La siguiente queja es un alegato contra la aceptación irreflexiva de ciertos anticonceptivos que descargan sobre las usuarias una serie de síntomas indeseados físicos y psíquicos, entre otras consecuencias.

Queridos anticonceptivos hormonales, llegaron a mi vida con la promesa de hacerme una mujer normal. Tenía 16 años y era tan velluda como un hombre promedio. Eso resultaba, por supuesto, inadmisible. De la clínica de depilación láser a la que había asistido como si fuera a un templo, me mandaron directo al ginecólogo, quien me confirmó lo que mis expectativas de lampiñez ya sabían: mi nivel de testosterona estaba muy alto y, a menos que lo bajara, moriría sola con un grupo de gatos comiéndose mi cadáver (palabras más, palabras menos). Aunque ahora esa opción no suena del todo mal, en ese momento la testosterona en mi sistema parecía el injustificado castigo de algún dios. Recién salida del consultorio, tomé por primera vez las curvas de su empaque entre mis manos. Observé sus simpáticas pastillitas, numeradas del 1 al 28, tan amigables que incluso me especificaban qué día debía tomar cada una, no me fuera a despistar. Así iniciamos la relación más longeva que he tenido, una que duró 12 años, con pocas y ocasionales separaciones. Pero, como toda relación basada en mentiras, me hicieron mucho daño.

Ilustración: Kathia Recio

Queridos anticonceptivos hormonales, no me lo tomen a mal: también me dieron horas felices. Dejé de ser una mujer lobo y me volví sólo una mujer velluda y, como su publicidad señalaba, me divertí con múltiples novios, libres al fin de la vergüenza de pedir condones en un mostrador. Gracias por eso. Gracias también, porque, según consignaron 80 científicos en los años noventa, están entre los 10 inventos más importantes de la historia por “cambiar para siempre el rol social de la mujer y la conformación tradicional de la familia”. Separaron, se dice, el acto de procrear del acto de tener sexo. Brindaron autonomía a muchas mujeres y les quitaron algunos quistes en el proceso.

Queridos anticonceptivos, ustedes no tienen la culpa de que nadie me dijera que mis articulaciones se iban a ir a la mierda por usarlos. De que la producción de colágeno disminuya por culpa de sus brujerías químicas. Tampoco tienen la culpa de que la circulación empeore o de que entre 20% y 30% de las mujeres sufran de depresión por tomarlos. La culpa la tiene esta sociedad misógina que descartó en 2011 un anticonceptivo hormonal masculino igual de efectivo por haber ocasionado síntomas de depresión en el 3% de los pacientes, pero que no tiene problema alguno con que ustedes sigan libres y campantes, con sus efectos secundarios.

Queridos anticonceptivos hormonales, cada vez que me punza la rodilla, que me tuerzo el tobillo sin razón, que la muñeca no me deja seguir trabajando, los recuerdo con un dolor bien literal y me pregunto cómo es posible que en Francia y el Reino Unido el 50% de la anticoncepción venga de ustedes o que el IMSS diga en su página oficial que son “un método seguro y efectivo”. Claro que sí, porque un poquito de depresión, un poquito de falta de deseo sexual, un poquito de problemas circulatorios y un toque adicional de dolores articulares no califican como un perjuicio a la seguridad de las mujeres. Pero qué decir de una inyección anticonceptiva para hombres. Eso sí que es un perjuicio a la seguridad, como dicen múltiples fuentes en ese certamen de gritos que son las redes sociales. Ya veremos qué pasa si es que en verdad “Vasalgel”, como se llama su primo no hormonal, llega a México este año. Cuántos serán los valientes que estén dispuestos a esterilizarse y dejar a su pareja libre de píldoras. Casi no me sorprendió averiguar que, en México, la esterilización femenina tiene el porcentaje más alto entre los métodos de las mujeres que usan anticonceptivos.

Mapa de Fundación Ciudadana Civio. Con licencia de Creative Commons CC-BY 3.0.

Queridos anticonceptivos hormonales, rompimos contacto hace casi cuatro años y aún ahora pienso en ustedes y en ocasiones quiero recaer en nuestra relación tóxica. Veo que no estoy sola: amigas me han contado sus ires y venires, los mil motivos por los que han vuelto a sus brazos. Generan, parece ser, un amor odio muy especial. Ojalá pronto haya más opciones que nos permitan terminar, ahora sí de tajo, con ustedes.

 

Aura García-Junco
Escritora. Es autora de: Anticitera, artefacto dentado (FETA, 2019).

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