los cómics de Marvel y, por poco más de 5 pesos de entonces, podían leerse en español El Hombre Araña y Los Hombres X, con el característico logo de la hoja de parra. En una pequeña ciudad en la que no existían apenas librerías (solo había, lo recuerdo bien, tres papelerías que vendían además algunos libros), ir al quiosco de revistas que estaba frente a mi escuela cada quince días era una experiencia tan extraordinaria como inolvidable.

De las historias que nos dejó Stan Lee aprendí mucho en esos años: desde palabras como “otrora”, que nunca he visto tanto como en sus historias, hasta conceptos científicos como el de “simbionte”, que ninguna clase de biología podría explicar mejor que el personaje de Venom, pasando por la geografía de lugares como Nueva York, pues fueron sus personajes los primeros en vivir en ciudades reales, no imaginarias. Y que la radiación no es cosa de juego. Pero sobre todo, que el heroísmo está lejos de lo que nos dicen los libros de historia tradicionales y las estatuas: que es, la mayoría de las veces, un asunto de hombres y mujeres ordinarios que se encuentran de repente en momentos extraordinarios, con sus defectos y vidas privadas a cuestas. Y que el poder que uno tiene —por pequeño que sea— entraña siempre una responsabilidad.

‘Nuff said.

 

César Morales Oyarvide

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Ingeniero agrónomo de formación, nacido en la isla francesa de Reunión —muy cerca de Madagascar— y criado por una abuela comunista luego de que sus padres hippies se desinteresaran de su existencia, Michel Houellebecq (1956) es desde hace años una voz particular dentro de la literatura francesa contemporánea: un pesimista agudo, siniestramente cómico y siempre provocador.

houellebecq

En El mapa y el territorio, novela que le valió el Premio Goncourt en 2010, Houellebecq narra la vida de un artista plástico, Jed Martin. En una escena del libro que transcurre en una galería de París donde el protagonista expone su obra, aparece un invitado singular: Carlos Slim Helú, a quien se nos presenta como un “anciano de cara extenuada y ligeramente abotagada, con un bigotito gris y un traje negro mal cortado”. Después de observar con cuidado uno de los lienzos de Martin durante unos momentos, Slim abandona la galería a bordo de una limusina.

La presencia del magnate mexicano en esta novela capturó mi atención y me llevó a reflexionar sobre la importancia de la economía en la obra de Houellebecq, pues más allá de sus frecuentes polémicas1 y salidas de tono, hay algo indudable: su trabajo representa una de las críticas más implacables contra el capitalismo y la sociedad de mercado hechas desde la literatura.

Ya desde su primera novela, Ampliación del campo de batalla (un pequeño libro, vagamente autobiográfico, publicado en 1994), el escritor, tal como dice el protagonista del relato, “va a por todas”. La idea que da título a la obra es lo que podría llamarse la política económica neoliberal del sexo. Para el narrador, hoy, no sólo el comercio sexual explícito sino todas las formas de relaciones de pareja, seducción y erotismo son reguladas por las leyes del mercado, lo que las convierte en un sistema de jerarquía social paralelo al económico, y con resultados igual de dramáticos. La tesis aparece expuesta con claridad en uno de los párrafos centrales de la novela:

“En un sistema económico perfectamente liberal, algunos acumulan considerables fortunas; otros se hunden en el desempleo y la miseria. En un sistema sexual perfectamente liberal, algunos tienen una vida erótica variada y excitante; otros se ven reducidos a la masturbación y a la soledad. El liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad.”

Por ello es que resulta tan afortunada la reciente aparición en Anagrama de la traducción al español del libro Houellebecq economiste (en francés se publicó en 2014), escrito por Bernard Maris, economista y periodista que fue, entre otras cosas, colaborador regular del semanario Charlie Hebdo bajo el seudónimo “Tío Bernard”.2

Maris, que define a la economía como una “pseudociencia cuyo hiperbolismo matemático oculta su nada conceptual”, analiza la obra de Houellebecq a través de los ojos de pensadores como Marshall, Malthus, Keynes, Schumpeter, Marx o Fourier. Y, con una pluma que en ocasiones recuerda a la de Viviane Forrester,3 repasa el tratamiento que el novelista y poeta hace de temas como el individualismo, la empresa, el consumo, el trabajo o la posibilidad de un futuro más allá del capitalismo.

Houellebecq economista inicia con una crítica a la antropología que sostiene la sociedad de mercado: la de los seres humanos como individuos utilitaristas, dependientes de la ley de la oferta y la demanda, cuya única motivación es la cuantificación de placeres y penas. Sobre esta visión, que olvida pronto la complejidad de la vida humana, Houellebecq dirá: “la economía casi no estaba ligada con nada, sólo con lo más maquinal, previsible y mecánico que había en el ser humano”. Sin embargo, los personajes del mundo houellebecquiano se ven obligados a vivir en este reino de individualismo racional, donde todo vínculo colectivo ha quedado destruido. Será en su segunda novela, Las partículas elementales, donde el escritor denuncie —a la par que narra la historia de dos hermanastros, el profesor Bruno y el biólogo Michel— esta “detestable tendencia a la atomización social” que ha reducido a los seres humanos a la categoría de quarks y leptones en un aislamiento sólo interrumpido por choques esporádicos y relaciones transitorias.4

Al hablar del mundo empresarial, uno de los telones de fondo de las novelas de Houellebecq, Maris se sirve del concepto de “destrucción creadora” de Schumpeter para describir la incertidumbre en que el mercado (a través del riesgo permanente de desempleo, pero también por la vida efímera de todos los productos) mantiene lo mismo a asalariados que a ejecutivos. Este estado de miedo e incertidumbre, que Maris considera la esencia del capitalismo, es un viejo conocido de los personajes de Michel Houellebecq. Sus novelas están repletas de hombres y mujeres alienados por su trabajo, que bien podrían describirse como hace el narrador de El mapa y el territorio: “tenía aspecto de técnico comercial; tenía aspecto de no poder más”.

El siguiente tema al que Houellebecq economista dedica su análisis es el del consumo, rastreando en el trabajo del escritor la influencia de Keynes, por quien Maris confiesa especial admiración. Como el autor de la “Teoría general”, Houellebecq descubre el carácter infantil del capitalismo en la imposibilidad de que el consumo se detenga, en el imperativo de desear siempre. Los consumidores —“kids” definitivos— aparecen a menudo dentro del coro houellebecquiano, pero serán el corazón de su tercera novela: Plataforma. En esta obra, los dos protagonistas, el funcionario Michel y la joven ejecutiva Valérie, conciben la idea de construir en Tailandia un nuevo modelo de club erótico de vacaciones, en donde se llevan al límite los planteamientos de la “ventaja comparativa” y el “libre cambio”: los pobres (las mujeres tailandesas) pondrán la carne, mientras que los ricos (los turistas occidentales) pondrán el dinero. Esta aparente utopía liberal en la que el mercado se encuentra al fin libre de toda tutela ética acaba, naturalmente, en una tragedia.

Como bien señala Maris, es El mapa y el territorio donde Houellebecq elabora una reflexión más acabada sobre el mundo del trabajo. El autor denuncia el ocaso de los oficios y el triunfo actual de empleos que le parecen propios de parásitos (como los expertos en publicidad y los especuladores) al tiempo que se pregunta: ¿por qué acepta la gente trabajos extenuantes, embrutecedores y aburridos? Houellebecq deplora el incentivo propio de la sociedad de mercado, el beneficio, pero también recuerda que fue precisamente la incapacidad para generar una motivación alternativa a la ganancia lo que condenó el experimento soviético al fracaso. A través de la evocación de la Hermandad Prerrafaelita y su pugna por abolir la distinción entre “arte” y “artesanado”, Houellebecq —sostiene Maris— vuelve a Fourier y a la idea de la dignidad producto del trabajo útil. Una ética laboral que no se funde en el deseo de “bajar un día a la tumba con todo su dinero”5 sino en el amor por el trabajo bien hecho.

El último capítulo de Houellebecq economista está dedicado a las perspectivas de un mundo después del capitalismo en la obra del escritor, echando mano de Las partículas elementales y de otra novela menos conocida, La posibilidad de una isla. Aquí Houellebecq coincide con pensadores clásicos como Malthus en su pesimismo e imagina un futuro repartido entre una multitud pauperizada (salvaje, embrutecida y cruel) y una pequeña minoría de ricos. Para los pocos elegidos, el “final feliz” significa gozar de una inmortalidad obtenida gracias a la ciencia. En este “paraíso” houellebecquiano se eliminan el sexo, el deseo y el dinero, y los inmortales viven en paz (aunque todavía sufren, pues no conocen el amor). El capitalismo y la sociedad liberal son recordados como un “paréntesis peligroso” en la historia, asociados a la brutalidad masculina e incompatibles, en el largo plazo, con la vida.6

Aunque Michel Houellebecq no escribe sólo de economía, pocos como él —dentro o fuera del mundo literario— parecen haber comprendido tan bien el horror económico que sufre nuestra época. Sin embargo, no se encontrará  en su obra una apología de la izquierda, y mucho menos del socialismo;7 su mirada es, como la de su personaje Jed Martin, “más la de un etnólogo que la de un comentador político”. Alguien que comienza lanzando una advertencia (¡en 1994, en pleno romance neoliberal!) y termina limitándose a dar testimonio de su época, al darse cuenta que el mal rumbo es ya incorregible. Un poeta que, como Vargas Vila, podría decir: “Doy fe de su victoria, y la desprecio”.

Fiel a su estilo, Nietzsche escribió alguna vez que el gran novelista Fiodor Dostoievski era el único psicólogo que le había enseñado algo.8 Salvando las distancias, de Michel Houellebecq podría decirse otro tanto: agrónomo, poeta, escritor, es uno de los economistas de los que más puede aprenderse.

 


1 La última a raíz de la publicación de su última novela, Sumisión, ubicada en un futuro cercano en el que Francia se convierte en un régimen islámico.

2 Maris murió el día 7 de enero de este año, junto a 10 personas más, en el atentado terrorista contra Charlie Hebdo el mismo día que salió a la venta en Francia la novela Sumisión, en una coincidencia macabra que no pasó desapercibida.

3 La obra de Maris se compone de tres novelas, además de una veintena de libros académicos y de divulgación.

4 Houellebecq considera que esta atomización es producto de la deriva de los movimientos de 1968, con su énfasis en la libertad individual, en consonancia con lo que han planteado pensadores como Nancy Fraser, para quien las principales corrientes de las luchas emancipatorias surgidas en los 60 han terminado por decantarse hacia una alianza con la mercantilización, dándole a ésta una nueva fachada, popular y seductora.

5 Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

6 Uno de los cuadros del protagonista de El mapa y el territorio, “La conversación de Palo Alto”, puede considerarse una referencia alegórica a esta asociación entre el capitalismo y la muerte. La obra representa a Bill Gates y Steve Jobs jugando una partida de ajedrez. En realidad, dirá Houellebecq, lo que Martin retrata es “una breve historia del capitalismo” en la que Jobs, de pie y visiblemente consumido por el cáncer, domina sobre un Gates sentado en actitud distendida. En la mirada del fundador de Apple se lee “la tristeza indefinida de los adioses”, es decir, la muerte, el fin.

7 En El mapa y el territorio Houellebecq define a los votantes de los partidos de izquierda radical como una “clientela habitual de masoquistas huraños”.

8 La frase se encuentra en El crepúsculo de los ídolos.

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Se cumplen cien años del nacimiento de Albert Camus, escritor ganador del Nobel y, ante todo, gran moralista. Quizá por eso, para sus lectores resulte tan seductora su biografía, pues el genio moral es eminentemente vital: se exhibe en la existencia lo mismo que en la obra, como señala Hugo Hiriart (http://www.nexos.com.mx/?p=15554).

Uno de los temas que mejor muestran esta unión entre el talento, las convicciones y la trayectoria de Camus es el de la pena de muerte, de la que fue un firme detractor por considerarla inútil y nociva. En 1957, el año en que fue premiado en Estocolmo, Camus publicó un largo ensayo donde expuso sus opiniones sobre el particular –“Reflexiones sobre la guillotina”1. Sin embargo, su rechazo al “asesinato administrativo” tiene una historia más compleja que conviene recordar en tiempos de populismo punitivo

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Historia de una oposición

Tanto en las “Reflexiones…” como en “El Primer hombre”, Camus cuenta una anécdota, posiblemente una de las pocas noticias concretas que tuvo de su padre, muerto en la Primera Guerra Mundial cuando el escritor tenía apenas un año.  En 1914, un hombre asesinó a una familia de agricultores en Argel, incluidos niños, por lo que fue condenado a muerte. El padre de Camus se sintió especialmente indignado y, como mucha gente, quiso presenciar el suplicio de “aquel monstruo”. De lo que vio aquél día –única vez que asistió a una ejecución– nunca habló con nadie. La madre de Camus sólo contaba que el hombre había vuelto a casa corriendo, mudo y con el rostro desencajado. Después se tumbó en su cama y, de repente, se puso a vomitar.

Camus dirá, en su madurez, que la nausea de su padre (“hombre recto y sencillo”) revelaba lo indignante de la guillotina, y que una ejecución, lejos de reparar la ofensa inferida al cuerpo social, añadía una nueva mancha a la primera.

Pese a que esa anécdota seminal acompañaría en adelante al escritor, las Segunda Guerra Mundial pondría a prueba este sentimiento orgánico de rechazo a la pena capital. En una Francia dividida entre hombres de la resistencia y colaboracionistas, el joven Camus gozaba de una merecida autoridad moral. Como portavoz de su generación, Camus apoyó con especial vehemencia la necesidad de un castigo severo e implacable a los partidarios de Vichy, una “depuración” de esos “hombres de traición e injusticia”. En octubre de 1944 escribió que “su mera existencia planteaba un problema de justicia” y la cuestión era “cómo destruirlos”. Poco tiempo duraría esa confianza.

A escasos meses de escribir esas líneas, Camus firmaba una petición de clemencia para Robert Brasillach, escritor antisemita y colaboracionista sentenciado a muerte. Camus firmó, según una carta de 1945, sencillamente porque estaba en contra de la pena de muerte, aunque despreciaba a Brasillach con todas sus fuerzas, pero lo cierto es que el autor de “El Extranjero” estaba pasando, como bien describe Tony Judt (http://www.letraslibres.com/revista/dossier/albert-camus-el-moralista-reticente), de “ser el confiado portavoz de la resistencia victoriosa a convertirse en un reticente peticionario de clemencia […] y a transformarse finalmente en un crítico arrepentido de los excesos de intolerancia y de la injusticia de las purgas de la posguerra”.

Tiempo después, en 1948, Camus sintetizaría su nueva posición desde Combat, diciendo que “las personas como yo querrían un mundo, no donde ya no se mate […], sino donde el asesinato no esté legitimado”. Es decir, donde no tenga cabida la pena de muerte. No fue, desde luego, una transición sencilla. Ubicaba a Camus en una posición difícil, incómoda e impopular, lo mismo en torno a los gulag que al conflicto colonial entre Francia y su natal Argelia.

El mutismo de Camus ante el problema argelino es conocido. Alejado de todos los partidos, su posición (a favor de una solución federalista y de una tregua civil) fue tachada de ingenua y desconocedora de la real politik. Horrorizado por la violencia tanto de un gobierno torturador (“hacemos en estos casos lo mismo que les reprochamos a los alemanes”, escribió también en Combat,) como de los militantes del Frente de Liberación Nacional,  Camus guardó silencio público.

No obstante, como escribe Robert Zaretsky (http://www.counterpunch.org/2011/12/23/albert-camus-the-guillotine%E2%80%99s-relentless-foe/), fuera de foco, en privado, Camus siguió en activo, interviniendo ante las autoridades por la conmutación de las condenas a muerte de cientos de personas, especialmente de argelinos. Camus intervino una y otra vez respondiendo a solicitudes de intermediación, a pesar de su mutismo público y su preocupación por el destino de su familia, pues la paz en Argelia no se podría imponer por medio de la guillotina. Su lucha en defensa de estos condenados sólo la interrumpiría la muerte, en 1960.

Nuestro contemporáneo

No es mi intención profundizar aquí en los argumentos utilizados por Camus contra la pena capital  –muy alejados, por cierto, de lo que llama la “ilusión por la bondad natural del hombre” y de la sensiblería en la que “se confunden los valores y las responsabilidades, se igualan los crímenes y la inocencia pierde finalmente sus derechos”. Lo que me interesa subrayar es la vigencia de su ejemplo y la pertinencia de la lectura de sus “Reflexiones sobre la guillotina” hoy, en un clima cada vez más marcado por la obsesión por la seguridad  y el apetito punitivo.

Como ha explicado Fernando Escalante2, en el cambio de siglo no existió un aumento drástico de la criminalidad, ni en México ni en Europa ni en Estados Unidos. Sí hubo, sin embargo, una creciente sensación de miedo e incertidumbre. En ese contexto, el crimen –especialmente el crimen visible, violento–  actuó como una especie de pararrayos de otros miedos y angustias más difíciles de identificar.  El resultado ha sido el auge de un discurso populista y simplón, donde el castigo pasa a tener un fin casi exclusivamente punitivo –incluso de supresión física–  y se abandona toda idea de reinserción o readaptación. Es la manifestación de lo que Bernard E. Harcourt llama “penalidad neoliberal”3: la paradójica afinidad entre el liberalismo económico y las políticas de mano dura, entre Smith y Beccaria, donde a la esfera supuestamente amoral y autorregulada del mercado le corresponde, como reflejo invertido, una esfera penal cada vez más amplia, altamente moralizada y con una intensa, casi despótica intervención estatal.

Pienso en la crisis de seguridad de México, y en la bochornosa campaña del  Partido Verde Ecologista en las elecciones de 2009 con la que, de la mano de dos celebridades, propuso establecer la pena de muerte para asesinos y secuestradores.

O en la facilidad en que se pasa de la “lucha contra el narcotráfico” a la “lucha contra los narcotraficantes”, volviendo al número de criminales detenidos y muertos el más claro indicador de éxito.

O en los nuevos eufemismos para los asesinatos del Estado, cuando presuntos delincuentes se “neutralizan”, se “abaten” o se “inhabilitan”. Presuntos delincuentes casi siempre pertenecientes a las clases populares, no hay que olvidarlo. 

O en nuestra manera de nombrar la violencia, y en la obscenidad de calificar automáticamente a las muertes que ocurren a diario, y de las que apenas se sabe nada, como “ejecuciones” de criminales perpetradas por otros criminales –y en la fantasía de la “justicia del narco” que esa palabra evoca.

Y recuerdo que estar en contra de la pena de muerte es proclamar que la sociedad y el Estado no son ni pueden ser valores absolutos, que rechazar estos crímenes implica “decretar que nada los autoriza a legislar de forma definitiva ni a producir lo irreparable”. Camus lo escribió en 1957, nos interpela hoy.

 

César Morales Oyarvide

1 El texto puede encontrarse en la red. Hay una reciente edición en español (2011), de Capitán Swing Libros, donde se acompaña de las “Reflexiones sobre la horca” de Arthur Koestler.

2 En “El crimen como realidad y representación. Contribución para una historia del presente”, El Colegio de México, 2012

3 En “The illusion of free markets. Punishment and the myth of natural order”, Harvard University Press, 2011

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