Tener es el título del segundo libro de poemas de Robin Myers (1987) en ediciones Antílope. Sus versos nos enseñan, entre otras cosas, que jamás poseemos realmente nada y sólo nos queda la voluntad de definir, de decir. Por eso y más lo recomendamos aquí.

La mayoría de nosotros, ¿no es así?,
quiere tener algo
que dar
—Robin Myers

 

Querido lector capaz de tener, ansioso de tener, que tiene o que no tiene:

Tener, libro bilingüe de Robin Myers, me hizo pensar de inmediato: ¿qué tenemos?, ¿qué (con)tienen estos poemas?, ¿qué es propio de esta voz? y ¿qué se apropia? “Tener” es un verbo demasiado amplio, con algo de legislativo y algo de deseo infantil, que involucra acciones, espacios y objetos. Los poemas de Robin orbitan ese campo semántico pero también lo desbordan. Tener es un libro de intercambios, donde siluetas y manos toman y dan, ofrecen, se apropian, rechazan, se arrepienten.

Este libro se puede leer en cualquier orden y, sin embargo, un mismo tono une los poemas. En mi primera lectura pensé (¡lectora descuidada que asume que autora y voz poética son la misma!) que alternaban distintas personas, hombres y mujeres, porque el “yo” en inglés es neutro, al igual que los sustantivos y adjetivos. En español, en cambio, el género gramatical es inevitable. Por esta razón, el traductor, Ezequiel Zaidenwerg, le asignó esa particularidad a la voz de cada poema, revelando que casi siempre habla un hombre y, a veces, un niño, que yo me imagino niña. Y es que este libro tiende hacia lo múltiple, la heterogeneidad de experiencias y voluntades. “Somos injertos”, concluye un poema, una afirmación escueta pero no falta de lógica. Tener, a su manera, está hecho de injertos (y creo que aquí prefiero la palabra en inglés, graft o grafted, que no tiene el eco negativo que en español sí).

¿Cómo voy a saber
qué voz
era la mía?

Un nombre es quizá la primera posesión y la que nos da más miedo perder; lo que creemos que somos, nuestra identidad simplificada por asociación y superstición. Mientras que en un poema, el intercambio de nombres es muestra de una intimidad extrañamente conmovedora: “Había una mujer en un puerto, / la clavícula como un trozo de cuerda / que yo sabía maniobrar. // Yo sabía su nombre / y ella sabía el mío”; en otro es la manera en que el resto del mundo, en este caso, un perro, vive al margen de (o maliciosamente ignora) la obsesión humana de nombrar, o sea, de asir, de ser dueño: “y los perros desatan su pánico feliz / como colibríes gigantes / e ignoran sus propios nombres”. Una obsesión, por cierto, que la autora retrata en el poema de vocación Borgiana que comienza “Por un tiempo intenté escribirlo todo”.

No somos dueños de nada, realmente, ni siquiera del derecho a dar una bendición, como dice el “yo” de otro poema cuando ve a un niño gordo caer en una zanja sobre su triciclo: “Me dan ganas de llorar; si tuviera / algún derecho a darle la bendición / a algo, // se la daría a él, a su zanja, […]”. O somos dueños de muy poco. Pero nada detiene la voluntad de definir, contar, asir. En otro lado del libro, aparece una reflexión veraz, sobria, sobre la definición (mutable) de “casa”:

Impresionante
cómo nos apresuramos
a llamar “casa”
al lugar donde
dormimos.

La reducción de un lugar a su función más básica está perfectamente en consonancia con el proceder poético de Robin. También la reutilización de una frase manida, opaca (‘Home is where the heart is’, por ejemplo). Es una mirada que sintetiza hasta palpar lo absurdo, con partes iguales de sorpresa, ironía y aceptación. Y también humor.

Dormir es uno de los actos, humanos y animales, más vulnerables; el lugar donde dormimos es donde estamos protegidos, resguardados, a salvo. ¿A salvo de qué? Ésa es una preocupación latente en Tener. Más de un poema sugiere escenarios catastróficos; todas las cosas que (nos) podrían suceder como individuos, como especie o planeta, incluso. Desde quedarnos calvos hasta morir en una guerra: “[…] podría haber una guerra / o una inundación o demasiados días / de cierto tipo”. Pero los peligros que acechan en el libro no son solamente la violencia y la arbitrariedad, ni siquiera la monotonía, sino también las pérdidas inevitables: “Si en verdad quieres saber / por supuesto que no va a durar”.

Un poco en la periferia de este núcleo de propiedad, pertenencia y protección está la idea de confianza, que parece sorprendente en un mundo plagado de crueldad y descuido. Para ya no seguir citando y dejar algo a la imaginación, elijo, para despedirme, el fragmento final de un poema sobre un verdulero y su interlocutor:

[…]
Corta una tajadita de cada fruta,
exhibiendo la pulpa,
y la coloca encima de otra, formando una pirámide,
para mostrar que está buena.

En español usamos “ser” para cosas permanentes y “estar” para cosas que cambian (al menos, de eso trato de convencer a mis alumnos angloparlantes). Pero en inglés “to be” engloba ambas dimensiones. Así que, a diferencia de la decisión del traductor (correcta y respetable, cabe aclarar), yo prefiero leer el último verso, ‘To show that they’re good’ como “para mostrar que es buena”, un significado que la ambigüedad del inglés permite. Porque es un gesto de honestidad mercantil en el que uno tiene que confiar, por más que nos hayan estafado antes. Más allá de la escena cotidiana, retengo esta imagen en mi mente como un recordatorio de que confiar es una capacidad necesaria, que no se puede perder o clausurar por completo.

Esa tajada es algo que me dio Tener y que yo ya sabía, aunque de otra manera. El libro me (con)tiene y yo a él; lo primero, porque abarca una diversidad e inmensidad caótica de cosas que se parece mucho a la ciudad en la que vivimos (los chilangos), aunque bien podría ser cualquier otra; la segunda, porque no puedo evitar pensar en sus versos cuando leo ciertos letreros en ferreterías o frases lapidarias en sudaderas, cuando veo un melón abierto en triángulo en el mercado o una pelota alejarse de un pie en el parque o, hace poco, que vi, milagrosamente, una luciérnaga; cuando experimento las prohibiciones de los museos y también cuando espío a mi vecina (que también me espía).

Por más que quiera evitar hacer el juego simplón que está tan a la vista, no puedo. Así que, sin más, creo que éstas son algunas razones, y hay muchas más, para querer Tener, publicada por la heroica editorial independiente Antílope.

• Robin Myers, Tener / Having, ed. bilingüe, trad. de Ezequiel Zaidenwerg, Ediciones Antílope, 2019, 136 p.

 

Aurelia Cortés Peyron
Poeta y ensayista.

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En esta carta, les recomendamos la retrospectiva de Jan Hendrix en el MUAC que nos invita a apreciar desde lo íntimo de una postal hasta los paisajes monumentales de Yagul.

Querido lector asiduo a exposiciones y con aficiones botánicas:

Quizá después de haber visto varias exposiciones en el MUAC has tenido la sensación de que tanto la curaduría como las piezas mismas parecen servir al único propósito de proporcionar un escenario adecuado para una selfie (y una gran entrada de dinero). Y muy probablemente tengas razón. En comparación, la exposición Tierra firme de Jan Hendrix (Masbree, 1949) es un respiro. Si disfrutas la variedad de formatos, técnicas y texturas o te gusta permanecer un buen rato frente a una pieza hasta conseguir la experiencia sensorial que sólo puede transmitir la presencia de una obra de arte, la muestra retrospectiva de la obra de Hendrix te va a resultar muy satisfactoria.

Vista de exposición [sala de tejidos Jacquard], Jan Hendrix, Tierra Firme, Museo Universitario Arte Contemporáneo, MUAC/UNAM. 2019. Fotografía: Oliver Santana. Reproducida con autorización del MUAC.

Entrar a Tierra firme se parece un poco a entrar a una habitación ajena, quizás a abrir algún cajón al azar, y atestiguar el registro de una vida privada sin tener todas las piezas para reconstruir su narrativa. A pesar de la vastedad de las obras, los formatos imponentes de algunas series (en especial, la de la última sala, Eneida. Libro VI) y el espacio monumental que ofrece el MUAC, las piezas de Hendrix te regresan a lo pequeño e íntimo.

Su obra requiere una mirada minuciosa y reflexiva; sin embargo, la exposición está lejos de ser el mausoleo en que se convierten a veces las retrospectivas y también se aleja de la forma canónica de interactuar con las piezas, esta sensación de entrar al museo como se entra a una iglesia del siglo XVI. Hendrix ha experimentado con formatos grandes e interactuado con la arquitectura de muchos espacios públicos y privados en México, desde la librería Rosario Castellanos en la colonia Condesa, CDMX, hasta el kiosco en el centro de la ciudad de Puebla. Esta vocación arquitectónica es notoria en las piezas escultóricas que funcionan aquí como momentos de transición.

Distancias

Las nervaduras de una hoja, su patrón montañoso e hidrográfico, son el paisaje. Un paisaje que se extiende varios metros y promete una extensión más allá de sus límites. Lo primero que ves al entrar es una pieza imponente, casi escultórica: una declaración. La hoja, magnificada, se vuelve bosque. Su fragilidad, una celosía de metal. Para Hendrix, el microuniverso y el macrouniverso pueden ser intercambiables.

Otro ejemplo de esta relación dinámicaentre micro y macroescala es la serie Drawing the Distance. Back and Forth (2016). Pero aquí vemos ambos. Los dípticos de grabado y acuarela, el paisaje yuxtapuesto a la silueta en colores a veces sangrantes, degradados, de una planta particular, con su nombre científico, ofrecen los dos puntos de vista, el de la individualidad y el de la maleza. Podrían ser el retrato de una multitud al lado del de un rostro. Nos muestran que saber reconocer cada hoja por su silueta es un ejercicio de distancias y observación.

Registro

Todos hemos conservado una piedra, una ramita, una concha de mar o el ala de un insecto. Algunos lo olvidan, lo tiran, lo pierden. Otros le asignan un lugar donde se convertirá en símbolo de ese viaje, ese día, esa persona. Las piezas de Bitácoras siguen esa lógica.

Enmarcadas en pequeñas vitrinas, estas composiciones constan de algún objeto, una fotografía Polaroid y una inscripción manuscrita, montadas en un collage. La Polaroid es un gran invento porque acortó la distancia entre medio y producto. Tiene integrado su propio cuarto oscuro, pero la imposibilidad de borrar, modificar o elegir la vuelve a la vez honesta y tiránica. Y también, el medio ideal para transmitir la idea de “recuerdo”. Los paisajes retratados con Polaroid y posteriormente intervenidos con pintura son lo más cercano a un retrato de la memoria: arbitraria, escasa, infiel, lo único que tenemos.

Script, 1996-2002, Fotografía: Javier Hinojosa. Reproducido con autorización del MUAC.

Otras formas de registro: la misma higuera muchas veces, fotos superpuestas cuyo paisaje contiene el paso del tiempo o un muro completo (Script) cubierto de pequeñas serigrafías de detalles, texturas, siluetas contrastadas; serpientes, semillas, garabatos, hojas reunidas a lo largo de décadas que aspiran a contener un todo y a la vez traicionan esa voluntad, se repiten sugiriendo algo infinito. Un muro, por cierto, muy adecuado para tomar una foto si no puedes resistir el impulso.

Ubicación

Como viajero constante y alguien que dejó su país para adoptar otro, Hendrix está muy consciente de la identidad de cada lugar, lo que tiene de endémico y peculiar, de su lugar en el mapa y su relación con otros lugares. También de lo que un lugar tiene de autobiografía. Postales entre continentes es un gran ejemplo. El artista crea postales en serigrafía como si éste fuera un género paisajístico. Un género menor, que a veces raya en el lenguaje publicitario, pero que reivindica la idea misma de la postal: no importan el monumento, las cascadas, el lago, la montaña. Importa que estuve aquí. Y que tú estás allá.

En otras obras deja registro de nombres, narra historias individuales de sus habitantes o anexa mapas a los paisajes, en un gesto decimonónico, con la esperanza quizá de que haya una sola verdad, la escrita e impresa.

Portada de Yagul. Three Books Withs Seamus Heaney de Jan Hendrix, Taller de Comunicación Gráfica, 2013.

La geografía parece ser un lenguaje que todos comprendemos, una vastedad que nos contiene. Por eso para Hendrix es importante actualizar o reinterpretar el paisaje, el inframundo en el que transcurre el “Libro VI” de la Eneida. No es ya el de Virgilio ni el que traduce al inglés, con gran dedicación, el poeta Seamus Heaney. Hendrix sitúa el descenso de Eneas en Yagul, la zona arqueológica de Oaxaca que él y Heaney solían frecuentar; le da dimensiones imponentes y traslada los grabados que ilustraron el libro a telares tejidos con la técnica Jacquard. Es la escenografía de una despedida, la biografía de una amistad.

Si tienes ese privilegio de las vacaciones de “verano”, ahí tienes la retrospectiva de Hendrix hasta el 22 de septiembre.

 

Aurelia Cortés Peyron
Poeta y ensayista. Es autora de: Alguien vivió aquí (Argonáutica, 2018), traducido al inglés por Robin Myers.

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