Hoy se cumple un siglo de la firma del armisticio con el que terminó la Primera Guerra Mundial. Esta fecha simbólica, fijada con tanto esmero en la memoria occidental, no marcó el fin de las penurias para todos los involucrados, como lo demuestra esta crónica-ensayo a través de una de las zonas de conflicto mayores: los Balcanes.

Tuve que buscar mi libreta de viaje de hace cuatro años. La memoria y los datos históricos no bastan para narrar lo particular que resultó la visita a los Balcanes en el verano de 2014, el paso por Bosnia-Herzegovina y, sobre todo, la estancia en Sarajevo a cien años del asesinato del archiduque Francisco Fernando y Sofía Chotek.

Tras un recorrido de dos semanas en Croacia a lo largo de la costa Dálmata, me adentré en la península balcánica para encontrarme con un panorama completamente distinto: Bosnia-Herzegovina. No solo era un cambio paisajístico —de los acantilados blancos que delimitan el mar Adriático de azules cristalinos a los escenarios montañosos surcados por ríos de gran caudal—, también parecía tratarse de otra temporalidad, o por lo menos de un manejo distinto del tiempo. A pesar de los vestigios históricos, en Croacia la vida transcurría con miras a la novedad, mientras que en Bosnia-Herzegovina la gente parecía tener la mente bien puesta en el pasado. Aunque no en todo el pasado.

Cada vez que cambiaba de pueblo o ciudad, una técnica me permitía llegar al lugar donde pasaría la noche sin grandes complicaciones: estudiaba el mapa cuidadosamente y memorizaba, si no el camino exacto, al menos la dirección que tendría que seguir una vez que pusiera un pie ahí. Así lo hice también en Sarajevo.

Llegué a la estación de autobuses de la capital bosnia alrededor de las 3 de la tarde. Tenía que ir en dirección norte, pasar un parque del lado izquierdo, cruzar el río Miljacka por el Puente Latino y… Me detuve en seco. Delante de mí, en el costado nororiental de la calle se anunciaba “La esquina que dio inicio al siglo XX”. El letrero pertenecía a un museo moderno —inaugurado en 2007— y notablemente remodelado. Ahí, el joven serbobosnio, Gavrilo Princip, había asesinado a Francisco Fernando y a Sofía Chotek el 28 de junio de 1914. Francisco Fernando estaba destinado a ser el heredero del imperio austrohúngaro y su muerte formalizó el estallido de la Gran Guerra un mes más tarde, el 28 de julio de ese mismo año.

Se trata de un hito en la historia occidental, del inicio del fin de una era. Pero, ¿qué significaba aquel suceso? Para los serbios, Princip fue un héroe que se rebeló a la sujeción del imperialismo austrohúngaro, pero desde la perspectiva bosnia, aquel asesinato fue el inicio de una cadena de tragedias que marcaron el principio del siglo XX.

Dibujo del Puente Latino en Sarajevo, 1914.

Uno de los factores que desencadenó la Gran Guerra fue la rivalidad entre Serbia y Austria-Hungría, cuyos territorios fueron escenario de los primeros enfrentamientos dado que toda la península balcánica era terreno estratégico en disputa. Mientras que Bulgaria se adhirió al bando austrohúngaro y alemán, Serbia, Montenegro, Rumania y Grecia se posicionaron del lado de los Aliados. La guerra se desarrolló, y gracias al apoyo ruso —más que al británico o al francés— los ejércitos búlgaros y austrohúngaros fueron replegados. Finalmente, las consecuencias más trascendentes de la Gran Guerra cocinada desde la primera década de 1900 y desencadenada en el cruce de dos calles de Sarajevo se tradujeron en el fin del orden imperial conocido hasta ese entonces. La guerra marcó el principio del siglo XX.

Este 11 de noviembre de 2018 se cumple un siglo de la firma del armisticio entre los Aliados y el Imperio Alemán en un vagón de tren en Compiègne, al norte de Francia. El anuncio de aquel cese al fuego desató una ola de celebraciones; las calles de Manchester, Londres, París y Nueva York se abarrotaron. ¡Por fin se detendrían los disparos! Y ciertamente había que celebrar el alto a una lucha que a lo largo de poco más de cuatro años había cobrado la vida de unas 20 millones de personas. Cien años más tarde, en conmemoración al término de la Primera Guerra Mundial, miles de antorchas alumbran la Torre de Londres en recuerdo a los caídos, el presidente francés visita los campos de batalla y decenas de mandatarios se reunirán el 11 de este mes en una ceremonia en París.

Pero esta fecha simbólica, fijada con tanto esmero en la memoria occidental, no marcó el fin de las penurias para todos, y ya no digamos los alemanes derrotados o los sirios, libaneses, cameruneses, palestinos y togoleses que siguieron bajo sujeción de potencias extranjeras, sino los habitantes de aquella península al sur de Europa que había servido de pretexto para el inicio de la guerra. Al contar la historia del triunfo de los Aliados, la atención suele ponerse en Europa del norte y el frente occidental mientras que los acontecimientos del sur se difuminan. Los conflictos desatados en 1914 no terminaron de tajo en 1918. El cese al fuego sería el primer paso de una larga cadena de negociaciones que culminaría con los Tratados de Paz en 1919. En pocas palabras, el reordenamiento del mundo se trataba de una redistribución de poder e influencia, pero eso sí, enarbolando orgullosamente el argumento del derecho de autodeterminación de los pueblos. Aquel derecho era un arma de doble filo, que además podía afilarse, pues muy a menudo implicaba un componente étnico y religioso. Estos dos elementos en el caso balcánico eran inseparables.

En este sentido, hay que señalar que la liberación definitiva del yugo austrohúngaro en los Balcanes fue anterior a la firma del armisticio, y la formación del Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios, que agrupaba a los eslavos del sur, tuvo lugar desde el 29 de octubre de 1918 y al margen de las negociaciones de 1919. La unificación no fue sencilla, pues el gobierno estaba en manos de Serbia y ésta no garantizaba la autonomía de los territorios agrupados. Así, si bien los habitantes de aquella península ya no estaban bajo un gobierno imperial, tampoco se trataba de un conjunto de Estados nacionales con fronteras definidas sino de un conjunto de naciones con distintas religiones y adscripciones étnicas —cuya “pureza” era cuestionable, por supuesto—: bosnios musulmanes, serbios ortodoxos y croatas y eslovenos católicos, entre otros. Éstos tenían ya un pasado marcado por el conflicto entre ellos.

A los ojos de las potencias triunfadoras, no todos tenían el mismo derecho de vivir en los Balcanes, y como su nombre lo indicaba, el Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios no incluía a los bosnios musulmanes. En este sentido, una de las primeras acciones del nuevo gobierno fue impulsar una reforma agraria en 1918 para colonizar y alterar las estructuras demográfica y de propiedad de la tierra. Bosnia-Herzegovina sufrió los embates más fuertes de estas acciones, donde, en un principio, los musulmanes eran dueños del 91.1% de la propiedad, el resto se repartía entre serbios ortodoxos (6%), croatas católicos (2.6%) y otros (0.3%). La reforma agraria básicamente consistió en expropiar las tierras a los bosnios musulmanes, empobreciéndolos estrepitosamente y provocando su éxodo a Turquía. Las tierras de Bosnia-Herzegovina se repartieron entre casi 250 mil familias serbias, y muchos de los registros de propiedad se hicieron sin que éstas tuvieran que poner un solo centavo; era la “recompensa” por pertenecer a la nación privilegiada.

Por lo menos en Occidente, a Sarajevo se le recuerda por el asesinato que justificó el estallido de la Gran Guerra. Del fin de ésta se recuerda la firma del cese al fuego el 11 de noviembre, la caída de los grandes imperios europeos y el consecuente surgimiento de Estados nacionales. Pero el fin de una época es sumamente complejo y, fijar las nuevas fronteras sobre el terreno fue mucho más conflictivo. Las nuevas demarcaciones nacionales no eran una realidad dada ni resolvían las rivalidades. Y las consecuencias de esto siguen presentes.

Serbios siendo expulsados de Croacia, 1941.

Mientras que en 2014 los anuncios del museo a un costado del Puente Latino recordaban el centenario de los acontecimientos, las calles de Sarajevo contaban una historia que tiene más sentido con su recuerdo centenario. Los edificios y la memoria de las personas estaban agujereados por una guerra más cercana: el enfrentamiento con sus ahora vecinos —croatas y serbios— con quienes hasta hacía menos de treinta años conformaban Yugoslavia. Allí, en el sur del continente, el armisticio del 11 de noviembre no fue el fin de los enfrentamientos, ni el principio de Europa.

 

Cecilia Burgos
Egresada del Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras. Realiza investigación independiente.

 

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Para nosotros Rusia es en muchos sentidos un misterio. Pero si algo sí sabemos es que ahí vivió un “tal Chéjov”, entre otros titanes del canon literario.

Miro el mapamundi colgado en la pared: hay un país enorme que ocupa un noveno de la superficie continental de la Tierra. Es Rusia con sus más de 17 millones de kilómetros cuadrados que desafían la división entre Europa y Asia. Me pregunto acerca de todo lo que contienen sus fronteras: ¿cómo son sus paisajes? ¿Cómo son sus más de 142 millones de habitantes? Y, ¿cómo diablos ha logrado mantenerse unido un país de semejante tamaño? Lo único que sé es que cada pregunta tiene un sinfín de respuestas y que estoy muy lejos de ser la primera persona en preguntarse sobre Rusia.

Podría remontarme cientos de años atrás para empezar a hablar sobre Rusia, pero basta con ir a principios del siglo pasado —que ya de por sí es un salto bastante grande— para esbozar una idea de lo que tal país se ha significado para los “no rusos”, para quienes Rusia se esconde tras un telón. En 1905, año clave de la crisis del Estado zarista, el escritor polaco Joseph Conrad, nacido en el Imperio Ruso e inglés por elección de vida, describió a Rusia como un ente oscuro y abarcador que se extendía hacia el Este, encerrada en sí misma, oscura, inmensa, ajena e indescifrable:1

Lo que percibe uno con pasmo es que hay algo de inhumano en su carácter. Es como una visitación, como una maldición que cayera del cielo en la oscuridad de las eras sobre las inmensas planicies de bosque y de estepa que yacen en silencio en los confines de dos continentes: un verdadero desierto que no aloja ningún espíritu, ni del Este ni del Oeste.2

Doce años después de que Conrad escribiera aquellas líneas el imperio zarista se derrumbó. Los bolcheviques tomaron el poder con la Revolución de octubre de 1917 y cinco años más tarde, tras una guerra civil, se estableció la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas con modificaciones “mínimas” en sus fronteras. A pesar de los cambios, el telón —“de acero”— seguía sin subir y el coloso euroasiático continuaba siendo uno para los occidentales, quizá uno incluso mayor: ¿cómo era el mundo socialista? La imaginación podía echarse a volar con facilidad, no hace falta más que ver la propaganda estadounidense en contra de los comunistas durante el Macartismo: un sinfín de imágenes que delatan el miedo hacia un enemigo envuelto en misterio, desconocido.

rusia

La URSS se desmoronó entre 1989 y 1991 con las reformas de Gorbachov. Las miradas estaban puestas en ella. Rusia emergió una vez más ante el mundo entero en forma de una federación a cuya cabeza hoy en día está el polémico Vladimir Putin, quien ejerce su tercer periodo presidencial —al cual se suma un año de interinato y cuatro como primer ministro—. A pesar de la mayor apertura del país euroasiático, a unos meses de que se cumplan los cien años de la Revolución de octubre, las interrogantes y críticas hacia éste no han desaparecido: ¿por qué se condenan las voces disidentes de tal manera? —hablando de la protesta y arresto de las integrantes Pussy Riot en 2012, por ejemplo—3 ¿Rusia tuvo injerencia en las elecciones estadounidenses pasadas? ¿Aún hay agentes secretos rusos en distintos países? Una duda vuelta a plantear tras la muerte del antiguo encargado del programa de “ilegales”, Yuri Drozdov, el pasado 21 de junio.4

En fin… un montón de cosas se pueden decir en cuanto a política rusa, pero ¿qué más es Rusia? Ahí y desde ahí también late el arte que ha influido en lugares y momentos diversos. De la época zarista saltan un sinnúmero de referencias: desde el Teatro Bolshói, la música de Chaikovski y Stravinski, la poesía de Marina Tsvetáieva, las novelas de Dostoievski, Tolstoi, Pushkin, y el teatro de Chéjov. Aquella época que se siente tan remota para buena parte de los jóvenes mexicanos podría no ser más que nombres impresos en las portadas de libros de todos tamaños y sabores, y Rusia podría ser simplemente aquel país enorme trazado en el mapamundi de la habitación o en el globo terráqueo de un salón de clases. Sin embargo, las palabras “Rusia” y “Chéjov” hoy también aparecen en la cartelera del teatro.5

Pues sí, unos teatreros en pleno siglo XXI mexicano están hablando sobre un tal Antón Chéjov y viajando a quién sabe qué Rusia imaginaria. Hay algo peculiar en aquella propuesta: no es otra puesta en escena más de El Tío VaniaLas Tres Hermanas o La Gaviota, no. Ellos afirman que fueron a Rusia porque les dijeron que allá vivía un tal Antón Chéjov y para mí la pregunta es: ¿cómo pudieron reapropiar y reinterpretar un país tan complejo que parece esconderse en el misterio? Es evidente que el primer paso fue explorar a profundidad el mundo chejoviano a través de cinco personajes inicialmente patéticos que bien podrían ser producto de la pluma de Chéjov. Nosí, Hache, Jo, Alita y Lina queman libros para mantenerse calientes, pero Rusia existe en el escenario como una ficción que sirve como brújula ante la desesperación de estos amigos.

Dentro de la obra, Rusia es un ente sumamente abstracto en el que se mezclan ideas, prejuicios e ilusiones. En aquel lugar inmenso cabe de todo: desde campos tibios bañados por el sol y llenos de flores hasta estepas heladas. Tal parece que los rusos son todo un misterio a resolver, personas que sólo pueden describirse —como los habitantes de cualquier país— a partir de estereotipos: los rusos reciben brindando con vodka y cantando canciones de bienvenida, todas las familias tienen un oso de mascota, a todos les gusta viajar en tren… Después, una especie de alter ego femenino médico de Chéjov advierte al espectador otras características de los rusos: son personas muy sentimentales, siempre tristes, aplastados por la crudeza de la vida que han tenido, y envidian la capacidad de los mexicanos de reírse de sí mismos.

“¡¿A Rusia?! ¡¿Por qué?!”, exclama Hache en un momento de la obra y, a decir verdad, yo también me lo preguntaba. La Rusia con la que se sueña en escena no es la de los zares, secretarios generales o presidentes, sino el resultado de la mera elección de emprender un viaje. Con todo, me parece que sí hay algo de Rusia detrás de este telón: el aire de misterio que envuelve y adereza el ambiente, la curiosidad por saber lo que hay ahí donde no se está.

 

Cecilia Burgos Cuevas
Estudió Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


1 Joseph Conrad, Polonia y Rusia, p. 101.

2 Joseph Conrad, Polonia y Rusia, p. 109.

3 http://bit.ly/2uWknD1

4 http://bbc.in/2udZ2aC

5 http://bit.ly/2ujRJO9

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En este recuento aparecen las vías que podremos seguir para internarnos en la vida y obra del escritor franco-búlgaro, estudioso de los mecanismos y las consecuencias de la memoria.

todorov


Llegué tarde a casa. El día fue largo y no había tenido tiempo de hacer mi revisión habitual de las noticias ni en la mañana ni en la tarde (según la hora a la que tome el café con calma). Tzvetan Todorov había muerto. Corrí a mi librero para encontrarme con los únicos dos libros suyos que tengo en papel: Mémoire du mal, tentation du bien (Memoria del mal, tentación del bien) y Les Abus de la Mémoire (Los abusos de la memoria). Los compré en una librería hace un par de años en París, la ciudad en la que él vivió y murió. Recuerdo que tardé más tiempo eligiendo entre los títulos de Todorov que tenía la librería, que en revisar minuciosamente sus anaqueles ordenados alfabéticamente, recorriendo letra por letra desde la A hasta llegar a la T. Claro, elegí dos obras sobre la memoria para tenerlas al alcance de mis dedos con el fin de no olvidarlas, pero hay otras que poseo en mi memoria y que seguramente están más o menos alteradas y día a día se desdibujan un poco más.

En fin, ¿qué importaba que hubiera muerto un filósofo más, en tiempos donde mueren diario miles de personas por enemistades, enfermedades, decisiones y, sobre todo, por la incapacidad de empatía característica de tantos seres humanos? A mí me importó precisamente por el llamado que ha hecho Todorov a una memoria que sea capaz de repercutir hoy, en las condiciones presentes. Una memoria que no se queda inmóvil en un pasado cerrado, sino una memoria abierta, activa, ágil. En Les Abus de la Mémoire el escritor llama la atención sobre una característica básica de la memoria: ésta no se opone ni anula al olvido; al contrario, se compone tanto de lo que se borra como de lo que se conserva. Sigue decidir qué conservar.

¿Por qué elegir recordar a Todorov? Seguramente mucho de él quedará en el olvido —pues como él mismo afirmaba, el almacenamiento no es lo mismo que la memoria—, pero al menos unos cuantos continuaremos leyendo y discutiendo su obra un rato más. Precisamente la selección es un primer paso en el quehacer memorístico, y después de ésta viene la etapa que puede tener consecuencias catastróficas o magníficas: la utilización de la memoria. En palabras del filósofo: “cada uno de los actos tiene sus propias características y propósitos”1, y el acto de recordar a este hombre estará determinado por un sinfín de circunstancias, pero para mí, el propósito es uno: explorar las formas de utilizar la memoria propuestas por Todorov en un momento en el que la empatía podría ser un elemento clave para detener la violencia que vivimos estos días.

La vida de Todorov, una vida europea del siglo XX, explica que dedicara tanto tiempo al desciframiento de la memoria y sus mecanismos. A pesar de que la mayor parte de su carrera y obra salieron —por así decirlo— de Francia, su inspiración vino de otra parte, del único lugar capaz de atizar esa llama de la escritura: la vida. Una vida con memoria personal, nacional y mundial. Las ediciones de los dos libros que tengo en mis manos son francesas pero hay algo en su contenido que no lo es: el pasado que yace en su narración. La prosa de Todorov encierra también su memoria, los recuerdos de los cuales nunca se deshizo.

Todorov nació en Sofía, Bulgaria, unos meses antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Ahora suena muy significativa la confluencia de tales hechos en 1939  y el desarrollo de la guerra  marcó la vida del filósofo-lingüista-historiador. Para empezar, se educó bajo el mando comunista, pues la península balcánica había quedado en la zona de influencia de la Unión Soviética. De hecho, se vio orillado a huir a principios de la década de 1960 y se refugió en París, donde continuó su formación, y una década más tarde se nacionalizó como francés. Todorov fue un desplazado búlgaro, tanto por obligación como por elección, un hombre a quien el siglo XX hizo cambiar de domicilio. No sorprende que una de sus grandes críticas al mundo dedicho siglo —si no es que la principal— se centre en los sistemas totalitarios, el nazismo y el comunismo —de manera particular en el régimen de Stalin—, mismos que marcaron la memoria del siglo XX en diversos sentidos.

Con respecto a la época que le tocó vivir, distingo tres principales usos de la memoria, que resultaron en direcciones distintas según la coyuntura que los creó. Primero, los regímenes totalitarios eligieron cuál era la memoria histórica que la sociedad debía mantener para así justificarse y mantener su poder. En segundo lugar está la marca indeleble que dejaron las acciones perpetuadas por dichos regímenes en cada una de las personas que los vivieron, los recuerdos con los que cada quien decidió qué hacer en la medida de sus posibilidades. Y finalmente, los totalitarismos dejaron un sinfín de testimonios y reflexiones a posteriori, en donde entran los memoriales, museos, escritos personales, investigaciones académicas, y demás.

En ese mismo sentido, Todorov afirmaba que las huellas del pasado, en general producen tres grandes discursos: el del historiador, el testimonio y el de quien conmemora. El primero se refiere a la disciplina que pretende la restitución del pasado de forma impersonal mientras que el segundo apela a la subjetividad, a los recuerdos que configuran una identidad individual. Finalmente, quien conmemora hoy en día está guiado por el internet pero al igual que el historiador, produce su discurso en el espacio público y lo presenta como una verdad irrefutable. Por ello el filósofo advertía que la conmemoración por sí misma no es la mejor manera de vivir el pasado en el presente.2

Esto me hace pensar en la polémica desatada por Yolocaust, el sitio web del artista israelí Shahak Shapira, en el que se ridiculizaban las fotos tomadas por los turistas en el memorial del holocausto en Berlín: el efecto catastrófico más recordado de los totalitarismos. La crítica a un turismo que arrasa con todo sin siquiera preguntarse ante qué está parado no es novedad, pero tampoco el hecho de que los memoriales tengan que ser interpretados desde un presente porque, si se quedan estáticos, no son más que la materialización de un pasado cerrado, muerto. ¿Cómo tiene que ser un memorial? ¿Sólo nos podemos acercar a él con un silencio sepulcral? Dudo que éste lleve a una mejor comprensión del pasado, a una asimilación de la memoria. Todorov defendía el derecho de todo ser humano a recuperar su pasado, pero se oponía al culto de la memoria por la memoria pues ¿cuál es el fin de recuperar el pasado?

Es innegable que los totalitarismos marcaron una etapa de la historia y, más importante aun, a las personas que los vivieron. Y fueron ellas quienes decidieron recuperar una u otra parte del pasado y darle un cierto uso. Algunos transformaron los recuerdos del sufrimiento en un rencor y un odio tales que, aderezados con la victimización, llevaron de nueva cuenta al derramamiento de sangre, como sucedió durante la disolución de Yugoslavia, según afirmaba Todorov. En definitiva, cuando la memoria tiene tales consecuencias, el olvido se muestra más atractivo desde la distancia temporal. Pero algo se olvidó en aquellos países balcánicos: que los serbios, croatas, bosnios, eslovenos y macedonios son personas, con similitudes más profundas que sus diferencias, las cuales les habían permitido convivir antes de la construcción de un muro basado en identidades distintas, antes de volverse extranjeros ante los ojos de los otros.

Lo sucedido en la ex Yugoslavia es un buen ejemplo, pero como subrayó Todorov más de una vez, los europeos y especialmente los franceses, han estado particularmente obsesionados con el culto a la memoria. La nostalgia invade cada rincón de París. Hace unos días me enteré que ahora la tumba de Oscar Wilde está protegida por un vidrio para evitar más huellas de labios en su superficie. Esto bajo el argumento de la conservación, de que el monumento luctuoso del gran escritor prevalezca sin daños, en un afán por mantener vivo un pasado que no sirve sino para ser contemplado. Pero, ¿acaso esos besos no revitalizaban la tumba uniendo presente con pasado? El pasado no es un monolito inamovible y, como decía Tzvetan Todorov: “poner el pasado al servicio del presente es una acción.”3 Acercarse a la tumba de Wilde es  dejar que el pasado habite al presente.

Recordemos a Todorov por las pistas que dejó para entender y actuar sobre un mundo caótico y bombardeado de información susceptible de ser infinitamente almacenada. A este mundo violento, lleno de discursos de odio, le viene bien que toquemos las tumbas de nuestros escritores con los labios. 

 

Cecilia Burgos.
Estudió historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


1 Tzvetan Todorov, Les Abus de la Mémoire, París, Arléa, 2004, p. 15.

2 Tzvetan Todorov, Mémoire du mal, tentation du bien, París, Robert Laffont, 2000, p. 187, 191, 193.

3 Ibídem, p. 194.

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Hace treinta y siete años la música del álbum The Wall irrumpió en el mundo sonoro contando la historia de un tal Pink Floyd que estaba aislado por un muro metafórico. A través de este relato musical, la banda británica hizo una crítica incisiva a la sociedad de aquel entonces. Pero, ¿por qué Roger Waters, miembro fundador de Pink Floyd, está ahora en México presentando un show que incluye canciones y la escenografía de The Wall? Para empezar, por que el concepto de muro se presta para ser reinterpretado según el contexto, a lo cual se suma el hecho de que, desde el lanzamiento del álbum, el número de muros físicos en el mundo haya aumentado de forma espeluznante.

waters

Roger Waters
Fotografía de Alterna2 bajo licencia de Creative Commons

Diez años después de que The Wall se hizo escuchar por primera vez cayó el Muro de Berlín, y los festejos por el fin de la división de una sociedad alemana que vivía según modelos económicos y políticos diferentes no se hicieron esperar. Sin embargo, en este preciso momento, son más los muros construidos que los derribados desde 1979, y las promesas de nuevas edificaciones del tipo van en aumento. Los muros son una constante en la historia de la humanidad, unos son más silenciosos y otros más estruendosos, dependiendo de a quién segreguen y según a quién protejan, pero es fundamental que no pasen desapercibidos.

Muros para dividir, para olvidar, para poner una barrera por miedo al Otro. El reportero polaco muerto hace poco menos de una década, Ryszard Kapuściński, señaló tres maneras de actuar respecto al Otro: la primera es la guerra, la segunda el aislamiento tras una muralla, y la tercera es entablar un diálogo. La guerra pone de manifiesto la incapacidad de los humanos de entenderse entre sí; la segunda justifica una "doctrina de desigualdad del género humano, premeditada y programática",1 donde quienes están al otro lado son considerados infrahumanos. El diálogo pone en pie de igualdad a todos, los unos son los Otros de los Otros, y no hay más remedio que dejar de lado toda aspiración de superioridad para intentar comprender a quien está a lado, no adelante o atrás. La guerra y el aislamiento, por su parte, se alimentan entre sí; y ambos han estado presentes y en constante transformación a lo largo de la historia de la humanidad. En este sentido, quizá uno de los grandes méritos del espectáculo de The Wall ha sido su capacidad de adaptación y reinterpretación, aquello que le permite seguir gritando y visibilizando los problemas hasta  el dia de hoy.

¿Por qué importa hoy que The Wall se haga escucharen el zócalo de la ciudad de México? Roger Waters expresó su opinión sobre la situación en el país durante sus dos primeros conciertos en el Foro Sol, recordó a los 43 normalistas desaparecidos, demandó la renuncia de Enrique Peña Nieto y llamó pendejo a Donald Trump. Hoy toca gritar estas demandas en el espacio público y frente a Palacio Nacional, ahí donde el lunes 26 de septiembre se conmemoraron dos años de los sucedido en Ayotzinapa y se demandó justicia para  los 28 mil desaparecidos desde el sexenio de Felipe Calderón–según cifras de Amnistía Internacional.

Si bien el zócalo ha sido el punto de reunión más importante del país para expresar las demandas sociales, la plaza ha estado cercada últimamente de una forma un poco más silenciosa. El espacio ha sido ocupado más por eventos auspiciados por el gobierno, que por las demandas sociales. El 15 de septiembre la marcha que exigía la renuncia de Peña Nieto no pudo llegar al zócalo, pero todo se dispuso para que se llevara a cabo el acto protocolario en conmemoración del grito de independencia. El lunes pasado, las carpas de la Semana de la Ciencia y la Teconología esucharon las demandas de justicia pasar a su lado sin inmutarse; la desaparición de los normalistas sigue sin esclarecerse –como la de tantos más– y, si las cosas siguen como están, cada minuto que pasa se convierte en un ladrillo más en el muro del olvido que divide al presente del pasado, una barrera que hace que el pasado sea cada vez un lugar más extraño.

Por otro lado, el pasado 31 de agosto los dos protagonistas de la crítica de Waters se reunieron en México y el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos habló de su propio proyecto de muro. En su página web, incluido en la sección de “inmigración” del plan para “Poner a América Primero”, el empresario establece como punto número uno “Empezar a trabajar en un muro físico impenetrable en la frontera sur. México pagará por el muro”. El tema ya ha merecido múltiples comentarios, críticas, burlas, incredulidad, disputa, enojo y… odio. Tanto odio que tras escuchar a Trump efectivamente dan ganas de permanecer tan lejos de él como sea posible. No sólo está infundiendo el odio de los estadounidenses hacia los mexicanos, sino también en el otro sentido… ¿Será que está logrando su cometido mejor de lo que nos imaginamos?

Claro que, frente a esto, Hillary Clinton se perfila como una gran opción. Ella no habla de construir un muro para separar a México de Estados Unidos, pero definitivamente la idea no le es del todo ajena. Para empezar, fue durante el mandato de su esposo cuando se inició la edificación de un muro fronterizo en California para mantener a raya a los migrantes provenientes de México, así que tampoco le podemos dar a Donald el crédito de una propuesta original. Por supuesto, es Bill quien tiene que responder por sus acciones, pero los muros no están tampoco fuera de la agenda política de la candidata demócrata, sólo hace falta voltear a ver su inferencia en Medio Oriente.

Hillary ha apoyado de forma contundente al estado israelí durante el conflicto con Palestina que, además de los miles de muertos, desplazados y heridos –en su gran mayoría palestinos-, ha implicado la constucción de un muro fronterizo desde 2001 por iniciativa israelí; una división que sólo acentúa más el odio y la increíble incapacidad de comprensión entre individuos. A esto, hay que sumar el voto de Clinton a favor de la intervención en Irak en 2002 y la intromisión en Siria bajo el argumento de la lucha contra el Estado Islámico. Este último conflicto ha resultado en el desplazamiento de casi siete millones de sirios y en una de las crisis humanitaria más grandes de la historia que nos conduce nuevamente hacia los muros. Quienes huyen de Siria se dirigen a Europa, pero parece que muchos ahí tampoco quieren saber del Otro, de modo han aparecido un par de muros más: el de Hungría-Serbia, levantado por el gobierno conservador húngaro, y el de Calais, construido en esta ciudad al norte de Francia para dificultar el paso de los refugiados al Reino Unido.

Estos otros muros no afectan directamente a los mexicanos, pero ahí están, se alimentan de la misma incomprensión que la valla que ya se extiende a lo largo de un tramo significativo de la fontera al norte del país. De igual forma, vale preguntarse qué muros, ya sean físicos o simbólicos, se han construido desde México. Inevitablemente sale a relucir aquél que está en nuestra frontera sur; cruzar a este país tampoco es tarea fácil para hondureños, salvadoreños o guatemaltecos.

Sí, Roger Waters también es Otro, un británico que no ha vivido en México, que no ha padecido el clima de inseguridad que se vive aquí día a día, y lo más seguro es que no sea él quien tenga más argumentos ni conocimiento profundo sobre la situación del país. Pero, ¿tiene algo de malo que se haga escuchar, que haga resonar una vez más lo que miles gritan en las calles? Más que pensar que la sociedad mexicana se une a la voz de Waters, es él quien se une al grito de los mexicanos hartos del clima de violencia que se vive día a día aquí, a la demanda de derribar los muros entre México y Estados Unidos, entre gobierno y sociedad civil y entre los propios ciudadanos mexicanos. Hoy por la noche hay una buena oportunidad más de apropiarse del espacio público y de que, todo aquel que lo desee, pida una vez más la renuncia de Peña Nieto y la vea proyectada en un gran muro temporal a lado de Palacio Nacional.

Las acciones se realizan en lugares definidos, y mediante las primeras es posible aporpiarse de los segundos. Los espacios públicos están para ser utilizados, entonces, no permitamos que haya pequeños muros regulando el paso y la actividad en la explanada más grande del país, un territorio en el centro de la ciudad que ha sido lugar histórico de congregación y resistencia. Hoy por la noche es el turno de irrumpir en el zócalo, apropiarse del espacio público con la demanda de justicia, memoria y solidaridad al ritmo de un The Wall reinterpretado y vigente. El día de hoy está programado como el día que se erije un muro que ha de caer al terminar el espectáculo.


1 Ryszard Kapuściński, Encuentro con el Otro, Barcelona, Anagrama, 2007, p. 16.

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“‘Mi vida’ es la autobiografía mental con la que todos vivimos y para la cual vivimos. Lo que ocurre en realidad es algo del todo distinto […] Al ir en busca de un yo perdido también busco un tiempo perdido.”1

 

Con el argumento de que “no es cosa seria”, la ficción parece ser sólo un pasatiempo para los historiadores, pero el presente de alguna manera también se ha convertido en una realidad paralela a los papeles de antaño. Así que la fama tampoco caracteriza a estos intelectuales, a quienes se les relaciona más bien con el pasado, con lo viejo, con lo antiguo, con datos, libros y archivos, incluso con lo aburrido. Para algunos, los historiadores están recubiertos de polvo, muy lejos de la luz de los reflectores, y si bien de vez en cuando se les reconoce el papel que juegan en la construcción de una o varias memorias, pocas veces importa y se evoca su memoria personal como parte de la historia misma… A menos de que estén muertos: como si el tiempo fuera el único garante de objetividad, el juez incuestionable que otorga el prestigio en la historia.

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Por suerte, hoy podemos celebrar una historia viva que se sacude el polvo: el historiador británico Timothy Garton Ash cumple —apenas— sesenta años. Es profesor en la Universidad de Oxford, se ha dedicado a estudiar la historia del presente y la política europea. Desde su primer libro, The Polish Revolution: Solidarity, publicado en 1983, que trata sobre la huelga de 1980 del sindicato polaco “Solidaridad”, el historiador británico dejó claro su interés en el estudio histórico de lo actual, de lo vivo. Tan sólo tres años después de ocurrido, el autor aventura un análisis sobre un suceso que le fue contemporáneo. En general, todo su trabajo ha seguido esta línea de inmediatez. Es por eso que habrá quien dude de su filiación historiadora y lo coloque bajo el título de periodista, analista político o algo por el estilo, mas ninguno de los adjetivos tendrían por qué serle negados.

A pesar de haber nacido en uno de los países más occidentales, el hombre se interesa por la otra Europa: de Alemania al Este. Me aventuro a decir que, a partir del estudio de las diversas realidades en los países de la Europa Central principalmente, Garton Ash se topó con la necesidad de problematizar sobre el viejo continente que se convulsiona constantemente. Hoy día, el historiador británico colabora como columnista y analista en periódicos como The Guardian, New York Times, Washington Post y otros; además, como era de esperarse, su interés historiador ha desbordado fronteras y ahora aborda temas políticos del mundo entero: desde la confrontación entre Europa y Estados Unidos en Free World (2004) a conflictos políticos y sociales polémicos en el mundo entero con Facts Are Subversive (2009). En cuanto a las publicaciones en español, El País se encarga de algunos de sus artículos y sólo tres de sus libros sido traducidos: Mundo Libre (2005), Historia del Presente (2000), y El Expediente: Una Historia Personal (1997), éste último es una autobiografía que apela a la memoria, sobre la cual vale la pena profundizar con el pretexto de su cumpleaños —y leer, claro—.

En dicho libro, Timothy Garton Ash se examina a sí mismo —costumbre sorprendentemente socorrida entre historiadores, basada en una curiosidad, en una sospecha, a veces quizá en delirios de grandeza que pocos les conceden. ¿Una autobiografía para recordarse? Prefiero ver al Expediente como una escrito donde la memoria se problematiza y comprende mejor.

A diferencia de otras autobiografías, ésta no es un relato de un montón de acontecimientos que se articulan para explicar el ser de quien la escribe, sino que a lo largo de la reconstrucción personal el acento está en los recuerdos y lo olvidos, quienes componen a la memoria, y también a la historia. El autor narra la parte de su vida que se inserta en el periodo de la Guerra Fría a finales de la década de 1970; momento en el que Alemania estaba dividida y el famoso muro se imponía delante o tras la Puerta de Brandemburgo, según el lado del que se estuviera.

Timothy Garton Ash inició este proyecto a partir del hallazgo del expediente que le había dedicado la Stasi,2 pero también echó mano de otras fuentes: su diario, sus recuerdos y algunas entrevistas. El pasado que el británico poco a poco reconstruye le parece “otro universo.”3 Ante la confusión que puede provocar entretejer recuerdos, algunos antiguos y otros recién recuperados, sale a relucir la profesión de historiador: “Hay una auténtica línea divisoria entre el recuerdo —ya sea difuso o enriquecido— de algo que realmente ocurrió, e imaginar algo que nunca ocurrió. Están los hechos históricos.”4 Para él, todo este collage de memoria se forma al integrar fuentes de diversas texturas, con distintos recuerdos y olvidos que han pasado por una serie de pruebas.

El propósito de utilizar su historia como una ventana a un proceso histórico mucho más amplio no le es fácil, pero a pesar de la innegable dificultad de no enjuiciar a los informantes de la Stasi, el historiador halla una pieza del rompecabezas que explica las acciones de aquellos hombres: la debilidad humana. Aún con la relatividad como un factor que emerge en el relato, Garton Ash subraya la necesidad de comprender al otro, ya sea literalmente otra persona o un yo lejano. En un intento por reconstruir una memoria personal, el autor descubre distintos obstáculos que le dificultan conocerse a sí mismo, lo cual le posibilita comprender la complejidad que compone a los demás.

La memoria como recuerdo y olvido a la vez, no sólo está plasmada en la reflexión que Garton Ash hace sobre sí mismo, sino también en la memoria evasiva de Alemania: “Cuán cómodo resulta, un par de veces al año, juntarse de nuevo y olvidar los tiempos de antaño.”5 Cómo negar que existe una manera en que las personas —en general, y no únicamente los alemanes— evaden la responsabilidad del pasado al marcar ciertas fechas conmemorativas oficiales a modo de disculpa o rectificación ¿Quién recuerda cuándo inició o terminó la Segunda Intervención Francesa en México? Sin embargo, no se olvida el día de asueto a principios de mayo que los calendarios marcan como “La Batalla de Puebla”. En numerosas ocasiones las historias nacionales oficiales parecen articularse con base en una memoria compuesta de recuerdos no necesariamente asimilados, los cuales, a decir verdad, propician olvidos.

Tanto El Expediente como el mismo Timothy Garton Ash demuestran que todos somos seres humanos de nuestro tiempo, capaces de recordar y olvidar, partícipes de una fracción de la historia. Al fin y al cabo, la memoria articula la historia y la vida. Así que no sólo habría que recordar a los muertos, sino también a los vivos, y como Garton Ash, empezar con uno mismo.

 

Garton Ash, Timothy, El expediente. Una historia personal, Barcelona, Tusquets Editores, 1999.

http://www.timothygartonash.com


1 Timothy Garton Ash, El expediente. Una historia personal, Barcelona, Tusquets Editores, 1999, p. 35.

2 Ministerio para la Seguridad del Estado, es decir, la policía secreta de la República Democrática Alemana.

3 Ibídem, p. 122.

4 Ibídem, p. 123.

5 Ibídem, p. 59.

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