A cien años de su nacimiento, el legado artístico, editorial y literario de Lawrence Ferlinghetti es indiscutible. Esta selección de cuatro poemas traducidos, que pertenecen a varias épocas de su vida, lo comprueba una vez más.

Entre burlas y veras se dice que Estados Unidos es como una hamburguesa al revés: el pan al centro y la carne a  los  lados.  Ciertamente  estos  dos  lados pueden significar Nueva York y San Francisco, ciudades que tal vez concentraron los movimientos literarios más destacados del país en el siglo XX. Dos personajes, paralelos y amigos, coincidieron en su admiración por Pound, Eliot y Willliams, y se irguieron como los promotores más exitosos de la poesía norteamericana.

Por un lado, James Laughlin fundó (a instancias de Pound) New Directions en Nueva York, en 1936, y hoy siguen operando desde el número 80 de la Octava Avenida. Desde la publicación inicial de la casa editorial, New Directions in Prose & Poetry, Laughlin le apostó a los escritores modernistas que impusieron un nuevo canon: William Carlos Williams, Ezra Pound, Elizabeth Bishop, Henry Miller, Marianne Moore, Wallace Stevens, Delmore Schwartz y e.e. cummings, entre muchos más.

Por su parte, hacia 1953, en San Francisco y desde Columbus Avenue (donde continúan hoy), Lawrence Ferlinghetti fundó la librería/editorial City Lights, y encabezó, junto con Allen Ginsberg, la generación beat de la posguerra. Pronto se incorporaron Jack Kerouac, William Burroughs, Gregory Corso, Philip Lamantia, Diane di Prima, y muchos más. Formaron un grupo bohemio, callejero y urbano, que latía al ritmo de jazz, y que asumió como ideología el motto de Kenneth Rextroth, de “filósofos anarquistas”. Al movimiento también se le llegó a conocer como el San Francisco Renaissance. Ferlinghetti le  dio  visibilidad  y  lo  hizo triunfar a nivel nacional.

Más rebeldes que revolucionarios, poetas comprometidos, marxistas-zen, antiestablishment, outsiders, anti-todo, aquellos jóvenes bohemios fueron beats en los 50, hippies en los 60, y hoy —los que sobreviven— defienden ideas liberales, apoyan a los activistas, y siguen fieles en su rechazo a los nacionalismos baratos, a los museos entumidos, y a los teorías acartonadas de la Academia.

Lawrence Ferlinghetti es el más antiguo de esos sobrevivientes. Nació en Yonkers, Nueva York, el 24 de marzo de 1919. Tuvo una infancia difícil. Su padre murió meses antes de que él naciera. Su madre lo puso a disposición de la Tía Emily, quien lo educó hasta que cumplió 8 años. Luego, su tía también despareció. Lawrence pasó de familia en familia sin pertenecer claramente a ninguna, aunque el señor y la señora Bisland lo recibieron amablemente en su mansión llamada Plashbourne, y le dieron la mejor educación posible. Memorias tristes de aquella época y una solitaria tenacidad para sobrevivir, forjaron a un joven de mirada azul, tímida y reflexiva.

Durante la Segunda Guerra Mundial fue almirante de una fragata y participó en el desembarco de Normandía. Gastó su pensión militar en educarse: así, obtuvo una maestría en literatura inglesa en Columbia University y después se graduó con un doctorado de la Sorbona de París, en 1949. El título de su tesis doctoral  prefigura dos temas recurrentes en su poesía: la ciudad  y su propia condición cosmopolita: “La  Cité: Symbole de la poésie moderne. À la recherche d’une Tradition Metropolitaine”.1

En sus años de estancia en Francia, Ferlinghetti se empapó de la poesía de vanguardia y de sus designios visuales. En especial, admiró  la  voz  sencilla  y directa de Jacques Prévert, a  quien tradujo  en los años 50.  Asimismo, el recuerdo  de la ribera izquierda del Sena y sus bouquinistes, puestos de vendedores de libros viejos, inspiraron la fundación de City Lights.

Regresó a América por poco tiempo y, en un barco que lo devolvía a Europa, conoció a Selden Kirby-Smith, “Kirby”, como la llamaban, con quien se casó en 1951. Tuvieron dos hijos: Julie y Lorenzo. Al hablar de ellos,  Ferlinghetti  expresó que Julie poseía un carácter enérgico y seguro, que sabía muy bien lo que quería. De Lorenzo, dijo que heredó su carácter introvertido. The  Mexican  Night,  diario  escrito durante un viaje al país del sur, está dedicado a Lorenzo “por si alguna vez se encuentra en el laberinto de la soledad”. Algunos años  más  tarde,  Lawrence  y Kirby se separaron.

Ferlinghetti fue un viajero incansable. Vivió en Francia, visitó España, Italia, Rusia. En Latinoamérica estuvo en Chile, Perú, México, Puerto Rico y Cuba. Entre los amigos literarios que conoció en esos recorridos se puede mencionar a Pablo Neruda, a Nicanor Parra y a Ernesto Cardenal.

La publicación de Howl (Aullido) de Allen Ginsberg, en 1957, en la colección de poetas de bolsillo, número 4, con prólogo de William Carlos Williams, parecía el preámbulo de una catástrofe. Ferlinghetti apareció en los archivos del FBI y fue citado a declarar en los juzgados. Sin embargo, el resultado fue al revés: logró un éxito comercial. Cuando el San Francisco Chronicle le permitió defenderse de las acusaciones contra la “obscenidad” de Aullido, Ferlinghetti recomendó que se le diera una medalla a Mr. Chester McPhee, quien lo acusaba, por haber ayudado a hacer famoso el libro y darle publicidad nacional. Las ventas se multiplicaron de manera exponencial.

En ese mismo texto, declaró que Aullido era, tal vez, el mejor poema largo escrito en inglés desde los Cuatro Cuartetos de T. S Eliot, ya que describía una América desnuda, privada de amor, perdida entre bombas atómicas y nacionalismos inanes, y erguida “como una Esfinge de cemento y aluminio”. El libro de Ginsberg vendió más de medio millón de ejemplares y le dio a  City Lights el empuje necesario para convertirse en una sólida y  autosuficiente empresa editorial.

Quisiera enumerar algunos títulos de la Pocket Poets Series, que recoge los textos elegidos por el mismo Ferlinghetti. Es su colección. Sirva para mostrar el “great big Hungry Eye” que posee el poeta, y su extensa y ecléctica  labor  editorial. La colección abrió con su propio libro, Pictures of the Gone World, en 1955. Algunos de los textos que lo siguieron son:

Kora in Hell. Improvisation. William Carlos Williams.
Howl. Allen Ginsberg, con prólogo de Williams.
Here and Now. Denise Levertov.
Gasoline. Gregory Corso.
Anti-Poems. Nicanor Parra.
Selected Poems. Malcom Lowry.
Lunch Poems. Frank O’Hara.
Paroles. Jacques Prévert.
Save Twilight. Julio Cortázar.
Selected Poems. Philip Lamantia.
The Tenth Mother Naked at Last. Robert Bly.
Listen! Early Poems: 1913-1928. Vladimir Mayakovski.
Revolutionary Letters. Diane di Prima.
Scattered Poems. Jack Kerouak.

City Lights ha agregado múltiples colecciones con memorables títulos, lo que la ha convertido en un recinto cultural ineludible para escritores y visitantes que pasan por San Francisco.

Desde su primer libro, Pictures of the Gone World (1955). hasta la antología más reciente, Greatest Poems (2017), Ferlinghetti se ha distinguido por su voz clara y simple, con la suave entonación de una conversación de café donde se escuchara sincopado un ritmo de jazz al fondo. La profundidad de sus líneas nace de la mirada que les impone. Sus poemas funcionan como anotaciones aparentemente casuales y cotidianas, como cuadros impresionistas que impactan al lector con su luz. Curiosamente, Ferlinghetti ha sido pintor desde hace 80 años y una de las influencias más prominentes en su obra es el Expresionismo, movimiento que estudió con atención. Impresionista en la poesía, expresionista en la pintura, tal vez allí es donde encontramos el equilibrio de su obra. Sus poemas tienen pinceladas brillantes de color; sus pinturas están pobladas de pensamientos e ideas luminosas.

Cuando aparecieron sus primeros libros, la crítica alabó el lirismo y la  facilidad de Ferlinghetti para reproducir el lenguaje de la calle. Se dijo que tenía la extraña capacidad de “darle significado al lugar  común”.  Como  sucede  con Antonio Machado, posee la maestría y la extraña sencillez de la complejidad. Su poética trabaja de manera sutil. Es la visión de un flâneur urbano que observa el mundo desde su soledad y lo registra en apuntes concisos y atinados, llenos de melancolía. Ferlinghetti observa con morosidad y describe lo que los demás también ven y simplemente dejan pasar. Vidente, pintor, poeta-fotógrafo, flecha el momento, hace click, y le otorga la eternidad del instante. El lector siempre queda detenido ante un flashazo final, abierto hacia un mar de interpretaciones, y conmovido hasta las entrañas.

Cuando Ferlinghetti defendió su tesis de doctorado en la Sorbona, los sinodales criticaron una de sus traducciones de The Waste Land, de Eliot, porque la consideraron equivocada. Se lo reprocharon. Él les respondió citando un adagio antiguo del francés: “Une traduction c’est comme une femme. Quand elle est belle, elle n’est pas fidele. Quand elle est fidele, elle n’est pas belle”.2 El jurado y el público estallaron en risas y se le concedió el título de Doctor.

Amparados en esa cita, presentamos aquí cuatro poemas aparecidos en la  edición de Ferlinghetti’s Greatest Poems, editada por Nancy Peters, y publicada por New Directions en 2017. Representan diferentes momentos y voces del poeta. Este 24 de marzo de 2019, Lawrence Ferlinghetti  cumple 100  años. Lleva  un siglo entre nosotros y su extensa obra es un  regalo  para  los  lectores. Nuestro regalo para él debe ser seguir leyendo  su  poesía  y guardarla en el corazón,  como un pájaro vivo. Felicidades.

 

Arturo Dávila


1 El título en español sería: La ciudad: símbolo de la poesía moderna. En busca de una tradición metropolitana.

2 “Una traducción es como una mujer. Cuando es hermosa, no es fiel. Cuando es fiel, no es hermosa.”


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Delatemos un onanismo más;
el de izar la bandera cada cinco minutos.
—Oliverio Girondo

No soy muy adicto a los Jugos Olímpicos. Más bien me ponen triste. Tal vez se deba a eso que los académicos poscoloniales llaman “representatividad”. Mi país de nacimiento, México —al igual que casi todos los países de Latinoamérica y los del so-called Tercer Mundo— sólo recogen las migajas de medallas que dejan los poderosos países primermundistas: Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia y Japón, al frente. China y Rusia los acompañan, y son un dolor de cabeza en los deportes, al igual que en la política.

olimpiadas

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Sospecho que sólo hay tres deportes en que los países pobres pueden igualar y hasta derrotar a los ricos: futbol, atletismo y box (o sus similares). Lo demás son golpes de suerte o excepciones. Eso se debe a que para practicarlos no se necesita ni alta tecnología ni costosísimos entrenadores ni grandes estadios juveniles. En la aldea más mierda del planeta se juega futbol con una pelota de trapo, alguien corre detrás de un león o huye de él, y un muchacho/a se parte el hocico contra el/la bully de la escuela secundaria. De allí que la brasileña Rafaela Silva pueda llevarse una medalla de oro a la favela “Ciudad de Dios” a patadas de karateca, o David Radisha regrese a su aldea Masai de Kenia con el segundo título en los 800 metros de atletismo.

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Las palabras trascienden. El futbol femenil es a la vez fuerte y delicado. Las damas son más caballerosas —valga el oxímoron— y elegantes. Su juego no es tan agresivo y hacen menos circo que los hombres. Alguna vez, Mario Vargas Llosa declaró su amor imposible por Emma Bovary. Millones de fans del futbol femenil, como yo, declaramos nuestro amor virtual por Hope Solo, la portera de los Estados Unidos. Mi mujer india, acosada por celos proustianos, afirma que solo es una mujer despreciable y que hace comentarios horribles. Cuando jugaba contra Colombia, y contra Francia, noté que en la televisión le gritaban al despejar la pelota. Me escandalicé. Volví al replay de los partidos para tratar de escuchar bien: el público brasileiro le gritaba “bicha”: algo así como “maricona”, “puta”, “ramera”. El ejemplo se propaga. El “puto”, que vergonzosamente profiere la afición mexicana contra cualquier portero contrario, ha trascendido. Los brasileños lo traducen al portugués y lo utilizan en el futbol femenil. En eso sí llevamos medalla de oro y record mundial: en insultar a los oponentes.

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Llevo 35 años ambulando en los Estados Unidos. Me naturalicé americano porque no perdí mi nacionalidad mexicana y las redadas están cada día más duras. Soy, después de mucho tiempo y a regañadientes, un Mexican-American, whatever that means. Le reconozco al Imperio: puedo seguir comiendo tacos de birria en un Taco Truck de Oakland, enseñar y hablar español o náhuatl en la escuela, irle a México en el futbol cada vez que juega contra Estados Unidos, y vivir en este país sin que nadie me moleste. Mientras llegue a tiempo al trabajo, pague impuestos, no me pase los semáforos, y no mate a nadie, todo va bien. Tal vez ése es el verdadero American Dream: ser cualquier cosa, incluso no ser americano, y poder residir aquí.

Sin embargo, lo confieso: detesto el himno de los Estados Unidos. No lo entoné ni el día que me llevaron al Paramount Theater de Oakland a la ceremonia de naturalización. Me hice güey mientras coreanos, chinos, y muchos latinos entonaban su sonoro rugir gabacho con orgullo y honor. La única versión que he admirado desde joven es la de Jimmy Hendrix en el concierto de Woodstock, de 1969, celebrando los bombardeos de Vietnam. Como en el epígrafe de Girondo, el himno es el onanismo más recurrente del Narciso imperial. Nada más despreciable que oírlo cada cinco minutos. Yo, cada vez que se escucha en la tele, le cambio de canal, pongo el mute, o me largo al baño y tomo un break. Y en las Olimpiadas de Río eso ha sucedido. Además, los mass-media gabachos se concentran en los atletas americanos y nunca se verá la premiación de un deportista extranjero. Sólo en dos momentos ocurrió lo contrario: cuando Simone Manuel compartió la medalla de oro con la canadiense Penny Oleksiak, en 100 metros libres en el agua, y cuando Michael Phelps perdió con el singapurense Joseph Schooling, en 100 metros de mariposa. No tuvieron más remedio que transmitirlos.

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Me como mis palabras. El 11 de agosto, decidí someterme a la televisión gabacha. Permanecí inamovible por dos horas frente al aparato receptor. Les creí a los comentaristas sabelotodo, analizando cada movimiento de las gimnastas, gritando “how amazing” durante las carreras de natación en que nadie los/las rebasó, viendo a las familias de los héroes moqueando de alegría en las tribunas porque su hijo, hija, hermano o hermana, ganaban la medalla de oro. Todo el show. Me mamé 111 comerciales (juro que los conté y fui anotando “palitos” en mi cuadernito verde). Constaté que Simone Manuel era la primera afroamericana en ganar una prueba individual de natación, sin duda un momento histórico; que Simone Biles, otra afroamericana, obtenía, sin la menor sospecha de apoyo de los jueces, la nominación como la mejor gimnasta del mundo; y fui testigo de la medalla 22 de Phelps, en 200 metros nado combinado, con brazadas gigantes e invencibles. Cuando le preguntaron a Phelps qué había sentido en esos momentos, declaró que pensó en el dolor físico que lo acompañaba después de cada carrera. Brutal.

Tragué saliva y me levanté en tres ocasiones a escuchar el Star Spangled Banner ante la sonrisa de mi esposa que no entendía mi solemnidad. Admiré a los atletas ganadores y los respeté. Recordé que Borges refiere lo que D.H. Lawrence dijo al ver a los ejércitos enemigos en la WWI: They were glorious.

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Al día siguiente Anthony Erwin, el nadador más viejo del equipo, con 35 años, ganó los 50 metros de nado libre. Lo increíble de la historia es que en el año 2000 en Sydney, Australia, a los 19, también había obtenido la presea de oro. Abandonó el deporte por 8 años y ahora, tras otros 8, logró repetir la proeza. ¿Qué tiene este país, que no posee ningún otro, y que permite una hazaña así? No lo sé bien. Sin embargo, me parece que aquí hay una “cultura del deporte” y un “sistema de soporte” que no existe en ningún otro lado.

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Cultura del deporte. Trabajo en un Community College. Una escuela comunitaria de 5ª división. El 60 % de los alumnos son afroamericanos, el 25 % asiáticos o asiático-americanos, el 11 %  latinos, y el 4 % blancos. No se dice en voz alta, sim embargo, cuando las cosas van mal, se oye en los pasillos que no pasamos de ser un ghetto-school. Sin embargo, cuenta con una alberca de 25 metros azul-turquesa con tribunas, un gimnasio techado donde se juegan voleibol y basquetbol a diario; una cancha de béisbol con un césped verde envidiable, un campo de futbol  americano —que también se usa para soccer— rodeado de una elástica pista de atletismo, y un vigoroso gimnasio donde los atletas se preparan para los deportes. Este verano cientos de niños y niñas de la comunidad —de todos los colores étnicos— vinieron a aprender a nadar. Se oían sus gritos, alegres, desde las aulas de clase. Parecía el sonido de pajaritos al amanecer. Asimismo, una colega mexicana, mayor de 60 años, aprendió a nadar en esa alberca y la obligaron, en algún curso, a jugar water-polo contra  jovencitas que le jalaban el traje de baño por debajo del agua, y a nadar distancias kilométricas, en el Océano Pacífico, a temperaturas gélidas. Ésa es la “cultura del deporte” a la que me refiero. El imperio te da oportunidad de sobresalir en cualquier actividad atlética que se te ocurra, a cualquier edad.

En México desaparecieron a 43 aspirantes a ser maestros rurales en Ayotzinapa, sin que todavía se sepa de ellos, en la noche más triste del 2014. Este año, policías y maestros se agarraron a madrazos y balazos en Nochixtlan, Oaxaca. ¿Y las albercas? ¿Y los gimnasios? ¿Y el atletismo? ¿Y la reforma educativa? ¿Cultura del deporte? ¿Sistema de soporte? Keep on dreaming. Estamos a años luz del Imperio.

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Sistema de soporte. En el voleibol de playa, deporte inventado por los gabachos, destacan sus parejas. Son formidables y sacan pelotas desde el suelo con una destreza inigualable. Sin embargo Kerri Walsh Jennings y April Ross, las campeonas olímpicas, sucumbieron ante Agatha y Barbara, las brasileñas empujadas por miles de aficionadas que las coreaban a gritos. Jake Gibb y  Casey Patterson, del equipo masculino gringo, también fueron eliminados. Sin embargo, al final de la transmisión surge una dirección electrónica en la pantalla televisiva, donde puedes buscar el lugar más cercano al barrio donde vives, y unirte al deporte olímpico, al Team USA. Así de fácil. Cualquier niño/a, de cualquier lugar de Estados Unidos, tiene forma de acercarse al deporte que le guste. Puede soñar. La competencia es feroz. Sin embargo, siempre hay un sistema de soporte que te ayuda.

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El fin del encanto. Unos días después de las transmisiones plagadas de comerciales, termina el hechizo: Anthony Erwin aparece deleitándose con una Coca-Cola; Simone Biles, aplicando el detergente Tide a la ropa sucia; Ryan Lochte y sus compañeros de francachela, difamando al pueblo brasileño; Hope Solo, tildando a las futbolistas suecas de “cobardes” . City Bank, socio y patrocinador —partner and sponsor— felicita al Team USA; Samsung ofrece sus servicios telefónicos a todos los atletas; y McDonalds corona las transmisiones mostrando el medallero olímpico, donde, por supuesto, el Team USA domina a todos los demás. Hoy, llegó a 100 medallas. Toda Latinoamérica, junta, lleva 45 medallas. Sólo falta el himno gabacho para que se sostenga el orgasmo nacional y continúe la danza de los millones de dólares de las corporaciones. La máquina imperial rueda sin obstáculos. Se lo platico a mi hermano. Liberal y economista, no le interesan las ideologías. Me comenta desde sus 60 años de vida mexicana: “Así es. El capitalismo es una mierda, pero eso es lo que nos tocó”.

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Miro la competencia de clavados. Hace un aire terrible en Río de Janeiro y el factor viento afecta los resultados. Son las semifinales. Asisto a múltiples clavados de rusos, chinos y americanos. A pesar de que Rommel Pacheco, mexicano, termina en segunda posición, no se transmitió ninguno de sus saltos. Así es como respetan y admiran a un clavadista tercermundista los mass-media. Mi mujer me señala que hubo una muchacha india que calificó entre las gimnastas. Apareció en todos los periódicos de la India. En la tele, ni sus luces. Finalmente, el mexicano resulta un fiasco y la gimnasta india desaparece entre en los últimos lugares de la competencia, sin que nadie los haya visto por acá.

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Ubi sunt? El equipo mexicano de futbol fue brillante. Jóvenes, sin miedo, dando buenos pases, corriendo. Alemania les empató, pulverizaron a Fiji 5-1, y perdieron contra Corea del Sur, un equipo asiático que ya juega muy bien. México no califica. Le comento a un amigo, en WhatsApp, que hacía mucho tiempo que no veía a un equipo tricolor tan destacado, aunque lo hayan eliminado. “Juegan mejor que los antihéroes de Santa Clara, el Chicharito, el “Casi” Ochoa, y sus cuates, que dejaron la cagada del 7-0 en el Estadio Levis, a una hora de mi casa?”. Me contesta: “¿Eso mismo se pregunta todo México? Y estos chavos, ¿por qué no llegan a primera división? ¿Dónde quedaron los ganadores de la sub 17 hace un par de años?” Pregúntenle a los directivos de pantalón largo del fútbol mexicano y a los comerciantes de la televisión. Me invade la melancolía y me vuelve un flash-back juvenil: yo también tuve muchos compañeros de futbol en Interclubs, en los Interjesuíticos, en el Club Asturiano, en el Torneo de los Barrios, que jugaban igual, o mejor, que los desastrados del 7-0. Y nunca llegaron a las canchas profesionales. No había —no hay— cultura del deporte, sistema de soporte. “Para jugar futbol se necesita tener hambre”, me contestó un exjugador de la Universidad, Manolo Rodríguez, cuando le pregunté, a los 15 años, cómo se podía llegar a ser futbolista profesional en México. Años más tarde, dando clases en una universidad particular del sur de la Ciudad de México, una alumna de Comunicación me comentó: “El futbol es para nacos”. Asi nomás. Chale. Sanseacabó. 

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I’m a loser, I’m a loser,
And I’m not what I appear to be.
—John Lennon

El televidente declara su cobardía. Hay un placer especial, crudo y resentido, en pertenecer al público colonial, tercermundista. Mi condición de perdedor —loser— me permite, a la vez, una visión panorámica e imparcial de las Olimpiadas. Los nacionalismos quedan abolidos. Le puedo ir a quien yo quiera. Con una sonrisa cruel y miserable, gozo cuando les abollan la corona a los campeones, cuando los winners pierden. Tendrán que aprender a levantarse del suelo, como nosotros, todos los días.

Así, declaro que, a pesar de mi admiración platónica por Hope Solo, disfruté infinitamente cuando una sueca le anotó el quinto penalty y eliminó a los Estados Unidos del futbol femenil; idem, me emocioné sobremanera con todo el pueblo de Singapur cuando Joseph Schooling le arrebató la medalla de oro a Michael Phelps, en los 100 metros de nado de mariposa, su prueba favorita; idem, me fui a comer unas pupusas cuando Honduras le sacó un empate a la selección argentina, una de las favoritas para el oro, eliminándola; idem, fui naranja mecánica cuando Simone Biles casi se cae de la barra de gimnasia y se tiene que tragar una medalla de bronce frente a una jovencita holandesa; idem, me tiré un clavado en la meta con la bahamesa Shaunae Miller para arrebatarle el oro a Allyson Felix en los 400 metros de pista, para luego verla llorar desconsolada por 20 minutos en el tartán del Estadio Olímpico; idem, me conmoví hasta las lágrimas cuando me enteré que Fiji, con 898,124 habitantes, le ganó, nada menos que en rugby, a la pérfida Albión, Inglaterra, etcétera, etcétera, etcétera. Son algunos de los momentos más inolvidables de los Juegos Olímpicos de Río 2016. Igual que ver a Usain Bolt, el jamaicano que nos redime a todos los perdedores. Él es la esperanza de los jodidos. Nosotros somos un desastre. Yo, soy una mierda.

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Hace una semana Luis Miguel Aguilar parafraseó a Borges en su célebre dístico de “Límites”: “Este verano cumpliré 16 Olimpiadas / La muerte me desgasta, incesante”. Quisiera contribuir a esa lista. Pienso en Bernardo de Balbuena: “Este invierno cumpliré casi 60 años / La tristeza mexicana me desgasta, incesante”. 

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Hoy, el chihuahuense Misael “El Chino” Rodríguez se ganó la primera medalla de bronce para México. Un orgullo nacional. En el boxeo, a madrazos, por supuesto.

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No vi la inauguración. Tal vez me soplaré la clausura de los Juegos Olímpicos. No lo sé. Me gusta el deporte aunque sea un perdedor. Tengo que respirar hondo y admirar las miles de horas que hay detrás de cada joven que llega a las Olimpiadas, gane o pierda. En estos días, he recordado a un marchista brasileño, amigo mío, que participó en Barcelona 1992, y me platicó: “Entrené en México con el equipo  de tu país. Corrí cinco kilómetros diarios en el Popocatepetl, a las 5 de la mañana, con maratonistas y marchistas mexicanos, durante meses. ‘Cara’, me decía, llegué en el lugar 31. Cuando fui a Brasil no me bajaron de traidor, cobarde, miserable, perdedor”. Evoco, también, desde mi niñez, la cara del sargento Pedraza, deshaciéndose de dolor, entrando en CU para ganar una medalla de plata, empujado por el suelo y la afición mexicana. Estas notas sobre Río 2016 me llenan de nostalgia y de tristeza. Es muy fácil criticar desde la televisión. Y eso mismo es lo que yo estoy haciendo.

 

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Yes –we know that when you come, we die.
Chiparopai, an old Yuma Indian.

La naturaleza es majestuosa, benigna y cruel. Cóncavo, el cielo brilla esplendoroso: blanco, gris, azul. La luna ilumina las noches y su cabellera blanca acaricia las penas. El agua sedienta de los ríos refresca las gargantas. Sólo el hombre es una mácula en toda esta perfección. Su paso por el mundo es el punto negro en el diamante divino. La nueva película de Alejandro González Iñárritu, The Revenant (2015) —El renacido en español— se despliega entre las nieves de norteamérica, hacia 1823, y explora la brutalidad del ser humano en busca de fortuna. En este caso, el hombre blanco, que recorre gélidos bosques solitarios, contratado por la Rocky Mountains Fur Company, y atizado por el lucroso comercio de las pieles.

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El pretexto: pieles y pieles y más pieles. Las aguas heladas del capitalismo europeo en América. Dinero imaginario y lejano que despierta codicia, envidia, traición y muerte. Fusiles, caballos, fogatas nocturnas, pinos gigantes, flechazos, osos, asaltos, indios y vaqueros de la medianoche. Un western nevado en el Wild Wild North. La violencia en medio de la omnipotente Natura, que solamente vibra ante la mezquindad humana.

Iñárritu ha vuelto a dejar boquiabierta a la crítica. Y es que el director mexicano se largó tan lejos como pudo de las neurosis de Broadway y los vuelos acróbatas e infantiles de Birdman (2014), para volver a las aguas profundas a las que nos tenía acostumbrados en Amores perros (2000) con Gael García Bernal, en 21 Gramos (2003) con Benicio del Toro, o en  Beautiful (2009) con Javier Bardem.  La cinta le hace guiños a los cinéfilos: los pantanos iniciales recuerdan La infancia de Iván (1961), de Andrei Tarkovski, la soledad sonora de los bosques evoca la Siberia de Dersu Uzala (1973) de Akira Kurosawa, y la conducta despiadada de los inmigrantes europeos semeja la de Aguirre o la Ira de Dios (1972) de Werner Herzog. Por eso Iñárrritu, en esta cinta, se instala de nuevo en los planos del cine internacional, y deja atrás las comedias inanes de Los Ángeles y los camerinos claustrofóbicos de Nueva York. Es decir, regresa al gran cine.

El renacido es una película brutal, de traiciones y venganzas, con un afán inaudito de sobrevivencia. “Mientras tengas aliento, lucha” es el lema vivencial del protagonista. Las furias y las penas de los hombres bajo una fotografía magistral. El lente de 18mm de Emmanuel Lubezki se desplaza con elegancia y lentitud ante la majestad de los paisajes. Vuelve a dar una cátedra estética: planos abiertos, lejanísimos y memorables, tilt-ups espectaculares, giros de 180 grados, close-ups tan cercanos que revelan el alma de los personajes. Hay que ver esta película en la gran pantalla. Es un ejercicio de belleza y de terror. El contrapunto naturaleza inconmensurable e inconmensurable maldad humana conjuntan un drama sorprendente de dos horas y media de duración, que fluye como río y justifica los torrentes de sangre derramados.

Las feministas pondrán el grito en el cielo. En la película aparecen sólo unas cuantas mujeres: el espíritu de una madre asesinada y una muchacha que está siendo violada. Pura testosterona macha. Hombres: carnicería, violencia, armas, locura. Es verdad. Malgré tout así fue el descubrimiento y conquista de las Américas. Un estupro, un deshonroso genocidio cultural. Por eso nadie se sale del teatro: ¿quién, que no sea nativo americano –o nativo latinoamericano—podrá negar la sangre, la esclavitud, y la explotación que ha costado el que estemos aquí? Y no mucho ha cambiado. Las venas abiertas de las Américas siguen sangrando, a borbotones de miseria indígena.  

Hallamos, asimismo, lunares en la narrativa: entre más cercano aparece el rostro de Leonardo DiCaprio (Hugh Glass) y el de Forrest Goodluck (Hawk), su pretendido hijo mestizo Pawnee, menos se parecen y menos se la creemos. La genética se equivoca y el mestizaje produce milagros, pero sinceramente… Igualmente difícil es creer que los indios americanos se comieran a los búfalos crudos, a puñados purpúreos, en macabra digestión, especialmente teniendo una inmensa fogata a lado. Conocían la barbacoa (término americano) y distinguían lo crudo de lo cocido. Si no, pregúntenle a Claude Lév-Strauss. Asimismo, reunificar oníricamente a un padre blanco y a su hijo indio en medio de una iglesia en ruinas, bajo la severa mirada de un crucifijo, es un insulto para los indios americanos o, en todo caso, un sueño innecesario y fuera de lugar. A pesar de la defensa que solapadamente se hace de los amerígenas, y de la terrible acusación que acomete contra el hombre europeo, el drama sucede principalmente entre hombres blancos. La cinta es un testimonio más de lo que pasó. Como en el adagio de Chiparopai: “Sí, –sabemos que cuando ustedes llegan, nosotros morimos”

Es notable como Iñárritu obliga a DiCaprio a ejercitar una tremenda actuación. Incluso lo resucita varias veces de manera casi inverosímil –de ahí el título The Revenant—para ver si la Academia se apiada del actor de ojos claros y le concede, finalmente, un Óscar. Si no se lo gana en ésta, tras haber sobrevivido nueve vidas, recorrer adolorido cientos de kilómetros nevados, escapar a todos sus enemigos (animales y humanos), no sé cuándo se lo darán. No obstante, por más lodo que le unten en la cara (de niño) y en el cuerpo (níveo), por más paja que le amontonen en la semibarba (lampiña), el actor angelino no puede deshacerse de su rostro angelical. Romeo ha envejecido y tiene arrugas en los ojos, pero sigue siendo Romeo, el esposo de Julieta.   

Iñárritu ha vuelto a romper la piñata. Y hay de dulce, de sangre, y de chocolate. The Revenant es digna de verse. Una película difícil de tragar, como la carne cruda, pero necesaria como el agua. Podremos mencionar momentos inverosímiles, levantar las cejas ante aventuras descabelladas, exaltar o vituperar a hombres blancos heroicos o antiheroicos, ennoblecer a los indios, pero la cinta, como las mejores del director mexicano, es un regalo para los ojos. Está llena de sorpresas y paisajes hermosísimos, que invitan a cuestionarse y a reflexionar.

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En el aforismo 178 de El discípulo de Emaús (1945), Murilo Mendes cifró la ética –o la falta de ética— del imperio: “La vulgaridad al alcance de todos; he ahí la fórmula de la civilización norteamericana”. La obra de Charles Bukowski (1920-1994) registra un expediente minucioso de esa “ética de la vulgaridad”, que parece estar cada vez más de moda. Lo que hoy produce fama, dinero y aplausos, le destruyó el hígado a Henri Chinaski, alter ego del escritor, y lo mantuvo en el anonimato durante muchos años. Cuando lo alcanzó el éxito, Bukowski contenía demasiado alcohol en las venas y un exceso de dolor acumulado, para dejarse afectar por los elogios. La “industria Bukowski” surgió a pesar de a él, y la capitalización de sus libros le tocó a sus amigos y a sus ex.

El nativo de Andernach refirió historias que son pan de cada día en los mass media de hoy: infumables confesiones de performeros, casos esperpénticos en los reality shows, y hasta la subasta en línea de la virginidad de Isabel Lluvia –Elizabeth Raine— por $100 000 dólares o ¿quién da más? Sin embargo, la sordidez y la vulgaridad de Bukowski no fueron ni superficiales ni tibias. Un día le preguntaron por quién iba a votar, por los republicanos o por los demócratas. Contestó que para él eran lo mismo: cold shit or hot shit. Bukowski era alérgico a la mierda, aunque siempre estuvo inmerso en ella. Como los gatos que paseaban por su apartamento, entre botellas y ropa tirada, supo caer de pie. A Bukowski lo salvan la profundidad y el humor. Se carcajeó de la vida, de sí mismo y de sus contemporáneos. Prefirió el alcoholismo y la locura antes que trabajar de 8 a 5 pm. Se defendió, día tras día, de la mediocridad capitalista, hasta sangrar. Y de esa hemorragia diaria surgió su literatura.

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Imagen de Marco Raaphorst, publicada bajo CC.


La prosa es Bukowski es un expediente tremebundo. El primer frentazo que tuve con ella llevaba el título de Erections, Ejaculations, Exhibitions, and General Tales of Ordinary Madness. Lo pulbicó City Lights, en San Francisco, en 1972. El título no resistió. Hoy se vende como The Most Beautiful Woman in Town and Other Stories (City Lights, 1983), y abre con el trágico relato de una triste muchacha en un bar de mala muerte. Todavía es legible y conserva su tristeza original. Este libro chatarra comprueba la capacidad imaginativa de Bukowski. Es un alucine magistral. El estilo puede haber envejecido; las historias, no.

Una estudiante chicana, Leslie Gálvez, me regaló Dangling in the Tournefortia (1981). Me dijo que lo leía de noche, en el baño de su dormitorio, porque no podía dormir. Bukowski la arrullaba. Ese obsequio también fue una revelación. De ese poemario aprendí dos lecciones transparentes: primero, que la poesía no requiere solemnidad ni estoicismo. Bukowski versifica anécdotas que cualquier desconocido/a podría referir en un restaurante o en un bar. Es “oralitura” pura, avant la lettre, y fluye como agua. Segundo, que un verso de más de 14 sílabas pesa demasiado, tiende a convertirse en prosa –o versículo–, y hay que cortarlo en dos (o hasta en tres). Sus líneas son concisas, agudas y exactas. Escritas sin estilo pero con estilete. En su eficaz encabalgamiento, recuerdan el varaible foot de William Carlos Williams, o la compleja sencillez de las Odas elementales de Pablo Neruda. Además, están condimentadas con un fino humor negro, cadavérico y pugnaz, que desarma al lector/a y le exige una inevitable sonrisa.

Bukowski retrató, sin misericordia, al proletariado blanco americano que también se conoce como white trash. Entre sus páginas aparecen, también, algunas prostitutas negras, uno que otro asiático, y algún chicano perdido. Aunque en Los Ángeles habitan más de 10 millones de personas de origen mexicano, pocas veces los trató en su obra. “Yeah, man?” es una excepción. Refiere el encuentro de Bukowski con un grupo de muchachos latinos y su corta estancia en East Los Ángeles —East Los—, el barrio latino por excelencia y tradición. Proponemos, aquí, una traducción libre y mexicanizada del poema:

¿Sí, man?

la cancha se fue a volar
y todos esos
chaparritos morenos
llegaron

se estacionaron frente al jardín
donde sólo él se estacionaba
y bloquearon la entrada
con sus viejos autos,
chocados gigantes acorazados.

había un chaparrito moreno que
tenía su carro en ladrillos
le faltaban las cuatro ruedas
sólo tenía un faro
y la defensa estaba
colgando.
el chavo llevaba overoles
y una camiseta
recargado en la salpicadera
fumaba un cigarro.

Larry salió de su casa.
caminó hacia el chavo
recargado en la
salpicadera.

“hey, man, me estás bloqueando
la salida” le dijo Larry.

el chavo no dijo nada.
sólo siguió recargado allí
fumando su cigarro.

“Quiero mover mi carro
y el tuyo está estorbando”
le dijo Larry.

el chavo exhaló. “¿sí,
man” y siguió recargado
en la salpicadera.

Larry regresó a su
cuarto.
podía ver al chavo ese
recargado allá afuera.
Larry empezó a tomar scotch
con traguitos de cerveza.

entre más pensaba en ello
más violado
se sentía.

Larry siguió bebiendo
y mirando a través de la ventana
al chavo ese
y el chavo seguía allí
parado
sin moverse
por 30 minutos
una hora.

de repente Larry gritó,
“¡LA GRAN CAGADA!”
y fue a su cuarto
y tomó su navaja
y salió
azotando la puerta

entonces caminó
hacia el chavo
lentamente
y se detuvo.
Larry llevaba
la navaja
en la palma de la mano
cubriéndola con un dedo
y entonces empujó
la puntita
contra la camiseta del chavo
y le dijo,
“mueve tu carro”.

y el chavo le dijo,
“seguro, man, nomás tenías
que habérmelo dicho”.

entonces el chavo
fue hasta su casa
y volvió con
otros 3 chaparritos
morenos
y empezaron a ponerle
de nuevo las llantas
al carro.
lo hicieron rápidamente.
pero arrancar el carro
fue otra cosa.

Larry regresó a su
cuarto
y se paró frente a la ventana
donde los chavos podían verlo
tomando
y viéndolos

finalmente arrancaron el carro
y el primer chavo
se subió en él
y se fueron.

Larry salió de su casa
se subió al auto
y manejó lentamente
para comprar un par de six packs
y un poco de
pollo frito.
 
compró las cosas
regresó
y notó que
la puerta del frente
estaba medio abierta
y cuando entró
las paredes estaban
pintadas con espray
con dibujos mal hechos y
palabras
que no podía
entender.

no estaba el radio
no tenía tele
pero su reloj electrónico
había desaparecido
se habían llevado
todas las almohadas
las sábanas
los cajones de la cómoda
tirados
el colchón
navajeado
y el hule espuma
desparramado.

todas las llaves de agua estaban
abiertas.
se habían orinado en el
piso de la cocina
huevos estrellados en el suelo
y la basura
regada allí.

todos sus cuchillos, tenedores y cucharas
volaron
faltaban la sal la pimienta
el pan el café
y el refrigerador estaba
vacío

y en el baño
no había papel higiénico
el espejo estrellado
y el gabinete vacío
rastrillo
crema de afeitar
pasta de dientes
curitas
aspirinas
todo
ido.

entonces vio
hacia el escusado
y en la taza
encontró una cola de gato
fresca recién cortada
peluda y todavía
sangrando
en el agua

Larry jaló la palanca
para que se fuera
pero sólo escuchó
un click
vacío
levantó la tapa
vio que todas
las piezas
faltaban.

caminó hacia
la sala
se sentó en el sofá
sin cojines
acercó
la bolsa de papel
sacó una cerveza
la abrió
y le dio un buen trago.

entonces decidió
que había llegado el momento
de cambiarse de casa
más hacia el oeste.

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