Una de las nociones más polémicas de la campaña de Andrés Manuel López Obrador fue la necesidad de establecer una Constitución Moral que revitalizara los valores cívicos de una sociedad hundida en la corrupción y la impunidad. La idea no es nueva: proviene de la Cartilla Moral que Alfonso Reyes escribió a petición de Jaime Torres Bodet en 1944. Este ensayo cuenta la génesis de aquel texto, y de cómo fue actualizado por el ahora presidente electo, para analizar sus aristas y ponderar su pertinencia.

A mediados de mayo pasado, Arnoldo Kraus se preguntaba en su columna semanal de El Universal: “Alfonso Reyes, ¿dónde estás?”.1 Kraus, escritor y médico, expresaba, junto a un gran sector de la opinión pública en época preelectoral, su desencanto ante la democracia mexicana, aquella quimera elusiva, el espectro fantasmagórico cuyo silencio recorre una nación desolada. Acaso en el país de los desaparecidos y exiliados, la ausencia más evidente ha sido la de la clase política. “Una suerte de orfandad abraza a buena parte de la población”, lamentaba el comentarista, ya que en estos tiempos de crisis sería difícil encontrar una figura digna que inspirara la admiración necesaria para reconstruir el país.

Ilustración: Víctor Solís

Lo que siguió en aquella columna fue un diagnóstico brutal de nuestra realidad cotidiana. Hartazgo, desencanto, rencor e incertidumbre son las reacciones a los malestares que hemos llegado a conocer tan bien: los cánceres de la corrupción y la impunidad, la pobreza, la violencia, la injusticia. Todos ellos síntomas de un país en plena bancarrota moral. Y acaso tal déficit de valores es aún más evidente en nuestros gobernantes, quienes en teoría deberían encarnar lo mejor de la sociedad, mientras que en la práctica han representado lo peor de ella. Nos han sobrado tragedias y escándalos lamentables —basta prender la televisión para ver uno nuevo. De ahí que en el periodo de campañas pocos ciudadanos pudieran defender a un candidato presidencial sin considerar inevitablemente sus bemoles. Se repetía lo que se ha vuelto ya un ritual sexenal: más allá de las diversas afinidades partidistas que han polarizado a la sociedad, no se votaría por el candidato más virtuoso, sino apenas por el menos viciado, “el menos peor”.

Nostálgico, Arnoldo Kraus cerró su columna evocando la célebre Cartilla Moral de Alfonso Reyes, reliquia de una época en que algunos de nuestros gobernantes e intelectuales se preocupaban con el mismo ahínco por la vocación política como por el servicio social. Durante el sexenio de Manuel Ávila Camacho, el secretario de Educación Pública Jaime Torres Bodet emprendió una heroica campaña de alfabetización para enfrentar el tremendo rezago educativo del país durante el periodo posrevolucionario. Por ello, en 1944 Torres Bodet le pidió a Alfonso Reyes —gran patriarca literario de la primera mitad del siglo xx— un documento que sirviera de sustento a tal tarea, una guía sobre los valores que todo mexicano debería seguir para vivir dignamente en sociedad e integridad. Con un tremendo idealismo, el secretario afirmó que tal manual sería el primer paso para cambiar “nuestra forma primaria de vida […], construyendo, así, los cimientos de una nación moderna, espiritual, moral y materialmente rica”.2 El resultado de aquel humanismo social fue la Cartilla Moral, cuya primera y más importante lección era: “El hombre debe educarse para el bien”.3 Entre referencias cruzadas a la religión cristiana, la filosofía helénica y poetas de distintos siglos, Reyes enlistó las cualidades de lo que debía ser un individuo y un político virtuoso: ante todo, la rectitud y la honestidad, la justicia y la educación, el amor y la felicidad, la convicción de crear un mejor país.

Lamentablemente, la Cartilla Moral ha tenido una historia funesta. Por azares del destino el documento jamás vio la luz con el propósito social que tenía previsto. Reyes tendría que publicarlo por su cuenta en 1952, sin apoyo de la sep. La tragedia se repitió en 1992, cuando José Luis Martínez reeditó el texto para los maestros de la sep, pero fue censurado por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, a petición de la maestra Elba Esther Gordillo. Sin duda, es una lástima que tal cartilla, impregnada de idealismo y convicción social, se haya relegado hasta empolvarse en la historia, en vez de persistir en nuestros días.

Hasta aquí estoy completamente de acuerdo con Arnoldo Kraus. Sin embargo, también debe precisarse que, en su ánimo (bien fundamentado) por enlistar los males que permean a nuestra clase política, fue demasiado tajante al afirmar que “Reyes ha sido sepultado por todos los políticos”. De hecho, todo lo contrario ha ocurrido en un caso particular: desde los comicios de 2012, Andrés Manuel López Obrador, entonces candidato presidencial por la coalición Movimiento Progresista y hoy presidente electo del país por la coalición “Juntos haremos historia”, ha intentado revivir, una y otra vez, la Cartilla Moral de Reyes.

Basta recordar que durante las elecciones pasadas Andrés Manuel causó polémica por la forma en que viró de la confrontación a la reconciliación nacional, evidente en su aspiración a la llamada “República amorosa”. Convencido de que la tragedia nacional se debía por igual a la precariedad material que a la falta de ética, afirmó que un verdadero proyecto de nación no solo requería un programa político o económico, sino también una “Constitución Moral” para revitalizar los valores cívicos. En una entrevista con Carmen Aristegui de 2011, explicó que esta idea se le había ocurrido al leer el clásico texto de Alfonso Reyes. Tampoco era inusual que citara partes de la Cartilla durante sus discursos en televisión nacional, a la defensa de su proyecto amoroso.4 Para algunos comentaristas de la época, tal proyecto constitucional fue sinónimo de cursilería, si bien para Reyes la felicidad y el amor deben ser los fundamentos de toda sociedad virtuosa.

Adelantamos el reloj hasta las elecciones de 2018 y resuena un eco de Alfonso Reyes entre la mugre, el escándalo mediático y la apuesta viral. Durante su toma de protesta como candidato del Partido Encuentro Social en febrero de este año, López Obrador afirmó que, ante la pronunciada descomposición social, esta vez por fin lograría poner en marcha un proyecto de nación que procurara a la vez el bienestar material y el “bienestar del alma”. Cuando la lluvia de críticas tildó su inesperada alianza como una artimaña para moralizar la política —y, por ende, un retroceso del Estado laico— el presidenciable recurrió de nuevo a Alfonso Reyes para justificar que la educación espiritual no debería ser monopolio de la Iglesia, sino el derecho de todo individuo. Empeñado en contrarrestar el individualismo actual, López Obrador afirmó que “la descomposición social y los males que nos aquejan no solo deben contrarrestarse con desarrollo y bienestar […], las acciones materiales son importantes, pero no bastan, además deben de fortalecerse los sentimientos humanos”. La alusión a Reyes era pertinente, dado el foro y la ocasión; después de todo, la Cartilla Moral también abarca un área gris entre el catolicismo velado y la defensa de los principios laicos.

Hoy, seguidores y detractores de López Obrador concuerdan en que su campaña política, centrada en el discurso del renacimiento cívico, triunfó por encima de sus contendientes este 1º de julio. Con el porcentaje de votos más grande que ha recibido un mandatario desde la transición democrática, el presidente electo ha demostrado la importancia y el atractivo de su mensaje ético en tiempos de crisis nacional. Claro está, en la democracia no existe la unanimidad, sino la pluralidad; con la mirada puesta sobre los movimientos populistas que izan sus banderas por el resto del mundo, detractores han argumentado que la indignación, la cólera y la irracionalidad son el único sustento del triunfo de López Obrador. No obstante, bien decía Alain Badiou que la indignación es una acción negativa e incapaz de crear cualquier movimiento, pues solo implica rechazo sin proposición: para que un proyecto político triunfe, debe pasar de la indignación a la concepción de una idea emancipadora, motor de cambio, aspiración asequible. En este caso, la idea ha sido clara y ha recibido el mote grandilocuente de “cuarta transformación” (tras la Independencia, la Reforma y la Revolución), centrada en asentar la transición democrática al arrancar la corrupción imperante desde la raíz. De nuevo, el sustento moral que López Obrador ha dado a tal “revolución de las conciencias” es una paráfrasis de Alfonso Reyes: “Solo siendo buenos podemos ser felices.”5

Mucho se ha comentado, aunque no lo suficiente, sobre la Constitución Moral de López Obrador y su inspiración reyista. Lo cierto es que Reyes, lejos de ser un moralista, era un intelectual comprometido con la idea de construir un mejor país. Quizá el escepticismo ante una propuesta que reclama un origen a la vez intelectual y social parta de las dos palabras que conforman su título: por un lado, para muchos, la idea de “constitución” diverge del carácter panfletario de la Cartilla de Reyes y parece entrar en el territorio de lo coercitivo. En respuesta a tal crítica, durante su cierre de campaña, López Obrador aclaró que tal documento no será un instrumento jurídico, ni implica la intromisión del Estado en la vida privada de los ciudadanos, sino una “expresión de los valores fundamentales que nos hermanan”. Por el otro lado, la palabra “moral” sigue evocando para muchos un borroso dogma católico o evangélico, si bien la palabra viene del latín mores, que en realidad alude a las costumbres de toda sociedad. Incluso considerando la etimología correcta, también se vale preguntar: ¿para qué escribir y dar tanto peso a lo que ya es una realidad? No obstante, la dignidad humana nos ha eludido en los últimos años: se ha enterrado en cada fosa sin nombre, en cada comunidad marginada, en cada justificación viciada de quienes creen merecer abundancia. Volvemos a Reyes: la moral nos humaniza, y es cuando se pierde de vista que la “civilización y cultura degeneran y se destruyen a sí mismas”. Nunca debemos olvidarlo.

Hasta ahora, la llamada Constitución Moral de López Obrador sigue siendo una idea (o un ideal) más que un esbozo jurídico, y quizá debería restar así. Sin embargo, en tiempos en que nuestra clase política no suscita sino vergüenza y recelo en vez de admiración, tampoco está de más regresar a los básicos. Nos sobran ejemplos para creer que gran parte de nuestros representantes desconoce o evade deliberadamente la mínima noción de moralidad en el ejercicio público de su deber. En este sentido, el valor esencial de rescatar la Cartilla Moral sería recordarnos una idea, una sencilla e intuitiva, pero tan difícil de imaginar hoy en día: también en la política se puede (y se debe) hacer el bien.

En su novena lección, Alfonso Reyes declara que el patriotismo es una obligación moral —una muy distante del chauvinismo grotesco de nuestro vecino del norte—, siempre y cuando se entienda como “amor a nuestro país, deseo de mejorarlo, confianza en sus futuros destinos”. A la administración venidera debemos exigir una república a la altura de su propio discurso, una incluso más digna y más libre de lo que Reyes habría soñado. No bastará imaginarnos cosas chingonas —será tiempo de hacerlas realidad. De lo contrario, aquel proyecto emancipador seguirá la mala fortuna que la Cartilla ha tenido hasta ahora: ser un mero compendio de aspiraciones truncas, promesas de ayer, el idealismo marchito de quienes deseaban reavivar la moral de una nación indiferente ante sus propias virtudes.

 

Carlos Eduardo López Cafaggi
Internacionalista, egresado del Colegio de México.


1 Arnoldo Kraus, “Alfonso Reyes, ¿dónde estás?”, El Universal, 13 de mayo de 2018.

2 La historia de la Cartilla Moral, su publicación fallida e intentos de recuperarla, está recontada en la recién publicada correspondencia entre José Luis Martínez y Alfonso Reyes (particularmente en el ensayo introductorio de Rodrigo Martínez Baracs y sus notas al pie). Véase Rodrigo Martínez Baracs y María Guadalupe Ramírez Delila (eds.), Una amistad literaria. Correspondencia de Alfonso Reyes y José Luis Martínez, 1942-1959, México, fce/El Colegio Nacional, 2018.

3 Alfonso Reyes, Cartilla Moral, en Obras Completas, t. xx, México, fce, 1979, p. 484.

4 Guillermo Sheridan, “Amlo y su ‘Cartilla Moral’”, Letras Libres, 28 de noviembre de 2011.

5 Luis Antonio Espino, “Las claves del discurso de cierre de campaña de AMLO”, Letras Libres, consultado el 28 de junio de 2018.

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Rodrigo Martínez Baracs y María Guadalupe Ramírez Delila (eds.),
Una amistad literaria.
Correspondencia de Alfonso Reyes y José Luis Martínez, 1942-1959,
México, FCE/El Colegio Nacional, 2018.


En enero de este año se cumplieron cien años del natalicio de José Luis Martínez, uno de los críticos literarios mexicanos más importantes de nuestra historia. Como parte de la conmemoración, el Fondo de Cultura Económico publicó el epistolario inédito entre aquel estudioso precoz de nuestras letras y su mentor de antaño, el erudito Alfonso Reyes, a quien alguna vez caracterizó (con afecto, siempre) como el “cacique cultural” más importante de la primera mitad del siglo pasado.

El aprendiz y el maestro

José Luis Martínez conoció a Alfonso Reyes en 1939, cuando éste regresaba de sus misiones diplomáticas para asentarse en la Ciudad de México durante la última parte de su vida, en la cual se abocó a la dirección de El Colegio de México y a la redacción de sus obras eruditas. Para el joven estudioso de Jalisco, don Alfonso era ya una especie de figura mitológica: monumento hecho hombre, individuo vuelto universalidad, aquel viejo lobo de mar que aguardaba en su oficina la visita de las nuevas generaciones. No fueron pocos quienes acudieron en busca del consejo y la compañía del patriarca literario (el reciente epistolario entre Reyes y Paz, también editado por Rodrigo Martínez, revela su ayuda en la publicación de Libertad bajo palabra); sin embargo, los familiares cercanos de don Alfonso insisten en que José Luis Martínez fue su alumno favorito, “en el que puso sus máximas esperanzas” y a quien confesaba los secretos que resguardaba del resto del mundo.

Lo cierto es que Reyes fue un escritor prolífico y amigable, por lo que su cantidad de epistolarios apantalla: Vasconcelos, Torri, Villaurrutia, Borges, Jaeger y Torres Bodet son solo algunos nombres que desfilan por sus archivos. Al respecto, alguna vez José Luis Martínez comentó que cada uno de estos intercambios tiene su propio tono y temperamento: la ambivalencia en las conversaciones con Vasconcelos, la admiración desbocada hacia Jaeger, la seriedad burocrática con Torres Bodet. En esta ocasión reina el afecto y la admiración mutua, un diálogo afable entre generaciones. El epistolario abre en 1942 con el agradecimiento de Alfonso Reyes al joven Martínez por los elogios que éste le había concedido en un texto reciente y la última carta, en cambio, es la felicitación de un Reyes moribundo a su discípulo, quien acababa de entrar a la Academia Mexicana de la Lengua, en diciembre de 1959, apenas a los 42 años.

Espíritu cívico en la cultura

Tres décadas apartan a los interlocutores. Como resultado, contrasta el espíritu sedentario del maestro —ya dedicado a las obras de su “cosecha final”— con la impaciencia del alumno primerizo, quien pasa de una burocracia a otra, supervisa las publicaciones de El Colegio Nacional, emprende una cruzada humanista en El Salvador, atiende y abandona sus responsabilidades como investigador del colmex. Cuando inicia el intercambio escrito, José Luis Martínez acaba de arrancar su carrera política bajo la tutela de Jaime Torres Bodet, quien estaba encabezando una heroica campaña de alfabetización como secretario de Educación durante el sexenio de Manuel Ávila Camacho. No sería errado afirmar que el jalisciense siguió por igual los pasos de Reyes y los de Torres Bodet. Fue a su lado donde aprendió a reconciliar la reflexión literaria con la vocación social del político honrado, dualidad que persistiría a lo largo de su vida. De hecho, es Torres Bodet quien encarga a Reyes escribir una Cartilla moral que sirviera de sustento a las misiones de alfabetización. El resultado fue aquel célebre documento dedicado a la educación ética del mexicano (y hoy recuperado por un político que no nombraremos); diez lecciones prístinas, cual mandamientos laicos, orientadas a la vida virtuosa en sociedad. Si bien el proyecto quedó trunco, en ésta, como en tantas faenas, es evidente el ideal que hermana al maestro y el alumno: la visión del quehacer literario como responsabilidad ética del escritor y, asimismo, el deber social como mancuerna de la producción artística. Ambos estaban convencidos de que la obra cívica y la literaria eran dos lados de la misma moneda, igualmente esenciales para sentar las bases de una nación moderna —vidas al servicio de la cultura, cultura al servicio de la vida.

A inicios de este año, durante la ceremonia en honor al natalicio de José Luis Martínez, Javier Garciadiego, director actual de la Capilla Alfonsina, lo caracterizó como el primer reyista de la historia.1 Sin duda José Luis Martínez fue uno de los lectores más asiduos de Alfonso Reyes, y acaso uno de los pocos capaces de escribir una “guía para la navegación” de su obra. En su clásica antología El ensayo mexicano moderno (1958), el crítico jalisciense enlista su curiosidad sin fronteras, su espíritu enciclopédico y su dominio de la palabra como las cualidades por las que, a su parecer, Reyes fue el epítome del hombre de letras mexicano. Si bien a José Luis Martínez nunca le faltaron palabras para elogiar a su mentor, en un homenaje dedicado a sus 60 años, la virtud que situó por encima de todas las demás fue su dedicación a entablar una conversación entre lo mexicano y lo universal, a pesar del nacionalismo rampante del periodo posrevolucionario. “Todo el esfuerzo de mi vida se ha orientado a procurar que salgamos de la minoridad, a conquistar para nuestro país el derecho de la ciudadanía en la cultura del mundo”, responde don Alfonso. Y así como su diálogo con el mundo fue la cualidad que más admiraba su discípulo, acaso a este último debemos reconocerle la vocación del soliloquio histórico —la conversación con nosotros mismos.

“La barbarie del olvido”

Apasionado por las fuentes y los orígenes, José Luis Martínez dedicó su vida entera a exhumar y desentrañar la evolución de nuestra tradición literaria, aquel canon que abarca la síntesis colonial, la emancipación de nuestras letras y la búsqueda incansable de la expresión nacional. Con el mismo sentido de responsabilidad que guio su carrera burocrática, el editor, crítico e historiador se empeñó en difundir la conciencia de nuestra evolución literaria, misma que —según José Emilio Pacheco— seguimos apreciando a través de su mirada. Se ha dicho que nadie ha leído la literatura mexicana de los últimos siglos con tal cabalidad y minucia; hoy pública, su biblioteca privada (con alrededor de 75, 000 documentos) es un crisol de México entero, junto a tantas otras topografías. Sus prólogos a las obras de Justo Sierra o Ramón López Velarde, sus estudios sobre poesía y ensayo moderno, y su célebre monografía de Hernán Cortés revelan la intención de comprender nuestra experiencia histórica a partir de nuestras raíces literarias, aprehender cada singularidad en el panorama. De ahí que Adolfo Castañón considere que su legado es el de un artista de la memoria o un arqueólogo apasionado, empeñado en reconstruir nuestra historia cultural al combatir “la barbarie del olvido”.2

Acaso no debería sorprendernos que el joven Martínez se consagrara al escribir una retrospectiva sobre la literatura mexicana de los últimos siglos para el épico tomo México en la cultura, que Jaime Torres Bodet encargó en 1946 a un grupo de eruditos. Aquella obra, destinada a ensalzar las aportaciones de México a la cultura universal, contó con la participación de Alfonso Caso, Manuel Toussaint, Carlos Chávez y Samuel Ramos, entre otras personalidades, quienes trataron diferentes ámbitos de nuestra historia. En realidad, el capítulo de José Luis Martínez vio la luz porque Reyes sólo tuvo tiempo de terminar la mitad del capítulo sobre literatura (titulado “Las letras patrias”, acerca del panorama prehispánico y novohispano), obligado a pedirle ayuda a su alumno. Y así como el joven Martínez parecía envejecer en compañía de su mentor, Reyes confesó a Torres Bodet sentirse rejuvenecido en su compañía. Si entonces era insólito ver la pluma de José Luis Martínez a lado de tales colosos —en promedio veinte mayores que él— hoy en día es casi inevitable hablar de él sin citar el mote que Gabriel Zaid le otorgó, con tanta sutileza y precisión: el “curador de las letras mexicanas”.3

Hacia una tierra nueva

Quizá este epistolario no pase a la historia como uno de los más relevantes en el catálogo de Alfonso Reyes, pero muy probablemente sea uno de los más emotivos. En parte, esto se debe al cuidado editorial, en manos del hijo de José Luis Martínez, Rodrigo Martínez Baracs, y la asistente personal del escritor, Maria Guadalupe Ramírez, quienes hicieron un esfuerzo apasionante por honrar su vida y obra. Acaso en el tono a lo largo del libro es palpable la intimidad entre el alumno y el mentor. Llegando al final de sus días, Reyes comienza a prever su partida a otro mundo, por lo que encarga a José Luis guardar una serie de cartas suyas demasiado personales o polémicas como para publicarse en vida. El archivo confidencial (titulado “El Cerro de la Silla”, en honor al Monterrey querido de don Alfonso) contiene respuestas a periodistas, disputas con filósofos de renombre, correspondencia diplomática. Es claro que Reyes escoge a José Luis de entre todos sus conocidos como el más apto para continuar su legado, preservar su memoria. Basta recordar que el tomo de Estudios helénicos que le regaló don Alfonso está dedicado con cariño al “viajero de mi mismo barco”. Y en aquel navío permaneció el curador hasta el horizonte de sus propios días; aún tras la muerte de Reyes, siguió acudiendo a su fantasma y renovando sus letras para la posteridad: publicó antologías de su obra, editó los últimos tomos de sus Obras Completas, recopiló los primeros años de su correspondencia con Pedro Henríquez Ureña (presuntamente los dos tomos que faltan se publicarán este año), y puso en marcha la publicación de su diario íntimo.

Al observar las fotografías incluidas al final del epistolario, casi parecería que Alfonso Reyes siempre fue un viejo sabio, así como José Luis Martínez nunca perdió el vigor de la juventud: al primero se le ve con la barba encanecida de los últimos años, sentado tras su escritorio en la Capilla Alfonsina, mientras que el segundo, bien parecido, ostenta el porte y la elegancia de su plena madurez. Y así como Reyes sigue dando cátedra desde la tumba, José Luis Martínez nunca dejó de estudiar: aún en sus últimos días, al hablar sobre su biblioteca infinita, afirmaba no saberlo todo, pero sí dónde empezar a buscar. Tal curiosidad fue la virtud compartida que dio pie a la amistad entre sabios, amantes del mundo y la literatura. Vale la pena evocar aquel día de 1939, cuando José Luis Martínez, Alí Chumacero y Jorge González Durán, entonces tres veinteañeros ávidos de fundar una revista literaria, decidieron acudir al gran patriarca de las letras mexicanas. Fueron a visitarlo a aquel despacho donde Alfonso Reyes intentaba poner en marcha El Colegio de México y le pidieron tres humildes favores: ponerle nombre a la revista, contribuir con una colaboración y —más importante aún— concederles el regalo de su amistad.4 La revista se llamó Tierra Nueva y de aquel día floreció tanto más.

 

Eduardo López Cafaggi
Egresado del Colegio de México.


1 La intervención de Javier Garciadiego (aunada a las de Adolfo Castañón, Enrique Krauze, Miguel León-Potrilla, Eduardo Lizalde y Rodrígo Martínez Baracs) puede verse aquí.

2 Adolfo Castañón, “José Luis Martínez”, Vuelta, 1968, núm. 138, pp. 59 s.

3 Gabriel Zaid, “José Luis Martínez”, Letras Libres, 1999, no. 9, p. 97.

4 Paulina Lavista (dir.), José Luis Martínez. Curador de las letras mexicanas, México, conaculta/fonca, 1999 [documental].

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Rafael Vargas (comp.)
El tráfago del mundo.
Cartas de Octavio Paz a Jaime García Terrés, 1952-1986

México, FCE, 2017.


Se han cumplido veinte años de la muerte de Octavio Paz y la valoración de su obra prosigue. Entre otras publicaciones, una compilación reciente se dio a la tarea de reunir la invaluable correspondencia entre el Nobel y Jaime García Terrés. Las siguientes líneas vuelven sobre ese diálogo epistolar tan íntimo como creativo, y reivindican sobre todo la figura de Terrés, traductor incansable y uno de nuestros más discretos pero prolíficos y generosos promotores culturales de la segunda mitad del siglo XX.

No hablamos suficiente de Jaime García Terrés: poeta de lo palpitante y lo arcano, cronista impecable, traductor prolífico —o traedor, como lo llamaba José Emilio Pacheco—, filheleno, hombre de instituciones e incansable difusor cultural. Acaso la negligencia se deba a la maldición de que no perteneciera a una “generación” en sentido estricto o, tal vez, a la humildad de aquel gran promotor literario, que siempre hizo más alarde del trabajo ajeno que del propio.

Afortunadamente, en los últimos años, el Fondo de Cultura Económica se ha empeñado en reivindicar la obra de este intelectual mexicano ante las nuevas generaciones: pasando por la edición de sus Obras en tres tomos, la recuperación de sus últimos poemas en Carta viviente, y una iconografía que retrata aquel baile de máscaras que fue su vida (administrador, embajador, viajero, amigo y amante —siempre con la pipa en boca). Crédito a quien lo merece: todas esas publicaciones acusan la presencia de Rafael Vargas tras bastidores, poeta y ensayista que ha colaborado muy de cerca con la viuda del escritor, Celia Chávez, y ahora nos ofrece el fruto de una labor hercúlea al recopilar tres décadas de correspondencia entre Jaime García Terrés y Octavio Paz, quienes se conocieron en París en 1950 y entablaron su intercambio literario dos años después. Tanto la introducción como el sistema de notas, abundantes y minuciosas, guían al lector por la obra de ambos autores, a la vez que esbozan el panorama cultural de una época en la que México tendía lazos por todo el mundo, gracias a la aspiración universal de sus activistas culturales.

Por desgracia, las misivas de García Terrés a Octavio Paz se perdieron en el incendio que en 1996 devoró parte del departamento donde el poeta residía con su segunda esposa, Marie-José, en la colonia Cuauhtémoc. Como resultado, el epistolario tiende al soliloquio y no al diálogo, aunque sigue siendo uno fascinante. Es la voz de Paz la que escuchamos a lo largo del texto y —como a menudo ocurría en su poesía— ésta se aboca a la polifonía: habla de Pound o Durrell, Pessoa o Cernuda, Matsuo Basho o Jagdish Swaminathan; oscila entre la mudanza y el asentamiento, brisa itinerante que atraviesa fronteras desde París, Delhi, Nueva York y Cambridge, donde se desempeñó como embajador, curador, jurado de certámenes internacionales (con buenos chismes sobre Borges y Rulfo) y, ante todo, escritor. Sus cartas disuelven puntos cardinales —hablan de un México que Paz lleva por dentro, pero observa a la distancia, desde el tráfago del mundo.

Aunque siempre reina la cordialidad y la confianza, el tono de la correspondencia presenta a dos cómplices de letras con muy buena química más que a dos amigos cercanos poniéndose al corriente. Cierto, hay un par de confesiones inesperadas y pláticas amenas (por ejemplo, la intriga de Paz ante las experiencias de García Terrés con los hongos alucinógenos), pero no es inusual que el premio Nobel inicie preguntando por la demora de sus textos, para después felicitar a García Terrés por su matrimonio, el nacimiento de alguno de sus hijos o la publicación de un poemario. Bien dice Rafael Vargas que la relación entre los dos intelectuales “puede leerse como una historia de colaboración continua”, misma que sería igualmente benéfica para ambas partes. En sus conversaciones se percibe la vocación cultivadora que los hermanaba, traducida en la creación y el impulso de la cultura en un periodo clave de nuestra historia. Se habla —ante todo— de proyectos compartidos, como la puesta en escena de Poesía en Voz Alta, facilidades para la estadía de intelectuales cosmopolitas en México o publicaciones en la colección Poemas y Ensayos de la unam, así como en la Revista de la Universidad, que García Terrés dirigió y Paz nutrió con sus colaboraciones y recomendaciones.

El título del epistolario es acertado por su lirismo y significado —a menudo el lector se encuentra preguntándose cómo es posible que un solo hombre pueda viajar tanto, escribir tanto, conocer tanto. Sin embargo, también la vida y obra de García Terrés salen a relucir entre líneas; su voz inasible resuena al llenar los espacios entre cartas en busca de su interlocutor. La primera carta del epistolario es en realidad la segunda, pues muestra a Paz entusiasmado de enviarle a García Terrés un poema que éste le había solicitado para la revista México en el arte, que coordinó de 1948 a 1952, primero como subdirector del Instituto Nacional de Bellas Artes y al final siendo jefe de su Departamento Editorial. Es éste el valor oculto de la correspondencia inédita: por instinto apreciamos las primeras vislumbres pacianas de la India, las reflexiones sobre la burocracia mexicana que se transformarían en El ogro filantrópico o detalles sobre su pleito con Daniel Cosío Villegas.

No obstante, en cada respuesta fantasmagórica, cada hueco del rompecabezas, también encontramos a García Terrés, uno de los promotores culturales más importantes de la segunda mitad del siglo XX en nuestro país. Nunca está de más recordar su protagonismo al frente de instituciones vitales, como el inba, el departamento de Difusión Cultural de la UNAM (donde puso en marcha la Casa del Lago), la dirección del FCE (junto con su Gaceta), la Biblioteca de México y —por supuesto— la Revista de la Universidad, que ganó bajo su batuta un prestigio inmenso como estandarte de apertura y conciliación en la literatura hispanoamericana: en ella se reunieron los más grandes ensayistas y poetas de diferentes generaciones, desde Alfonso Reyes hasta Carlos Fuentes, y en sus páginas también se publicó, por ejemplo, el primer cuento de García Márquez en México. Fue tal la proeza de García Terrés al revitalizar esta revista durante su llamada “época dorada” (de 1953 a 1965) que Paz expresa genuina preocupación cuando el primero renuncia a su dirección para desempeñarse como embajador de México en Grecia, experiencia que sería igualmente enriquecedora, ya que tendió un puente entre ambos países, al legarnos sus brillantes memorias diplomáticas, Reloj en Atenas, y sus traducciones de poetas griegos modernos, como Giórgos Seféris, Odisséas Elytis y Ángelos Sikeilanós.

Y es que la poesía es la musa omnipresente detrás de este epistolario. Su tono se vuelve bastante más íntimo al hablar de ella. Basta recordar: así como Jaime García Terrés predijo en su reseña de Libertad bajo palabra que México y el mundo estaban destinados a escuchar más sobre aquel coleccionista de horizontes, disciplinado y audaz, fue también Octavio Paz quien —tras leer Los reinos combatientes— auguró que García Terrés tendría pocos seguidores en México, pues su poesía era difícil, concentrada, erudita. Seguimos atestiguando la certeza de tales predicciones, la sinceridad y sensibilidad crítica de dos poetas que siempre se reencontraron a la intimidad de la distancia.

En sus memorias diplomáticas, García Terrés recuerda un día cualquiera de 1966, cuando llega a Atenas una carta de su amigo, desde una lejanía que pareciera tan aledaña, tan inmediata: “Octavio Paz me escribe desde Ithaca. (Por un momento pensé en la isla de Odiseo. No: es la Ithaca neoyorkina)”. Líneas paralelas que se cruzan en el infinito, ambos andan por las fronteras del mundo y la palabra. Los distancia su opinión respecto a Gilberto Owen, los reconcilia su amor por Ezra Pound, los hermana su visión sobre la vocación del traductor. Para ambos, cada traducción de un autor ajeno era una reapropiación íntima —aquel Baile de máscaras que reconcilia Versiones y diversiones, simpatías y diferencias, otredad e identidad, lo mexicano y lo universal. A lo largo de su vida y obra, ambos hicieron precisamente eso: traducir. Abrirse al mundo, amarlo, apropiarse de él, habitarlo en carne y letra.

 

Carlos Eduardo López Cafaggi
Internacionalista, egresado del Colegio de México.

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Años antes de morir, Carlos Fuentes declaró que Vecinos distantes: un retrato de los mexicanos (1984) sería “un libro clásico sobre México durante mucho tiempo”. No obstante, la obra cumbre de Alan Riding nació con el título Distant Neighbors, y su público predestinado era el estadounidense. El autor, brasileño de nacimiento y británico por formación, redactó la obra durante los doce años que pasó en México, primero siendo corresponsal de The Financial Times y The Economist, y los últimos seis como jefe de la oficina del New York Times en el país. Durante su estadía, percibió una brecha extraordinaria entre México y su vecino del norte: en apenas kilómetros, se pasaba “de riqueza a pobreza, de organización a improvisación, de sabores artificiales a especias picantes”. Al periodista británico1 no le concernía tanto la desemejanza evidente en cuanto al desarrollo económico, sino las diferencias lingüísticas, religiosas, raciales, filosóficas e históricas que separaban en alma a países contiguos. “Probablemente en ningún lugar del mundo dos vecinos se entiendan tan poco”, afirma en la justificación de su libro.2

riding

Los mexicanos están dolorosamente conscientes de que las intromisiones estadounidenses y, ahora, la dependencia económica, han moldeado su experiencia histórica. A pesar de las continuas intervenciones europeas durante el primer siglo de vida independiente, “el choque con los norteamericanos marcó con más fuerza la percepción mexicana del mundo externo y dejó la huella más profunda en la conciencia nacional”. En cambio, Riding percibía que los norteamericanos daban por sentado la estabilidad, subordinación e insignificancia de México, por lo que nunca tuvieron motivos para “entenderlo”. Como afirma Laurence Whitehead, desde la alianza que se forjó en la Segunda Guerra Mundial, las relaciones entre ambos países se caracterizaron por la cordialidad y “armonía orquestada”, que continuarían en el transcurso de la Guerra fría. Estados Unidos toleraba la pantalla democrática del régimen priista, con la condición de que éste mantuviera la estabilidad del país. No obstante, en la coyuntura de la severa crisis económica y política del régimen a mediados de los años setenta e inicios de los ochenta, las fracturas del sistema político mexicano amenazaban con socavar la relativa tranquilidad en las relaciones de ambos “Estados unidos”. La población había crecido exponencialmente y la posibilidad de que la deuda no pudiera pagarse era ultraje para el vecino del norte, quien deseaba contrarrestar la decadencia de su excepcionalismo al recuperar su hegemonía regional.3

Así, pues, Riding consideraba que, debido a temas de migración, flujos petroleros y tendencias izquierdistas, comprender al “vecino distante” se había vuelto cuestión de seguridad nacional para la gran potencia que ya no confiaba en la capacidad del partido hegemónico para mantener la estabilidad en su territorio. Por ello, el autor decidió ser “traductor de culturas”, más que un reporteto, y escribió un manual sobre México para el público norteamericano con la esperanza de que éste pudiera entendernos por primera vez y, así, mejorar las relaciones diplomáticas.4 Riding redactó parte de este bestseller en El Colegio de México, sentado detrás del primer ordenador que apareció en sus instalaciones. Académicos como Francisco Gil Villegas, Soledad Loaeza, Lorenzo Meyer y Mario Ojeda respondieron sus dudas y orientaron su estudio, el cual también estaría marcado por la influencia de Rosario Molinero, su asistente de investigación, egresada del Centro de Estudios Internacionales. A la fecha, la planta docente de la Universidad todavía recuerda aquella computadora enorme y, aun más, la polémica que Vecinos Distantes suscitó en el país.

Retratos en grana cochinilla: una caricatura de los mexicanos

El título de la obra —oxímoron claramente fraguado con detenimiento— es engañoso. Su subtítulo habría sido más pertinente, ya que rara vez se mencionan las relaciones entre México y Estados Unidos. Para el periodista, la distancia entre vecinos es el problema que debe solucionarse mediante un “retrato de los mexicanos”, el cual permita acortar latitudes espiritualmente extendidas. Por ello, analiza aspectos fundamentales de la cultura, historia y política mexicana, desde las sociedades prehispánicas hasta la crisis de 1982. Sin duda, tal lapso sólo puede abarcarse mediante generalizaciones. En ocasiones el retrato de Riding es una fotografía —fiel a la realidad, aunque no por ello carente de subjetividad artística— y, en otras, una caricatura, de trazos simples e hipérboles anticuadas. El autor consideró que el análisis del México contemporáneo debía trascender la crisis superficial y adentrarse en la psique del mexicano, pues “son pocos países del mundo donde el carácter de la gente se refleja tanto en su historia, política y estructura social, a la vez que es reflejo de ellas”. Ante la mirada ajena del periodista británico, México tiene un “aire mágico, inasible, casi surreal”, que radica en el “profundo pasado subconsciente que está vivo en los mexicanos de hoy”. El mexicano es un individuo que oscila entre lo tradicional y lo moderno, buscando su identidad en “el enfrentamiento [y] la fusión de [sus] raíces”.5 Para Riding, el mexicano es un ser exótico y profundamente espiritual, de “enorme fuerza interior”, cuya vida cotidiana está regida por rituales modernos y arcaicos.

La caracterización de la vida en México como esencia rodeada de exotismo y misterio delata que Riding era un observador externo, aunque el brasileño dominaba el español y, en sus múltiples viajes por la República, llegó a conocer el país y sus costumbres variadas más de lo que muchos mexicanos logran antes de morir. Bien dice Lorenzo Meyer que “uno no podía alburearlo”. Sin embargo, Vecinos distantes es la prueba ineludible de que, como afirma David E. Lorey, al describir una población ajena, “hay una línea delgada entre el racismo y el romanticismo”.6 Mientras que Ramos y Paz analizaron románticamente la identidad mexicana para encontrar la causa de patologías generalizadas en la sociedad, Riding instrumentalizó su análisis para negar la posibilidad de solucionarlas.

Las horas que se van

Riding introduce su análisis del presidencialismo mexicano con un viejo chiste, en el cual el presidente del país pregunta la hora a su subordinado, a lo que éste responde: “La hora que usted diga, señor presidente”. Según su criterio, la continuidad y estabilidad política del país ha descansado en “el mito de la omnipotencia del presidente”, heredero de una tradición de autoritarismo que se remonta a las sociedades prehispánicas.7 Veinte años antes, Frank Brandenburg, empresario estadounidense, había caracterizado al presidente como un personaje todopoderoso en nuestro sistema político;8 ahora, el corresponsal del nyt sostenía que éste simplemente proyectaba una fachada monolítica, detrás de la cual debía negociar y compartir el poder con los grupos de interés clave del país: la burocracia, los sindicatos y la Iglesia, entre otros.

Así, pues, nuestro presidente es “la personificación temporal de un sistema político que, en sí, es producto de la sociedad mexicana”. El autor rescata con astucia las “máscaras” de Paz y argumenta que la política es un teatro sobre rituales, donde el autoritarismo se disfraza con velo de democracia, mientras que las negociaciones trascendentes se llevan a cabo tras bastidores. Aunque el presidente se encuentra en “la cima de la pirámide” (y, sin duda, Riding visualiza una escalonada), su verdadera función es equilibrar los diversos intereses del país, para mantener la estabilidad política. Cuando el actor principal revela sus intenciones al público, siempre las disfraza en un discurso rimbombante e ininteligible para el grueso de la población. Bien dijo Paz que nuestros representantes “se comunicaban con el pueblo en monólogos intoxicados por una retórica superior, que los envolvía como en una nube”.9 Según el corresponsal británico, el ritual electoral era esencial para proyectar el espejismo de pluralidad política y, así, justificar el régimen unipartidista. La oposición formal era, en sí, la máscara de legitimidad democrática, que permitía al pri mantenerse en el poder; por ello, en vez de suprimirla, el partido hegemónico la alentaba, siempre y cuando ésta no amenazara su monopolio político. En su reseña, Lorenzo Meyer, acreditado en los agradecimientos del libro, sostiene que —prescindiendo de los prejuicios sobre la identidad mexicana— Riding destruyó con maestría “los últimos remanentes del mito de la democracia mexicana”.10

No obstante, la reforma política de 1977 que Jesús Reyes Heroles diseñó como secretario de Gobernación de López Portillo, quien había llegado a la presidencia en un triunfo solipsista, abrió paso al pluralismo real. Mientras Riding escribía su obra, percibió que el partido hegemónico se estaba renovando, debido al predominio de la nueva facción tecnocrática “occidentalizada”, la cual renegaba las tradiciones populistas del partido y se preocupaba más por la administración que la política. Tal deslinde de sensibilidad política, aunado a la crisis económica, llevó a que el pan —apoyado por empresarios, conservadores y clases medias urbanas— comenzara a ganar elecciones municipales en el norte del país. Este partido sería el principal beneficiario de la crisis económica de 1982; aunque seguía siendo “oposición leal”, aparecieron indicios de su posible infidelidad. Con aire de predicción tocquevilleana, Riding auguró que “el teatro democrático podría volverse demasiado real […]; el sistema quizá encuentre que la democracia, en los años ochenta, se ha convertido tanto en un mito demasiado importante para desmontar cuanto en una realidad demasiado peligrosa para tolerar”.11 Acertadamente, el corresponsal presagió que las clases medias, organizadas por la derecha, amenazaban más al sistema que una insurrección izquierdista. Si Miguel de la Madrid hubiese preguntado por la hora entonces, la respuesta habría sido: “demasiado tarde, señor presidente”.

Lixiviados o la virtud de la vagancia

Cuentan las voces de ayer que, una tarde de verano de 1984 la planta docente y estudiantil del Colegio de México disfrutaba uno de los tantos brindis que se llevan a cabo para celebrar prácticamente cualquier acontecimiento. Súbitamente, en un breve interludio entre el flujo de vino tinto y bocadillos diminutos, se escuchó el clamor risueño de una profesora que, al saludar a Riding, había sentido un arma bajo su saco. Cierto o no, es claro que si bien el país intentaba proyectar su apoyo a la disidencia al abrir el espectro político, la oposición política e intelectual sabía que, a menudo, las palabras son sólo eso.

El golpe que Echeverría dio al periódico Excélsior en 1976 era una prueba de que la libertad de prensa seguía y seguiría estando limitada. Irónicamente, tal coup de journal engendró publicaciones de izquierda más críticas: Proceso, Uno Más Uno y La Jornada. Sin embargo, la razón por la cual Riding habría asistido armado a un evento tan casual era que, el mismo año en que se publicó su obra, Manuel Buendía murió a quemarropa afuera de su oficina en la Colonia Juárez. El respetado columnista de Excélsior se había dedicado a exponer los vicios y la corrupción de las élites gobernantes en su columna, “Red Privada”, que era tema cotidiano de conversación. Su asesinato reveló las tensiones entre la sociedad cambiante y la esclerosis del sistema político. Si bien Riding apunta que, en esos tiempos, Jacobo Zabludovsky configuraba el pensamiento político de gran parte del país, Buendía era la prueba viviente de que no todo medio de comunicación respondía a los intereses del gobierno, por lo que —en palabras de Héctor Aguilar Camín— “difícilmente pudo escogerse un blanco mejor […] para inyectar en la sociedad mexicana la sensación de temor, desgobierno y cambios ominosos en su vida pública”.12 Riding no fue el único que comenzó a usar un arma; el novelista e historiador mexicano relata que, en el velorio de Buendía, otra periodista reconocida confesó haber comenzado a portar una pistola en su bolso. La forma en que Manuel Buendía se marchó era un escándalo disonante y sombrío en los tiempos de la supuesta liberalización política. Aguilar Camín escribió un mes después del acontecimiento: “las campanas no doblan sólo por Buendía, por sus familiares, amigos y lectores, sino quizá también por la estabilidad misma del país, como si anticiparan su fractura, el posible inicio de una quiebra cuyo rasgo más preocupante es la inmovilidad política con que se asiste a su despliegue. El tipo de inmovilidad que precede al desmoronamiento”.

El perfil del hombre y la corrupción en México

Por su parte, Alan Riding criticó en Vecinos distantes el triste final del “milagro económico”, la crisis política del país, la incapacidad del Estado para resolver las necesidades básicas de la sociedad y el ritmo desmesurado al que crecía la (ya desde entonces) monstruosa ciudad de México. No obstante, probablemente caminaba inseguro debido a su polémico análisis de la corrupción en el país. Según el autor, la corrupción no es una patología institucional, sino que es imprescindible para el funcionamiento del sistema político —fungiendo como “oil and glue“— a tal grado que éste probablemente se desintegraría si tal vicio se erradicara.13

“Decir que toda la sociedad mexicana es corrupta es una exageración”, comenta Riding; “no obstante, la corrupción está presente en todas las regiones y los sectores del país”, desde la cotidiana “mordida” hasta la evasión de impuestos y el nepotismo. Si bien Enrique Peña Nieto intentó convencernos recientemente de que ésta era “un asunto de orden cultural”, como salida fácil ante las acusaciones contra su gobierno, el corresponsal británico intentó fundamentar la misma afirmación, al argumentar que cierto patrón de conducta en los mexicanos permite que la corrupción se lleve a cabo con impunidad en diversos aspectos de la vida cotidiana y la alta política. Si el mexicano tolera aislado el laberinto de la soledad, sufre una pena más grave en el “laberinto burocrático que le espera a cualquiera que deba tener tratos con el gobierno.”

Riding no había sido el primer periodista extranjero en reconocer la corrupción que imperaba en el país. Jack Anderson, uno de los columnistas más influyentes de Estados Unidos, ya había acusado a Echeverría y López Portillo de haberse embolsado miles de millones de dólares;14 además, dos semanas antes de que Buendía falleciera, Anderson había equiparado a Miguel de la Madrid —líder de la llamada “renovación moral”— con sus predecesores inmorales. La corrupción, siempre presente, había incrementado dramáticamente desde los años cuarenta, pasando ligeramente inadvertida entre la euforia del milagro económico; no obstante, para los años ochenta, esta afluencia la había multiplicado y las clases medias, que antes celebraban cómo el desarrollo económico continuaba a pesar de los vicios burocráticos, ahora veían en ellos una de tantas variables que explicaban la crisis económica. Si la corrupción era la evidencia del mal gobierno, el enriquecimiento irreal era la muestra del mal gobernante. Según Riding, durante el gobierno de López Portillo tres hombres encarnaron esta patología burocrática: Carlos Hank González, regente de la ciudad de México; Jorge Díaz Serrano, director de Pemex; y Arturo (“el negro”) Durazo Moreno, vulgar jefe de la policía del Distrito Federal, quien hizo de ella un imperio purulento e inmoral. El nepotismo llegó a un nivel intolerable para la población cuando López Portillo colocó a diversos miembros de su familia en puestos gubernamentales.

Siendo corresponsal y jefe de las oficinas del New York Times, Riding no sólo apuntaba los sucesos a su alrededor, sino que también fue un actor político durante su estancia en el país, cuyas palabras tendrían fuertes repercusiones en la imagen de éste en el exterior. Samuel del Villar, Bernardo Sepúlveda y Rafael Segovia conformaban el círculo cercano del corresponsal británico, y le aportaban información valiosa en el mundo académico y político. Riding —quien era singularmente perspicaz y trabajaba incluso cuando no estaba trabajando— aprovechó su puesto para llegar a los estratos más altos del gobierno y los rincones más profundos del sistema político. Por ello no sorprende que Miguel de la Madrid, quien dio al británico libertades con las que otros periodistas sólo soñaban, enfureciera cuando se publicó Vecinos distantes. El libro inmediatamente se convirtió en éxito comercial, aunque las críticas tampoco demoraron. Académicos como Soledad Loaeza y Enrique Krauze cuestionaron la precisión de los argumentos y el recuento histórico del periodista. La primera afirma que la intención de Riding era crear un éxito comercial, en vez de analizar detenidamente las circunstancias o el pasado del país. Según Loaeza, el periodista no se esforzó en corregir los errores históricos que los académicos del colmex le mencionaron: “durante toda su estadía, jamás lo vi entrar a la biblioteca”. Por su parte, John Gavin —embajador de México en Estados Unidos— demandó a la editorial Alfred A. Knopf, alegando cargos de difamación. La mayor parte de las críticas e intentos de censura se centraban en el supuesto “carácter anti-mexicano” de la obra. “Emilio Rabasa escribió tres artículos en Excélsior mentándome la madre”, comentó Riding en una entrevista para Proceso, en el año de su publicación. En ella, el autor también expresó irritación cuando el entrevistador comparó su obra con Lawless Roads y exclamó que, a diferencia de Graham Greene, ama visceralmente el país, y haberse marchado fue “como perder una extremidad”. “Tal vez mi pecado es haber dicho algunas cosas en voz alta, cosas que efectivamente todo el mundo sabe, que no sorprenden a nadie, pero muchas veces optan por no decirlas […]; y el segundo pecado evidente es no ser mexicano”, afirmó, consciente de que su libro había insultado a burócratas y patriotas por igual.

El prejuicio limítrofe

Francisco Gil Villegas recuerda cómo su vecino (nada distante) de oficina en las instalaciones de Colegio de México alguna vez le preguntó a través del balcón cuál aspecto del carácter mexicano explicaba que, a pesar de la profunda crisis económica, no surgiera una insurrección contra el gobierno. Sin duda, Riding deseaba encontrar la relación causal entre su visión de la identidad mexicana y el sistema político del país; no obstante, Meyer afirma que si bien “la descripción es el lado fuerte de este libro, su debilidad es la explicación”. Claramente, sus argumentos sobre la identidad mexicana están formuladas en el lenguaje local que Samuel Ramos popularizó, pero sus conclusiones son las de un extranjero distante.

Riding considera que México tiene el único sistema político de Latinoamérica “que se debe entender dentro de un contexto prehispánico”, pues sus habitantes son “más orientales que occidentales”. En los albores del gobierno tecnocrático, el corresponsal auguró que la minoría “occidentalizada” entraría en conflicto con el grueso de la población mexicana, según él, “oriental, conformista, comunitaria y tradicional”. Presenciando la paulatina transición democrática que el país estaba experimentando, la cual culminaría en las elecciones del nuevo milenio, el autor argumentó que, incluso si el régimen se transformara, “México no es —y quizá nunca será— una nación occidental”,15 pues sus habitantes sólo podrían sentirse cómodos en un régimen “específicamente mexicano, con su mezcla de autoritarismo y paternalismo, de cinismo e idealismo, de conciliación y negociación”. Samuel Huntington —carente de sutileza y afecto hacia los mexicanos— hizo el mismo argumento en su célebre Choque de Civilizaciones (1996), donde utilizó una cita de Octavio Paz para justificar que México era una cultura “claramente no occidental”, expresando desconfianza sobre la capacidad del país para adaptarse a los “conceptos norteamericanos de libertad y de imperio de la ley”.16

La dolorosa conclusión de Riding —la cual Meyer considera similar a aquellas que los viajeros británicos del siglo xix solían formular— es un ejemplo contemporáneo de lo que Edward Said bautizó “orientalismo”.17 Así como Eugène Delacroix y tantos más idealizaron la cotidianeidad de Medio oriente al ver en ella un mundo ajeno, Riding retrató México con el pincel del orientalismo, fascinado en cada trazo por nuestro supuesto exotismo. Sin embargo, lo mismo que Said critica en el orientalismo decimonónico puede decirse de Vecinos distantes: Riding no ofrece un “retrato de los mexicanos”, sino una representación romántica de ellos, así como Samuel Ramos simplemente trazó “el perfil del hombre” mexicano, pues un perfil es sólo medio rostro, y la otra mitad es una historia sin contar.

Cuando Vicente Fox llegó al poder, Riding escribió “Quince años después: y ahora, ¿hacia dónde?”, epílogo de su polémica obra. En él, reconocía que “por primera vez en su historia, los mexicanos asumieron el control de su destino”, aunque también enlistaba todos los problemas que hacían una odisea del camino por recorrer.18 Pocos años después recibió el Orden del Águila Azteca. En las tres décadas que han transcurrido desde la publicación de su obra, la cortina de nopal se ha encogido y las latitudes que alguna vez extendimos se han abreviado. Sigo ponderando qué diría Ramos sobre nuestra inseguridad si hubiese alcanzado a divisar cómo la actual penetración de la cultura estadounidense configura otra hibridación. En una nota reciente, el académico Andrew Selee afirmó que la profunda interdependencia ha convertido a los “vecinos distantes” en extraños íntimos.19 Al parecer, ya nadie puede dudar de nuestro carácter “occidental”. Los dilemas son otros.

 

*Agradezco a los doctores Lorenzo Meyer y Francisco Gil Villegas por los comentarios y las anécdotas que aportaron sobre la estadía de Alan Riding en El Colegio de México.


1 Al respecto, L. Meyer señaló que el autor “no es brasileño; nació en Brasil, pero su pasaporte y actitud son británicos”.

2 Alan Riding, Vecinos Distantes: un retrato de los mexicanos, trad. J. Pacheco, México, Planeta, 2ª ed., 36ª reimpr., 2001, pp. 11

3 Laurence Whitehead, “Mexico and the «Hegemony» of the United States: Past, Present and Future”, en Riordan Rioett, Mexico’s External Relations in the 1990s, Boulder y Londres, Lynn Rienner, 1991, pp. 243-256.

4 Rafael Rodríguez Castañeda, entrevista con Alan Riding, 10 de agosto de 1985, en hemeroteca.proceso.com.mx, consultada el 5 de mayo de 2015.

5 A Riding, op cit., pp. 13 ss.

6 D. E. Lorey, art. cit., p. 132.

7 A. Riding, op cit., pp. 85 ss.

8 Frank Brandenburg, The Making of Modern Mexico, Nueva Jersey, Prentice-Hall, 1964, pp. 1-19, 141-166, et passim.

9 Octavio Paz, “Prólogo” a Elena Poniatowska, Massacre in Mexico, Columbia, University of Missouri Press, 1975, s. p., cit. por Jorge Camil, “Las palabras de mi general“, La Jornada, México, D. F., 19 de febrero de 2010, sec. opinión.

10 Lorenzo Meyer, sobre: Alan Riding, Distant Neigbors: A Portrait of the Mexicans, New York, Alfred A. Knopf, 1984, The Wilson Quarterly, 9 (1985).

11 Ibid., p. 139.

12 Héctor Aguilar Camín, “Manuel Buendía y los idus de mayo”, Nexos, 1984.

13 A. Riding, op cit., p. 140.

14 A. Riding, op cit., p. 163.

15 A. Riding, op cit., pp. 14, 439 et passim.

16 Samuel P. Huntington, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, trad. J. P. Tosaus Abadía, Barcelona, Paidós, 1ª reimpr, 1997.

17 Edward Said, Orientalismo, trad. M. L. Fuentes, Barcelona, Debolsillo, 7ª ed., 2002, pp. 19-26, 45-81, 271 et passim.

18 A. Riding, “Quince años después: y ahora, ¿hacia dónde?”, en op cit., p. 478.

19 Andrew Selee, “De vecinos distantes a extraños íntimos”, El Universal, México, D. F., 12 de mayo de 2013, sec. opinión.

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Alonso Ruizpalacios, quien recientemente ganó el Ariel por su largometraje Güeros (2014), dirigió el video de “Hasta la raíz”, sencillo epónimo del último disco de Natalia Lafourcade. En él, la cantautora mexicana navega en un plano-secuencia grisáceo sobre los brazos de sus fanáticos, quienes la visten, peinan y maquillan. Pelotas gigantes pasan de un lado a otro y el aire acarrea burbujas de jabón, mientras la artista arroja rosas blancas al aire y toca su guitarra acústica, en un recorrido que semeja más una peregrinación religiosa y profundamente sensual que un crowd surfing común. El público la entrega a los brazos de un extraño sin camiseta; en un instante se besan como amantes longevos y, al siguiente, se desprenden sin dolor. El mar de extremidades alza a la artista por los cielos, hasta finalmente entregarla al escenario. Ella rompe la cuarta pared y confiesa directamente al espectador la atemporalidad del amor sincero: “No habrá manera, mi rayo de luna, [de] que tú te vayas”. Aunque la cantante se encuentra completamente arropada —con la camisa floreada que sus fans le otorgaron sobre el tank top negro con el que comenzó su travesía— jamás había estado tan desnuda.

natalia-lafourcade

Pocos artistas describieron con tal desenfado y amenidad los albores del siglo XXI en México como Natalia Lafourcade. La cantautora tenía apenas dieciocho años cuando apareció con dos trenzas aniñadas y la terrible facha de la época en el video de “Busca un problema”, donde predicaba con rebeldía pueril el goce de una juerga nocturna. Sin embargo, alcanzó la fama con “En el 2000”, cuyas referencias a tirantes transparentes, Ricky Martin, “mexicanos y panistas” cristalizaron lúdicamente el zeitgeist de la llamada transición democrática. En el transcurso de la década, la cantante mexicana alimentó su popularidad junto a La Forquetina (grupo de músicos conformado por sus compañeros de carrera en Fermatta) y sin ella. También colaboró en el soundtrack de Amarte Duele y Temporada de Patos con éxitos que a la fecha evocamos nostálgicamente. Sin embargo, Natalia consolidó su carrera en el 2012, con Mujer divina, homenaje a la obra de Agustín Lara, en el que colaboraron músicos como Vicentico, Miguel Bosé y Devendra Banhart. En entrevistas coetáneas, la artista afirmó que haberse adentrado en la carrera del “Flaco de oro” le permitió comprender la propia, y que la combinación de picardía, seducción y melancolía en las baladas del intérprete mexicano también se encontraba presente en su trabajo, “una mezcla constante de géneros, de colores”.

Según la cantautora, Hasta la raíz es un disco “muy suyo”. Aunque años atrás decidió encontrar su voz en la de Agustín Lara, en este álbum indagó en sí misma para desvestir su corazón en baladas sencillas y coloridas, pero profundamente íntimas. El título no sólo alude a una relación interpersonal, sino también a un recorrido introspectivo en sus propios orígenes como persona, compositora y amante. No obstante, a la desnudez emocional de las canciones en el disco se contrapone su vestidura armónica; al piano y guitarra se suman arreglos de cuerdas y percusiones, que dramatizan y atenúan la soledad omnipresente, a la vez que confirman su madurez como compositora. En esta obra, Natalia mira atrás, a sus inicios, al espíritu adolescente de su primer álbum, al hogar utópico que describía en “Casa” y la imitación de Lily Allen en “Ella es bonita”, sólo para confirmar haber alcanzado la madurez emocional y artística que necesitaba para encontrar su propia voz. Si bien en el 2005 veía sus relaciones interpersonales como jugar a la casita, acompañada por la Forquetina, que tocaba instrumentos imaginarios en frascos vacíos y utensilios de cocina, diez años después, su “casa de papel” parece haberse materializado y derruido. Hasta la raíz es un recuento de un amor apenas desvanecido, como aquel “juramento que fue promesa fugitiva” del que hablaba el llamado “músico poeta”. El álbum sigue el recorrido linear (y, en ocasiones, circular) de cualquier relación que llega a un final prematuro: el idilio acaramelado, las grietas que se alargan hasta convertirse en oquedad, la negación del final que se vislumbra en el horizonte, la renuencia en la aceptación, la reconciliación propia y el renacimiento.

En esta obra, el talento de Natalia para contar historias equipara su ingenio al construir ambientes, cuyo folclor sosegado evoca los arreglos regionales de Mujer divina. La canción “Mi lugar favorito” es una de las excepciones en lo que, de otra forma, sería un disco compuesto enteramente por baladas o piezas lentas; en ella, la cantautora retoma sus raíces pop para plasmar la imagen de un romance vívido. Aunque su letra es probablemente la más sencilla y caricaturesca del disco, parece declarar que no es necesario ornamentar un sentimiento tan sincero; basta declarar que aquel “baile incontrolable” purga miedos y convierte cualquier habitación en un verdadero hogar, cálido y reconfortante. Sin embargo, el resto de las canciones lidia con la fractura y desintegración de ese apego emocional. En “Antes de huir”, Natalia ruega a su amante analizar “por qué se apagó la inercia” de un amor tan absurdo y real, esperando detener el tiempo, en vez de dejar sus manecillas correr. De igual manera, “Para qué sufrir” pondera sobre rasgueos de bossa nova la despedida de aquel amor, ahora encarnado en peceras vacías y muros desolados. La artista afirma que aquella relación fue un matrimonio “sin papeles”, cuyo divorcio imaginario no se libró mediante trámites burocráticos, sino en el deslinde de cartas y fotografías. “Dueños de la noche fuimos”, canta, ponderando qué ocurrió al amanecer.

La cantante y compositora afirma que Hasta la raíz es un disco autobiográfico y personal, pero también uno abierto. Al respecto, comentó que cada quién “amoldaba a su vida” las canciones y relató su sorpresa cuando una admiradora le comentó cómo el sencillo que dio título al disco —aunque frecuentemente interpretado como balada romántica— le recordaba a su padre, asesinado apenas semanas antes. Quizá la mayor hazaña del álbum es la forma en que logra relatar una experiencia tan íntima en acordes y versos que apelan directamente a cualquier enamorado o solitario. Cuando Natalia canta en “Ya no te puedo querer” cómo espera desde un balcón a su amante, extraviado en la demora perpetua, bien podría estar hablando de aquel célebre edificio en Verona —escenario del romance más famoso de la historia— o de cualquier otro en la ciudad de México. El álbum es también una disertación sobre el porvenir de la arquitectura emocional que cimienta una relación. Mientras que, en la canción mencionada, la artista lamenta no poder “volver a construir” a su amado, en una canción posterior del listado (y probablemente de su historia), contempla cómo el viento desmantela las ruinas de lo que alguna vez fue un monumento al aprecio mutuo.

En episodio reciente de La música con Manzanero, del Canal 22, el célebre cantautor yucateco halagó la “mexicanidad” de Natalia Lafourcade, describiendo sus canciones como “huapango escurrido en pop”. Hasta la raíz hace honor a su título al incorporar influencias de géneros musicales locales e imágenes características de la lírica mexicana. “Palomas blancas” combina añoranza romántica y arraigo territorial en una apología de montañas, rosas, lumbre en alientos, oro en bolsillos. Esperando que “el suelo que siempre tiembla sostenga [sus] pantorrillas”, Natalia repite la consigna “que nunca se acabe nada de lo nuestro”, la cual parece referirse simultáneamente al idilio sosegado y a los páramos eternos que configuran el paisaje nacional. En una entrevista que siguió al lanzamiento de Mujer Divina, la artista confesó su admiración por la cinematografía en la obra de Agustín Lara y la forma en que el autor convertía música en fotografías. De igual manera, considera que Hasta la raíz es un “disco sensorial”, conformado por “canciones visuales”. En “Estoy lista” y “No más llorar”, la protagonista del álbum purga “de un clavado al agua” los restos del amor funesto, entregándose a “orquestas de hojas en el cielo”, piedras inmutables y atardeceres coloridos. También escribe el nombre de quien ama en “la arena blanca con fondo azul”, sólo para después arrancarlo del corazón como astilla. La artista confesó en uno de sus recientes conciertos que la canción “Hasta la raíz” es su respuesta cuando algún extranjero pregunta por la situación lamentable de su país, como concediendo con cariño e ingenuidad que la violencia y corrupción generalizada jamás podrán opacar nuestros valles, ríos y desiertos.

La reinterpretación moderna del folclor local es aun más evidente en “Vámonos negrito” —cuyo título se deriva de la popular canción de cuna, “Duerme negrito”—, en la cual Natalia pasea por veredas que evocan misterio en la cotidianeidad, donde rugen tambores y jaranas, cobijadas por astros voyeristas y melodías líquidas de las olas que arropan bahías. No obstante, la inspiración musical del disco trasciende el misticismo trillado del folclor tradicional. “Nunca es suficiente”, por ejemplo, es una balada movida y conmovedora —la cual relata cómo incluso entregarse completamente no basta cuando el compromiso es unilateral—, cuya composición y temática parecen rendir tributo a “Porque te vas”, de Jeanette, cantante hispano-inglesa que ganó gran popularidad en México durante los años setenta. En la representación visual de este sencillo, se intercalan secuencias de parejas enamoradas con otras de las mismas al borde del colapso emocional, en una especie de reflejo temporal fracturado; caricias que se vuelven disputas, baladas que devienen cacofonía, abrazos que dejan marchar. En un momento, dos noviazgos se encuentran sobre edredones distintos; uno hace el amor y el otro lo deconstruye en un forcejeo que raya en la violencia doméstica, sin que el espectador pueda distinguirlos con claridad.

Este álbum es una oda fraguada con minucia y pasión a las virtudes y desventuras del amor que perdura hasta no hacerlo más, a los muros que devienen hogares y soledades por igual, a las fotografías que se colocan en corchos y luego se esconden en cajones. Lafourcade ha escrito una obra maestra, basada en el reconocimiento de que cada disputa atestigua cariño, así como también los celos confiesan devoción y el desamor no es más que afecto con un prefijo lamentable. Incluso los pocos momentos tediosos o mundanos del disco sugieren que, en ocasiones, el romance puede llegar a ser tan monótono y trillado como cualquier práctica reiterada. En su sinceridad y convalecencia, Hasta la raíz rompe la barrera entre el artista y el espectador. Los actores que cargaban a la cantante en el video de su sencillo epónimo no sólo simbolizaban el desvanecimiento de la brecha entre Natalia y su público, sino que eran también sus fanáticos de la vida real, así como el escenario ficticio al que la trasladaron bien podría haber sido el del Teatro Metropolitan, que recientemente abrió sus puertas tres veces consecutivas debido a la demanda para ver su concierto. En el dos mil, la joven cantautora —o “infantil criatura”— sólo demandaba un hombre que no se embriagara en fines de semana y declaraba irónicamente el fin de la inocencia, arropada en un disfraz ridículo, mientras hacía una parodia de sí misma al bailar. Ahora una mujer y artista madura, ha vertido su corazón en cada acorde, letra y melodía, trascendiendo así su pasado desenfadado. Su raíz ha florecido y, noche tras noche, Natalia Lafourcade hizo en el Metropolitan lo mismo que Riggan Thomson logró en aquella adaptación “suprarrealista” de Raymond Carver, al derramar —literal y metafóricamente— su sangre en el escenario. En ambos casos, la pregunta era la misma: ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor?

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