Un usuario indignado por las prácticas engañosas de un programa informático comparte su desengaño. Como ningún ser vivo puede atender los reclamos contra un robot, este buzón se hace depositario de los abusos de los omnipresentes algoritmos que nos rodean.

Querido Netflix (o, en su defecto, quien te programe):

Necesitamos hablar de tu algoritmo. Urgentemente. Porque, seamos sinceros, algo se salió de control y tu aplicación se está convirtiendo en una auténtica burla.

Por años reconocí y recomendé su funcionalidad. Entendía la premisa: entre más información te compartía, más fácil sería para ti saber qué recomendarme. Cuando usabas un llamado “porcentaje de compatibilidad” podía claramente entender por qué llegabas a ese número y a cierto tipo de recomendaciones. Ahora lo llamas “porcentaje de coincidencia” y ya no entiendo nada.

Debo confesar que he dedicado miles de horas a calificar las películas que vi en tu plataforma —o que había visto antes y sabía si me interesaban o no— para tratar de ayudarte. Fui un entusiasta de la idea de la inteligencia artificial que, representada por tu algoritmo, prometía aprender de mis gustos, los cuales, reconozco, son bastante específicos y a veces desconcertantes. Además, tenía curiosidad por saber si un programa podía construir las mismas relaciones y referencias entre películas que yo mismo había ido descubriendo a lo largo de casi 30 años de cinefilia personal intensa, afinada o exponencialmente acrecentada por 22 años como periodista cinematográfico y, desde hace década y media, también como crítico de cine. Más allá de alimentar frenéticamente mi cinefilia, ¿era posible que pudieras sustituir a un humano que se dedica a encontrar y destacar cierto tipo de cine de entre un tsunami de opciones en cartelera o en línea? Prometías que al hacerlo, me mostrarías los tesoros escondidos de tu catálogo, del cual, por cierto, nunca facilitaste la exploración fuera de tus limitadas categorías predeterminadas.

Ilustración: Oldemar González

Pero ahora lo sé y lo acepto: calificar tantas películas fue ocioso y completamente inútil. En 2017 tuve que aguantar tu cuestionable decisión de cambiar un sistema de evaluación de 5 variables por título —con ese conteo de una a cinco estrellas— a una evaluación binaria —dos variables: pulgar arriba o abajo. Volví a calificar un par de cientos de películas. Me parece que ese fue el principio del caos actual. Todos los matices se perdieron por completo al tener que reducir el variado rango de estrellas favorables a una sola opción positiva: pulgar arriba.

Durante mucho tiempo me dejé engañar por tus mecanismos: mientras disfrutaba descubrir películas y series que conectaran con mis intereses y gustos, tu recompensa era engordar las arcas de tu Big Data. Pero este año ya sentí que empezaste a usar tu algoritmo descaradamente para hacerme enojar o fastidiarme. Y ahora me descubro queriendo reclamar o quejarme… pero sé que sólo eres una aplicación informática, que tu oxígeno son fórmulas matemáticas y códigos de programación, y que mi queja para ti es intrascendente, por no decir inexistente. Para colmo ni siquiera te puedo gritar en la cara. Hoy por hoy, te preocupan yo y mis intereses y preferencias tanto como este buzón de quejas a la oficina de Netflix más cercana. La prioridad son los espacios que hacen fiesta y ruido en cada anuncio o lanzamiento, no las cartas de reclamación.

Veamos los agravios. Cómo dejar pasar lo que has hecho en “Nuestra selección para Arturo” en la categoría Comedia. Después de haber visto películas como La Dictadura Perfecta, Frances Ha, La Balada de Buster Scruggs (de los hermanos Coen), Irrational Man (de Woody Allen), stand ups de Ricky Gervais, Dave Chappelle y Trevor Noah… ¡NO es lo más lógico que me recomiendes Sextillizos con Marlon Wayans, Son como niños 2 con Adam Sandler y Salma Hayek, Recién cazado con Jaime Camil o El cumpleaños de la abuela!

Conoces perfectamente la obsesión con la que me he dedicado a ver la gran mayoría de títulos en categorías como Documentales, Clásicos o Cine Independiente. En los días posteriores a ver Five Came Back, vi todos los documentales de la Segunda Guerra Mundial disponibles en tu N grande. Apenas estuvieron en la carta vi también dos películas que involucraban a Orson Welles: Al otro lado del viento y Me amarán cuando esté muerto.

Por eso es una verdadera mentada descubrir hace unos días que, según tu algoritmo, 50 sombras más oscuras, uno de los inefables churros del cine contemporáneo de Hollywood, tiene un porcentaje de coincidencia con mis gustos… ¡de 97%! ¿¡Cómo!? ¿¡Por qué!?

Ah, y claro, a pesar de que apenas he visto un puñado de películas de superhéroes en tu plataforma, tu infame recomendación calcula que tengo un porcentaje de coincidencia del 98% con una película llamada… ¡Suicide Squad! Hay precisamente 98% de probabilidades de que no la vuelva a ver a menos de que me encañonen.

Mientras tanto, películas que claramente me iban a interesar, por ejemplo, Girl o Burning, que fueron parte de la programación del Festival de Cine de Cannes antes de llegar a tu plataforma, las pones con un 61% y 59% de coincidencia respectivamente.

Más absurdos: Magnolia de Paul Thomas Anderson es apenas un 65%; La vida acuática de Wes Anderson tiene 57%; la clásica Mad Max, 59%; Volver al futuro, 65%. Pulp Fiction e Impacto Profundo tienen el mismo porcentaje: 81%. Pero claro, Dirty Dancing, 85%. Vuelvo a preguntar: ¡¿CÓMO ES POSIBLE!?  

Desafía mi entendimiento racional tratar de ver la lógica en tus sugerencias y conexiones. Veo wésterns y me insistes con Ingobernable. Veo clásicos y me neceas con la nueva de Adam Sandler y Jennifer Aniston. Veo con emoción The Crown pero insistes en que hay más coincidencia si viera Betty la fea. Esta semana me quieres hacer ver Maléfica con Angelina Jolie. Así no se puede. Aquí hay claramente gato encerrado.

Por cierto: Sushi a la mexicana jamás ha sido “Aclamada por la crítica”. No hay manera de que puedas argumentarlo, ni siquiera mostrar en metacritic o rottentomatoes que así fue. De nuevo, siento que te burlas de mis gustos, de mi tiempo y hasta de mi profesión.

Ah, y tendríamos que hablar también de esta nueva obsesión tuya por promover casi exclusivamente lo más popular de entre tus producciones originales o entre las producciones cuyos derechos compras para incluir en tu catálogo (el ejemplo más claro de este último grupo: Friends). ¿Qué te hace pensar, a partir de mi historial, que estoy interesado en algo porque es popular? Me molestan tus nuevos iconos de Top 10 insistiendo en qué es lo más visto hoy en México.

Entiendo que desde hace un tiempo tu estrategia de promoción de contenidos sufrió modificaciones y te concentraste con fuerza en toda tu producción original. Entiendo que te estés preparando para lo que se viene en la siguiente etapa de competencia en la industria del streaming y quieras consolidarte como el espacio al que la gente va por productos masivamente populares y que son tuyos y no solo parte de un amplio catálogo. La llegada de los proyectos de streaming de Disney, Apple, Comcast (NBCUniversal) y AT&T (en otras palabras, WarnerMedia/HBO) va a alterar todo de nuevo. Pero si en estas circunstancias tu plan es querer impulsar casi exclusivamente lo popular, deberás saber que tu ambición globalizada y masiva alejará a los espectadores que, como yo, disfrutamos de algo más que Monarca, The Politician, La Casa de las Flores o películas de Adam Sandler o Marlon Wayans.

¿Para qué tienes un catálogo tan diverso y rico si vas a esforzarte tanto en que no lo descubramos por sólo estar viendo la película más popular del día o de la semana? ¿Cuándo dejaste de preocuparte por los gustos de tus usuarios y comenzaste a ocuparte con tal descaro por el negocio a futuro? ¿Es esta la nueva identidad de Netflix de cara a esta nueva etapa? Si no quieres que me aleje incluso antes de que tu competencia me ofrezca algo más atractivo —lo cual, se supone, te tiene natural y comprensiblemente preocupado— tienes que hacer algo con tu maldito algoritmo.

 

Arturo Aguilar
Periodista y crítico de cine.

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¿Podrá ser 2020 el año en que Netflix logre ser el “estudio” reconocido por producir la mejor película —según Hollywood? Todo indica que después de lo aprendido con Roma, las circunstancias son propicias para ir por la máxima estatuilla con The Irishman de Martin Scorsese.

La carrera ha comenzado y ya es posible conocer a los primeros protagonistas de esta competencia de larga distancia, con destino final el próximo 9 de febrero, cuando se lleve a cabo la 92ª entrega del Oscar. Y al parecer Netflix (como poderoso representante de las plataformas de streaming) podría estar en posición de remover a los tradicionales estudios de Hollywood de la posición de honor de la estatuilla dorada.

Pero, ¿por qué importan premios como el Oscar?

Por un lado, hay que entender que la premiación va más allá de una competencia artística sobre cine. El Oscar y otros galardones similares son una combinación de méritos y argumentos fílmicos, concurso de popularidad, campaña de marketing, posturas de industria y plataforma de mensajes con subtexto social, político o económico. A las candidatas les tiene que ir bien en taquilla y, en general, también con la crítica y la prensa. El contexto de los nominados debe estar lo más exento de polémicas y escándalos. Las campañas y estrategias publicitarias se hacen pensando en quiénes son los votantes, en sus perfiles, en cómo se vota por branches que deciden a los nominados en ciertas categorías, en los gustos e intereses de la Academia de Hollywood.

Se gastan decenas de millones de dólares en campañas porque esas estatuillas encarnan el prestigio, y con ello mejores poderes de negociación para que los “mejores”, o al menos los que sean reconocidos como tales por sus propios colegas en la industria fílmica más poderosa del mundo, quieran trabajar con tal o cual estudio. Históricamente significaban también una mayor exposición y por lo tanto un importante incremento en la recaudación y la posibilidad de mejores negocios cuando la película se vendiera o mostrara en otras ventanas de exhibición (formatos caseros como DVD o BluRay, tv abierta o por cable). En la última década esto se ha reducido, aunque los Oscar siguen ayudando al negocio (desde lo económico) de cada película.

La carrera de Netflix

Para Netflix el Oscar significa una forma certera de atraer talento y crear contenido para sus suscriptores y, por lo tanto, conseguir más suscriptores potenciales. Conseguir más suscriptores y más talento creativo sólo ensancha las posibilidades de una plataforma que ofrece gran libertad artística y posee una enorme capacidad económica para hacer posibles proyectos fílmicos que los estudios tradicionales cada vez apoyan menos, pues no les interesan financieramente.

Pero esa podría no ser la única razón por la que Netflix codicia el Oscar a Mejor Película. De acuerdo con lo que Kyle Buchanan —reportero especializado de The New York Timesexpresó a CNN “[Netflix] está ansiosa de irrumpir disruptivamente en cualquier industria en la que pueda poner sus manos”.

Netflix ha sido fundamental para modificar el concepto de cómo vemos estrenos, lanzando películas en su servicio al mismo tiempo que en los cines, o bien, como lo hizo durante mucho tiempo, renunciando por completo al estreno en cines. El fenómeno nunca fue del agrado de la industria, ni de la Academia ni de los propietarios de las salas de cine, cuyo negocio depende de la taquilla y de las ventas de comida, dulces, bebidas y más.

Estamos en un periodo de transición y total transformación de la industria del cine y del entretenimiento. Desde sus jugadores predominantes hasta nuestros hábitos de consumo, todo se está reacomodando. Según la Motion Pictures Association of America (MPAA), en 2018, una parte del entretenimiento digital, es decir, tan solo dos de las plataformas de streaming, Netflix y Amazon Prime Video, generaron globalmente $42.6 mil millones de dólares. Durante el mismo año la suma de la taquilla cinematográfica mundial fue de $41.1 mil millones. La gente ya gasta más en este tipo de entretenimiento digital en streaming que en boletos de cine. Es un cambio en profundamente significativo y un campo al que pronto llegarán más poderosos competidores como Apple, Disney, AT&T (ahora dueño de Warner Media; es decir, de marcas como Warner Bros. Pictures, DC Comics y HBO) y Comcast (dueño de NBCUniversal). Las últimas dos empresas son, además, proveedoras de acceso a internet, un detalle no menor para el futuro de la industria. A Netflix le interesa posicionarse y fortalecerse lo mejor posible, antes de que esta nueva guerra termine de desatarse en los próximos meses y años.

¿Un 2020 para la historia?

Los festivales de cine de otoño, como Venecia, Toronto y Nueva York, sirven cada año de plataforma de presentación de muchas de las películas que buscarán nominaciones y estatuillas durante la temporada de premios.

Ilustración: Sergio Bordón

Desde hace algunos años, Netflix y Amazon le han apostado a producir películas con calidad, argumentos y formatos para premios. Netflix lo empezó a hacer vía sus documentales, área en la que por años se ha distinguido. Sin embargo, fue Amazon, en 2017, la primera plataforma de streaming que consiguió una nominación al Oscar a Mejor Película con Manchester by the sea. Netfix lo logró a inicios de este año con Roma.

Tras su estreno en el Festival de Cine de Nueva York, The Irishman de Martin Scorsese parece haberse convertido en la película que hay que vencer en la carrera rumbo al Oscar 2020; cuenta con el logo de Netflix, tiene excelente prensa y a los respetadísimos y admirados De Niro y Pacino, por no mencionar a un director de culto como Scorsese. The Irishman se estrenará en cines a inicios de noviembre para cumplir con los requisitos de la Academia, pero Scorsese y compañía tendrán una corrida comercial limitada, de pocas semanas y no con un número exagerado de copias antes de llegar a finales de noviembre a la plataforma de streaming. Esto de cierta manera los exime de tener que cumplir con una recaudación de taquilla importante porque para Netflix no es una prioridad. Detrás de su campaña estará un equipo en el que, como reportó The New York Times, Netflix ha invertido enormes recursos, poniendo a Lisa Taback, una veterana especialista en campañas del Oscar cuyo CV ostenta las estatuillas de películas como The King’s Speech, The Artist y Spotlight.2

Sin embargo, esta no es la única película que podría traerle nominaciones a Netflix. Marriage Story de Noah Baumbach, protagonizada por Scarlet Johansson y Adam Driver, también se convirtió en candidata en las categorías de actuación, guion, dirección e incluso Mejor Película tras sus presentaciones en Venecia y Toronto. The Two Popes de Fernando Meirelles, con Anthony Hopkins y Jonathan Pryce, podría también traerles nominaciones a sus protagonistas; y The Laundromat de Steven Soderbergh, con Meryl Streep, Gary Oldman y Antonio Banderas, tampoco debería quedar descartada, principalmente por su reparto.

Con su León de Oro del Festival de Cine de Venecia y una muy buena recepción en el Festival de Cine de Toronto, Joker (de Warner Bros. Pictures) también se ha colocado en la lista de  películas que podrían aspirar a varias nominaciones. El filme de Todd Philips ha sido un éxito de taquilla recaudando más de 700 millones de dólares mundialmente en apenas unas semanas, pero está por saberse cómo terminará la campaña tras las polémicas que ha suscitado el grado y tipo de violencia social expuesta y la identificación psicópata con quien eventualmente opte por tales actos violentos y políticos. Warner Bros. decidió desinvitar a la prensa en la alfombra roja durante la première de la película, después de que Phoenix se levantara y se fuera a la mitad de una entrevista al ser cuestionado sobre esto. En términos de marketing, la película no se encuentra en la mejor de las posiciones para buscar muchas nominaciones (aunque su éxito en taquilla seguramente ayudará), pero la actuación de Joaquin Phoenix sí se ha posicionado en la conversación como la referencia a vencer en la categoría de Mejor Actor. Sin embargo, artículos recientes que retoman la opinión de miembros de la Academia muestran una división importante sobre la película e incluso sobre la actuación de Phoenix.

Gracias al Premio del Público del Festival de Cine de Toronto —que tiene un muy peculiar y preciso récord de predecir nominados a Mejor Película y en no pocas ocasiones a las películas ganadoras— Jojo Rabbit de Taika Watiti (de Fox Searchlight) también entró en la conversación.

Previa a estos festivales, la recepción tanto en taquilla como en crítica de Once upon a time in Hollywood de Quentin Tarantino (de Sony Pictures) la convierte en otra de las películas con argumentos sólidos para competir en varias de categorías importantes.

Estas son las películas que hasta ahora arrancan con fuerza y con definido protagonismo, pero no serán las únicas. Deberán enfrentarse a la aparición de nuevos contendientes y tratar de seguir siendo relevantes durante varios meses y no desaparecer cuando lleguen ciertos estrenos de noviembre y diciembre, como la nueva adaptación al cine de Little Women de Greta Gerwig, 1917 de Sam Mendes o Richard Jewel de Clint Eastwood con Leonardo DiCaprio y Jonah Hill.

Con la nueva diversidad de la Academia de Hollywood y las nuevas reglas que permiten una importante cantidad de nominadas a Mejor Película, también se deben considerar filmes como Dolor y Gloria de Pedro Almodóvar o Parasite de Bong Joon-So, cuyas posibilidades de recibir nominaciones en otras categorías además de Mejor Película Internacional —como Mejor Director o incluso Mejor Película— son altas y las respaldarán muy buenas taquillas y excelentes críticas.

 

Arturo Aguilar
Periodista y crítico de cine.

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Nuevos hábitos de consumo imperan en la industria cinematográfica e incluso se replican en la industria cultural. Todo indica que el Fan, como figura de proa, ha tomado las riendas de las primeras décadas del siglo XXI, con los riesgos que eso conlleva.

Quizás no sucedió con la inmediatez de un chasquido de dedos de Thanos o de Iron-Man, o acaso sin utilizar el mítico Guantelete del Infinito, pero Disney ha logrado depurar a su conveniencia el universo de la exhibición de cine en un periodo de 15 años.

El poder de la nostalgia

Tanto esta compañía como el resto de los poderosos súperestudios de Hollywood (Universal, Warner Bros., Sony, Paramount y, hasta hace poco, 21th Century Fox) que encabezan la millonaria industria global del cine en el siglo actual, le han dado prioridad ante todo a lo económico y así han sido capaces de desaparecer, de manera muy significativa, el contenido original de las salas de cine y construir una industria y una cultura de consumo alrededor del fan. Explotando la mayor debilidad de este último: la nostalgia.

Ilustración: Belén Garcia Monroy

La nostalgia es el sentimiento más relevante en la competencia de productos de entretenimiento en la industria global del cine hoy. Apelar a lo emotivo y personal de los recuerdos del público es oro molido. Distintas generaciones hemos transformado aquellos fenómenos, diversiones, preferencias y gustos de nuestra infancia y adolescencia en genuinas religiones compartidas, ya sea que hablemos de Star Wars, de superhéroes, series de televisión, videojuegos, libros, películas, músicos, grupos, etc.

Si este texto, por ejemplo, fuera una franquicia a lo Disney, habría que pedirles a nuestros lectores que regresen en unos meses para conocer —a cambio de otro monetizable click—el verdadero origen de esta época, la precuela de todo: una historia que, dependiendo de cada quien, nos remontaría pocas o bastantes décadas en el tiempo.

La relación que establecemos con estas narraciones y personajes pasa por lo visceral y lo emocional, creando un profundo vínculo psicológico. Se construye principalmente cuando nuestra naturaleza infantil, adolescente o juvenil nos empuja a ser admiradores ardientes y entusiastas; en buena medida también acríticos, ciegamente fieles y desconfiados de quienes no aprecian tanto algo como nosotros. Como se trata de años fundamentales para el desarrollo individual, de descubrimiento y definición la personalidad, los recuerdos de etapas así de importantes son algo enormemente valioso.

Ahí radica tanto el origen como el poder evocativo que deja indefensa a la mayoría ante un tsunami de nuevos productos de entretenimiento inspirados en recuerdos tan significativos, que nos convierten en las máquinas de consumo que los estudios prefieren.

El modelo Disney

La piedra angular sobre la que está construida esta nueva etapa de la industria es algo llamado Propiedad Intelectual (PI). La PI se refiere a cualquier narración o personaje que posee un estudio o una compañía, a menudo conocidos desde hace años, con cierto nivel de popularidad. El potencial económico de una PI es directamente proporcional a la intensidad y fidelidad de sus fans.

Inspirados por éxitos de taquilla como la trilogía de El Señor de los Anillos, las primeras entregas de la saga Harry Potter, la llegada de Spider-Man y el regreso de Star Wars a la pantalla grande, los grandes estudios vislumbraron el futuro de la industria en el amanecer del siglo XXI. Aunque por condiciones muy distintas, el hecho de que esas historias y personajes contaran previamente con seguidores por millones fue una variable importantísima en su éxito.

Esto es mucho más evidente si observamos la obsesión reciente por adaptar al cine cada fenómeno literario, entendido como bestseller y generador de legiones de aguerridos y vocales fans, desde Los Juegos del Hambre y la saga Crepúsculo hasta 50 Sombras de Grey. Lo mismo aplica para fenómenos televisivos, de videojuegos, de cómics, etc.

Disney, uno de los protagonistas históricos de la industria del entretenimiento por mérito propio y dueño durante los últimos 70 años de una importante variedad y cantidad de narraciones y personajes ultra populares a nivel mundial, estableció la ruta hacia una nueva cúspide de liderazgo total. Marcó una novedosa dinámica de industria al adquirir, en la década pasada, un catálogo de propiedades intelectuales con un potencial de explotación infinito: entre otras, el universo Star Wars, gran parte del de Marvel, además de Pixar. En el ámbito de la cultura popular clásica y reciente es difícil encontrar referentes más masivos, y todos se encontraban ya bajo el control de una sola empresa. El 20 de marzo pasado Disney compró 21st Century Fox y, con ello, otro importante catálogo de la cultura pop reciente, incluidas las treinta temporadas existentes de Los Simpson.

Como lo explican a detalle Anne Thompson y Anita Elberse en The $11 Billion Year: From Sundance to the Oscars, an Inside Look at the Changing Hollywood System y Blockbusters —respectivos libros de 2014— con estas adquisiciones y estrategias Disney y el resto de los grandes estudios confirmaron lo que es significativamente más redituable como negocio globalizado:

a) concentrar su presupuesto en pocos pero gigantescos y carísimos proyectos;
b) que dichas narraciones/personajes provengan de probadas propiedades intelectuales; y
c) que estas películas son más exitosas si son concebidas para su exhibición como parte de una saga o franquicia que se prolonga durante años.

Desde lo financiero-económico no hay motivo ni argumento para hacer algo distinto. En estos tiempos, menos riesgo en las propuestas significa más ganancia.

El usuario de reddit RedWindTurtle realizó una infografía que muestra las 25 películas más taquilleras por año, de 1980 a 2018, en Estados Unidos, agrupadas en tres categorías: películas originales; películas basadas en obras de ficción previamente existentes; y películas basadas en personajes o eventos reales.

[OC] Originality of the Top 25 Highest Grossing Film By Year (Domestic) from r/dataisbeautiful

De algo más de un 40%, en promedio, durante la década de los 80, las películas basadas en obras existentes crecieron hasta cerca de un 70% para la primera década de este siglo. En 2018, 21 de las 25 películas con mejor taquilla (84%) fueron adaptaciones o remakes de propiedades intelectuales existentes. Ni Thanos habría desaparecido tan rápido el cine de ideas y argumentos originales.

El siglo de los nerds

Hay otro factor en el reacomodo de dinámicas sociales de estos últimos 20 años que ha ayudado a consolidar esta tendencia y el actual estado de la industria de la exhibición de cine: la reivindicación del Nerd.

A partir de la segunda mitad de la década de 1990, la imagen del líder y del hombre exitoso sufrió ajustes considerables. Con la llegada de internet y la popularización de las computadoras personales, el nerd, el geek y el cerebrito pasaron de ser el personaje secundario, víctima de los gañanes populares de la secundaria o la preparatoria de un par de décadas atrás, al nuevo protagonista adulto millonario que estaba revolucionando al mundo.

Los gustos de ese geek redimido se popularizaron mientras ganaban reconocimiento los fans apasionados de historietas, personajes de ficción, cómics, películas o series.

Por una parte, eran más los que podían conectar con estas referencias y experiencias de la infancia y la adolescencia que con las de otros perfiles de hombres exitosos y líderes de épocas previas. Pero lo más relevante es que establecieron una cultura donde se podía reconocer y compartir por mero gusto, sin pudor ni temor, aquello que desde la nostalgia tenía un valor especial.

El éxito, la popularidad e incluso la relevancia de una serie como The Bing Bang Theory son la prueba de esa nueva imagen del nerd muy difundida y aceptada, en la que exponer y presumir nuestro lado fan tiene todo un valor social y cultural. Si soy fan de algo ya no tengo que mantenerlo en secreto, provocar vergüenza, burlas o menosprecio; ahora es una cuestión de orgullo, sobre la que tengo casi una obligación de manifestarme públicamente, aún más en la época de las redes sociales.

Manipulados por el poder de la nostalgia, condicionados por nuestros fanatismos, hemos alimentado la codicia económica globalizada de la industria del entretenimiento y, de paso, hemos amenazado con erradicar para siempre la diversidad de los estrenos de cine o la posibilidad de ver algo original.

En el primer semestre de este año Disney logró acaparar más del 37% de la recaudación total en cines en Estados Unidos; en 2018 se hizo de casi el 20% de la taquilla global con un nuevo récord histórico de $7,300 millones de dólares. Ni a Disney ni a los estudios de Hollywood, que siguen entusiastas su ejemplo, les interesa invertir una fortuna en un producto que no tenga ya una audiencia fiel, interesada y masiva.

A estas empresas les interesa más bien que seas fan, porque además de ver la película comprarás otros productos relacionados con la misma. ¿Qué clase de fan eres si no tienes otras cosas que lo demuestren? Mínimo deberás tener una playera, un juguete o algún tipo de producto oficial. Con un poco más de tiempo y presupuesto, quizá visitarás su atracción en un parque de diversiones. Esas son las motivaciones hoy para hacer un filme. Las películas, como tales, ya son lo de menos. Te gusten o no, las vas a ver. O pregúntenle a los nostálgicos y explotados fans de Star Wars, franquicia que seguirá siendo un negociazo sin importar a qué lejana galaxia lleve el futuro de esta ficción.

Curiosamente, la única nostalgia que no será recompensada en el futuro del cine es la de quienes recuerdan románticamente aquellas épocas en las que había una florida cantidad de opciones en cartelera con propuesta temáticas, estilísticas o narrativas interesada en algo más que el entretenimiento y la taquilla.

Nuestros recuerdos y gustos le abrieron la puerta a un capitalismo rampante basado en la nostalgia y nuestro fan interior ha contribuido a cambiar las reglas del juego de la exhibición del cine, posiblemente para siempre.

 

Arturo Aguilar
Periodista y crítico de cine.

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