Tres obras recientes se conjugan para narrar el complejo entramado de la Intervención. En ellas se entrecruzan la historia y la literatura, la subjetividad y la riqueza documental desde tres puntos de vista absolutamente distintos y complementarios.

Hacia fines del mes de abril de 1862, las fuerzas galas partían de Orizaba con el objetivo de alcanzar la ciudad de México. Al frente del ejército más poderoso del mundo iba el conde de Lorencez, general Charles Latrille. Carlos Tello Díaz, en la monumental biografía Porfirio Díaz. Su vida y su tiempo. La Guerra 1830-1867,1 apunta la arrogancia del conde que en esta primera estancia de la invasión se proclamaba ya dueño de México, gracias —decía— a la superioridad de raza, organización, disciplina, moralidad y nobleza de espíritu sobre los mexicanos.

Ignacio Zaragoza cumple las órdenes de Benito Juárez y establece el primer punto de resistencia entre las Cumbres de Acultzingo y San Agustín del Palmar. El Ejército de Oriente se alista para contener la invasión en la antesala poblana. Este episodio lo refiere con detalle Paco Ignacio Taibo II en la trilogía Patria,2 que revisa desde los inicios de la revolución de Ayutla en 1854, hasta la caída del Imperio en 1867. En Patria. Vol. 2: La Intervención francesa, se describe el avance de los invasores, miles de hombres con carruajes interminables en la retaguardia que transportan 200 mil raciones de comida y el doble en vino. Taibo lo cataloga como el ejército más borracho del planeta.

La empresa napoleónica efectuó desde el comienzo una serie de lecturas erróneas respecto a México. Esto se comprende gracias al libro que publicó Jean Meyer en 2009, y que se ha vuelto la referencia más valiosa para estudiar este periodo desde la perspectiva de los franceses. En primera instancia, explica el autor de Yo, el francés. La Intervención en primera persona, Napoleón III tuvo una impresión equivocada del pueblo que pretendía conquistar. El Emperador confiaba en que se recibiera con beneplácito a sus compatriotas, en represalia al expansionismo estadunidense que ya había despojado a la nación mexicana de la mitad de su territorio.

El calendario marca el 5 de mayo. Zaragoza enfrentará con 5, 454 mexicanos a 5, 174 franceses. “Nuestros enemigos son los primeros soldados del mundo, pero vosotros sois los primeros hijos de México”, arengará Zaragoza a sus hombres, con voz suave y atiplada, no con esa voz de trueno como querían algunas versiones de la historia de bronce que Taibo desmitifica.

En tiempos de corrección política y revanchismos históricos, aún a varios siglos de distancia, no sería raro que Francia quisiera exigir disculpas por el 5 de mayo y México, a su vez, a Austria por haber visto nacer a Maximiliano.

Pero Don Porfirio Díaz ya se había dedicado a limar asperezas. En su exilio parisino en 1911 se encuentra con generales veteranos franceses, con los que se dedica a intercambiar memorias de los años 1862-1867. El general Gustave Niox le confiere en ese entonces a Díaz la espada que Napoleón portó en Austerlitz. Extraña y ciertamente imprevista forma de reconciliación entre Francia y México.

Del mismo modo, la victoria mexicana de aquel día, totalmente imprevista, genera las más exaltadas reacciones, tanto en ese momento como en el tiempo venidero. Tello rescata lo que Porfirio Díaz escribirá a su hermana, Nicolasa Díaz Mori: “Ruega a Dios que no me vuelva loco de gusto”. Taibo, por su parte, recoge las palabras de José Emilio Pacheco: “En medio de tanta sangre, tanta sombra y tanto dolor, el 5 de mayo de 1862 es para nosotros una fecha luminosa. Siglo y medio después su resplandor nos sigue iluminando”.

Hacia el mes de septiembre, mientras Ignacio Zaragoza fallece a causa de tifus, en las fuerzas europeas se presenta un relevo en el mando. Llega a México el general Élie-Frédéric Forey; lo acompañan 30 mil soldados.

“Expedición a México. Marcha a Puebla. El general Forey en el campamento de San Agostino del Palmar (según un boceto de M. Brunnet, lugarteniente de artillería”, Le Monde illustré, núm. 316, 2 de mayo de 1863. Fuente: Wikimedia

Los caminos literarios de la Historia

Los tres libros a los que nos referimos abren paso entre el enorme cúmulo de fuentes disponibles respecto a la Intervención francesa y ofrecen múltiples perspectivas que nos conducen a preguntarnos: ¿cómo narrar la historia? ¿Y cómo narrarla cuando ha sido tantas veces escrita y revisada? ¿Cómo llegamos a la configuración del tipo de Historia que estas obras defienden?

Antiguamente, la Historia vista como épica tenía una simple exigencia de verosimilitud. La pluma de Heródoto reviste maestría en retórica pero se le criticaba la validez de sus fuentes. El rigor en la escritura de la historia comenzará con Tucídides en el siglo V a.C.: de allí surge la lección de la escritura de la historia basada en evidencias pero con la potencia de un lenguaje que no deje indiferente al lector.

Más tarde, al experimentarse el paso de la Antigüedad al Mundo Moderno, los usos de la historia se transforman. Durante el Romanticismo, a partir de la escuela alemana, se crean las grandes historias nacionales. El surgimiento del Estado moderno tiene en la historiografía el camino idóneo para legitimarse, por medio de un discurso romantizado materializa la necesidad de crear una nueva conciencia nacional. El pasado y la realidad se tornan ficción; cada autor moldea como mejor le conviene, acontecimientos y personajes.

El auge del positivismo a la par de este romántico siglo XIX, germina en la Historia un ansia de cientificismo. La referida escuela alemana de Leopold von Ranke apuesta por rechazar la poiesis, el camino de la literatura. El conocimiento histórico pierde así su sentido más humano para dedicarse a perseguir un método científico. Como explicó Hans-Georg Gadamer en Verdad y método, al aspirar a generar un conocimiento que obtenga siempre el mismo resultado, la ciencia no busca la verdad, tan solo la verificabilidad. El sueño de la razón obligó por un tiempo a los historiadores a querer desembarazarse de la escritura narrativa con sus ineludibles dosis de inventiva.

El campo de la Historia tuvo que experimentar un largo andar para conseguir la armonía entre documento y creación literaria. Luego de esos intentos cientificistas, autores posmodernos como Hayden White debatieron a favor de que la Historia reconociera la parte humana de esta disciplina. Para White es imposible negar la presencia de lo imaginativo en nuestras reconstrucciones del pasado. Un posmoderno como él llegaría a preguntarse: ¿qué certezas podemos tener sobre aquel 5 de mayo? ¿Quién inventa qué? Desde este punto de vista, la Historia parecería una novela que siempre nos quedamos cortos en relatar: sus episodios no se agotan porque, sin cesar, sustraemos nuevos significados desde el aquí y ahora. Precisamente, Ivan Jablonka —pensador francés que propone ver a la Historia como una Literatura  contemporánea— aboga por un nuevo conocimiento del pasado, que mediante el rigor de investigaciones metódicas busque nutrirse también de escrituras creativas.

Confluencias de tres narradores

En nuestros autores consultados emerge precisamente la posibilidad de la narrativa como vía de transformación de la realidad y de la Historia. Una fe en el poder de la palabra, a la manera en la que la entendió Ignacio Manuel Altamirano, que en 1869, luego de pelear con los franceses, funda su enciclopédico proyecto, la revista El Renacimiento. Altamirano es claro ejemplo de un soldado que cambia el fusil por la pluma, que entiende la empresa cultural como espacio de lucha por un futuro más luminoso.

Por otro lado, cada investigación abre sus propias vetas, marca sus preferencias. Taibo dedica tres volúmenes a la idea de Patria y a aquella generación de liberales como forjadora de un ethos mexicano. El Porfirio Díaz de Tello se hace posible en la exhaustiva revisión de la vida del hombre y no solo del político militar, a lo largo de dos tomos. Para Meyer, descifrar los motivos y la experiencia de la Intervención requirió tres libros. Así, cada cual resalta ciertos hechos y omite otros.

En Patria, Taibo ofrece un recuento detallado de la segunda batalla de Puebla. Los 62 días del 16 de marzo al 17 de mayo de 1863, en donde se calcula un número aproximado de pérdidas (entre muertos, desertores y desaparecidos) de 9 mil mexicanos. Pocas veces se ha visto mayor patriotismo, dice Taibo; una gesta heroica en toda la extensión de la palabra.

Luego de la rendición en esta segunda batalla y de caer prisioneros 26 generales del Ejército mexicano, Díaz logra escapar a los designios de Forey de embarcarlos a Francia. Carlos Tello refiere la noche en la que Porfirio logra fugarse del aprisionamiento y junto con Felipe Berriozábal caminan la noche entera por montes rumbo a Tlaxcala.

Cuando meses después se asienta el Segundo Imperio, la vida diaria engendra una serie de dudas en el invasor. Jean Meyer recoge decenas de testimonios en los que el ocupante francés llega a apreciar el paisaje mexicano, goza de la comida y el mezcal, se enamora del idioma y las mexicanas. A diferencia de los Estados Unidos en el 46-48, cuyos soldados creían efectuar un proceso civilizatorio al invadir México —es la primera vez que hacen ondear la bandera de las barras y las estrellas en tierra ajena— los franceses llegan incluso a contagiarse por ideas juaristas y profesan admiración hacia los hombres de la República.

En este sentido, el enfoque de Taibo es heredero del nacionalismo decimonónico, representado por intelectuales y políticos como Altamirano. Hay, por ejemplo, un fuerte alarde de orgullo patrio en cómo Taibo ensalza a los hombres de El Gatuño, luego Congregación Hidalgo, elegidos para esconder el Archivo de la Nación que Juárez transportaba durante la República itinerante. Fue en septiembre del 64 cuando se eligió para este resguardo la cueva del Tabaco, a unos 15 km de Matamoros. Marino Ortiz fue apresado por los imperiales pero se negó a revelar el lugar donde enterraron los documentos. Lo torturaron hasta la muerte. Taibo cuenta cómo le desollaron las plantas de los pies para después obligarlo a caminar sobre masas de mezquite y lo colgaron. El Archivo se mantuvo a salvo por dos años y medio.

A Meyer también lo impulsa el patriotismo, pero proveniente de su origen francés; largas anécdotas de guerra de su abuelo alsaciano, también llamado Jean Meyer, marcan su memoria. Dice Adolfo Castañón que al escribir este libro Meyer cumplió con su destino: lograr el diálogo puntual entre Francia y México, dualidad que ha marcado su propia vida. El interés de Meyer es contar la historia de sus compatriotas. Se rehúsa a que esos nombres sean una ficha, un documento inerte donde antes hubo vida y que ahora quiere ser relato, acto exorcizante del olvido:

Número: 298
Nombre: Jean Meyer
Grado: 2 Cab.
Fecha del cambio: 3 de junio 1866

El mismo entramado familiar surge en el caso de Carlos Tello Díaz, que busca en la biografía de Porfirio —que toca asimismo su árbol genealógico— una aproximación al hombre en toda su complejidad, más allá de una historia maniquea. Cuando el largo recorrido de Juárez por la República llega a su fin, alcanzamos el día triunfal del 12 de julio de 1867. Carlos Tello se pregunta cómo fue el encuentro entre Juárez y Porfirio Díaz en ese momento en que se ven cara a cara en la Ciudad de México, tras cuatro largos años de no cruzar miradas. Hubo emotividad y tensión, imagina Tello. Juárez saluda a Porfirio desde su vehículo pero sigue la marcha. Será Sebastián Lerdo de Tejada, en el auto de atrás, quien hará una pausa, bajará para saludar a Porfirio y hacerlo subir con él. La Intervención había envejecido a Juárez, engrandecido a Díaz, sugiere Tello. Desde ese momento surgió un choque soterrado entre los dos hombres más destacados del México de entonces.

De los tres autores, en Jean Meyer se trasluce una preocupación más asentada por la escritura literaria de la Historia. Se lamenta no ser Conrad o Faulkner. Quiere ser capaz de explicar, pero también aspira a seducir. Parece no sentirse cómodo con quienes “dicen que la historia es una ciencia” y prefiere verla como la presencia de una ausencia. Lo mismo sucede cuando leemos a Carlos Tello que revitaliza tantas facetas de Porfirio Díaz. Queda claro que la atracción de los tres autores por la historia nacional remite a la idea de que siempre podremos encontrar una vida digna de relatar en las páginas de una historia patria, e incluso, como quería Luis González y González, de una historia matria, la de nuestras emociones, la del terruño y las raíces.

Con obras como éstas, la narrativa del pasado puede presumir de una vitalidad rebosante. En nuestros tiempos de instantaneidad, le devuelven vigencia a la frase de André Gide (francés, por supuesto, que naciera un par de años después de la Intervención, en 1869), que reza: “Todo ya está dicho, pero como nadie escucha, hay que volver a decirlo”.

• Jean Meyer, Yo, el francés. Crónicas de la Intervención Francesa en México (1862-1867), Maxi Tusquets, 2009.

• Paco Ignacio Taibo II, Patria 2: 1859-1863, La Intervención francesa, Planeta, 2017.

• Carlos Tello Díaz, Porfirio Díaz. Su vida y su tiempo. La guerra 1830-1867, Conaculta, Debate, 2018.

 

Arturo González Canseco
Cursa la Maestría en Investigación Histórico-Literaria por la Universidad Autónoma de Baja California Sur. Twitter: @HistoriaParaiso.


1 Con su biografía, Carlos Tello obtuvo el Premio Mazatlán de Literatura 2016.

2 Patria de Paco Ignacio Taibo II ha tenido este 2019 una importante difusión gracias a la adaptación documental de Netflix.

Leer completo