El 3 de agosto de 1914, pocas horas después de que Edward Grey se dirigiera a la Cámara de los Comunes con el discurso que convencería a Inglaterra de entrar a la Primera Guerra Mundial, el secretario de la Foreing Office veía caer la tarde desde su oficina de Whitehall con un grupo de amigos. La luz artificial empezaba a iluminar la noche. Al contemplar el tenue fulgor, este hombre de nariz romana y carácter serio pronunció una frase que cifraría el futuro de la historia: “Las luces van a apagarse en toda Europa y ya no las volveremos a ver brillar en nuestras vidas”.

En El mundo de ayer, noble y conmovedor retrato de una época, Stefan Zweig evoca un mundo de veranos esplendorosos. Europa llevaba casi medio siglo sin guerra; las ciudades crecían fuertes y sanas, el progreso permitía que la sociedad trabajara menos y disfrutara de la vida. La gente paseaba por los montes, atiborraba parques y albercas públicas, salía de vacaciones, hacía deporte, se asoleaba. Robert Graves escalaba las montañas de Gales, Wilfred Owen daba clases en Burdeos, Zweig recorría Europa, enamorado de su cultura.

Sin embargo, los vapores de la guerra pronto embriagaron al continente. Tras el discurso que el rey Alberto dirigió a sus súbditos una hora después de enterarse que las tropas alemanas acababan de invadir Bélgica, el delirio se apoderó de la gente. El ejército, visto con recelo por el pueblo hasta entonces, se convirtió de inmediato en un cuerpo de héroes que defenderían a muerte la independencia belga, tan costosamente ganada. Ese mismo día en París, los soldados recorrían las calles en uniforme de gala, cantando exultantes. La gente, los corceles, las armas, eran ríos que se dirigían a la Gare du Nord y la Gare de l’Est con destino a la gloria. Miles más inundaban las plazas y avenidas con pancartas que exclamaban “¡Luxemburgo nunca será alemán!”, “Italia, cuya libertad fue ganada gracias a la sangre francesa”, “España, la hermana adorada de Francia”, “Latinoamérica vive para la madre de la cultura latinoamericana”. En Berlín, cuando dos hombres a bordo de un auto propiedad del diario Berliner Tageblatt comenzaron a arrojar volantes que anunciaban la declaración de guerra inglesa, una multitud rabiosa apedreó la embajada británica. En los despachos del Reichstag, con la maquinaria inexorablemente puesta en marcha hacia Lieja, el canciller Theobald von Bethmann-Hollweg aseguró, regocijado: “Cualquiera que sea nuestro destino, el 4 de agosto de 1914 quedará grabado en la eternidad como uno de los días más grandes de la historia alemana”.

Soldados británicos en las trincheras durante la batalla del Somme.

En el momento más ilustrado de la historia, muchos, demasiados intelectuales se volcaron inicialmente en favor de la contienda. Escritores alemanes y austriacos componían poemas bélicos y maldecían enérgicamente a sus pares franceses e ingleses. La invasión a Bélgica era justificada por filósofos y pensadores; hombres de letras corrían a la oficina de reclutamiento para ponerse a las órdenes de la patria. El poema “Canto de odio a Inglaterra”, de Ernst Lissauer, musicalizado y hasta adaptado para teatro, era recitado por 70 millones de alemanes como un nuevo himno. En Inglaterra, obras como The First Hundred Thousand, de Ian Hay Beith, describían lo divertido que era vivir en el campo de entrenamiento, donde los valientes soldados la pasaban bomba en un ambiente de camaradería y festividad. Todo sería boato y eufemismo. El apellido Kaiser pasó a ser Kingsley, los pastores alemanes, alsacianos. Los partes oficiales atemperaban la realidad. En Gallipoli to the Somme: Recollections of a New Zealand Infantryman, el matemático Alexander Aitken recuerda el lenguaje de los comunicados: “Se ha expulsado al enemigo tras una intensa lucha; se ha producido una enérgica respuesta”. Tiempo después entendería que enérgico e intenso querían decir que la mitad de la compañía había resultado muerta o herida.

Las potencias, casi todas hermanadas por los lazos de sangre que vinculaban entre sí a una buena parte de sus gobernantes, estaban seguras de que el conflicto sería rápido, expedito, una cuestión de meses, sino es que semanas. Francia aceptó la guerra como destino manifiesto, Alemania argumentó que no le quedaba otra salida, Inglaterra encaró la tarea con su flema. “Volverán a casa antes de que las hojas caigan de los árboles”, le dijo el Kaiser a las primeras tropas que partían hacia Bélgica. Ninguna nación estaba preparada económica, logística, moral o emocionalmente para soportar un conflicto total por más de cuatro meses. Salvo dos o tres escépticos, nadie podía prever la carnicería que estaba a punto de arrastrar a Europa al infierno.

Soldados franceses atacan las trincheras alemanas en Flandes con gases y lanzallamas.

Durante los siguientes cuatro años, las potencias se enterrarían lentamente en una guerra de trincheras cuyos saldos se cuentan por millones. Ni siquiera el tanque, esa nueva y atroz bestia que apareció por primera vez en la historia en la batalla del Somme en 1916 con la intención de desatascar las cosas, logró acelerar el desenlace. Cada otoño, la gente decía que no iba a poder sobrevivir otro invierno. Implacable, la guerra se tragó los recursos. La pobreza y el hambre cabalgaron como plagas bíblicas por el continente entero. Zweig recuerda cuando se encontró por primera vez con los “amarillentos y peligrosos ojos del hambre”:

El pan negro se desmigajaba y sabía a resina y cola, el café era un extracto de cebada tostada, la cerveza, agua amarilla; el chocolate, arena teñida y las patatas estaban heladas; la mayoría de la gente criaba conejos para no olvidar el sabor de la carne; en nuestro jardín un muchacho cazaba ardillas con escopeta para las comidas de los domingos, y los perros y los gatos bien alimentados pocas veces regresaban de sus paseos.

Durante la Gran Guerra se cavaron aproximadamente 40 mil kilómetros de trincheras, suficientes para darle la vuelta a la Tierra. Las inglesas eran húmedas, frías y apestosas; las alemanas amplias, limpias y hasta confortables. Kipling recuerda que de las francesas, aunque desagradables y “cínicas”, muchas veces emanaba un delicioso olor a comida.

Uno de los capítulos más negros de la historia se estaba abriendo como un abismo negro, y la gente se entregaba, ciega de júbilo, a los brazos de la guerra. Era el último acto de inocencia colectiva de la humanidad. Sin embargo, tras los primeros meses, la fiebre empezó a bajar y la población de todos lados empezó a ver el verdadero rostro de la batalla. Recuerda Zweig:

Una irritada desconfianza fue apoderándose poco a poco de la población: desconfianza hacia el dinero, que perdía valor cada vez más, desconfianza hacia los generales, los oficiales y los diplomáticos, desconfianza hacia los comunicados oficiales y del estado mayor, desconfianza hacia los periódicos y sus noticias, desconfianza hacia la guerra misma y su necesidad.

La guerra relámpago planeada por Alemania acabó por empantanarse en un conflicto de años que vivió matanzas indescriptibles como la batalla del Somme, que en principio iba a durar un día y se extendió 140, segando la vida de un millón 200 mil personas; o que creó mitologías como la de la famosa batalla de Marne, en la que las tropas aliadas repelieron la embestida alemana. “Juana de Arco ganó la batalla de Marne”, diría el filósofo francés Henri Bergson al referirse a ese episodio en el que 600 taxis parisinos se organizaron para transportar 6,000 tropas al frente. Mil 460 días de combate hasta que los aliados encadenaron una serie de victorias, la Ofensiva de los Cien Días, que marcaron el principio del fin. Hasta que a la hora 11 del día 11 del mes 11 del año 1918, las potencias firmaban el armisticio y ponían punto final a una guerra que dejó hasta 50 mil muertos en una sola jornada.

Imagen del Mark I, el primer tanque de la historia, de fabricación británica

En La Gran Guerra y la memoria moderna, Paul Fussell subraya que nunca antes en la historia habían habido soldados más letrados. La palabra escrita nunca tuvo más peso como en ese conflicto: “En 1914 prácticamente no existía el cine; no había radio y desde luego tampoco televisión”, así que, a excepción de la bebida y el sexo, la literatura era la forma mayor de entretenimiento. En las trincheras se leía a Conrad, a Cervantes, a Frost, a Platón, a Maupassant, a Hawthorne, a las Brönte.

Sin embargo, ninguna obra era capaz de explicar lo que estaba sucediendo. Amputaciones, ratas, guerra química, agonía, locura. El lenguaje, con toda su riqueza, se quedó corto. “Una de las características de la guerra reside en el encontronazo entre los acontecimientos y el lenguaje disponible, o el que se considera adecuado para describirlos”, explica Fussell. El lenguaje “de uso público”, continúa, llevaba un siglo exaltando las bondades del progreso, y de pronto se topaba con una realidad que lo dejaba boquiabierto. “Te ibas a casa de permiso durante seis semanas o seis días y el mero hecho de estar o de quedarte allí era algo terrible porque estabas rodeado de gente que no entendía nada de lo que ocurría”, explicó en alguna entrevista Robert Graves, autor de Adiós a todo esto, una de las biografías fundamentales de aquellos años.

Tras el armisticio, nada volvería a ser lo mismo. “Toda una generación de jóvenes había dejado de creer en los padres, en los políticos, en los maestros; leía con desconfianza cualquier decreto, cualquier proclama del Estado. La generación de la posguerra se emancipó de golpe, brutalmente, de todo cuanto había estado en vigor hasta entonces”, apuntó Zweig.  “Todas las grandes palabras han sido canceladas para esa generación”, escribió D.H. Lawrence. Ciudades devastadas, soldados mutilados y enloquecidos, familias rotas y traumatizadas, gobiernos ensangrentados, banderas que nunca volverían a ondear con el mismo brío. La desilusión y la desconfianza se instalarían para siempre y en primerísimo plano en la conciencia humana. La guerra de trincheras, en la que el enemigo, el “otro”, siempre estaba oculto más allá, invisible y acechante, fomentó también la polarización y la paranoia política, psicológica y cultural que dominaría las décadas por venir.

Imagen del famoso “Vagón de Compiègne”, donde se firmó el armisticio.

Experimentación artística y moral, estética y sexual. Peinados a la garçon, rostros cubistas, melodías ininteligibles, casas incomprensibles, poemas entrecortados,  ensayos lisérgicos, ciencias ocultas, la juventud como imperativo, el pasado como forma de abjuración: una descarga de libertad recorrería la vida e infamaría los corazones en los años de la posguerra. A pesar de la crisis, de las cicatrices, la idea de que un conflicto de esa naturaleza no podría repetirse jamás flotaba en el ambiente. La desilusión ofrecía dos caras, la pesadumbre y la esperanza. La paz parecía ser un regalo que todos acaparaban.

“¿Ha sido este el final? ¿Ha sido simplemente un capítulo más de una historia cruel e insensible? ¿Se desangrarán otra vez y exhalarán el último suspiro nuestros hijos en tierras devastadas?”, se pregunta Churchill en las últimas líneas de su monumental La crisis mundial 1911-1918. Ni en sus peores pesadillas alguien podría imaginar que, tan solo veinte años después, los sueños febriles de un artista desdeñado volverían a desatar a la bestia de mil cabezas.

 

César Blanco
Editor y traductor.

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En su faceta mexicana, la invención del Día de las Madres se arraigó en las ideas más conservadoras que flotaban en el aire de una época. La siguiente crónica recupera, a partir de las reacciones de la prensa, los distintos pasos que dieron inicio y forma a las festividades en esa lejana era posrevolucionaria: los años veinte.

Anticipando un país que sería moldeado sentimentalmente por el cine, el 13 de abril de 1922, Rafael Alducín, fundador de Excélsior, trazaba el siguiente perfil de los usos y costumbres nacionales:

Los mexicanos, en general todos los que pertenecen a la raza latina, no comprenden en muchas ocasiones ciertos conceptos de la vida de familia y atañedores al hogar que son costumbres arraigadas en muchos pueblos de Europa, Estados Unidos y Asia. Aferrados a nuestras tradiciones, invariables en nuestras ideas, nos encasillamos en la torre de marfil de nuestro desprecio y denigramos la mayor parte de las veces, sin entenderla, la vida del hogar más allá de las fronteras del Bravo […] en medio de todos los defectos que se quiera suponer y de todos los vicios de que adolezca el hogar de otros pueblos, debemos reconocer que el respeto a la madre está más firmemente sustentado que en nuestro medio.

Ante esta acusada falta de fervor popular, “El periódico de la vida nacional” hacía, líneas abajo, un llamado público para celebrar, en la misma fecha que los vecinos del norte, a quien se levantaría como la figura unificadora de un país achacado aún por los espasmos de la revolución.

***

Dos años antes, el general Álvaro Obregón tomaba las riendas de la República. Por las calles caminaban armados hombres y mujeres dispuestos a saldar a plomo cualquier diferencia; el aún llamado sexo débil acaparaba titulares escandalosos en la prensa: Alicia Olvera, Pilar Moreno, Magdalena Jurado, Luz González eran juzgadas por “atroces crímenes” perpetrados con “la sangre fría propia del género”. Varios de estos casos fueron defendidos por el abogado Querido Moheno, maestro en el arte de la oratoria. Con unos pases mágicos del letrado, la viuda negra se transformaba en damisela ante los ojos que desbordaban los juzgados. Moheno apelaba a la condición de madre de las acusadas logrando, además de su libertad, que protagonizaran películas en las que daban cuenta de su trágica historia. La Unión de Damas Católicas hacía lo posible por frenar el arribo de la falda corta y las Flappers, con el cabello más breve que sus vestidos, ponían de cabeza a los hombres, mientras que de la Rusia bolchevique llegaba el rumor de que el Estado controlaba los destinos de la féminas, a quienes casaba a su arbitrio y sin mediación eclesiástica.

***

En los días que siguieron a la convocatoria de Excélsior, el propio diario aconsejaba qué regalarle a las futuras “madrecitas mexicanas”: pulseras, relojes, medias, guantes, un piano automático, un juego de té, pañuelos. Para principios de mayo, los comercios tomaron nota de la idea y lanzaron sus propias campañas: El Nuevo Japón ofrecía artículos de todos los precios en su tienda de Juárez 28; la Casa Albert ponía a disposición del público las mejores sedas nacionales e importadas en su almacén de 5 de febrero; los despistados podían apurar a última hora una caja de chocolates Lowney’s.

Aquel diez de mayo de 1922 la ciudad amaneció hinchada de flores. La Cruz Roja, con la intención de que ninguna mujer se quedara sin regalo, inauguró una tradición complementaria que se desvanecería años después: el Día de la Flor. Cientos de señoritas y señoras de la alta sociedad envueltas en batas y coronadas con cofias, se esparcían desde temprano por las calles y los epicentros de la sociedad mexicana (el lobby del hotel Regis, la Maison de Lux, el Sanborns de Madero) dispuestas a intercambiar “un óbolo por una rosa, un clavel o una gladiola”. (El festejo cobraría fuerza en esa década, que llegó a presenciar desfiles de carros alegóricos.)

Desde muy temprano, al bullicio habitual de las escuelas se sumaba el nerviosismo de las primeras veces. En el Colegio Mexicano, la escuela 41, la 70, la Morelos de Tacubaya, el centro Orozco y Berra, el instituto Lerdo de Tejada… las maestras repasaban mentalmente coreografías, discursos y canciones; los niños lloraban y se enredaban en sus disfraces, aprendiendo de por vida el doloroso significado de la palabra “festival” y memorizando poemas como el publicado por Agustín Aragón en Excélsior:

El amor maternal es el divino
encanto que sostiene y da la vida
el que conduce a senda florecida
y ablanda los rigores del destino

Es la salvación en negro torbellino
es joya de los cielos desprendida
es providencia de perene vida
y libra de los cardos del camino

Fundador de virtud y firme aliento
de dulce bienestar, sin tregua canta
con soberano musical acento

Y es su bondad y su ternura tanta
que en fuga deja todo sufrimiento
y a la región del éter nos levanta

Contra su costumbre, el Club de Rotarios permitía el acceso de las damas británicas y americanas para ofrecerles un homenaje; las oficinas apresuraban números y contratos para no perder su reservación en el San Ángel Inn. Al caer la noche, la ciudad se encontraba poseída por el fervor: unos se arremolinaban en las puertas de la sala Sala Wagner, ansiosos por escuchar el recital preparado por la señorita Sofía Camacho; en el teatro Ideal, las damas echaban mano a sus pañuelos cada vez que salía a escena alguna de las “muñecas de carne y hueso” del Instituto Franco-Inglés para ofrecer un responso; En el teatro El Principal, Lupe Inclán y Celia Montalbán interpretan la zarzuela El Día de las Madres, “sin que el clamar canallesco hiera los oídos del público; sin la presencia del eterno ‘peladito’ de la mayoría de las obritas nacionales; sin nada de lo que habla a las bajas pasiones”.

Antes de que la Época de Oro convirtiera a la madre en el ícono venerable por antonomasia, los homenajes cinematográficos que remataron la velada fueron importados y silentes. En las pantallas del  Mayestic, el Lux y el Royal, Ethel Clayton era “la suprema encarnación del más puro sentimiento” en La sombra de la madre y Sigrid Hulmsquit prometía “amor, risas y lágrimas reunidas artísticamente” en Madre Mía.

Había nacido el día unificador. No hubo nadie que no suspendiera su pulso diario, que no olvidara por un instante su posición social, política o religiosa, para consagrar a la figura que disolvía por un momento cualquier diferencia. Josefina Mata, nieta de Melchor Ocampo, resume en una carta el naciente espíritu popular: “…ya que nuestra nación está por desgracia de tal manera dividida y desolada, siquiera debido a este sentimiento tan poderoso en todas las clases sociales, se tenga un día un lazo de amor común que una a todos los mexicanos”.

La sociedad reconocía en el nuevo símbolo un órgano más sagrado e intocable que la patria y la fe. La mujer licenciosa se purificaba porque el fruto de su pecado la convertía en madre; las criminales que poblaban las cárceles eran vistas  como “señoras en toda regla”, y los asesinos, violadores, estafadores, o simples raterillos, obtenían fuero al ser visitados por sus progenitoras, recibidas “con un emocionado abrazo por el hijo, que amorosamente la conducía hasta su celda”.

***

Ese día en que todo se olvidaba porque todo, salvo la madre y su veneración, desaparecía, se convirtió en baremo moral de la sociedad, metiendo de paso el freno de mano al avance de la mujer independiente y liberal. En 1927, según los números de Francisco Zamora (mejor conocido como Jerónimo Coignard), columnista de El Universal Ilustrado, no había en México una sola madre soltera: de las 2,528,687 que existían en el país, 1,831,797 eran casadas, 599,393 viudas y 97,497 divorciadas. “De haber enclavado en México su paraíso terrenal la Divina Sabiduría —asestaba el periodista—, el Génesis habría permanecido inédito por toda la eternidad […] La maternidad que aquí se practica está registrada en la oficina de patentes, y a nadie se le ocurre hacer falsificaciones”.

A la madre agasajada le quedaba un camino tortuoso cuyo rumbo sería marcado por el cine y ratificado por la Iglesia. Mientras Sara García daba carta de naturalización a las “cabecitas blancas” y la publicidad ofrecía más artículos domésticos que joyas y ropa fina, en 1950 el presbítero José Cantú Corro sentenciaba para siempre el papel de la mujer mexicana:

Si los cantos y los himnos y las ternuras y la adoración se limitan al papel natural que tiene la madre como progenitora […] eso es casi una profanación […] es disminuir su figura gigantesca […] deformar su misión redentora y salvífica […] El trono de la madre cristiana es de dolor. Refugian en su frente espinas lacerantes. Su corazón debe estar atravesado por dardos que la despedazan. La madre, para ser intachable, debe ser crucificada. Esto no es literatura ni palabras solamente. Es la realidad.

 

César Blanco
Editor y traductor.

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Pese a dos o tres logros, Basada en hechos reales  es una película rancia, esto es, corrompida por el paso del tiempo; anticuada. Es como si al gran maestro se le hubiera olvidado su propio truco, como si pensara que por conocerlo puede replicarlo sin mayor esfuerzo.

Dirección: Roman Polanski
Guion: Olivier Assayas, Roman Polanski (adaptación de la novela homónima de Delphine de Vigan)
País: Francia
Elenco: Emmanuelle Seigner,  Eva Green,  Vincent Pérez,  Damien Bonnard.
Año: 2017


Digamos que Roman Polanski tiene algo con las mujeres. Digamos también que su nombre es capaz de conjurar una serie de adjetivos de orden oscuro. Elijo el siguiente para resumir irresponsablemente su filmografía: diabólico. Pensemos en la Catherine Deneuve de Repulsión (1965); recordemos a la Mia Farrow de El bebé de Rosemary (1968); qué decir de Emmanuelle Seigner en Lunas de hiel (1992), o de Sigourney Weaver en La muerte y la doncella (1994). Sexo, locura, muerte, obsesión, lujuria, deseo. La lista podría seguir. A lo largo de una dilatada carrera no exenta de tropiezos, Polanski ha sabido sacarle brillo a nuestros rincones más oscuros.

Ahora detengámonos un momento en otro nombre: Eva Green. A ella también le queda el adjetivo diabólico. Ahí están la Ava de Sin City: una dama por la que matar (2014) o la Artemisa de 300: el origen de un imperio (2014); incluso la señorita Peregrine fabulada por Tim Burton; pero sobre todo Vanessa Ives, la atormentada y posesa dama victoriana de Penny Dreadful. No encuentro en el panorama actual otra actriz que con la simple mirada pueda darle tantos matices a la idea de lo diabólico, por no hablar de sus otras virtudes.

El cruce de Polanski y Green, y la adición de Emmanuelle Seigner, que ya trabajó con el director en tres ocasiones (Lunas de hiel, Frenético y La Venus de las pieles), no podía sonar mejor. O sí, porque además el polaco francés, después de casi una década, regresaba a un género que manejó como pocos en Barrio Chino, El escritor y El bebé de Rosemary: el thriller o, para ser exactos, el thriller sicológico. Así que el espectador debía estar de plácemes. ¿Cómo echar a perder tremendo coctel con esos ingredientes? Imposible porque, por si fuera poco, la historia tendría lugar en Francia. Un thriller europeo, de los buenos.

Basada en hechos reales cuenta la historia de Delphine Dryeuix (Seigner), una escritora que tras la publicación de su más reciente y exitosísimo libro, está entrando en una fase de angustia y bloqueo. Durante un evento promocional conoce a Elle (Green), una misteriosa admiradora con la que se topa de nuevo durante una fiesta y con quien empieza a trabar una intensa amistad.

De Delphine sabemos poco. Su pareja es un afamado periodista cultural que viaja por el mundo entrevistando escritores. Sus padres han muerto y su hijo la ignora por completo. Al parecer, sus libros abordan temas personales que calan profundamente en el público, y que incluso provocan la llegada de una que otra carta siniestra a la escritora que, en resumidas cuentas, trabaja y vive casi en soledad.

Por eso en principio la llegada de Elle resulta un bálsamo para Delphine. Primero recurre a ella como una nueva e interesante amiga; descubre que Elle también es escritora, pero escritora fantasma (lo que por aquí se conoce como “negro literario”); luego Elle consigue quedarse a vivir con Delphine y le ayuda a salir de su crisis tomando las riendas de su vida: contesta sus correos, habla por ella, organiza sus relaciones públicas y privadas, le dice qué debe escribir. Elle se toma tan a pecho su misión que incurre en ataques de ira cuando Delphine no le hace caso.

Progresivamente, los consejos de Elle empiezan a convertirse en órdenes, y los cuidados en obsesiones. Elle parece mimetizarse en una Delphine más joven. De pronto aparece con las mismas botas, a la escena siguiente tiene el pelo del mismo tono. Delphine nota esos guiños sutiles pero no le preocupan, acaso la seducen, quizá le halague verse joven y renovada con la presencia de esta escritora que escribe libros para alguien más. Existen claros ecos a la Annie Wilkies de Misery; por ahí hay un guiño a Atracción Fatal y compañía. Existe, claro, un componente sexual entre ambas protagonistas. Está, por todos lados, el tema del Otro, la tenue frontera entre realidad y ficción, la frágil línea que separa la razón de la locura…

En primera instancia, Basada en hechos reales cuenta con todos los elementos de un gran thriller a la Polanski. Sin embargo, la cinta está lejos, muy lejos, de las mejores historias del director. La fórmula resulta evidente casi desde el principio, lo que vuelve predecible la trama. Salvo algunos momentos de tensión entre los personajes, su relación resulta por momentos caricaturesca. El desenlace, que el espectador tendrá que ver por su cuenta, termina no solo siendo obvio, sino que, al obligarnos a repasar todo lo que acabamos de ver, evidencia los huecos y las fallas del guion.

Pese a dos o tres logros, Basada en hechos reales es una película rancia, esto es, corrompida por el paso del tiempo; anticuada. Es como si al gran maestro se le hubiera olvidado su propio truco, como si pensara que por conocerlo puede replicarlo sin mayor esfuerzo. Ignoro si al otro lado del Atlántico el apellido Polanski sea muy común; a mi siempre me pareció uno de esos nombres destinados a la grandeza, mientras que Roman, bueno, Roman suena bastante común. Así que si hablamos de otros y de posesiones y de giros “inesperados” y… en fin, diría: Roman, querido, devuélvenos a Polanski.

César Blanco
Editor y traductor.

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En Asesinato en el Expreso de Oriente, la nueva versión del clásico de Agatha Christie, un elenco estelar encabezado por Kenneth Branagh retrata con maestría las aventuras del detective Hércules Poirot y, de paso, revive un tipo de cine por momentos olvidado.

1841 es un año fundacional en la historia de la literatura. En su número de abril, el Graham’s Magazine de Filadelfia publica “Los crímenes de la calle Morgue”, el primer relato policiaco de la historia. Su autor, Edgar Allan Poe, escribiría después “El misterio de Marie Rogêt ” y “La carta robada”. Con esos tres relatos, el gran cuentista de terror inauguraba, sin saberlo, el género más popular de todos los tiempos.

Las historias de Poe no tardaron en cruzar el Atlántico y desembarcar en Europa. En Inglaterra echaron raíces profundas que dieron como fruto lo que los historiadores llaman la literatura policiaca clásica. De la pluma de sir Arthur Conan Doyle nació Sherlock Holmes, el detective por antonomasia. A partir de ahí, una nueva rama del árbol de las letras creció fuerte y frondosa. Las andanzas de Aguste Dupin, el excéntrico y superdotado detective de Poe (alter ego en positivo del villano gótico), crearían una estirpe liderada por Holmes, pero también por el padre Brown (Chesterton), el comisario Maigret (Simenon) y, por supuesto, por Hércules Poirot, el sabueso belga de la dama del crimen, Agatha Christie.

Desde entonces, este género literario ha cautivado a millones de lectores con una fórmula clara y bien estructurada, un juego que consiste, básicamente, en: a) la introducción de un singular detective; b) la presentación de un crimen y sus pistas; c) la investigación; d) el anuncio de la solución; e) la explicación de la solución y f) la conclusión. Nada más. Con seis elementos, estos autores fabricaron decenas de historias de una alta complejidad que gozaron de buena salud hasta que, otra vez en Estados Unidos, un puñado de tipos duros (léase Hammett, Chandler y compañía), dinamitaron el género para crear el Hard Boiled Detective Fiction, una nueva fórmula policiaca que, según el propio Chandler, “devolvió el asesinato al tipo de gente que lo comete por algún motivo, no simplemente para proporcionar un cadáver; y que usan los medios que tienen a la mano, no pistolas de duelo cinceladas, curare o peces tropicales”. Chandler estaba harto de los mayordomos sospechosos, de los acertijos imposibles en habitaciones cerradas, de las inocentes damas de alcurnia. Pero esa es otra historia.

Desde luego, la literatura policiaca encontró un vehículo idóneo de preservación y renovación en el cine. Son incontables ya las películas y los directores que han trasladado al celuloide estas historias (John Huston, Alexander Mackendrick, Alfred Hitchcock, Orson Welles y un largo etcétera). Las de Christie no han sido la excepción. Muchas de sus obras han sido llevadas a la pantalla grande por cineastas como Billy Wilder (Testigo de cargo, 1957), George Pollock (Los diez condenados, 1965), y, quizá la mejor hasta ahora,  Asesinato en el Expreso de Oriente (1974) de Sidney Lumet. Hasta ahora, tal vez, porque el actor y director sir Kenneth Branagh acaba de firmar un clásico.

Apegado a la novela original, la nueva versión de Asesinato en el Expreso de Oriente nos presenta de entrada, y como debe ser, al detective. Hércules Poirot, protagonizado por el mismo Branagh, es un belga de gustos extravagantes y capacidades deductivas fuera de lo normal, que se encuentra en el Muro de las Lamentaciones resolviendo un misterio que involucra a un cura, un rabino y un imán. Ahí es solicitado con urgencia en Londres para atender un caso urgente. Para llegar a la capital británica debe tomar el Expreso de Oriente, el lujoso tren que atraviesa media Europa, acompañado de un coro de pasajeros a cual más interesante. (Ojo, si en la versión de 1974 el electo estaba compuesto nada menos que por sir Sean Connery, Vanessa Redgrave, Anthony Perkins, Jaqueline Bisset, Ingrid Bergman y Lauren Bacall, Branagh se las arregló para reunir un reparto a la altura que incluye a Johnny Depp, Michelle  Pfeiffer, Penélope Cruz, la dama Judi Dench, Derek Jacobi y Willem Defoe, por mencionar a los más conspicuos.)

En el tren se extiende todo el glamour posible de los años treinta: vagones de caoba y acabados de bronce, camarotes de primera, camareros estirados, champagne a cualquier hora: savoir-vivre a todo vapor. Al principio del recorrido, cada personaje despliega su personalidad, que es medida discreta pero acuciosamente por Poirot. Tenemos un doctor negro, un empresario de origen latino, una solterona de cascos ligeros, una institutriz, una misionera, un físico austriaco con inclinaciones al nazismo, un mayordomo, una princesa rusa y un mafioso paranoico (interpretado por Depp), que acude a Poirot para solicitar sus servicios como guardaespaldas. Elegante y rotundo, el detective se niega. Durante la noche, el tren sufre un descarrilamiento producto de una avalancha y la locomotora queda enterrada en la nieve. No queda más que esperar ayuda de la estación más cercana. A la mañana siguiente aparece en su camarote el cadáver de Depp, con doce puñaladas y varias pistas convenientemente dispuestas. El asesino no puede ser otro sino uno de los pasajeros. A partir de ese momento, Poriot comienza su investigación. En una primera ronda de interrogatorios, el detective descubre que todos los sospechosos están ligados de una u otra manera con el muerto. Y hasta aquí.

Fue Borges, un amante del género, quien dijo que el gran mérito de Poe (y de la literatura policiaca) fue el haber engendrado un nuevo tipo de lector. No es poca cosa. Se pregunta el argentino que pasaría si un (nuevo) lector de novelas policiacas se enfrentara por primera vez al Quijote: “‘En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo vivía un hidalgo…’ y ya ese lector está lleno de sospechas, porque el lector de novelas policiales es un lector que lee con incredulidad, con suspicacias, una suspicacia especial”. 

Por ejemplo, si lee: ‘En un lugar de la Mancha…,’ desde luego supone que aquello no sucedió en la Mancha. Luego: ‘…de cuyo nombre no quiero acordarme…,’ ¿por qué no quiso acordarse Cervantes? Porque sin duda Cervantes era el asesino, el culpable. Luego… ‘no hace mucho tiempo…’ posiblemente lo que suceda no será tan aterrador como el futuro”. Así se las gasta Borges, solo para dejar en claro la hondura de este género generalmente despreciado en los cenáculos.

Es cierto que, al paso del tiempo, la fórmula de la literatura policiaca clásica quedó algo anquilosada. De pronto no había muchas más formas de encerrar a un grupo de desconocidos en un espacio, introducir un cadáver, y salir con una solución ingeniosa. Sin embargo, Christie lo supo hacer como pocos y la prueba está en Asesinato en el Expreso de Oriente, uno de los desenlaces más ingeniosos de su carrera,  por mucho que Chandler reniegue.

Branagh, nadie se lo negará, conoce a sus clásicos, llámense Shakespeare, Shelley o Christie. Con una dilatada carrerea a sus espaldas, se notan sus tablas (las del teatro y las del cine). En Asesinato en el Expreso de Oriente conduce de manera espléndida a un elenco que debió ser exigente. La mezcla de humor y drama es la justa, y la historia nunca pierde su ritmo. Está un detective enamorado que salta un poco de lo que el canon prescribe (y aquí, casi podría apostar, hay un sutil pero significativo homenaje a Emma Thompson, la primera esposa de Branagh). Están también los dilemas morales, aunque francamente eso no es lo más importante. El juego, el pulso entre el detective y el criminal, entre el bien y el mal (dicotomía que, dicho sea de paso, quedará cuestionada) es, como se espera, lo que acapara el centro de la historia. No resulta fácil revivir un clásico, más en estos tiempos en que el tratamiento del crimen debe ser oscuro, visceral, socialmente pertinente. A veces el asesinato no tiene por qué destapar las cloacas del mundo; también puede ser, como dijo De Quincey, un arte bello, una hermosa máquina, por ejemplo, cuyos engranes Branagh logra hacer trabajar a la perfección.  

César Blanco.

Editor y traductor.

 

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El miedo nos ha acompañado desde que tenemos conciencia. A lo largo de milenios, este sentimiento se ha configurado en una complejísima red de significados. El siguiente decálogo pretende apenas resaltar algunos de estos códigos, con la intención de trazar una breve cartografía del miedo.


Gótico. Como reacción al racionalismo y las buenas costumbres del siglo XVIII, en 1765 Horace Walpole publica El castillo de Otranto y da vida a una imaginería que se contrapone a las leyes establecidas: el caos devora al orden y la noche al día, el palacio neoclásico es sustituido por el castillo medieval —con sus pasadizos y calabozos que son metáfora de la retorcida mente del villano: el monje, el vampiro, el adorador de Satán—. Damiselas en peligro, héroes, depravados, cementerios, catacumbas: toda una parafernalia que vive hasta nuestros días.

Terror vs Horror. El miedo como sentimiento y construcción artística puede dividirse en estos dos vocablos que a menudo son utilizados de manera indiscriminada. Según Stephen King, el horror está asociado con la repugnancia más visceral, la sensación, por ejemplo, “de observar un accidente de tráfico”, el dolor de una escena brutal. El terror en cambio tiene que ver con una sensación más onda, algo que acecha, el suspenso, el pánico, lo que no vemos. ¿Podría ser Lovecraft el punto de encuentro entre ambos términos?

Normal vs anormal. Otros dos ejes bajo los que se puede trazar la cartografía del miedo tienen que ver con lo tangible y lo intangible. Uno apunta a lo concreto y explicable; el otro se relaciona con el mundo de lo onírico (la pesadilla, la alucinación, la locura). El mal nacido de lo humando frente a lo sobrenatural, el fantasma frente al asesino serial, el diablo frente al científico loco, la crueldad humana frente al destino trágico o, si se quiere, el mal ejercido como acto de voluntad frente al inexorable devenir de lo diabólico.

Doppelgänger. El temor a lo desconocido no solo proviene de aquello que está fuera del individuo. El señor Hyde y el licántropo exponen el lado oscuro de la psique humana, lo incontrolable, la pulsión negativa que palpita en todos y que puede tomar el control (de ahí su carácter espeluznante) sin que podamos evitarlo. Algunos lo ven como el conflicto entre lo apolíneo y lo dionisiaco. En todo caso, el miedo se vuelve exponencial cuando se piensa que, en el fondo, estamos hechos de ambas potencias.

El Otro. Ese que no soy yo puede dañarme porque es ajeno, diferente, incomprensible. La premisa se cumple con todo rigor en la ciencia ficción, donde el mal casi siempre proviene de fuera y el rechazo a la alteridad se hace patente. En Estados Unidos, la Guerra Fría potenció un sinfín de fábulas donde las hordas extraterrestres disfrazaban el temor colectivo de un pueblo hacia el extranjero o el inmigrante de turno; aquel que, por su simple presencia, pone en riesgo la idea de orden.

Boca. Posiblemente el gran complemento del miedo es el sexo. Sería raro encontrar una obra que no incorporara este elemento ya sea en el plano gráfico o simbólico. El primero, evidente, nutre las galeras del pulp. Del segundo hay quien opina que esconde el riesgo de contagio, ya sea por el beso del vampiro, la mordida del zombi o las fauces del alien de H.R. Giger, esa vagina dentada que resalta los temores atávicos. Para otros, la boca “nos retrotrae al primer estadío de impulsión caníbal, cuando la ingestión alimentaria y el deseo erótico se confundían”.

El niño. Si lo siniestro es “lo familiar, lo íntimo y lo amable transformado en su contrario, a la vez que lo secreto, oculto o escondido, deja de ser tal”, la figura del niño diabólico encarna este concepto con toda su ferocidad. Bien sea como símbolo de pureza desgarrada (El exorcista), vehículo de venganza (El aro), semilla del anticristo (La profecía, El bebé de Rosemary), portador de lo sobrenatural (Carrie), germen de la maldad (Los niños del maíz, El otro), cuando la inocencia es poseída por el las tinieblas, el miedo alcanza su cuota más alta.

Gore. El uso extremo de la violencia, sangre y vísceras. Su conducto ideal fue el cine de serie B. Blood Feast, La noche de los muertos vivientes, Dawn of the Dead son clásicos de este sector que suele echar mano de contenidos pornográficos. Bastardo del gore es el Slasher, ese maniaco sobrehumano (Michale Mayers, Jason Voorhes, Freddy Krueger) que plagó el cine de los ochentas, curiosamente, durante el neoconservadurismo de la era Reagan: un ángel exterminador que sentencia a las precoces adolescentes que están a punto de tener relaciones sexuales.

La casa. Si en sus orígenes el mal se encontraba restringido al ámbito rural, a lo que no era el seguro territorio de la ciudad, sus reglas y comodidades civilizatorias, el miedo poco a poco fue penetrando el espacio urbano hasta provocarle un infarto: el hogar se convirtió en un ambiente propicio para la gestación del mal, y los objetos cotidianos en portadores del virus. La televisión, hoguera moderna, se volvió un oráculo maligno de donde, literalmente, salen las huestes diabólicas.

Máquina enferma. De los delirios posmodernos emanados de la sociedad postindustrial germinó la idea de la máquina como extensión del cuerpo. “La nueva carne” presenta seres de cuyos cuerpos brotan prótesis grotescas, abyecciones propias de una visión postapocalíptica del mundo engendrada por el cyberpunk de los ochenta. Es el cyborg, el replicante, la tecnología que no mejora sino que adultera la carne. El sueño futurista de expandir las capacidades del cuerpo deviene dominio de la máquina sobre la humanidad: Cronemberg, Tsukamoto y compañía.

 

César Blanco
Editor y traductor

Una primera versión de este texto fue publicada en Confabulario, suplemento de cultura de El Universal, el 7 de julio de 2007.

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Algo que tienen en común gran parte de los asesinos en serie es que, además de la sangre, adoran la tinta. Muchos de ellos escribieron perturbadoras cartas a la policía, a los periódicos, a sus admiradores e incluso a los familiares de sus víctimas. La siguiente selección, más allá del morbo, nos permite asomarnos a la mente retorcida de estos criminales.

Desde el infierno

Durante los asesinatos de Whitechapel que asolaron aquel barrio empobrecido del Londres decimonónico, la policía inglesa se vio inundada de cartas que aseguraban provenir del puño y letra del misterioso asesino de prostitutas. La mayoría parecía ser una mala broma, pero una de ellas, fechada el 25 de septiembre de 1888 y firmada con un siniestro sinónimo, daría pie al inicio de una de las más infames leyendas de la historia del crimen.

Querido jefe,

Sigo escuchando que la policía ya me atrapó pero lo cierto es que aún no me han encontrado. Me he reído mucho cuando se creyeron muy listos y hablaron de que estaban sobre la pista correcta. Ese chiste sobre “Mandil de Cuero” me hizo partir de risa. Detesto a las putas y no dejaré de destriparlas hasta que en efecto me pongan una correa. El último fue un gran trabajo. No le di tiempo ni de gritar a la dama. ¿Cómo me atraparán ahora? Amo mi trabajo y quiero hacerlo otra vez. Pronto volverán a oír de mi y de mis divertidos jueguitos. Guardé algo de la sustancia roja en una botella de cerveza de jengibre para escribirles, pero se puso tan espesa como la cola y no la pude usar. Espero que la tinta roja haga el efecto, ja, ja. En el próximo trabajo que haga le cortaré las orejas a la dama y se las enviaré para divertirme. Guarden esta carta hasta que haya hecho un poco más de trabajo y después publíquenla sin reparos. Mi cuchillo es tan hermoso y afilado que quiero volver al trabajo de inmediato si tengo oportunidad. Buena suerte.

Sinceramente suyo,

Jack el Destripador


El hijo del diablo

En la primavera de 1977, dos jóvenes fueron asesinados en el Bronx. Mientras patrullaba el área, un oficial se encontró una carta dirigida al jefe del Departamento de Policía de Nueva York. Unos meses después caería David Berkowitz, mejor conocido como “el hijo de Sam”, quien fue acusado de matar a seis personas y herir a otras siete. A pesar de que Berkowitz alegó que había cometido los asesinatos por mandato del perro de su vecino, que a la sazón estaba poseído por el diablo, fue sentenciado a 365 años de cárcel.

17 de abril de 1977

Querido capitán Joseph Borrelli,

Estoy profundamente dolido de que me llamen misógino. No lo soy. Pero soy un monstruo. Soy “el hijo de Sam”. Soy un pequeño “mocoso”.

Cuando papá Sam se emborracha se vuelve malo. Golpea a su familia. A veces me amarra y me deja atrás de la casa. Otras veces me encierra en el garaje. A Sam le encanta beber sangre.

“Sal y mata”, ordena papá Sam.

Detrás de la casa algunos descansan. La mayoría son jóvenes —violadas y descuartizadas— su sangre drenada —solo huesos ya…

Papá Sam me encierra en el ático también. No puedo salir pero me asomo por la ventana y veo pasar el mundo.

Me siento como un forastero. Estoy en una onda distinta a los demás —programado para matar.

Sin embargo para detenerme debe matarme. Aviso a toda la policía: ¡dispárenme, disparen a matar o aténganse a las consecuencias. Manténganse fuera de mi camino o morirán!

Papá Sam ya está viejo. Necesita sangre para conservar su juventud. Ha sufrido muchos infartos. Demasiados infartos. “Ugh, me duele que te duela, Sonny Boy”.

Extraño sobre todo a mi hermosa princesa. Está descansando en la casa de nuestra señora pero la veré pronto.

Soy “el monstruo” —“Belcebú” — el “rollizo Behemoth”.

Me encanta cazar. Merodear las calles en busca de diversión —carne sabrosa. Las mujeres de Queens son las más bonitas de todas. Debo ser el agua que beban. Vivo para cazar —es mi vida. Sangre para papá.

Señor Borelli, ya no quiero matar, señor, ya no más, pero debo hacerlo. “Honrarás a tu padre”.

Quiero hacerle el amor al mundo. Amo a la gente. No pertenezco a la Tierra. Regrésenme a Yahoos.

A la gente de Queens: los amo. Y quiero desearles a todos felices Pascuas. Que Dios los bendiga en esta vida y en la otra y por ahora les digo adiós y buenas noches.

Policía, déjenme estremecerlos con estas palabras;

¡Volveré!

¡Volveré!

Suyo en el crimen,
El señor monstruo.



Letras crípticas

El Asesino del Zodiaco acechó el norte de California a finales de los sesenta. Como nunca fue atrapado, se estima que mató al menos a siete personas, aunque él mismo, en una de las múltiples cartas que le envió a los periódicos más importantes de San Francisco, se adjudicó treinta y siete víctimas.

Las cartas, escritas a manera de criptogramas, volvieron loca a la policía durante varios meses. Un buen día, Zodiaco dejó de escribir.  Su rastro se esfumó en el aire, pero aquellas letras han quedado siniestramente archivadas para la posteridad.

31 de julio de 1969

Me gusta matar gente porque es muy divertido. Es más divertido que matar animales salvajes en el bosque, porque el Hombre es el animal más peligroso de todos… La mejor parte vendrá cuando yo muera. Renaceré en el Paraíso, y entonces todos los que he matado se volverán mis esclavos. No les daré mi nombre porque tratarán de impedir que mi colección de esclavos para el más allá se haga más grande.

Zodiaco


Hombre blanco soltero busca

Los Violadores de Chicago fue una banda de índole satánica sobre la que pende la desaparición de dieciocho mujeres a principios de los ochenta. Cuando fueron capturados, uno de su miembros, Edward Spreitzer, fue condenado al corredor de la muerte. Su sentencia fue conmutada de último minuto en 2003. Desde entonces, Spreitzer ha tratado de conseguirse una esposa por correspondencia.

10 de junio de 1997

Hola Jenny,

Estoy más o menos bien. Podría estar mejor. Pero podemos hablar de eso en otra ocasión.

Me encanta escribir, Jenny. Pero el problema es encontrar a quién escribirle. No somos muy queridos por aquí. Así que no recibimos muchas cartas. Pero en lo que a mí respecta, tengo algunos amigos de pluma. Pero ellos no saben que estoy preso. No me siento bien con todo eso. Porque me siento tan solo.

Esta es una de las razones por las cuales estás escuchando de mí. Dices que te gustaría conocerme mejor. No tengo problema con eso. Pero entiende una cosa. Voy a ser yo mismo. No voy a jugar ningún juego, y no quiero que nadie juegue conmigo.

¿Realmente conduces un programa sobre asesinos seriales y escribes para una revista de detectives?
Jenny, en este momento sigo trabajando en mis apelaciones, sé que esto no suena muy sexy. Todo esto podría lastimarme mucho. Quieres que sea honesto. Podría evadir la sentencia de muerte, y realmente quiero hacerlo. No quiero que nada malo me pase ahora.

No sé qué es lo que habrás leído por ahí. Pero me parece bien que no me juzgues.

Así que ahora Jenny, necesito encontrar coraje, algo que no siento que pueda hacer, porque me siento estúpido por lo que hice. Mira, hay cosas que no sabes sobre por qué hice lo que hice. Y si tuviera que hacer esto otra vez, mantendría la boca cerrada. Ahora bien, no tomes esto a mal. No soy la persona desalmada de la que has escuchado. Pero nadie más sabe esto, porque nadie se ha molestado en conocer al verdadero Edward Spreitzer.

¿Quieres conocer al verdadero Edward Spreitzer?

Porque como tú, yo también me siento terrible por la manera en que esas personas fueron asesinadas. Me siento muy mal por las familias. Pero tengo que lidiar con eso todos los días. Si me condenan a muerte por esto, tendré que aceptarlo. Pero solo hay dos personas que conocen la verdad, así que no tengo a quién responderle.

Aquí tienes al verdadero Edward Spreitzer. Matar no era mi forma de hacer las cosas, fui presionado y empujado por un hombre (Robin Gecht) y una escopeta de doble cañón en mi cabeza. No me siento orgulloso de lo que hice.

¿Cómo se sintió? Me dieron náuseas  y me desmayé. ¡Toda esa sangre! No disfruté nada de eso. Me imagino que por eso acudí a la policía, para poner un alto de una vez por todas. Matar no era divertido para mí, nunca de los nuncas lo será. Antes preferiría que me volaran la cabeza. Seguramente me sentiría mucho mejor de como me siento ahora.

Odio mucho a las personas como yo. Por lo que he visto, más que rabia es una forma de perversión. Robin era muy quisquilloso con lo que quería.

Suficiente por ahora. ¿Qué hay de ti? Además de escribirte con asesinos honestos, ¿qué es lo que haces? Veo que tienes 29 años y una bebé. ¿Estás casada?

Yo ahora tengo 36 y cumpliré 37 el 5 de enero. Durante mi encierro aprendí a leer y a escribir. He estado buscando amigos de pluma. Lo que estoy intentando realmente es encontrar a la persona adecuada para casarme. Nunca he tenido eso. Quiero tenerlo aunque sea durante los últimos tres o cuatro años que me queden de vida. Nunca he tenido ni sentido el amor de una buena mujer.

Si conocieras a alguien de entre 25 y 40 años, siéntete libre de pasarle mi nombre y dirección. Pero si no, por favor no te sientas mal por eso. Lo entenderé.

Jenny, si no te molesta que te pregunte, ¿cómo eres? Además de tener un nombre hermoso, cuéntame de ti. Si quieres puedes mandarme una fotografía tuya. Yo no puedo hacer lo mismo porque el año pasado, después del video de Richard Speck, la prisión nos prohibió hacer fotografías.

Bueno, te voy a mandar esto de una vez para que sepas que recibí tu carta, y si me escribes te contestaré.

Cuídate mucho Jenny y escribe de vuelta.

Sinceramente tuyo,
Edward Spreitzer

P.D. Si quieres llamarme simplemente Eddie está bien. Quizá me gustaría llamarte Hermosa o Sexy. ¿Podría hacerlo, por favor?

 

Selección, notas y traducción de César Blanco.

Fuentes:
Harold Schechter, David Everitt, The A to Z Encyclopedia of Serial Killers, Pocket Books, 1997, 357 p.
Jennifer Furio (comp.), The Serial Killer Letters: A Penetrating Look Inside the Minds of Murderers, Charles Press, 1998, 307 p.

 

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Producida y dirigida por David Fincher, Mindhunter retrata la época en que un par de investigadores del FBI acuñan el término “asesino en serie” y nos lleva por un recorrido a través de las retorcidas mentes de algunos de los peores criminales de la historia contemporánea.

El que lucha con monstruos debería evitar convertirse en uno de ellos en el proceso. Cuando miras al abismo, él también mira dentro de ti.
—Friedrich Nietzsche

Corre el año de 1977. Hace una década, el “verano del amor” daba el pistoletazo de salida a la contracultura americana. Los hippies tomaban por asalto al mundo, la guerra de Vietnam era considerada la mayor de las aberraciones y, para cualquier ciudadano que vistiera pantalones acampanados o blusas estampadas, todo lo que tuviera que ver con el Gobierno simplemente apestaba.

En aquel 1977 hubo en Estados Unidos otro estío memorable. Después de desatar el pánico durante un año en la ciudad de Nueva York, en agosto era capturado David Berkowitz, mejor conocido como el “hijo de Sam”, quien había matado a ocho personas por órdenes del perro de su vecino. El animal, según él, estaba poseído por el diablo. Los periódicos bautizaron ese verano como “el verano de Sam”. Fueron meses en que la gente caminaba nerviosa por las calles de todo el país. Las autoridades y la sociedad estaban perplejos ante semejante clase de crímenes sin sentido.

John E. Douglas (Nueva York, 1945) llevaba ya siete años trabajando como negociador de rehenes para el FBI hasta que fue transferido a la Unidad de Análisis de Conducta con sede en la academia de Quántico, Virginia. En uno de sus pasillos conoció a Robert K. Ressler (Chicago, 1937), un ex militar con los mismos años en la agencia, que llevaba algún tiempo trabajando en la elaboración de perfiles sicológicos de criminales violentos.

El suyo fue uno de esos encuentros que el destino no tiene forma de evadir. Su trabajo inicial consistía en recorrer el país de punta a punta para capacitar a policías de distintos departamentos. Los dos estaban hipnotizados por los crímenes inexplicables de gente como Berkowitz y Manson, y ambos sabían que ni siquiera el FBI tenía la menor pista de las motivaciones de esos engendros, así que decidieron aprovechar sus viajes para emprender un pequeño proyecto en su tiempo libre: entrevistar a los más notables asesinos del país.

En ese entonces el FBI era una agencia anclada en su pasado hooveriano, que veía con recelo cualquier cháchara sicológica. Sin embargo, crímenes como los de la familia Manson, Jeffrey Dahmer o Ted Bundy escapaban a toda lógica protestante y bienintencionada del buen americano: las personas matan por dinero, por venganza, por desamor, pero no por perversión, lascivia o locura. Siempre hay un móvil razonable, hasta ahora. Douglas y Ressler estaban determinados a encontrar en las mentes de estos depravados un patrón de conducta que ayudara a entender a la nueva estirpe criminal y, sobre todo, a prevenir el nacimiento o el ataque de nuevos sicópatas.

En algún momento del camino, a Ressler se le ocurrió una expresión para agrupar a estos descuartizadores, necrófilos, violadores y pederastas que cazaban sistemáticamente seres humanos con la misma excitación con que una bestia salvaje acecha a una frágil presa: asesino en serie.

El resto es historia. Douglas y Ressler se convirtieron en dos leyendas del FBI. A lo largo de dos décadas, su trabajo ayudó a resolver algunos de los crímenes más espeluznantes de Estados Unidos. Retirados, dieron conferencias, escribieron manuales especializados y libros para el público general, y asesoraron a cuerpos policiales de otras partes del mundo.

La cultura popular le debe no pocas cosas a sus biografías. Thomas Harris se basó en la figura de Douglas para crear a Jack Crawford, uno de los personajes centrales de El dragón rojo y El silencio de los inocentes. Los personajes de Jason Gideon y David Rossi (Criminal Minds) también están moldeados a su imagen y semejanza. A Ressler le debemos la asesoría de la cual nació el Hannibal Lecter de Anthony Hopkins. Otras tantas novelas, películas y series están directa o indirectamente inspiradas en su trabajo. Y por si fuera poco, uno de los libros de Douglas, Mind Hunter: Inside the FBI’s Elite Serial Crime Unit,  fue la base para la realización de Mindhunter, la nueva serie de Netflix, una de las apuestas más fuertes de la temporada.

Producida nada menos que por David Fincher y Charlize Theron, la serie sigue los pasos de los agentes Holden Ford y Bill Tench, cuyo periplo es un trasunto de Douglas y Ressler, respectivamente. Los primeros y los últimos dos capítulos están dirigidos por el propio Fincher. Para los despistados, estamos hablando del director de Seven, Zodiaco, Perdida y La chica el dragón tatuado, por mencionar solo las cintas donde el experimentado realizador se ha sumergido en las aguas negras del crimen para emerger como uno de los pocos cineastas que se manejan con absoluta solvencia en los sótanos de la mente.

Mindhunter posee muchas virtudes. La primera es que, para tratarse de una serie en la que aparecen algunos de los asesinos en serie más crueles de la historia moderna, Fincher decidió no regodearse en la sangre ni en la violencia explícita. Salvo por el primer capítulo, en toda la temporada no se escucha un disparo. Las escenas del crimen son presentadas de manera fugaz por medio de fotografías. En lugar de ofrecernos un espectáculo sanguinolento, el director y los guionistas prefirieron mostrarnos algo mucho más aterrador: las entrañas cerebrales de los asesinos en serie.

A lo largo de los diez capítulos, Holden y Trench llevan a cabo una serie de entrevistas con criminales que parecen extraídos de una inverosímil galería del horror. Ed Kemper, por ejemplo, no solo mató a su madre y a sus abuelos, sino que se dedicó a cazar chicas para asesinarlas y luego mantener relaciones sexuales con sus cuerpos decapitados. O Jerry Brudos, cuyo fetiche mayor eran los pies femeninos, y que fotografiaba  mujeres antes de estrangularlas vestido con lencería y tacones.

Para representar a los asesinos, Fincher eligió actores poco conocidos. El acierto es mayúsculo, sobre todo en el caso de Cameron Britton: viste tan bien la piel de Kemper, que si uno busca una entrevista del asesino real en YouTube, resulta difícil diferenciarlos.

La otra gran virtud de la serie es el complejo esgrima mental que se establece entre todos los personajes. En primera instancia está el juego entre los investigadores y sus entrevistados. ¿Cómo saber si están diciendo la verdad? ¿Quién está realmente controlando a quién? Holden y Trench se adentran por primera vez en un bosque oscuro sin saber bien a bien qué camino seguir. Para iluminar su sendero, consiguen la ayuda de la doctora Wendy Carr, una especialista en sicología de la Universidad de Boston (cuyo personaje está inspirado en la doctora Ann Wolbert Burguess, pionera en clínica del trauma y abuso de víctimas, y que firmaría con Douglas y Ressler el estudio Sexual Homicide: Patterns and Motives) que poco a poco se vuelve parte sustancial del equipo. Es ella quien les ayudará a elaborar un método para llevar a cabo las entrevistas; es ella quien apura a los investigadores a dedicarse tiempo completo a ese proyecto; es ella quien primero que nadie visualiza la trascendencia potencial de sus resultados.

Este elenco coral está complementado por otros héroes y otros villanos, todos con sus honduras sicológicas en la medida del peso específico que adquieren en la trama. En esta telaraña de relaciones amorosas, laborales y personales, ambos investigadores van quedando atrapados.

Capítulo a capítulo, atendemos a cómo se va afinando el olfato de los agentes, pero también a cómo el trabajo, ese tipo de trabajo, los va intoxicando. Para Trench es un lento descenso al infierno personal y marital; para Holden es el ascenso al cielo de la fama y la consiguiente pretensión que lo acompaña. Naturalmente, ambos empiezan a ver consumidas sus vidas, ya sea porque no encuentran forma de lidiar con lo grotesco o con la idea de la posteridad.  

Fincher nos ha entregado un thriller en el que la tensión comienza a acumularse incluso antes del inicio de cada capítulo. Previo a cada cortinilla, al espectador se le obsequia, en un brevísimo instante, algunos cuadros en los que un sujeto extraño se está preparando para algo; poco a poco constatamos lo que trae entre manos. Aunque no sabremos nada concreto hasta la segunda temporada, seguramente esta figura cobrará mucha relevancia en los nuevos capítulos. Mientras, ya desde ese guiño, Minhunter nos deja enganchados.

Otras series dedicadas al fenómeno de los asesinos en serie (Dexter, The Following, Hannibal) operan ya en un mundo donde estas criaturas son algo común y corriente; hace cuarenta años, sin embargo, estos seres eran vistos por la policía como algo excepcional, algo que no había que entender porque se trataba de una anormalidad del sistema. Ahí está otro de los aciertos de la serie: desplegarnos un mundo que ve a Charles Manson, a Ted Bundy, a Jeffrey Dahmer, como algo ajeno. Para Holden, Trench y Carr, estos sicópatas son fruto de un entorno social; es decir, pueden ser cualquiera de nosotros.

Spoilers aparte, el final de la temporada podría resultar brusco, incluso chocante, puede que hasta mal articulado, pero si algo es seguro es que no deja indiferente a nadie. ¿Cómo resumirlo? Un umbral se ha cruzado y ya no hay marcha atrás. Con más de un eco de True Detective, en esta primera temporada Mindhunter ya tiene un lugar asegurado entre las mejores series de su categoría.

Aunque muchos especialistas aseguran que la metodología de Ressler y Douglas es bastante cuestionable, gracias a su trabajo hoy sabemos que en general los asesinos en serie comparten rasgos comunes —violencia doméstica, abuso sexual, infancias desgarradas, deformación sicológica temprana—. Lo que no sabemos es por qué cientos o miles de personas que han crecido en situaciones similares, o incluso peores, no han perdido la cabeza ni se la han hecho perder a alguien más. Lo verdaderamente aterrador de los asesinos en serie es que parece no haber forma de anticiparlos. No que eso le deba importar a la ficción, no que eso no pueda ser pretexto para tejer, ojalá, una serie con varias temporadas (la segunda viene en camino) que nos mantenga al filo del asiento mientras vemos si logra resolver esta incógnita.

César Blanco
Editor y traductor.

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19 septiembre, 2017

El oro del temblor

La noche del martes 24 de septiembre de 1985, el edificio de la Lotería Nacional estaba casi desierto. En el salón de sorteos donde la gente se abarrotaba para escuchar el anuncio de la fortuna, había apenas treinta asistentes de rostros más tristes que esperanzados, como si en lugar de ir en busca del futuro, intentaran olvidar, agazapados en las filas intermedias, lo que ocurría detrás de esas paredes.

Afuera, los altavoces que solían llegar a decenas de curiosos apiñados en la banqueta en espera de la combinación ganadora, apenas exhalaban un tenue hilo sonoro al que nadie puso atención: “Treintayseismildoscientostreintayunoooo, premio mayor, premio mayor”.  Incluso la voz de Rafael Arce Ruiz, el mofletudo “niño gritón” de turno, sonaba apagada. Sin embargo, tras unos instantes de pasmo, la noticia empezaría a esparcirse como pólvora: el ‘gordo’ de la lotería, 800 millones de pesos, había caído en la Ciudad de México.

A cinco días de los terremotos que cimbraron la ciudad, las zonas afectadas parecían un hormiguero. Miles de personas se reunían alrededor de lo que hasta hace poco habían sido casas, hoteles, escuelas, oficinas, hospitales; se movían entre el polvo y los escombros, soportando el olor a muerte que entumía el aire.  Unos, los más, intentaban hallar sobrevivientes; otros, los bautizados por Leopoldo Rodríguez de Excelsior como “los gambusinos del temblor”, eran hordas de pepenadores provenientes de las zonas más pobres y alejadas del centro en busca una olla en buen estado, una radio a medio servir, algo de ropa para vender: lujos súbitos derivados de la tragedia. El resto, las setenta familias entre las que se había repartido el Premio Mayor de la lotería, levantaba con la misma ansiedad que los demás restos de concreto y varillas retorcidas, afanados en reencontrar su porvenir.

La ciudad, que de pronto se había convertido en un enorme cementerio, se transformaba también en la gigantesca posibilidad de encontrar un tesoro. Separando el cascajo del edificio situado en Lázaro Cárdenas y Victoria, el soldado de transmisiones Heraclio Peña Rodríguez se topó con un libro de recetas médicas que contenía 1,700 dólares y 53,500 pesos. El dinero fue remitido a Los Pinos, en espera de que fuera reclamado por su dueño. Bajo los restos del Edificio Nuevo León, los socorristas encontraron un millón de pesos en efectivo: 426, 650 pesos en billetes; 189 pesos en monedas de plata, 4,294 pesos mexicanos del año de 1962; 4,100 monedas de 100 pesos, 2,600 de 50 y 3,800 de 20; una moneda conmemorativa de las Olimpiadas del 68; billetes y monedas de diversas nacionalidades.

 Además de la desolación, la rapiña comenzaba a apoderarse de la capital. Las autoridades tenían ahora otro problema: controlar a la gente que, con el pretexto de ayudar en las tareas de rescate, intentaba encontrar una pequeña mina de oro.

Por esos días, Joel Campayo de El Diario de Monterrey, había leído en El  Universal una escueta nota arrumbada en las páginas interiores donde se consignaba que las cuatro series del billete ganador de la lotería habían sido vendidas por la Casa Alfaro, ubicada en República de Chile. Olfateando  una noticia que podía colarse entre el caos informativo hasta la primera plana, Campayo decidió ir en busca de los ganadores. Bastaba contestar dos preguntas elementales: ¿Habían sobrevivido? ¿Tenían en su poder los boletos?

Las primeras pesquisas del reportero lo llevaron a una pista falsa. Al parecer, el Premio Mayor no había salido del expendio de República de Chile sino del número 51, ubicado en Isabela Católica. En este, José Luis Alfaro Manzano, el dueño, aseguró que el gordo fue repartido por sus empleados.  Alfaro tenía una edad incalculable y un record impresionante: en 50 años había repartido 500 Premios Mayores; tan sólo en 1964 repartió el gordo del 5 de mayo, 14 de septiembre y 31 de diciembre.

Ese mismo día, Campayo se entrevistó con Consuelo Maza, una de las vendedoras del expendio 51. Maza le reveló que le había vendido 9 “cachitos” a un oficinista de la Secretaría de Asentamientos Humanos y Obras Públicas. El “joven” le comentó que iba a repartir cinco de ellos entre los compañeros de la oficina. Otros empleados de esa dependencia compraron el resto de la serie. El edificio había quedado en ruinas, pero la señora Maza aseguró que sus clientes se habían salvado porque reconoció a varios de ellos buscando entre los escombros: “Habían guardado los billetes en sus escritorios”.

Campayo localizó a otro de los billeteros adscritos al expendio, Jesús Sánchez Hernández, quien recordó que una persona “de buen vestir” compró 5 cachitos y se los guardó sin mirar siquiera el número: “Esa persona quizá no lo sepa y tal vez perdió todo en el temblor, incluso los 42.5 millones de pesos que le corresponden del premio”, le aseguró, casi incrédulo, el vendedor.

El día del sorteo aún faltaban cinco fracciones sin vender, y viendo la demanda que por aquellos días de crisis poseía a la ciudad, el señor Hernández las colocó frente a su aparador. Una señora se llevó tres. “Decía que caminó hasta acá buscando la terminación en uno. Dijo que estaba segura de que se iba a sacar la lotería”.

Buscando su propia fortuna, Campayo se dirigió rumbo a La Merced, en busca del vendedor Fernando Medellín. El temblor había castigado mucho esa parte de la ciudad. Las imágenes se ensombrecían conforme el periodista se adentraba en el barrio. Estaba a punto de saber que bajo los restos de algunas de las casas que veía a su paso, una serie completa estaba diseminada en varias casas de la zona. Ubicó a Medellín. El billetero, huraño, solo le confió que todos sus clientes estaban sanos y salvos, pero que sus casas se habían desmoronado. No quiso dar nombres, pero exaltó su bondad: todos le repartieron buenas propinas, después de todo, gracias a él eran virtualmente millonarios.

El rastro se perdió ahí. Campayo no logró localizar a las personas o tuvo que regresar a Monterrey. Con esa información, redactó una nota que se acumuló entre tantas otras historias que se sucedieron los días del temblor.

Veinte años después, el Archivo Histórico de la Lotería Nacional no arroja ninguna certeza. El expediente H-866, correspondiente al sorteo 199 del 24 de septiembre  no existe, o más bien, se perdió en algún cambio de administración. En cuanto al Archivo de Reclamaciones por Mal Pago, no figura ninguna reclamación en ese mes; al parecer, nadie solicitó el cobro de un billete en mal estado.

No hay registro que lo compruebe. Salvo aquellos que salieron premiados esa noche, no se sabe a ciencia cierta qué fue del oro del temblor*.

 

César Blanco.
Editor y traductor.

*Este texto fue publicado originalmente en 2005 en el suplemento confabulario de El Universal. Lo reproducimos con autorización del autor.

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