Lamentablemente el concepto de feminicidio se emplea con demasiada frecuencia en México. Por eso es importante pensar, ¿de dónde viene, cuándo y quién lo inventó?

El otro día leí que en el mes de agosto se reportaron 129 feminicidios en la ciudad de Tijuana. No estoy segura de la confiabilidad de la fuente, pero no me cabe duda de que el concepto de feminicidio ha cambiado la historia de nuestro país. Yo crecí en un México donde existían los asesinatos de mujeres y de personas afeminadas, pero no había ni un solo feminicidio. La palabra, y por lo tanto el significado que engloba el concepto, sencillamente no existía. Esto puede parecer un problema semántico, pero la historia de los feminismos y de los movimientos sociales es clara al mostrar que la designación de las desigualdades vividas por medio de conceptos específicos fortalece las causas de lucha. Al asignarle un nombre propio al tipo de asesinato en el que el género de la víctima —esa inestable conjugación de sexo biológico e identidad sociocultural— juega el rol más importante, reconocemos que se trata de un fenómeno distinto a otras formas de violencia y podemos así buscar formas particulares para combatirlo.

Ilustración: Estelí Meza

La importancia que tiene el concepto de feminicidio no es trivial, sobre todo para el contexto mexicano contemporáneo. Buena parte de la discusión pública sobre el tema consiste en debatir la validez del concepto, sus implicaciones, y las formas por medio de las cuales se lleva a juicio un caso de feminicidio. Entre tales preguntas, sin embargo, resulta fácil perder de vista que el concepto de feminicidio, como todos los conceptos, tiene una historia. ¿De dónde viene, pues, el concepto? ¿Cuándo y por quién fue inventado? ¿Qué cambios en significado ha sufrido el concepto y qué nos dicen estos cambios? Todas estas preguntas se pueden resolver por medio de la historia conceptual, una rama especializada en atender el cambio histórico por medio del estudio de la evolución de las definiciones de conceptos sociopolíticos.

En general, el concepto de feminicidio designa el asesinato de mujeres por razones de género; es decir, el asesinato de mujeres porque son mujeres. La traza genealógica de la invención del concepto de feminicidio — es decir, el primer uso registrado de la palabra — ocurrió apenas hace 40 años, en 1976, cuando tres feministas radicales, dos norteamericanas y una libanesa, definieron el concepto en el “Primer Tribunal Internacional de Delitos Contra Las Mujeres” celebrado en Bélgica. Este congreso funcionó como un conversatorio masivo entre feministas provenientes de todos los continentes. Para entender este gesto definitorio, es importante recordar que los feminismos radicales de los años sesenta y setenta promovían una agenda de militancia política cuya plataforma se sostenía sobre el eslogan “lo personal es político.” El interés primordial de estos grupos de feministas era justamente llevar aquello que se consideraba personal, como por ejemplo la sexualidad, a la esfera política, donde se pudieran politizar las experiencias. Pronto, este intercambio de experiencias individuales se convirtió en una demanda colectiva de justicia, sobre todo de justicia sexual.

En el Primer Tribunal, existió un conversatorio específico sobre femicide (distinto a feminicidio)propuesto por la feminista radical norteamericana Diana E.H Russell en el cual se invitó a que tres mujeres dieran testimonios para poder definir el concepto. Debido al carácter colectivo de los conversatorios de los feminismos radicales de los años setenta, la definición de femicide fue también colectiva y en las memorias del tribunal quedó escrito que con el propósito de llenar el concepto de significado,Louise Merille leyó 17 noticias sobre este tipo de asesinatos que recopiló en películas y en periódicos de San Francisco; la poeta Pat Parker leyó su poema Womenslaughter el cual habló del asesinato de su propia hermana a manos de su marido; y una mujer libanesa, cuyo nombre no aparece en las memorias oficiales del Tribunal, dio dos ejemplos de cómo familiares —hermanos y tíos— asesinaban a las mujeres en el contexto libanés de la época. Fue por medio de estos tres testimonios y de las conversaciones que surgieron en el formato de un diálogo internacional sobre la violencia a las mujeres que el concepto femicide fue definido por primera vez en la historia. Sin embargo, la definición se estabilizó una vez que Russell publicó el libro Femicide: The Politics of Women Killing en 1992 donde definió el concepto como “misogyinist killing of women by men”: el asesinato misógino de mujeres perpetrado por hombres.1 Fue esta definición la que sería reinterpretada para el contexto mexicano.

El concepto de feminicidio se popularizó en el marco de los acontecimientos de Ciudad Juárez. Entre 1993 y 2012 se registraron en Ciudad Juárez más de 700 asesinatos violentos de mujeres, de las cuales la mayoría presentaba evidencias de violencia sexual. Ante el desconcierto de la comunidad mexicana e internacional, así como ante la falta de conceptos que pudieran dar respuesta sobre el porqué de este tipo de asesinatos, la Dra. Marcela Lagarde y de los Ríos propuso enmarcar lo que sucedía como feminicidios, refiriéndose a la traducción del concepto femicide pero en un contexto diferente. Para que el concepto de feminicidio tuviera repercusiones positivas sobre la realidad material, fue necesario sacarlo del ámbito meramente académico y convertirlo en un concepto legal. Por lo tanto, la antropóloga mexicana definió el concepto utilizando el discurso internacional sobre los derechos humanos de las mujeres. Así, por medio del estudio de la historia de las convenciones internacionales de derechos humanos y de derechos de las mujeres, la Dra. Lagarde señaló al Estado Mexicano como complaciente con los crímenes de género y con los feminicidios en razón de que el país no se encontraba (ni se encuentra aún) capacitado para garantizar a las mujeres el acceso a una vida sin violencia, a pesar de que se había comprometido a ello al firmar varias convenciones internacionales al respecto.

A diferencia del caso de femicide para las feministas en los setenta, en México la definición de feminicidio señala al Estado Mexicano como principal culpable por su incapacidad de salvaguardar la vida de las mujeres.2 Mediante la visibilización que organismos nacionales e internacionales le dieron a los casos de Ciudad Juárez, así como a la incapacidad del Estado de garantizar una vida sin violencia de género, México se convirtió en el primer país del mundo donde se creó una ley que tipificó y criminalizó el feminicidio como un delito específico producto de la violencia feminicida, definida en el Diario de la Federación como la forma más extrema de violencia hacia las mujeres producto de la violación de derechos humanos por conductas misóginas e impunidad que pueden culminar en el homicidio.

De ahí en adelante fue cuestión de tiempo para que la exigencia por la justicia se convirtiera en una obligación democrática de la ciudadanía mexicana. Esto se puede analizar fácilmente en el incremento de las marchas feministas en contra de la violencia feminicida, así como en las exigencias de colectivos regionales y nacionales que buscan justicia para los familiares de las víctimas. El alcance del concepto de feminicidio en nuestro país ha sido tan grande que la lucha por erradicar este tipo de violencia se ha convertido en una parte fundamental de la agenda feminista mexicana. Esto fue muy claro en la protesta del pasado 16 de agosto cuando, aunque se convocó a una demostración de denuncia por la violación de una menor de edad por cuatro policías, gran parte de las exigencias eran por un México libre de feminicidios.

Es importante recordar que los conceptos feministas son producto de los movimientos feministas. Sin embargo, una vez que los conceptos feministas aparecen en la escena, estos pueden cambiar a los propios movimientos feministas, como es el caso de la historia de la relación entre los feminismos mexicanos yel concepto de feminicidio. Así, se puede afirmar que los feminismos son el producto de la invención de conceptos por medio de la cual se denominan aspectos de la realidad con el objetivo de buscar la manera de cambiarla. El carácter de invención de los conceptos sociopolíticos feministas es justamente aquello que los hace tan interesantes, ya que su desarrollo como categorías históricas, sociales, culturales, jurídicas y de justicia social se convierte en un proceso complejo de visibilización de las condiciones de desigualdad que sufren diferentes sujetos sexuados en la sociedad.

Es menester fundamental entender la historia conceptual propia del concepto de feminicidio en nuestro contexto para poder debatir adecuadamente en la esfera pública sobre las necesidades y exigencias que como ciudadanía mexicana nos compete. Al tomar en consideración la historicidad de los conceptos feministas y su contingencia histórica, es decir, la espacio-temporalidad que los circunscribe a razones y particularidades de creación y acción, se esclarece su popularidad, así como la realidad que ellos buscan señalar y estudiar. Los conceptos femicide y feminicidio son diferentes entre sí y no se refieren al mismo tipo de realidad. Igualmente, este es el caso con la mayor parte de las definiciones que vemos de femicidio, femicide o feminicidio en contextos nacionales variables, ya que cada país y cada contexto ha redefinido el concepto a su necesidad. La idea es la misma —el asesinato de mujeres por razones de género— pero las causas y las consecuencias son las que cambian, y en ello reposa precisamente el potencial conceptual.

Muchos se quejaron de que durante algunas semanas después de la marcha del 16 de agosto, se leyera en el Ángel de la Independencia “México Feminicida.” A algunos les pareció desagradable, a otros les pareció una falta de respeto, pero a muchos otros nos pareció más que acertado y, además, totalmente respaldado: las cifras no mienten y tampoco lo hacen nuestras experiencias como sujetos sexuados en México; nuestro país sigue sin tener la infraestructura para garantizar a las mujeres una vida sin violencia de género —y sin violencia en general.

 

Camila Ordorica Bracamontes
Licenciada en Historia por la Ibero y Maestra en Estudios de Género por CEU Budapest. Esta pieza es un breve resumen de la tesis que Camila realizó para obtener el título de Maestría. Twitter: @ordorieich.


1 Diana Russell y Jill Radford, Femicide, the politics of woman killing,Buckingham, Open University Press, 1992, p. XI.

2 Marcela Lagarde y de los Ríos, “Preface”, en Cynthia Bejarano Rosa Linda Fregoso, Terrorizing Women. Feminicide in the Americas, Duke University Press, 2010, p. XXIII.

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En todo el orbe gobiernos autoritarios de derecha atentan contra la libertad académica. La reciente expulsión de la Universidad de Europa Central de Hungría a manos del gobierno de Viktor Orbán es un episodio más.

El reciente desplazamiento de la política global hacia la derecha ha puesto a los estudios críticos en una situación precaria. Tanto los que investigan género y raza como los dedicados al Medio Oriente corren peligro. En Hungría, el crecimiento exponencial de la derecha con Viktor Orbán  en el poder desde 2002 ha significado un ataque frontal a la libertad académica. Entre las acciones emprendidas por su gobierno tradicionalista, católico, autoritario, abiertamente xenófobo y antifeminista está la expulsión del país de la Central European University (CEU), la desacreditación húngara de los programas de estudios de género y la consecuente clausura del departamento de género de Eötvös Loránd Tudományegyetem [Universidad Eötvös Loránd] (ELTE), así como la privatización de la universidad pública Corvinus.

El caso de la CEU ha atraído la mayor atención mediática internacional. Se trata de una institución de estudios de posgrado acreditada tanto en Hungría como en Estados Unidos que fue fundada por el filántropo George Soros en 1991. Está comprometida con la reproducción de los valores de las sociedades abiertas a nivel internacional y con el pensamiento crítico y autoreflexivo. La CEU busca la construcción de sociedades democráticas que respeten los derechos humanos y la dignidad humana, y representa todo lo que el proyecto de nación de Orbán quiere erradicar en su territorio. Desde 2016, el gobierno húngaro cuestionó la legalidad de la institución desatando 20 meses de ataque político en su contra. A finales de octubre de este año, el rector de la universidad, Michael Ignatieff, informó del ultimátum que la CEU le dio al gobierno de Orbán para que reincorporara a la universidad en el sistema educativo húngaro.

En este contexto, estudiantes de las tres instituciones previamente mencionadas se organizaron en una movilización de la sociedad civil húngara y extranjera residente en Budapest bajo el nombre de “Students4CEU” (“Estudiantes por la CEU”). El sábado 24 de noviembre, los más de 40 organizadores convocaron a una marcha donde miles de individuos de diversas nacionalidades protestamos por la libertad académica. Hemos marchado más de 10 veces en el último par de años sin resultado aparente, así que la coalición de estudiantes decidió hacer más ruido está vez, extendiendo la protesta durante una semana y organizando un plantón en Kossuth Janos Tér, la plaza más famosa e importante del país, con la intención de abrir el diálogo sobre la situación de la libertad académica en Hungría. Esta movilización llegó a más facciones de la sociedad y se emparejó con la lucha de los obreros húngaros a quienes el gobierno de Orbán les aumentó la jornada laboral sin un alza recíproca en el salario.

Entre las actividades de #OccupyKossuth (#OcupemosKossuth), Students4CEU organizó una “universidad libre” (#SzabadEgyetem en húngaro) que toda la semana se dedicó a dar clases, conferencias, a proyectar películas y proponer actividades artísticas en las tiendas de campaña que resistieron a las frías noches del otoño en Budapest. La mayoría de los departamentos de la universidad participaron de una forma u otra, pero el Departamento de Género al que pertenezco sostuvo un importante número de clases en las instalaciones de la #SzabadEgyetem. A pesar de que los Estudios de Género en la CEU no se verán afectados porque su acreditación es norteamericana, tanto alumnos como profesores consideramos pertinente aliarnos para mostrar solidaridad con las compañeras de ELTE y en el nombre de los feminismos húngaros e internacionales.

Durante la #SzabadEgyetem la historiadora feminista norteamericana Joan Scott participó con una conferencia abierta sobre la libertad académica en Estados Unidos. En ella habló sobre su más reciente libro, Sex and Secularism, en el que esboza una respuesta convincente sobre las causas del ataque contra el género y los programas especializados en su estudio: la legitimación  de los gobiernos autoritarios contemporáneos reposa en la noción tradicional del género en tanto categoría biológica determinada por el sexo físico y esto reproduce la idea de que los hombres son superiores a las mujeres. Los ataques de Orbán, así como los de Putin, Trump o Bolsonaro, al movimiento por la igualdad entre los géneros, son parte de una estrategia política más amplia que busca erradicar el pensamiento crítico sobre las relaciones humanas y sus consecuentes sistematizaciones sociales, y las propuestas de cambio sobre cómo nos relacionamos.

En Hungría, esta batalla está prácticamente perdida. El pasado 3 de diciembre Ignatieff llamó a una asamblea donde se confirmó que la CEU deberá dejar el territorio húngaro. Se abrirá un nuevo campus en Viena, donde tomarán clases los alumnos de nuevo ingreso. La CEU está llamando el ciclo escolar del 2019-2020 un “año de transición”, durante el cual los estudiantes y profesores de la institución deberán moverse constantemente entre Viena y Budapest.

Es una situación escalofriante, pues la última vez que una universidad fue expulsada de un territorio europeo fue en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. La experiencia histórica del siglo pasado nos había hecho pensar que el resurgimiento de los gobiernos autoritarios de derecha era imposible, pero, como escribió Hannah Arendt en 1963 en el epílogo de Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal: “en la historia lo que no tiene precedente, una vez que ha aparecido, se convierte en precedente para el futuro”.

Las movilizaciones estudiantiles y de la sociedad civil por la libertad académica en Hungría, Estados Unidos, Colombia, Brasil, Turquía, Rusia y el mundo entero son acciones invaluables y necesarias para reproducir los valores de las sociedades democráticas. La libertad de pensamiento y de enseñanza son pilares de este proceso, y deben ser defendidos. Aunque las cosas no cambiaron tras la ocupación de Kossuth Janos Tér, la toma de acción y las diversas formas de resistencia ante los gobiernos autoritarios siguen siendo nuestra responsabilidad como sociedad y como parte del alumnado global crítico, comprometido con los valores de un mundo libre y democrático.

 

Camila Ordorica Bracamontes
Estudió Historia en la UIA y actualmente cursa la maestría en Estudios de Género en CEU, Budapest.
Twitter: @ordorieich

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