Ya se sabe que en los kioscos uno no solo encuentra el periódico del día, la revista para caballeros o el semanario de tejido para las amas de casas. Estas pequeñas islas que salpican el paisaje urbano también ofrecen ocasionales tesoros, como las colecciones sobre filosofía, ciencia y naturaleza que desde hace un tiempo se han convertido en un auténtico fenómeno editorial, no exento de la especulación y el acaparamiento. Compartimos una pequeña crónica que da cuenta de esta fiebre.

Desde siempre, en los puestos de periódicos se han vendido, además de diarios, cómics y revistas, diversas colecciones de libros, algunas más recomendables que otras. Pero en los últimos años se ha desatado en los puestos de nuestro país una verdadera avalancha de colecciones de libros, algunas de divulgación y otras más para auténticos devotos y viciosos, entendiendo por estos últimos a quienes compran libros y más libros de filosofía, ciencia y literatura que luego no tendrán tiempo ni ganas de leer.

No es mi propósito enlistar todo lo que está hoy en día al acceso del peatón que pasa frente a uno de estos puestos, siempre y cuando lo pueda pagar. Solo citaré algunas colecciones a manera de ejemplo. Hace algún tiempo, empezaron a venderse libros de filosofía de la prestigiosa editorial Gredos, a un precio mucho más económico que el que tendrían en una librería. Se trata de la serie Grandes Pensadores. Por menos de 200 pesos cada uno, podías llevarte a casa, en dos volúmenes, los Diálogos de Platón; de Nietzsche, entre otras obras, El nacimiento de la tragedia, Así habló Zaratustra y Más allá del bien y del mal; una selección de la Suma Teológica, de Santo Tomás de Aquino; los Pensamientos, de Pascal; obras escogidas de Hobbes, Locke, Hume, Barkeley, Hegel, Marx, Ortega y Gasset; El mundo como voluntad y representación, I y II, de Schopenhauer; El Tractatus Logico-Philosophicus, de Ludwig Wittgensetein, así como sus Diarios secretos. Los más grandes filósofos de la historia y algunas de sus obras más importantes, en excelentes traducciones y con prólogos y estudios introductorios. Hasta ahí, todo estupendo. Un manjar y una oportunidad tanto para especialistas como para cualquier persona interesada en acercarse al pensamiento de los filósofos de todas las épocas. Cada semana tenías un ejemplar a tu disposición en el puesto más cercano a tu casa. Hasta que, de pronto, llegaron los acaparadores. Resultó que los libros de los filósofos superaron todas las expectativas de venta: la gente los buscaba cada semana con avidez. Empezaron a escasear. Sucedía que un miércoles —si mal no recuerdo, era el día indicado— te presentabas en el puesto de la esquina y el voceador te hacía saber que no había ejemplares del filósofo en turno. Los acaparadores se los arrebataron a los clientes, para luego ofrecerlos a otro precio, aprovechando, por ejemplo, las redes sociales. Ibas de puesto en puesto, desesperado, y nada: no tenían a Wittegenstein. Ni a Voltaire ni a Rousseau. Y los comprabas en reventa o te quedabas con tu colección incompleta. Yo opté por esta segunda opción.


Ilustración: Adrián Pérez

No todo es negativo, claro. La colección Grandes Pensadores constituyó todo un acontecimiento editorial. A esa colección siguieron otras. Las obras completas de Julio Verne es una: todas las novelas del autor francés, precursor de la ciencia ficción, en bellas ediciones. O de la editorial Gredos, su Biblioteca Clásica, que incluye obras seleccionadas de los clásicos grecolatinos. Homero; los trágicos griegos, Esquilo, Sófocles y Eurípides; las comedias de Aristófanes; Heródoto, el padre de la Historia; Tucídides con su Historia de la guerra del Peloponeso; Platón y Aristóteles, Euclides, Apolonio de Rodas, Cicerón; los poemas satíricos y eróticos de Catulo; la Eneida, de Virgilio, así como también las Bucólicas y las Geórgicas; Horacio, Tito Livio, Séneca; El Satiricón, de Petronio; las Vidas paralelas, de Plutarco; Vida de los doce césares, de Suetonio; los diálogos del griego Luciano de Samósata… Los clásicos grecolatinos en estupendas ediciones y traducciones, y a precios accesibles.

El creciente y quizá inesperado interés de los lectores por llevarse a su casa lujosos volúmenes de los clásicos, ha propiciado que aparezcan en los puestos de periódicos otras colecciones dignas de ser tomadas en cuenta, tanto de filosofía como de literatura y ciencia. Sin ánimo de ser exhaustivo, me topo con dos de divulgación sobre los más grandes filósofos. Destinados al mal llamado gran público, las ediciones ofrecen como estrategias de venta ediciones visualmente atractivas así como subtítulos que llamen la atención del transeúnte, que a lo mejor no tenía la intención de comprar nada. En la colección Aprender a pensar, el volumen dedicado a Hegel añade como subtítulo: “La historia es un proceso cuyo fin es la libertad”. Y el volumen dedicado a Epicuro, agrega como subtítulo, debajo del nombre del filósofo: “El objetivo supremo de la filosofía es conseguir la felicidad”.

Por su parte, la editorial Salvat ha puesto a la venta recientemente una colección titulada Comprende la psicología, donde están, por supuesto, Freud, Jung y Fromm, entre otros. En su página de Internet, Salvat anuncia así esta serie: “La primera colección de libros pensada y escrita por un equipo de expertos psicólogos internacionales que permite comprender, gracias a un lenguaje sencillo y una exposición clara, a los grandes psicólogos y psicoanalistas de la historia que han indagado el alma humana y los secretos de las relaciones, desvelando las dinámicas de la sociedad y las partes más profundas de nuestro YO”. Como vemos, el largo y convincente párrafo anterior es, en sí mismo, toda una estrategia mercadotécnica.

National Geographic no se ha querido quedar atrás y ha sacado a relucir la colección El mundo es matemático, otra dedicada a los grandes científicos y una tercera, en formato grande, de los sitios arqueológicos más espectaculares del mundo. La colección dedicada al complejo mundo de las matemáticas incluye títulos tan sugestivos como los siguientes:

• Cuando las rectas se vuelven curvas
• Matemáticas, espías y piratas informáticos
• Prisioneros con dilemas y estrategias dominantes (teoría de juegos)
• La poesía de los números
• La armonía es numérica (música y matemáticas)
• La verdad está en el límite (el cálculo infinitesimal)
• Del ábaco a la revolución digital (algoritmos y computación)

Otra colección de libros que se vende tanto en puestos de periódicos como en tiendas departamentales como Sanborns, son los audiolibros de El País: ediciones bilingües con CD’s incluidos, de algunos de los autores en lengua inglesa, y de otras lenguas, más sobresalientes de los dos últimos siglos: Ruyard Kipling, Katherine Mansfield, Edgar Allan Poe, Truman Capote, Patricia Highsmith, James Joyce, F. Scott Fizgerard, Gustave Flaubert, Ian McEwan… Los libros vienen en español y en inglés, y tienen el propósito de que el lector pueda practicar y mejorar su conocimiento de esta segunda lengua. Como yo los colecciono, puedo dar fe de que en un principio los libritos, de pasta negra, estuvieron saliendo con regularidad, y era fácil conseguirlos. Pero el sismo del 19 de septiembre vino a trastornarlo todo. Después de esa fecha, ya no es fácil conseguir estos libros en los puestos de periódicos, y en el Sanborns dedicaron varias semanas a vender exclusivamente ejemplares de Katherine Mansfield y de Herbert George Wells. Por cierto, cada ejemplar cuesta 99 pesos. Esa, como sabemos, es una vieja estrategia mercadotécnica. Si el ejemplar que queremos adquirir costara 100 pesos en vez de 99, tal vez no nos animaríamos a comprarlo. Un peso es un peso.

Por último, el grupo Milenio ha sacado a la venta una colección llamada Grandes autores mexicanos. Se trata de lindas ediciones de escritores nacionales clásicos y contemporáneos, desde Sor Juana hasta Juan Villoro, pasando por autores como Ignacio Manuel Altamirano y Carlos Fuentes. Cada ejemplar cuesta 69.90 pesos. A ver cómo le hace el encargado del puesto para devolvernos los 10 centavos de cambio.

Así es que, si aún no lo has hecho, corre al puesto de periódicos más cercano a comprar el ejemplar en turno de la colección que más te apetezca. Te recuerdo que las colecciones mencionadas no son las únicas. Hay otras. Para todos los gustos y niveles. Para aficionados y especialistas. Para todos.

 

Armando Alanís
Académico y escritor. Autor de Las lágrimas del Centauro.

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En 1955 Vladimir Nabokov creo un personaje que desde entonces no ha dejado de perturbarnos: Lolita. Sin embargo, los antecedentes de esta seductora nínfula pasan por fábulas populares como la Caperucita Roja, o por otros clásicos como Alicia en el País de las Maravillas. En su más reciente libro, Territorio Lolita, la escritora mexicana Ana Clavel traza la genealogía de la enfant fatale.

Territorio Lolita,
Ana V. Clavel,
Alfaguara, México, 2017


Lolita. Uno de los personajes femeninos más inquietantes de la literatura, el cine, la fotografía y la pintura; de la vida de todos los días. La nínfula de trece o catorce años, la niña despierta, lista, pero a la vez medio ingenua, la que conquista —tal vez sin darse cuenta— a un hombre que es muchos años mayor que ella y que, al mismo tiempo, es conquistada por él. Pervertidora y pervertida, seductora y seducida. Objeto vivo del deseo, fetiche, arquetipo. ¿Cómo es realmente Lolita, más allá o más acá de la mirada masculina? ¿Qué piensa, qué sueña, qué desea?

En Territorio Lolita, Ana Clavel explora con agudeza y amplitud el mito creado para la literatura por Vladimir Nabokov en 1955, y llevado al cine en 1962 por Stanley Kubrick. Empieza por sus antecedentes. En primera lugar, Alicia. Como sabemos, Lewis Carroll se inspiró para su personaje de Alicia en el País de las Maravillas en su amiga-niña Alice Liddell, a quien fotografió una y otra vez. Es este personaje real, y no el literario, el verdadero antecedente de Lolita, del mito de la enfant fatale. Carroll tuvo muchas amigas-niñas a las que conquistaba con regalos y con cuentos para después fotografiarlas vestidas o desnudas. Gracias a esas fotografías, atrapaba en el tiempo —como un cazador de mariposas— la inocencia y la belleza fugaz de las niñas, que pronto crecerían hasta transformarse en adolescentes y mujeres adultas, y dejarían de interesarle.


Lewis Carroll

La autora de Las Violetas son flores del deseo y Las ninfas a veces sonríen, aborda también a otras antecedentes de Lolita como Caperucita Roja. El cuento popular fue llevado al papel por Charles Perrault en 1697 y por los hermanos Grimm en 1812. Pero en su versión oral, transmitida de boca en boca, es más antiguo. En alguna versión, el lobo induce a la niña a comer la carne y la sangre de su abuelita, y luego le pide que se desnude, que arroje sus ropas al  fuego porque ya no las va a necesitar, y que se meta a la cama con él. Perrault elimina los detalles que considera de mal gusto, y suaviza el erotismo del cuento original. De cualquier forma, y no obstante la intención moralizante del escritor francés, estamos ante una niña cuya inocencia y belleza seducen a un lobo-pederasta. Por su parte, los hermanos Grimm introducen al leñador justiciero para proporcionarle al cuento un conveniente y tranquilizador happy ending. La moraleja, en verso, de Perrault es clara: niñas, no se dejen engañar por los hombres lobos, que entre más zalameros son más feroces.

Ana Clavel profundiza en el análisis de las diversas Lolitas, a las que llama nínfulas, y que tienen su contraparte masculina en fáunulos como Peter Pan y, más tarde, en personajes como el adolescente Tatzio de La muerte en Venecia, la novela de Thomas Mann llevada al cine por Luchino Visconti. Las Lolitas abundan en la fotografía y el cine, pero casi siempre enfocadas desde la mirada masculina. La interioridad de la nínfula es un territorio casi inexplorado, señala la autora. Una novela que presenta a una Lolita que nos permite asomarnos a su interioridad es El amante, de Marguerite Duras. La nínfula de quince años es recordada por la mujer adulta en que se ha convertido. “Como el relato es en buena medida autobiográfico, es decir que Marguerite Duras hace de su vida materia de autoficción, podemos suponer que, a pesar de la distancia temporal, hay fidelidad en la voz que nos confía los mundos interiores de esta niña-mujer particular. Así la vemos verse a sí misma y no ser vista desde la mirada distante de otro.” La chica se da cuenta de que el hombre, desde el momento en que se acerca a ella, está en sus manos, y que como él, otros hombres podrán en el futuro también estar en sus manos. Esto nos remite a la escena memorable de la película de Kubrick, donde, al mismo tiempo que aparecen los créditos, la mano de Humbert pinta cuidadosamente, con devoción, las uñas de los pies de la irresistible Lolita: la nínfula tiene al hombre maduro literalmente a sus pies.

En Territorio Lolita, Ana Clavel no piensa en Lolita como solo una niña sino como un ser femenino que nada entre dos aguas: la niñez y la adolescencia núbil. Alicia no es una Lolita sino su hermana menor. Lolita, en cambio, es una enfant fatale seductora frente al deseo de Humbert Humbert, dibujada en la novela de Nabokov desde el punto de vista del deseo masculino. La chica, que tiene entre nueve y catorce años, es objeto del deseo, pero el sujeto deseante se convierte, a su vez, en su juguete.

Para la película de Kubrick, el propio Nabokov se encargó del guión, pero el cineasta llevó a cabo los ajustes que consideró pertinentes. “En sus adaptaciones cinematográficas, Lolita es un tanto maléfica, una criatura ambigua, tiránica del poder que ejerce sobre Humbert Humbert, con tintes malévolos, en vez de ser el objeto del deseo de un ‘hombre degenerado’.” Tal vez se intenta así responsabilizar un poco a la joven y descargar un poco de culpa al personaje masculino.

Vladimir Nabokov

Tanto como el propio Nabokov, “en el que el espécimen Lolita es la primera hembra conocida de la variedad Lycaides sublivens Nabokov, el cineasta contribuyó a fijar un estereotipo poderoso: el de la nínfula desalmada, la mariposa Lolita sublivens Kubrickensis, como una marca indeleble que transmitió a sus sucesoras”. Como las mariposas que le gustaba cazar y coleccionar al narrador ruso nacionalizado estadounidense, Lolita es una belleza efímera, revolotea en el aire por unos instantes para después desaparecer como una hoja dorada, resplandeciente, casi mágica, que se desprende de la rama de un árbol.

Armando Alanís
Académico y escritor. Autor de Las lágrimas del Centauro.

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La semana pasada tuvo lugar en México el II Encuentro Iberoamericano de Minificción Juan José Arreola, que agrupó durante tres días a los exponentes más significativos de este género en ambos lados del Atlántico. Ofrecemos una selección hecha por Armando Alanís de estos fósforos que condensan ingenio, sabiduría y literatura.


Las minificciones o micorrrelatos (comprimidos narrativos que se resuelven en una página, en unos cuantos párrafos o, en ocasiones, en una sola línea) han tenido en el siglo XX, y en lo que va del XXI, un auge cada vez más notable en el ámbito de la literatura escrita en español, de este y del otro lado del Atlántico. Autores de la talla de Borges, Cortázar, Gómez de la Serna, Monterroso, Arreola o Torri la han abordado, y hoy son muchos los autores, lectores, estudiosos y académicos interesados en este género novísimo —y a la vez tan antiguo como los cuentos chinos de las tradiciones budista y taoísta— que se roza y con frecuencia se mimetiza con otras modalidades de la brevedad extrema como el aforismo, el epigrama, la greguería y el poema en prosa. De ahí la relevancia del II Encuentro Iberoamericano de Minificción Juan José Arreola, organizado por la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México y el Seminario de Cultura Mexicana, que tuvo lugar en la Ciudad de México del 7 al 9 de octubre de este año, en el Centro Cultural El Rule. La organización y realización del mismo deben mucho a los escritores Marco Antonio Campos y Javier Perucho.

En el marco del encuentro —en el que participaron autores de España, Perú, Argentina, Colombia, Venezuela, Uruguay, Ecuador, Chile, Puerto Rico y México— se entregó el Premio Iberoamericano de Minificción Juan José Arreola al argentino Raúl Brasca. El jurado, integrado por Violeta Rojo, Caroline Lepage y Ana María Shua (ganadora de este reconocimiento el año anterior), subrayó que “sus minificciones no solo han logrado renovar el género en su búsqueda temática, sino que interrogan sobre las formas, estructuras-arquitecturas y técnicas de la literatura breve”. Brasca realiza desde hace años una incansable actividad como impulsor y difusor del microrrelato. Por su parte, Marco Antonio Campos apuntó que el tema por excelencia del argentino es el tiempo: “El tiempo lineal, el paralelo, el eterno retorno y la reencarnación. Continuamente en sus minificciones Brasca juega con el tiempo y, a veces, con los tiempos. En varias de ellas no se excluyen visiones apocalípticas. Él sabe que si el mundo, en el pasado o en el presente, tuvo o tuviera un vacío de segundos, la historia cambiaría del todo.” En México, la editorial Ficticia publicó su libro Minificciones. Antología personal (México, 2017).

Es natural que se piense que la actual popularidad de la minificción tiene que ver con las redes sociales, en particular Facebook y Twitter. Antes, un autor escribía brevedades narrativas entre un libro y otro, mientras que ahora hay autores que consideran la escritura de minificciones como parte fundamental, si no exclusiva, de su trabajo literario.

Pero mucho antes del advenimiento de internet y de las redes sociales, Julio Torri dio a conocer Ensayos y poemas (1917), el primer libro publicado en México de minificciones, que entonces no se llamaban así. En su conferencia magistral, los españoles Ana Calvo Revilla y Ángel Arias Urriata recordaron que este año se celebra el centenario de la aparición de ese primer libro del saltillense: “Con la perspectiva que da el paso del tiempo, hoy puede apreciarse plenamente el valor inaugural del volumen, en varios sentidos: la deliberada adscripción a una estética de lo mínimo, el otorgar un papel activo y dinámico al proceso de recepción de los textos, las continuas referencias —veladas o explícitas— a la tradición artística y literaria (con el consecuente juego intertextual que las acompaña), y el cuestionamiento de los límites genéricos por medio de diversos fenómenos de hibridación.” Arreola y Monterroso son también pioneros de la minificción en nuestro idioma. Baste recordar el Bestiario, de Arreola, textos híbridos tan sabios como hilarantes, que lo mismo han sido incluidos en antologías de microrrelatos que de poesía; y las fábulas pletóricas de ingenio y un fino sentido del humor del guatemalteco.

Ofrecemos al lector algunos de los textos que forman parte de la antología, próxima a publicarse, de este II Encuentro Iberoamericano de minificcionistas.


Delirium nominans

Davida Baizabal (México, 1989)

Siento tu nombre deslizarse por mi lengua, resbalarse por mis labios; deja un rastro de astringente tristeza, un amargor avinagrado. Beso tu nombre cuando está a punto de desprenderse de mi boca, pero su lánguida dulzura, por tu recuerdo, se fermenta. Constante alcohol es tu nombre en mi boca, bebo de él porque tu imagen ya no basta, a nada sabe; me sirvo las letras precisas que te llaman, tus exactos mililitros, para despertar siempre al día siguiente con la convicción de que habré de encontrar, por fin, algún vestigio tuyo por la casa, el mínimo indicio de que no eres solo parte de una eterna resaca.


Los rinocerontes y el amor

Alberto Barrera Tyska (Venezuela, 1960)

Un rinoceronte enamorado es casi una tragedia. Nunca sabe qué hacer.

Raspa, durante años, su lomo contra los árboles más viejos. Con frecuencia se equivoca. Suspira demasiado, gruñe, espera a que salga la luna y se empeña en demostrar que puede mojar con su lengua la punta de su cuerno.

Un rinoceronte enamorado es siempre un homenaje a la estupidez. Olvida su tamaño, su furia, su fuerza.

Y es capaz de repetir el tonto gesto de las serenatas, el suicidio de las simples margaritas. Pasa meses sentado frente a Hiroshima (mon amour, por supuesto).

Un rinoceronte enamorado no asusta a nadie. Tal vez por eso, siempre fracasa.


Felinos

Raúl Brasca (Argentina, 1948)

a mi hija, María Paula

Algo sucede entre el gato y yo. Estaba mirándolo desde mi sillón cuando se puso tenso, irguió las orejas y clavó la vista en un punto muy preciso del ligustro. Yo me concentré en él tanto como él en lo que miraba. De pronto sentí su instinto, un torbellino que me arrasó. Saltamos los dos a la vez. Ahora ha vuelto al mismo lugar de antes, se ha relajado y me echa una mirada lenta como para controlar que todo está bien. Ovillado en mi sillón, aguardo expectante su veredicto. Tengo la boca llena de plumas.


Un hombre de costumbres

Héctor Carreto (México, 1953)

La esposa de Neptuno confiesa que todas las noches el dios, antes de meterse a la cama, se da una ducha para quitarse la sal del mar.


Esta noche quiero recordarla

Emilio del Corral (Puerto Rico, 1959)

…repetía Lot mientras le indicaba a su hija que le echara otro dedo de la estatua de sal, al potaje de lentejas.


Historia vera

Alberto Chimal (México, 1970)

Los cramre (“Los Que Sabemos”) fueron el primer pueblo en adoptar la religión del Profeta de Gogonoso, aquel que orinaba y cagaba en sus propios altares y predicaba algo un día y su opuesto al siguiente, “con lo que los fieles se reían y ultrajaban a partes iguales, pero no dejaban de venerarlo”, como escribió la historiadora Russcht de Morrst. Cada adepto tomaba lo que le convenía de los sermones cambiantes, y además el de Gogonoso mudaba en todo salvo en el odio de los extranjeros y de toda autoridad que no fuera la suya. Fue él quien puso su nombre a los cramre, supliendo otro ya olvidado.

Tampoco se recuerda si los cramre habían sido simples, o pobres y sufrientes, o llenos de odio o aun las tres cosas a una. Sus reyes, viles y corruptos según muchos testimonios, fueron sobrepujados por la secta del Profeta, que entonces gobernó desde el templo con tino tan destructor que perdió cada guerra a la que lanzó a los suyos, alentó la quema de cosechas enteras y, al sobrevenir hambres y pestes, acusó primero a enfermos y emaciados de ser traidores a sueldo de una fe enemiga, y luego a los sanos, si no colaboraban deprisa en expulsión o exterminio.

El Profeta de Gogonoso huyó de entre los cramre al empezar la guerra fratricida que mató a los últimos de ellos. Los fieles actuales de su culto niegan que aquel pueblo desventurado haya existido siquiera y llaman a estos hechos “invento de traidores, que envidian el genio y la potencia viril de nuestro Profeta”.


Espacio disponible para cualquier diosa

Ana Clavel (México, 1961)

En ese entonces me daba por tocarme todo el tiempo. Fluía. Me desbordaba. Jugueteaba con mis aguas. Claro, era una fuente. Pero no se crea que hablo en sentido figurado. Era transparente. Inmediata. Entera. Rotunda. También era una diosa. En plenitud de poderes. Decía “viento” y los céfiros mecían el aire. Decía “belleza” y las aguas me devolvían mi imagen. Por supuesto, tuve que ir entendiendo cada cosa en su momento. Mis hermanas mayores me reñían: “Te miras demasiado, terminarás por descubrir la muerte.” Las desoía y entonces volvía a tocarme. Me envolvía en mis pétalos, me gozaba sintiéndome. Aspiraba mis olores. Respiraba. Latía. Bullía. Y vuelta a fluir. Yo era mi Paraíso.


Serial

Esteban Dublin (Colombia, 1983)

En medio del zumbido de las libélulas y del cargante sopor tropical, una anciana se balancea sobre su mecedora de encina mientras teje a punto de cruz. A tan solo metros de su balcón, unos negros descamisados y azotados por el sol juegan al futbol con una pelota de trapo. El que funge de portero desvía su atención hacia una muchacha de biquini rosa que usa la playa como pasarela y a quien le grita un soez piropo. Indiferente, la mujer va dejando las huellas de sus pies descalzos sobre la arena, arrastradas en segundos por el mismo mar en el que se adentra un chiquillo que acaba de encontrarse una gargantilla de plata enterrada en sus profundidades. En el crucero recién aventurado hacia el Atlántico, una extranjera acusa del hurto de su joya a un grumete que está pasando inadvertido al lado de su habitación. Y en la bodega del navío donde se presenta la discusión, viaja de contrabando un cargamento atiborrado de hilos, uno de los cuales quedó en las manos de una anciana que ahora cose desde su casa litoral y del que penden todos los sucesos.


Ménage à Deux

Marcial Fernández (México, 1965)

Al contratar al doble para que lo supliera en las reuniones multitudinarias o peligrosas, no se supo más cuál era el original y, cuál, la copia. Ambos bebían whisky, fumaban cigarros caros y hacían el amor con la primera dama.


Prisión

Azucena Franco (México, 1961)

Después de viajar años luz, sin encontrar el retorno, la tripulación comprendió que no volvería a la añorada Tierra. Luego de meditarlo Zukkon, la bella capitana, se ofreció a engendrar a la nueva generación que viviría en la nave; como contaban con alimento y combustible suficiente, los pequeños serían adiestrados por todos, entonces en 30 o 40 años cabría la posibilidad de hallar el camino a casa. Los ocho varones trataron de preñar a Zukkon, al principio fueron actos casi asépticos; sin embargo, la capitana era estéril.

Con el paso del tiempo a nadie le importaron ya los nuevos tripulantes, la comunidad vivía en un orgasmo infinito. A final de cuentas, los navegantes sabían que no regresarían, seguirían ahí hasta que cada uno fuera muriendo.


Tejido

Ana García Bergua (México, 1960)

La araña María del Socorro decidió que ya no trabajaría más y puso a tejer su tela a un grupo de arañitas maquiladoras que laboraban día y noche, mientras ella contaba cuántas telas vendería con las hebras que hilaban y tejían sus trabajadoras con sus cuatro pares de patitas hora por hora, día por día, año por año, hasta que en su mente se fue entretejiendo otra tela infinita de cuentas, hilos y patitas, tan apretada y tormentosa que la terminó asfixiando antes de que pudiera estrenar su bolso Louis Vuiton.


El pasatiempo

Martín Gardella (Argentina, 1973)

En la plaza de un pueblo desértico hay un extraño carrusel en el que el tiempo avanza misteriosamente a medida que el círculo se mueve en el sentido de las agujas del reloj. Cada vuelta sobre su eje equivale a un año calendario.

Al principio es divertido ver cómo los niños se transforman en adolescentes. Es incluso emocionante para algunas madres poder ver que sus hijos conservan esas alegres sonrisas juveniles a pesar de las canas. Es aterrador, en cambio, cada vez que aparece algún caballo de madera dando la vuelta, ya sin su jinete.


Incógnita

Enrique Ángel González Cuevas (México, 1986)

¿Qué es el mar para el perro? ¿Y qué es el perro para el mar? Lo preguntamos por la indiferencia con la que el perro caminaba por la playa y la naturalidad con que la marea nos devolvió su cadáver.


Futbolito

Rogelio Guedea (México, 1974)

Cuando mi hijo y yo empezamos a jugar futbolito, me puse como firme propósito dejarlo ganar de vez en cuando. Pensé que dejándolo ganar hoy sí y mañana también se le arreciaría el interés. De manera que empezamos a jugar apenas regresaba de la escuela, un juego o dos, y a veces la revancha. No encuentro la forma de describir la expresión de su rostro cuando ganaba, sabiendo yo que en realidad lo había dejado ganar. Levantaba ambas manos en señal de triunfo y arrojaba un espumarajo de felicidad por las narices. Todos los días, regresando de la escuela, nos encerrábamos en su habitación para jugar. Conforme pasó el tiempo, empecé a darme cuenta de que cada vez era más fácil dejarlo ganar y más difícil hacerlo perder, hasta que llegó el momento en que ganarle se me hizo prácticamente imposible. Pasaron semanas o meses para que pudiera realmente adquirir la destreza que me permitiera darle la batalla. Sudaba mares para conseguir meterle un gol, pues sus defensas eran murallas infranqueables y sus medios tenían la habilidad de conectar muy bien con sus delanteros, que no había forma de hacerlos errar. Sin embargo, aproveché una debilidad en su portero para hacerme al triunfo, y fue entonces que las partidas empezaron a emparejarse y pude conseguir ganarle hoy sí y mañana también. No encuentro la forma de describir la expresión de mi hijo cuando yo ganaba: levantaba ambas manos festejando mi triunfo y arrojaba un espumarajo de felicidad por las narices, tal como si desde algún remoto día se hubiera puesto justamente como firme propósito dejarme ganar —nunca he sabido si por amor o por piedad— de vez en cuando.


Dos puntos

Mónica Lavín (México, 1955)

Sedúceme con tus comas, con tus caricias espaciadas, tu aliento respirable y tus atrevimientos continuos; colócame el punto y coma para cambiar las caricias por largos besos y frases susurradas boca a boca. Haz un punto y seguido para desatarte de mí y contemplar mi desnudez sobre tu cama, ahora interrumpe con guiones para soltar un halago sobre mi cuerpo y su huella en el tuyo —recorrer con la mirada el talle y el hundimiento en la cintura, el ascenso en la cadera, la larga prolongación de las piernas rematadas por un pie que no resistes besar—. Embísteme sin mi rechazo y tortúrame con la altivez de tu deseo arrastrándome muy lejos (al borde del abismo entre paréntesis y sin comas por favor), ahora desenvaina tus puntos suspensivos… —maldito trío de puntos— ese espacio sin nombre no se alcanza.

Un punto y aparte para calmar el temblor de mi cuerpo y sonreírte al tiempo que me das a beber del vino espumoso en una copa. Borro mis interrogaciones. Toda una antesala para retomar tus comas y regalarme la humedad de tu boca y la suavidad de tu respiración en mis orejas, cuello, nuca, hombros. Atacar con puntos y comas, nuevamente, para buscar con tu dedo un clítoris congestionado. Pasar tu lengua entre esos labios escondidos y saborear mis secreciones —robármelas entre guiones— y atizar de nuevo en mi centro ardiente ocupándolo, sosteniendo el ascenso ¡inminente! con signos de exclamación, la eyaculación inevitable… hasta acabar con los puntos suspensivos y vaciarte todo en mí y desplomarte extenuado, aliviado y amoroso en mi cuerpo complacido.

De nuevo un punto y aparte para dormir sobre mi pecho y poner punto final al entrecomillado “acto” que en este caso es un hecho amoroso sin ningún viso de actuación.

Si estoy equivocada, felicito tu dominio de la puntuación.

Punto final.


Los lobos de mica (II)

Miguel Maldonado (México, 1976)

Los lobos de mica envidian a los lobos de pelo, envidian que estos lanudos puedan saltar, correr delirantes hacia el campo sin sufrir una sola rotura. En cambio, si los lobos de mica se deciden a morder, saben que en ello les iría la vida, siempre se rompen a media furia. ¡Ay! los lobos de mica, qué terrible resquebrajarse al dar el golpe. No poder seguir una huella bajo la lluvia sin que su cuerpo de sal se desvanezca.

Pero los consuela un trágico heroísmo: deben elegir por cuál mordida vale la pena morir, es la dentellada más justa de todas las especies lobinas.


Ildiko y yo

Ildiko Nassr (Argentina, 1976)

A Ildiko es a la que le pasan las cosas. Yo cruzo los puentes de San Salvador de Jujuy distraída en el hilito de agua de uno de los ríos, o en las piedras blancas que los adolescentes utilizan para declarar su amor. De Ildiko tengo noticias por los portales de internet, me llegan noticias de su glamour y encantos. A mí me gusta desayunar sola en un puesto callejero y a las apuradas. Ella, en cambio, goza de los placeres de confiterías y hoteles en las ciudades a las que va como invitada de honor. Me gustan las minucias, acaso, encerrarme en un libro para viajar por otras psicologías. Ella es el centro de su universo y ríe encantando a todos. Ildiko y yo casi nunca nos encontramos. Somos diferentes. Yo soy simple y ella, excéntrica. Odio las cámaras y ella las busca. Yo pierdo todo y ella escribe que todo lo pierde. Ninguna tiene rencores o memoria. Y, como Borges, todos dudamos acerca de quién es el que verdaderamente escribe.


Gente de cine

César Abraham Navarrete Vázquez (México, 1981)

Ante la envidia y la incredulidad de los fatuos estudiantes de cine, el mendigo al que contrataron para caracterizarse a sí mismo en la película, se orinó encima de los cables, ¡creando así su primer “corto”!


Ancla

Luis Bernardo Pérez (México, 1962)

Varios años después del naufragio, la vieja ancla de hierro seguía aferrada con uñas y dientes al fondo marino. Así de ejemplar era su sentido del deber.


Calaveritas

Sofía Rodríguez Pappe (Ecuador, 1976)

Para tener algo de calor, en este agujero olvidado donde estamos, por el que no pasa ni el viento, frotamos las tibias, las falanges y los tarsos. Pegamos las mandíbulas y estrechamos lo que nos queda de los dientes. Ponemos uno contra otra las costillas y un vaivén maravilloso y antiguo de caderas, de nuestros esqueletos apagados se hace la luz y por breves instantes, amado mío, compartimos bajo tierra un día luminoso de verano.


Élant vital

Juan Carlos de Sancho (España, 1956)

Abstraído como un cangrejo me recupero lentamente en el escritorio, escalo la silla de madera, bato mi cabeza, vuelo sobre el ventilador, reboto en el suelo y voy directo a estamparme contra la pared. Antes de volver a caer en picado me cuelgo de la lámpara que balancea como un remo alocado.

Estoy a punto de salir despedido por la ventana pero tomo aire, soplo hasta la exhalación y planeo en círculos concéntricos.

Pierdo el control y me golpeo la espalda contra la librería. Caen muchos libros al suelo pero me quedo empotrado entre La Montaña Mágica de Thomas Mann y Esperando a Godot de Samuel Becket. Aturdido, empujo y desplazo de un lado a otro mi ira.

Caigo de canto y en picado sobre El inconveniente de haber nacido de Cioran y pierdo el último aliento.

Milagrosamente me repongo saltando como un canguro sobre las ruinas de mi desolación. Me levanto magullado y camino con gran dificultad por el pasillo. Me dirijo hacia la cocina. Están todas las luces encendidas. En la mesa, aguardando mi regreso aéreo, me esperan Cioran, Becket y Mano. Godot sigue sin dar señales de vida y probablemente no llegará nunca. Un pollo horneado y un buen cava catalán perfuman el mediodía insular.

“La nada es al menos la mitad de la existencia, así que vamos a estudiarla, tratemos de disfrutarla” —comenta Norman Mailer que aparece disfrazado de polilla y planeando sobre nuestras cabezas desarticuladas. Alguien toca con insistencia el timbre pero a ninguno de los presentes se nos ocurre abrir la puerta.


El recuento de nunca acabar

Óscar Tagle (México, 1964)

De haber sido primero el Bang que el Big, el concepto del tiempo habría sido distinto, le dijo Tac a Tic.


Celoplastía

José Urriola C. (Venezuela, 1971)

Mis amigos, quizá hartos de los lamentos por mi más reciente despecho, me regalan una muñeca inflable. Me la encuentro al regreso del trabajo, desnudísima, acostada sobre mi cama, con una flor plástica en la boca y una nota sobre el pecho: “Me llamo Juliana, de ahora en adelante seré tu nuevo amor.”

Me produce una extraña combinación de risa, ternura y desagrado. Pero la tomo con cariño y la pongo sentadita en una silla del cuarto. Recibo una llamada telefónica. Mi ex, que me quiere ver, tomar algo, charlar un rato. Me visto y salgo, dejando a Juliana con la puerta cerrada bajo llave.

Regreso tarde en la madrugada a casa. Juliana me espera en la sala fumando un cigarrillo, nostálgica, mirando por la ventana.

—¿Estabas con la otra, verdad? —me dice sin dignarse a voltear. Y adivino una lágrima sintética que se le escurre mejilla abajo.

Yo, más que asustado, me quedo francamente preocupado. Porque a esta también, a pesar del plástico, tendré que inventarle buenas excusas.


(Sin título)

José Luis Zárate (México, 1966)

En sueños había creado una Utopía tan perfecta que el despertar tenía el sabor amargo del exilio.

 

Armando Alanís
Académico y escritor. Autor de Las lágrimas del Centauro.

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narciso-sm

Presentamos una selección de ficciones breves del libro Narciso, el masoquista  de Armando Alanís, que publicará próximamente la editorial Cuadrivio


Olvidado

Mi familia está reunida en la sala. Nadie me mira ni quiere saber nada de mí. ¿Cómo explicarles que estoy vivo? Hecho cenizas y encerrado en una urna sobre la chimenea, ¡pero vivo!

 

Actor

Siempre le asignaban papeles secundarios, pero esta vez le propusieron el papel principal en una obra de Beckett.
       –Serás Godot –dijo el director.

 

Breve historia de amor entre escritores

Fue más cuento que novela.

 

Monstruo

Estaba convencido de que en el espejo del baño vivía un monstruo que se asomaba al mundo cada mañana con cara de desvelado.

 

Últimos minutos

El juego estaba tan aburrido que apagó la tele y siguió con el poder de su imaginación los últimos minutos. Entonces cayó el primer gol.

 

Ruego

–Déjenme solo –les rogó.
       Pero no se fueron. Esa cabeza era su casa.

 

Asesino

La maté sin usar ningún arma ni derramar una sola gota de su sangre: me olvidé de ella.

 

Sin alas

Hubo un tiempo en que podía volar. Ahora ya perdió las alas; sólo le quedan las plumas y repta por el borde de la escalinata, pirámide abajo.

 

La suerte de los fantasmas

Tras la muerte de todos los seres vivos, los fantasmas se habían quedado solos y tristes en un mundo vacío.

 

Como la vida

El ajedrecista se distrajo y perdió la dama. Se dio un tiro, harto de que el ajedrez se pareciera tanto a la vida.

 

Coloso

Tomé un crucero para visitar las islas griegas. Desembarqué en Rodas y contemplé los pilares donde el Coloso apoyaba los pies. Faltaba él. Un lugareño me informó:
       –El gigantón se marchó hace mucho tiempo.

 

Amiga de bar

La conocí en un bar, bebimos unas copas, la llevé al hotel.
       —Eres la mujer de mis sueños —le dije—, y en un parpadeo se esfumó.

 

Sala de espera

En la sala de espera, mientras otros hojean revistas, la Muerte lee el directorio telefónico.

 

Entrevista al boxeador retirado

–¿Cuál fue su rival más duro?
       –Mi ex mujer.

 

Manco

Cuando quería aplaudir, daba manotazos al aire hasta que se acordaba de que sólo tenía una mano.

 

Sincera

Se mostraba tan amorosa y sonriente conmigo, sentada en mis rodillas, que me animé a preguntarle si se divertía tanto como yo.
       –No, cariño –contestó–: aquí vengo a trabajar.

 

Sueño profundo

No duerme cada noche: se muere. Y a la mañana siguiente despierta como si regresara del otro mundo.

 

Y

La Y es un náufrago que pide auxilio en una isla desierta.

 

Espejo maldito

El espejo maldito, comprado en alguno de los viajes de mi juventud en una tienda de antigüedades, y del que no me atrevo a deshacerme, anticipa cómo será mi rostro dentro de veinte años. A los cuarenta, vi un rostro prematuramente decrépito. Ayer, una calavera.

 

El hombre invisible

II

–Nadie me hace caso, doctor –se quejó, acomodándose en el diván, el hombre invisible.

III

Era feliz porque los espejos no le hacían saber que estaba envejeciendo.

 

VI

Los guantes del hombre invisible son muy mañosos.

 

VII

Se dice que pasa las noches visitando en sus camas a las solteras del pueblo. Hasta hoy ninguna lo ha denunciado.

 

XIII

El hombre invisible y la mujer invisible se enamoraron. Fue un amor nunca visto.

XV

Se le culpaba de todos los robos, de todos los crímenes. Fue así como el hombre invisible se convirtió en fugitivo.

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