Mientras el mundo se prepara para seguir enfrentando la pandemia del Coronavirus en improvisadas cuarentenas y en un entorno de distanciamiento social, no son pocos los que se preguntan cuáles serán las alternativas de ocio y entretenimiento, imprescindibles en semejantes circunstancias.

El concepto de ocio ha merecido la reflexión de filósofos y pensadores desde hace siglos.  Platón señaló al ocio como parte fundamental de la vida cotidiana. Aristóteles sostenía en su Política que “en el primer principio de toda buena acción está el ocio”, por medio del cual, todo ser humano alcanza la felicidad. Séneca habló del ocio productivo u Otium cum dignitate, que es el tiempo libre en el que se produce la recreación, el descanso y la meditación, convirtiéndose en un medio para trabajar mejor. Santo Tomás de Aquino también le dedicó bastantes páginas al concepto en varias de sus obras, incluida Summa Theologiae. Para él, el ocio se perfila como una realidad con diversos niveles según el papel que desempeñe el conocimiento: ocio como reposo del trabajo; como juego y diversión; como fiesta y actividad contemplativa.

En Ocio y La Vida Intelectual (1948), el filósofo alemán Josef Pieper lo defiende como un fundamento de nuestras sociedades frente a la tendencia completamente utilitarista y capitalista: el trabajo por el trabajo. A partir de los años 1960, el ocio inició un proceso de consolidación como derecho humano básico, reconocido implícitamente en la Declaración de los Derechos Humanos de 1948, incorporándose posteriormente a tratados internacionales y constituciones de países democráticos. Lo confirma el escritor y académico español Manuel Cuenca Cabeza en Ocio Humanista (2000), quien señala que “el ocio forma parte de los derechos democráticos, estilos de vida y mundo de valores de la nueva ciudadanía y como tal hay que abordarlo”.

El ocio, en el cruce de la cultura, el arte y el entretenimiento, se ha consolidado como una de las industrias más lucrativas del planeta. Detrás de lo que alimenta nuestro ocio, en su acepción positiva, hay cientos de empresas y compañías, espacios y proyectos. Estas industrias, muchas de ellas denominadas “industrias creativas y culturales”, enfrentan un momento de total adaptación, improvisación y redefinición, en el que las herramientas digitales e internet juegan un papel clave.

Un primer ejemplo puede ser la respuesta de un nutrido número de museos en todo el mundo a la crisis de salud que ha llevado a cerrarlos: visitas por internet, algunas mediante realidad virtual o realidad aumentada. Varios museos anunciaron también cursos y actividades en línea dirigidas a su público regular. El Metropolitan Museum of Art en Nueva York —que visitan más de 7 millones de personas anualmente— decidió comenzar a transmitir ópera diaria y gratuitamente a través de su página web. La Orquesta Filarmónica de Berlín anunció que como había sido cerrada y la gente no podría asistir a los conciertos, iría a donde está su público a través de su Digital Concert Hall.

Ilustración: Oldemar González

Todo señala que, pronto, en México no podremos —o estaremos enormemente condicionados para poder— ir al cine, conciertos, museos, eventos deportivos o espectáculos masivos. En México es cuestión de días para que los cines cierren sus complejos. Para la industria cinematográfica mundial este es un golpe incomparable y aún incuantificable. China, uno de los dos mercados de cine más importantes del mundo, ha cerrado sus más de 70,000 salas desde enero y se calcula que han perdido un estimado de $2 mil millones de dólares desde que comenzó la crisis del coronavirus en dicho país.

Festivales fílmicos como Cannes, South By Southwest, Guadalajara, Tribeca y Ambulante anunciaron en días recientes que posponían o cancelaban sus ediciones a realizarse entre marzo, abril y mayo.

En Hollywood las cosas no están mucho mejor. De acuerdo a información de Yahoo Finance, la mayoría de las acciones de cadenas de cines han bajado entre un 25 % y un 40 % en los últimos seis meses, y las principales caídas ocurrieron en el último mes. Para los cines en Estados Unidos y en el resto del mundo, lo peor aún está por llegar. Pero a la par de esta crisis se asoman propuestas y cambios que podrían redefinir el funcionamiento de la industria del cine.

Disney ha pospuesto el estreno de Mulan, Black Widow, The New Mutants y Antlers, cuatro películas que apuntaban a ser sus éxitos del año. Aunque solo ha anunciado que pospone su estreno sin sugerir una posible fecha. Otra esperada película cuyo estreno fue pospuesto es A Quiet Place 2, de John Krasinski, con Emily Blunt.

Paramount por su parte tuvo que comunicar que la producción de Misión Imposible VII ha entrado en pausa hasta nuevo aviso. La película, de nuevo protagonizada por Tom Cruise, iba a filmarse en Venecia en estas semanas.

Frente a escenarios únicos surgen otras medidas extraordinarias. Universal Pictures, por ejemplo, anunció que “a partir del 20 de marzo, las películas actualmente en cines The Invisible Man, Emma y The Hunt estarán disponibles ‘en una amplia variedad de las plataformas de Video On Demand más populares’”. Un artículo del día después en The New York Times agregaba que “Universal Pictures dijo el lunes que ya no le daría a los cines un período exclusivo de aproximadamente 90 días para exhibir nuevas películas, un rompimiento con una larga práctica de Hollywood”. Disney, por su parte, decidió adelantar por 3 meses la llegada de Frozen 2 a Disney+, su plataforma de streaming, y estará disponible en Estados Unidos a partir de este 24 de marzo.

Durante años una de las batallas más intensas en la industria era por esa ventana de distribución que aseguraba 90 días de exclusividad a las cadenas de cine antes de que cualquier estreno de un estudio importante pasara a otro formato o alternativa de consumo (tv restringida, digital/streaming).

Pero parece que ser que el coronavirus llegó para cambiar las reglas y ahora mismo Universal y Disney han comenzado el asalto que busca cerrar —o minimizar— esa ventana de tiempo, durante el cual una película está en salas antes de estar disponible en internet. Las cadenas de cine no han reaccionado favorablemente a esta idea. Su modelo de negocio depende en gran parte de esta exclusividad del contenido por 3 meses.

Es cierto que se ha pospuesto para fechas no muy lejanas el estreno exclusivo en cines de películas como Mulán, Rápido y Furioso 9 o No Time To Die —las verdaderas megaproducciones de estos estudios y buena parte de su taquilla anual. Sin embargo, confrontarse directamente con las cadenas exhibidoras y alterar unilateralmente un acuerdo casi intocable, significa que vienen tiempos de cambios aún más profundos y veloces en la industria y su forma de funcionar.

Más complicaciones a mediano y largo plazo: Netflix cerró toda producción de películas y series en los Estados Unidos y Canadá —y probablemente suceda lo mismo en todos los demás países donde también produce localmente, como México; Warner Bros. Television detuvo la producción de más de 70 series y pilotos; Disney hizo lo mismo con la producción de 16 pilotos; y Apple anunció que todos sus shows, producidos por estudios externos, han sido suspendidos por el momento.

La industria televisiva también se verá afectada por el coronavirus. Aunque se espera que en estas semanas tengan significativos incrementos en rating, el pronóstico a largo plazo no es nada alentador. Ya se cancelaron todo tipo de ligas deportivas, con un impacto directo en el millonario negocio de estas transmisiones, sin importar que hablemos de futbol, basquetbol, hockey, béisbol o automovilismo, de España, Italia, Inglaterra, Alemania, México, Estados Unidos o Japón. Al 20 de marzo ya se había confirmado que la Eurocopa y la Copa América cambiaban sus fechas para 2021.

Y ahora acabemos en el terreno de las imaginativas teorías conspirativas de internet que ofrece un menú variado para señalar culpables. Una tiene que ver con la coincidencia entre el lanzamiento de Pandemic: How to prevent an outbreak, la serie documental original de Netflix que llegó a su catálogo justo cuando el Covid-19 comenzaba a hacer de las suyas en varios países. Y lo cierto es que, como reportó la revista Variety a finales de febrero, mientras la mayoría de las acciones de empresas globales en los mercados financieros de todo el mundo habían sufrido pérdidas, las de Netflix habían crecido un 0.8 %.

Otra teoría conspirativa señalaba que la coincidencia entre el lanzamiento de Disney+ en el Reino Unido a finales de marzo y la oportuna circunstancia que llevará a millones de británicos a tener que quedarse en casa y buscar nuevas formas de entretenerse era algo preparado y fabricado. Incluso otras aseguraban era una forma de bloquear o cancelar el Brexit, la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Los benditos ociosos pueden leer y entretenerse con éstas y otras teorías aquí, aquí y aquí.

El ocio moderno es una vía de aprendizaje lúdico y de desarrollo personal, de intercambio y participación social, de discusión, reflexión e introspección. En la actual circunstancia global es un elemento clave que deberemos atender para procurar una sana convivencia, una forma de salud mental en tiempos de cuarentena.

Esta es la primera etapa de un desarrollo inaudito en el que el ocio, la cultura, el arte y el entretenimiento, así como nuestras formas de buscarlos y consumirlos, y las de estos de ofrecerse o funcionar, difícilmente volverán a ser los mismas.

 

Arturo Aguilar
Periodista y crítico de cine.

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En una noche histórica, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas rompió varios mitos y parece ver hacia el futuro, aunque sigue fallando en varios aspectos políticos que vale la pena observar.

Por primera vez en su historia, los cerca de 9 mil miembros que conforman la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood votaron para que una película hablada en un idioma distinto al inglés —en este caso, hablada en coreano y dirigida por Bong Joon-ho, de Corea del Sur, realizada y ambientada en dicho país— resultara elegida como la Mejor Película del año.

También votaron para que este realizador se llevara las estatuillas de Mejor Director, Mejor Guion Original y la de la recién re-bautizada categoría de Mejor Película Internacional, antes conocida como Mejor Película en Lengua Extranjera. La categoría que históricamente estaba reservada para esas joyas foráneas.

Con el Oscar a Mejor Guion Original, la Academia prefirió aplaudirle a Bong Joon-ho que a una excelente historia de uno de sus guionistas consentidos, Quentin Tarantino, y a su carta de amor al propio Hollywood, tema que solía despertar enorme simpatía entre la mayoría de los miembros de la Academia. Todo parece indicar que, retomando siempre a Dylan, los tiempos están cambiando.

Antes que nada, queda por ver si la Academia como colectivo artístico demuestra en los próximos años que esto es una tendencia y una apertura consistente y continua, y no un evento aislado para enviar, en los tiempos de la excesiva y cabalgante corrección política, un mensaje de inclusión más parecido a una estrategia mercantil que a una realidad genuinamente anclada en apreciaciones artísticas y cinematográficas.

Ilustración: Guillermo Préstegui

Vale la pena recordar que de 2015 a la fecha, la Academia ha sumado esfuerzos para tratar de atender dichos problemas de equidad y representación entre sus miembros, en buena parte como respuesta a la polémica del #OscarsSoWhite de la entrega de inicios de aquel año. En 5 años han integrado a más de 3 mil nuevos miembros. En 2019, invitaron a 892 nuevos miembros de 59 países: 50% de ellos, mujeres; y 29%, personas de color. Las cifras de representación de mujeres y de personas de color, así como de otras minorías, han crecido considerablemente. Del total de sus miembros, la Academia comunicó en 2019 que las mujeres ya representaban un 32% —contra un 25% en 2015— y las personas de color un 16% —contra un 8% en 2015.

Esta puede ser una de las variables que explicarían que un nuevo cuerpo de miembros de la Academia haya votado por algo como Parásitos, una apuesta internacional, arriesgada, enormemente lograda, una joya de cine de los últimos años. La apertura que reconoce el talento extranjero por encima del local tampoco es una noticia nueva en Hollywood. Basta recordar las 5 Oscares a Mejor Director para directores mexicanos los últimos 6 años. Aunque claro, con proyectos perfectamente inscritos —al menos Gravedad, Birdman, The Revenant y La forma del agua— en el molde de la industria hollywoodense. Ahora la aceptación llegó a una obra cinematográfica producida enteramente fuera de esta industria, pero que sí respeta el sistema tradicional de distribución y exhibición de una película.

La apertura actual, por lo tanto, parece no aplicar aún por completo para empresas que están alterando el modelo de negocio y el status quo de los estudios y las empresas exhibidoras.

Y esto me lleva al otro lado de la moneda. Los tiempos no están cambiando. O no lo suficiente. La transmisión estuvo cargada de momentos y discursos pro equidad, pro feminismo, y demás, pero todo parece quedarse en la retórica y en la representación teatral.

Una vez más fue notoria y polémica la falta de mujeres, personas de color y otras minorías o grupos entre los nominados de categorías principales. En los tiempos de la secuelitis —y la franquicitis— aguda en el cine, ya hasta el #OscarsSoWhite tuvo su segunda parte. Veamos.

El menosprecio a Netflix podría leerse no solo en el hecho de haber dejado a The Irishman de Martin Scorsese sin una sola estatuilla a pesar de 10 nominaciones, sino particularmente en el otorgar a Toy Story 4 de Disney —uno de los hits de taquilla del año— el Oscar a Mejor Película Animada y no a Klaus o a Perdí mi cuerpo, ambas producciones de Netflix, que en este rubro tienen mayores propuestas y logros narrativos, temáticos y estéticos.

El Oscar a Mejor Documental se lo llevó American Factory, pero otorgarle el Oscar de esta categoría a Netflix ya lo habían hecho antes con Icarus, en 2018. Y aquí no se puede ignorar el hecho de ser un documental producido por la empresa creada por los Obama y respaldado y recomendado públicamente por Barack y Michelle. Elegir un documental que tiene a la sociedad norteamericana como protagonista es tradicional en la Academia y muestra, en cierto modo, su profundo etnocentrismo. En esta ocasión dejaron pasar, por ejemplo, sobresalientes trabajos, como The Cave —la historia de una joven madre y cineasta que debe sobrevivir en Alepo— o bien For Sama —que muestra los esfuerzos de un grupo de mujeres doctoras que sacan adelanto un hospital.

Tampoco han cambiado los tiempos para una Academia que no encuentra la forma de modernizarse y concebir una entrega entretenida e interesante, que se asuma como programa de espectáculo. A inicios de la semana se dio a conocer que el del domingo fue el rating más bajo de la historia en su transmisión televisiva en Estados Unidos: alcanzó a 23.6 millones de espectadores, muy por debajo de los 29.5 millones de televidentes del 2019.  

¿Qué les depara el futuro a estas transmisiones y formatos? La pregunta sobre cómo deberían verse y consumirse en la era de las redes sociales no parece ser algo que la Academia de Hollywood esté logrando descifrar. No han sabido cómo lidiar con la falta de un conductor y parecen cada día más interesados en resolver todo haciendo que el Oscar se parezca a ratos a los Grammy, un show donde lo más importante no es siempre quién gana, sino las presentaciones.

Para acabar este breve recuento, veamos ahora qué nos dicen también sobre el Hollywood de 2020 las películas que se perfilaban como victoriosas protagonistas de la premiación.

Joker

Muchos creían que por ser la más nominada tenía mayores posibilidades, pero se llevó a casa las dos estatuillas que realmente merecía: Mejor Actor y Mejor Música.

Era, sin duda y por notable diferencia, la más popular de las películas nominadas —que ha logrado más de un billón de dólares en taquilla en todo el mundo—, pero vive en la categoría de una muy buena película y no de una gran película (una distinción que hace enojar a sus muchos y ardientes fans). Fue cuestionada por muchos votantes (de acuerdo a lo reportado durante semanas por la especialista de industria Anne Thompson) por su ambigüedad en el guion, en la construcción del perfil del protagonista y hasta en su visión de la salud mental y la violencia.

La taquilla no lo fue todo para una película que depende demasiado de sus antecesoras, como Taxi Driver y El Rey de la Comedia.

The Irishman

Al caso de esta película solo habría que agregarle esta consideración: para muchos era una historia que ya habíamos visto o, al menos, la extensión de un universo ya explorado tanto por el cine como por el propio Scorsese con resultados superlativos. Y claro, su duración. Tanto como el hecho de ser la hija distinguida de Netflix, ese “demonio” de la industria que se anima a respaldar proyectos de reconocidos directores ninguneados por los estudios, pero que no incita a la gente a ir al cine.

1917

Quizás la consentida de la vieja guardia de Hollywood, si la vemos representada en sindicatos de Hollywood como el de Directores y Productores —la gran mayoría de los miembros de estos sindicatos son votantes de la Academia—, quienes en sus respectivas premiaciones le dieron los máximos premios. Una mega producción, una película de guerra, un éxito en cines. Y la consentida de casi todos, también, cuando se considera la labor extraordinaria de realización fílmica, con una combinación sorprendente de efectos visuales mecánicos y especiales en perfecta sintonía con la propuesta fotográfica; una experiencia totalmente inmersiva para vivirse en una pantalla grande. Totalmente merecidos sus Oscar a Mejor Fotografía, Sonido y Efectos Visuales.

Once Upon a Time in Hollywood

La gran cantidad de nominaciones de la más reciente película de Tarantino nos habla de la mucha simpatía de Hollywood por historias que la retratan con amor, nostalgia o romanticismo, así sea este envuelto en violencia y machismo.

La representación del macho alfa de esa época hollywoodense —el Clif Booth de Brad Pitt— es visto con innegable nostalgia por buena parte de los miembros old-school de la Academia, algo no menor en estos tiempos. El reflejo y la autoidentificación explican también el Oscar a Mejor Diseño de Producción —aunque los diseños de 1917 y The Irishman también tenían argumentos de sobra para llevarse el Oscar.

Mujercitas

Otra ninguneada del Oscar, tanto antes como durante la premiación. Resulta que esta nueva película basada en un clásico de la literatura, sobre varias mujeres, es una muy precisa representación moderna de los problemas de equidad dentro de la industria de Hollywood.

Cómo explicar las merecidas nominaciones a Mejor Película y Mejor Guion, a Mejor Actriz y mejor Actriz de Reparto, y al mismo tiempo el olvido de Greta Gerwig en la categoría de Mejor Director. De 2010 —cuando Kathryn Bigelow ganó el Oscar a Mejor Director por The Hurt Locker— a la fecha, la Academia solo ha nominado una vez a una mujer en esta categoría: la propia Greta Gerwig por Lady Bird en 2018. Lo cual se puede interpretar como una tendencia preocupante. No olvidemos que en el caso de las películas consideradas para Mejor Guion —tanto original como adaptado— solo hubo dos mujeres nominadas: Gerwig por Mujercitas en Guion Adaptado y Krysty Wilson-Cairns, quien co-escribió 1917 con Sam Mendes. En ambos casos mujeres blancas. Los otros 11 guionistas nominados en estas dos categorías son hombres.

 

Arturo Aguilar
Periodista y crítico de cine.

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Los negocios de la televisión digital son multimillonarios y crecen a gran velocidad. Esa situación comienza ya a trazar un panorama distinto en la guerra por la atención de los usuarios hacia toda una nueva gama y variedad de plataformas.

La industria del entretenimiento ha entrado en un nuevo proceso de adaptación y cambio. Nuevos servicios de streaming han aparecido en el universo digital en los últimos meses, de la mano de poderosas empresas como Disney, Apple, Warner Media y NBCUniversal, entre otras, que se perfilan para redefinir la industria. Llevará un par de años para que el proceso se refleje de manera clara a nivel global.

Esta nueva guerra del streaming se caracterizará por tratar de hacer que los usuarios de los servicios pasen más tiempo en determinada plataforma; el éxito no se medirá exclusivamente por el número de suscriptores. Lo normal será que estos suscriptores contraten dos, tres o más servicios y la batalla se trasladará a las horas que le dediquen a cada uno de éstos.

El negocio del streaming creció consistentemente durante la década del 2010. De acuerdo a la MPAA (Motion Pictures Association of America), en 2018, la gente ya gastó más en entretenimiento digital que en boletos de cine: 42.6 mil millones de dólares frente a 41.1 mil millones. El cambio en la industria es significativo y ha atraído a poderosos competidores como Apple, Disney, ATT&T —ahora dueño de Warner Media y sus marcas Warner Bros. Pictures, Warner Bros. Television, DC Comics y HBO—, y Comcast —dueño de NBCUniversal, que cuenta con la propiedad intelectual de todas las series de NBC y todas las películas de Universal Pictures. Las últimas dos empresas son, además, proveedoras de acceso a internet, un detalle no menor en el futuro de la industria.

El enorme crecimiento de este negocio digital es algo que se sabía desde hace algunos años. Por ello Disney, Apple y otros comenzaron a preparar sus propios proyectos y servicios de streaming. Todos quieren un pedazo de este pastel que es cada vez más grande. El negocio pasó de vender los derechos de series y películas a servicios de terceros —como Netflix o Amazon Prime Video— a tener un servicio propio para ofrecerlas de manera exclusiva.

Generalmente, estos contratos de derechos se crean por varios años y pueden ser multimillonarios: series como Friends, Seinfeld o The Office se cotizan en cientos de millones de dólares. Lo que nos lleva a un escenario en el que muchos programas y películas aún pasarán un tiempo disponibles en plataformas distintas a las de los dueños de dichas propiedades intelectuales. ¿Se imaginan cómo será Netflix cuando no esté Friends? Porque eso va a suceder. O mejor dicho, ya sucedió: el pasado 1º de enero, la popular serie desapareció del catálogo de Netflix en Estados Unidos. El contrato de 5 años, por el que Netflix había pagado 100 millones de dólares, venció. De acuerdo a información de Nielsen, Friends era el segundo programa más visto en Netflix en dicho país. Friends regresará al universo del streaming en mayo, pero lo hará en HBO Max, el servicio que lanzará Warner Media. Warner Media le pagó a NBCUniversal, dueña de los derechos del programa, 500 millones de dólares para tenerla en su catálogo por los próximos 5 años, superando la oferta de Netflix para mantenerla. El programa más visto en Netflix, The Office, desaparecerá también de su catálogo este año ya que se irá a Peacock, el servicio de streaming que lanzará NBCUniversal.

Aquí cabe recordar que no todos los países tienen los mismos catálogos. Las películas y series se venden por países o regiones a distintas plataformas. Por lo que llevará algunos años que ciertos contratos lleguen a su término. Además, cada país o región tiene otras plataformas locales compitiendo por la atención del usuario con producciones originales y catálogos propios. Tal es el caso de Blim de Televisa, Claro Video de América Móvil, o de plataformas especializadas de cine como FilmInLatino y Mubi. Vale la pena analizar a aquellas que compiten mundialmente.

De acuerdo a Forbes, los suscriptores de Netflix pasan 63% de sus horas en la plataforma viendo material licenciado, y 37% viendo contenido original. Esto es importante por dos razones. Por un lado veremos a las grandes compañías recuperar sus populares series y películas para sus propias plataformas: Disney ya lo hizo con casi todo su repertorio. Por el otro, explica la urgencia de Netflix por promover sus series originales y enganchar al público consumidor lo antes posible.

Hay un par de puntos finales a considerar al ver esta guerra futura.

Uno tiene que ver con un perfil de contenido enormemente popular y que las plataformas de streaming apenas han comenzado a explorar: deportes en vivo. Otro mercado multimillonario que espera la integración a estas plataformas.

Prime Video de Amazon lleva ya dos años transmitiendo en vivo partidos de jueves por la noche de la NFL. Fuera de esto, los aficionados a los deportes están más acostumbrados a pagar por lo que llaman Season Pass, para poder ver todos los partidos que quieran —a través de una plataforma digital o aplicación oficial de la NFL, MLB, NHL, etcétera.

Pero hay que recordar que en el catálogo de empresas de Disney está una muy importante llamada ESPN. No deberá pasar mucho tiempo antes de que Disney+ vea la manera de integrar a su oferta los deportes en vivo.

El otro punto es que, antes que todos estos servicios streaming, hay algo más importante que los usuarios tenemos que pagar: el proveedor de internet.

Por ello no debe dejarse pasar que AT&T sea el dueño de Warner Media o que Comcast sea dueño de NBCUniversal. El negocio de ambas compañías es precisamente dar acceso a internet, en dispositivos móviles o en casa, y ahora cuentan con servicios de streaming que pueden promover de forma exclusiva o con ventajas para sus clientes o usuarios. Imaginen que por tener un plan de datos en telefonía móvil con AT&T, tengas acceso a HBO y sus series, incluso a material exclusivo o adelantado. Eso va a pasar más pronto de lo que creemos.

Hemos visto recientemente a proveedores de internet ofrecer acceso o suscripción gratuita a Netflix como una estrategia comercial y de marketing: Infinitum, por ejemplo, la compañía de acceso a internet de Telmex/América Móvil, anunció que dará Netflix gratis a sus usuarios. Ya lo habían hecho así en México para posicionar sus propias plataformas: Televisa con Blim vía su servicio de acceso a internet, Izzi; y América Móvil con Claro Video vía Infinitum.

Y esto tiene que ver con una circunstancia peculiar. En México, de acuerdo al más reciente informe de IFT, sólo la mitad de la población tiene acceso a internet. El acceso aún se está popularizando y sólo hay 10 millones de usuarios de servicios de streaming. Por lo cual, el mercado es aún gigantesco. Esto mismo aplica en casi todo el mundo; todos vamos hacia allá. Por eso tantos quieren una tajada y han empezado ya la nueva guerra del streaming.

 

Arturo Aguilar
Periodista y crítico de cine.

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Un usuario indignado por las prácticas engañosas de un programa informático comparte su desengaño. Como ningún ser vivo puede atender los reclamos contra un robot, este buzón se hace depositario de los abusos de los omnipresentes algoritmos que nos rodean.

Querido Netflix (o, en su defecto, quien te programe):

Necesitamos hablar de tu algoritmo. Urgentemente. Porque, seamos sinceros, algo se salió de control y tu aplicación se está convirtiendo en una auténtica burla.

Por años reconocí y recomendé su funcionalidad. Entendía la premisa: entre más información te compartía, más fácil sería para ti saber qué recomendarme. Cuando usabas un llamado “porcentaje de compatibilidad” podía claramente entender por qué llegabas a ese número y a cierto tipo de recomendaciones. Ahora lo llamas “porcentaje de coincidencia” y ya no entiendo nada.

Debo confesar que he dedicado miles de horas a calificar las películas que vi en tu plataforma —o que había visto antes y sabía si me interesaban o no— para tratar de ayudarte. Fui un entusiasta de la idea de la inteligencia artificial que, representada por tu algoritmo, prometía aprender de mis gustos, los cuales, reconozco, son bastante específicos y a veces desconcertantes. Además, tenía curiosidad por saber si un programa podía construir las mismas relaciones y referencias entre películas que yo mismo había ido descubriendo a lo largo de casi 30 años de cinefilia personal intensa, afinada o exponencialmente acrecentada por 22 años como periodista cinematográfico y, desde hace década y media, también como crítico de cine. Más allá de alimentar frenéticamente mi cinefilia, ¿era posible que pudieras sustituir a un humano que se dedica a encontrar y destacar cierto tipo de cine de entre un tsunami de opciones en cartelera o en línea? Prometías que al hacerlo, me mostrarías los tesoros escondidos de tu catálogo, del cual, por cierto, nunca facilitaste la exploración fuera de tus limitadas categorías predeterminadas.

Ilustración: Oldemar González

Pero ahora lo sé y lo acepto: calificar tantas películas fue ocioso y completamente inútil. En 2017 tuve que aguantar tu cuestionable decisión de cambiar un sistema de evaluación de 5 variables por título —con ese conteo de una a cinco estrellas— a una evaluación binaria —dos variables: pulgar arriba o abajo. Volví a calificar un par de cientos de películas. Me parece que ese fue el principio del caos actual. Todos los matices se perdieron por completo al tener que reducir el variado rango de estrellas favorables a una sola opción positiva: pulgar arriba.

Durante mucho tiempo me dejé engañar por tus mecanismos: mientras disfrutaba descubrir películas y series que conectaran con mis intereses y gustos, tu recompensa era engordar las arcas de tu Big Data. Pero este año ya sentí que empezaste a usar tu algoritmo descaradamente para hacerme enojar o fastidiarme. Y ahora me descubro queriendo reclamar o quejarme… pero sé que sólo eres una aplicación informática, que tu oxígeno son fórmulas matemáticas y códigos de programación, y que mi queja para ti es intrascendente, por no decir inexistente. Para colmo ni siquiera te puedo gritar en la cara. Hoy por hoy, te preocupan yo y mis intereses y preferencias tanto como este buzón de quejas a la oficina de Netflix más cercana. La prioridad son los espacios que hacen fiesta y ruido en cada anuncio o lanzamiento, no las cartas de reclamación.

Veamos los agravios. Cómo dejar pasar lo que has hecho en “Nuestra selección para Arturo” en la categoría Comedia. Después de haber visto películas como La Dictadura Perfecta, Frances Ha, La Balada de Buster Scruggs (de los hermanos Coen), Irrational Man (de Woody Allen), stand ups de Ricky Gervais, Dave Chappelle y Trevor Noah… ¡NO es lo más lógico que me recomiendes Sextillizos con Marlon Wayans, Son como niños 2 con Adam Sandler y Salma Hayek, Recién cazado con Jaime Camil o El cumpleaños de la abuela!

Conoces perfectamente la obsesión con la que me he dedicado a ver la gran mayoría de títulos en categorías como Documentales, Clásicos o Cine Independiente. En los días posteriores a ver Five Came Back, vi todos los documentales de la Segunda Guerra Mundial disponibles en tu N grande. Apenas estuvieron en la carta vi también dos películas que involucraban a Orson Welles: Al otro lado del viento y Me amarán cuando esté muerto.

Por eso es una verdadera mentada descubrir hace unos días que, según tu algoritmo, 50 sombras más oscuras, uno de los inefables churros del cine contemporáneo de Hollywood, tiene un porcentaje de coincidencia con mis gustos… ¡de 97%! ¿¡Cómo!? ¿¡Por qué!?

Ah, y claro, a pesar de que apenas he visto un puñado de películas de superhéroes en tu plataforma, tu infame recomendación calcula que tengo un porcentaje de coincidencia del 98% con una película llamada… ¡Suicide Squad! Hay precisamente 98% de probabilidades de que no la vuelva a ver a menos de que me encañonen.

Mientras tanto, películas que claramente me iban a interesar, por ejemplo, Girl o Burning, que fueron parte de la programación del Festival de Cine de Cannes antes de llegar a tu plataforma, las pones con un 61% y 59% de coincidencia respectivamente.

Más absurdos: Magnolia de Paul Thomas Anderson es apenas un 65%; La vida acuática de Wes Anderson tiene 57%; la clásica Mad Max, 59%; Volver al futuro, 65%. Pulp Fiction e Impacto Profundo tienen el mismo porcentaje: 81%. Pero claro, Dirty Dancing, 85%. Vuelvo a preguntar: ¡¿CÓMO ES POSIBLE!?  

Desafía mi entendimiento racional tratar de ver la lógica en tus sugerencias y conexiones. Veo wésterns y me insistes con Ingobernable. Veo clásicos y me neceas con la nueva de Adam Sandler y Jennifer Aniston. Veo con emoción The Crown pero insistes en que hay más coincidencia si viera Betty la fea. Esta semana me quieres hacer ver Maléfica con Angelina Jolie. Así no se puede. Aquí hay claramente gato encerrado.

Por cierto: Sushi a la mexicana jamás ha sido “Aclamada por la crítica”. No hay manera de que puedas argumentarlo, ni siquiera mostrar en metacritic o rottentomatoes que así fue. De nuevo, siento que te burlas de mis gustos, de mi tiempo y hasta de mi profesión.

Ah, y tendríamos que hablar también de esta nueva obsesión tuya por promover casi exclusivamente lo más popular de entre tus producciones originales o entre las producciones cuyos derechos compras para incluir en tu catálogo (el ejemplo más claro de este último grupo: Friends). ¿Qué te hace pensar, a partir de mi historial, que estoy interesado en algo porque es popular? Me molestan tus nuevos iconos de Top 10 insistiendo en qué es lo más visto hoy en México.

Entiendo que desde hace un tiempo tu estrategia de promoción de contenidos sufrió modificaciones y te concentraste con fuerza en toda tu producción original. Entiendo que te estés preparando para lo que se viene en la siguiente etapa de competencia en la industria del streaming y quieras consolidarte como el espacio al que la gente va por productos masivamente populares y que son tuyos y no solo parte de un amplio catálogo. La llegada de los proyectos de streaming de Disney, Apple, Comcast (NBCUniversal) y AT&T (en otras palabras, WarnerMedia/HBO) va a alterar todo de nuevo. Pero si en estas circunstancias tu plan es querer impulsar casi exclusivamente lo popular, deberás saber que tu ambición globalizada y masiva alejará a los espectadores que, como yo, disfrutamos de algo más que Monarca, The Politician, La Casa de las Flores o películas de Adam Sandler o Marlon Wayans.

¿Para qué tienes un catálogo tan diverso y rico si vas a esforzarte tanto en que no lo descubramos por sólo estar viendo la película más popular del día o de la semana? ¿Cuándo dejaste de preocuparte por los gustos de tus usuarios y comenzaste a ocuparte con tal descaro por el negocio a futuro? ¿Es esta la nueva identidad de Netflix de cara a esta nueva etapa? Si no quieres que me aleje incluso antes de que tu competencia me ofrezca algo más atractivo —lo cual, se supone, te tiene natural y comprensiblemente preocupado— tienes que hacer algo con tu maldito algoritmo.

 

Arturo Aguilar
Periodista y crítico de cine.

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¿Podrá ser 2020 el año en que Netflix logre ser el “estudio” reconocido por producir la mejor película —según Hollywood? Todo indica que después de lo aprendido con Roma, las circunstancias son propicias para ir por la máxima estatuilla con The Irishman de Martin Scorsese.

La carrera ha comenzado y ya es posible conocer a los primeros protagonistas de esta competencia de larga distancia, con destino final el próximo 9 de febrero, cuando se lleve a cabo la 92ª entrega del Oscar. Y al parecer Netflix (como poderoso representante de las plataformas de streaming) podría estar en posición de remover a los tradicionales estudios de Hollywood de la posición de honor de la estatuilla dorada.

Pero, ¿por qué importan premios como el Oscar?

Por un lado, hay que entender que la premiación va más allá de una competencia artística sobre cine. El Oscar y otros galardones similares son una combinación de méritos y argumentos fílmicos, concurso de popularidad, campaña de marketing, posturas de industria y plataforma de mensajes con subtexto social, político o económico. A las candidatas les tiene que ir bien en taquilla y, en general, también con la crítica y la prensa. El contexto de los nominados debe estar lo más exento de polémicas y escándalos. Las campañas y estrategias publicitarias se hacen pensando en quiénes son los votantes, en sus perfiles, en cómo se vota por branches que deciden a los nominados en ciertas categorías, en los gustos e intereses de la Academia de Hollywood.

Se gastan decenas de millones de dólares en campañas porque esas estatuillas encarnan el prestigio, y con ello mejores poderes de negociación para que los “mejores”, o al menos los que sean reconocidos como tales por sus propios colegas en la industria fílmica más poderosa del mundo, quieran trabajar con tal o cual estudio. Históricamente significaban también una mayor exposición y por lo tanto un importante incremento en la recaudación y la posibilidad de mejores negocios cuando la película se vendiera o mostrara en otras ventanas de exhibición (formatos caseros como DVD o BluRay, tv abierta o por cable). En la última década esto se ha reducido, aunque los Oscar siguen ayudando al negocio (desde lo económico) de cada película.

La carrera de Netflix

Para Netflix el Oscar significa una forma certera de atraer talento y crear contenido para sus suscriptores y, por lo tanto, conseguir más suscriptores potenciales. Conseguir más suscriptores y más talento creativo sólo ensancha las posibilidades de una plataforma que ofrece gran libertad artística y posee una enorme capacidad económica para hacer posibles proyectos fílmicos que los estudios tradicionales cada vez apoyan menos, pues no les interesan financieramente.

Pero esa podría no ser la única razón por la que Netflix codicia el Oscar a Mejor Película. De acuerdo con lo que Kyle Buchanan —reportero especializado de The New York Timesexpresó a CNN “[Netflix] está ansiosa de irrumpir disruptivamente en cualquier industria en la que pueda poner sus manos”.

Netflix ha sido fundamental para modificar el concepto de cómo vemos estrenos, lanzando películas en su servicio al mismo tiempo que en los cines, o bien, como lo hizo durante mucho tiempo, renunciando por completo al estreno en cines. El fenómeno nunca fue del agrado de la industria, ni de la Academia ni de los propietarios de las salas de cine, cuyo negocio depende de la taquilla y de las ventas de comida, dulces, bebidas y más.

Estamos en un periodo de transición y total transformación de la industria del cine y del entretenimiento. Desde sus jugadores predominantes hasta nuestros hábitos de consumo, todo se está reacomodando. Según la Motion Pictures Association of America (MPAA), en 2018, una parte del entretenimiento digital, es decir, tan solo dos de las plataformas de streaming, Netflix y Amazon Prime Video, generaron globalmente $42.6 mil millones de dólares. Durante el mismo año la suma de la taquilla cinematográfica mundial fue de $41.1 mil millones. La gente ya gasta más en este tipo de entretenimiento digital en streaming que en boletos de cine. Es un cambio en profundamente significativo y un campo al que pronto llegarán más poderosos competidores como Apple, Disney, AT&T (ahora dueño de Warner Media; es decir, de marcas como Warner Bros. Pictures, DC Comics y HBO) y Comcast (dueño de NBCUniversal). Las últimas dos empresas son, además, proveedoras de acceso a internet, un detalle no menor para el futuro de la industria. A Netflix le interesa posicionarse y fortalecerse lo mejor posible, antes de que esta nueva guerra termine de desatarse en los próximos meses y años.

¿Un 2020 para la historia?

Los festivales de cine de otoño, como Venecia, Toronto y Nueva York, sirven cada año de plataforma de presentación de muchas de las películas que buscarán nominaciones y estatuillas durante la temporada de premios.

Ilustración: Sergio Bordón

Desde hace algunos años, Netflix y Amazon le han apostado a producir películas con calidad, argumentos y formatos para premios. Netflix lo empezó a hacer vía sus documentales, área en la que por años se ha distinguido. Sin embargo, fue Amazon, en 2017, la primera plataforma de streaming que consiguió una nominación al Oscar a Mejor Película con Manchester by the sea. Netfix lo logró a inicios de este año con Roma.

Tras su estreno en el Festival de Cine de Nueva York, The Irishman de Martin Scorsese parece haberse convertido en la película que hay que vencer en la carrera rumbo al Oscar 2020; cuenta con el logo de Netflix, tiene excelente prensa y a los respetadísimos y admirados De Niro y Pacino, por no mencionar a un director de culto como Scorsese. The Irishman se estrenará en cines a inicios de noviembre para cumplir con los requisitos de la Academia, pero Scorsese y compañía tendrán una corrida comercial limitada, de pocas semanas y no con un número exagerado de copias antes de llegar a finales de noviembre a la plataforma de streaming. Esto de cierta manera los exime de tener que cumplir con una recaudación de taquilla importante porque para Netflix no es una prioridad. Detrás de su campaña estará un equipo en el que, como reportó The New York Times, Netflix ha invertido enormes recursos, poniendo a Lisa Taback, una veterana especialista en campañas del Oscar cuyo CV ostenta las estatuillas de películas como The King’s Speech, The Artist y Spotlight.2

Sin embargo, esta no es la única película que podría traerle nominaciones a Netflix. Marriage Story de Noah Baumbach, protagonizada por Scarlet Johansson y Adam Driver, también se convirtió en candidata en las categorías de actuación, guion, dirección e incluso Mejor Película tras sus presentaciones en Venecia y Toronto. The Two Popes de Fernando Meirelles, con Anthony Hopkins y Jonathan Pryce, podría también traerles nominaciones a sus protagonistas; y The Laundromat de Steven Soderbergh, con Meryl Streep, Gary Oldman y Antonio Banderas, tampoco debería quedar descartada, principalmente por su reparto.

Con su León de Oro del Festival de Cine de Venecia y una muy buena recepción en el Festival de Cine de Toronto, Joker (de Warner Bros. Pictures) también se ha colocado en la lista de  películas que podrían aspirar a varias nominaciones. El filme de Todd Philips ha sido un éxito de taquilla recaudando más de 700 millones de dólares mundialmente en apenas unas semanas, pero está por saberse cómo terminará la campaña tras las polémicas que ha suscitado el grado y tipo de violencia social expuesta y la identificación psicópata con quien eventualmente opte por tales actos violentos y políticos. Warner Bros. decidió desinvitar a la prensa en la alfombra roja durante la première de la película, después de que Phoenix se levantara y se fuera a la mitad de una entrevista al ser cuestionado sobre esto. En términos de marketing, la película no se encuentra en la mejor de las posiciones para buscar muchas nominaciones (aunque su éxito en taquilla seguramente ayudará), pero la actuación de Joaquin Phoenix sí se ha posicionado en la conversación como la referencia a vencer en la categoría de Mejor Actor. Sin embargo, artículos recientes que retoman la opinión de miembros de la Academia muestran una división importante sobre la película e incluso sobre la actuación de Phoenix.

Gracias al Premio del Público del Festival de Cine de Toronto —que tiene un muy peculiar y preciso récord de predecir nominados a Mejor Película y en no pocas ocasiones a las películas ganadoras— Jojo Rabbit de Taika Watiti (de Fox Searchlight) también entró en la conversación.

Previa a estos festivales, la recepción tanto en taquilla como en crítica de Once upon a time in Hollywood de Quentin Tarantino (de Sony Pictures) la convierte en otra de las películas con argumentos sólidos para competir en varias de categorías importantes.

Estas son las películas que hasta ahora arrancan con fuerza y con definido protagonismo, pero no serán las únicas. Deberán enfrentarse a la aparición de nuevos contendientes y tratar de seguir siendo relevantes durante varios meses y no desaparecer cuando lleguen ciertos estrenos de noviembre y diciembre, como la nueva adaptación al cine de Little Women de Greta Gerwig, 1917 de Sam Mendes o Richard Jewel de Clint Eastwood con Leonardo DiCaprio y Jonah Hill.

Con la nueva diversidad de la Academia de Hollywood y las nuevas reglas que permiten una importante cantidad de nominadas a Mejor Película, también se deben considerar filmes como Dolor y Gloria de Pedro Almodóvar o Parasite de Bong Joon-So, cuyas posibilidades de recibir nominaciones en otras categorías además de Mejor Película Internacional —como Mejor Director o incluso Mejor Película— son altas y las respaldarán muy buenas taquillas y excelentes críticas.

 

Arturo Aguilar
Periodista y crítico de cine.

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Nuevos hábitos de consumo imperan en la industria cinematográfica e incluso se replican en la industria cultural. Todo indica que el Fan, como figura de proa, ha tomado las riendas de las primeras décadas del siglo XXI, con los riesgos que eso conlleva.

Quizás no sucedió con la inmediatez de un chasquido de dedos de Thanos o de Iron-Man, o acaso sin utilizar el mítico Guantelete del Infinito, pero Disney ha logrado depurar a su conveniencia el universo de la exhibición de cine en un periodo de 15 años.

El poder de la nostalgia

Tanto esta compañía como el resto de los poderosos súperestudios de Hollywood (Universal, Warner Bros., Sony, Paramount y, hasta hace poco, 21th Century Fox) que encabezan la millonaria industria global del cine en el siglo actual, le han dado prioridad ante todo a lo económico y así han sido capaces de desaparecer, de manera muy significativa, el contenido original de las salas de cine y construir una industria y una cultura de consumo alrededor del fan. Explotando la mayor debilidad de este último: la nostalgia.

Ilustración: Belén Garcia Monroy

La nostalgia es el sentimiento más relevante en la competencia de productos de entretenimiento en la industria global del cine hoy. Apelar a lo emotivo y personal de los recuerdos del público es oro molido. Distintas generaciones hemos transformado aquellos fenómenos, diversiones, preferencias y gustos de nuestra infancia y adolescencia en genuinas religiones compartidas, ya sea que hablemos de Star Wars, de superhéroes, series de televisión, videojuegos, libros, películas, músicos, grupos, etc.

Si este texto, por ejemplo, fuera una franquicia a lo Disney, habría que pedirles a nuestros lectores que regresen en unos meses para conocer —a cambio de otro monetizable click—el verdadero origen de esta época, la precuela de todo: una historia que, dependiendo de cada quien, nos remontaría pocas o bastantes décadas en el tiempo.

La relación que establecemos con estas narraciones y personajes pasa por lo visceral y lo emocional, creando un profundo vínculo psicológico. Se construye principalmente cuando nuestra naturaleza infantil, adolescente o juvenil nos empuja a ser admiradores ardientes y entusiastas; en buena medida también acríticos, ciegamente fieles y desconfiados de quienes no aprecian tanto algo como nosotros. Como se trata de años fundamentales para el desarrollo individual, de descubrimiento y definición la personalidad, los recuerdos de etapas así de importantes son algo enormemente valioso.

Ahí radica tanto el origen como el poder evocativo que deja indefensa a la mayoría ante un tsunami de nuevos productos de entretenimiento inspirados en recuerdos tan significativos, que nos convierten en las máquinas de consumo que los estudios prefieren.

El modelo Disney

La piedra angular sobre la que está construida esta nueva etapa de la industria es algo llamado Propiedad Intelectual (PI). La PI se refiere a cualquier narración o personaje que posee un estudio o una compañía, a menudo conocidos desde hace años, con cierto nivel de popularidad. El potencial económico de una PI es directamente proporcional a la intensidad y fidelidad de sus fans.

Inspirados por éxitos de taquilla como la trilogía de El Señor de los Anillos, las primeras entregas de la saga Harry Potter, la llegada de Spider-Man y el regreso de Star Wars a la pantalla grande, los grandes estudios vislumbraron el futuro de la industria en el amanecer del siglo XXI. Aunque por condiciones muy distintas, el hecho de que esas historias y personajes contaran previamente con seguidores por millones fue una variable importantísima en su éxito.

Esto es mucho más evidente si observamos la obsesión reciente por adaptar al cine cada fenómeno literario, entendido como bestseller y generador de legiones de aguerridos y vocales fans, desde Los Juegos del Hambre y la saga Crepúsculo hasta 50 Sombras de Grey. Lo mismo aplica para fenómenos televisivos, de videojuegos, de cómics, etc.

Disney, uno de los protagonistas históricos de la industria del entretenimiento por mérito propio y dueño durante los últimos 70 años de una importante variedad y cantidad de narraciones y personajes ultra populares a nivel mundial, estableció la ruta hacia una nueva cúspide de liderazgo total. Marcó una novedosa dinámica de industria al adquirir, en la década pasada, un catálogo de propiedades intelectuales con un potencial de explotación infinito: entre otras, el universo Star Wars, gran parte del de Marvel, además de Pixar. En el ámbito de la cultura popular clásica y reciente es difícil encontrar referentes más masivos, y todos se encontraban ya bajo el control de una sola empresa. El 20 de marzo pasado Disney compró 21st Century Fox y, con ello, otro importante catálogo de la cultura pop reciente, incluidas las treinta temporadas existentes de Los Simpson.

Como lo explican a detalle Anne Thompson y Anita Elberse en The $11 Billion Year: From Sundance to the Oscars, an Inside Look at the Changing Hollywood System y Blockbusters —respectivos libros de 2014— con estas adquisiciones y estrategias Disney y el resto de los grandes estudios confirmaron lo que es significativamente más redituable como negocio globalizado:

a) concentrar su presupuesto en pocos pero gigantescos y carísimos proyectos;
b) que dichas narraciones/personajes provengan de probadas propiedades intelectuales; y
c) que estas películas son más exitosas si son concebidas para su exhibición como parte de una saga o franquicia que se prolonga durante años.

Desde lo financiero-económico no hay motivo ni argumento para hacer algo distinto. En estos tiempos, menos riesgo en las propuestas significa más ganancia.

El usuario de reddit RedWindTurtle realizó una infografía que muestra las 25 películas más taquilleras por año, de 1980 a 2018, en Estados Unidos, agrupadas en tres categorías: películas originales; películas basadas en obras de ficción previamente existentes; y películas basadas en personajes o eventos reales.

[OC] Originality of the Top 25 Highest Grossing Film By Year (Domestic) from r/dataisbeautiful

De algo más de un 40%, en promedio, durante la década de los 80, las películas basadas en obras existentes crecieron hasta cerca de un 70% para la primera década de este siglo. En 2018, 21 de las 25 películas con mejor taquilla (84%) fueron adaptaciones o remakes de propiedades intelectuales existentes. Ni Thanos habría desaparecido tan rápido el cine de ideas y argumentos originales.

El siglo de los nerds

Hay otro factor en el reacomodo de dinámicas sociales de estos últimos 20 años que ha ayudado a consolidar esta tendencia y el actual estado de la industria de la exhibición de cine: la reivindicación del Nerd.

A partir de la segunda mitad de la década de 1990, la imagen del líder y del hombre exitoso sufrió ajustes considerables. Con la llegada de internet y la popularización de las computadoras personales, el nerd, el geek y el cerebrito pasaron de ser el personaje secundario, víctima de los gañanes populares de la secundaria o la preparatoria de un par de décadas atrás, al nuevo protagonista adulto millonario que estaba revolucionando al mundo.

Los gustos de ese geek redimido se popularizaron mientras ganaban reconocimiento los fans apasionados de historietas, personajes de ficción, cómics, películas o series.

Por una parte, eran más los que podían conectar con estas referencias y experiencias de la infancia y la adolescencia que con las de otros perfiles de hombres exitosos y líderes de épocas previas. Pero lo más relevante es que establecieron una cultura donde se podía reconocer y compartir por mero gusto, sin pudor ni temor, aquello que desde la nostalgia tenía un valor especial.

El éxito, la popularidad e incluso la relevancia de una serie como The Bing Bang Theory son la prueba de esa nueva imagen del nerd muy difundida y aceptada, en la que exponer y presumir nuestro lado fan tiene todo un valor social y cultural. Si soy fan de algo ya no tengo que mantenerlo en secreto, provocar vergüenza, burlas o menosprecio; ahora es una cuestión de orgullo, sobre la que tengo casi una obligación de manifestarme públicamente, aún más en la época de las redes sociales.

Manipulados por el poder de la nostalgia, condicionados por nuestros fanatismos, hemos alimentado la codicia económica globalizada de la industria del entretenimiento y, de paso, hemos amenazado con erradicar para siempre la diversidad de los estrenos de cine o la posibilidad de ver algo original.

En el primer semestre de este año Disney logró acaparar más del 37% de la recaudación total en cines en Estados Unidos; en 2018 se hizo de casi el 20% de la taquilla global con un nuevo récord histórico de $7,300 millones de dólares. Ni a Disney ni a los estudios de Hollywood, que siguen entusiastas su ejemplo, les interesa invertir una fortuna en un producto que no tenga ya una audiencia fiel, interesada y masiva.

A estas empresas les interesa más bien que seas fan, porque además de ver la película comprarás otros productos relacionados con la misma. ¿Qué clase de fan eres si no tienes otras cosas que lo demuestren? Mínimo deberás tener una playera, un juguete o algún tipo de producto oficial. Con un poco más de tiempo y presupuesto, quizá visitarás su atracción en un parque de diversiones. Esas son las motivaciones hoy para hacer un filme. Las películas, como tales, ya son lo de menos. Te gusten o no, las vas a ver. O pregúntenle a los nostálgicos y explotados fans de Star Wars, franquicia que seguirá siendo un negociazo sin importar a qué lejana galaxia lleve el futuro de esta ficción.

Curiosamente, la única nostalgia que no será recompensada en el futuro del cine es la de quienes recuerdan románticamente aquellas épocas en las que había una florida cantidad de opciones en cartelera con propuesta temáticas, estilísticas o narrativas interesada en algo más que el entretenimiento y la taquilla.

Nuestros recuerdos y gustos le abrieron la puerta a un capitalismo rampante basado en la nostalgia y nuestro fan interior ha contribuido a cambiar las reglas del juego de la exhibición del cine, posiblemente para siempre.

 

Arturo Aguilar
Periodista y crítico de cine.

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